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"Entiendan que es para pavimentarles el camino con flores que les recuerdo esas verdades de experiencia común, de las que no se reconoce suficientemente la significación, y tratar de hacerles percibir que no es azar analogía, comparación, ni sólo flores, sino afinidades profundas que me harán indicarles la afinidad con el término de objeto de este Otro -con O mayúscula- en tanto por ejemplo ésta se manifiesta, por ejemplo en el amor que el famoso trozo de Eliante en El Misántropo retoma del De natura rerum de Lucrecio:
"La blanca es en blancura a los jazmines comparable...
la negra por dar miedo una morena adorable;
la delgada tiene altura y libertad,
la gruesa está, en su porte plena de majestad,
la desaliñada, cargada en sí de pocos atractivos
es puesta bajo el nombre de belleza descuidada
... etc. "
En su clase del 28 de marzo de 1962 del Seminario 8, "La identificación", Lacan da cuenta de la constitución del objeto de deseo. Cita a Lucrecio y refiere a Molière enfatizando "que el objeto del deseo no se constituye sino en la relación al Otro en tanto que él mismo se origina en el valor del rasgo unario. Ningún privilegio en el objeto sino en ese valor absurdo dado a cada rasgo por ser un privilegio. "
Se reproduce:respetando el orden en que Lacan los presenta
1°) Acto I, y 4 Escenas del Acto II de El Misántropo de Molière
2°) Los versos 1058 hasta 1191 titulados “Peligros del amor sufrimientos e ilusiones de los enamorados" del Libro IV de De la naturaleza de las cosas de Lucrecio.
EL MISANTROPO, de MOLIÉRE
COMEDIA EN CINCO ACTOS
Molière, J. B. Poquelin (1622-1673) El Misántropo. Obras Teatrales, Madrid, Ediciones Giner 1973.
Lucrecio (Primera mitad del s.I a. C.). De la naturaleza de las cosas. Madrid, Cátedra, Letras Universitarias, 1994.
Personajes:
ALCESTE (1), pretendiente de Celimena.
FILINTO, amigo de Alceste.
ORONTE, pretendiente de Celimena.
ACASTO, marqués, cortejador de Celimena.
CLITANDRO, marqués, cortejador de Celimena.
ELIANTA, prima de Celimena.
ARSINOE, amiga de Celimena.
VASCO, criado de Celimena.
UN GUARDIA de la Mariscalía de Francia.
DUBOIS, criado de Alceste.
La acción en París, en el salón de recibir de la casa de Celimena.
ACTO PRIMERO
Escena 1
FILINTO Y ALCESTE
FILINTO. -¿Qué pasa? ¿Qué tenéis?
ALCESTE. (Sentado.) -Dejadme, por favor.
FILINTO. -Pero, decidrne: ¿qué extravagancia...?
ALCESTE. -Dejadme, os repito, y escondeos.
FILINTO. -Al menos, se debe saber escuchar a la gente, sin enojarse.
ALCESTE. -Pues yo quiero enojarme y no quiero escuchar.
FILINTO. -La verdad, no acierto a comprender esos súbitos enfados vuestros; y, aunque seamos amigos, soy de los primeros en...
ALCESTE. (Levantándose bruscamente.) -¿Yo amigo vuestro? No contéis ya con mi amistad. Hasta ahora, me preciaba de serlo; más, después de lo que acabo de descubrir en vos, os digo abiertamente que ya no lo soy y que no deseo tener cabida en corazones corrompidos.
FILINTO. -¿Tan culpable soy, Alceste, a vuestro juicio?
ALCESTE. -¿Me lo preguntáis aún? Deberíais moriros de vergüenza. Una acción semejante no puede tener disculpa y a todo hombre de honor ha de escandalizarle. Os he visto prodigar a un hombre las más solícitas pruebas de afecto; acompañabais vuestros abrazos de promesas, ofrecimientos y juramentos de amistad y de aprecio, y cuando os pregunto quién es ese hombre, apenas si recordáis su nombre. Vuestra devoción por él se disipa tan pronto os separáis y, ante mí, aparentáis que os es indiferente. ¡Pardiez! Eso es algo indigno, cobarde, infame, rebajarse hasta ese punto y traicionarse a uno mismo; y si, por desgracia, yo hubiese hecho otro tanto, me ahogaría de vergüenza y de remordimiento.
FILINTO. -En mi opinión, el caso no es tan grave, y os ruego consideréis con benevolencia el que dulcifique un poco vuestra sentencia y no me ahorque, si me lo permitís.
ALCESTE. -No encuentro gracia alguna en esa broma.
FILINTO. -Y, en serio, ¿qué queréis que haga?
ALCESTE. -Quiero que se sea sincero siempre y que, como hombre de honor, no se profiera una sola palabra que no salga del corazón.
FILINTO. -Pero cuando un hombre os abraza con alegría, hay que pagarle en la misma moneda, manifestar idéntica satisfacción y devolver promesa por promesa y ofrecimiento por ofrecimiento.
ALCESTE. –No; no puedo admitir esos mezquinos fingimientos de la mayoría de vuestras amistades a la moda; nada aborrezco tanto como las ridículas contorsiones de todos esos farsantes, de todos esos incansables prometedores, de esos pródigos dispensadores de abrazos y de esos obsequiosos aduladores, que rivalizan en zalamerías y que tratan de] mismo modo al hombre de espíritu y al necio. ¿Qué valor puede concederse a las promesas de amistad y de afecto, a las palabras de cariño, de aprecio o de elogio, de un hombre del que se sabe que hará lo mismo con el primer ganapán que encuentre? No; no puede haber un espíritu un poco elevado que se satisfaga con estas prostituidas y falsas muestras de amistad y de afecto, y hasta la más entusiástica no puede resultar grata cuando se sabe que son muchos los que la reciben igualmente. La estimación implica cierta preferencia y estimar mucho a todos equivale a no estimar a nadie. Y por eso justamente, porque este vicio de nuestro tiempo os es tan caro, no puedo consideraros un verdadero amigo. No quiero ser uno más en el afecto de nadie; quiero que se me distinga. Y para ser enteramente franco, no me seduce el papel de amigo de] género humano.
FILINTO. -Pero sabéis muy bien que cuando se pertenece al gran mundo es preciso adoptar las maneras corteses que exige la costumbre.
ALCESTE. -No; al contrario. Debería castigarse sin piedad ese vergonzoso comercio de falsas amistades y de adulaciones recíprocas. Quiero que el hombre se muestre siempre como es realmente y que en toda ocasión revelemos nuestro corazón; que a través de nuestras palabras sea él quien hable; que no ocultemos constantemente nuestros sentimientos bajo vanos y mendaces cumplidos.
FILINTO. -Pero ¿cómo negar que en muchas ocasiones esa total franqueza que preconizáis resultaría tan ofensiva como intolerable? Tenéis que admitir, aunque ello disguste a vuestro austero sentido de] honor, que a veces es no sólo conveniente, sino bueno, ocultar los verdaderos sentimientos de nuestro corazón. ¿Creéis correcto ni posible decir a cada uno lo que pensamos de él? Y si hay alguien al que odiamos o que nos desagrada particularmente, ¿debemos por ello manifestárselo sin ambages?
ALCESTE. -Sí.
FILINTO. -¿Cómo? ¿Os atreveríais, por ejemplo, a decirle a la vieja Emilia que a su edad resulta ridículo pretender todavía pasar por bella y que sus coqueteos y sus afeites escandalizan y son, a la vez, la irrisión de todo el mundo?
ALCESTE. -¿Y por qué no?
FILINTO. -Y a ese importuno y pelma de Dorilas, que no queda ya en la corte quien no esté harto de oírle contar sus hazañas y las glorias de su estirpe, ¿te diríais vos...?
ALCESTE. -Sin la menor duda.
FILINTO. -No es posible que habléis en serio.
ALCESTE. -Hablo absolutamente en serio. Y sobre este punto no pienso hacer excepción con nadie. Me irrita demasiado cuanto veo y la corte y la ciudad no me dan más que motivos para que se me revuelva la bilis. Caigo en un sombrío humor y sufro una honda pena viendo cómo conviven actualmente los hombres. No encuentro por todas partes más que cobarde adulación, injusticia, mezquinos intereses, traición y bellaquería. No puedo contenerme más. Me desespero y estoy dispuesto a enfrentarme y cantarle las verdades a todo el género humano.
FILINTO. -Ese filosófico mal humor resulta un poco bárbaro. Me hacen sonreír vuestros arrebatos y me parece estar viendo en nosotros, que hemos recibido la misma y esmerada educación, a los dos hermanos que aparecen en La escuela de los maridos, y que...
ALCESTE. -Por favor, no hagáis tan necias comparaciones.
FILINTO. -Os hablo seriamente. Renunciad a todas esas extravagancias. Todo vuestro celo no hará cambiar al mundo. Y puesto que la franqueza os es tan cara, os diré francamente que esta especie de enfermedad sólo provocará la ira o la risa dondequiera que vayáis, y en cuanto a la cólera que suscitan en vos las costumbres de nuestra época, no hará sino poneros en ridículo a los ojos del mundo.
ALCESTE. -Tanto mejor. Eso es justamente lo que pretendo. Será la mejor señal y me sentiré muy satisfecho y orgulloso de que así suceda. Detesto tanto a los hombres, me son tan odiosos, que me molestaría me tuviesen por cuerdo.
FILINTO. -Ya veo que juzgáis muy severamente a la especie humana.
ALCESTE. -Sí; no quiero negar que los hombres han llegado a no inspirarme sino un odio y un desprecio profundos.
FILINTO. -¿Y profesáis esa misma e irreducible aversión a todos los míseros mortales, sin excepción alguna'? Aunque en el siglo que vivimos tal vez no sería demasiado injusto.
ALCESTE. -Así es. Odio a todos los hombres. A unos, porque son malvados y dañinos, y a los otros, porque son complacientes y serviles con aquéllos y no los odian con esa vehemencia que debe inspirar el vicio a toda alma virtuosa. Y esta culpable complacencia se advierte en el desalmado con quien me enfrento. Tras su máscara se ve bien al traidor. En todas partes se sabe lo que es. Sus melifluas miradas y sus afables modales sólo engañan a los forasteros, que no le conocen. Se sabe perfectamente que ese miserable patán, merecedor de castigo, ha medrado en el mundo gracias a las más sucias intrigas y, sin embargo, el esplendor que ha alcanzado basta para que se ensalcen sus méritos y para que la verdadera virtud deba sonrojarse. Por vergonzosos que sean los títulos que le hayan concedido, nadie se alzará contra ello. Llamadle traidor, infame, desalmado. Todo el mundo estará de acuerdo, pero nadie moverá un dedo contra él. En todas partes sus fingimientos son bien acogidos. Se le adula y se le celebra. Y si, por ventura, hay un buen puesto por disputar, veremos cómo es él quien se lo lleva, frente al más honesto de los hombres. ¡Ah, diantre, me hiere profundamente ver todos los miramientos que se tienen con los viciosos y malvados! Y por eso siento, a veces, un repentino impulso de refugiarme en un desierto para huir de los hombres.
FILINTO. -¡Dios mío! Creo que vale más no afligirse tanto por las costumbres de nuestra época y considerar con un poco más de indulgencia al género humano. Sí; no extrememos nuestro rigor y tengamos comprensión para sus defectos y sus vicios incluso. En este mundo es preciso mostrarse tratable y la excesiva rectitud puede acabar por ser también censurable. La perfecta razón evita todo extremo y exige una sensatez moderada. La inflexible rigidez de las costumbres de otros tiempos choca demasiado en nuestro siglo con las costumbres admitidas, ya que querría que los hombres fuesen perfectos; pero hay que saber adaptarse a la evolución del tiempo sin obstinarse en querer imposibles, y no hay mayor locura que intentar corregir al mundo. Observo cada día, lo mismo que vos, cien cosas que podrían ir mucho mejor de seguir otro rumbo. Mas vea lo que vea a cada momento, no me irrito ni me desespero como vos. Me limito a aceptar a los hombres tal como son y acostumbro a mi espíritu a soportar lo que hacen, y creo sinceramente que, tanto en la corte como en la ciudad, mi flema es tan filosófica como vuestra bilis.
ALCESTE. -¿Y esa flema que razona tan bien no se sulfura ante nada? Si, por malaventura, un amigo os traiciona; o para arrebataros vuestros bienes, se os tiende una celada, o se os calumnia y se os difama, ¿seríais capaz de sufrirlo sin enojaros?
FILINTO. -Conozco esos defectos, que censuráis tan implacablemente, pero los considero males inseparables de la naturaleza humana. Y no me siento más sorprendido e indignado viendo a un hombre comportarse malvadamente, mostrarse injusto, cruel e interesado, que si contemplara a unos buitres ávidos de carnaza o a unos lobos rabiosos persiguiendo a su presa.
ALCESTE. -Entonces me vería yo traicionado, robado, escarnecido, y no debería... ¡Basta! No quiero hablar más de ello. Es demasiado impertinente vuestro razonamiento.
FILINTO. -¡Por mi fe que haréis bien guardando silencio! Moderad vuestro resentimiento y no os indignéis tanto con vuestro litigante. Acordad simplemente una mayor atención a vuestro pleito.
ALCESTE. -No pienso hacer nada de eso. Tengo tomada mi resolución.
FILINTO. -Entonces, ¿quién defenderá vuestra causa?
ALCESTE. -¿Quién? La razón, mis legítimos derechos, la equidad.
FILINTO. -¿Y no pensáis visitar a ningún juez?. (2)
ALCESTE. -No. ¿Es que mi causa es acaso injusta o dudosa?
FILINTO. -No; convengo en ello. Pero el asunto es delicado y...
ALCESTE. -No insistáis. He resuelto no dar un solo paso. O tengo razón o no la tengo. Eso es todo.
FILINTO. -No confiéis demasiado en ello.
ALCESTE. -Os lo repito; he decidido no moverme.
FILINTO. -Vuestro contrario es poderoso y con sus intrigas puede tal vez conseguir que...
ALCESTE. -No me importa.
FILINTO. -Creo que os equivocáis.
ALCESTE. -Es muy posible, mas quiero ver el resultado.
FILINTO. -Pero...
ALCESTE. -Tendré el placer de perder mi pleito...
FILINTO. -Escuchad...
ALCESTE. -...y podré así comprobar si los hombres tienen tal impudicia, si son lo suficientemente malvados, cobardes e infames para hacerme esa injusticia a los ojos del mundo.
FILINTO. -¡Qué extraño hombre sois!
ALCESTE. -Sólo porque esta injusticia quedara bien patente me complacería perder mi causa, por mucho que ello pudiera costarme.
FILINTO. -Y sólo con oíros hablar así la gente se reiría de vos, Alceste.
ALCESTE. -Tanto peor para el que se riese.
FILINTO. -Decidme: esa insobornable rectitud, que es vuestra norma y que exigís en todo, ¿la encontráis acaso en aquellos a quienes amáis? Me extraña sobre manera que juzgando tan mal al género humano y pese a las muchas razones que para vos os lo hacen odioso, hayáis ido a buscar entre sus criaturas a aquella que fascina vuestros ojos. Y todavía me sorprende más la extraña elección que vuestro corazón ha hecho. Sabéis muy bien que la sincera Elianta siente inclinación por vos, que la puritana Arsinoe os mira con tiernos ojos, y, sin embargo, permanecéis indiferente a estos sentimientos, mientras que, en cambio, habéis caído en las redes de Celimena, cuya coquetería y espíritu maldiciente parecen acomodarse tan bien a estas costumbres de hoy, que estigmatizáis tan severamente. ¿Cómo explicáis, pues, que odiando tan mortalmente esa manera de ser, la soportéis perfectamente cuando se trata de vuestra beldad? ¿Es que en ella no es ya defecto? ¿No lo advertís o es simplemente que la disculpáis?
ALCESTE. -No. El amor que me inspira esa joven viuda no me impide ver sus defectos, y pese a la pasión que pueda sentir por ella, soy el primero en verlos y en condenarlos. Más aún, siendo así, y pese a todos mis esfuerzos, debo confesar esta debilidad mía y reconocer que ella posee el arte de seducirme. Aunque vea sus defectos y se los censure, es en vano, ya que ha conseguido hacerse amar por mí. Su encanto ha sido más fuerte que todo, y espero que mi pasión consiga limpiar su alma de todos estos vicios de nuestro tiempo, que la manchan y afean.
FILINTO. -Sí lográis eso, no habréis logrado poco. Pero... ¿creéis entonces que ella os ama?
ALCESTE. -Naturalmente que lo creo. No la amaría si no creyese ser correspondido.
FILINTO. -Y si deja traslucir su preferencia por vos, ¿por qué os sentís celoso de vuestros rivales?
ALCESTE. -Porque un corazón sinceramente enamorado desea que el objeto de su amor sea total y exclusivamente suyo. Y sólo he venido aquí para decirle precisamente lo que mi pasión me dicta a propósito de cuanto hemos hablado.
FILINTO. -Por mi parte, si me es permitido formular mis deseos, su prima Elianta tendría todas mis preferencias. Siente inclinación por vos y su corazón es firme y sincero. Creo, pues, que esta elección sería mucho más acertada.
ALCESTE. -Seguramente; mi razón me repite eso mismo cada día, pero la razón no es precisamente lo que gobierna el amor.
FILINTO. -Me inspira temor esa pasión vuestra, porque las esperanzas que alimentáis pudieran tal vez...
Escena II
ORONTE, ALCESTE y FILINTO
ORONTE. -Acabo de saber que Elianta y Celimena se han ido de compras; pero como se ha dicho también que vos estabais aquí, he subido para testimoniaros el gran afecto y la gran estima en que os tengo, afecto y estima que desde hace ya tiempo me inspiran el más vivo deseo de que me consideréis vuestro amigo. Sí; mi corazón es dichoso de poder hacerjusticia al mérito y ansío, pues, que nos unan los más estrechos lazos de amistad. Un amigo leal y de mi misma condición es ciertamente algo muy preciado. (Mientras Oronte ha estado hablando, Alceste ha permanecido distraído, con aire soñador como si no hubiese advertido que Oronte se dirigía a él.) Es a vos, si os place, a quien me dirijo.
ALCESTE. -¿A mí, señor?
ORONTE. -Sí, a vos. ¿Os han ofendido o disgustado acaso mis palabras?
ALCESTE. -¡Oh, no! Pero me siento grandemente sorprendido. No esperaba que me hicieseis tanto honor.
ORONTE. -El gran aprecio en que os tengo no debe sorprenderos y tenéis derecho a esperarlo también de cuantos os conocen.
ALCESTE. -Señor ...
ORONTE. -Mis palabras son muy pobres para expresar vuestros méritos.
ALCESTE. -Y os aseguro que no conozco a nadie más digno y merecedor de mi amistad que vos.
ALCESTE. -Señor ...
ORONTE. -¡Que el Cielo me castigue si miento! Y para confirmaros mis sentimientos permitidrne, señor, que os abrace de todo corazón y que os ruegue que aceptéis mi amistad. Vos me otorgáis también la vuestra, ¿no es cierto?
ALCESTE. -Señor ..
ORONTE. -¡Ah, ya veo que os resistís!
ALCESTE. -Señor, es demasiado honor el que queréis hacerme. Pero la verdadera amistad exige un poco más de reserva. Y peréceme que es como profanarla el hablar de ella en todo momento. Antes de poder hablar de íntima y sincera amistad debemos conocernos mejor. Y pudiera ocurrir que a causa de nuestros caracteres debiéramos arrepentimos de hacer cerrado ese trato de mutua amistad del que habláis.
ORONTE. -¡Pardiez! Eso es hablar sabiamente. Vuestras palabras no pueden sino aumentar todavía mi estima por vos. Dejemos, sí, que el tiempo vaya forjando estos sentimientos y estrechando tan gratos lazos. Pero entre tanto podéis contar incondicionalmente conmigo. Si necesitáis hacer alguna diligencia cerca de la corte, es sabido que gozo de la consideración del rey. Me escucha y en todas las ocasiones me manifiesta bondadosamente la estima en que me tiene. Os repito, pues, que podéis contar incondicionalmente conmigo. Y ahora, como sé muy bien que sois hombre de talento y de espíritu, quisiera, para empezar a testimoniaros mi deseo de que se establezca entre nosotros la más íntima y confiada amistad, mostraros un soneto que he escrito, para que me digáis si estimáis conveniente que lo de a conocer.
ALCESTE. -Señor, no soy el indicado para decidir sobre esa cuestión. Os ruego que me disculpéis.
ORONTE. -¿Por qué pensáis eso?
ALCESTE. -Porque tengo el defecto de ser un poco más sincero de lo que se acostumbra.
ORONTE. -Eso es justamente lo que deseo. Y tendría motivos para sentirme molesto si al franquearme con vos y rogaros que me habléis con toda sinceridad, me engañarais ocultándome lo que pensáis.
ALCESTE. -Puesto que así os place, señor, nada más tengo que objetar.
ORONTE. -Soneto. Porque es... un soneto, ya os lo he dicho. Lo titulo La esperanza. Se trata de una dama que había dado alguna esperanza a mi pasión. La esperanza, pues. No es cuestión de versos grandilocuentes y pomposos, sino de versitos dulces, tiernos y más bien lánguidos.
ALCESTE. -Veamos.
ORONTE. -La esperanza... No sé si encontraréis suficientemente fluido y ágil el estilo, ni si la elección de las palabras merecerá vuestra aprobación... ALCESTE. -Ahora lo veremos, señor.
ORONTE. -Debo también informaros de que sólo he empleado en escribirlo un cuarto de hora.
ALCESTE. -Adelante, señor. El tiempo que hayáis podido emplear no importa.
ORONTE. (Leyendo):
La esperanza, es cierto, nos alivia
y disipa un instante nuestro tedio.
¡Pero, oh Filis, qué triste favor es
cuando tras ella no existe, en verdad, nada!
FILINTO. -Esos primeros versos me encantan.
ALCESTE. (En vos baja a Filinto.) ¿Cómo? ¿Tenéis el descaro de encontrarlos buenos?
ORONTE:
Mostrasteis complacencia,
pero no debisteis mostrar tanta,
derrochándola de tal modo,
para darme sólo... esperanzas.
FILINTO. -¡Ah, de qué manera tan gentil y galana sabéis decir las cosas!
ALCESTE. (En voz baja, a Filinto.) -¡Pardiez, vil adulador! ¿Cómo podéis alabar tales simplezas?
ORONTE:
Si mi pasión debe consumirse
en una eterna y angustiosa espera,
será la muerte mi solo recurso.
Y no podréis ya disuadirme,
porque sabed, mi bella Filis,
que no hay desesperación comparable
a la de esperar siempre.
FILINTO. -El final no puede ser más emocionante. Es realmente admirable.
ALCESTE. (En voz baja, aparte.) -¡Mal haya sea ese condenado final, farsante del diablo! ¡Ojalá tal final fuera de verdad el tuyo!
FILINTO. -Jamás oí versos mejor rimados.
ORONTE. (A Filinto.) -Me aduláis. Tal vez creéis que...
FILINTO. -No; no os adulo en absoluto.
ALCESTE. (En voz baja, aparte.) -¿No, farsante? ¿Qué es lo que haces entonces?
ORONTE. (A Alceste.) -En cuanto a vos, recordad nuestro convenio. Habladme, pues, os lo ruego, con toda sinceridad.
ALCESTE. -Señor: este tema es siempre delicado. Nos gusta particularmente que se nos halague cuando se trata de nuestro ingenio. Pero cierto día, a alguien cuyo nombre silenciaré, le dije, tras escuchar unos versos suyos, que un hombre sensato debe siempre dominar el prurito de sentirse poeta y más todavía el deseo de exteriorizar sus sentimientos, porque llevado de este afán de notoriedad puede hacer un papel desairado.
ORONTE. -¿Queréis significarme con vuestras palabras que he hecho mal en querer .. ?
ALCESTE. -No he dicho eso. Lo que le dije a ese hombre es que unos versos mediocres aburren y que puede bastar tal flaqueza para quedar desacreditado, porque aunque se tengan mil otras buenas cualidades, se juzga siempre a las gentes por su lado malo.
ORONTE. -¿Tenéis algo que argüir contra mi soneto?
ALCESTE. -No trato de eso. Le decía a la persona a que me refiero, que por creerse escritor sin serlo, tal pretensión ha perjudicado sensiblemente en nuestros tiempos a personas muy dignas.
ORONTE. -¿Queréis decir que yo también escribo mal y que me parezco a esa persona?
ALCESTE. -No he dicho eso. Lo que le preguntaba a él era qué urgente necesidad sentía de versificar y por qué demonios tenía tanta impaciencia por verse impreso. Se puede perdonar la publicación de un mal libro cuando su desgraciado autor vive, precisamente de su pluma y tal es su oficio. Creedme, pues, resistid a esa tentación y no deis publicidad a vuestros entretenimientos. No arruinéis, cualesquiera que fueren las proposiciones que se os hagan, la reputación que de hombre de espíritu tenéis en la corte, a cambio de la de ridículo y despreciable autor, con la que un editor ambicioso intente deslumbraros. Eso es lo que yo le dije y trataba de hacerle comprender.
ORONTE. -Creo haberos entendido y todo lo que me habéis contado me parece muy bien. Pero me gustaría saber lo que os parece mi soneto.
ALCESTE. -Francamente, lo mejor que podéis hacer con él es guardarlo en un cajón de vuestro escritorio. Os habéis inspirado en malos modelos y vuestras expresiones no tienen nada de originales ni de espontáneas. ¿Qué sentido tiene eso de "disipa un instante nuestro tedio", o ese "tras ella no existe, en verdad, nada"? Y lo mismo cabría decir de vuestro "derrochándola de tal modo, para darme sólo esperanzas", o de "sabed, mi bella Filis, que no hay desesperación comparable a la de esperar siempre". Ese estilo figurado, de] que muchos malos autores se envanecen, no tiene personalidad alguna y carece de veracidad. Es sólo un juego de palabras, una ridícula afectación. No es natural expresarse de ese modo. Ese mal gusto de nuestra época me exaspera. Nuestros padres, por ignorantes que pudieran ser, lo empleaban ya e incluso mejor que nosotros. Y cambiaría cien veces todo lo que hoy se admira tanto, por esta vieja cancioncilla, que voy a recitaros:
Si el rey quisiese darme
París, su gran ciudad,
con tal de renunciar
al amor de mi amiga,
diría al rey Enrique:
guardad vuestro París,
pues prefiero la dicha
de estar junto a mi amiga.(3)
La rima es pobre y viejo el estilo. Pero ¿no creéis que, a pesar de ello, vale infinitamente más que todos esos oropeles que pugnan con el buen sentido, y que en esta cancioncilla la pasión se expresa con una sencillez encantadora?
Si el rey quisiese darme
París, su gran ciudad,
con tal de renunciar
al amor de mi amiga,
diría al rey Enrique:
guardad vuestro París,
pues prefiero la dicha
de estar junto a mi amiga.
He aquí lo que diría un enamorado sincero (A Filinto, que se ha puesto a reír.) Sí, señor reidor; mal que le pese a vuestro gran ingenio, aprecio mucho más esto que la florida pompa de todas esas garambainas que deslumbran a tantos.
ORONTE. -Pues bien, yo os sostengo que mis versos son muy buenos.
ALCESTE. -Para estimarlo así tenéis seguramente vuestras razones. Pero yo también tengo las mías y espero sepáis disculparlas si no son de vuestro agrado.
ORONTE. -Me basta con saber que no faltan quienes encuentran excelentes mis versos.
ALCESTE. -Porque poseen ese arte del fingir, del que yo carezco.
ORONTE. -¿Creéis haber sido tan favorecido en el reparto del talento?
ALCESTE. -Si yo os hubiese elogiado, os parecería que tengo todavía más.
ORONTE. -Os aseguro que puedo prescindir de vuestra aprobación.
ALCESTE. -Forzosamente tendréis que prescindir de ella.
ORONTE. -Me gustaría ver lo que erais capaz de componer vos sobre el mismo tema.
ALCESTE. -Podría, por desgracia, hacer versos tan malos como los vuestros; pero, al menos, me guardaría de darlos a conocer.
ORONTE. -Me habláis con una seguridad y una suficiencia que...
ALCESTE. -Buscad, pues, en otra parte quien guste de incensaros.
ORONTE. -A fe mía, caballerete, haríais bien en mostraros menos altivo.
ALCESTE. -A fe mía, gran señor, me muestro como lo estimo conveniente.
FILINTO. (Interponiéndose entre ambos.) -¡Eh, señores, basta! Dejad ya ese tema, por favor.
ORONTE. -Sí-, me he equivocado, lo confieso, y debo marcharme de aquí en el acto. (A Alceste.) Señor, me tenéis a vuestras órdenes.
ALCESTE. -Y yo, señor, soy vuestro humilde servidor. (Vase Oronte.)
Escena III
FILINTO y ALCESTE
FILINTO. -Bien; ya lo habéis visto. Por ser demasiado sincero, heos enzarzado en un nuevo y enojoso asunto. Porque está bien claro que Oronte, con tal de verse adulado...
ALCESTE. -No me habléis de eso.
FILINTO. -Pero...
ALCESTE. -No quiero tener más relación con la sociedad.
FILINTO. -Vais demasiado lejos.
ALCESTE. -Dejadme en paz.
FILINTO. -Escuchadme...
ALCESTE. -Ni una palabra.
FILINTO. -Pero ¿por qué?
ALCESTE. -Os lo repito, no quiero oír nada.
FILINTO. -Tenéis que escucharme.
ALCESTE. -¿Insistís?
FILINTO. -Se ofende cuando...
ALCESTE. -¡Ah, esto es ya demasiado! ¡No me sigáis!
FILINTO. -Sois injusto conmigo.... pero no os abandonaré.
ACTO SEGUNDO
Escena l
ALCESTE y CELIMENA
ALCESTE. -Señora, ¿deseáis que os hable con franqueza? Pues sabedlo: me disgusta vuestro comportamiento. Hacéis que la cólera se adueñe de mi corazón. Y presiento que tendremos que romper. Os engañaría si os hablara de otro modo. Más pronto o más tarde, acabaremos rompiendo, fatalmente. Y aunque os prometiera mil veces otra cosa, me sena imposible cumpliros la palabra.
CELIMENA. -Por lo que veo, habéis querido acompañarme a mi casa sólo para reprenderme.
ALCESTE. -No os reprendo. Pero vuestro modo de ser os permite acoger con satisfacción los requerimientos del primero que llega. Tenéis y admitís demasiados enamorados que os acosan y mi corazón no está hecho para acomodarse a esta situación.
CELIMENA. -¿Me echáis la culpa de que se enamoren de mí? ¿Puedo acaso impedir a los hombres que me encuentren atrayente? Y cuando para verme no ahorran ningún recurso galante, ¿debo blandir un palo y arrojarlos lejos de mí?
ALCESTE. -No; no es con un palo como debéis protegeros, sino oponiendo a sus deseos un corazón menos fácil y tierno. Ya sé que vuestros encantos son inseparables de vuestra persona. Pero es vuestra acogida la que anima a los que se sienten atraídos por ellos. Y vuestra amabilidad con quienes os rinden sus armas remata en los corazones la obra de vuestros hechizos. Las esperanzas, excesivamente risueñas, que prodigáis, atraen en torno vuestro sus inmoderadas asiduidades, cuando si refrenarais un poco vuestras complacencias podríais mantener a raya a toda esa cohorte de pretendientes. Pero decidme, al menos, señora, a qué debe vuestro Clitandro la dicha de gustaros tanto. ¿Qué méritos o qué virtudes veis en él para distinguirle del modo que lo hacéis? ¿Es acaso la larguísima uña que se ha dejado crecer en su dedo meñique la razón de esa preferencia que le testimoniáis públicamente? ¿Os habéis rendido, lo mismo que todo ese gran mundo, al deslumbrante mérito de su peluca rubia? ¿Es su pomposo indumento lo que os ha hechizado? ¿Son ésas las armas con las que ha conquistado vuestro corazón y os ha convertido en su adoradora? ¿0 acaso en su modo de reír y en su voz de falsete reside el secreto de que os conmueva?
CELIMENA. -¡Ah, cuán injustos son los celos que le tenéis! ¿Acaso no sabéis por qué tengo con él tantos miramientos y consideraciones? Para la feliz solución del enojoso pleito en que me hallo metida, me ha prometido movilizar en mi favor a todos sus amigos y relaciones.
ALCESTE. -Si es preciso, perded con dignidad vuestro pleito, señora, y cesad en vuestros favoritismos por un rival que me ofende con su sola existencia.
CELIMENA. -Todos son vuestros rivales y de todo el mundo sentís celos.
ALCESTE. -Sí; pero es porque con todo el mundo os mostráis demasiado complaciente.
CELIMENA. -Eso precisamente debía tranquilizaros; el hecho de que me muestre igualmente complaciente con todos. Comprendería vuestro enojo si vierais que mi complacencia, como vos la llamáis, la reservaba a uno solo.
ALCESTE. -Decidme, os lo ruego, ya que tanto me reprocháis mis celos, qué tengo yo que no tengan también los otros.
CELIMENA. -Tenéis el privilegio de saberos amado.
ALCESTE. -¿Y qué motivos puede encontrar para creerlo mi corazón de enamorado?
CELIMENA. -Creo que, no habiendo vacilado en decíroslo, con esta confesión debéis tener bastante.
ALCESTE. -¿Y quién puede asegurarme que no decís eso mismo a otros?
CELIMENA. -Es cierto que toda mujer gusta de ser cortejada y vos acabáis de llamarme lindamente mujer galante. Pues bien: para que la duda no os atormente más, me desdigo de cuanto haya podido deciros o prometeros. Desde ahora, sólo vos podréis engañaros a vos mismo, si es esto lo que deseáis. Podéis, pues, estar contento.
ALCESTE. -¡Por mi fe, mucho tengo que amaros! ¡Ah, si consigo rescatar mi corazón de vuestras manos, bendeciré al Cielo por tan rara dicha! No os lo oculto; hago todo lo posible por arrancar de mi corazón la pasión que me inspiráis. Pero hasta ahora todos mis esfuerzos han sido vanos y mi condenación es justamente amaros como os amo.
CELIMENA. -Es cierto; creo no haber inspirado nunca una pasión igual.
ALCESTE. -Sí-, sobre ese punto puedo desafiar al mundo entero. Mi amor es inconcebible y jamás nadie amó como yo os amo.
CELIMENA. -En efecto, vuestro método es enteramente original. Porque amáis a las gentes para reñir con ellas; vuestra pasión estalla solamente en palabras hirientes y creo que no viose jamás un amor tan gruñón.
ALCESTE. -Pues sólo de vos depende que deje de ser así. Pongamos fin, os lo suplico, a nuestras disputas. Hablemos con el corazón en la mano y tratemos de...
Escena II
CELIMENA, ALCESTE y VASCO
CELIMENA. -¿Qué hay?
VASCO. -El marqués Acasto está abajo.
CELIMENA. -Muy bien; decidle que suba. (Sale Vasco.)
ALCESTE. -¿Cómo? ¿Es que nunca se puede hablar a solas con vos? Estáis dispuesta a recibir a todo el mundo. ¿Es que no podéis decidiros en alguna ocasión, al menos, a hacer saber que no estáis visible?
CELIMENA. -¿Queréis que riña también con él?
ALCESTE. -Me disgusta que le guardéis tantos miramientos.
CELIMENA. -Es hombre que no me perdonaría nunca que yo hubiese podido considerar inoportuna su visita.
ALCESTE. -¿Y lo que él pueda pensar os importa tanto como para conduciros del modo que lo hacéis?
CELIMENA. -¡Ah, Dios mío, cómo sois! Claro que importa estar a bien con las personas de nuestro mundo. Y él es de esas que, no sé cómo, pero así es, han adquirido una gran influencia en la corte. Sí, son personas que tal vez no os harán nunca un favor, pero que pueden perjudicaros. Por buenas relaciones que se tengan, es imprudente, pues, enemistarse con esta clase de intrigantes.
ALCESTE. -Ya veo, una vez más, que sea por el motivo que fuere encontráis siempre pretexto para mostraros harto complaciente con todo el mundo. Pero a mí vuestra manera de...
Escena III
VASCO, ALCESTE y CELIMENA
VASCO. -Señora: ha llegado también el señor Clitandro.
ALCESTE. -¡Era de esperar! (Hace ademán de marcharse.)
CELIMENA. -¿Adónde vais?
ALCESTE. -Me marcho.
CELIMENA. -Quedaos, por favor.
ALCESTE. -¿Para qué?
CELIMENA. - Quedaos.
ALCESTE. -No me es posible.
CELIMENA. -Quiero que os quedéis.
ALCESTE. -No me quedo. Me aburren mucho estas conversaciones y es ya mucho pretender que las soporte a la fuerza.
CELIMENA. -Pero yo quiero que os quedéis.
ALCESTE. -Y yo os digo que es inútil vuestra insistencia.
CELIMENA. -¡Ah, muy bien! Idos, pues. Ya veo que creéis poder permitíroslo todo.
Escena IV
ELIANTA, FILINTO, ACASTO, CLITANDRO, ALCESTE, CELIMENA y VASCO
ELIANTA. (A Celimena.) -Ahora suben también los dos marqueses. ¿Os lo habían anunciado?
CELIMENA. -Sí. (A Vasco.) Traed sillas para todos. (Vasco trae las sillas.) ¿No os ibais ya, Alceste?
ALCESTE. -Sí; pero deseo, señora, que, lo hagáis por ellos o por mí, os expliquéis.
CELIMENA. -Callaos.
ALCESTE. -No. Hoy vais a tener, por fin, que explicaros.
CELIMENA. -Perdéis el juicio.
ALCESTE. -En absoluto. Os confesaréis.
CELIMENA. -Desvariáis.
ALCESTE. -Y tendréis que tomar vuestro partido.
CELIMENA. -¿Queréis burlaros de mí?
ALCESTE. -No; pero tendréis que escoger. Se me ha agotado ya la paciencia.
CLITANDRO. (A Celimena.) -¡Ah, señora! Vengo del, Louvre, donde Cleanto, al levantarse el rey (4), ha quedado en el mayor de los ridículos. ¡Pardiez! ¿Es que no tiene níngun amigo que pueda, caritativamente, enseñarle la manera de comportarse?
CELIMENA. -Tenéis razón. No sabe comportarse en sociedad. En todas partes adopta aires que sorprenden por lo ridículos y extravagantes. Y cuando se le vuelve a ver, tras una ausencia, se comprueba que esas ridiculeces y esas extravagancias son cada vez mayores, si cabe.
ACASTO. -¡Por mi fe, y hablando de extravagantes, acabo de tener que soportar a uno de los más inaguantables. A Damión, el razonador, que me ha estado dando la lata, durante más de una hora y a pleno sol, al pie de mi litera.
CELIMENA. -No me extraña. Es un impenitente charlatán, que tiene el raro don de poder hablar seguido horas y horas sin deciros nada. No se le entiende una palabra; lo único que se oye es su incesante parloteo.
ELIANTA. (A Filinto.) -La reunión comienza bien. Como veis, la charla toma un sesgo verdaderamente caritativo con el prójimo.
CLITANDRO. (A Celimena.) -Y en cuanto a Timante, debo confesaros, señora, que es también un curioso tipo.
CELIMENA. -¡Oh, sí! Es un hombre que gusta rodearse de misterio. Que os lanza siempre al pasar una mirada extraviada y que no teniendo, en realidad, nada que hacer nunca, trata de parecer siempre sumamente ocupado. No sabe hablar sin gesticular como un poseso y a fuerza de necios cumplidos aburre a todo el mundo. Nunca le falta un secreto que deciros en voz baja y con el que interrumpir la conversación, y el tal secreto, naturalmente, no es nunca nada. De cualquier tontería habla como si se tratase de algo extraordinario y todo lo dice con misterio al oído, hasta los buenos días.
ACASTO. -¿Y qué me decís de Geraldo, señora?
CELIMENA. -¡Ah, ése es el más tedioso de los narradores! No sabe hablar más que de los grandes señores. Se entremete a todas horas en la buena sociedad y no cita nunca más que a duques, príncipes o princesas. Su chifladura es la nobleza, y su tema favorito de conversación, los caballos, perros y carrozas. Pretende tutear a los más encumbrados personajes y no emplea jamás el tratamiento de "señor".
CLITANDRO. -Se dice que se las entiende muy bien con Belisa.
CELIMENA. -¡Qué mujer tan pobre de espíritu y qué insoportable charla la suya! Cada vez que viene a verme es para mí un martirio. Tengo que devanarme los sesos para encontrar algo que decirle. Y su expresión estúpida tiene la virtud de paralizar toda conversación. En vano, para romper el violento silencio que su presencia impone, se agobia a los asistentes hablándoles de los más socorridos lugares comunes. Porque hasta el frío o el calor, el buen tiempo o la lluvia, son temas que con Belisa se agotan en seguida. Lo que no le impide prolongar insufriblemente su visita. En vano se alude a lo avanzado de la hora ni se bosteza veinte veces; ella no se da por aludida ni se mueve.
ACASTO. -¿Y qué pensáis de Adrasto, señora?
CELIMENA. -Es el orgullo en persona. Jamás conocí hombre con tan desmesurado amor propio y tan pagado de sí mismo. Según él, en la corte no saben reconocer sus méritos; se pasa el día diciendo pestes contra ella y no se otorga empleo, cargo o beneficio que no lo estime como una injusticia mas que se le hace.
CLITANDRO. -¿Y qué nos decís de] joven Cleón, cuya casa frecuentan hoy día las gentes más mundanas?
CELIMENA. -Que su único talento es tener un buen cocinero y que es, naturalmente, a su mesa, y no al dueño de la casa, a quienes todas esas gentes rinden homenaje.
ELIANTA. -Al menos, se preocupa de que se sirvan platos exquisitos.
CELIMENA. -Sí; pero en lo que me concierne, me gustaría que no se sirviese también a sí mismo, porque su estúpida persona es un plato tan malo, que estropea por sí solo el más delicioso menu que pueda ofrecer.
FILINTO. -Su tío Damis goza de la estimación general. ¿Qué pensáis de él, señora?
CELIMENA. -Es un buen amigo mío.
FILINTO. -Personalmente, le tengo por hombre digno y sensato.
CELIMENA. -Sí; pero le gusta demasiado alardear de ingenio, lo cual me encocora. Es un engreído, pendiente siempre de hacerse notar con sus frases rebuscadas y pretendidamente ingeniosas. Y desde que se le ha metido en la cabeza que entiende de todo, no encuentra nada que le agrade. Se ha hecho tan exigente, que le parece despreciable todo cuanto se escribe y, sin duda, estima de mal gusto e impropio de un hombre de su talento elogiar nada. Para él, es de sabios censurarlo todo y sólo a los necios incumbe admirar y celebrar el ingenio ajeno. Menospreciando, pues, todo cuanto hoy se hace, cree ponerse muy por encima de los demás. No hay conversación que no encuentre fútil ni tema que no le parezca indigno de él. Por eso acostumbra cruzarse de brazos y desde la cima de su genio contempla con gesto de afectada indulgencia lo que los demás puedan decir.
ACASTO. -¡Por mi fe, que habéis hecho de él el más cabal retrato!
CLITANDRO. -¡Me admira, señora, vuestro arte para describir a las gentes!
ALCESTE. -¡Vamos, duro, no os detengáis, mis buenos amigos cortesanos! No perdonéis a nadie. Seguid despellejando a todo el mundo, uno tras otro. Claro que en cuanto apareciera aquí cualquiera de ellos se os vería correr apresuradamente a su encuentro para estrechar su mano, abrazarle efusivamente y jurarle todo el afecto y la estima que le tenéis.
CLITANDRO. -¿Por qué os permitís arremeter contra nosotros? Si os disgusta lo que aquí se dice, es a la encantadora dueña de esta casa a quien debéis dirigiros.
ALCESTE. -¡No, pardiez! No es ella la culpable. Son vuestras palabras y vuestras risas aduladoras lo que la excitan y la impulsan a disparar sus dardos maldicientes. Su vena satírica la alimentáis insensatamente con el culpable incienso de vuestra adulación. Le tiráis de la lengua, pero estoy seguro de que sentiría menos deseos de mostrar su mordacidad si no la alentarais con vuestro aplauso.
FILINTO. -Pero ¿por qué salís ahora en defensa de esas mismas gentes en las que sois el primero en condenar lo que aquí se les censura?
CELIMENA. (A Filinto.) -¿Y cómo pretendéis que el señor no nos desapruebe? ¿Pensáis acaso que podría coincidir con la opinión general, renunciando a hacer gala, en cualquier lugar donde se halle, del singular espíritu de contradicción que el cielo quiso darle? Jamás podrá mostrarse de acuerdo con ningún criterio ajeno. Le es preciso adoptar siempre la opinión contraria, ya que de no obrar así temería parecer un hombre vulgar. El placer de contradecir es para él tan irresistible, que con frecuencia vuelve sus armas contra sí mismo y combate sus propios y verdaderos sentimientos tan pronto los ve expresados por boca de otro.
ALCESTE. -Tenéis de vuestra parte, señora, a todos vuestros fáciles reidores y, por consiguiente, podéis lucir a mi costa y con éxito seguro vuestra ironía.
FILINTO. -Pero no podéis negar que os alzáis siempre contra todo cuanto se dice y que, como vos mismo lo confesáis, no podéis sufrir ni que se alabe ni que se censure.
ALCESTE. -Es que los hombres nunca tienen razón, ¡pardiez! E irritarse con ellos está siempre justificado, ya que en toda ocasión no saben mostrarse más que como rastreros aduladores o como temerarios y malévolos censores.
CELIMENA. -Pero...
ALCESTE. -No, señora; no. Aun cuando debieran ocasionarme la muerte, seguiríais permitiéndoos placeres que no pueden sino exasperarme. Y no puedo menos de censurar que se fomente en vos esos mismos defectos que criticáis y se critican aquí tan acerbamente.
CLITANDRO. -En lo que me concierne, no sé si tengo o no tales defectos; pero en cuanto a la señora, me complazco en manifestar que la he creído siempre exenta de ellos.
ACASTO. -Sí; sólo veo sus muchas gracias y atractivos, y si algún defecto tiene, la verdad es que no he logrado descubrirlo.
ALCESTE. -Pero yo sí los veo, y lejos de ocultárselo, bien sabe ella que se los reprocho abiertamente. Cuanto más se ama a alguien, menos debe adulársele. El verdadero amor es aquel que menos sabe perdonar. Por mi parte, si me viera en tal caso, alejaría de mí a todos esos cobardes aduladores que aprobaran siempre todos mis sentimientos, que se me sometieran servilmente y que no hiciesen sino incensarme y aceptar con complacencia todos mis caprichos.
CELIMENA. -En una palabra, que para merecer vuestra aprobación y amar corno vos entendéis que debe amarse hay que renunciar a toda ternura y tener por supremo privilegio del amor el injuriar cumplidamente a aquellos a quienes se ame.
ELIANTA. -El amor, por lo general, se ajusta poco a tal criterio, ya que no acostumbra precisamente mostrarse objetivo. Todo amante se enorgullece de su elección. Su pasión no le permite ver en el ser amado nada censurable. A sus ojos, cualquier defecto no es sino una perfección más y sabe bautizarlo con un nombre favorecedor. La mujer de tez demasiado pálida es comparada, en blancura, al jazmín. La que lo tiene de un oscuro exagerado es simplemente de una morenez adorable. La flaca es un prodigio de esbeltez. La gruesa cautiva con su porte majestuoso. A la que es abandonada en su aseo y carente de atractivos se la llama una beldad despreocupada. A la giganta se la compara con las diosas y de la enana se dice que es como un compendio de gracias celestes. La orgullosa merece, por su altivez, una corona de reina. La pícara es un dechado de ingenio. La tonta es la bondad misma. La charlatana en demasía es todo vivacidad y gracejo, y la muda, la imagen misma del recato. Y de esta guisa, la pasión de un amante le hace encontrar maravillosos los defectos de su adorada.
ALCESTE. -Pues yo, por mi parte, sostengo...
CELIMENA. -Dejemos ya este tema y salgamos, si os place, a la terraza. (A Clitandro y Acasto.) ¿Cómo, señores, queréis iros ya?
ACASTO y CLITANDRO. (A un tiempo.) -No, no, señora.
ALCESTE. (A Celimena.) -Ya veo que el temor de que se marchen os desasosiega. (A Clitandro y Acasto.) Podéis marcharos cuando os plazca, señores, pero os prevengo que no me marcharé antes que vos.
ACASTO. (A Celimena.) -A menos que os importune mi presencia, nada me reclama hoy fuera de aquí.
CLITANDRO. -Estar presente al acostarse el rey 1 es la única obligación que me queda por cumplir hoy.
CELIMENA. (A Alceste.) -Supongo que no habéis dicho eso en serio.
ALCESTE. -Os equivocáis. Pretendo ver si queréis que sea yo el primero en marcharse.
( ... )
NOTAS
(1). Molière escogió para el héroe de esta pieza el nombre griego de Alceste, que en esta lengua era femenino (Alceste, esposa de Adineto, es la heroína de una tragedia de Eurípides), pero que, ya antes de Molière, había sido utilizado, como nombre masculino, en la poesía y en el teatro.
(2). En tiempos de Molière era habitual que los litigantes visitasen al juez que se ocupaba de su asunto, para "predisponérselos" de la misma manera con que el aspirante a la Academia visita hoy a los "inmortales", para conseguir votos.
(3). Esta cancioncilla poética es de origen desconocido y, como han reconocido numerosos comentaristas franceses de Molière, resulta de difícil interpretación; especialmente, su estribillo ha dado lugar a muy diversas conjeturas.
(4). En la corte de Luis XIV, asistir a las ceremonias de "levantarse" y “acostarse" el rey era un privilegio reservado a determinados cortesanos.
(5). Véase nota anterior.
DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS
LUCRECIO
Peligros del amor sufrimientos e ilusiones de los enamorados.
Esta, pues, es la venus que tenemos,
de aquí el nombre de amor trajo su origen,
de aquí en el corazón se destilara
aquella gota de dulzor de Venus
que en un mar de inquietudes ha parado:
porque si ausente está el objeto amado,
vienen sus simulacros a sitiarnos,
y en los oídos anda el dulce nombre.
Conviene, pues, huir los simulacros,
de fomentos de amores alejarnos,
y volver a otra parte el pensamiento,
y divertirse con cualquier objeto;
no fijar el amor en uno solo,
pues la llama se irrita y se envejece
con el fomento, y el furor se extiende
y el mal de día en día se empeora.
Si no entretienes tú con llagas nuevas
las heridas que te hizo amor primero,
y haciéndote veleta en los amores
no reprimes el mal desde su origen
y llevas la pasión hacia otra parte.
Las dulzuras de Venus no renuncia
aquel que huye de amor; por el contrario,
coge sus frutos solo sin disgusto.
Gozan siempre las almas racionales
de un deleite purísimo y seguro,
mejor que los amantes desgraciados,
que al mismo tiempo de gozar fluctúan
sobre el hechizo de su amor incierto.
No saben do fijar ojos y manos;
aprietan con furor entre sus brazos
el objeto primero que agarraron,
le molestan muchísimo, y sus dientes
clavan cuando le besan en los labios,
porque no tienen un deleite puro;
secretamente son aguijoneados
a maltratar aquel objeto vago
que motivó su frenesí rabioso:
pero Venus mitiga los dolores
gozando del amor suavemente,
y con blando placer las llagas cura.
Pues los amantes tienen esperanza
de que aquel mismo cuerpo que ha inflamado
su pecho en amor ciego, puede él mismo
apagar el incendio que ha movido;
pero se opone la naturaleza;
y es la única pasión de cuyos goces
con bárbaro apetito se arde el pecho;
pues el hambre y la sed se satisfacen
fácilmente por dentro repartidos
bebidas y alimentos en los miembros,
y se pueden pegar a ciertas partes.
Pero un semblante hermoso y peregrino
sólo deja gozar en nuestro cuerpo
ligeros simulacros que arrebata
miserable esperanza por los aires.
Así como un sediento busca en sueños
el agua ansiosamente, y no la encuentra,
para apagar el fuego de su cuerpo,
y sólo da con simulacros de agua,
y con vana fatiga de sed muere
bebiendo en un río caudaloso;
del mismo modo engaña a los amantes
Venus con simulacros: ni la vista
de un cuerpo hermoso hartura puede darlos,
ni quitar de sus miembros delicados
alguna parte pueden con sus manos
que inciertas manosean todo el cuerpo.
En fin, cuando sus miembros enlazados
gozan el fruto de la edad florida,
cuando el cuerpo presagia los contentos
y a punto Venus de sembrar los campos,
los amantes agárranse con ansia,
y juntando saliva con saliva
el aliento detienen apretando
los labios y los dientes; pero en vano,
porque de allí no pueden sacar nada
ni penetrar ni hacerse un mismo cuerpo;
al parecer son éstos sus intentos,
Venus los junta con ansiosos lazos
cuando en el seno del placer sus miembros
en licor abundante se derriten
conmovidos en fuerza del deleite;
en fin, cuando la Venus recogida
de los nervios saltó, por un momento
el ardor violento se amortigua,
vuelve después con más furor la rabia,
buscando sin cesar tocar el blanco
de sus deseos; pero no hallan medio
con que puedan triunfar de su desgracia:
¡tan ciega herida errantes los consume!
Agrega a los tormentos que padecen
sus fuerzas agotadas y perdidas,
una vida pasada en servidumbre,
la hacienda destruida, muchas deudas,
abandonadas las obligaciones,
y vacilante la opinión perdida:
perfumes y calzado primoroso
de Sición, que sus plantas hermosea:
y en el oro se engastan esmeraldas
mayores y de verde más subido,
y se usan en continuos ejercicios
de la Venus las telas exquisitas,
que en su sudor se quedan empapadas:
y el caudal bien ganado por sus padres
en cintas y en adornos es gastado:
le emplean otras veces en vestidos
de Malta y de Scio; le disipan
en menaje, en convites, en excesos,
en juegos, en perfumes, en coronas,
en las guirnaldas, pero inútilmente;
porque en el manantial de los placeres
una cierta amargura sobresalta,
que molesta y angustia entonces mismo;
bien porque acaso arguye la conciencia
de una vida holgazana y desidiosa
pasada en ramerías; o bien sea
que una palabra equívoca tirada
por el objeto amado, como flecha,
traspasa el corazón apasionado
y toma en él fomento como fuego;
o bien celoso observa en sus miradas
distracción hacia él mirando a otro,
o ve en su cara risa mofadora.
Si en el amor feliz hay tantas penas,
innumerables son las inquietudes
de un amor desgraciado y miserable:
se vienen a los ojos tan de claro,
que es mejor abrazar, como he enseñado,
el estar siempre alerta, y no dejarse
enredar en sus lazos; pues más fácil
es evitar las redes, que escaparse
y de Venus romper los fuertes lazos
cuando el amor nos tiene ya prendidos.
Y aunque fueras cogido y enredado
podrías evitar el infortunio
si tú mismo no fueras a buscarle;
si primero los ojos no cerraras
sobre todos los vicios de su alma
y sobre los defectos corporales
de aquel objeto por quien sólo anhelas:
ciega por lo común a los amantes
la pasión, y les muestra perfecciones
aéreas; porque vemos que las feas
aprisionan a los hombres de mil modos,
y hacen obsequio grande a las viciosas:
y unos de otros se burlan y aconsejan
el aplacar a Venus mutuamente
que los aflige con amor infame:
si es negra su querida, para ellos
es una morenita muy graciosa;
si sucia y asquerosa, es descuidada;
si es de ojos pardos, se asemeja a Palas;
si seca y descarnada, es una corza
del Ménalo; si enana y pequeñita,
es una de las gracias, muy salada,
si alta y agigantada, es majestuosa,
llena de dignidad; tartamudea
y no pronuncia bien, es un tropiezo
gracioso; taciturna, es vergonzosa;
colérica, envidiosa, bachillera,
es un fuego vivaz que no reposa;
cuando de puro tísica se muere,
es de un temperamento delicado;
si con la tos se ahoga y desfallece,
entonces es beldad descaecida:
y si gorda y tetuda, es una Ceres,
la querida de Baco: si chatilla,
es silla de placer; ¡nadie podría
enumerar tan ciegas ilusiones!
Pero demos que sea ella un hechizo
y que la haya agraciado Venus misma;
no faltan en el mundo otras hermosas,
y sin ellas pasamos. La hermosura
a las mismas miserias está expuesta,
y a las mismas flaquezas que la fea;
tenemos evidencia: y la infelice
por su hedor insufrible se sahuma,
de la cual huyen mucho sus doncellas,
y a escondidas dan grandes carcajadas.
Llorando, empero, el despedido amante
muchas veces adorna los umbrales
con flores y guirnaldas, derramando
perfumes en los postes altaneros,
a las mismas miserias está expuesta,
a quien si ya una vez introducido
un ligero olorcillo molestara
al entrar en la casa buscaría
al punto algún pretexto de alejarse,
se olvida de las quejas elocuentes
tanto tiempo pensadas, y se acusa
de mentecato por haber supuesto
en aquella mortal más perfecciones
que es justo conceder: muy bien lo saben
nuestras diosas: ocultan por lo mismo
estas flaquezas de la vida a quienes
desean sujetar de amor con grillos:
muy necias son en esto; porque puedes
correr el velo a todos sus misterios,
e informarte de todos sus secretos:
y si es de buena índole y modesta,
a mal no llevará que tú igualmente
veas y observes la miseria humana.
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