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Lacan cita a esta obra de J. Cazotte, en cuatro oportunidades conocidas:
En el Seminario 4, (La relación de objeto), Clase del 6 de Febrero de 1957 y dice: "...Hace tres años, anunciaba yo una conferencia sobre El diablo enamorado, de Cazotte. Pocos testimonios hay tan ejemplares de la más profunda adivinación de la dinámica imaginaria que trato de desarrollar ante ustedes, especialmente hoy. Hoy lo he recordado, como ilustración de primer orden que acentúa el sentido de aquel ser mágico más allá del objeto, al cual pueden adherirse toda una serie de fantasmas idealizantes...."
En el Seminario 6, (El deseo y su interpretación) clase del 12 de Noviembre de 1958 donde dice: "....He ahí lo que nos hace pasar al nivel de esa segunda etapa de realización del esquema en el sentido de que aquí, más allá de lo que articula la cadena del discurso como existente, más allá del sujeto imponiéndole su forma, lo quiera o no, más allá de la aprehensión inocente, si así puede decirse, de la forma lingüisteril por el sujeto. Algo distinto va a producirse que está ligado al hecho de que en esa experiencia del lenguaje, se funda su aprehensión del otro como tal. De ese otro que puede darle su respuesta, la respuesta a su llamado; aquel otro al cual plantea fundamentalmente la pregunta que vemos en "El diablo enamorado" de Cazotte, como siendo el grito de la forma terrorífica que representa la aparición del superyó, en respuesta a aquél que lo ha evocado en una caverna napolitana: Che vuoi?, ¿qué quieres?...."
Y también el Seminario 16 (De un Otro a otro), en la clase del 27 de Noviembre de 1968 donde señala: "...He dicho de que modo, tan bien articulado, tan bien puesto en evidencia por el discurso analítico, él mismo, en el modo en que he introducido la lección, después diré, cuando haya comenzado a dibujarla así, hilvanado sobre el grafo simplificado de puntos de interrogación que lo superan, y que he llamado por referencia a "El diablo enamorado", el Che vuoi?...".
En el Seminario 26 (La topología y el tiempo), clase del 8 de Mayo de 1979, cita nuevamente a Cazotte y dice: "...Puede o bien encarnar la angustia por aparición, —y observen que la primera vez que Lacan introduce el "Che vuoi?" es refiriéndose al "El diablo enamorado" de Cazotte donde se manifiesta como una a parición, como esa bestia mugiente, y que va a funcionar como tentador—, la otra función del "Che vuoi?", es aquella efectivamente por la cual eso sería, no la angustia que prevalece, sino el anonadamiento por el significante que Freud califica de significante de "alto valor psíquico", el significante de la Verbluffung..."
Se reproduce:
El diablo enamorado, de Jacques Cazotte.
Con prólogo explicativo de Jorge Luis Borges.(Selección y prólogos)
Editado por Ediciones Siruela. Madrid. España.
Traducción de Luis Alberto de Cuenca. Tomado de la edición de París, León Ganiver 1845: Le diable enamourex. Roman fantastique par J. Cazotte
Prólogo (de Jorge Luis Borges)
Dividir en siglos la historia no es menos arbitrario, tal vez, que dividir en puntos el espacio o en instantes el tiempo, pero esas unidades son arquetipos que nos ayudan a imaginar y cada siglo nos propone una imagen coherente. El admirable siglo XVII fue el siglo de Voltaire y de la Enciclopedia, pero fue también el siglo de Swedenborg y de su rebelde discípulo, William Blake. Quizá no huelgue recordar que fue el siglo deOsián, del apócrifo Osián y de la epopeya celta, que inauguró el vasto movimiento romántico. Ese ambiguo carácter se refleja el Diable amoureux de Jacques Cazotte Está redactado en razonable y clara prosa francesa, pero su fábula es fantástica. Ya Voltaire en Micromégas y en Le Blanc et le Noir había dado el ejemplo; ya Antoine Calland había revelado al Occidente el Libro de las Mil y Una Noches. Cazotte recordaría su título en Mille et une fadaises, Contes à dormir debout; de igual moda, el Diable amoureux es una voluntaria antítesis de Le Diable boiteux de Le Sage. El argumento de Cazotte no se reduce a un artificio del Demonio que toma forma de mujer para apoderarse de Alvaro; el Demonio, enredado en su propia juego, se enamora de Alvaro, como si la fugaz mascarada hubiera transformado su esencia, hasta convertirlo en la verdadera y apasionada heroína de la obra. Nada queda en Biondetta de la monstruosa aparición que responde al conjuro de Alvaro en las ruinas de Portici y que le dice en italiano: Che vuoi? La máscara es el rostro; la satánica seductora es la seducida y seguirá siéndolo, ansiosa y plañidera, en el decurso de la fábula, tan llena de episodios idílicos. Una y otra vez Belcebú–Biondetta agota las diversas artimañas que todas las mujeres inventan para atraer a un hombre. El estilo, deliberadamente frívolo, suele jugar con el terror, pero, a diferencia de Vathek, que es de fecha ulterior, no se propone, nunca alarmarnos. Cazotte no pudo prever que su fábula sería sometida a la mitología patológica del reciente Procusto, Sigmund Freud.
Gabriel Saud, discípulo de Procusto, ha conseguido que el Belcebú–Biondetta sea una hipóstasis de la madre y del padre del escritor, lo cual es más quimérico y, sin duda, más terrorífico que el libro que se propuso explicar. Agreguemos que es menos encantador.
Cazotte nació en Dijon hacia 1720. Como Diderot y como Joyce fue educado por los jesuitas y, a diferencia de ellos, no abjuró de la fe cristiana. Según Nodier, Cazotte a los veinte años, ya instalado en París, escribe: «yo era un enamorado de la soledad, del recogimiento, de las meditaciones vagas y fantasiosas... resolví aislarme totalmente y de casi todos, incluso en las formas más comunes de la vida exterior. Vestía, entonces, un largo traje, cuidadosamente abotonado hasta el mentón, un sombrero redondo y chato, de anchas alas caídas, polainas de cuero crudo cerradas con broches de acero. A esto se agregaban cabellos sin empolvar, cortados bastante cerca de la frente, y caídos sobre el cuello y los hombros». En 1747 obtiene el grado de comisario en la marina y es destinado a la Martinica. Se casa ahí con la hija del juez de la isla, Elizabeth Roignan. Dos años después, rechaza una invasión de los ingleses. Ya anciano invocaría en sus cartas la memoria de esta resistencia para que la Martinica se defendiera de un ataque de los soldados de la República. A la par de la rutina oficial, Cazotte, dedica su tiempo a trabajar la finca que su mujer trajo en la dote. Hacia 1758 decide regresar a su patria. La Compañía de Jesús había organizado un vasto sistema
bancario, que ahora lleva el nombre de Traveller's checks. Cazotte aprovecha el sistema y la estrecha amistad que lo une a la Orden, para confiar a su cuidado el monto de la venta total de sus bienes en la isla. En Francia intentaría, vanamente, recobrar un solo centavo. Al cabo de un epistolario, no menos paciente que inútil, al superior de la Orden, publica una memoria
relatando la infeliz culminación de un vínculo que data de su infancia. Por fin, resignado, inicia un pleito. La ruptura coincide con su acercamiento al ocultismo y parece alentar su actividad creadora. En 1762 publica un poema en 12 cantos, donde combina verso y prosa, titulado Ollivier. Lo sigue otro volumen, cuyo inesperado título es Lord Impromptu. En 1772 publica el Diable amoureux; el éxito es tan grande que se le acusa de haber revelado misterios que los iniciados deben guardar. Los críticos, razonablemente, atribuyen a la imaginación del
autor el encuentro con el Demonio. Su fama de visionario permitió que le atribuyeran una profecía de su propia muerte, y del terror. Por lo demás, el propio Cazotte declara: «Vivimos entre los espíritus de nuestros padres; el mundo invisible se cierne a nuestra alrededor... sin cesar, los amigos de nuestro pensamiento se nos acercan familiarmente... Veo el bien, el mal, a los buenos y a los malos; a veces la confusión de los seres es tal, cuando los miro, que no siempre sé distinguir, desde el primer momento,
a los que viven en su carne de quienes han dejado las apariencias groseras...» Y agrega después: «Esta mañana, durante la oración que nos reunía bajo la mirada del Todopoderoso, el cuarto estaba tan lleno de vivos y de muertos de todos los tiempos y de todos los países, que no podía distinguir entre la vida y la muerte; era una extraña confusión, pero también un magnífico espectáculo.
Monárquico ferviente, no oculta nunca su adhesión a Luis XVI. En agosto de 1792, las autoridades secuestran unas cartas en las que, se cree ver una conspiración. Cazotte es arrestado; su hija Elizabeth lo acompaña voluntariamente a la cárcel. La suerte le depara un fin espléndido; al subir al patíbulo, bien cumplidos los setenta años, podrá decir: «Muero como he vivido, fiel a Dios y a mi rey.»
Jorge Luis Borges
EL DIABLO ENAMORADO
A los veinticinco años yo era capitán de los guardias del rey de Nápoles. Llevábamos una vida de camaradería y como jóvenes que éramos, nos dedicábamos a las mujeres y al juego en la medida en que lo permitía nuestra bolsa, y filosofábamos en los cuarteles cuando no nos quedaba otro recurso.
Una noche después de habernos agotado en razonamientos de toda índole alrededor de un pequeño frasco de vino de Chipre y algunas castañas secas, la conversación recayó sobre la cábala y los cabalistas.
Uno de nosotros pretendía que era una ciencia real y cuyas operaciones eran seguras; cuatro de los más jóvenes sostenían que era un montón de absurdos, una fuente, de picardías propias para engañar a las gentes crédulas y divertir a los niños. El mayor de todos nosotros, flamenco de origen, fumaba una pipa con aire distraído y no decía palabra. Su aspecto frío y su distracción me servían de espectáculo a través de aqu el discordante guirigay que nos aturdía y me impedía tomar parte en una charla demasiado desordenada como para que pudiese interesarme.
Estábamos en el cuarto del fumador; la noche avanzaba. La tertulia se disolvió y nos quedamos solos nuestro hombre y yo.
Continuó fumando flemáticamente; yo me quedé apoyado con los codos sobre la mesa, sin decir nada. Finalmente, fue él quien rompió el silencio.
«Joven –me dijo–, acabáis de oír mucho ruido. ¿Por qué os habéis mantenido al margen de la barahúnda?
–Prefiero callarme –le respondí– antes que aprobar o censurar algo que no conozco. Ni siquiera sé lo que, quiere decir la palabra cábala.
–Tiene varios significados –me dijo–, pero no se trata de ellos, sino de la cosa en sí. ¿Creéis que pueda existir una ciencia que enseñe a transformar los metales y a reducir a los espíritus bajo vuestra obediencia?
–Nada conozco de los espíritus, comenzando por el mío, salvo que estoy seguro de su existencia. En cuanto a los metales, sé el valor de, un carlín en el juego, en la posada y en otros lugares, y nada puedo afirmar ni negar acerca de la esencia de unos y otros, de las modificaciones e impresiones de que son susceptibles.
–Mi joven amigo, mucho me complace vuestra ignorancia; es tan valiosa como la doctrina de los demás: al menos no vivís en el error y, si bien no estáis instruido, sois susceptible de estarlo. Vuestro natural, la franqueza de vuestro carácter, la rectitud de vuestro espíritu, me agradan. Sé algo más que el común de los mortales; juradme el mayor secreto empeñando vuestra palabra de honor, prometed conduciros con prudencia y seréis mi discípulo.
–El ofrecimiento que me hacéis, mi querido Soberano , me resulta muy agradable. La curiosidad es mi pasión más fuerte. Os confesaré que, por naturaleza,me han despertado poco interés los conocimientos ordinarios; siempre me han parecido demasiado limitados, y he adivinado esa esfera elevada a la que queréis ayudarme a subir. Pero, ¿cuál es la primera clave de la ciencia a que os referís? Según lo que decían nuestros compañeros en la discusión, son los propios espíritus quienes nos instruyen. ¿Es posible relacionarse con ellos?.
–Vos lo habéis dicho, Alvaro: nada aprenderíamos por nosotros mismos. En cuanto a la posibilidad de nuestras relaciones con ellos, voy a daros una prueba que no admite réplica.»
Mientras decía estas palabras, daba fin a su pipa. La golpea tres veces para hacer salir un poco de ceniza que quedaba en el fondo, la coloca sobre la mesa, bastante cerca de mí, y alza la voz, diciendo: «Calderón, ven a buscar mi pipa, enciéndemela y tráemela de nuevo.»
Apenas terminaba el mandato cuando vi desaparecer la pipa; y, antes de que hubiese podido razonar sobre los medios, ni preguntar quién era ese Calderón encargado de sus órdenes, la pipa encendida había regresado y mi interlocutor había reemprendido su ocupación.
Continuó en ella por algún tiempo, menos para saborear el tabaco que para disfrutar de la sorpresa que me ocasionaba. Luego, levantándose, dijo: «Entro de guardia al amanecer; debo descansar. Id a acostaros; sed prudente y volveremos a vernos.»
Me retiré lleno de curiosidad y hambriento de las ideas nuevas que muy pronto colmarían mi espíritu con la ayuda del Soberano. Lo vi al otro día, y los siguientes: no tuve otra pasión; me convertí en su sombra.
Le hacía mil preguntas; él eludía unas y respondía a otras con un tono de oráculo. Finalmente, lo urgí sobre el asunto de la religión de sus iguales. «Es –me respondió– la religión natural.»
Entramos en algunos detalles. Sus decisiones cuadraban mejor con mis inclinaciones que con mis principios, pero quería llegar a mi objetivo y no debía contrariarlo.
«Mandáis a los espíritus –le decía–. Quiero, como vos, tener trato con ellos. Lo quiero. ¡Lo quiero!
–Sois impulsivo, compañero. Aún no habéis superado vuestro tiempo de prueba; no habéis satisfecho ninguna de las condiciones bajo las cuales se puede abordar sin temor esa sublime categoría.
–¿Y me falta mucho tiempo?
–Quizá dos años.
–Abandono este proyecto –exclamé–. Moriría de impaciencia en el intervalo. Sois cruel, Soberano. No podéis concebir la violencia del deseo que habéis creado en mí: me quema...
–Joven, os creía más prudente, me hacéis temblar, por vos y por mí. ¿Os expondríais acaso a evocar a los espíritus sin ninguna de las preparaciones...?
–¿Y qué podría sucederme?
–No digo que necesariamente os suceda algo malo. Si tienen poder sobre nosotros es porque nuestra
debilidad, nuestra pusilanimidad, se lo otorga; en el fondo, hemos nacido para mandarlos.
–¡Ah! ¡Los mandaré!
–Sí, tenéis un corazón ardiente. Pero si perdéis la cabeza, si os asustan hasta el punto de que...
–Si basta con no temerlos, no les será fácil asustarme.
–¿Y si vierais al Diablo?
–Le tiraría de las orejas al gran Diablo del infierno.
–¡Bravo! Si estáis tan seguro de vos, podéis arriesgaros, y os prometo mi asistencia. El viernes próximo os invito a cenar con dos de los nuestros. Llevaremos a cabo la aventura.»
II
Estábamos todavía a martes: nunca cita galante fue esperada con tanta impaciencia.
El plazo se cumple por fin; encuentro en casa de mi camarada a dos hombres de una fisonomía poco obsequiosa: cenamos. La conversación gira en torno a cosas indiferentes.
Después de cenar, proponen un paseo a pie hasta las ruinas de Portici. Nos ponemos en marcha. Llegamos. Esos restos de los monumentos más augustos derrumbados, rotos, dispersos, cubiertos de abrojos, despiertan en mi imaginación ideas que no me eran usuales. «He aquí –me dije– el poder del tiempo sobre las obras del orgullo y de la industria de los hombres.» Avanzamos entre las minas y, finalmente, arribamos casi a tientas, a través de esos restos, a un lugar tan oscuro que ninguna luz exterior podía penetrar en él.
Mi camarada me llevaba del brazo; deja de caminar, y yo me detengo. Entonces, alguien de la compañía golpea un pedernal y enciende, una vela. La estancia donde nos encontrábamos se ilumina, aunque débilmente, y descubro que estamos bajo una bóveda bastante bien conservada, de veinticinco pies cuadrados aproximadamente, y con cuatro salidas.
Guardábamos el más completo silencio. Mi camarada, con una caña que había utilizado como bastón durante la marcha, traza un círculo alrededor suyo sobre la fina arena que cubría el terreno, y sale de él después de haber dibujado en el suelo algunos caracteres. «Entrad en este pentáculo, amigo mío –me dice–, y no salgáis hasta haber recibido buenas señales.
–Explicaos mejor: ¿tras qué señales debo salir?
–Cuando todo se os haya sometido; pero antes de ello, si el miedo os hiciese dar un paso en falso, podríais correr los mayores riesgos.»
Me da entonces una fórmula de evocación corta, perentoria, mezclada con algunas palabras que nunca olvidaré.
«Recitad –me dice– este conjuro con firmeza y llamad a continuación claramente, por tres veces, a Belcebú, y sobre todo no olvidéis lo que habéis prometido hacer.»
Recordé que me había jactado de que le tiraría de las orejas. «Mantendré mi palabra –le digo, esperando no verme desmentido por los hechos.
–Os deseamos mucho éxito –me dice–. Cuando hayáis terminado, avisadnos. Estáis exactamente enfrente de la puerta por la que debéis salir para reuniros con nosotros.» Se retiran.
Ningún fanfarrón se encontró nunca en crisis tan delicada. Estuve a punto de llamarlos, pero eso me habría avergonzado demasiado; por otra parte, significaba renunciar a todas mis esperanzas. Me mantuve firme en el lugar donde estaba y reflexioné por un instante.
«Han querido asustarme –me dije–. Quieren ver si soy pusilánime. Quienes me ponen a prueba están a dos pasos de aquí, y después de la evocación debo esperar alguna tentativa de su parte para aterrorizarme. Tengámonos firmes; volvamos la burla contra los malos bromistas.»
La deliberación fue bastante corta, aunque un poco turbada por el canto de los búhos y los autillos que habitaban los alrededores e incluso el interior de la caverna.
Algo tranquilizado por estas reflexiones, me siento y relajo mis piernas. Luego, pronuncio la evocación con voz clara y firme, y, aumentando el sonido, llamo tres veces y a intervalos muy breves: «¡Belcebú!»
Un temblor recorría todas mis venas y los cabellos se erizaban en mi cabeza.
Apenas hube terminado, una ventana de dos batientes se abre frente a mí, en lo alto de la bóveda: un torrente de luz más deslumbrante que la del día prorrumpe por esa abertura; una cabeza de camello, horrible tanto por su tamaño como por su forma, aparece en la ventana; tenía, sobre todo, unas orejas desmesuradas. El odioso fantasma abre la boca y, con un tono acorde con el resto de la aparición, me responde: «Che voi?»
Todas las bóvedas, todas las cavernas de los alrededores resonaron a porfía con el terrible Che vuoi?
No sabría describir mi situación; no sabría decir quién sostuvo mi coraje y me impidió caer desfallecido
ante la visión de semejante cuadro, ante el ruido más espantoso aún que retumbaba en mis oídos.
Un sudor frío iba a disipar mis fuerzas: hice un supremo esfuerzo para recobrarlas.
El alma humana debe ser muy vasta y tener un prodigioso mecanismo: una multitud de sentimientos, ideas y reflexiones se agolpan en mi corazón, pasan a mi espíritu y me impresionan al mismo tiempo.
E1 giro anímico se produce: logro dominar el terror. Me encaro intrépidamente con el espectro.
«¿Qué pretendes, temerario, al mostrarte, bajo esa forma repelente?»
El fantasma vacila por un momento.
«Vos me habéis llamado –dice con un tono de voz más bajo.
–¿El esclavo –le digo– intenta asustar a su amo? Si vienes a recibir mis órdenes, adopta una forma conveniente y un tono sumiso.
–Amo –me dice el fantasma–, ¿bajo qué forma debo presentarme para resultaros agradable?»
La primera idea que, me vino a la cabeza fue la de un perro: «Ven –le dije– bajo el aspecto de un perro de aguas.»
Apenas había formulado esta orden cuando el espantoso camello alarga el cuello de dieciséis pies de longitud, baja la cabeza hasta el centro de la sala y vomita un perro de aguas blanco, de pelo sedoso, fino y brillante, con las orejas colgándole, hasta el suelo.
La ventana se ha vuelto a cerrar, cualquier otra visión ha desaparecido y no quedamos bajo la bóveda, suficientemente iluminada, más que el perro y yo.
Giraba alrededor del círculo moviendo la cola haciéndome fiestas.
–Amo –me dice–, quisiera lameros la punta de los pies, pero el círculo temible que os rodea me rechaza.»
Mi confianza se había transformado en audacia: salgo del círculo, estiro el pie, el perro me lo lame; hago un gesto para tirarle de las orejas, se tiende él sobre el lomo como para pedirme perdón; vi entonces que se trataba de una hembra.
«Levántate –le digo–, te perdono. Ves que he venido acompañado; los señores esperan a cierta distancia de aquí; el paseo ha debido fatigarlos y quiero darles otra colación: necesito frutas, conservas, helados, vinos de Grecia, ¿entiendes? Ilumina y adorna la sala sin ostentación, pero con decoro. Hacia el final de la colación te presentarás como un virtuoso de primera fila y traerás un arpa contigo; yo te avisaré cuándo debes aparecer. Cuida de desempeñar bien tu papel, pon expresión en tu canto, decencia, discreción en tu actitud...
–Obedeceré, amo, pero ¿bajo qué condición?
–Bajo la de obedecer, esclavo. Obedece sin réplica o...
–No me conocéis, amo; me trataríais con menos rigor. La única condición que pondría sería, quizá, templar vuestra cólera y complaceros.»
Apenas había dicho el perro estas palabras cuando, girando sobre sus talones, veo mis órdenes ejecutarse con más justeza que el cambio de un decorado en la Opera. Las paredes de la bóveda, hasta entonces negras, húmedas y cubiertas de musgo, adquirían un color suave, formas agradables; estábamos ahora en mi salón de mármol jaspeado. La arquitectura presentaba una cintra sostenida por columnas. Ocho candelabros de cristal, cada uno con tres velas, difundían una luz viva, distribuida por igual.
III
Un momento después, quedan listos la mesa y el ambigú, cargados con todos los elementos de nuestro festín; las frutas y los dulces eran de la especie más rara, más sabrosa y de más hermosa apariencia. La porcelana empleada en el servicio y en el ambigú era del Japón. La perrita daba mil vueltas por la sala, haciéndome mil carantoñas, como para acelerar el trabajo y preguntarme si estaba satisfecho.
«Muy bien, Biondetta –le dije–; ponte una librea y ve a decir a esos señores que están cerca de aquí que los espero y que están servidos.»
Apenas había vuelto la mirada cuando veo salir a un paje con mi librea pulcramente vestido, llevando una antorcha encendida; poco después volvía, guiando a mi camarada el flamenco y a sus dos amigos.
Preparados a algo extraordinario por la llegada y los cumplidos del paje, no lo estaban al cambio que se había producido en el lugar donde me habían dejado. Si no hubiese tenido la cabeza ocupada, me habría divertido más aún con su sorpresa, que estalló en sus gritos y se manifestó en la alteración de sus rasgos y en sus actitudes.
«Señores –les dije–, habéis hecho un largo camino por mi causa y aún os queda un buen trecho para regresar a Nápoles. He pensado que este pequeño festín no os desagradaría y que sabríais disculpar la escasa selección y la falta de abundancia, dado que se trata de una improvisación.
Mi soltura los desconcertó más aún que, el cambio del escenario y la vista de la elegante colación a que se veían invitados. Me apercibí de ello y, resuelto a terminar rápidamente una aventura de la que en mi interior desconfiaba, quise sacar todo el partido posible, forzando incluso la alegría que forma el fondo de mi carácter.
Los invité a sentarse a la mesa; el paje acercó los asientos con una prontitud maravillosa. Estábamos sentados; llené los vasos, repartí la fruta; mi boca era la única que se abría para hablar y comer: los demás permanecían boquiabiertos; sin embargo, los animé a probar las frutas, y mi confianza los decidió a ello. Bebo a la salud de la cortesana más bonita de Nápoles; bebemos por ella. Hablo de una nueva ópera, de una improvisatrice romana recientemente llegada y cuyo talento da que hablar en la corte.
Insisto en los talentos agradables, la música, la escultura y, de paso, obtengo su aprobación sobre la belleza de algunos mármoles que adornan el salón. Una botella se vacía y otra mejor la sustituye. El paje se multiplica y el servicio no languidece un solo instante. Me fijo en él a hurtadillas: imaginaos al Amor vestido de paje; mis compañeros de aventura, por su parte, lo miraban de reojo con una cara en la que se pintaban la sorpresa, el placer y la inquietud. La monotonía de esta situación me desagradó; vi que había llegado el momento de romperla.
«Biondetto –dije al paje–, la signora Fiorentina me ha prometido concederme un instante; mira a ver si ha llegado.» Biondetto sale de la pieza.
Mis huéspedes no habían tenido aún el tiempo necesario para extrañarse ante la extravagancia del mensaje, cuando se abre una puerta del salón y Fiorentina entra con su arpa; llevaba un vestido modesto, un sombrero de viaje y un velo muy claro frente a los ojos; coloca el arpa a su lado, saluda con soltura, con gracia: «Señor don Alvaro –dice–, ignoraba que estuvieseis acompañado; no me habría presentado vestida de esta guisa; los señores tengan a bien disculpar a una viajera.»
Se sienta, y a porfía le ofrecemos los restos de nuestro pequeño festín, que ella prueba complaciente.
«¡Cómo, señora! –le digo–––, ¿no hacéis más que pasar por Nápoles? ¿No sería posible haceros permanecer aquí?
–Un compromiso previo me obliga, señor; tuvieron muchas atenciones conmigo en Venecia, en el carnaval pasado me hicieron prometer que volvería, y he recibido incluso un adelanto por mi actuación; de no ser así, no habría podido negarme a las ventajas que me ofrece aquí la corte y a la esperanza de merecer los aplausos de la nobleza napolitana, distinguida por su buen gusto por encima de toda la del resto de Italia. »
Los dos napolitanos se inclinan para responder al elogio, estupefactos ante la realidad de la escena hasta el punto de frotarse los ojos. Invité a la virtuosa a hacernos escuchar una muestra de su talento. Estaba resfriada, fatigada; temía, con justicia, disminuir en nuestra opinión. Finalmente, se decidió a interpretar un recitativo obligado y una arieta patética que clausuraban el tercer acto de la ópera en que iba a debutar.
Toma su arpa, preludia con una mano larga, bien torneada, a la vez blanca y púrpura, de dedos insensiblemente redondeados en la punta y uñas de forma y gracia inconcebibles. Estábamos sorprendidos; creíamos asistir al más delicioso de los conciertos. La dama canta. No hay voz, ni alma, ni expresión como la suya: no se puede dar más esforzándose menos. Yo estaba emocionado hasta el fondo de mi corazón, y olvidé casi que era el creador del hechizo que me encantaba.
La cantante me dirigía las tiernas expresiones de su recitado y de su canto. El fuego de sus miradas, atravesaba el velo; tenía una intensidad y una dulzura inconcebibles; esos ojos no me eran desconocidos. Finalmente, reuniendo los rasgos que el velo me dejaba percibir, reconocí en Fiorentina al bribón de Biondetto: pero la elegancia, los atractivos del talle se hacían notar mucho más bajo la indumentaria de mujer que bajo el hábito de paje.
Cuando la cantatriz hubo terminado de cantar, le dispensamos justas alabanzas. Quise comprometerla a interpretarnos una arieta alegre para permitirnos admirar la diversidad de sus talentos.
«No –respondió–; mal podría ejecutarla en la disposición de ánimo en que me encuentro; por lo demás, debéis haber advertido el esfuerzo que he hecho por complaceros. Mi voz se resiente del viaje, está empañada. Ya sabéis que parto esta noche. Me ha traído hasta aquí un cochero de alquiler y dependo de él; os pido que aceptéis mis disculpas y me permitáis retirarme.» Dicho esto, se levanta, quiere coger el arpa. Se lo impido y, después de haberla acompañado hasta la puerta por donde había entrado, vuelvo junto a mis compañeros.
Tenía que haber inspirado alegría, y veía temor en las miradas. Recurrí al vino de Chipre; lo había encontrado delicioso; me había devuelto las fuerzas, la presencia de espíritu; doblé la dosis. Como el tiempo pasaba, dije a mi paje que había vuelto a ocupar su puesto detrás de mi asiento que hiciese preparar mi carruaje. Biondetto sale inmediatamente, va a cumplir mis órdenes. «¿Tenéis aquí carruaje?», me dice Soberano.
«Sí –le respondo–––, me hice seguir e imaginé que, si vuestra partida se prolongaba, no os opondríais a un regreso cómodo. Bebamos otra copa. No corremos el riesgo de dar pasos en falso por el camino.»
No había acabado la frase cuando el paje regresa, seguido de dos corpulentos lacayos, soberbiamente vestidos con mi librea. «Señor don Alvaro –me dice Biondetto–, no he podido acercar hasta aquí vuestro coche; está más allá, pero cerca de las ruinas que rodean estos lugares.» Nos levantamos; Biondetto y los lacayos nos preceden; nos ponemos en marcha.
Como no podíamos caminar los cuatro en una misma línea entre basas y columnas rotas, Soberano, que se encontraba a mi lado, me estrechó la mano. «Nos habéis dado un buen festín, amigo; os costará caro.
–Amigo –repliqué–, me satisface mucho que os haya gustado; cuésteme lo que deba costarme.»
Llegamos al carruaje: encontramos otros dos lacayos, un cochero, un postillón, un coche de campo a mis ordenes con todas las comodidades deseables. Le hago los honores y, velozmente, tomamos el camino de Nápoles.
IV
Durante algún tiempo guardamos silencio. Finalmente, uno de los amigos de Soberano lo rompe. «No os pido vuestro secreto, Alvaro, pero me consta que habéis tenido que llegar a tratos singulares. Nadie fue servido nunca como vos y, en cuarenta años de trabajo, no he obtenido ni la cuarta parte de los favores que os han sido concedidos a vos en una sola noche. No hablo de la más celestial visión que, pueda tenerse, cuando afligimos nuestros ojos más a menudo que los alegramos. En fin, vos conocéis vuestros asuntos, sois joven: a vuestra edad se desea demasiado para dar tiempo a la reflexión y se buscan con prisa los placeres.»
Bernadillo, tal era el nombre de este hombre, se escuchaba al hablar y me daba tiempo para pensar en la respuesta.
«Ignoro –le repliqué– por qué causa he podido ganarme favores distinguidos; auguro que, serán muy cortos, y mi consuelo consistirá en haberlos compartido todos con buenos amigos.» Vieron que mantenía mis reservas, y la conversación decayó.
Sin embargo, el silencio trajo consigo la reflexión: recordé cuanto había hecho y visto; comparé los discursos de Soberano y de Bernadillo, y concluí que acababa de salir del peor paso en que una vana curiosidad y la temeridad hubiesen puesto nunca a un hombre de mi clase. No carecía de instrucción; había sido educado hasta los trece años bajo la mirada de don Bernardo Maravillas , mi padre, gentilhombre sin tacha, y por doña Mencía, mi madre, la mujer más religiosa, más respetable de toda Extremadura. «¡Ah, madre mía! –me decía yo–, ¿qué pensaríais de vuestro hijo si lo hubieseis visto, si lo vieseis todavía? Pero esto no durará, me lo prometo.»
Entre tanto, el carruaje llegaba a Nápoles. Dejé en sus respectivas casas a los amigos de Soberano. El y yo regresamos a nuestro acuartelamiento. El brillo del coche deslumbró no poco a la guardia, a la que pasamos revista, pero las gracias de Biondetto, que ocupaba la parte delantera de la carroza, impresionaron aún más a los espectadores.
El paje despide el carruaje y a la servidumbre, toma una antorcha de mano de los lacayos y atraviesa los cuarteles para llevarme a mis habitaciones. Mi ayuda de cámara, aún más sorprendido que los otros, quería hablar para pedirme explicaciones acerca de mi nuevo tren de vida. «Basta por hoy, Carlo –le dije, entrando en mi cuarto–, no te necesito. Ve a descansar, te hablaré mañana.»
Estamos solos en mi alcoba, y Biondetto ha cerrado la puerta tras de nosotros; mi situación era menos embarazosa en medio de la compañía que acababa de abandonar y del tumultuoso lugar que acababa de atravesar. Con ánimo de terminar la aventura, me concentré por un instante. Dirijo la mirada al paje, que mantiene, la suya fija en el suelo; un rubor le asoma sensiblemente por el rostro: su actitud revela embarazo Y mucha emoción; finalmente tomo la iniciativa de hablarle.
«Biondetto, me has servido bien, y lo has hecho poniendo tu mejor voluntad en ello; pero, como te había pagado por adelantado, imagino que estamos en paz.
–Don Alvaro es demasiado noble como para creer que ha podido pagar ese precio. –Si has hecho más de lo que me debías, si estoy, en deuda contigo, dame tu cuenta; pero no respondo de pagarte inmediatamente: he gastado ya mi último sueldo, debo en el juego, en la posada, al sastre...
–Vuestras bromas están fuera de lugar.
–Si dejo de hablar en broma, será para rogarte que te retires, pues es tarde y debo acostarme.
–¿Y tendríais la descortesía de echarme a la hora que es? No esperaba semejante trato de parte de un caballero español. Vuestros amigos saben que he venido aquí; vuestros soldados, vuestros hombres me han visto y han adivinado mi sexo. Si yo fuese una vil cortesana, no dejaríais de tener alguna consideración hacia el decoro de mi estado; pero vuestro proceder conmigo es infamante, ignominioso: cualquier mujer en mi situación se sentiría humillada.
–¿Así que ahora te gusta ser mujer para ser objeto de atenciones? Pues bien, para evitar el escándalo de tu partida, ten contigo misma la deferencia de salir por el agujero de la cerradura.
–¡Cómo! En serio, sin saber quién soy..........
–¿Puedo, acaso, ignorarlo?
–Lo ignoráis, os digo, no escucháis más que vuestras prevenciones; pero, quienquiera que sea, estoy a vuestros pies, con las lágrimas en los ojos, implorándoos a título de deudor. Una imprudencia mayor que la vuestra, excusable quizá, puesto que vos sois su objeto, me ha hecho hoy desafiarlo todo, sacrificarlo todo para obedeceros, entregarme a vos y seguiros. He levantado contra mí las pasiones más crueles, más implacables; no me queda más protección que la vuestra, más asilo que vuestra alcoba. ¿Vais a cerrarme vuestra puerta, Alvaro? ¿Se dirá, acaso, que un caballero español haya tratado con tal rigor, con semejante indignidad a alguien que ha sacrificado por él un alma sensible, a un ser débil, desprovisto de cualquier otra ayuda que no sea la suya, en una palabra, a una persona de mi sexo?»
Retrocedía yo tanto corno me era posible, para salir de aquella embarazosa situación; pero ella se abrazaba a mis rodillas y me seguía, moviendo las suyas; finalmente, quedé pegado contra la pared. «Levántate –le dije–; sin pensarlo, acabas de recordarme un juramento. Cuando mi madre me dio mi primera espada, me hizo jurar sobre su guarda que serviría toda mi vida a las mujeres y que no ofendería a ninguna. Cuando pienso en qué ha parado hoy aquel juramento...
–Pues bien, cruel, a cualquier título que sea, permitid que me quede en vuestra alcoba.
–Lo acepto por lo raro del caso y para llevar al colmo lo insólito de mi aventura. Arréglatelas de manera que ni te vea ni te oiga; a la primera palabra, al primer movimiento capaces de inquietarme, aumento el sonido de mi voz para preguntarte a mi vez: Che vuoi?»
Le doy la espalda y me acerco a la cama para desvestirme. «¿Puedo ayudaros?», me dice. «No, soy militar y me sirvo a mí mismo.» Me acuesto.
V
A través de la gasa de mi cortina, veo cómo el supuesto paje extiende en un rincón de mi dormitorio una estera usada que ha encontrado en un armario, se sienta encima, se desviste por completo, se envuelve en una de mis mantas, que estaba sobre una silla, apaga la luz, y la escena termina allí por el momento; pero pronto volvió a empezar en mi cama, donde yo no podía conciliar el sueño.
Parecía como si el retrato del paje estuviese pegado al techo de la cama y a las cuatro columnas; no veía otra cosa. Me esforzaba en vano por vincular ese objeto maravilloso con la idea del horrible fantasma que había visto; la primera aparición servía para realzar los encantos de la última.
Aquel canto melodioso que había oído bajo la bóveda, aquel sonido encantador de voz, aquellas palabras que parecían surgir del corazón retumbaban aún en el mío y producían en él un estremecimiento singular.«¡Ah, Biondetta –me decía a mí mismo–, si no fueses un ser fantástico, si no fueses aquel espantoso dromedario! Pero ¿por qué impulso me dejé llevar? He vencido el miedo; extirpemos un sentimiento más peligroso. ¿Qué ternura puedo esperar de ella?
¿Renunciaría, acaso, a su origen? El fuego de sus miradas tan conmovedoras, tan dulces, es un cruel veneno. Esa boca tan bien formada, tan coloreada, tan fresca y en apariencia tan ingenua no se abre más que para engaños e imposturas. Ese corazón, si lo fuese, no se encendería sino para una traición.» Mientras me abandonaba a las reflexiones ocasionadas por los diversos impulsos que me agitaban, la luna, llegada a lo alto del hemisferio y en un cielo sin nubes, flechaba mi alcoba con sus rayos a través de tres grandes ventanas.
Yo hacía movimientos prodigiosos en mi cama, que no era nueva: la madera se separa, y las tres tablas que sostenían mi colchón se desploman estrepitosamente.
Biondetta se levanta, corre hacia mí, aterrorizada. «Don Alvaro, ¿qué desgracia acaba de sucederos?»
Como no la perdía de vista, a pesar de mi accidente, la vi levantarse, acudir a mi lado; llevaba una camisa de paje y, al pasar, la luz de la luna iluminó sus muslos, que, aún parecieron más hermosos con el reflejo. Muy poco afectado por el mal estado de mi cama, que, sólo me exponía a dormir con un poco más de incomodidad, me afectó mucho más el encontrarme entre los brazos de Biondetta.
«No me ha sucedido nada –le dije–, retírate. Corres por las baldosas sin zapatillas, vas a resfriarte; retírate...
–Pero estáis en una posición incómoda.
–Sí, en la que tú ahora me colocas; retírate o, puesto que quieres acostarte en mi cama y a mi lado, te ordenaré ir a dormir a la tela de araña que hay en ese rincón de mi dormitorio.» No esperó al final de la amenaza y se fue a acostar sobre su estera, sollozando muy quedo.
La noche se acaba y la fatiga se apodera de mí, proporcionándome algunos momentos de sueño. Cuando me desperté, ya era de día. Adivinad la dirección que tomaron mis primeras miradas: busqué a mi paje con los ojos.
Estaba sentado, completamente vestido a excepción de su jubón, en un pequeño taburete; sus cabellos caían sueltos hasta el suelo, cubriéndole de bucles flotantes y naturales la espalda y los hombros, e incluso toda la cara.
No sabiendo qué hacer, se desenredaba la cabellera con los dedos. Jamás peine de un marfil tan hermoso paseó por floresta tan tupida de cabellos color rubio ceniza; su fineza igualaba todas sus otras perfecciones. Un pequeño movimiento que hice le anunció mi despertar, y entonces separó con sus dedos los bucles que le ocultaban la cara.
Imaginaos la aurora primaveral surgiendo de entre los vapores de la mañana con su rocío, su frescor y todos sus perfumes.
«Biondetta –le digo–, coge un peine; hay uno en el cajón de ese escritorio.» Obedece. Muy pronto, con ayuda de una cinta, su pelo queda atado sobre la cabeza con tanta habilidad como elegancia. Coge su jubón, remata su aderezo y se sienta sobre su asiento con un aspecto, tímido, apurado, inquieto, que inspiraba una viva compasión. Si es preciso –me dije a mí mismo– que vea a lo largo del día mil escenas a cuál más picante, seguramente no resistiré; provoquemos el desenlace, si es posible.
Le dirijo la palabra:
«Ya es de día, Biondetta. Hemos cumplido con las debidas conveniencias; puedes salir de la alcoba sin temor al ridículo.
–Estoy ahora –me responde– por encima de ese temor; pero vuestros intereses y los míos me inspiran otro mucho más fundado: no permiten que nos separemos.
–Explícate –le digo.
–Voy a hacerlo, Alvaro. Vuestra juventud, vuestra imprudencia, os cierran los ojos ante los peligros que hemos congregado en torno nuestro. Apenas os vi bajo la bóveda, cuando aquella actitud heroica frente a la más horrible aparición decidió mis inclinaciones. Si para lograr la felicidad, me dije a mí misma, debo unirme a un mortal, tomemos un cuerpo: ha llegado la hora. Este es el héroe digno de mí. Indígnense los despreciables rivales que por él sacrifico; véame yo expuesta a su resentimiento, a su venganza; ¿qué me importa? Amada por Alvaro, unida a Alvaro, ellos y la naturaleza se nos someterán. Lo que siguió vos lo habéis visto; éstas son las consecuencias. La envidia, los celos, el desprecio, la cólera me preparan los castigos más crueles a que pueda verse sometido un ser de mi especie, degradado por propia elección; tan sólo vos podéis protegerme. Apenas ha amanecido y ya los delatores se han puesto en camino para denunciaros como nigromante a ese tribunal que vos conocéis. Dentro de una hora...
–Detente –exclamé–; poniéndome, los puños cerrados en los ojos, eres el más hábil, el más insigne de los falsarios. Hablas de amor, presentas su imagen, envenenas su idea; te prohíbo decir una palabra más. Deja que me calme lo suficiente, si soy capaz para poder tomar una resolución. Si debo caer en manos del tribunal, no vacilo por el momento entre tú y él; pero si me ayudas a largarme de aquí, ¿a qué me comprometeré con ello? ¿Puedo separarme de ti cuando quiera? Te conmino a que me respondas con claridad y precisión.
–Para separaros de mí, Alvaro, bastará con un acto de vuestra voluntad. Lamento, incluso, que mi sumisión sea forzada. Si más tarde no agradecéis mi celo, seréis imprudente, ingrato...
–Nada creo, salvo que debo partir. Voy a despertar a mi ayuda de cámara. Tengo que conseguir dinero, ir a la posta. Me dirigiré a Venecia a ver a Bentinelli, banquero de mi madre.
–¿Necesitáis dinero? Afortunadamente, he tomado mis precauciones; tengo a vuestra disposición...
–Guárdatelo. Si fueses una mujer, al aceptarlo cometería una bajeza.
–No es mi regalo, sino un préstamo, lo que os propongo. Dadme un poder para actuar ante vuestro banquero; haced un balance de lo que debéis aquí. Dejad sobre vuestro escritorio una orden a Carlo para que pague. Disculpaos por carta a vuestro comandante, alegando un compromiso ineludible que os obliga a partir sin licencia previa. Iré a la posta, a buscaros un carruaje y caballos. Pero antes, Alvaro, obligada a separarme de vos, vuelvo a caer en todos mis temores. Decid: Espíritu que no te has unido a un cuerpo más que para mí, y sólo para mí, acepto tu vasallaje y te otorgo mi protección.»
Mientras me indicaba esta fórmula, se había arrojado a mis rodillas, me tenía cogida la mano, me la apretaba, me la mojaba con sus lágrimas.
Yo estaba fuera de mí, no sabiendo qué partido adoptar; le dejo que me bese la mano y balbuceo las palabras que le parecían tan importantes. Apenas he terminado, vuelve a ponerse en pie: «Soy vuestra –exclama arrebatada–; podré llegar a ser la más feliz de todas las criaturas.»
En un momento, se cubre con una larga capa, se cala un gran sombrero sobre los ojos y sale de mi habitación.
Quedé sumido en una especie de estupidez.
Encuentro un balance de mis deudas; pongo al pie la orden a Carlo para que las pague; cuento el dinero necesario; escribo al comandante y a uno de mis amigos más íntimos sendas cartas, que debieron encontrar particularmente extraordinarias. Ya el coche y el látigo del postillón se hacían oír en la puerta.
Biondetta, con la nariz siempre hundida en su capa, regresa y me lleva consigo. Carlo, despertado por el ruido aparece en camisa. «Vete –le digo– a mi escritorio; encontrarás allí mis ordenes.» Subo al carruaje. Parto.
VI
Biondetta había entrado conmigo en el carruaje, instalándose en la parte delantera. Cuando salimos de la ciudad, se quitó el sombrero que la ocultaba. Tenía los cabellos recogidos en una redecilla carmesí; no se les veía más que la punta: eran perlas dentro de un coral. Su rostro, despojado de todo adorno, brillaba sólo con sus perfecciones. Había como una transparencia en el color de su cara; no podía concebirse cómo la dulzura, el candor, la ingenuidad podían unirse al rasgo de fineza que brillaba en sus miradas. Me sorprendí haciendo, a pesar mío, estas observaciones y, juzgándolas peligrosas para mi descanso, cerré los ojos para tratar de dormir.
Mi intento no fue vano: el sueño se apoderó de mis sentidos y me ofreció las ensoñaciones más agradables, las más apropiadas para distraer a mi alma de las ideas espantosas y extravagantes que tanto la habían fatigado. Mi sueño fue, por lo demás, muy largo, y mi madre, reflexionando más tarde sobre mis aventuras, llegó a la conclusión de que semejante sopor no había sido natural. Finalmente, cuando me desperté, estaba a orillas del canal en el que se embarca para dirigirse a Venecia. Era noche cerrada. Sentí que alguien me tiraba de la manga: era un mozo de cuadra; quería encargarse de mis bultos. No tenía ni siquiera un gorro de dormir.
Biondetta, se presentó por otra portezuela para decirme que el barco que me llevaría estaba listo. Desciendo maquinalmente, entro en la falúa y vuelvo a caer en mi letargo.
¿Qué diré? Al día siguiente por la mañana me encontraba alojado en la plaza de San Marcos, en las habitaciones más hermosas de la mejor posada de Venecia. Las conocía; las reconocí inmediatamente. Veo ropa blanca, una bata bastante rica junto a la cama. Sospeché que podía ser una atención del huésped a cuya casa había llegado desprovisto de todo.
Me levanto y miro si soy el único ser vivo que había en el cuarto; buscaba a Biondetta. Avergonzado de ese primer impulso, di gracias a mi buena suerte. «Ese espíritu y yo no somos, pues, inseparables; me, he librado de él y, después de mi imprudencia, si no pierdo más que mi empleo, en la guardia, debo considerarme muy feliz. Valor, Alvaro –continué––; hay otras cortes, otros soberanos además del de Nápoles. Esto debe corregirte, si es que no eres incorregible, y así te portarás mejor. Si tus servicios son rechazados, una madre tierna, Extremadura y un patrimonio honesto te tienden los brazos. Pero, ¿qué querría de ti ese diablillo que no te ha abandonado en veinticuatro horas? ¡Había tomado una apariencia muy seductora! Me dio dinero, quiero devolvérselo...» No había terminado de hablar cuando veo llegar a mi acreedor; me traía dos criados y dos gondoleros.
«Debéis ser servido hasta que llegue Carlo –dice– Me han respondido en la posada de la inteligencia y fidelidad de éstos, y estos otros son los más audaces patrones de la república.
–Me doy por satisfecho con tu elección, Biondetta –le digo– ¿Estás alojado aquí?
–He tomado –me responde el paje con los ojos bajos–, en las propias habitaciones de Vuestra Excelencia, la pieza más alejada de la que ocupáis, a fin de causaros la menor molestia posible.»
Encontré tacto y delicadeza en esa atención de poner espacio entre ella y yo. Se lo agradecí por añadidura.
«En el peor de los casos –me decía a mí mismo– no podría expulsarla del aire, si decidiese quedarse allí, invisible, para obsesionarme. Al estar en un cuarto concreto, podré, calcular mi distancia.» Contento, con mis razonamientos, di ligeramente mi aprobación a todo.
Quería salir para ir a ver al corresponsal de mi madre. Biondetta dio las órdenes oportunas para mi aseo y, cuando hubo terminado, me dirigí adonde tenía intención de ir.
El negociante me brindó una acogida que me sorprendió. Estaba en su banco; de lejos me acaricia con la mirada, viene hacia mí.
«Don Alvaro –me dice– no os creía aquí. Llegáis muy a propósito para impedir que cometa un error; iba a enviaros dos cartas y dinero.
–¿El de mi pensión? –respondí.
–Sí –replicó–, y algo más. Aquí tenéis doscientos cequíes que llegaron esta mañana. Un viejo gentilhombre a quien entregué el recibo me los dio de parte de doña Mencia. Al no recibir noticias vuestras, os creyó enfermo y encargó a un español conocido vuestro que me los diese para hacéroslos llegar.
–¿Os ha dicho su nombre?
Lo escribí en el recibo; es don Miguel Pimientos , quien dice haber sido escudero en vuestra casa. Como ignoraba vuestra llegada aquí, no le pregunté su dirección.
Cogí el dinero. Abrí las cartas: mi madre se quejaba de su salud y de mi negligencia, y ni siquiera hablaba de los cequíes que enviaba, lo que me hizo aún más sensible a sus bondades.
Viéndome con la bolsa repleta, regresé alegremente a la posada; me costó trabajo encontrar a Biondetta en la especie de habitáculo en que se había refugiado. Se llegaba a él por un pasadizo que estaba lejos de mi puerta; me aventuré al azar por allí y la vi inclinada junto a una ventana, muy ocupada en reunir y pegar los restos de un clavicordio.
«Tengo dinero –le dije– y te traigo lo que me has prestado.» Enrojeció, como siempre le ocurría antes de hablar; buscó mi obligación, me la entregó, tomó la suma y se limitó a decirme que era demasiado exacto y que hubiese deseado gozar durante mas tiempo del placer de tenerme obligado.
«Pero aún estoy en deuda contigo –le dije–, puesto que has pagado las postas.» Tenía el recibo sobre la mesa. Lo pagué. Me retiraba con aparente sangre fría; me preguntó cuáles eran mis órdenes, no tenía ninguna que darle y volvió tranquilamente a su tarea, dándome la espalda. La observé durante algún tiempo; parecía muy ocupada y ponía en su trabajo tanta destreza como actividad.
Regresé a mi cuarto, a soñar. «Este es –me decía– el igual de aquel Calderón que encendía la pipa de Soberano, y, aunque tenga un aspecto muy distinguido, no es de mejor casa. Si no se vuelve exigente ni incómodo, si no tiene pretensiones, ¿por qué no guardarlo? Por otra parte, me asegura que para despedirlo basta con un acto de mi voluntad. ¿Por qué apresurarme a querer en seguida lo que puedo querer en todos los instantes del día?» Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el anuncio de que estaba servido.
Me senté a la mesa. Biandetta, con librea de gala, estaba detrás de mi asiento, atenta a prevenir mis necesidades. No tenía que darme la vuelta para verla: tres espejos dispuestos en el salón repetían todos sus movimientos. Terminada la cena, quitan la mesa; ella se retira.
Sube a mis habitaciones el posadero, a quien conocía de antes. Estábamos en carnaval; mi llegada no tenía nada de sorprendente. Me felicitó por el aumento de mi tren de vida, que suponía mi mejor estado de mi fortuna, y se deshizo en alabanzas de mi paje, el joven más guapo, más cariñoso, más inteligente, más dulce que había visto en su vida. Me preguntó si pensaba tomar parte en los placeres del carnaval; ésa era mi intención. Me disfracé y subí a bordo de mi góndola.
Recorrí la plaza; fui al espectáculo, al ridotto. Jugué, gané cuarenta cequíes y regrese bastante tarde, luego de haber buscado disipación en todos los lugares apropiados al caso.
Mi paje, con una antorcha en la mano, me recibe al pie de la escalera, me entrega a los cuidados de un ayuda de cámara y se retira, después de haberme preguntado a qué hora ordenaba que entrasen en mi alcoba. «A la hora de siempre», respondí sin saber lo que decía, sin pensar que nadie, estaba al corriente de mis costumbres.
Me desperté tarde al día siguiente y me levante en seguida. Dirigí por azar los ojos hacia las cartas de mi madre, que aún permanecían sobre la mesa. «¡Digna mujer! –exclamé– ¿qué hago yo aquí? ¿Es que no voy a colocarme, bajo la protección de vuestros sabios consejos? Iré, ¡ah!, iré, es la única decisión que puedo tomar.»
Como hablaba alto, se dio cuenta de que me había despertado; entró en mi cuarto y volví a ver el escollo de mi razón. Tenía un aspecto desinteresado, modesto, sumiso, pareciéndome por ello más peligroso. Me anunciaba la llegada de un sastre y telas. Hechas las compras, desapareció con él hasta la hora del almuerzo.
Comí poco y corrí a precipitarme a través del torbellino de diversiones de la ciudad. Busqué las máscaras; escuché, hice frías bromas y rematé la noche en la ópera y, sobre todo, en el juego, hasta entonces mi pasión favorita. Gané mucho más en esta segunda sesión que en la primera.
VII
Pasé diez días en la misma situación de corazón y espíritu y, poco más o menos, en disipaciones similares. Encontré antiguos conocidos, hice algunos nuevos. Fui presentado en las tertulias más distinguidas, admitido en las partidas de los nobles en sus casinos.
Todo habría ido bien si mi fortuna en el juego no hubiese desaparecido; pero perdí en el ridotto, en una noche, mil trescientos cequíes que había acumulado. Nadie jugó nunca con tan mala suerte. A las tres de la mañana me retiré desplumado, debiendo cien cequíes a unos conocidos. Mi pesadumbre estaba escrita en mis miradas y en toda mi apariencia exterior. Biondetta me pareció afectada, pero no abrió la boca.
Al día siguiente me levanté tarde. Me paseaba a largas zancadas por mi cuarto, golpeando con los pies. Me sirven, no como. Retirado el servicio, Biondetta se queda, contra su costumbre. Me mira un instante, deja escapar algunas lágrimas: «Habéis perdido dinero, don Alvaro; quizá más del que podéis pagar.
–Y si así fuera, ¿dónde encontraría el remedio?
–Me ofendéis; mis servicios aún os pertenecen al mismo precio; pero no irían lejos si se limitasen a haceros contraer conmigo obligaciones que os creeríais en la necesidad de satisfacer inmediatamente. Permitid que tome asiento; estoy tan emocionada que no podría sostenerme de pie; además, tengo cosas importantes que, deciros. ¿Queréis arruinaros?... ¿Por qué jugáis con ese furor si no sabéis jugar?
–¿No conoce todo el mundo los juegos de azar? ¿Podría enseñármelos alguien?
–Sí. Prudencia aparte, pueden enseñarse los juegos de probabilidad que vos llamáis impropiamente juegos de azar. No existe el azar en el mundo; en él todo ha sido y será siempre, una serie de combinaciones necesarias que sólo pueden ser entendidas a través de la ciencia de los números, cuyos principios son al mismo tiempo tan abstractos y tan profundos que no pueden ser aprendidos si no se es guiado por un maestro; pero es preciso haber sabido proporcionárselo y unirse a él. No puedo describiros este conocimiento sublime, más que por una imagen. El encadenamiento de los números forma la cadencia del universo, regala los llamados sucesos fortuitos y supuestamente determinados obligándolos mediante balancines invisibles a caer cada uno a su vez, desde lo que de importante ocurre en las esferas alejadas hasta las miserables pequeñas probabilidades que hoy os han despojado de vuestro dinero.
Esta perorata científica en una boca infantil, esta propuesta un poco brusca de ofrecerme un maestro, me ocasionaron un ligero temblor, un poco de aquel sudor frío que se había apoderado de mí bajo la bóveda de Portici. Miro a Biondetta, que bajaba la vista. «No quiero ningún maestro –le digo–; me da miedo aprender demasiado; pero trata de demostrarme que un gentilhombre puede saber un poco más que el juego y utilizarlo sin comprometer su carácter. Aceptó el reto y éste, es, en sustancia, el resumen de su demostración.
«La banca está combinada sobre la base de una ganancia exorbitante que se renueva en cada lance del juego; si no corriese riesgos, la república estaría robando de modo manifiesto a los particulares. Pero los cálculos que podemos hacer son supuestos, y la banca gana siempre, teniendo enfrente a una persona instruida por cada diez mil incautos.»
La convicción fue llevada más lejos. Me enseñó una sola combinación, muy simple en apariencia: no adiviné los principios en que se fundaba, pero esa misma noche el éxito me hizo conocer su infalibilidad.
En una palabra: siguiéndola, recuperé todo lo que había perdido, pague mis deudas de juego y devolví, al regresar, el dinero que Biondetta me había prestado para intentar la aventura.
Tenía fondos, pero me encontraba más molesto que nunca. Mis recelos acerca de las intenciones del peligroso ser cuyos servicios había aceptado se habían renovado. Ya no sabia a ciencia cierta si podría alejarlo de mí; en todo caso, no tenía fuerzas para desearlo. Desviaba los ojos para no ver dónde estaba y lo veía en todos los lugares donde no estaba.
El juego dejó de ofrecerme una disipación atractiva. El faraón, que me gustaba apasionadamente, al no estar sazonado por el riesgo, había perdido todo lo que de picante tenía para mí. Las mascaradas del carnaval me aburrían; los espectáculos me parecían insípidos. Aunque hubiera tenido el corazón lo suficientemente libre como para desear establecer relaciones con mujeres de alto linaje, me hallaba desanimado de antemano por la languidez, el ceremonial y la obligación del chichisbeo. Me quedaba el recurso de los casinos de los nobles, donde ya no quería jugar, y el trato con las cortesanas.
Entre las mujeres de esta última especie, había algunas más distinguidas por la elegancia de su fasto y la jovialidad de su compañía que por sus atractivos personales. Encontraba en sus casas una libertad real de la que me gustaba gozar, una alegría ruidosa que podía aturdirme si no llegaba a agradarme, un abuso continuo de la razón que me libraba por algunos momentos de las trabas de la mía. Me mostraba galante con todas las mujeres de este género en cuyas casas era admitido, sin abrigar proyectos respecto a ninguna; pero la más célebre de ellas tenía planes respecto a mi persona que pronto se manifestaron.
La llamaban Olimpia. Tenia veintiséis años, mucha belleza, talento y gracia. Pronto me dejó percibir el gusto que sentía por mí y, sin sentirlo yo por ella, me puse en sus manos para liberarme en cierto modo de mí mismo.
Nuestra relación comenzó bruscamente y, como no hallaba en ella muchos encantos, juzgué que terminaría de la misma manera y que Olimpia, aburrida de mis desatenciones para con ella, buscaría pronto un amante que le hiciese mayor justicia, tanto más cuanto que nuestro vínculo se basaba en la pasión más desinteresada; pero muy otra fue la decisión de nuestro planeta. Para castigar a esta mujer soberbia e impulsiva, y para sumirme en problemas de otra índole, era necesario que ella concibiese un amor desenfrenado hacia mi persona.
Ya no era dueño de regresar por la noche a mi posada y me agobiaban durante el día sus billetes, mensajes y vigilantes.
Se quejaba de mi frialdad. Sus celos, que aún no habían encontrado un objeto preciso, se volcaban en todas las mujeres que podían atraer mis miradas, y me habría exigido incluso descortesías hacia ellas si hubiese podido hacer mella en mi carácter. Me disgustaba aquel tormento perpetuo, pero había que vivir en él. De buena fe buscaba amar a Olimpia por amar algo y distraerme del gusto peligroso que me conocía. Entre tanto, una escena más viva aún se preparaba.
En mi posada me veía sometido a secreta vigilancia por órdenes de la cortesana.
«¿Desde cuándo –me dijo un día– tienes a ese hermoso paje que tanto te interesa, a quien dispensas tantas atenciones y a quien no dejas de seguir con los ojos cuando su servicio lo llama a tus habitaciones? ¿Por qué le haces observar tan austero retiro? No se le ve nunca por Venecia.
–Mi paje –respondí– es un joven bien nacido de cuya educación me he hecho cargo. Es...
–Es, traidor –replicó ella con los ojos inflamados de ira, ¡es una mujer! Uno de mis espías lo ha visto mientras se aseaba por el agujero de la cerradura
–Te doy mi palabra de honor de que no es una mujer.
–No añadas la mentira a la traición. Esa mujer lloraba, la han visto; no es feliz. No sabes más que atormentar los corazones que se te entregan. Has abusado de ella, como abusas de mí, y la abandonas Devuelve a sus padres a esa joven; y si tus prodigalidades no te permiten hacerle justicia, la obtendrá de mi parte. Le debes un destino: yo se lo daré; pero quiero que desaparezca mañana.
–Olimpia –repliqué lo más fríamente posible–, te he jurado, te lo repito y te juro otra vez que no es una mujer. Ojalá lo fuera.
–¿Qué quieren decir esas mentiras y ese "ojalá lo fuera”, monstruo? Devuélvela, te digo, o... Pero tengo otros recursos; te desenmascararé y ella sí se avendrá a razones, si tú no eres capaz de hacerlo.»
Superado por tal torrente de injurias y de amenazas, pero simulando no estar afectado, me retiré a mi casa, aunque ya era tarde. Mi llegada pareció sorprender a mis criados y, sobre todo, a Biondetta: mostró cierta inquietud por mi salud: respondí que no estaba alterada en absoluto.
No le hablaba casi nunca desde mi relación con Olimpia y no había habido ningún cambio en su conducta para conmigo, pero sí en sus rasgos: había en el tono general de su fisonomía un matiz de abatimiento y de melancolía.
Al día siguiente, apenas me había despertado cuando Biondetta entra en mi alcoba con una carta abierta en la mano. Me la entrega y leo.
AL SUPUESTO BIONDETTO
No sé quién sois, señora, ni qué podéis hacer en casa de don Alvaro; pero sois demasiado joven como para que no se os pueda perdonar y estáis en demasiado malas manos para no despertar la compasión. Ese caballero os habrá prometido lo que promete a todo el mando, lo que aún mejora todos los días, aunque decidido a traicionamos. Se dice que sois tan juiciosa como bella; seréis capaz de recibir un buen consejo. Estáis en edad, señora, de reparar el perjuicio que podéis haberos hecho; un alma sensible os ofrece los medios para ello. No vamos a discutir acerca de la fuerza del sacrificio que debe hacerse para asegurar vuestro descanso; debe ser proporcional a vuestro estado, a las perspectivas que os han hecho abandonar, a las que podéis tener para el futuro y, en consecuencia, vos misma lo arreglaréis todo. Si persistís en querer ser engañada e infeliz r en hacer que otras lo sean, esperad de mí la mayor violencia que la desesperación puede sugerir a una rival. Aguardo vuestra respuesta.
Después de haber leído esta carta, se la devolví a Biondetta. «Responde –le dije– a esa mujer que está loca y que tú sabes mejor que yo hasta qué punto...
–¿La conocéis, don Alvaro? ¿No teméis nada de ella?
–Temo que me siga aburriendo. Por lo tanto, la dejo y, para librarme de ella con mayor seguridad, voy a alquilar esta misma mañana una bonita casa que me ofrecieron a orillas del Brenta.» Me vestí inmediatamente y fui a concluir la transacción. De camino pensaba en las amenazas de Olimpia. «¡Pobre loca! –me decía–, quiere matar al... » Nunca pude, sin saber por qué, pronunciar esa palabra.
En cuanto terminé el asunto, volví a casa, cené y, temiendo que la fuerza de la costumbre me condujese a casa de la cortesana, decidí no salir en todo el día. Cojo un libro. Incapaz de concentrarme en la lectura, lo dejo. Voy a la ventana, y la multitud, la variedad de los objetos me disgusta en vez de distraerme. Me paseo a largas zancadas por todas mis habitaciones, buscando la tranquilidad del espíritu en la agitación continua del cuerpo.
VIII
Durante este paseo indefinido, mis pasos se dirigen hacia un sombrío guardarropa donde mi gente guardaba las cosas de mi servicio que no debían encontrarse al alcance de la mano. Nunca había entrado en él. Me agrada la oscuridad del lugar. Me siento sobre un cofre y allí me quedo unos minutos. Al cabo de ese corto espacio de tiempo, oigo ruido en una pieza contigua; un rayo de luz que me da en los ojos me atrae hacia una puerta condenada: se escapaba por el agujero de la cerradura; aplico el ojo allí. Veo a Biondetta sentada frente a su clavicordio con los brazos cruzados, en la actitud de una persona entregada a profundas ensoñaciones. Rompió el silencio.
«¡Biondetta! Biondetta! –dice– Me llama Biondetta. Es la primera, la única palabra cariñosa que ha salido de su boca.»
Se calla y parece volver a caer en su ensoñación. Coloca finalmente las manos sobre el clavicordio que yo le había visto arreglar. Tenía delante suyo un libro cerrado sobre el atril. Preludia y canta a media voz acompañándose.
Distinguí inmediatamente que lo que cantaba no era una composición determinada. Escuchando con mayor atención, oí mi nombre, el de Olimpia.
Improvisaba en prosa sobre su supuesta situación, sobre la de su rival, que consideraba mucho más feliz que la suya y, finalmente, sobre los rigores que yo empleaba con ella y las sospechas que provocaban una desconfianza que me alejaba de la felicidad. Ella me habría guiado por el camino de la grandeza, de la fortuna y de las ciencias, y yo la habría hecho dichosa. « ¡Ay! –decía–. Pero es imposible. Aunque me conociese como soy, mis débiles encantos no podrían detenerlo; otra...»
La pasión la arrebataba y las lágrimas parecían sofocarla. Se levanta, va a buscar un pañuelo, se enjuga el rostro y torna a su instrumento; quiere sentarse de nuevo y, como si la escasa altura del asiento la hubiese tenido hasta entonces en una posición demasiado molesta, coge el libro que había sobre el atril, lo pone sobre el taburete, se sienta y preludia otra vez. Pronto comprendí que la segunda escena musical no sería del mismo tipo que la primera. Reconocí el tono de una barcarola muy en boga entonces en Venecia. La repitió dos veces; después, con una voz más clara y firme, cantó la letra siguiente:
¡Ay! ¡Cómo es mi quimera!
Hija del cielo y los aires,
por Alvaro y por la tierra
abandono el universo;
sin brillo y sin poderío,
me humillo hasta las cadenas;
y ¿cuál es mi recompensa?
Me desprecian y obedezco.
Corcel, la mano que os guía
se apresura a acariciaros;
os cautivan, os molestan,
pero temen lastimaros.
De los esfuerzos que hacéis
vos recibís los honores
y el mismo freno que os templa
no os envilece jamás.
Alvaro, otra te persigue
y me aleja de tu pecho.
Dime con qué atractivos
ha vencido tu frialdad.
Todos la juzgan sincera,
se remiten a su fe;
gusta, yo no puedo hacerlo:
para mí sólo hay sospecha.
La cruel desconfianza
envenena el beneficio.
Me temen en mi presencia,
en mi ausencia me aborrecen.
Mis tormentos los supongo;
gimo, pelo sin razón;
si hablo, infundo respeto;
si me callo, es traición.
Amor, creaste la impostura;
me toman por impostor.
Para vengar esta injuria,
disipa por fin su error.
Que el ingrato me conozca
y, sea cual sea el motivo,
que deteste una flaqueza
de la que no soy objeto.
Mi rival es la que triunfa,
ella decide mi suerte
y me coloca a la espera
del destierro o de la muerte.
No rompáis vuestra cadena,
impulsos de un pecho ansioso;
despertaríais el odio...
Yo me reprimo, ¡calláos!
El sonido de la voz, el canto, el sentido de los versos, sus giros, me sumen en un desorden que no puedo expresar. «¡Ser fantástico, peligrosa impostura! –exclamé, saliendo rápidamente del lugar en que había permanecido durante demasiado tiempo–, ¿pueden imitarse mejor los rasgos de la verdad y de la naturaleza? ¡Qué feliz me siento de no haber conocido hasta hoy el agujero de esta cerradura! ¡Cómo habría venido a embriagarme! ¡Cómo habría contribuido a engañarme a mí mismo! Salgamos de aquí. Mañana iremos a orillas del Brenta. Vamos esta misma noche.»
Llamo inmediatamente a un criado y hago enviar en una góndola todo lo necesario para pasar la noche en mi nueva casa.
Me habría resultado demasiado difícil esperar la noche en la posada. Salí. Caminé, al azar. Al doblar una esquina, creí ver entrar en un café a aquel Bernadillo que acompañaba a Soberano en nuestra excursión a Portici. «¡Otro fantasma! –me dije–; me persiguen.» Entré en mi góndola y recorrí toda Venecia de canal en canal. Eran las once, cuando regresé. Quise partir rumbo al Brenta y, como mis fatigados gondoleros se regaran a llevarme, me vi obligado a recurrir a otros. Llegaron y mi gente, advertida de mis intenciones, me precede en la góndola, cargada con sus propios efectos.
Biondetta me seguía.
Apenas he puesto los pies en el barco, oigo gritos que me obligan a girar el rostro. Una persona enmascarada apuñalaba a Biondetta: «¡Me lo arrebatas! ¡Muere, muere, odiosa rival!»
IX
La ejecución fue tan rápida que uno de los gondoleros que había quedado en la orilla no pudo impedirla. Quiso atacar al asesino golpeándole con la antorcha en los ojos, pero acudió otro enmascarado que lo rechazó con acción amenazadora y una voz de trueno en la que creí reconocer la de Bernadillo. Fuera de mí, me precipito fuera de la góndola. Los asesinos han desaparecido. Con ayuda de la antorcha veo a Biondetta pálida, bañada en su sangre, moribunda.
No sabría describir mi estado. Las demás ideas se borran. No veo más que a una mujer adorada, víctima de una prevención ridícula, sacrificada a mi vana y extravagante confianza y abrumada por mí, hasta entonces, con los más crueles ultrajes.
Corro hacia ella, pido al mismo tiempo socorro y venganza. Un cirujano, atraído por el clamor de esta aventura, se presenta. Hago transportar a la herida a mis habitaciones y, por temor a que no la cuiden lo suficiente, me encargo yo mismo de la mitad del bulto.
Cuando la desvistieron, cuando vi aquel hermoso cuerpo ensangrentado con dos enormes heridas que parecían querer atacar ambas las fuentes de la vida, dije e hice mil extravagancias.
Biondetta, presuntamente sin conocimiento, no debió oírlas; pero el posadero y su gente, un cirujano y dos médicos que habían sido llamados consideraron que era peligroso para la malherida que me dejaran a su lado. Me arrastraron fuera de la alcoba.
Mis criados me acompañaban. Pero como uno de ellos cometiera la torpeza de decirme que los facultativos habían considerado que las heridas eran mortales, me puse a gritar con todas mis fuerzas. Finalmente, cansado por mis arrebatos, caí en un abatimiento que se convirtió más tarde en sueño. Creí ver a mi madre en sueños; le contaba mi aventura y, para hacérsela más patente, la llevaba a las ruinas de Portici.
«No vayamos allí, hijo mío –me decía–; estás en un peligro evidente.» Al pasar por un estrecho desfiladero en el que me introducía con seguridad, una mano me empuja de repente a un precipicio; la reconozco, es la de Biondetta. En mi caída, otra mano me sostiene y me encuentro entre los brazos de mi madre. Me despierto, jadeante aún por el terror. «¡Tierna madre! –exclamé–, ni siquiera en sueños me abandonáis. Biondetta, quieres perderme. Pero este sueño es fruto de la perturbación de mi mente. ¡Ah!, liberémonos de las ideas que me impedirían cumplir con la gratitud y la humanidad.»
Llamo a un criado y lo envío en busca de noticias. Dos cirujanos velan; ha perdido mucha sangre; temen la fiebre,.
Al día siguiente, después de retirarle el vendaje, decidieron que las heridas no eran peligrosas más que por su profundidad, pero sobreviene la fiebre que al ir en aumento, obliga a agotar a la paciente con nuevas sangrías.
Tanto insistí para entrar en la alcoba que fue imposible negármelo.
Biondetta deliraba y repetía sin cesar mi nombre. La miré; nunca me había parecido tan hermosa.
«Esta es –me decía a mí mismo– lo que yo tomaba por un fantasma coloreado, un montón de vapores brillantes, reunidos únicamente para equivocar mis sentidos. Tenía la misma vida que yo tengo, y la pierde porque nunca quise escucharla, porque la expuse voluntariamente. Soy un tigre, un monstruo. Si mueres tú, el objeto más digno de ser querido y cuyas bondades he reconocido tan indignamente, no quiero sobrevivirte. Moriré tras haber sacrificado sobre tu tumba a la bárbara Olimpia. Si me eres devuelta, seré tuyo, reconoceré tus beneficios, coronaré tus virtudes, tu paciencia; me ligo a ti con lazos indisolubles y cumplirá con mi deber de hacerte feliz mediante el sacrificio ciego de mis sentimientos y voluntades.»
No describiré los penosos esfuerzos del arte y de la naturaleza para reclamar a la vida un cuerpo que parecía destinado a sucumbir bajo los recursos puestos en práctica para aliviarlo.
Veintiún días transcurrieron sin que pudiéramos decidirnos entre el temor y la esperanza. Finalmente, la fiebre se disipó y pareció que la enferma recobraba el conocimiento.
La llamaba mi querida Biondetta; me tomó la mano. Desde ese instante, reconoció todo lo que la rodeaba. Yo estaba a la cabecera de su cama: sus ojos se volvieron hacia mí; los míos estaban bañados en lágrimas.
No sabría describir la gracia, la expresión de su sonrisa cuando me miró. «¡Querida Biondetta! –musitó–; yo soy la querida Biondetta de Alvaro.»
Quería decirme algo más: nuevamente me obligaron a alejarme.
Decidí quedarme en su cuarto, en un lugar donde ella no pudiera verme. Finalmente, me permitieron acercarme. «Biondetta –le dije, he ordenado perseguir a tus asesinos.
–¡Oh, no os molestéis! –dijo–; me han dado la felicidad. Si muero, será por vos; si vivo, será para amaros.»
Tengo razones para abreviar estas escenas de ternura que se sucedieron entre nosotros hasta el momento en que los médicos me aseguraron que podía trasladar a Biondetta a orillas del Brenta, donde el aire sería más apropiado para devolverle las fuerzas. Allí nos instalamos.
Había puesto dos mujeres a su servicio desde el primer instante en que, su sexo se reveló por la necesidad de vendar sus heridas. Reuní alrededor suyo todo lo que podía contribuir a su comodidad y no me ocupé sino en solazarla, divertirla y complacerla.
X
Sus fuerzas se restablecían a ojos vistas y su belleza parecía adquirir cada día un nuevo brillo. Finalmente, creyendo poder conducirla a una conversación bastante larga sin mengua de su salud, le dije: «¡Oh Biondetta!, estoy colmado de amor, persuadido de que no eres un ser fantástico, convencido de que me amas pese al indignante proceder que he tenido contigo en el pasado. Pero bien sabes hasta qué punto mis inquietudes eran fundadas. Revélame el misterio de la extraña aparición que afligió mis miradas en la bóveda de Portici. ¿De dónde venían, en qué se transformaron aquel horrible monstruo, aquella perrita que precedieron tu llegada? ¿Cómo, por qué los reemplazaste para unirte a mí? ¿Quiénes eran? ¿Quién eres tú? Acaba de tranquilizar un corazón que es tuyo por entero y que quiere consagrarse a ti para toda la vida.
–Alvaro –respondió Biondetta–, los nigromantes, sorprendidos por vuestra audacia, quisieron jugar con vuestra humillación y lograr reduciros, por la vía del terror, al estado de vil esclavo de sus voluntades. Os preparaban de antemano al temor incitándoos a la evocación del más poderoso y temible de todos los espíritus; y, con el concurso de aquellos cuya categoría les está sometida, os presentaron un espectáculo que os habría hecho morir de horror si el vigor de vuestra alma no hubiese hecho volver contra ellos su propia estratagema.
»Ante, vuestra actitud heroica, los silfos, las salamandras, los gnomos, las ondinas, encantados con vuestro coraje, resolvieron daros todas las ventajas sobre vuestros enemigos.
«Soy sílfide de origen y una de las mas considerables de ellas. Me presenté bajo la forma de la perrita; recibí vuestras órdenes y todos a porfía nos apresuramos a cumplirlas. Cuanta más altivez, resolución, soltura, inteligencia poníais en regir nuestros movimientos, mayor admiración sentíamos por vos y más celo en obecederos.
»Me ordenasteis serviros como paje, entreteneros como cantatriz. Me sometí con alegría y gusté, de tales encantos en mi obediencia que resolví consagrárosla para siempre.
«Decidamos –me decía a mí misma– mi estado y mi felicidad. Abandonada en el vacío del aire a una incertidumbre necesaria, sin sensaciones, sin goces, esclava de las evocaciones de los cabalistas, juguete de sus fantasías, necesariamente limitada tanto en mis prerrogativas como en mis conocimientos, ¿vacilaré en lo sucesivo ante la elección de los medios por los que puedo ennoblecer mi esencia?
»Me permiten tomar un cuerpo para asociarme a un sabio: helo aquí. Si me reduzco al simple estado de mujer, si pierdo con ese cambio voluntario el derecho natural de las sílfides y la asistencia de mis compañeras, gozaré de la felicidad de amar y de ser amada. Serviré a mi vencedor; lo instruiré acerca de la sublimidad de su ser cuyas prerrogativas ignoro: nos someterá, junto con los elementos cuyo imperio habré abandonado, los espíritus de todas las esferas. Está hecho para ser el rey del mundo, y yo seré, la reina, y la reina adorada por él.
«Estas reflexiones, más repentinas de lo que podéis creer en una sustancia liberada de órganos, me decidieron inmediatamente. Conservando mi figura, tomo un cuerpo de mujer que no abandonaré más que con la vida.
«Cuando tomé un cuerpo, Alvaro, me di cuenta de que tenía un corazón, os admiré, os amé; ¡pero en qué me convertí cuando no vi en vos sino repugnancia y odio! No podía cambiar, ni siquiera arrepentirme; sometida a todos los infortunios a que están sujetas las criaturas de vuestra especie, habiéndote ganado la indignación de los espíritus y el odio implacable de los nigromantes, me convertía sin vuestra protección en el ser más desgraciado que hubiese bajo el cielo: ¿qué digo?, aún lo sería sin vuestro amor. »
Mil gracias derramadas por el rostro, la acción, el sonido de la voz, se añadían al prestigio de tan interesante relato. No concebía nada de lo que oía. Pero, ¿había algo concebible en mi aventura?
–Todo esto me parece un sueño –me decía a mí mismo– Pero, ¿qué, es la vida humana sino un sueño? El mío es más extraordinario que los de los demás, eso es todo. La he visto con mis propios ojos, esperando que el arte la socorriese., llegar casi a las puertas de la muerte, pasando por todos los términos del agotamiento y del dolor. El hombre fue una mezcla de un poco de barro y de agua. ¿Por qué una mujer no va a estar hecha de rocío, de vapores terrestres y rayos de luz, de los restos condensados de un arco iris? ¿Dónde está lo posible?... ¿Dónde lo imposible.?
El resultado de mis reflexiones fue entregarme aún más a mi debilidad creyendo consultar mi razón. Colmaba a Biondetta de atenciones, de caricias inocentes. Se prestaba a ello con una franqueza que hacía mis delicias, con ese pudor natural que no es producto de las reflexiones ni del temor.
XI
Un mes había transcurrido en medio de las dulzuras que me tenían embriagado. Biondetta, totalmente restablecida, podía seguirme a todas partes en mis paseos. Le había hecho hacer un traje de amazona con el cual, bajo un gran sombrero cubierto de plumas, atraía todas las miradas, y nunca aparecíamos sin que mi felicidad despertara la envidia de todos esos felices ciudadanos que pueblan, los días de buen tiempo, las riberas encantadas del Brenta; incluso las mujeres parecían haber renunciado a esos celos de que se las acusa, subyugadas por una superioridad que no podían negar o desarmados por un porte que anunciaba el olvido de todos sus atractivos.
Conocido por todo el mundo como el amante amado de un objeto tan arrebatador, mi orgullo igualaba a mi amor, y me elevaba aun más cuando se me ocurría vanagloriarme del brillo de su origen.
No podía dudar que poseyese los conocimientos más raros y suponía con razón que su objetivo era adornarme con ellos; pero no me hablaba más que de cosas ordinarias y parecía haber perdido de vista su propósito. -Biondetta –le dije una tarde en que nos paseábamos por la terraza de mi jardín–, cuando una inclinación demasiado halagüeña para mí te decidió a unir tu suerte a la mía, te prometiste hacerme digno de ella dándome conocimientos que no están reservados al común de los hombres. Te parezco ahora indigno de tus cuidados? Un amor tan tierno, tan delicado como el tuyo, ¿puedo, no desear ennoblecer su objeto?
–¡Oh Alvaro! –me respondió ella–, soy mujer desde hace seis meses y me parece que mi pasión no ha durado un día. Perdona si la más dulce de las sensaciones embriaga un corazón que nunca experimentó nada. Querría enseñarte a amar como yo y estarías, por ese sentimiento solo, por encima de todos tus semejantes; pero el orgullo humano aspira a otros goces. La inquietud natural no le permite disfrutar de una felicidad si no puede prever una mayor en perspectiva. Sí, te instruiré, Alvaro. Olvidaba gustosamente mi interés; él lo quiere, puesto que debo recuperar mi grandeza en la tuya; pero no basta que me prometas ser mío, debes entregarte a mí sin reservas y para siempre.
Estábamos sentados en un banco de césped, bajo un abrigo de madreselva, al fondo del jardín. Me arrojé a sus rodillas. -Querida Biondetta –le dije, te juro una fidelidad a toda prueba.
-No-me decía ella-, no me conoces, no me conoces. Necesito un abandono absoluto; sólo é puede tranquilizarme y bastarme. »
Le besaba la mano apasionadamente y repetía mis juramentos; ella me oponía sus temores. En el fuego de la conversación, nuestras cabezas se inclinan, nuestros labios se encuentran En ese momento, siento que me tiran del faldón de la casaca y que una extraña fuerza me sacude...
Era mi perro, un danés joven que me habían regalado. Todos los días lo hacía jugar con mi pañuelo. Como la víspera se había escapado de casa, lo había hecho atar para prevenir una segunda evasión. Acababa de romper su atadura; guiado por el olfato, me había encontrado y me tiraba de la casaca para mostrarme su alegría e incitarme a jugar con él. Por más que lo espanté con la mano, con la voz, me fue imposible apartarlo: corría, volvía a mí ladrando; finalmente, vencido por su inoportunidad, lo tomé por el collar y lo llevé a casa de nuevo. Cuando regresaba a la glorieta para reunirme con mi amada, un criado que me pisaba los talones nos avisó que estábamos servidos y fuimos a ocupar nuestros puestos en la mesa. Biondetra parecía molesta. Afortunadamente, éramos tres: un joven noble había venido a cenar con nosotros.
Al día siguiente, entré en la alcoba de Biondetta dispuesto a hacerla partícipe de las serias reflexiones que, me habían ocupado durante la noche. Estaba todavía en la cama y me senté junto a ella. Ayer–le dijeestuvimos a punto de cometer una locura de la que me habría arrepentido Por el resto de mis días. Mi madre está decidida a que me case. –No podría pertenecer a otra que no fueses tú y no puedo comprometerme seriamente sin su consentimiento. Al mirarte ya como mi mujer, querida Biondetta, mi deber es respetarte.
–¿Y no debo acaso respetarte yo a ti, Alvaro? Pero ese sentimiento ¿no sería el veneno del amor?
–Te equivocas –repuse–; es su condimento
¡Buencondimento, que te devuelve a mí con un aire glacial y me petrifica a mí misma! ¡Mi, Alvaro, Alvaro! Felizmente no tengo nada en el mundo, padre ni madre, y quiero amar con todo mi corazón –sin ese condimento de que me hablas. Debes consideración a tu madre: es natural; basta con que su voluntad ratifique la unión de nuestros corazones: ¿por qué debe, precederla?
Los prejuicios han nacido en ti a falta de luces y, sea razonando, sea sin razonar hacen que tu conducta sea tan inconsecuente como extraña. Sometido a verdaderos deberes, te impones otros con los que es imposible o inútil cumplir finalmente, buscas hacerte separar del camino en la persecución del objeto cuya posesión te parece más deseable. Nuestra unión, nuestros vínculos pasan a depender de una voluntad ajena.
¿Quién sabe si doña Mencía considerará que mi casa es lo bastante buena como para entrar en la de Maravillas? ¿Me veré despreciada? En lugar de obtenerte de ti mismo, ¿voy a tener que obtenerte de ella? ¿Es un hombre destinado a la alta ciencia quien me habla o un niño que sale de las montañas de Extremadura? ¿Y debo ser indelicada cuando veo que la delicadeza de las otras recibe más cuidados que la mía? ¡Alvaro! ¡Alvaro! Alaban el amor de los españoles, siempre tendrán más orgullo y altanería que amor, había visto escenas muy extraordinarias, pero no estaba preparado para ésta. Quise disculpar mi respeto hacia mi madre; el deber me lo prescribía, y el reconocimiento y el cariño, más fuertes todavía que aquél. No me escuchaba. -No me he transformado en mujer porque sí, Alvaro: tú me tienes a mí, yo quiero tenerte a ti. Doña Mencía desaprobará después, si está loca. No me hables más de ello. Desde que me respetan y todo el mundo es respetado, me vuelvo más infeliz que cuando me odiaban, y rompió a llorar.
Afortunadamente soy orgulloso, y ese sentimiento me protegió del impulso de debilidad que me arrastraba a los pies de Biondetta para tratar de desarmar aquella cólera irracional y hacer cesar unas lágrimas cuya sola vista me conducía a la desesperación. Me retiré. Pasé, a mi gabinete. Si me hubiesen encadenado allí, me habrían hecho un favor. Finalmente, temiendo que surgieran al exterior los combates que experimentaba, corro a mi góndola: una de las criadas de Biondetta se encuentra en mi camino. -Voy a Venecia –le digo–––. Soy necesario allí a consecuencia del proceso incoado a Olimpia.Y parto inmediatamente, presa de las más devoradoras inquietudes, descontento de Biondetta y más aún de mí mismo, viendo que no podía tornar más que decisiones cobardes o desesperadas.
XII
Llego a la ciudad , desciendo en la primera calle; recorro con un aire aturdido todas las que se encuentran a mi paso, sin darme cuenta de que una tormenta atroz me va a caer encima y de que debo preocuparme de encontrar refugio.
Era a mediados del mes de julio. Pronto descargó sobre mí una lluvia abundante mezclada con mucho granizo.
Veo ante mi una puerta abierta: la de la iglesia del gran convento de los Franciscanos; me refugio allí.
Mi primera reflexión fue que había sido necesario un accidente semejante para hacerme entrar en una iglesia desde mi llegada a los estados de Venecia; la segunda, fue hacerme justicia sobre ese completo olvido de mis deberes.
Finalmente, para arrancarme de mis pensamientos, considero los cuadros y trato de ver los monumentos de la iglesia: era una especie de viaje curioso que hacía alrededor de la nave y del coro.
Llego por fin a una capilla interior iluminada por una lámpara, pues la luz exterior no podía penetrar hasta allí; algo sorprendente me llama la atención en el fondo de la capilla: era un monumento.
Dos genios descendían a una tumba de mármol negro con una figura de mujer.
Otros dos genios lloraban junto a la tumba. Todas las fi |