"Si leen el texto de Freud sobre el Presidente Schreber verán que aborda como argumento clínico para la comprensión del susodicho Presidente, la función que jugo, en otro de sus pacientes, la prosopopeya de Nietzsche en su Zaratustra que se llama Antes del Amanecer." "El día en tanto día no es un fenómeno, implica la connotación simbólica, la alternancia fundamental que connota la presencia y la ausencia sobre la que Freud hace girar toda su noción del mas allá del Principio del Placer..."
De esta manera, Lacan alude a ese campo de articulación simbólica donde se produce la Verwerfung.
Estas citas se encuentran en el Seminario III “La Psicosis”, cap. XI, (Del rechazo de un significante primordial), punto II: “El día y la noche".
Con respecto a la alusión de Lacan a "otro de los pacientes de Freud”, está ubicado en "Observaciones Psicoanalíticas sobre un caso de Paranoia (Dementia Paranoide) autobiográficamente descrito". Allí, Freud dice: “Una de mis pacientes que había perdido tempranamente a su padre e intentaba buscarlo en todos los elementos elevados de la Naturaleza, me hizo vislumbrar que el himno de Nietzsche "A la Aurora" daba expresión a igual nostalgia".
Se reproduce:
Friedrich Nietzsche: "Antes del Nacimiento del Sol", en Así hablaba Zaratustra. Ediciones Siglo XX. Buenos Aires, 1985 (1)
¡Oh, cielo extendido sobre mí! ¡Ciclo claro y profundo! ¡Abismo de luz! ¡Al contemplarte, me estremecen divinos anhelos!
Lanzarme a tu altura: ¡he ahí mi profundidad! Cobijarme en tu pureza: ¡he ahí mi inocencia!
En su belleza está velado el dios: así ocultas tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría.
Mudo has surgido hoy para mí sobre el hirviente mar; tu amor y tu pudor se revelan a mi alma hirviente.
Bello, has venido hacia mí, velado en tu belleza; mudo, me has hablado a mí, revelándote en tu sabiduría: ¡oh! ¡Cómo no adiviné todos los pudores de tu alma! Antes que el sol has venido hacia mí, el más solitario.
Somos amigos de siempre: nuestras penas y el fondo de nuestro ser nos son comunes; el sol mismo nos es común. No nos hablamos, porque sabemos demasiadas cosas: callamos, y por sonrisas nos entendemos. ¿No eres tú la luz de mi fuego? ¿No eres tú el alma hermana de mi inteligencia?
Todo lo hemos aprendido juntos: juntos hemos aprendido a elevarnos, por encima de nosotros, y a sonreír, sin nubes, hacia abajo, con límpidos ojos, desde remotas lejanías, cuando a nuestros pies se desvanecen como llovizna vaporosa la imposición, el fin y la falta.
Y cuando yo caminaba solo, ¿de qué tenía hambre mi alma por las noches y en los senderos del error? Y cuando yo escalaba montes, ¿a quién buscaba en las cimas sino a ti?
Y todos mis viajes y todas mis ascensiones no eran más que un expediente y recurso de la torpeza. ¡Lo que quiere mi voluntad toda es volar, volar hacia ti!
¿Y a qué odiaba yo más que a las nubes y todo lo que te empaña? ¡Y odiaba hasta mi propio odio, porque te empañaba!
Tengo ojeriza a las nubes, a esos gatos monteses que van arrastrándose; nos quitan a ti y a mí lo que nos es común: la inmensa e infinita afirmación de las cosas.
Nosotros tenemos ojeriza a las rastreras nubes, a esos seres de términos medios y de componendas, a esos seres mixtos e indecisos que no saben ni bendecir ni maldecir con todo su corazón.
¡Mejor querría estar metido en un tonel o en un abismo, sin ver el cielo, que verte a ti, cielo de luz, empañado por las nubes que pasan!
Y muchas veces he sentido deseos de ensartarlas con fulgurantes hilos de oro y timbalear como el trueno sobre su panza de caldera: timbalear de cólera, puesto que me roban a mí tu afirmación -¡cielo puro! ¡cielo sereno! ¡abismo de luz!- y te roban a ti la mía.
Porque prefiero el ruido y el trueno y las execraciones del mal tiempo a esa calma mesurada y dudosa de los gatos-, y, entre los hombres también, lo que más odio son esos seres mixtos e indecisos, que andan sigilosamente, esas nubes que pasan, dudando y vacilando.
¡Y "quien no sabe bendecir debe aprender a maldecir!" –de un luminoso cielo me ha caído esta enseñanza luminosa– aun en las noches enteras brilla esta estrella en mi cielo.
¡Pero yo bendigo y afirmo siempre, con tal que tú estés alrededor de mí, cielo puro, cielo sereno, abismo de luz! –a todos los abismos llevo entonces mi bienhechora afirmación.
Yo he llegado a ser el que bendice y afirma, y para eso he luchado mucho–, yo he sido un luchador a fin de tener un día las manos libres para bendecir.
Y mi bendición consiste en estar por encima de cada cosa como su propio cielo, su redonda techumbre, su bóveda cerúlea y su eterna serenidad: ¡y bienaventurado el que así bendice!
Porque todas las cosas son bautizadas en la fuente de la eternidad y allende el bien y el mal; pero el bien y el mal mismos no son más que sombras interpuestas, húmedas aflicciones y nubes de paso.
Bendición hay ciertamente, y no maldición, cuando yo enseño: “Sobre todas las cosas se encuentra el cielo Azar, el cielo Inocencia, el cielo Acaso, el cielo Ufanía".
“Por azar” –esa es la más antigua nobleza del mundo, yo se la he restituido a todas las cosas–, yo las he librado de la servidumbre del fin.
Esa libertad y esa serenidad celestes las he puesto como bóvedas cerúleas sobre todas las cosas, al enseñar que sobre ellas, y por ellas, ninguna "voluntad eterna" quería.
Yo he puesto, en vez de esa voluntad, esa petulancia y esa locura, cuando he enseñado: Hay una cosa imposible dondequiera, y esa cosa es la racionalidad.
Un poco de razón, un grano de sensatez, disperso de estrella en estrella, es levadura indudablemente mezclada a todas las cosas: ¡a causa de la locura se halla mezclada a todas las cosas la sensatez!
Un poco de sensatez es posible; pero yo he encontrado en todas las cosas esta bienhechora certidumbre: prefieren bailar sobre los pies del acaso.
¡Oh cielo puro y excelso! Tu pureza consiste ahora para mí en que no hay ninguna araña ni tela de araña eterna de la razón: en que eres un salón de baile para los azares divinos, una mesa divina para los divinos dados y jugadores de dados.
¿Pero te sonrojas? ¿He dicho cosas indecibles? ¿He maldecido queriendo bendecirte? ¿O lo que hace que te sonrojes es la vergüenza de ser dos? ¿Me mandas que me vaya y me calle, porque ahora viene el día?
El mundo es profundo, y más profundo de lo que pensó jamás el día. No todo puede tener la palabra delante del día.
Pero el día viene. ¡Separémonos, pues!
¡Oh cielo extendido sobre mí, cielo púdico y encendido!
¡Oh felicidad antecedente a la salida del sol! El día viene.
¡Separémonos!
Así hablaba Zaratustra.