El asesinato considerado como una de las bellas artes

Thomas de Quincey

 

Referencias en la obra de Jacques Lacan

 

"Es perder el tiempo, ya se sabe, buscar la camisa de un hombre feliz, y lo que llaman una sombra feliz debe evitarse por los males que propaga."

Con esta frase que extraemos de la Dirección de la Cura punto 4 "Cómo actuar con el propio ser", (Escritos II), Lacan alude, casi seguramente, a un cuento popular italiano que ha sido recopilado por Italo Calvino.

Menciona esta historia, luego de decir que: "Parecería que el psicoanalista, tan sólo para ayudar al sujeto. .. ", debería estar a salvo de esa patología de la pendiente a la que se ve empujado el sujeto, en un mundo donde sus necesidades están reducidas a valores de intercambio. Pendiente, que a su vez, no encuentra su posibilidad radical sino por la mortificación que el significante impone a su vida, numerándola. Patología que se inserta, en una “ley de hierro". "Es por eso justamente por lo que suele imaginarse que el psicoanalista debería ser un hombre feliz."

Se reproduce: un fragamento de Italo Calvino (*)

Cuentos Populares Italianos, Tomo L

Ediciones Librerías Fausto, Bs. As., 1977.

LA CAMISA DEL HOMBRE CONTENTO

Un Rey tenía un hijo único y lo quería como a la luz de sus ojos. Pero este Príncipe siempre estaba descontento. Pasaba días enteros asomado al balcón, mirando a lo lejos.

-¿Pero qué te hace falta? -le preguntaba el Rey-. ¿Qué te pasa? -No lo sé, padre mío. Ni siquiera yo lo sé.

-¿Estás enamorado? Si quieres una muchacha, dímelo y la haré tu esposa, sea la hija del Rey más poderoso de la tierra o la campesina más miserable.

-No, padre, no estoy enamorado.

¡Y a todo recurría el Rey para distraerlo! Teatros, bailes, música, canto; pero nada servía, y del rostro del Príncipe desaparecía día a día el color de rosa.

El Rey publicó un edicto y de todas las partes del mundo acudió la gente más instruida: filósofos, doctores y profesores. Les mostró al Príncipe y les pidió consejo. Todos se retiraron a meditar y después volvieron junto al Rey.

-Majestad, hemos pensado, hemos leído las estrellas, y he aquí lo que debéis hacer. Buscad un hombre que esté contento, pero contento de todo y por todo, y cambiad la camisa de vuestro hijo por la suya.

Ese mismo día, el Rey mandó embajadores por todo el mundo para que buscaran un hombre contento.

Le trajeron un cura.

-¿Estás contento? -le preguntó el Rey-. -¡Yo sí, Majestad!

-Bien. ¿Te gustaría ser mi obispo? -¡Oh, claro que sí, Majestad!

-¡Entonces vete! i Fuera de aquí! Busco a un hombre feliz y contento de su estado, no uno que quiera estar mejor de lo que está.

Y el Rey se puso a esperar a otro. Había un Rey vecino, le contaron, que vivía de veras feliz y contento: tenía una mujer hermosa y buena, gran cantidad de hijos, había derrotado a todos sus enemigos en la guerra, y su país estaba en paz. El Rey, lleno de esperanzas, mandó de inmediato a sus embajadores para que le pidieran la camisa.

El Rey recibió a los embajadores.

-Sí, sí, -les dijo-, no me falta nada, pero es una lástima que, cuando se tienen tantas cosas, haya que morir y dejarlo todo. ¡Con este pensamiento, sufro tanto que de noche no duermo!

Y los embajadores juzgaron, con toda razón, que era mejor regresar.

Para desahogarse un poco, el Rey fue de cacería. Le tiró a una liebre y creía haberle acertado, pero la liebre huyó a los brincos. El Rey la persiguió y se alejó de su séquito. En medio del campo, escuchó una voz de hombre que cantaba una falulella (1). El Rey se detuvo. "¡Quien canta así", pensó, "tiene que estar contento!". Y siguiendo el sonido de la voz se metió en una viña, y entre las hileras vio a un joven que cantaba mientras podaba las vides.

-Buen día, Majestad -dijo el joven-. ¿Tan temprano y ya en el campo?

-Bendito seas, ¿quieres que te lleve conmigo a la capital? Serás mi amigo.

-Ay, Majestad, no. Se lo agradezco, pero no me interesa. No me cambiaría ni por el Papa.

-Pero ¿por qué? Tú, un joven tan apuesto... -Pero no, le digo. Estoy contento como estoy y basta.

"¡Al fin un hombre feliz!", pensó el Rey.

-Escúchame, joven, debes hacerme un favor.

-Si puedo, de todo corazón, Majestad.

-Aguarda un momento.

Y el Rey, que no cabía en sí de la alegría, corrió a buscar a su séquito:

-¡Venid, venid! ¡Mi hijo está curado! ¡Mi hijo está curado!

Y los lleva junto a ese joven.

-Joven bendito -le dice-, ¡te daré lo que quieras! Pero dame, dame...

-¿Qué, Majestad?

-¡Mi hijo está por morir! Sólo tú puedes salvarlo. ¡Ven aquí, espera!

Y lo aferra, comienza a dasabotonarle la chaqueta. Súbitamente se detiene, se le aflojan los brazos.

El hombre contento no tenía camisa.

(Friul)

NOTAS

1. Falulele (dialecto friulano): Cantinela común entre los aldeanos, sin significado, con la cual suelen cerrar las estrofas de sus canciones (Pirona).