Lutero
"Por medio de la ley dice Pablo, es que se conoce el pecado"
Reproducimos algunos párrafos del Libro Cuarto, capítulo IV, Colaboradores de Dios, de La Voluntad Determinada, de Marún Lutero.
Advertencia: Lacan no cita expresamente la inerpretación que hace Lutero de las palabras de San Pablo en Romanos 7:7, pero puede ser orientadora en la lectura del tema de la Ley Moral en el Seminario 7, La Ética del Psicoanálisis, Capítulo 13, y en relación al tema de la Ley en general. Se trata de un fragmento de la respuesta de Lutero a la "Disquisición " escrita por Erasmo, en relación al tema del Ubre o servo albedrío.
Se reproduce:
Fragmento extraído de Obras de Martin Lutero
Tomo IV. Versión castellana de Erich Sexauer
Editorial Paidós, Buenos Aires 1976
“Por medio de la ley" dice Pablo, "es que se conoce el pecado". Con esto demuestra en qué medida y hasta qué punto es de provecho la ley: tan ciego es el libre albedrío por sí solo, que ni siquiera sabe lo que es pecado, sino que necesita de la ley para que se lo enseñe. Pero quien no sabe lo que es pecado, ¿qué esfuerzos podrá hacer para apartar el pecado? Ninguno; porque de lo que es pecado, pensará que no lo es, y lo que no es pecado, lo considerará pecaminoso. La experiencia da pruebas suficientes de cómo el mundo odia y persigue la justicia que vale ante Dios y cómo la tilda de herejía y de error y le impone otros motes más a cuál más infamantes, precisamente por medio de personas que ante los hombres tienen la fama de ser los mejores y los que más se afanan por ser justos y piadosos, mientras que por el otro lado ensalza y pregona como justicia y sabiduría sus propias obras y propósitos, que en verdad son pecado y error. Por lo tanto, con esta afirmación de que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado, Pablo tapa la boca al libre albedrío, porque enseña que a ese libre albedrío que no conoce su propio pecado, la ley le muestra qué es pecado; de concederle al libre albedrío una fuerza cualquiera para tender hacia lo bueno, no se dice acá una sola palabra. Y con esto se resuelve aquella cuestión presentada por la Disquisición y repetida tantas veces en todo el trabajo: "Si no somos capaces de nada, ¿a qué vienen tantas leyes y preceptos, tantas amenazas y promesas?". Aquí Pablo da la contestación: “Por la ley es que se conoce el pecado". Su respuesta a esta cuestión es muy distinta de lo que el hombre o el libre albedrío se imaginan. No existe en la ley prueba alguna para el libre albedrío, dice, ni tampoco coopera el libre albedrío en el logro de la justicia; pues lo que viene por la ley no es la justicia, sino el conocimiento del pecado. En efecto: el fruto, la obra y la función de la ley es ser una luz para los ignorantes y los ciegos, pero una luz tal que pone de manifiesto la enfermedad, el pecado, la maldad, la muerte, el infierno, la ira de Dios. Ayudar contra estas cosas y librar al hombre de ellas no es su tarea-, se conforma con haberlas puesto de manifiesto. Después, cuando el hombre llegó a conocer la enfermedad del pecado, lo asalta la tristeza, se siente afligido, hasta cae en desesperación. La ley no le ayuda; mucho menos puede él ayudarse a sí mismo. Es necesaria otra luz que haga ver el remedio. Y ésta es la palabra (vox) del evangelio que muestra a Cristo como libertador de todo esto. A este libertador no nos lo muestra ni la razón ni el libre albedrío. ¿Cómo habría de mostrárnoslo la razón, cuando ella misma está sumidad en tinieblas y necesita la luz de la ley para que le haga ver la enfermedad que ella misma con su propia luz no alcanza a ver, antes bien, la tiene por salud?
La misma cuestión la vuelve a tratar Pablo en su carta a los Gálatas, y en idéntica forma; dice allí: "¿Para qué sirve entonces la ley? “Pero en su respuesta no procede a la manera de la Disquisición, argumentando que existe un libre albedrío, sino que dice: "La ley ha sido impuesta a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa".”A causa de las transgresiones", dice; no para refrenarlas por cierto, como fantasea Jerónimo, pues como lo demuestra Pablo, la promesa de que quitaría y refrenaría los pecados y regalaría ¡ajusticia, fue dada a la simiente que habría de venir, sino para aumentarlas, como el mismo apóstol escribe en la carta a los Romanos, cap. 5: "La ley se introdujo (subintravit, entró a escondidas) para que el pecado abundase". Con esto no quiere decir que de no haberse introducido la ley, no se habrían cometido o no habrían abundado los pecados, lo que quiere decir es que sin la ley, los pecados no habrían sido reconocidos como transgresiones o como pecados tan graves, sino que los más de ellos y los más grandes habrían pasado por obras de justicia. Pero si no se conocen los pecados, no hay posibilidad ni esperanza de remediarlos, por la razón de que los que los cometen no toleran la mano del que quiere remediar, por cuanto creen que gozan de perfecta salud y no tienen necesidad de médico. Por esto es imprescindible la ley que muestra el pecado claramente, a fin de que el hombre con su altivez e imaginada perfección lo vea y reconozca en toda su perversidad y magnitud, se humille, y suspire con profundo anhelo por la gracia que le es ofrecida en Cristo. "Por medio de la ley es que se conoce el pecado": por cierto, una frase muy sencilla, y sin embargo, ella sola tiene fuerza suficiente para destruir el libre albedrío y echarlo por tierra. Porque si es verdad que el libre albedrío por sí solo no sabe qué es pecado y qué es lo malo, corno dice Pablo en este texto y también en Romanos 7: "Yo no habría sabido que la codicia es pecado, si la ley no hubiese dicho: No codiciarás”, ¿cómo podrá saber jamás qué es justicia y qué es lo bueno? Y si no sabe lo que es justicia, ¿qué esfuerzos puede hacer para alcanzarla? No conocemos el pecado en que nacimos, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, más aún, que vive, se mueve y reina en nosotros; ¿cómo habríamos de conocer la justicia que reina fuera de nosotros, en el cielo? Verdaderamente: corno una nada y menos que nada presentan estas palabras a aquel mísero libre albedrío.