«Viven cada novedad o cada evolución de las costumbres como una agresión contra el psicoanálisis» *
ENTREVISTA A ÉLIZABETH ROUDINESCO Traducción a cargo de Sol Acuña
L’Humanité , 24-5-2004
Reedición 26-2-2005
Extractos de la Entrevista con Elisabeth Roudinesco en la publicación parisina L'Humanité del 24 de Mayo de 2004, en el marco de la presentación de su libro Le patient, le thérapeute et l'Etat (Fayard, 2004)*
Pregunta: ¿La proliferación sectaria le parece una característica de nuestra época?
Élisabeth Roudinesco: Seguramente siempre hubo sectas. Es un fenómeno transhistórico, como lo demuestra magníficamente Christian Jambet. Pero, efectivamente el declive del compromiso con las grandes religiones como del compromiso comunista1 suscita un desconcierto tal que empuja a cada sujeto a querer diferenciarse. Cuanto más se desarrolla socialmente un sistema de libertad donde todos tienen cada vez menos cuentas que rendirle a los demás, más sujetos encuentran la satisfacción de su deseo de obligación moral bajo esta forma caricaturesca de las religiones que son las sectas. Por supuesto, son las personas más frágiles, las que necesitarían psicoterapias o psicoanálisis, las que se ponen bajo la dependencia de gurúes que usan en forma perversa sus conocimientos psicológicos.
Pregunta: ¿Usted quiere decir que la ideología del “hacé como quieras” y de la servidumbre voluntaria son un buen negocio en el mercado del “bienestar”?
Así es. La mundialización liberal suscita una credulidad sin limites. Las sectas funcionan hoy en día como « Estados ladrones », según las palabras de Derrida. Ya ni siquiera tienen la dimensión mística de antaño. Lo que las caracteriza, más allá de las controvertidas definiciones, es que requieren del abandono y de una explotación del cuerpo del adherente, la consumación sexual con el gurú o su representante, frecuentemente la explotación económica, y finalmente una cierta relación con el pensamiento mágico, aunque no toda magia es de orden sectario. Existen fronteras entre todo tipo de prácticas, a menudo con pretensión científica, como la Cientología, que hay que recensar, analizar, clasificar, sin por ello asimilarlas. Yo no clasifico por ejemplo las medicinas paralelas en las sectas. Se puede entender, sin por ello avalar, que en este contexto los psicoterapeutas reclaman al Estado que ponga límites y reglas.
El otro ascenso en potencia de nuestra época, que se ubica como consejero del Príncipe en materia científica, es lo que usted llama el “bio-poder”, el saber biológico-medicinal...
Este se reclama con derecho de la razón y se apoya en la ciencia. El problema viene porque pretende llevar los límites de la observación más allá de lo que esta última puede razonablemente explicar. Sin embargo nada es más peligroso que una ciencia que delira, que empieza a recurrir a la magia, que pretende, por ejemplo, sin brindar ninguna prueba, explicar el psiquismo solamente por los problemas biológicos. Hoy se pone al cerebro en el centro de todo, a tal punto que se escucha « demostrar » que el inconsciente existe -o más bien no existe más- por imaginería cerebral: ¡como si este concepto dinámico y operatorio tuviese una extensión espacial, una localización cerebral! Incluso si un día se llegan a conocer todos los correlatos químicos, cerebrales de la psicosis, de los diversos trastornos psíquicos, habrá siempre un “lugar” de lo humano irreducible a estas determinaciones y que constituye lo que puede llamarse conciencia. Los progresos de la ciencia son evidentes: la química y las moléculas psychotrópicas tienen incontestablemente efectos benéficos sobre trastornos graves, aunque a largo plazo la prescripción sistemática de estas substancias tenga efectos orgánicos y psíquicos non despreciables. La palabra médica acompañando la promesa de cura no es neutra, ni tampoco inofensiva: ella revela también lo que son las creencias y la ideología del prescriptor.
Usted muestra que esta química del medicamento se volvió - tanto para la institución médica como para el Estado -, el principal criterio de “evaluación objetiva” de las terapias psíquicas. ¿De allí un conflicto irreconciliable con el psicoanálisis?
Esta bulimia de cientificidad encuentra una gran dificultad: ¡es que uno no puede precisamente hacer ciencia del psiquismo! Está bien evaluar medicamentos, neurolépticos: pero la cuestión de la curación de los trastornos psíquicos es un problema completamente diferente, la historia de cada uno es siempre distinta a las recetas químicas a las cuales una cierta visión de lo humano pretende reducirla. Es por ello que de ninguna manera el Estado debe meterse en esta cuestión de la cura. En cuanto a los psicoanalistas, no puede decirse que se ofuscan de esta intromisión en su disciplina.
¿Precisamente, usted le reprocha a muchos de ellos de haber aceptado que el Estado se metiera, de haber en cierta medida intercambiado su tranquilidad profesional por una suerte de puesta en orden controlada de la disciplina?
Élisabeth Roudinesco : Yo les reprocho de haberse ocupado desde hace años sólo de los debates concernientes al cerebro, de haber comprometido el diálogo con sus enemigos mientras que creían dialogar con la ciencia. Excepto algunos universitarios como Roland Gori, que han resistido muy bien a esta tentación, ellos creyeron poder hacer la prueba, especialmente en la universidad, de una cientificidad del psicoanálisis, lo que no tiene sentido. El problema no es, por supuesto, el dialogo con la ciencia, sino el reconocimiento, la validación implícita de la ideología cientificista que encubre esta maniobra. El psicoanálisis es un sistema interpretativo, racional, cultural. No se puede pretender cientificizar una cura como se hace con un medicamento, incluso si una cura tiene efectos orgánicos. Los únicos criterios que esta disciplina puede aportar de su validez y de su valor son del orden de los testimonios que un análisis de tipo sociológico podría, en cambio, hacer coherente, analizar estadísticamente. El logro de la cura está él mismo sujeto a interpretación, se mide con una escala subjetiva, implica la palabra, el punto de vista y el testimonio de sujetos : no es una ciencia exacta.
Pregunta: ¿Esta deriva cientificista del psicoanálisis también es cómplice, dice usted, de un descompromiso político y social?
Efectivamente. Renunciando a dialogar con los sociólogos, los antropólogos o los historiadores, la mayoría de los psicoanalistas terminaron por pasar al costado de las mayores evoluciones de nuestras sociedades durante estos últimos veinte años. Sin embargo el psicoanálisis desde Freud también está destinado a comprender la familia, el sexo, la sociedad, los conflictos. Las tres cuartas partes de los psicoanalistas han desertado del terreno de la clínica de una sociedad. De tal forma que, bajo la influencia de la IPA especialmente, se volvieron francamente reaccionarios, mientras que su disciplina eran en su origen progresista y subversiva. Viven cada novedad o cada evolución de las costumbres como una agresión contra el psicoanálisis. Lo que es al menos paradojal.
Pregunta: ¿La situación le parece desesperante?
No, pero me parece bastante grave como para llamar a una instancia colectiva de reflexión y de análisis. La encrucijada es claramente salvar la libertad y la potencia emancipadora del psicoanálisis.
Notas
* Entrevista realizada por Lucien Degoy - Traducida por Sol Sélavi especialmente para Cuestionando
1 En clara referencia a la caída del así llamado “socialismo real”, los Estados Obreros estalinizados, con la caída del muro de Berlín en 1989. De ninguna manera significa esto la caída del proyecto marxista revolucionario, sino del proyecto nacido con su burocratización a manos de la burocracia estalinista. [Nota del Editor].