El mito de Albertina

Marcel Proust

 

Referencias en la obra de Jacques Lacan

 

"Recuerden ustedes el prodigioso análisis de la homosexualidad que desarrolla Proust en el mito de Albertina. Poco importa que este personaje sea femenino, la estructura de la relación es eminentemente homosexual... Incesante báscula del espejuelo que, a cada instante, da una vuelta completa sobre sí mismo: el sujeto se agota en la persecución del deseo del otro, que jamás podrá captar como su propio deseo, porque su propio deseo es el deseo del otro. En esto radica el drama de esa pasión celosa que también es una forma de la relación intersubjetiva imaginaria. "

Veremos algunos fragmentos de la obra de Proust, que ilustran la índole de esta pasión destinada al anonadamiento del sujeto, o al eclipse del objeto, ya que... "El deseo perverso se apoya en el ideal del objeto inanimado. Pero no puede contentarse con la realización de este ideal. .. en el momento mismo que lo alcanza, pierde su objeto... ya sea por la extinción del deseo, Ya sea por la desaparición del objeto. " Estas citas pertenecen a El Seminario, Libro 1, cap. XVII,”El Orden Simbólico ", punto I. Allí Lacan esboza la dinámica de la estructura perversa en el plano imaginario.

Se reproduce:

1) Proust, Marcel (1871-1922). En Busca del Tiempo Perdido. Tomo IV, "Sodoma y Gomorra", Madrid, 1968

2) Tomo V, "La Prisionera", Madrid, 1969, Alianza Editorial S.A.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

SODOMA Y GOMORRA

( ... )

Una de las muchachas que yo no conocía se sentó al piano, y Andrea pidió a Albertina que bailara con ella. Yo, dichoso con la idea de que me iba a quedar con aquellas muchachas, le hice observar a Cottard lo bien que bailaban. Pero él, con el punto de vista especial del médico y con una mala educación que no tenía en cuenta que yo conocía a aquellas muchachas, aunque seguramente me había visto saludarlas, me contestó:

-Sí, pero los padres son muy imprudentes dejando que sus hijas adquirieran esas costumbres. Desde luego yo no permitiría a las mías venir aquí. ¿Son por lo menos bonitas? No distingo sus facciones. Mire -añadió indicándome a Albertina y a Andrea, que bailaban lentamente un vals, muy apretadas una contra otra-, he olvidado los anteojos y no veo bien, pero no hay duda de que están gozando muchísimo. La gente no sabe bien que las mujeres gozan sobre todo por los senos. Y mire cómo se tocan por completo los suyos.

En efecto, el contacto entre los de Albertina y los de Andrea no había cesado ni un momento. No sé si ellas oyeron o adivinaron el comentario de Cottard, pero el caso es que se separaron ligeramente una de otra, sin dejar de bailar. Andrea dijo algo a Albertina y Albertina se rió con la misma risa penetrante y profunda que yo había oído hacía un momento. Pero la impresión que su risa me produjo esta vez ya no fue más que una impresión dolorosa; Albertina parecía indicar con ella, demostrar con ella a Andrea un estremecimiento voluptuoso y secreto. Sonaba como los primeros y los últimos acordes de una fiesta desconocida. Me marché con Cottard, distraído hablando con él, sin pensar más que de vez en cuando en la escena que acababa de presenciar.

( ... )

En mi primera estancia en Balbec, comprendí mal el carácter de Albertina -y acaso a ella le ocurrió lo mismo-. Creía que era frivolidad, pero no sabía si todas nuestras súplicas lograrían retenerla y hacerla perder un garden-party, un paseo en burro, una excursión. En mi segunda temporada de Balbec sospechaba que aquella frivolidad no era más que apariencia, que el garden-party no era mas que una pantalla, si no una invención. Acontecía en formas diversas el hecho siguiente (quiero decir el hecho visto por mí, desde mi lado del cristal, que no era ni mucho menos transparente, y sin que yo pudiera saber qué había al otro lado). Albertina me decía apasionadas palabras de cariño. Miraba la hora porque tenía que ir a hacer una visita a una señora que, al parecer, recibía en Infreville todos los días a las cinco. Atormentado por una sospecha y porque además me sentía enfermo, pedía a Albertina, suplicaba a Albertina que se quedara conmigo. Era imposible (y además no podía quedarse más que cinco minutos), porque se enfadaría la señora, poco hospitalaria y susceptible, y, decía Albertina, aburridísima.

-No, mi tía me ha enseñado que hay que tener sobre todo educación.

-Pero te he visto tantas veces no tenerla...

-Bueno, no era lo mismo, esa señora no me lo perdonaría y me armaría un lío con mi tía. Ya he quedado bastante mal con ella. Se empeña en que vaya a vería una vez.

-Pero como recibe todos los días...

Aquí, Albertina, dándose cuenta de que estaba «copada», modificaba el argumento.

-Sí, claro, recibe todos los días. Pero hoy he citado en su casa a unas amigas. Así nos aburriremos menos.

-Entonces, Albertina, esa señora y esas amigas te interesan más que yo, puesto que, para no arriesgarte a una visita un poco aburrida, quieres dejarme solo, enfermo y desolado.

-Me importaría poco que la visita fuera aburrida, pero es por atención a las amigas. Las llevaré en mi coche. Si no, no tendrían en qué ir.

Yo le decía que había trenes de Infreville hasta las diez de la noche.

-Sí, es verdad, pero a lo mejor nos dicen que nos quedemos a cenar. Es una señora muy hospitalaria.

-Pues no tenéis más que declinar la invitación.

-Se enfadaría también mi tía.

-Además podéis cenar y tomar el tren de las diez.

-Viene un poco justo.

-Entonces yo no puedo ir nunca a cenar fuera y volver en el tren. Pero mira, Albertina, vamos a hacer una cosa muy sencilla; creo que me va a sentar bien; puesto que no puedes dejar a esa señora, te voy a acompañar a Infreville. No tengas miedo, no iré hasta Tour Elisabeth (la villa de la señora), no veré ni a la señora ni a tus amigas.

Albertina se quedó como si le hubieran dado un mazazo. Tartamudeaba. Dijo que los baños de mar no le sentaban bien.

-Si te molesta que te acompañe...

-¿Cómo puedes decir eso? Bien sabes que mi mayor gusto es salir contigo.

Dio un viraje brusco:

-Ya que vamos a pasear juntos -me dijo- ¿por qué no vamos al otro lado de Balbec y cenamos juntos? Sería estupendo. En el fondo, esa costa es mucho más bonita. Ya empiezo a cansarme de Infreville, y de todos esos rincones verde espinaca.

-Pero la amiga de tu tía se enfadará si no vas a verla.

-Bueno, ya se le pasará.

-No, no hay que enfadar a las personas.

-Pero si ni siquiera se dará cuenta, recibe todos los días; lo mismo dará que vaya hoy o mañana, o pasado mañana, o dentro de ocho días, o dentro de quince.

-¿Y tus amigas?

-¡Bah! ellas me han dejado plantada bastantes veces. Hoy me toca a mí.

-Pero de la parte que me propones no hay tren después de las nueve.

-¡Pues vaya una cosa! Las nueve está muy requetebién. Y además no hay que dejar nunca de ir a los sitios por cuestión del regreso. Siempre se encontrará un carricoche, o una bici, y en último término tenemos las piernas.

-Eso de que siempre se encuentra, Albertina... Por la parte de Infreville, donde las pequeñas estaciones de madera están pegadas unas con otras, sí. Pero por la parte de... no es lo mismo.

-Incluso por esa parte. Te prometo traerte sano y salvo.

Me daba cuenta de que Albertina renunciaba por mí a algo que tenía arreglado y que no quería decirme, y que alguien se iba a sentir desgraciado como yo me sentía. Al ver que lo que ella quería no era posible, porque yo me empeñaha en acompañarla, renunciaba francamente. Sabía que no era irremediable. Pues, como todas las mujeres que tienen varias cosas en su vida, contaba con ese punto de apoyo que no falla nunca: la duda y los celos. Cierto que Albertina no trataba nunca de suscitarlos, al contrario. Pero los enamorados son tan desconfiados que huelen en seguida la mentira. Y como Albertina no era mejor que las demás, sabía por experiencia (sin adivinar ni por lo más remoto que lo debía a los celos) que siempre estaba segura de recuperar a las personas a quienes dejaba plantadas una noche. La persona desconocida que dejaba por mí sufriría, y por eso la amaría más (Albertina no sabía que era por eso), y para no seguir sufriendo volvería por sí misma a ella, como lo haría yo. Pero yo no quería ni contrariar, ni cansarme, ni entrar en la terrible vía de las investigaciones, de la vigilancia multiforme, innumerable.

(....)

A los pocos días, estando nosotros en el salón de baile del casino de Balbec, entraron la hermana y la prima de Bloch, que se habían puesto muy bonitas, y a las que yo no saludé en atención a mis amigas, porque la más joven, la prima, vivía, y todo el mundo lo sabía, con la actriz a la que conocí durante mi primera temporada en Balbec. Andrea, a una alusión hecha en voz baja, me dijo:

-¡Ah, lo que es en eso yo soy como Albertina, es lo que más nos horroriza a las dos!

Y Albertina, poniéndose a charlar conmigo en el canapé donde estábamos sentados, les volvió la espalda a las dos muchachas de mala fama. Y, sin embargo, yo había observado que, antes de aquel movimiento, cuando aparecieron mademoiselle Bloch y su prima, había posado en los ojos de su amiga esa atención brusca y profunda que daba a veces al rostro de la traviesa muchacha un aire serio, incluso grave, y la dejaba triste después. Pero Albertina volvió en seguida los ojos hacia mí, aunque permanecieron singularmente inmóviles y soñadores. Mademoiselle Bloch y su prima acabaron por marcharse, después de reír muy fuerte y lanzar unos gritos poco convenientes, y yo pregunté a Albertina si la pequeña rubia (la amiga de la actriz) era la que, la víspera, había ganado el premio en el desfile de carrozas de flores.

-¡Ah, no sé! -contestó Albertina- ¿hay una que es rubia? Te diré que no me interesan mucho, nunca las he mirado. ¿Hay una que es rubia? -preguntó en un tono interrogador y displicente a sus tres amigas. Aplicada a personas que Albertina veía todos los días en el malecón, esta ignorancia me pareció muy excesiva, por no decir fingida.

-Pues parece que tampoco ellas nos miran mucho -le dije a Albertina, quizá en la hipótesis, aunque yo no la formulara de manera consciente, de que a Albertina le gustaran las mujeres, para quitarle toda añoranza haciéndole notar que a aquéllas no les había llamado la atención y que, en general, ni las más viciosas suelen fijarse en las muchachas a las que no conocen.

-¿Que no nos han mirado? -me contestó atolondradamente Albertina ¡Si no han hecho otra cosa en todo el tiempo!

-¿Pero tú qué sabes, si les volviste la espalda?

-Bueno ¿y aquello? -replicó señalando a un gran espejo empotrado en la pared de enfrente, en el que yo no había reparado y del que comprendía ahora que mi amiga, mientras me hablaba, no había apartado sus bellos ojos llenos de preocupación.

Desde el día en que Cottard entró conmigo en el pequeño casino de Incarville, sin que yo compartiera la opinión que lanzó, Albertina no me parecía la misma; su vida me irritaba. Yo mismo había cambiado tanto como cambiada me parecía ella. Ya no le deseaba el bien. En su presencia, fuera de su presencia cuando podían repetírselo, hablaba de ella de la manera más hiriente. Pero había treguas. Un día me enteré de que Albertina y Andrea habían captado al mismo tiempo una invitación de Elstir. Seguro de que lo hacía pensando que, al volver, podrían divertirse como unas colegialas imitando a las muchachas de mala fama y encontrar en ello un placer inconfesado de vírgenes que me oprimía el corazón, sin anunciarme, para importunarlas y privar a Albertina del placer que esperaba gozar, llegué de improviso a casa de Elstir. Pero encontré sólo a Andrea. Albertina había elegido otro día en que iba a ir también su tía. Entonces me dije que Cottard debía de estar equivocado; la favorable impresión que me produjo la presencia de Andrea sin su amiga permaneció y dulcificó mis disposiciones hacia Albertina. Pero estas buenas disposiciones no fueron más duraderas que la frágil buena salud de esas personas delicadas propensas a mejorías pasajeras y que por la menor cosa vuelven a caer enfermas. Albertina incitaba a Andrea a ciertos juegos que, sin llegar muy lejos, acaso no eran del todo inocentes. Mordido por esta sospecha, acababa por alejarla. Apenas curado de ella, renacía en otra forma. Acababa de ver a Andrea, en uno de aquellos graciosos movimientos suyos, apoyar mimosamente la cabeza en el hombro de Albertina, besarla en el cuello entrecerrando los ojos; o bien habían cruzado una mirada; unas palabras de alguien que las había visto solas yendo a bañarse, futesas como las que flotan habitualmente en el aire ambiente donde la mayor parte de las personas las absorben todo el día sin que padezca su salud o se altere su humor, pero que para una persona predispuesta son mórbidas y generadoras de nuevos sufrimientos. A veces, sin haber vuelto a ver a Albertina, sin que nadie me hubiera hablado de ella, encontraba en mi memoria una postura de Albertina con Gisela que entonces me había parecido inocente y que ahora bastaba para quitarme la calma que había logrado recuperar; no necesitaba ir a respirar fuera gérmenes peligrosos: me había intoxicado yo mismo, como diría Cottard. Entonces pensaba en todo lo que había oído del amor de Swann a Odette, de cómo ésta había engañado siempre a Swann. En el fondo, puesto a pensarlo, la hipótesis que me hizo ir construyendo poco a poco todo el carácter de Albertina e interpretar dolorosamente cada momento de una vida que yo no podía controlar por completo, fue el recuerdo, la idea fija del carácter de madame Swann tal como me habían contado que era. Estos relatos contribuyeron después a que mi imaginación hiciera el juego de suponer que Albertina, en vez de ser la buena muchacha que era, hubiera podido tener la misma inmoralidad, la misma facultad de engaño que una antigua furcia, y pensaba en todo el sufrimiento que me habría esperado en ese caso si la hubiera amado.

(.....)

Pero no tardó la temporada en alcanzar su máximo auge; cada día llegaba alguien, y mis paseos, reemplazando a la deliciosa lectura de Las mil y una noches, eran ahora más frecuentes por una causa nada placentera y que lo emponzoñaba todo. La playa estaba ahora llena de muchachas, y como la idea que me había sugerido Cottard, más que infundirme nuevas sospechas, me había hecho sensible y frágil en esto, y prudente para impedir que aquellas sospechas cristalizaran en mí, cuando llegaba a Balbec una muchacha nueva me sentía más a gusto y proponía a Albertina los lugares de excursión más lejanos, para que no pudiera conocerla e incluso, si era posible, para no ver a la recién llegada. Como es natural, recelaba más aún de las que tenían aspecto o fama de pertenecer al reprobado género, trataba de convencer a mi amiga de que esta mala fama no tenía fundamento, de que era calumniosa, y lo hacía, quizá sin confesármelo, por miedo, todavía inconsciente, de que Albertina intentara entrar en relación con la depravada, o de que lamentara no poder buscarla por causa mía, o de que creyera, por los numerosos ejemplos, que un vicio tan extendido no era condenable. Al negarlo de cada culpable, yo tendía nada menos que a negar la existencia del safismo. Albertina adoptaba mi incredulidad en cuanto al vicio de ésta o de la otra: «No, yo creo que es nada más que presume de serio, que es para darse personalidad.» Pero entonces yo me arrepentía de haber defendido la inocencia, pues me desagradaba que Albertina, tan severa antes, pudiera creer que «aquello» fuera tan halagador, tan distinguido como para que una mujer exenta de tales gustos quisiera aparentarlo. Yo hubiera querido que no viniera a Balbec ninguna otra mujer, temblaba de pensar que, como era aproximadamente la época en que madame Putbus debía llegar a casa de los Verdurin, su doncella, cuyas preferencias no me había ocultado Saint-Loup, pudiera venir de excursión hasta la playa, y si era un día en que yo no estaba con Albertina, procurar corromperla. Como Cottard me había dicho que los Verdurin tenían mucho interés por mí y, sin querer que pareciera que iban detrás de mí, como ellos decían, darían cualquier cosa por que fuese a su casa, llegué a pensar si no podría obtener de madame Verdurin, mediante la promesa de llevarle en París a todos los Guermantes del mundo, que, con cualquier pretexto, dijera a madame Putbus que no podía tenerla en su casa y la hiciera marcharse en seguida.

( ... )

Brusca mudanza con relación a Albertina. Desolación al amanecer. Salgo inmediatamente para París con Albertina.

Sólo esperaba una ocasión para la ruptura definitiva. Y una noche, como mamá se iba al día siguiente a Combray, donde iba a asistir en su última enfermedad a una hermana de su madre. Dejándome, como hubiera querido mi abuela, para que aprovechase el aire del mar, le anuncié que estaba irrevocablemente decidido a no casarme con Albertina y que iba a dejar de verla muy pronto. Estaba contento de dar, con estas palabras, una alegría a mi madre la víspera de su marcha. No me ocultó que era, en efecto, una alegría muy viva para ella. Tenía que explicarle con Albertina. Volviendo con ella de la Raspelière, cuando ya se habían apeado los fieles, unos en Saint-Mars-le-Vêtu, otros en Saint-Pierre-des-Ifs, otros en Doncières, sintiéndome muy contento y alejado de ella, me decidí, ahora que estábamos los dos solos en el vagón, a abordar por fin el asunto. Por otra parte, la verdad es que la que yo quería entre las muchachas de Balbec, aunque ausente en aquel momento lo mismo que sus amigas, pero que iba a volver (me gustaban todas, porque cada una tenía para mí, igual que el primer día, algo de la esencia de las otras, era como de una raza aparte), era Andrea. Como iba a llegar de nuevo a Balbec al cabo de unos días, seguro que iría a verme en seguida, y entonces, para permanecer libre, para no casarme con ella si yo no quería, para poder ir a Venecia, pero tenerla sin embargo toda mía hasta entonces, adoptaría la táctica de no buscarla mucho, y en cuanto llegara, cuando habláramos, le diría: "¡Qué lástima no haberte visto unas semanas antes! Me hubiera enamorado de ti; ahora no tengo libre el corazón. Pero no importa, nos veremos a menudo, pues estoy triste por mi otro amor y tú me ayudarás a consolarme.» Sonreía interiormente pensando en esta conversación, pues de este modo haría creer a Andrea que no la amaba verdaderamente, no se cansaría de mí y yo gozaría alegre y dulcemente de su cariño. Pero todo esto contribuía a hacer más apremiante la necesidad de hablar por fin en serio a Albertina para no obrar indelicadamente, y puesto que estaba decidido a consagrarme a su amiga, era preciso que ella, Albertina, supiera bien que no la amaba. Tenía que decírselo inmediatamente, pues Andrea podía llegar de un día a otro. Pero ya cerca de Parville me di cuenta de que no quedaba tiempo aquella noche y que era preferible aplazar hasta el día siguiente lo que ahora estaba irrevocablemente decidido. Me limité, pues, a hablar con ella de la comida que habíamos tenido en casa de los Verdurin. Cuando se estaba poniendo el abrigo, al salir el tren de Incarville, última estación antes de Parville, Albertina me dijo:

-Entonces, mañana re-Verdurin, no olvides que vas a ir a buscarme.

No pude impedir una respuesta seca:

-Sí, a menos que yo no «abandone», pues esta vida empieza a parecerme verdaderamente estúpida. En todo caso, si vamos, para que el tiempo que pase en la Raspelière no sea completamente perdido, tendré que preguntarle a madame Verdurin algo que pueda interesarme mucho, ser objeto de estudio y darme algún placer, pues la verdad es que este año he tenido bien poco en Balbec.

-No es muy amable para mí, pero no te lo reprocho, porque me doy cuenta de que estás nervioso. ¿Qué placer es ése?

-Que madame Verdurin haga tocar para mí cosas de un músico cuyas obras conoce ella muy bien. Yo también conozco una, pero parece ser que hay otra y quisiera saber si están editadas, si son diferentes de las primeras.

-¿Qué músico?

-Hijita mía, si te digo que se llama Vinteuil ¿habrás salido de dudas? Podemos dar vueltas a todas las ideas posibles sin que entre en ellas nunca la verdad, y cuando menos lo esperamos nos viene de fuera su terrible pinchazo y nos hiere para siempre.

-No sabes la gracia que me haces-me contestó Albertina levantándose, pues iba a parar el tren-. Eso no sólo me dice mucho más de lo que tú crees, sino que, sin necesidad de madame Verdurin, podría darte todos los datos que quisieras. Te acordarás de que te hablé de una amiga mayor que yo que me sirvió de madre, de hermana, con la que pasé en Trieste mis mejores años; por cierto que la voy a ver dentro de unas semanas en Cherburgo, y desde allí viajaremos juntas (es un poco raro, pero ya sabes lo que me gusta el mar); bueno, pues esa amiga (nada del género de mujeres que tú podrías creer), ya ves qué casualidad, es precisamente la mejor amiga de la hija de Vinteuil, y conozco casi tanto a la hija de Vinteuil. Yo les llamo siempre mis dos hermanas mayores. No me disgusta demostrarte que tu pequeña Albertina podrá serte útil para esas cosas de música de las que dices, y con razón, que no entiendo nada.

Ante estas palabras pronunciadas al entrar en la estación de Parville, tan lejos de Combray y de Montjouvain, tanto tiempo después de la muerte de Vinteuil, una imagen se agitaba en mi corazón, una imagen guardada en reserva durante tantos años que, aun cuando, en el momento en que la almacené, hubiera podido adivinar que tenía un poder nocivo, habría creído que a la larga lo perdería por completo, conservada viva en el fondo de mí -como Orestes, cuyos dioses impidieron su muerte para que, el día señalado, volviera a su país a castigar la muerte de Agamenón- para mi suplicio, para mi castigo ¿quién sabe?, por haber dejado morir a mi abuela, quizá surgiendo de pronto del fondo de la noche donde parecía enterrada para siempre y llamando como un Vengador con el fin de inaugurar para mí una vida terrible, merecida y nueva, acaso también para poner de relieve ante mis ojos las funestas consecuencias que los actos malos engendran indefinidamente, no sólo para los que los cometen, sino para los que no han hecho, no han creído hacer otra cosa que contemplar un espectáculo curioso y divertido, como yo, pobre de mí, en aquella lejana tarde en Montjouvain, escondido detrás de un bardal, donde (como cuando escuché complacidamente el relato de los amores de Swann) dejé ensancharse peligrosamente en mí el camino del Saber, funesto y destinado a ser doloroso. Y en aquel mismo momento tuve un sentimiento casi orgulloso, casi gozoso de mi mayor dolor, el sentimiento de un hombre a quien el choque recibido hiciera dar un salto como para llegar a un punto al que ningún esfuerzo habría podido izarle. Albertina, amiga de mademoiselle Vinteuil y de su amiga, practicante profesional del safismo, era, en comparación con lo que yo había imaginado en las más fuertes dudas, lo que en la pequeña sección de acústica de la exposición de 1889 son los teléfonos, de los que apenas se esperaba que pudieran llegar de una casa a otra y que planean sobre las calles, las ciudades, los campos, los mares, uniendo los países. Acababa de aterrizar en una terrible terra incognita: se abría una nueva fase de insospechados sufrimientos. Y, sin embargo, ese diluvio de la realidad que nos sumerge, aunque es enorme comparado con nuestras tímidas e ínfimas suposiciones, éstas lo habían presentido. Es algo como lo que yo acababa de saber, algo como la amistad de Albertina y mademoiselle Vinteuil, algo que mi mente no habría sabido inventar, pero que yo captaba oscuramente cuando tanto me preocupaba ver a Albertina con Andrea. Si no se llega más lejos en el sufrimiento, muchas veces no es más que por falta de espíritu creador. Y la realidad más terrible provoca, al mismo tiempo que el dolor, la alegría de un hermoso descubrimiento, porque no hace más que dar una forma nueva y clara a lo que estábamos mascando desde hacía tiempo sin darnos cuenta. El tren se había detenido en Parville, y como éramos los únicos viajeros que llevaba, el empleado gritó «¡Parville!» con una voz desmayada por el sentimiento de la inutilidad de la tarea, por el hábito mismo que le hacía sin embargo desempeñarla y le inspiraba a la vez la exactitud y la indolencia, y más aún por la gana de dormir. Albertina, ante mí, al darse cuenta que había llegado al punto de destino, dio unos pasos desde el fondo del vagón y abrió la portezuela. Pero este movimiento que realizaba para bajar de] tren me desgarraba intolerablemente el corazón, como si, al revés de la posición independiente de mi cuerpo, que, a dos pasos de él, parecía ocupar el de Albertina, aquella separación espacial, que un dibujante verídico hubiera tenido que figurar entre nosotros, no fuera más que una apariencia y como si el que pretendiera volver a dibujar las cosas con arreglo a la verdadera realidad tuviera que situar ahora a Albertina, no a cierta distancia de mí, sino en mí. Tanto daño me causaba al alejarse que me precipité a ella y la atraje desesperadamente por el brazo.

-¿Sería materialmente imposible -le pregunté- que vinieras a dormir esta noche a Balbec?

-Materialmente, no. Pero me estoy cayendo de sueño.

-Me harías un favor inmenso...

-Está bien, aunque no comprendo ¿por qué no me lo has dicho antes? En fin, me quedo,

Mi madre estaba durmiendo cuando, después de pedir para Albertina una habitación situada en otro piso, entré en la mía. Me senté junto a la ventana, conteniendo los sollozos para que no me oyera mi madre, a la que sólo un delgado tabique separaba de mí. Ni siquiera pensé en cerrar los postigos, pues, en cierto momento levanté los ojos y vi frente a mí, en el cielo, aquel mismo pequeño resplandor de un rojo apagado que se veía en el restaurante de Rivebelle en un estudio de un sol en el ocaso pintado por Elstir. Recordé la exaltación que, el primer día de mi llegada a Balbec, me produjo, el divisar el pequeño ferrocarril, aquella misma imagen de un atardecer que no precedía a la noche, sino a un nuevo día. Pero ningún día sería ya para mí un nuevo día, ninguno me despertaría el deseo de una felicidad desconocida, todos acentuarían mis dolores, hasta que ya no tuviese fuerza para soportarlos. Ya no ofrecía ninguna duda para mí que lo que me había dicho Cottard en el casino de Incarville era verdad. Lo que yo temía desde hacía mucho tiempo, lo que sospechaba vagamente de Albertina, lo que mi instinto extraía de todo su ser, y lo que mis razonamientos dirigidos por mi deseo me habían poco a poco hecho negar, era cierto. Ya no veía detrás de Albertina las azules montañas del mar, sino la habitación de Montjouvain donde caía en los brazos de mademoiselle Vinteuil con esa risa en la que se oía como el sol desconocido de su goce. Pues, bonita como era Albertina ¿cómo mademoiselle Vinteuil, con las aficiones que tenía, no iba a pedirle que las satisfaciera? Y la prueba de que a Albertina no le había chocado y había consentido es que no se enfadaron, sino que su intimidad no cesó de ir en aumento. Y aquel gracioso movimiento de Albertina posando su barbilla en el hombro de Rosamunda, mirándola sonriente y dándole un beso en el cuello, aquel movimiento que me recordó a mademoiselle Vinteuil y para cuya interpretación había dudado sin embargo en admitir que una misma línea trazada por un gesto fuera forzosamente el resultado de una misma inclinación, quien sabe si Albertina no lo había aprendido simplemente de mademoiselle Vinteuil. El cielo, apagado, se iba encendiendo poco a poco. Yo. que hasta entonces no me había despertado nunca sin sonreír a las cosas más humildes, al tazón de café con leche, al rumor de la lluvia, al runflar del viento, sentía que el día que iba a amanecer al cabo de un momento y todos los días que le sucederían ya nunca más me traerían la esperanza de una felicidad desconocida, sino la prolongación de mi martirio. Aún tenía apego a la vida, sabía que ya no podía esperar nada más que lo malo. Corrí al ascensor, a pesar de la hora inoportuna, a llamar al ascensorista en

funciones de vigilante de noche, y le encargué que fuera a la habitación de Albertina a decirle que yo tenía una cosa importante que comunicarle, que si podía recibirme. «La señorita prefiere venir ella -volvió a contestarme. Estará aquí dentro de un momento.» Y, en efecto, en seguida entró Albertina en bata.

-Albertina- le dije muy bajo y pidiéndole que no levantara la voz para no despertar a mi madre, sólo separada de nosotros por aquel tabique cuya delgadez, hoy inoportuna y que obligaba a hablar muy bajo, parecía en otro tiempo, cuando en él se pintaban tan bien las intenciones de mi abuela, una especie de diafanidad musical-, me da vergüenza molestarte. Verás. Para que comprendas, tengo que decirte una cosa que no sabes. Cuando vine aquí dejé a una mujer con la que tenía que casarme, una mujer que estaba dispuesta a abandonarlo todo por mí. Esa mujer tenía que salir de viaje esta mañana, y yo llevaba una semana preguntándome cada día si tendría valor para no telegrafiarle que volvía. Lo tuve, pero sufría tanto que creí que me iba a suicidar. Por eso te pedí anoche que vinieras a dormir a Balbec. Si iba a morir, quería decirte adiós.

Y di libre curso a las lágrimas, que mi ficción hacía naturales.

-Pobrecito mío, si lo hubiera sabido habría pasado la noche contigo- exclamó Albertina, sin ocurrírsele la idea de que me iba a casar quizá con otra mujer y ella perdía la ocasión de hacer una «buena boda»: tan sinceramente emocionada estaba por la pena cuya causa podía yo ocultarle, pero no su realidad y su fuerza-. La verdad es -me dijo- que ayer, en todo el trayecto desde la Raspelière, noté muy bien que estabas nervioso y triste, y temía que te pasara algo-. En realidad, mi pena no comenzóhasta Parville, y el nerviosismo que, afortunadamente, Albertina confundía con la pena, pero que era muy diferente, provenía de la contrariedad de vivir unos días más con ella. Añadió: -Ya no te dejo, me quedaré todo el tiempo aquí.

Me ofrecía justamente -y sólo ella podía ofrecérmelo- el único remedio contra el veneno que me abrasaba, homogéneo por lo demás con él, dulce el uno, cruel el otro, los dos provenían de Albertina. En aquel momento, Albertina -mi mal- descansando de producirme sufrimientos, me dejaba -ella, Albertina remedio- enternecido como un convaleciente. Pero yo creía que se iba a ir en seguida de Balbec a Cherburgo y de aquí a Trieste. Iban a renacer sus costumbres de antes. Lo que yo quería ante todo era impedir que tomara el barco, procurar llevarla a París. Claro que, desde París, podía ir a Trieste, si quería, más fácilmente aún que desde Balbec, pero en París nos veríamos; quizá podría yo pedir a madame de Guermantes que influyera indirectamente en la amiga de mademoiselle Vinteuil para que no se quedara en Trieste, para que aceptara un puesto en otro sitio, quizá en casa del príncipe de..., al que yo había conocido en casa de madame de Villeparisis y en la de la misma madame de Guermantes. Y este príncipe, si Albertina quería ir a su casa a ver a su amiga, advertido por madame de Guermantes, podría impedir que se encontraran. Claro es que yo podía pensar que en París, si Albertina tenía esas aficiones, encontraría fácilmente otras personas para satisfacerlas. Pero cada movimiento de celos es particular y lleva la marcha de la persona que los ha suscitado, esta vez la amiga de mademoiselle Vinteuil. Ella era mi mayor preocupación.

( ... )

Después de las largas comidas, después de la fiesta de fin de año, cuando todo el mundo esté alegre, animado, Albertina tendrá con sus amigas de allí las mismas posturas que yo le había visto adoptar con Andrea, aunque su amistad con ésta era inocente, quién sabe, quizá las que acercaron delante de mí a mademoiselle Vinteuil, perseguida por su amiga, en Montjouvain. Ahora yo le ponía a mademoiselle Vinteuil, mientras su amiga la acariciaba antes de echarse sobre ella, el rostro enrojecido de Albertina, de Albertina, a la que oí lanzar, huyendo, abandonándose después, su risa extraña y profunda. Comparados con el sufrimiento que ahora sentía yo ¿qué eran los celos que pude tener el día en que Saint-Loup encontró a Albertina conmigo en Doncières y ella le hizo aquellos gestos provocativos, los celos que sentí pensando en el desconocido iniciador al que podía deber los primeros besos que ella me dio en París el día que yo esperaba la carta de mademoiselle de Stermaria? Aquellos otros celos, provocados por Saint-Loup, por un joven cualquiera, no eran nada. En este caso podría temer a lo sumo un rival al que procuraría vencer. Pero aquí el rival no era semejante a mí, sus armas eran diferentes, yo no podía luchar en el mismo terreno, dar a Albertina los mismos placeres, ni siquiera concebirlos exactamente. En muchos momentos de nuestra vida cambiaríamos todo el porvenir por un poder en sí mismo insignificante. En otro tiempo yo hubiera renunciado a todas las ventajas de la vida por conocer a madame Blantin, porque era amiga de madame Swann. Hoy, por que Albertina no fuera a Trieste soportaría todos los sufrimientos, y si esto no bastara, se los infligiría, la aislaría, la encerraría, le quitaría el poco dinero que tenía para que la indigencia le impidiera materialmente hacer el viaje. Así como en otro tiempo, cuando quería ir a Balbec, lo que me impulsaba al viaje era el deseo de una iglesia persa, de una tempestad al amanecer, lo que ahora me destrozaba el corazón al pensar que Albertina iría quizá a Trieste era que iba a pasar allí la noche de Navidad con la amiga de mademoiselle Vinteuil: pues la imaginación, cuando cambia de naturaleza y se transforma en sensibilidad, no por eso dispone de mayor número de imágenes simultáneas. Si me dijeran que no estaba en aquel momento en Cherburgo o en Trieste, que no podría ver que Albertina ¡cómo lloraría de alivio y de alegría! ¡Cómo cambiarían mi vida y su porvenir! Y sin embargo yo sabía muy bien que esta localización de mis celos era arbitraria, que si Albertina tenía esas aficiones podía satisfacerlas con otras mujeres. Acaso si aquellas mismas muchachas pudieran verla en otro sitio no torturaran tanto mi corazón. Era de Trieste, de aquel mundo desconocido donde yo sentía que gozaba Albertina, donde estaban sus recuerdos, sus amores de infancia, de donde emanaba aquella atmósfera hostil, inexplicable, como la que subía en otro tiempo hasta mi cuarto de Combray desde el comedor donde oía hablar y reír con los extranjeros, entre el ruido de los tenedores, a mamá, que no subiría a darme las buenas noches; como la que llenaba para Swann las casas donde Odette iba a buscar por la noche inconcebibles goces. Ahora ya no pensaba en Trieste como en un país delicioso donde la raza es pensativa, dorados los atardeceres, tristes los carillones, sino como en una ciudad maldita que hubiera querido incendiar y suprimir del mundo real. Aquella ciudad me atravesaba el corazón como una espina fija. Dejar a Albertina marcharse a Cherburgo y a Trieste me horrorizaba; y hasta que se quedara en Balbec. Pues ahora que estaba casi seguro de la intimidad de mi amiga con mademoiselle Vinteuil, me parecía que en todos los momentos en que Albertina no estaba conmigo (y había días enteros en los que, por causa de su tía, no podía verla), estaba dedicada a las primas de Bloch, quizá a otras. La idea de que aquella misma noche podía ver a las primas de Bloch me volvía loco. Así que cuando me dijo que durante algunos días no se separaría de mí, le contesté: «Es que yo quisiera irme a París. ¿No vendrías tú conmigo'? ¿Y no podrías venir a vivir un poco con nosotros en París?» Había que impedir a todo trance que estuviera sola, al menos durante unos días, tenerla junto a mí para estar seguro de que no podía ver a la amiga de mademoiselle Vinteuil.

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Me quedé solo en la habitación, aquella misma habitación demasiado alta de techo en la que tan desgraciado había sido la primera vez que llegué, cuando pensaba con tanto amor en mademoiselle Stermaria y acechaba el paso de Alhertina y de sus amigas como si fueran pájaros migratorios posados en la playa, donde con tanta indiferencia la poseí cuando la mandé a buscar por el botones, donde conocí la bondad de mi abuela, donde supe después que había muerto-, aquellos, postigos al pie de los cuales caía la luz de la madrugada los abrí yo la primera vez para contemplar los primeros contrafuertes del mar (aquellos postigos que Albertina me hacía cerrar para que no nos vieran besarnos). Tomaba conciencia de mis propias transformaciones confrontándolas con la realidad de las cosas. Nos habituamos a ellas como a las personas, y cuando, de pronto, recordamos el significado diferente que tienen, y, después, cuando han perdido todo significado, los acontecimientos de que fueron escenario, muy diferentes de los de hoy, la diversidad de los actos realizados bajo el mismo techo, entre las mismas librerías de cristales, el cambio que esta diversidad implica en el corazón y en la vida parece más acentuado aún por la inmutable permanencia de la decoración, reforzada por la unidad del lugar.

Durante un momento tuve la idea de que el mundo donde estaban aquella habitación y aquellas librerías, y en el que Albertina significaba tan poca cosa, era quizá un mundo intelectual, que era la única realidad, y mi pena algo así como la que produce la lectura de una novela, una pena que sólo un loco podría prolongar en un dolor duradero y permanente de su vida; que acaso bastaría un pequeño impulso de mi voluntad para llegar a ese mundo real y para entrar en él atravesando mi dolor como quien rompe un cerco de papel, sin preocuparme ya de lo que había hecho Albertina más de los que nos preocupan los hechos de la heroína imaginaria en una novela después de acabar la lectura. El caso, es que las mujeres a las que más he amado no han coincidido nunca con mi amor por ellas. Este amor era cierto, puesto que yo lo subordinaba todo a verlas, a tenerlas para mí solo, y lloraba si, una noche, las había esperado en vano. Pero aquellas mujeres, más que ser la imagen de mi amor, tenían más bien la propiedad de despertar este amor, de llevarlo al paroxismo. Cuando las veía, cuando las oía, no encontraba en ellas nada que se pareciera a mi amor y pudiera explicarlo. Sin embargo mi única alegría era verlas, mi única ansiedad esperarlas. Dijérase que la naturaleza les había agregado accesoriamente una virtud que no tenía ninguna relación con ellas, y que esta virtud, este poder similieléctrico ejercía sobre mí el efecto de excitar mi amor, es decir, de dirigir todos mis actos y de causar todos mis sufrimientos. Pero la belleza, o la inteligencia, o la bondad de aquellas mujeres eran cosas completamente distintas de esto.

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¡Qué sentido tan engañoso es el de la vista! Un cuerpo humano, aunque sea un cuerpo amado, como era el de Albertina, a unos metros de distancia, a unos centímetros, nos parece estar lejos de nosotros. Y lo mismo el alma que hay en él. Pero si algo cambia violentamente el lugar de esa alma con relación a nosotros, si nos indica que ama a otros seres y no a nosotros, entonces, por los latidos de nuestro corazón dislocado, sentimos que está, no a unos pasos de nosotros, sino en nosotros, que era la criatura querida. En nosotros, en unas regiones más o menos superficiales. Pero las palabras: «Esa amiga es mademoiselle Vinteuil» fueron el Sésamo, que yo hubiera sido incapaz de encontrar por mí mismo, que hizo entrar a Albertina en la profundidad de mi corazón desgarrado. Y la puerta que se cerró tras ella yo hubiera podido buscar durante cien años sin saber cómo podría volver a abrirla.

Mientras, hacía un momento, Albertina estaba conmigo, dejé de oír estas palabras por un instante. Y besándola como besaba en Combray a mi madre, para calmar mi angustia, casi creía en la inocencia de Albertina, o al menos no pensaba con continuidad en el descubrimiento que había hecho de su vicio. Pero ahora que estaba solo las palabras resonaban de nuevo, como esos ruidos interiores del oído que percibirnos cuando alguien deja de hablarnos. Ahora su vicio no ofrecía duda para mí. La luz del sol que iba a nacer, al modificar las cosas en torno mío, como trasladándome un instante con relación a ella, me hizo tornar de nuevo conciencia aún más amarga de mis sufrimientos. Nunca había visto nacer una mañana tan bella ni tan dolorosa. Pensando en todos los paisajes indiferentes que iban a iluminarse y que, todavía la víspera, sólo el deseo de visitarlos me habían infundido, no pude contener un sollozo cuando, en un gesto de ofertorio mecánicamente cumplido y que me pareció simbolizar el cruento sacrificio que yo iba a tener que hacer de todo goce, cada mañana, hasta el fin de mi vida, renovación solemne celebrada en cada aurora de mi dolor cotidiano y de la sangre de mi herida, el huevo de oro del sol, como propulsado por la ruptura de equilibrio que en el momento de la coagulación determinaría un cambio de densidad, erizado de llamas como en los cuadros, rompió de un golpe la cortina tras la que, desde hacía un momento, se le sentía trémulo y pronto a irrumpir en escena y a lanzarse, borrando bajo torrentes de luz su púrpura misteriosa e inmóvil.

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LA PRISIONERA

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Otras veces permanecía acostado, soñando todo el tiempo que quería, pues había orden de no entrar nunca en mi cuarto antes de que yo llamase, lo que, por la incómoda posición de la pera eléctrica encima de mi cama, requería tanto tiempo que muchas veces, cansado de buscarla y contento de estar solo, casi volvía a dormirme unos momentos. No es que yo fuese completamente indiferente a la estancia de Albertina en nuestra casa. El estar separada de sus amigas conseguía evitar a mi corazón nuevos sufrimientos. Lo mantenía en un reposo, en una casi inmovilidad que le ayudarían a curarse. Pero al fin y al cabo aquella calma que me procuraba mi amiga era lenitivo del sufrimiento más que alegría. Y no es que no me permitiera gustarías numerosas, pero es tas alegrías que el dolor demasiado vivo me impidiera sentir, lejos de debérselas a Albertina, que por otra parte ya no me parecía apenas bonita y con la cual me aburría, sintiendo la clara sensación de no amarla, las gustaba, por e contrario, cuando Albertina no estaba conmigo. En consecuencia, para comenzar la mañana, no la llamaba en seguida, sobre todo si hacía bueno.

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En cambio, de Albertina ya no me quedaba nada que aprender. Cada día me parecía menos bonita. Sólo el deseo que suscitaba en los demás la izaba a mis ojos en un alto pavés cuando, al enterarme, comenzaba a sufrir de nuevo y quería disputársela. Podía causarme sufrimiento, nunca alegría. Y sólo por el sufrimiento subsistía mi fastidioso apego a ella. Tan pronto como desaparecía, y con ella la necesidad de calmar aquel sufrimiento, que requería toda mi atención como una distracción atroz, sentía que no era nada para mí, como nada debía de ser yo para ella. Me dolía la continuación de aquel estado, y a veces deseaba enterarme de algo terrible que ella hubiera hecho y que diera lugar a una ruptura hasta que me curara, lo que nos permitiría reconciliarnos, rehacer de manera diferente y más ligera la cadena que nos unía.

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Un celoso exaspera a la mujer amada privándola de mil placeres sin importancia. Pero los que están en el fondo de su vida los guarda allí donde al celoso no se le ocurre buscarlos cuando su inteligencia se cree más perspicaz y cuando otros le dan los mejores informes. Pero, en fin, Andrea, al menos, se iba a marchar, mas yo no quería que Albertina pudiera despreciarme por haberme engañado ella y Andrea. Un día u otro se lo diría. Y así, demostrándole que me enteraba de todo lo que ella me ocultaba, la obligaría quizá a hablarme más francamente. Pero no quería hablarle aún de esto, en primer lugar porque, tan cerca de la visita de su tía, habría comprendido de dónde me venía la información, habría cegado esta fuente y no habría temido otras desconocidas. Además, porque no quería arriesgarme, mientras no estuviera seguro de conservar a Albertina todo el tiempo que quisiera, a acosarla demasiado, porque esto podría despertarle el deseo de dejarme. Verdad es que si yo razonaba, si buscaba la verdad, si pronosticaba el porvenir por sus palabras, que aprobaban siempre todos mis proyectos, que expresaban lo mucho que le gustaba aquella vida, lo poco que le importaba su encierro, yo no podía dudar que se quedaría siempre conmigo. Y esto no dejaba de fastidiarme mucho, pues sentía que perdía la vida, el mundo, de los que nunca había disfrutado, a cambio de una mujer en la que ya no podía encontrar nada nuevo.

Ni siquiera podía ir a Venecia, porque allí, cuando me quedara en la cama, me torturaría el temor de las insinuaciones que pudieran hacerle el gondolero, la gente del hotel, los venecianos. Mas si, por el contrario, razonaba sobre la otra hipótesis, la que se fundaba no en las palabras de Albertina, sino en silencios, en miradas, en sonrojos, en enfurruñamientos, y hasta en accesos de rabia, que me hubiera sido muy fácil demostrarle que eran infundados, pero que prefería hacer como que no los notaba, entonces pensaba que aquella vida le resultaba insoportable, que estaba siempre privada de lo que le gustaba y que, fatalmente, me dejaría algún día. Si había de hacerlo, lo único que yo deseaba era poder elegir el momento, un momento en que no me fuera demasiado penoso, y además una estación en la que ella no pudiera ir a ninguno de los lugares donde yo imaginaba sus extravíos: ni a Amsterdam, ni a casa de Andrea, ni de mademoiselle Vinteuil. Verdad es que las encontraría más tarde, pero de aquí a entonces me habría calmado y aquello me sería ya indiferente. En todo caso, para pensar esto había que esperar a que curara la pequeña recaída causada por el descubrimiento de las razones que, con unas horas de distancia, movieron a Albertina a marcharse y a no marcharse inmediatamente; había que dar tiempo a que desaparecieran los síntomas que no podían menos de atenuarse si no me enteraba de nada nuevo, pero que eran todavía demasiado agudos para no hacer más dolorosa, más difícil, una operación de ruptura, ahora considerada inevitable, pero nada urgente, y que era preferible practicar «en frío». La elección del momento era cosa mía; pues si ella quería marcharse antes de que yo lo decidiera, siempre estaría yo a tiempo, cuando me comunicara que estaba harta de aquella vida, de rebatir sus razones, de darle más libertad, de prometerle algún gran placer próximo que ella deseara, incluso, si no me quedaba más recurso que su corazón, de confesarle mi pena. Estaba, pues, bien tranquilo a este respecto, pero no era muy lógico conmigo mismo. Pues en una hipótesis en la que yo no tenía precisamente en cuenta cosas que ella decía y que anunciaba, suponía que, cuando se tratara de su marcha, me daría con anticipación sus razones, me permitiría rebatirlas y vencerlas.

Me daba cuenta de que mi vida con Albertina no era más que, por una parte, cuando no tenía celos, aburrimiento; por otra parte, cuando los tenía, sufrimiento.

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