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"Que se sepa aquello que yo no sabía del ser de deseo, lo que es de él,advenido al ser del saber, y que se esfume, Sicut Palea, como dice Tomás de su obra, al final de su vida: como basura".*
Con estas palabras, extraídas de la "Proposición del 9 de octubre de 1967 acerca del psicoanalista de La Escuela ", Lacan enuncia, refiriéndose al final del análisis, aquello en que se convierte el saber supuesto cuando, en el paso del psicoanalizante al psicoanalista, se revela lo inesencial del Sujeto Supuesto Saber.
Lacan cita nuevamente el Sicut Paica en la "Nota Italiana”. Luego de recordar que ha propuesto como una meta del psicoanálisis demostrar que la relación sexual es imposible de escribir propone intentar a partir de quienes "han dado sus pruebas en el saber, ampliarlos recursos gracias a los cuales lograríamos prescindir de esa fastidiosa relación para hacer el amor más digno que la abundancia de palabrerío que constituye hoy en día, -Sicut palea, decía el Santo Tomás al terminar su vida de monje.’’,
Son numerosas las biografías de Santo Tomás. Referencias... ha localizado en tres de ellas, el relato del episodio en el cual Aquino pronunció su Sicut Palea: la de Santiago Ramirez, la de Etienne Gilson y la de Gilbert K. Chesterton. Las distintas versiones son muy similares y hemos elegido, por su contexto, la de Chesterton.
Reproducimos el capítulo V "La vida real de Santo Tomás de Aquino ", de Santo Tomás de Aquino.
Chesterton, Gilbert Keith (1864-1936). St. Thomas Aquinas. Londres, Hodder & Stoughton Limited, 1933. Trad. Ana Bourbaki.
NOTA:
* En el original fumier: estiércol, en sentido figurado "basura".
LA VERDADERA VIDA DE SANTO TOMAS
En este punto, aun este boceto, tan poco elaborado y superficial, de un gran santo, implica la necesidad de escribir algo que no puede concordar con el resto, lo único que es importante escribir y que es imposible escribir. Un santo puede ser cualquier tipo de hombre, con una cualidad adicional, que es a la vez, única y universal. Podríamos incluso decir que lo único que distingue a un santo de un hombre común es su disposición a ser como los hombres comunes. En este sentido, la palabra común (1) debe entenderse en su significado natural y noble, ligado a la palabra orden. Un santo está más allá de cualquier deseo de distinguirse; es el único tipo de hombre superior que jamás ha sido una persona superior. Mas todo esto surge de un gran hecho central, que no acepta llamar privilegio, pero que es, en su misma naturaleza, una especie de privacidad, y en tal sentido casi una forma de propiedad privada. Como con toda sólida propiedad privada, se contenta con poseerla, sin desear limitar el número de personas que la posean. Trata siempre de ocultarla con una suerte de buenos modales celestiales y Tomás de Aquino trató de ocultarla más que la mayoría. Para alcanzarla, en tanto nos sea posible alcanzarla, lo mejor será comenzar por los estratos superiores, y alcanzar lo que había dentro desde lo que era más visible por fuera.
La presencia corporal de Santo Tomás de Aquino es, en realidad, más fácil de resucitar que la de muchos otros que vivieron antes de la época del retrato. Se ha dicho que en su aspecto físico o porte había poco de italiano; pero me imagino que esto es, en el mejor de los casos, una comparación inconsciente entre Santo Tomás y San Francisco, y, en el peor de los casos, sólo una comparación entre él y la apresurada leyenda de alegres organilleros y vendedores de helado provocativos. No todos los italianos son alegres organilleros, y muy pocos son semejantes a San Francisco. Una nación nunca es un tipo, es casi siempre una mezcla de dos o tres tipos más o menos reconocibles en sus rasgos generales, Santo Tomás era de un cierto tipo que no es tan común en Italia, como lo es en italianos poco comunes. Su corpulencia hacía fácil compararlo, con humor, con una especie de tonel ambulante, común que se encuentra en las comedias de muchas naciones; él mismo bromeaba acerca de ello. Quizá él, y no algún irritado fanático de las reuniones partidarias Agustinianas o Árabes, haya sido el responsable de aquella sorprendente exageración de que fue necesario cortar una media luna en la mesa del comedor para permitirle sentarse. Es cierto que fue una exageración, y que su estatura era más comentada que su gordura; pero, sobre todo, su cabeza era suficientemente fuerte para dominar su cuerpo. Y su cabeza era de un tipo muy real y reconocible, a juzgar por los retratos tradicionales y las descripciones personales. Era el tipo de cabeza con un mentón pesado, la nariz romana, la frente grande, casi lisa, que, a pesar de ser bien llena, da también una curiosa impresión de concavidad con huecos aquí y allá, como cavernas de pensamiento. Napoleón llevaba esa cabeza sobre un cuerpo bajo. Mussolini la lleva hoy sobre uno más alto, pero igualmente activo. Puede verse en los bustos de diversos emperadores romanos y a veces se ve también sobre el gastado, cuello de camisa de algún mozo italiano; pero, generalmente, es un jefe de mozos. Tan inconfundible es el tipo, que no puedo sino pensar que el villano más vital de la ficción literaria, en la chocante obra victoriana llamada "La mujer de blanco", fue realmente bosquejado por Wilkie Collins a partir de un verdadero conde italiano; el contraste es total con el villano convencional, macilento, de piel oscura y gesticulador, a quien los Victorianos comúnmente presentaban como un conde italiano. El Conde Fosco, recordarán algunos (espero), era tranquilo, corpulento, un caballero colosal, cuya cabeza era exactamente como un busto de Napoleón, de proporciones heroicas. Puede haber sido un villano melodramático, pero era un italiano de esa clase, bastante convincente. Si recordamos su modo de ser tranquilo, y el excelente sentido común de sus palabras y acciones cotidianas, tendremos, probablemente, una imagen meramente material de Tomás de Aquino: sólo hay que hacer un leve esfuerzo de fe para imaginar al Conde Fosco convertido de repente en un santo.
Los cuadros de Santo Tomás, aunque muchos fueron pintados mucho después de su muerte, son obviamente cuadros del mismo hombre. Se yergue desafiante, con la cabeza napoleónica y su obscura corpulencia en la "Disputa acerca del Sacramento" de Rafael.
Un retrato de Ghirlandaio resalta un aspecto que revela especialmente lo que puede llamarse la descuidada cualidad italiana en el hombre. Además, destaca aspectos que son muy importantes en el místico y en el filósofo. Se afirma universalmente que Aquino era lo que se llama habitualmente un hombre distraído. Ese tipo ha sido reproducido con frecuencia en la pintura humorística y seria; pero casi siempre en una de dos o tres formas convencionales. A veces la expresión de los ojos es solo vacía, como si la distracción significase realmente una permanente ausencia mental. A veces se reproduce más respetuosamente como una expresión de anhelo, como alguien ansiando algo lejano que no puede ver y que sólo puede vagamente desear. Mírese a los ojos de Santo Tomás en el retrato de Ghirlandaio y se notará una marcada diferencia. Si bien los ojos están real y completamente alejados del entorno inmediato, de modo que la maceta de flores que está sobre la cabeza del filósofo podría caer sobre ella sin llamarle la atención, sin embargo, no son para nada anhelantes, mucho menos vacíos. En los ojos se reaviva el fuego instántaneo de una excitación interior; son ojos vitales y muy italianos. El hombre está pensando algo, y algo que ha llegado a una crisis, no acerca de nada o acerca de cualquier cosa, o, lo que es peor, acerca de todo. Esa alerta ardiente debió estar en sus ojos un momento antes de destruir la mesa y sobresaltar a los comensales del Rey.
De los hábitos personales que concuerdan con el físico tenemos también unas pocas impresiones convincentes y confirmatorias. Cuando no estaba sentado quieto, leyendo un libro, caminaba una y otra vez por los claustros y lo hacía de prisa, y a veces descontroladamente: una acción muy característica de hombres que libran sus batallas en la mente. Siempre que se lo interrumpía era muy cortés y se disculpaba más que el que se disculpaba. Pero había eso en él, que sugería que era más feliz cuando no se lo interrumpía. Estaba dispuesto a detener su larga caminata, pero creemos que cuando la reanudaba caminaba todavía más de prisa.
Todo esto sugiere que su abstracción superficial, aquélla que el mundo veía, era de una clase especial. Será conveniente entender esta cualidad, porque hay varios tipos de ausencia mental, incluyendo la de algunos presuntuosos, poetas e intelectuales, en los que la mente nunca ha estado presente en forma notable. Está la abstracción del contemplativo, ya sea el verdadero tipo de contemplativo cristiano que está contemplando algo, ya sea el falso contemplativo oriental que está contemplando Nada. Evidentemente Santo Tomás no fue un místico budista, pero tampoco creo que sus repentinos accesos de abstracción fueran ni siquiera los de un místico cristiano. Si tuvo trances de verdadero misticismo cristiano, se cuidaba muy bien de que ellos no ocurrieran en las mesas de otra gente. Creo que tenía esa especie de acceso de confusión que realmente pertenece al hombre práctico más bien que al enteramente místico. Aplica la reconocida diferencia entre la vida activa y la contemplativa; mas en los casos a los cuales nos referimos, creo que aun su vida contemplativa era una vida activa. Esta no tenía nada que ver con su vida más elevada, en el sentido de la santidad fundamental. Esto más bien nos recuerda que Napoleón caía en un acceso de aparente aburrimiento en la Opera, y después confesaba que estaba pensando cómo podría obtener tres cuerpos de ejército en Frankfurt para unir con dos cuerpos de ejército en Colonia. Así, en el caso de Aquino, si sus sueños diurnos eran sueños, eran sueños de día, y sueños del día de batalla. Si hablaba consigo mismo era porque estaba arguyendo con algún otro. Lo podemos expresar de otra forma diciendo que sus sueños diurnos eran los del perro, eran sueños de caza, de persecución (2) del error como persecución de la verdad, de seguir todas las vueltas y torsiones de la evasiva falsedad, y de rastrearla hasta llegar, finalmente, a su madriguera en el infierno. Hubiera sido el primero en admitir que el pensador equivocado cuando llegase a saber de dónde provino su pensamiento, estaría probablemente más sorprendido que cualquier otro al descubrir hacia dónde iba. Pero, ciertamente, tenía esta noción de "perseguir” (3), y que en latín eso se llame Persecución (4) fue origen de miles de errores y malos entendidos. Nadie tuvo menos que él lo que comúnmente se llama temperamento de perseguidor; pero tenía la cualidad que, en momentos desesperados, lleva a la persecución, que es sencillamente el sentido de que todo vivo en algún lugar y nada muere a menos que muera en su propio hogar. Que él a veces, en ese sentido, "forjó en sueños la sombría caza", aun a plena luz del día, es totalmente cierto. Pero era un soñador activo, aunque no lo que comúnmente se llama un hombre de acción, y en esa caza merecía verdaderamente ser contado entre los "domini canes", y seguramente el más fuerte y magnánimo de los Sabuesos del Cielo.
Quizás muchos no entiendan, incluso, la naturaleza de este tipo de abstracción. Por otra parte, hay muchos, desgraciadamente, que no entienden la naturaleza de ninguna clase de argumentación. Ciertamente: creo que hay menos gente viva ahora que entienda de argumentación que la que existía hace veinte o treinta años, y Santo Tomás podría haber preferido la sociedad de ateos de los comienzos del siglo XIX a la de los pálidos escépticos de los comienzos del siglo XX. De todos modos, una de las verdaderas desventajas del grande y glorioso " entretenimiento " (5) que se llama argumentación es su desmesurada extensión. Si uno arguye honestamente, como lo hizo siempre Santo Tomás, encontrará que parece, a veces, como si el tema nunca terminara. Era muy conciente de esto, como surge en muchos lugares. Por ejemplo, su argumento de que la mayoría de los hombres debe tener una religión revelada porque no tienen tiempo para argumentar, no tienen tiempo; es decir para argumentar razonablemente. Siempre hay motivo para argumentar en forma no razonable, no menos en tiempos como los nuestros. Estando resuelto a argumentar honestamente, a contestar a todos, a tratar todo, escribió suficientes libros como para hundir un barco o abastecer una biblioteca, aun cuando murió relativamente temprano, en la mitad de la vida. Probablemente no podría haberlo hecho, en absoluto, si no hubiera estado pensando incluso cuando no escribía; pero por sobre todo, pensando combativamente. Esto, en su caso, no quiere decir, por cierto, pensar amargamente o despectivamente, o no caritativamente, sino combativamente. En realidad es generalmente el hombre que no está dispuesto a argumentar, el que está dispuesto a despreciar. Es por eso que en la literatura reciente ha habido tan poca argumentación y tanto desprecio.
Hemos notado que apenas hay una o dos ocasiones en las cuales Santo Tomás disfrutase denunciando: no hay una sola ocasión en que disfrutase con el desprecio. Su carácter curiosamente sencillo, su lúcido pero laborioso intelecto, no podrían resumirse mejor que diciendo que no sabía como despreciar. Era, en un doble sentido, un aristócrata intelectual, pero nunca fue un intelectual snob. Jamás le preocupó si aquellos a quienes hablaba eran más o menos el tipo de gente a los que el mundo piensa que vale la pena hablarles, y era, aparentemente, la impresión de sus contemporáneos que aquellos que recibían los fragmentos de su ingenio o sabiduría lo mismo podían ser nadie o alguien o incluso ser unos tontos, o inteligentes. Estaba interesado en las almas de todos sus prójimos pero no en clasificar la mente de ninguno de ellos; en un sentido era demasiado personal, y en otro demasiado arrogante para su peculiar mente y temperamento. Estaba mucho más interesado en el tema del cual estaba hablando; y puede que a veces haya hablado largo tiempo, aunque permanecía silencioso, probablemente, mucho más tiempo. Pero tenía todo el menosprecio inconsciente que el verdadero inteligente tiene por una inteligentsia.
Parece haber tenido una correspondencia considerable, como la mayoría de los que se interesan por los problemas comunes de los hombres, considerando que la correspondencia era mucho más difícil en su tiempo. Nos consta de muchos casos que personas totalmente desconocidas le escribieron para hacerle preguntas, y a veces bastante ridículas. A todos ellos respondía con una mezcla característica de paciencia y aquella especie de racionalidad que en los hombres más racionales tiende a ser impaciencia. Alguien, por ejemplo, le preguntó si los nombres de todos los bien aventurados estaban escritos en un rollo exhibido en el cielo. El respondió con calma incansable: "Hasta donde yo puedo ver, no es así; pero no hay mal en decirlo”.
He señalado, acerca del retrato de Santo Tomás de un pintor italiano, que lo muestra alerta aun en la abstracción, y silencioso como si estuviese a punto de hablar. Las pinturas en aquella gran tradición están generalmente llenas de pequeños toques que muestran gran imaginación. Quiero decir, la especie de imaginación que Ruskin señaló cuando vio que en la escena de la crucifixión de Tintoretto, iluminada por el sol, el rostro de Cristo es oscuro e indescifrable; pero el halo alrededor de Su cabeza, inesperadamente tenue y gris, como el color de las cenizas. Sería difícil presentar con más fuerza la idea de la Divinidad misma en eclipse. Hay un detalle en el retrato de Tomás de Aquino que quizás sea caprichoso encontrarlo igualmente significativo. El artista, habiendo dado tanta vitalidad y alerta a los ojos, debe haber sentido que acentuó demasiado la concentración del santo, meramente combativa; pero, de todas maneras, por alguna razón, ha pintado sobre su pecho un emblema un tanto curioso, como si fuera un tercer ojo, simbólico y ciclópeo. Al menos no es un signo cristiano común, sino algo más semejante al disco del sol, tal como el que tendría el rostro de un dios pagano; pero el rostro mismo está oscuro y oculto, y sólo los rayos que parten de él son un anillo de fuego. Ignoro si se ha dado a esto algún significado tradicional, pero su significado imaginario es extrañamente apto. Ese sol secreto, oscuro con exceso de luz, o no mostrando su luz salvo en su alumbrar a otros, podría muy bien ser el exacto emblema de aquella vida interior e ideal del santo, que no estaba sólo oculta por sus palabras y acciones externas, sino incluso oculta por sus silencios meramente exteriores y automáticos y por sus accesos de reflexión. En una palabra, este desapego espiritual no debe ser confundido con su hábito corriente de ensimismarse o quedarse de pronto profundamente absorto. Era un hombre completamente despreocupado de las críticas poco serias acerca de su proceder poco serio, como lo son muchos hombres formados en un modelo masculino y que heredan inconscientemente cierto esplendor social y generosidad. Pero fue extremadamente reservado acerca de su verdadera vida de santidad. Tal reserva acompaña, por cierto, generalmente a la santidad, porque el santo tiene un horror insondable a hacer el Fariseo. Pero en Tomás de Aquino fue todavía más sensible, y lo que muchos llamarían morboso. No le importó que lo pescasen absorto junto a las copas de vino del banquete del Rey, pues eso era apenas sobre un punto de controversia. Pero cuando se cuestionaba si realmente había visto a San Pablo en visión, se alarmaba hasta la agonía, no fuera que se discutiese; en consecuencia la historia queda un tanto incierta. Huelga decir que sus seguidores y admiradores estaban tan ansiosos por recoger estos relatos estrictamente milagrosos como él lo estaba por ocultarlos, y uno o dos parecen haber sido preservados con un conjunto bastante sólido de pruebas. Pero, sin duda, son menos los que el mundo conoce, mucho menos que en el caso de muchos santos igualmente sinceros y aun igualmente modestos, pero más preocupados por el entusiasmo y menos sensibles acerca de la publicidad. Lo cierto es que sobre todas estas cosas, en la vida y en la muerte, hay gran quietud en torno a Santo Tomás. El fue uno de esos enormes objetos que ocupan un pequeño espacio. Hubo, después de su muerte, naturalmente, cierta excitación acerca de sus milagros, y acerca de su entierro cuando la Universidad de París deseaba enterrarle. Ignoro en detalle la larga historia de los otros planes de sepultura que terminó, finalmente, con sus santos huesos yaciendo en la iglesia de San Severino en Tolosa, exactamente al pie de los campos de batalla donde sus dominicos habían derrotado la epidemia del pesimismo del Este. Mas, por una razón u otra, no es fácil pensar en su santuario como la escena de una devoción alegre, ruidosa y vulgar, ya sea en su forma medieval o moderna. Estuvo muy lejos de ser Puritano en el verdadero sentido, proveyó lo necesario para un día festivo y un banquete para sus jóvenes amigos, lo cual suena bastante jovial. La tendencia de sus escritos, especialmente para su época, es razonable en su reconocimiento de la vida física, y hace todo lo que puede para decir que los hombres deben amenizar sus vidas con bromas y aun con travesuras. Pero, a pesar de esto, no nos podemos imaginar de manera alguna su personalidad como una especie de imán para las multitudes, o el camino a la tumba de Santo Tomás en Toulouse como si hubiera sido siempre una larga calle de tabernas, como aquel que conduce a la tumba de Santo Tomás en Canterbury. Pienso que más bien le desagradaba el ruido; hay una leyenda según la cual le disgustaban las tormentas eléctricas; pero se contradice con el hecho de que en un verdadero naufragio se mantuvo sumamente calmo. Sea como fuere, y ello, probablemente concernía a su salud, en algunos aspectos sensitiva, era ciertamente muy calmo. Tenemos la sensación de que debiéramos ser, cada vez más, concientes de su presencia como de un inmenso fundamento.
Aquí, si este leve bosquejo fuese digno de su tema, debería aparecer algo de aquella estupenda certeza, en presencia de la cual todas sus bibliotecas de filosofía y aun de teología no eran sino un desecho de panfletos. Es evidente que estuvo en él desde el principio en forma de convicción, mucho antes de que hubiera, posiblemente, comenzado incluso a tomar la forma de controversia. Esto fue muy vívido en su niñez. Y las suyas fueron, exactamente, las circunstancias en las cuales no sería extraño que se hayan preservado anécdotas del cuarto infantil y del patio de juegos. Tuvo desde el principio aquella plena y decisiva prueba de catolicidad verdaderamente ortodoxa: una pasión por el pobre, impetuosa, impaciente, intolerante, y aun aquella disposición a ser más bien una molestia para el rico, nacida de un hambre de nutrir al hambriento. Esto puede no haber tenido nada que ver con el intelectualismo del que después fue acusado, menos todavía con cualquier hábito de dialéctica. Parecería improbable que a la edad de seis años tuviese la ambición de responder a Averroes o que supiese qué era la Causa Eficiente, ni que hubiese elaborado, como lo hizo más tarde, la totalidad de la teoría según la cual el amor de un hombre por sí mismo es Sincero, Constante e Indulgente, y que esto debería ser transferido intacto (si fuera posible) a su amor por su prójimo. A una edad tan temprana no entendió todo esto. Sólo lo hizo. Pero toda la atmósfera de sus acciones entraña una especie de convicción. De eso es bellamente característico, por ejemplo, aquella especie de aristocrático "ménage", al que sus padres parecen haber objetado débilmente, si es que lo hicieron; su dar cosas a los mendigos y vagabundos, que disgustaba enormemente los criados de mayor rango.
Con todo, si tomamos la cosa tan en serio como deberían tomarse todas las cosas de niños, podemos aprender algo de aquel misterioso estado de inocencia, que es la mejor y primera fuente de todas nuestras indignaciones ulteriores. Podemos comenzar a entender porque, a ritmo parejo, creció junto con su creciente mente, un espíritu grande y muy solitario, una ambición, que era el trastocamiento de todo lo que le rodeaba. Podemos conjeturar que es lo que había constantemente madurado dentro de sí, como una protesta o una profecía o como una plegaria por la salvación antes que sobresaltase a su familia desechando, no sólo los ornamentos de la nobleza, sino todas las formas de la ambición, incluso la eclesiástica. Su niñez puede dar la pista de aquel primer gran paso de su adultez, desde la casa hasta la vía pública, y su declaración de que también él sería un Mendigo.
Hay otro caso en el que un incidente bien conocido en su aspecto externo, nos permite vislumbrar lo interno. Después del asunto de la tea y de la mujer que lo tentó en la torre, dícese que tuvo un sueño en el cual dos ángeles le ceñían con un cíngulo de fuego, cosa que le causaba un dolor terrible y que sin embargo le daba una terrible fortaleza y despertó con un gran grito en la oscuridad. Hay algo muy vívido en estas circunstancias Y probablemente contiene verdades que serán algún día mejor comprendidas, cuando sacerdotes y doctores hayan aprendido a hablarse mutuamente sin la vieja etiqueta de las declamaciones del siglo XIX. Sería fácil analizar el sueño, como el doctor, muy del siglo XIX, hizo en "Armadale", reduciéndolo a los detalles de los días anteriores al cíngulo, a partir de su lucha contra el ser despojado de su túnica de Fraile; el hilo de fuego corriendo a través de los tapices de la noche, a partir de la tea que había arrebatado del hogar. Pero aun en "Armadale " el sueño se cumplió también místicamente, y el sueño de Santo Tomás se cumplió, por cierto, de un modo realmente místico. Porque en realidad permaneció notablemente tranquilo respecto de ese aspecto de su naturaleza humana después del incidente, aunque no sería extraño que el incidente haya causado en él una gran conmoción, un gran cambio en su ser habitual, lo que le produjo un sueño más fuerte que una pesadilla. No es éste el lugar para analizar el hecho psicológico, que deja tan perplejos a los No Católicos: cómo los sacerdotes se las arreglan para ser célibes sin dejar de ser viriles. De todos modos, parece probable que en este asunto él se sintiera menos afectado que la mayoría. Esto no tiene nada que ver con la verdadera virtud que es la de la voluntad, santos tan píos como él se han envuelto en zarzas para distraer la presión de la pasión; pero él nunca necesitó mucho de un contrairritante, por la sencilla razón de que en este aspecto, como en casi todos, no se irritaba muy a menudo. Mucho debe quedar sin explicar, como parte de los misterios de la gracia; pero hay probablemente algo de verdad en la idea psicológica de la “sublimación", que es la elevación de una energía inferior a fines más elevados; de modo que el apetito casi desaparecía en el horno de su energía intelectual. Entre causas naturales y sobrenaturales, es probable que jamás conociese o sufriese demasiado en este aspecto de su mente.
Hay momentos en que el lector más ortodoxo se ve tentado a odiar al hagiógrafo, tanto como ama al santo. El santo siempre oculta su santidad, ésa es la única re-la invariable. Y el hagiógrafo, a veces parece un perseguidor tratando de frustrar al santo: un espía apenas más respetuoso que un entrevistador Americano.
Admito que estos sentimientos son fastidiosos y parciales, y voy a proceder a probar mi penitencia mencionando uno o dos de los incidentes que sólo podrían haber llegado, de esa manera deplorable, a ser de dominio público. Parece cierto que sí vivió una suerte de vida secundaria y misteriosa: el doble divino de lo que se llama una doble vida. Alguien parece haber captado un vislumbre de el tipo de milagro, único, que los modernos psíquicos llaman Levitación, y seguramente debe haber sido o bien un mentiroso o un testigo presencia], porque no pudo haber ninguna duda, ni grados, acerca de tal prodigio en tal persona: debe haber sido algo así como ver uno de los inmensos pilares de la Iglesia suspendido como una nube. Nadie sabe, me imagino, qué tormenta espiritual de exaltación o agonía produce esta convulsión en la materia o en el espacio, pero casi ciertamente acontece. Aun en el caso de mediums espiritistas comunes, por la razón que sea, las evidencias son difíciles de refutar. Pero, probablemente, la revelación más representativa de este aspecto de su vida puede encontrarse en la famosa historia del milagro del crucifijo: cuando en la quietud de la iglesia de Santo Domingo de Nápoles una voz habló desde el Cristo tallado Y dijo al fraile arrodillado que había escrito correctamente, y le ofreció la elección de una recompensa entre todas las cosas del mundo.
No todos, pienso, han apreciado el quid de esta particular historia aplicada a este santo particular. Es una vieja historia, en tanto que es simplemente el ofrecimiento, hecho a un devoto de la soledad y la sencillez, a elegir entre los premios de la vida. El ermitaño, verdadero o falso, el faquir, el fanático o el cínico, el Estilita sobre su columna o Diógenes en su bañera, pueden todos ser presentados como tentados por los poderes de la tierra, del aire o de los cielos, con el ofrecimiento de la mejor de todas las cosas y respondiendo que no quieren nada. En el Griego, cínico o estoico, realmente significaba la mera negativa: que no quería nada. En el Oriental, fanático o místico, a veces significaba una especie de negativo positivo: que quería Nada, que Nada era precisamente lo que quería. A veces expresaba una admirable independencia; y las virtudes gemelas de la antigüedad, el amor por la libertad y el aborrecimiento del lujo. A veces significaba una autosuficiencia, que es lo opuesto a la santidad. Pero, aun las historias de verdaderos santos, de este tipo, no incluyen precisamente el caso de Santo Tomás. El no era una persona que no quisiera nada; y era una persona enormemente interesada en todo. Su respuesta no es tan inevitable o sencilla como algunos pueden suponer. Comparado con muchos otros santos y muchos otros filósofos, era ávido en su aceptación de las Cosas, en su hambre y sed por las Cosas. Su especial tesis espiritual fue que realmente hay Cosas, y no sólo la Cosa; que lo Múltiple existe tanto como lo Uno. No quiero decir cosas para comer, o para beber, o para vestir, aunque él nunca les negó su lugar en la noble jerarquía del Ser, sino más bien cosas para pensarlas y especialmente para comprobar, para experimentar y para conocer. Nadie supone que Tomás de Aquino, cuando Dios le ofreció que escogiese entre todos los dones de Dios, pediría mil libras, o la corona de Sicilia, o un regalo de raro vino griego. Mas podría haber pedido cosas que realmente quería, y era un hombre que podía querer cosas; como anhelaba el manuscrito perdido de San Crisóstomo. Podría haber pedido la solución de una vieja dificultad, o el secreto de una nueva ciencia, o una luz de la inconcebible mente intuitiva de los ángeles, o cualquiera de las mil y una cosas que hubieran realmente satisfecho su amplio y viril apetito por la enorme vastedad y variedad del Universo. La cuestión es que, para él, cuando la voz habló de entre los brazos extendidos del Crucificado, aquellos brazos estaban, en verdad, totalmente abiertos y abriendo gloriosamente los portones de todos los mundos; eran brazos apuntando al este y al oeste, a los confines de la tierra y a los mismísimos extremos de la existencia. Estaban verdaderamente extendidos con un gesto de omnipotente generosidad; el Creador mismo ofreciendo la Creación misma, con todo su misterio infinito de seres separados y el coro triunfal de las creaturas. Ese es el trasfondo resplandeciente del Ser multitudinario que da la fuerza particular y aun una especie de sorpresa a la respuesta de Santo Tomás cuando levantó por fin su cabeza y habló con, y para, aquella audacia casi blasfema, que condice con la humildad de su religión: "Elijo a Tí Mismo."
O, para agregar a esta historia el remate de una demoledora ironía, tan singularmente cristiana para aquellos que puedan realmente entenderla, hay algunos que creen que la audacia se suaviza insistiendo en que dijo: "sólo a Tí Mismo."
De estos milagros, en el sentido estrictamente milagroso, no hay tantos como en las vidas de otros santos menos influyentes; pero están, probablemente, bien probados, porque era un hombre público bien conocido por todos, en una posición importante, y, lo que le favorece más, tenía cualquier cantidad de enemigos, sumamente irritados, de quienes se podía esperar que escrudiñaran sus afirmaciones. Hay por lo menos un milagro de curación: el de una mujer que tocó su túnica, y algunos incidentes que pueden no ser más que variantes de la historia del crucifijo de Nápoles. Una de estas historias, sin embargo, tiene más alcance, ya que nos acerca otra parte de su vida, más privada, más personal y aun más religiosa y emocional: la parte que se expresaba en poesía. Cuando fue enviado a París, los demás doctores de la Sorbona le presentaron un problema acerca de la naturaleza del cambio místico en los elementos del Santísimo Sacramento, y el procedió a escribir, según su costumbre, una exposición muy cuidadosa y primorosamente lúcida de su propia solución. Huelga decir que sintió con auténtica sencillez la pesada responsabilidad y seriedad de tal decisión judicial, y, naturalmente, parece haberse preocupado por ello más de lo que acostumbraba a hacerlo por su trabajo. Buscó orientación en una plegaria más prolongada que de costumbre e intercesión, y, por último, con uno de esos pocos, pero llamativos gestos corporales que marcan los puntos decisivos de su vida, arrojó su tesis a los pies del crucifijo sobre el altar, y allí la dejó; como en espera de juicio. Entonces se volvió, bajó los escalones del altar y se quedó, una vez más, absorto en oración; pero los otros Frailes se dice, estaban observando y fue provechoso que estuvieran. Pues ellos declararon, después, que la figura de Cristo había descendido de la cruz delante de sus ojos mortales, y permaneció de pie sobre el rollo, diciendo: "Tomás, has escrito bien el Sacramento de Mi Cuerpo". Y, después de esta visión, se dice que ocurrió el hecho de haber sido sostenido milagrosamente en el aire.
Un observador agudo dijo de Santo Tomás, en su propio tiempo, que “si toda la filosofía se hubiera quemado, él sólo podría rehacerla, él sólo hubiera podido restaurarla”. Eso es lo que significa decir que fue un hombre original, una mente creadora; que podría haber deducido su propio cosmos de piedras y pajas aun sin los manuscritos de Aristóteles o Agustín. Pero hay aquí una confusión no poco frecuente entre aquello en lo que un hombre es más original y aquello en lo que está más interesado, o entro lo que mejor hace y lo que más ama. Porque Santo Tomás fue un filósofo único y sorprendente es casi inevitable que este libro sea meramente, o principalmente, un esbozo de su filosofía. No puede ser y no pretende ser un esbozo de su teología. Pero esto es porque la teología de un santo es simplemente el teísmo del santo o mejor dicho el teísmo de todos los santos. Es menos individual, pero es mucho más intenso. Concierne al origen común, pero es apenas una ocasión para la originalidad. Así nos vemos obligados a pensar primero en Tomás como el autor de la filosofía Tomista, así como pensamos primero en Cristóbal Colón como el descubridor de América, aun cuando puede haber sido muy sincero en su piadosa esperanza de convertir al Khan de Tartaria, o en James Watt como el inventor de la máquina a vapor, aunque puede haber sido un devoto adorador del fuego o un sincero Calvinista Escocés o toda clase de cosas curiosas. De todos modos, es muy natural que Agustín y Aquino, Buenaventura y Duns Scoto, todos los doctores y los santos, se acerquen unos a otros según se aproximan a la unidad divina de las cosas, y que haya, en ese sentido, menos diferencia entre ellos en teología que en filosofía. Es cierto que en algunos temas los críticos de Aquino pensaron que su filosofía había afectado indebidamente a su teología. Esto es especialmente así en lo que concierne al cargo de haber hecho el estado de la Beatitud demasiado intelectual, concibiéndolo como la satisfacción del amor a la verdad, más bien que, sobre todo, como la de la verdad del amor. Es cierto que los místicos y los hombres de la escuela Franciscana tratan más amablemente la admitida supremacía del amor. Pero era sobre todo una cuestión de énfasis, quizás tenuemente teñida por el temperamento; posiblemente, (para sugerir algo que es más fácil de sentir que de explicar), en el caso de Santo Tomás fuese la vaga influencia de una suerte de timidez. Si el éxtasis supremo es más afectivo que intelectual no es tema de seria discusión entre aquellos que creen que es ambas cosas, pero que no declaran siquiera imaginar la verdadera experiencia de una y otra. Pero tengo la sensación que aun si Santo Tomás hubiera pensado que era tan emocional como lo pensó San Buenaventura, jamás habría sido tan emocional al respecto. Le habría resultado embarazoso escribir acerca del amor tan extensamente.
La única excepción permitida fue, la rara pero notable, producción de su poesía. Toda santidad es reserva, y su poesía sagrada fue realmente ocultación, como la perla en una ostra cerrada muy apretadamente. Debe haber escrito más de lo que sabemos; pero parte de ello se hizo público por la circunstancia especial de que se le pidió que compusiese el oficio para la Fiesta de Corpus Christi; una festividad establecida por primera vez después de la controversia, a la cual él había contribuido con el rollo que había colocado sobre el altar. Esto, sin duda revela, un aspecto completamente diferente de su genio, y era, sin duda, un genio. En general era un escritor de prosa eminentemente práctico; algunos dirían un escritor de prosa muy prosaico. Mantenía la discusión atendiendo únicamente a dos cualidades: claridad y cortesía. Y las mantenía porque eran dos cualidades enteramente prácticas, que afectaban las probabilidades de conversión. Pero el compositor del oficio del Corpus Christi no fue, meramente, lo que aun los exaltados llamarían un poeta; fue lo que los más fastidiosos llamarían un artista. Su doble función más bien recuerda la doble actividad de algún gran artesano renacentista, como Miguel Angel o Leonardo de Vinci, que trabajaban sobre el muro exterior, planeando y construyendo las fortificaciones de la ciudad, retirándose luego a la habitación privada a tallar o moldear una copa o un estuche para un relicario. El Oficio del Corpus Christi es como un instrumento musical antiguo, cuidadosa y exquisitamente adornado con multitud de piedras y metales de colores, el autor ha reunido textos remotos, como hierbas raras, acerca de la pastura y la fructificación; hay una falta notable del forte evidente en la armonía, y todo el conjunto está enhebrado en dos fuertes líricos latinos. El padre Juan O'Connor los ha traducido con una aptitud casi milagrosa; mas todo buen traductor será el primero en acordar que ninguna traducción es buena o, por lo menos, lo suficientemente buena. ¿Cómo vamos a encontrar ocho cortas palabras inglesas que signifiquen "Sumit unus, sumunt mille; quantum isti tantum ille”? ¿Cómo puede alguien realmente expresar el sonido del "Pange Lingua", cuando la primera sílaba tiene un sonido metálico semejante al choque de címbalos?
Había, además del de la poesía, otro canal, y era el de los afectos privados, con los cuales este hombre grandote y tímido podía mostrar que tenía realmente tantas "caritas" como San Francisco y sin duda tanta como cualquier teólogo franciscano. No es probable que San Buenaventura pensara que a Tomás le falta el amor de Dios, y por cierto jamás le faltó el amor de Buenaventura. Sintió por toda su familia una constante, y podríamos decir obstinada ternura considerando cómo lo había tratado su familia esto parecería requerir, no sólo su caridad, sino su característica virtud de la paciencia. Hacia el fin de su vida parece haberse apoyado en el amor de uno de los hermanos, un fraile llamado Reginaldo, quien recibió de él algunas raras y un tanto pasmosas confidencias de esas que muy pocas veces hizo, incluso a sus amigos. A Reginaldo le dio aquella última y un tanto extraordinaria indicación, que fue el final de su controvertida carrera y prácticamente de su vida terrena; una indicación que la Historia nunca pudo explicar.
Acababa de volver victorioso de su último combate con Siger de Brabante; volvió y se retiró. Esta particular disputa fue el único punto, podemos decir, en que su vida exterior e interior se habían cruzado y coincidido; se dio cuenta cuánto había ansiado desde su niñez llamar a todos los aliados en la batalla por Cristo, cómo había llamado, sólo mucho más tarde, a Aristóteles como un aliado y ahora, en aquella última pesadilla de la sofistería, se había dado cuenta por primera vez de que algunos podrían realmente desear que Cristo se inclinase ante Aristóteles. Nunca se recobró del shock. Ganó su batalla porque era el mejor cerebro de su tiempo; mas no pudo olvidar tal inversión de toda la idea y propósito de su vida. Era uno de esos hombres que odia odiar a los demás. No estaba acostumbrado a odiar aun sus ideas odiosas, más allá de cierto límite. Mas en el abismo de anarquía abierto por la sofistería de Sider acerca de la Doble Mente del Hombre, él había visto la posibilidad de destrucción de toda idea de religión y aun de toda idea de verdad. Breves y fragmentarias como son las frases que registran esto, podernos inferir que volvió con una especie de horror hacia aquel mundo exterior en el que soplaban vientos de doctrina tan borrascosos, y con una ansia por el mundo interior que todo católico puede compartir, y en el cual el santo no está aislado de los hombres simples. El reanudó la estricta rutina de su religión, y por algún tiempo no dijo nada a nadie. Y entonces aconteció algo (se dice que mientras celebrada misa) cuya naturaleza jamás será conocida entre los mortales.
Su amigo Reginaldo le pidió que volviese también a sus hábitos regulares de escribir y leer y seguir las controversias de la época. Respondió con singular énfasis: “Ya no puedo escribir”. Parece ser que hubo un silencio, después del cual Reginaldo se atrevió de nuevo a introducir el tema, y Tomás respondió con mayor rigor aun “Ya no puedo escribir. He visto cosas que hacen que todos mis escritos sean como paja" / (sicut palea). (6) En 1274, cuando Aquino tenía casi cincuenta años, el Papa, muy contento con la reciente victoria sobre los sofistas Árabes, le mandó una carta invitándolo a venir a un Concilio, que se celebraría en Lyon, sobre estos temas tan controvertidos. El se aprestó con la obediencia automática de un soldado; mas podemos figurarnos que había algo en sus ojos que decía a quienes lo rodeaban que la obediencia a un mandato exterior no frustraría en realidad la obediencia a algún mandato interior más misterioso, una señal que sólo él había visto. Se puso en camino con su amigo, proponiéndose reposar por la noche con su hermana, a quien quería profundamente, y cuando llegó a su casa cayó enfermo de una enfermedad desconocida. No necesitamos discutir los inciertos problemas médicos. Es verdad que él siempre había sido uno de aquellos hombres, sanos por lo general, que son derribados por pequeñas enfermedades; es igualmente cierto que no existe relato claro de esta enfermedad particular. Finalmente fue llevado a un monasterio en Fossa Nova, y su extraño fin se abalanzó sobre él a grandes zancadas. Es digno de notarse, para los que creen que pensaba demasiado poco acerca del aspecto emocional o romántico de la verdad religiosa, que pidió lo fuese leído del principio al fin todo el canto de Salomón. Los sentimientos de los hombres que lo rodeaban debieron de ser muy variados y algo indescriptibles y, sin duda, muy diferentes de los suyos propios. Confesó sus pecados y recibió a su Dios, y podemos estar seguros de que el gran filósofo había olvidado por entero la filosofía. Pero esto no fue enteramente así con aquellos que lo habían amado, aun con aquellos que meramente vivieron en su tiempo. Los detalles de la narración son tan pocos, pero tan esenciales, que nos agrada sobremanera leer el relato de los dos aspectos emocionales del acontecimiento. Aquellos hombres deben haber sabido que una gran mente estaba aun trabajando como un gran molino en medio de ellos: debieron haber sentido que, en ese momento, el interior del monasterio era más vasto que el exterior. Debe haberse asemejado a una poderosa máquina moderna sacudiendo el desvencijado edificio en el cual, por el momento, está encerrada. Porque verdaderamente aquella máquina estaba hecha de las ruedas de todos los mundos y giraba como aquel cosmos de esferas concéntricas las cuales, cualquiera sea su destino en la ciencia cambiante, deben ser siempre un símbolo para la filosofía; la profundidad de dobles y triples trasparencias más misteriosas que la oscuridad; el séptuplo, el terrible cristal. En el mundo de aquella mente había una rueda de ángeles, una de planetas y una de plantas o de animales: pero había también un orden justo e inteligible de todas las cosas terrenales, una sana autoridad y una libertad respetuosa, y un centenar de respuestas a un centenar de preguntas ante la complejidad de la ética y de la economía. Pero debe haber habido un momento en que los hombres supieron que el molino atronador del pensamiento había parado súbitamente, y que después del shock de la quietud aquella rueda no sacudiría más al mundo; que no había nada ahora dentro de la casa vacía sino un montón de escombros; y el confesor, que había estado con él en la cámara interior, salió corriendo como si tuviera miedo, y murmuró que su confesión había sido la de un niño de cinco años.
NOTAS:
(1). N. del T.: ordinary, en el original.
(2) N. del T.: pursuing en el original.
(3). N. del T.: En el idioma inglés existen dos términos, pursue (pursuing) y persecute. Mientras que persecute sólo significa acosar, pursue significa además: seguir la pista de... En castellano sólo contamos con el término perseguir.
(4). N. del T.: Persecution en el original.
(5). N. del T.: Sport en el original.
(6). N. del T.: “I have seen things which make all my writings like straw ". Straw: paja, en sentido figurado significa "sin ningún valor”, así traduce Chesterton Sicut Palea.
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