Friedrich Nietzsche - Martín Heidegger
En El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan se refiere al mito de Dios ha muerto de Nietzsche y de Freud en dos oportunidades.
"Después de todo, (Freud) coincide con Nietzsche para enunciar con su propio mito, que Dios ha muerto. Y ello, quizá, debido a las mismas razones de fondo. Pues este mito del Dios ha muerto -respecto del cual estoy mucho menos seguro, como mito, entiéndase bien, que la mayoría de los intelectuales contemporáneos, lo cual no equivale en absoluto a una declaración de teísmo ni de fe en la resurrección- acaso no es más que el abrigo que encontraron contra la amenaza de la castración. (Capítulo II, "El inconsciente freudiano y el nuestro"). " Ya que la verdadera fórmula del ateísmo no es que Dios ha muerto -aún fundando el origen de la función del padre sobre su asesinato, Freud protege al padre- la verdadera fórmula del ateísmo es Dios es inconsciente.” (Capítulo V “Tyché y automaton").
Este tema ya había sido abordado en El Seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis: "Si el mito del origen de la Ley se encarna en el asesinato del padre, de ahí salieron esos prototipos que se llamaron sucesivamente el animal tótem, luego tal dios, más o menos poderoso o celoso y, a fin de cuentas, el dios único, Dios el Padre. El mito del asesinato del padre es, efectivamente, el mito de una época para la cual Dios está muerto.
Pero si Dios está muerto para nosotros, lo está desde siempre, y esto precisamente nos dice Freud. "
Esta alusión a Nietzsche se encuentra en el capítulo XIII, llamado "La muerte de Dios". El mito del origen de la Ley y el asesinato del padre son desarrollados también por Lacan a lo largo de los dos capítulos siguientes, y es retomado en el capítulo VIII del Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis: "La muerte del padre, en tanto se hace eco de este enunciado que tiene un centro de gravedad nietzscheano, de este anuncio, de esta buena nueva, que Dios ha muerto, no me parece, ni mucho menos, de naturaleza tal que deba liberarnos.
( ... ) Es cierto que el punto extremo del psicoanálisis es el ateísmo, a condición de dar a este término otro sentido que el de Dios ha muerto, del que todo indica que, lejos de poner en cuestión lo que está en juego, es decir la ley, más bien la consolida. "
Se reproduce: de la obra de Nietzsche, los parágrafos 125 y 343 de La Gaya Ciencia; el apartado 2 del “Prólogo ", y “Jubilado " de la cuarta parte de Así habló Zaratustra y "Cómo el 'mundo verdadero’ acabó convirtiéndose en una fábula" de Crepúsculo de los ídolos.
Anteponemos a estos fragmentos algunos párrafos de "La frase de Nietzsche: 'Dios ha muerto’ " en Sendas perdidas de Martín Heidegger, que, si bien no se trata de una referencia indicada por Lacan, ofrece una lectura posible de esta frase fundamental del pensamiento nietzscheano.
MARTIN HEIDEGGER (1889-1976)
Bs. As., Editorial Losada S. A., 1979
Traducción José Rovira Armengol
La frase de Nietzsche: "Dios ha muerto"
(…)
Cabría suponer que la frase "Dios ha muerto" responde a una opinión del ateo Nietzsche y, en consecuencia, es sólo una postura personal y, por consiguiente, unilateral y por lo tanto también fácilmente refutable con una sola indicación de que en todas partes hay muchos hombres que visitan los templos y resisten las aflicciones sostenidos por una confianza en Dios de inspiración cristiana. Pero no por eso se ha descartado la cuestión de si la mencionada frase de Nietzsche es sólo opinión extravagante de un pensador sobre el cual ya se tiene preparada la debida afirmación: que acabó loco. Faltaría preguntar si Nietzsche, con esa frase, no pronunció más bien la que siempre se ha dicho ya tácitamente en la historia, metafísicamente determinada, de Occidente. Antes de adoptar una postura precipitada, debemos intentar pensar la frase "Dios ha muerto" en el sentido que le dio su autor. Por lo tanto, será bueno que descartemos toda opinión prematura que en seguida nos asalta ante esa frase terrible.
Las reflexiones que hacemos a continuación tratan de esclarecer la frase de Nietzsche de acuerdo con algunos aspectos esenciales. Insistimos una vez más: la frase de Nietzsche alude al destino de dos milenios de historia de Occidente. Nosotros mismos, impreparados como estamos todos, no podemos tener la pretensión de modificar este destino mediante una simple disertación sobre la frase de Nietzsche, ni siquiera de llegar a conocerlo suficientemente. Sin embargo, una cosa es necesaria ahora: que de la reflexión saquemos una enseñanza y aprendamos a reflexionar mediante esa enseñanza.
( ... )
Nietzsche consignó por vez primera la frase "Dios ha muerto" en el tercer libro de la obra La ciencia jocunda, publicada en 1882. Con esta obra empieza el camino de Nietzsche hacia la elaboración de su postura metafísica fundamental. Entre esa obra y el vano esfuerzo por configurar la obra principal proyectada se publicó Así habla Zarathustra. La obra principal proyectada no se terminó nunca. Provisionalmente debía llevar el título de La voluntad de poder y se le dio el subtítulo de "Ensayo de una subversión de todos los valores".
Ya de joven, Nietzsche había acariciado la idea de la muerte de un dios y de la extinción de los dioses. En unos apuntes de la época de la elaboración de su primera obra El nacimiento de la tragedia escribe Nietzsche (1870): "Creo en la sentencia germánica primitiva: todos los dioses tienen que morir". En su juventud, Hegel menciona, al final del tratado Fe y saber (1802) el "sentimiento en que se funda la religión de los tiempos modernos, el sentimiento: Dios mismo ha muerto..." La frase de Hegel tiene un sentido diferente del de la de Nietzsche. Sin embargo, hay entre ambas una relación esencial que se esconde en la esencia de toda metafísica. Al mismo orden de cosas pertenece, aunque por motivos opuestos, la frase de Pascal: tomada de Plutarco: "Le grand Pan est mort" (Pensées, 695).
( ... )
Cuatro años después (1886), Nietzsche añadió a los cuatro libros de La ciencia jocunda un quinto libro titulado: "Nosotros los impávidos". La primera pieza de ese libro (Aforismo 343) lleva el título de: Qué importa nuestra alegría. La pieza comienza así: "El más grande de los acontecimientos modernos -que 'Dios ha muerto', que la creencia en el Dios cristiano se ha convertido en incredulidad- ya comenzó a proyectar sus primeras sombras sobre Europa".
De esa frase se desprende claramente que la frase de Nietzsche de la muerte de Dios alude al Dios cristiano. Pero no es menos cierto, y hay que tenerlo presente de antemano, que el nombre de Dios y del Dios cristiano se emplean en el pensamiento de Nietzsche para designar el mundo sobrenatural. Dios es el nombre para el dominio de las ideas y los ideales. Este dominio de lo sobrenatural se considera desde Platón -mejor dicho: desde la última época griega y desde la interpretación cristiana de la filosofía platónica- como el verdadero mundo, el mundo real propiamente dicho. A diferencia de él, el mundo sensible es sólo el de esta vida, el variable y, por consiguiente el aparente, irreal. El mundo de esta vida es el Valle de Lágrimas a diferencia del Monte de la Bienaventuranza Eterna en la otra vida. Si, como todavía hace Kant, denominamos físico el mundo sensible en su más amplia acepción, el mundo suprasensible es el mundo metafísico.
La frase "Dios ha muerto" significa: el mundo suprasensible carece de fuerza operante. No dispensa vida.
( ... )
La frase "Dios ha muerto" contiene la comprobación de que una nada se ensancha. Nada significa en este caso ausencia de un mundo suprasensible, obligatorio. El nihilismo, "el más inquietante de todos los huéspedes" está a la puerta.
El intento de aclarar la frase "Dios ha muerto" significa lo mismo que la tarea de exponer qué entiende Nietzsche por nihilismo y mostrar así cómo se pronuncia el propio Nietzsche respecto del nihilismo.
( ... )
Además, el nihilismo no se limita a predominar allí donde es negado el Dios cristiano, donde se combate el cristianismo o sólo se predica un ateísmo ordinario a base de librepensamiento. Mientras nos fijemos exclusivamente en esta incredulidad que se desvía del cristianismo y en sus formas manifestativas, la mirada quedará aprisionada en las superficiales y pobres fachadas del nihilismo. El discurso del loco dice rotundamente que la frase "Dios ha muerto" nada tiene de común con la mera palabrería y los coloquios de aquellos que "no creen en Dios". A quienes de esta suerte sólo son incrédulos, no les ha llegado aún el nihilismo como destino de su propia historia.
Mientras nos limitemos a concebir la frase "Dios ha muerto" como fórmula de la incredulidad, nos movemos en un terreno de opinión teológico-apologética y renunciamos a lo que le importa a Nietzsche: a la reflexión en que medita sobre lo que ha sucedido ya con la verdad del mundo suprasensible y sus relaciones con la esencia del hombre.
( ... )
En la frase "Dios ha muerto", el nombre de Dios, pensado esencialmente, figura en lugar del mundo suprasensible de los ideales que contiene para esta vida el fin existente por encima de la vida terrena y esta suerte lo determinan desde arriba y en consecuencia en cierto sentido desde afuera.
( ... )
Nietzsche, Friedrich (1844-1900)
Prólogo de Zaratustra
La Gaya Ciencia, Barcelona
José J. de Olañeta Editor 1984
Traducción de Pedro González Blanco.
( ... )
2. Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque (5). Y el anciano habló así a Zaratustra:
No me es desconocido este viajero: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado.
Entonces llevabas tu ceniza a la montaña (6): ¿quieres hoy llevar tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se imponen al incendiario?
Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna. ¿No viene hacia acá como un bailarín?
Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen? En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver tú mismo a arrastrar tu cuerpo?
Zaratustra respondió: "Yo amo a los hombres".
¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las soledades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hombres?
Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.
Zaratustra respondió: "¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo".
No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites alguna cosa y que la lleves a cuestas junto con ellos -eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a ti!
¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!
No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso".
El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.
Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus callejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga, se preguntan: ¿a dónde irá el ladrón?
¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo; un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?
"¿Y qué hace el santo en el bosque?”, preguntó Zaratustra.
El santo respondió: Hago canciones y las canto, y, al hacerlas, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo es el que tú nos traes?
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al santo y dijo: "¡Qué podría yo daros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!" -Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo como ríen los niños.
Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: "¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!"
( ... )
CUARTA PARTE
(...)
Jubilado
No mucho después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien sentado junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de pálido y descarnado rostro: éste le causó una violenta contrariedad. "Ay, dijo a su corazón, allí está sentada la tribulación embozada, aquello me parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren esos en mi reino?
¡Cómo! Acabo de escapar de aquel mago: y tiene que atravesárseme de nuevo en mi camino otro nigromante, -un brujo cualquiera que practica la imposición de manos, un oscuro taumaturgo por gracia divina, un ungido calumniador del mundo, ¡a quien el diablo se lleve!
Pero el diablo no está nunca donde debería estar: siempre llega demasiado tarde, ¡ese maldito enano y cojitranco!"-
Así maldecía Zaratustra, impaciente en su corazón, y pensaba en cómo pasaría rápidamente de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aquí que las cosas ocurrieron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre sentado le había visto ya; y semejante a uno a quien le sale al encuentro una suerte imprevista se levantó de un salto y corrió hacia Zaratustra.
¡Quienquiera que seas, viajero, dijo, ayuda a un extraviado, a uno que busca, a un anciano al que con facilidad puede ocurrirle aquí algún daño!
Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también he oído aullar animales salvajes; y el que habría podido ofrecerme ayuda, ése no existe ya.
Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un cremita, que, solo en su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy” (372)
¿Qué sabe hoy todo el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo?”
"Tú lo has dicho (373), respondió el anciano contristado. Y yo he servido a ese viejo Dios hasta su última hora.
Más ahora estoy jubilado, no tengo dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy alegre ni una sola hora, a no ser cuando me entrego a los recuerdos.
Por ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta para mí, cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo, ¡yo soy el último papa! -una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos.
Pero ahora también él ha muerto, el más piadosos de los hombres, aquel santo del bosque que alababa constantemente a su Dios cantando y gruñendo. A él no lo encontré ya cuando encontré su choza, pero sí a los lobos dentro, que aullaban por su muerte pues todos los animales le amaban. Entonces me fui de allí corriendo.
¿Inútilmente había venido Yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios, ¡a que yo buscase a Zaratustra!"
Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquél que se hallaba delante de él; mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración.
Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga! Esta es la mano de uno que ha impartido siempre bendiciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra.
Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus enseñanzas?” (374)
Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pensamientos y las más recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste comenzó a decir:
"Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que ningún otro:
-mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse de eso!"
-"Tú le has servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un profundo silencio, ¿sabes cómo murió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión la que le estranguló,
-que vio cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre se convirtiese en su infierno y finalmente en su muerte?”
Mas el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y con una expresión dolorosa y sombría, desvió la mirada.
"Déjalo que se vaya, dijo Zaratustra tras prolongada reflexión, mirando siempre al anciano derechamente a los ojos.
Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te honra el que no digas más que cosas buenas de ese muerto, tú sabes tan bien como yo quién era; y que seguía caminos extraños".
Hablando entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa (pues era tuerto), en asuntos de Dios yo soy más ilustrado que Zaratustra en persona -y me es lícito serlo.
Mi amor te ha servido durante largos años, mi voluntad siguió en todo a su voluntad. Pero un buen servidor sabe todo, incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo.
El era un Dios oculto, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio. (375)
Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recompensa o la retribución.
Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengativo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos.
Pero al final se volvió viejo y débil y blando y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre, y parecido sobre todo a una vieja abuela vacilante. Se sentaba allí, mustio, en el rincón de su estufa, se afligía a causa de la debilidad de sus piernas, cansado del mundo, cansado de querer, y un día se asfixió con su excesiva compasión ".
Tú, viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has visto eso con tus ojos? Pues es posible que haya ocurrido así: así, y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas especies de muerte.
Mas ¡bien! Así o así, así y así ¡se ha ido! El contrariaba el gusto de mis oídos y de mis ojos, no quisiera decir nada peor sobre él.
Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero él -tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote - él era ambiguo.
Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez? Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro ¡bien! ¿quién lo había introducido allí?
¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido de] todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas (376) porque le hubiesen salido mal a él eso era un pecado contra el buen gusto.
También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir ¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construirse cada uno su destino a su manera, mejor ser un necio, mejor ser Dios rnismo!"
-"¡Qué oigo!, dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti te ha convertido a tu ateísmo.
¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal!
Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano y boca predestinados desde la eternidad a bendecir. No se bendice sólo con la mano. En tu proximidad, aunque tú quieras ser el más ateo de todos, venteo yo un secreto aroma de incienso y un perfume de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me causa dolor al mismo tiempo.
¡Permíteme ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! ¡En ningún lugar de la tierra me siento ahora mejor que junto a ti!" -
"¡Amén! ¡Así sea!, dijo Zaratustra con gran admiración, por ahí arriba sube el camino, allí está la caverna de Zaratustra.
Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de ti a toda prisa.
En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caverna es un buen puerto. Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas firmes a todos los tristes.
Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu Dios.
Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad".-
Así habló Zaratustra.
FRIEDRICH NIETZSCHE
LIBRO TERCERO
Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie
Madrid, Alianza Editorial, 1983.
Traducción de Andrés Sánchez Pascual
( ... )
125. El loco. -¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: ¡Busco a Dios ¡Busco a Dios!? Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron a risa. ¿Se te ha extraviado? -decía uno. ¿Se ha perdido como un niño? -preguntaba otro- ¿Se ha escondido? ¿tiene miedo de nosotros? ¿se ha embarcado? ¿ha emigrado? Y a estas preguntas acompañaban risas en el coro. El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: "¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿Adónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia tras, hacia algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento? ¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? ¿Necesitamos encender las linternas antes del mediodía? ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?... Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros? ¿Tendremos que convertirnos en dioses o al menos que parecer dignos de los dioses? Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna." Al llegar a este punto, calló el loco y volvió a mirara a sus oyentes; también ellos callaron, mirándole con asombro. Luego tiró al suelo la linterna, de modo que se apagó y se hizo pedazos. "Vine demasiado pronto -dijo él entonces-; mi tiempo no es aún llegado. Ese acontecimiento inmenso está todavía en camino, viene andando; más aún no ha llegado a los oídos de los hombres. Han menester tiempo el relámpago y el trueno, la luz de los astros ha menester tiempo; lo han menester los actos, hasta después de realizados, para ser vistos y entendidos. Ese acto está todavía más lejos de los hombres que la estrella más lejana. ¡Y sin embargo, ellos lo han ejecutado!" Se añade que el loco penetró el mismo día en muchas iglesias y entonó su Requiem aeternam Deo. Expulsado y preguntado por qué lo hacía, contestaba siempre lo mismo: "¿De qué sirven estas iglesias, si no son los sepulcros y los monumentos de Dios?”
LIBRO QUINTO
Los que no tenemos temor.
“¿Tiemblas, esqueleto?
Más temblarías si supieses adonde te llevo".
Turena.
343. Nuestra serenidad. - El más importante de los acontecimientos recientes, "la muerte de Dios"; el hecho de que se haya quebrantado la fe en el Dios cristiano, empieza ya a proyectar sobre Europa sus primeras sombras. Por lo menos para el corto número de aquellos cuya mirada y cuya desconfianza en el mirar son bastante finos y penetrantes para tal espectáculo, parece que se ha puesto un sol, que se ha trocado en duda una antigua y profunda confianza; a éstos debe parecerles nuestro viejo mundo cada día más crepuscular, más dudoso, más extraño, más viejo. Hasta puede decirse, en términos generales, que el acontecimiento es demasiado grande, demasiado lejano, demasiado apartado de la comprensión de todo el mundo para que pueda extrañarse que no haya producido ruido la noticia, y que las masas no se den cuenta de ella, ni puedan saber lo que se hundirá, por haber sido mimada esa fe: todo lo que se apoya en ella y con ella se enlaza y de su savia vive, por ejemplo, toda la moral europea. Esa larga serie de demoliciones, de destrucciones, de ruinas y derrumbamientos que tenemos en perspectiva, ¿quién podrá adivinarla hoy lo bastante para ser el iniciador y el adivino de esta enorme lógica del terror, el profeta de un ente-nebrecimiento y de unas obscuridades tales que probablemente no tuvieron jamás semejanza en la tierra? Nosotros mismos, nosotros, adivinos de nacimiento, que estamos como al acecho en las alturas, plantados entre el ayer y el mañana; nosotros, primogénitos del siglo futuro, que deberíamos percibir ya las sombras que Europa va a proyectar, ¿cómo es que esperamos sin interés verdadero, y sobre todo sin cuidado ni temor, la venida de ese eclipse? ¿Estaremos tal vez demasiado dominados todavía por las primeras consecuencias de tal acontecimiento? ¿Es que esas primeras consecuencias, contra lo que debía esperarse, no nos parecen tristes y sombrías, sino que, al revés, se nos presentan como una especie de luz nueva, difícil de describir, como una especie de dicha, de alivio, de serenidad, de aliento, de aurora?... Efectivamente, nosotros los filósofos, los espíritus libres, ante la nueva de que el Dios antiguo ha muerto, nos sentimos iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón se desborda de gratitud, de asombro, de expectación y curiosidad, el horizonte nos parece libre otra vez, aun suponiendo que no aparezca claro; nuestras naves pueden darse de nuevo a la vela y bogar hacia el peligro: vuelven a ser lícitos todos los azores del que busca el conocimiento; el mar, nuestra alta mar, se abre de nuevo a nosotros, y tal vez no tuvimos jamás un mar tan ancho.
( ... )
FRIEDRICH NIETZSCHE
Crepúsculo de los ídolos o Cómo se filosofa con el martillo
Madrid, Alianza Editorial, 1980
Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
Cómo el "mundo verdadero" acabó
Convirtiéndose en una fábula (61)
Historia de un error
1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.
(La forma más antigua de la Idea (62), relativamente inteligente, simple, convincente. Transcripción de la tesis "yo, Platón, soy la verdad".)
2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso ("al pecador que hace penitencia").
(Progreso de la Idea: ésta se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, -se convierte en una mujer, se hace cristiana ... )
3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero, ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea, sublimizada, pálida, nórdica, königsberguense (63))
4. El mundo verdadero -¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto inalcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, obligante: ¿a qué podría obligamos algo desconocido?...
(Mañana gris. Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo.)
5. El "mundo verdadero" -una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga, -una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea refutada: ¡eliminémosla!
(Día claro-, desayuno; retorno del bon sens [buen sentido] y de la jovialidad; rubor avergonzado de Platón; ruido endiablado de todos los espíritus libres.)
6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?... ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA (64) [comienza Zaratustra].)
NOTAS:
Nota de -Referencias Hemos decidido mantener la numeración de los originales.
ASI HABLO ZARATUSTRA... Prólogo
(5). En busca de este anciano eremita vendrá el papa jubilado, al final de la obra (véase cuarta parte, Jubilado, p. 347), y encontrará que ha muerto.
(6). Véase más adelante, primera parte, De los trasmundanos, p. 56, Del camino del creador, p. 101 y segunda parte, El adivino, p. 197, donde aparece esta misma idea, durante el sueño allí narrado: “¡Alpa! ¿quién lleva su ceniza a la montaña?”.
(7). La idea de la muerte de Dios, que recorre la obra entera, y su ignorancia por parte del santo eremita, será tema de conversación entre Zaratustra y el papa jubilado cuando ambos hablen del eremita ya fallecido. Véase cuarta parte, Jubilado, p. 347 y ss.
ASI HABLO ZARATUSTRA... Cuarta parte. Jubilado
(372). El papa jubilado busca al eremita encontrado por Zaratustra al bajar por vez primera de las montañas. Véase Prólogo de Zaratustra, 2, p.32 y nota 5.
(373). Frase evangélica, empleada por Jesús en su respuesta a Pilato. Véase Evangelio de Marcos, 15, 2.
(374). Véase antes, tercera parte, De la virtud empequeñecedora, 3, p. 241.
(375). Una breve poesía de Nietzsche titulada El Nuevo Testamento contiene esta misma afirmación.
(376). Töpfe und Geschöpfe. Nietzsche aprovecha aquí, como en tantos otros lugares, una expresiva aliteración, aludiendo además al hecho narrado por la Biblia de que Dios hizo al hombre de barro corno un alfarero. Véase Génesis, 2, 7.
CREPUSCULO DE LOS IDOLOS...
(61). Este capítulo es, en realidad, una apretada "historia de la filosofía" al hilo de la contraposición entre "mundo verdadero" y “mundo aparente". Probablemente Nietzsche toma esta contraposición del libro del filósofo G. Teichmüller (1832 -1888), titulado Die wirkliche und die scheinbare We1t [El mundo real y el mundo aparente] y publicado en 1882. La lectura de Teichmüller por Nietzsche está atestiguada por una tarjeta postal enviada por éste a su amigo Overbeck desde Génova (23 de octubre de 1883), en que le dice: "Viejo y querido amigo, al leer a Teichmüller me quedo cada vez más asombrado de qué poco conozco yo a Platón y de cuanto icX(xTo)vtlFt PALABRA o letras GRIeGAS!!!![platoniza] Zaratustra." Teichmüller, catedrático de filosofía en Basilea, fue colega de Nietzsche en aquella universidad; a su marcha, Nietzsche intentó ser nombrado sucesor del mismo en la cátedra de filosofía, mas no lo consiguió. Véase también el 10 de Más allá del bien y del mal (pp. 229-30 de la edición citada).
(62). Mantenemos con mayúscula la palabra “Idea" (Idee), para subrayar el carácter platónico que Nietzsche le da aquí.
(63). Königsberguense = kantiana.
(64). Esta expresión es eco del 342 de La gaya ciencia, titulado Incipit tragoedia [comienza la tragedia], que anticipa el texto de lo que será luego el 1 del "Prólogo de Zaratustra". Véase Así habló Zaratustra, edición citada, p. 31, y nota 1 del traductor (pagina 435). Por otra parte, como ha indicado con razón E. Fink (véase La filosofía de Nietzsche. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. El libro de Bolsillo, Alianza Editorial, núm. 37; segunda edición, Madrid 1969, pp. 211 y ss.), al hablar de “la sombra más corta" Nietzsche alude claramente, una vez más, a Platón y a su "alegoría de la caverna". En cuanto al "mediodía", sabido es que constituye uno de los símbolos de la filosofía nietzscheana. Según el último plan trazado por Nietzsche para la voluntad de poder (véase “Introducción”, pp. 12-13), el libro cuarto de esa obra, luego desechada, se habría titulado "El gran mediodía". Un conciso fragmento inédito de la primavera-verano de 1888 dice lo siguiente:
"Existen pensadores de mañana, existen pensadores de tarde, existen búhos de noche. No olvidar la species más aristocrática: la de los pensadores de mediodía, -aquellos en que constantemente el gran Pan duerme. Entonces toda la luz cae perpendicular ...”.