André Breton
En "Situación del psicoanálisis en l956", Escritos 1, Lacan critica a los analistas postfreudianos por su desconocimiento del registro simbólico, su reducción de la relación analítica al hic et nunc y a la relación dual, y la exacerbación que los conduce a imaginarizar la introyección del analista como objeto oral o anal. “Y uno de ellos -escribe- que en las páginas de Michelet que hacen reinar la tabla agujereada del retrete sobre las costumbres del Gran Siglo, encontraba agua para su molino y materia para alzar el tono hasta esta profesión sin ambages: la belleza seá estercolaria o no será, no sacaba de ello menos coraje para preconizar como un milagro las condiciones en que esta verdad última se había producido, y su mantenimiento sin cambiar una línea: así con la cuenta de los minutos que pasa el analista en su asiento y en que el inconsciente del sujeto puede poner en regla sus costumbres ".
No escapó al traductor Tomás Segovia la alusión a la frase de André Breton: La belleza será convulsiva o no será, con la que alude al texto que reproducimos en una traducción directa de su versión original publicada en la revista Minotaure nº 5, año 1934.
Constituye también un material clave porque fue retomado por Breton, como primer capítulo de su libro "El Amor Loco", y sobre el que hay dos referencias importantes de Lacan.
La primera se encuentra en el Seminario "La ética del psicoanálisis", cap. XI: "En otras palabras, Breton también hace surgir el amor loco en el lugar de la Cosa. "
La segunda se encuentra en el Seminario, R.S.I, clase del 11 de marzo de 1975: "Los imbéciles del amor loco que habían tenido la idea de suplir a la mujer irreal se intitulaban ellos mismos surrealistas."
Se reproduce:
La beauté sera convulsive de Breton, André
Editions Albert Skira, París ()
La belleza será convulsiva
André Breton (1896-1966)
Boys (1) de lo severo, intérpretes anónimos, encadenados y brillantes al lujoso espectáculo de revista, a quienes el teatro mental dominará toda una vida sin esperanza de cambio, siempre se transformaron para mí, misteriosamente, en seres teóricos que interpreto como portadores de claves: portan las claves de las situaciones, lo que significa para mí, que detentan el secreto de las actitudes más significativas que tendré que tomar en presencia de extraños acontecimientos que me habrán de perseguir con sus trazas. Es propio de estos personajes aparecer ante mí vestidos de negro, -de etiqueta sin duda, sus rostros se me escapan; creo que son siete o nueve- y sentados sobre un banco, uno cerca del otro, dialogando entre sí con la cabeza bien erguida. Es de este modo como siempre hubiera querido llevarlos a escena, al comienzo de una obra, siendo su rol el de develar cínicamente los móviles de la acción. Al atardecer y a menudo mucho más tarde (no oculto que aquí el psicoanálisis tendría algo para decir), como si se sometieran a un rito, los descubro errando en fila india, sin decir palabra, a orillas del mar, bordeando ligeramente las olas. Ese silencio no me priva de casi nada; a decir verdad, sus conversaciones de banco siempre me han parecido singularmente deshilvanadas. Si les buscara un antecedente en la literatura, seguramente me detendría en el Hardenablou de Jarry, donde fluye un lenguaje litigioso como el de ellos, sin valor de cambio inmediato. Hardenablou que se lanza, además, con una evocación muy similar a la mía: "en el bosque triangular, después del crepúsculo".
¿Por qué es necesario que a esta fantasía le suceda irresistiblemente otra, que muy evidentemente se sitúa en las antípodas de la primera? Ella tiende, en efecto, en la construcción de la obra ideal de la que hablaba, a hacer caer el telón del último acto sobre un episodio que se pierde detrás de la escena, o que al menos se actúa en esta escena con una profundidad inusitada. Lo determina una imperiosa preocupación por el equilibrio, y se opone, de un día para otro, a toda variación de sí mismo. El resto de la obra es una cuestión de capricho, es decir, como inmediatamente lo entiendo, que casi no vale la pena concebirlo. Me place imaginar todas las luces de las que ha gozado el espectador, convergiendo en ese punto de sombra. Meritoria inteligencia del problema, buena disposición de la risa y las lágrimas, humano gusto por dar razones: ¡climas atemperados! Pero de pronto, no importa, aun cuando fuese el banco de siempre, o cualquier banqueta de café, la escena es nuevamente ocupada esta vez, por una hilera de mujeres sentadas, con atavíos claros, los más impactantes que hubieran usado jamás. La simetría exige que sean siete o nueve. Entra un hombre... las reconoce: una tras otra, ¿todas a la vez? Son las mujeres que él amó, que lo amaron, éstas años, aquéllas un día. ¡Cuánta oscuridad!
Si no sé de nada más patético en el mundo, es que formalmente me está prohibido calcular, en una circunstancia parecida, el comportamiento de un hombre cualquiera, -con tal de que no sea cobarde-, de ese hombre en cuyo lugar me he puesto a menudo. El es apenas este hombre viviente que intentaría, que intenta este restablecimiento en el trapecio traidor del tiempo. Sería incapaz de contar sin el olvido, sin la bestia feroz de cabeza de larva. El maravilloso zapatito facetado se iba en varias direcciones.
Queda por deslizar sin demasiada prisa entre los dos tribunales imposibles que se enfrentan: aquél de los hombres que yo hubiera sido por ejemplo, amando, y aquél de las mujeres a quienes evoco, todas con claros atavíos. De este modo, el río se arremolina, araña, se devela y pasa encantado por las piedras suaves, las sombras y la hierba. El agua enloquecida en sus volutas como una verdadera cabellera de fuego. Deslizarse como el agua en el centelleo puro, para esto habría que haber perdido la noción del tiempo. ¿Cómo protegernos de él? ¿Quién nos enseñará a decantar la alegría del recuerdo?
La historia no dice que los poetas románticos, que parecen sin embargo haberse hecho del amor una concepción menos dramática que la nuestra, hayan logrado resistir la tormenta. Los ejemplos de Shelley, Nerval, d'Arnim, ilustran al contrario, de una manera conmovedora, el conflicto que va a agravarse hasta nuestros días; el espíritu ingeniándose por presentar el objeto del amor como un ser único, mientras que en muchos casos las condiciones sociales de la vida sancionan implacablemente tal ilusión. A partir de esto, creo, en gran parte, proviene el sentimiento de maldición que pesa actualmente sobre el hombre y que se expresa con una agudeza extrema a través de las obras más características de los últimos cien años.
Sin perjuicio del empleo de los medios que necesita la transformación del mundo, y por esto, notablemente, la supresión de esos obstáculos sociales, quizás no sea inútil convencerse de que esa idea del amor único procede de una actitud mística, lo que no excluye que sea mantenida por la sociedad actual con fines equívocos. Sin embargo creo entrever una síntesis posible de esta idea y su negación. No es, en efecto, el sólo paralelismo de estas dos hileras de hombres y mujeres que en todo momento he simulado igualar arbitrariamente, lo que me incita a admitir que el interesado, -en todos esos rostros de hombres termina por reconocerse a sí mismo- igualmente descubrirá entre todos esos rostros de mujeres sólo uno: el último rostro amado. Por otra parte, ¡cuántas veces pude comprobar que bajo apariencias totalmente disímiles, intentaba definirse entre uno y otro de esos rostros un rasgo común entre los más excepcionales, precisarse una actitud que hubiera podido creer que me había sido sustraída para siempre! Por conmovedora que sea para mí una hipótesis tal, podría ser que en este sentido, el juego de sustitución de una persona por otra, es decir por varias, tiende a una legitimación cada vez más fuerte del aspecto físico de la persona amada, y eso a causa misma de la subjetivación siempre creciente del deseo. El ser amado, sería entonces aquél en el que vendrían a combinarse un cierto número de condiciones particulares consideradas como más atractivas que otras y, apreciadas separada y sucesivamente en cierto modo, en los seres amados con anterioridad. Hay que destacar que esta proporción corrobora, bajo una forma dogmática, la idea popular de "tipo" de mujer o de hombre, de tal individuo, hombre o mujer, tomado aisladamente. Sostengo que aquí como en otras partes, esta noción que es fruto de un juicio colectivo ya probado, viene felizmente a corregir otra surgida de una de esas innumerables pretensiones idealistas que a la larga se va comprobando que son intolerables. Es allí, en el fondo del crisol humano, en esa región paradojal donde la fusión de dos seres que realmente se han elegido, restituye a todas las cosas los colores perdidos del tiempo de los antiguos soles, donde sin embargo, también la soledad por una de esas fantasías de la naturaleza causa estragos -quiere que alrededor de los cráteres de Alaska, la nieve permanezca debajo de la ceniza-, es Allí donde hace años pretendí que se buscara la belleza nueva, la belleza "considerada exclusivamente con fines pasionales”. Confieso sin la menor confusión, mi profunda insensibilidad ante la presencia de espectáculos naturales y obras de arte que no me provocan repentinamente un problema físico caracterizado por la sensación de un relámpago de viento en las sienes, susceptible de ocasionar un verdadero escalofrío. Jamás pude impedirme establecer una relación entre esta sensación y aquella del placer erótico, y sólo descubro entre ellas diferencias de grado. Aunque no logre jamás agotar por el análisis los elementos constitutivos de ese problema -en efecto, él debe sacar partido de mis más profundas represiones- por lo que yo sé de eso, me asegura que allí sólo reina la sexualidad. Ni qué decir que en esas condiciones, la emoción muy especial de la que se trata, puede surgir para mí en el momento más imprevisto y estar provocada por algo o por alguien que en el conjunto no me resulta particularmente querido. Se trata manifiestamente de este tipo de emoción y no de otra, insisto en el hecho de que es imposible equivocarse; verdaderamente es como sí me hubiera perdido, y de repente viniera a darme noticias mías. En el transcurso de la primera visita que le hice cuando tenía 17 años, recuerdo que P. Valéry, insistiendo en conocer las razones que me llevaban a consagrarme a la poesía, obtuvo de mí una respuesta ya dirigida únicamente en ese sentido: yo no aspiraba, le dije, más que a procurar ¿procurarme? estados equivalentes a aquellos que ciertos movimientos poéticos muy especiales me habían provocado. Es sorprendente y admirable que tales estados de absoluta receptividad no experimenten ninguna degradación en el tiempo, dado que entre los ejemplos que estoy actualmente inclinado a dar de esas breves fórmulas que tienen sobre mí un efecto mágico, vuelven a mi recuerdo muchas de las que le proponía a Valéry hace más de veinte años. Eran, estoy tan seguro, el "¡Pero, qué saludable es el viento!" de "El río de Cassis" de Rimbaud, un -Entonces, como la noche envejecía" de Mallarmé, inspirado en Poe; sobre todo quizás el final de este consejo de una madre a su hija en un cuento de Loüys: hay que desconfiar, creo, de los jóvenes que pasan por las rutas "con el viento del atardecer y las polvaredas aladas". ¿Es necesario decir que esta singularidad extrema, tiempo más tarde, con el descubrimiento de los Cantos de Maldoror y las Poesías de Isidore Ducasse, dio lugar en mí a una inesperada prodigalidad? Los "bello corno" de Lautremont constituyen el manifiesto mismo de la poesía convulsiva. Los grandes ojos claros, alba o albura, cayado de helecho, ron o cálquido, los más bellos ojos de los museos y de la vida, cuando uno se aproxima, estallan abriéndose como las flores, para no ver más, en todas las ramas del aire. Estos ojos que sólo expresan sin matiz el éxtasis, el furor, el espanto, son los ojos de Isis ("Y el ardor de otro tiempo..."), los ojos de las mujeres entregadas a los leones, los ojos de Justine y de Juliette, los de Matilde de Lewis, los de muchos rostros de Moreau, de algunos de las más modernas cabezas de cera. Pero, si Lautremont reina indiscutiblemente sobre la inmensa comarca desde donde hoy me llegan la mayoría de esos llamados irresistibles, no por eso dejo de homologar todos aquellos que un día, de una vez por todas, me inmovilizaron y me pusieron entonces enteramente bajo el dominio de Baudelaire ("Y extrañas flores..."), de Cros, de Nouveau, de Vaché, ocasionalmente de Apollinaire, o aún de un poeta por otra parte más que olvidable, Michel Féline ("Y las vírgenes postulantes... calma para sus senos").
La palabra que en el título de este corto ensayo me sirve para calificar la belleza a la que sólo en nuestros días se le debe rendir culto, perdería ante mis ojos todo sentido si estuviera concebida en el movimiento y no como la expiración exacta de ese mismo movimiento. Creo que sólo ahí puede haber belleza -belleza convulsiva- sólo al precio de la afirmación de la relación recíproca que une al objeto considerado en su movimiento y en su reposo. Lamento no haber podido proporcionar como complemento a la ilustración de este texto, la fotografía de una locomotora de gran velocidad que hubiera sido abandonada durante años al delirio de la selva virgen. Además, el deseo de ver eso está acompañado para mí desde hace mucho tiempo por una exaltación particular, me parece que el aspecto seguramente mágico de ese monumento a la victoria y al desastre, hubiese sido mejor que cualquier otra, susceptible de fijar las ideas... Pasando de la fuerza a la fragilidad, vuelvo a verme ahora en una Gruta de Vaucluse, en contemplación, delante de una pequeña construcción calcárea reposando sobre el suelo muy oscuro, e imitando a la perfección la forma de un huevo en una huevera. Las gotas cayendo del techo de la gruta, golpeaban su parte superior muy fina y de una blancura enceguecedora. En esa luminosidad me pareció que residía la apoteosis de las adorables lágrimas batávicas (2). Era casi inquietante asistir a la formación continua de tal maravilla. Siempre en una gruta, la Gruta de las Hadas cerca de Montpellier, donde se circula entre muros de cuarzo, el corazón deja de latir unos segundos ante el espectáculo de ese gigantesco manto mineral llamado "manto imperial”, cuyo drapeado desafía para siempre a la estatuaria y al que la luz de un proyector cubre de rosas, como para no tener nada que envidiar en esa relación, al otro manto también espléndido y convulsivo, hecho de la repetición al infinito de la única y pequeña pluma roja de un extraño pájaro que llevaban los antiguos jefes hawaianos.
Pero es totalmente independiente de esas figuraciones accidentales, que haya llegado en este punto a hacer el elogio del cristal. Me parece que no hay enseñanza artística más elevada que aquella que haya sido recibida del cristal. La obra de arte, por otra parte, con el mismo derecho que algún fragmento de la vida humana considerada en su significación más seria, me parece despojada de valor si no presenta la dureza, la rigidez, la regularidad, el brillo sobre todas las caras exteriores e interiores del cristal. Que se entienda bien que esta afirmación se opone de la manera más categórica, más constante, a todo lo que tiende tanto estética como moralmente, a fundar una belleza formal sobre un trabajo de perfeccionamiento voluntario al que el hombre debería entregarse. Al contrario, nunca dejo de entregarme a la apología de la creación de la acción espontánea, y esto en la medida en que el cristal, inmejorable por definición, es la expresión perfecta de ello. Mi morada, mi vida, lo que escribo: sueño con que esto aparezca de lejos como aparecen de cerca estos cubos de sal gema.
Esta realeza sensible que se extiende sobre todos los dominios de mi espíritu y que se mantiene de este modo en un manojo de destellos al alcance de la mano, creo que sólo es compartido plenamente, de cuando en cuando, por los ramos absolutos ofrecidos desde el fondo de los mares por los alcionarios (3) y las madréporas (4) . Lo inanimado toca aquí tan de cerca lo animado, que la imaginación es libre de jugar al infinito con esas formas de apariencia totalmente mineral, de reproducir a causa de ellas la instancia que consiste en reconocer un nido, un racimo, retirados de una fuente petrificante. Después de las torres de castillos desplomados en sus tres cuartas partes, las torres de cristal de roca en la cima celeste y a los pies de la niebla, de una de cuyas ventanas caen azules y dorados los cabellos de Venus, después de estas torres, digo, todo el jardín; las resedas gigantes, los espinos blancos cuyos tallos, hojas y espinas, son de la misma sustancia que las flores, los abanicos de escarcha. Si el lugar mismo donde "la figura" -en el sentido hegeliano de mecanismo material de la individualidad, más allá del magnetismo alcanza su realidad, es por excelencia el cristal, el lugar donde pierde idealmente esta realidad todopoderosa es a mis ojos los corales, por poco que yo los reintegre a la vida como se debe, en el deslumbrante reflejo del mar. La vida, en la constante de su proceso de formación y destrucción, no me parece poder estar concretamente mejor cercada para el ojo humano que entre las hileras de catabejas (5) azules del aragonito (6) y el puente de tesoros de la "gran barrera" australiana (7).
A estas dos primeras condiciones a las que debe responder la belleza convulsiva en el profundo sentido de la palabra, juzgo necesario y suficiente añadir una tercera que suprime toda laguna. Tal belleza sólo podrá desprenderse del sentimiento punzante de la cosa revelada, de la certeza integral suscitada por la irrupción de una solución que, en virtud de su naturaleza misma, no podría llegamos por las vías lógicas ordinarias. Se trata en tal caso, en efecto, de una solución siempre excedente, de una solución por cierto rigurosamente adaptada y sin embargo muy superior a lo necesario. La imagen, tal como se produce en la escritura automática, ha constituido siempre para mí un ejemplo perfecto de esto. Asimismo, pude desear ver construir un objeto muy especial, respondiendo a una fantasía poética cualquiera. Más o menos yo preveía este objeto en su materia, en su forma. Ahora bien, me ha sucedido descubrirlo, único sin duda, entre otros objetos fabricados. Aunque fuera diferente a todas mis previsiones, evidentemente era él. Hubiérase dicho que en su extrema simplicidad, no había dejado de lado el afán de responder a las exigencias más especiosas del problema. Me avergonzaba el sesgo elemental de mis previsiones, volveré sobre el tema. Sucede siempre que el placer es aquí función de la diferencia misma que existe entre el objeto deseado y el hallazgo. Este hallazgo, sea artístico, científico, filosófico o también de la mediocre utilidad que se quiera, quita a mis ojos belleza a lo que no sea el hallazgo. Es solamente en él que nos es dado reconocer el maravilloso precipitado del deseo. Solo él tiene el poder de agrandar el universo, de hacerlo regresar parcialmente de su opacidad, de descubrirnos en él capacidades de encubrimiento extraordinarias proporcionadas a las innumerables necesidades del espíritu. Por lo demás, la vida cotidiana abunda en pequeños descubrimientos de este tipo, donde predomina frecuentemente un elemento de aparente gratuidad, función muy probablemente de nuestra incomprensión provisoria y que no me parecen, en consecuencia, para nada desdeñables. Estoy íntimamente persuadido de que toda percepción registrada de la manera más involuntaria, como por ejemplo, aquélla de las palabras pronunciadas entre bastidores lleva en sí misma la solución simbólica u otra, de una dificultad en la que se está con uno mismo. Sólo se trata de saber orientarse en el laberinto. El delirio de interpretación comienza donde el hombre mal preparado siente miedo en este bosque de indicios. Pero sostengo que la atención preferiría hacerse pedazos a prestarse un segundo, a un ser, a ese a quien el deseo de ser permanezca exterior.
Lo que me seduce de esa manera de ver es que hasta donde la vista alcanza, ella es recreadora de deseo. ¿Cómo no tener la esperanza de hacer surgir a voluntad la bestia de los ojos prodigiosos?, ¿cómo soportar la idea de que a veces, por mucho tiempo, no puede ser impedida su retirada? Es toda la cuestión de los señuelos. De este modo, para hacer aparecer una mujer, me he visto abrir una puerta, cerrarla, volver a abrirla, cuando había comprobado que era insuficiente deslizar una lámina dentro de un libro escogido al azar, después de haber pretendido que tal línea de la página de izquierda o de derecha debía informarme de una manera más o menos indirecta sobre sus disposiciones, confirmarme su llegada inminente o su no-llegada, después recomenzar a cambiar los objetos de lugar intentando hacerlos ocupar posiciones insólitas, unos en relación a los otros, etc. Esta mujer no venía siempre pero ahora me parece que eso me ayudaba a comprender porqué ella no vendría, me parece que prefería que no viniera. Otros días, cuando la cuestión de la ausencia, de la falta inevitable, estaba bien marcada, era de los naipes interrogados totalmente fuera de las reglas, aunque según un código personal invariable y bastante preciso, que intentaba obtener para el presente, para el porvenir, una visión clara de mi suerte y de mi desgracia. Durante años, para ello me serví del mismo juego que lleva en el dorso el pabellón de "Hamburg-America Linie" y su magnífica divisa: "Mein Feld ist die Welt", sin duda también porque en ese juego la dama de pique es más bella que la dama de corazón. El modo de consulta al que iba y va todavía mi predilección, supuso casi de repente la disposición de las cartas en cruz (en el centro lo que interrogo: yo, ella, el amor, el peligro, la muerte, el misterio, arriba lo que se cierne, a la izquierda lo que asusta o daña, a la derecha lo que es seguro, abajo lo que está superado). La impaciencia quiso que ante demasiadas respuestas evasivas, hubiese recurrido rápidamente a la interposición en esa figura, de un objeto central muy personalizado, como una carta o una fotografía, que me pareció traer mejores resultados y luego electivamente, por tumo, los dos pequeños personajes bastante inquietantes a los que he llamado para que vivan conmigo: una raíz de mandrágora (8) vagamente tallada, que se asemeja para mí a Eneas cargando a su padre (9), y la estatuilla de caucho en bruto, de un joven ser extraño, escuchando, al menor rasguño sangrando, como pude comprobarlo, de una sangre inagotable de savia oscura, ser que me conmueve particularmente en la medida misma en que no conozco ni su origen ni sus fines, y que sin razón o con ella, me he inclinado a considerar como un objeto de hechicería. Teniendo en cuenta el cálculo de probabilidades, y cualquier vacilación que yo tenga en adelantar un testimonio semejante, nada me impide declarar que este último objeto, por medio de las cartas, jamás me ha hablado de otra cosa que de mí, que él siempre me ha devuelto al punto vívido de mi vida.
El pasado diez de abril, en plena "ocultación" de Venus por la luna, este fenómeno llamado a producirse sólo una vez este año, yo almorzaba en un pequeño restaurante ubicado desagradablemente, bastante cerca de la entrada de un cementerio. Para llegar allí es necesario pasar sin entusiasmo ante varios puestos de flores. Ese día, el espectáculo en el muro de un reloj vacío de su cuadrante, no me parecía tampoco de muy buen gusto. Pero yo observaba, no teniendo nada mejor que hacer, la vida encantadora de aquel lugar. A la noche, el patrón, "que se ocupa de la cocina", vuelve a su domicilio en motocicleta. Los obreros parecen hacer honor a la comida. El lavaplatos, verdaderamente muy bello, de aspecto muy inteligente, deja de vez en cuando la antecocina para discutir, el codo sobre el mostrador, de cosas aparentemente serias con los clientes. La criada es bastante bonita: más bien poética. El 10 de abril a la mañana, ella llevaba sobre un cuello blanco con lunares rojos espaciados, muy en armonía con su vestido negro, una cadena muy fina sosteniendo tres gotas claras como de piedra de luna, gotas redondas sobre las que se destacaba en la base una media luna del mismo material, igualmente engarzada. Aprecié una vez más, infinitamente, la coincidencia entre esa joya y el eclipse. Trataba de situar a esa mujer joven en la circunstancia tan bien inspirada; de pronto la voz del lavaplatos: "Aquí, la Ondina" y la respuesta exquisita, infantil, apenas suspirada, perfecta: "Ah sí, aquí, se cena” (10). ¿Puede haber una escena más conmovedora? me lo preguntaba todavía a la noche, escuchando a los artistas del teatro L´Atelier destrozar una pieza de John Ford.
La belleza convulsiva será erótico-velada, explosivo-fija, mágico-circunstancial, o no será.
NOTAS DEL TRADUCTOR
(1). Pl. Palabra inglesa en el original. En el music-hall bailarín que forma parte de un conjunto.
(2). Gota de vidrio que termina en una punta afilada, que se produce haciendo caer el vidrio fundido en el agua fría. Tiene la particularidad de que al ser golpeada aun suavemente en la cabeza se pulveriza, fenómeno que admiraba a los físicos del siglo XVII.
(3). Orden de celenterados, antozoos y octocoralarios. Son pólipos parecidos al coral, pero blandos. Las partes inferiores se reúnen en un pie carnoso, y el esqueleto está formado por espículas calcáreas separadas. Viven en las aguas litorales de los mares cálidos.
(4). Del suborden de los madreporarios, denominados también a menudo corales. El nombre madrépora fue empleado por primera vez por Imperati para designar los corales pétreos, arborescentes y que tienen poros en forma de estrellas.
(5). Ave de la familia de los páridos (parus major). Su dorso es verdoso, y por debajo es amarillo con raya longitundinal negra. La cabeza es de color negro brillante y mide 14 cm. de largo. Vive en Europa, Asia y Norte de África.
(6). Variedad cristalina del carbonato de calcio, rómbico, incoloro o blanco y de brillo vítreo. Es el constituyente carbonatado de la concha de los moluscos. Fue descubierto en Aragón en 1765.
(7). (Great Barrier Reef). Barrera de arrecifes de coral que bordea la parte septentrional del Continente Australiano.
(8). Planta de regiones cálidas cuya raíz tuberosa y bifurcada semeja la forma humana. Pertenece a la familia de las solanáceas. Alucinógena. Según antiguos testimonios, en Medio y Extremo Oriente se le atribuyen fenómenos de levitación, fantásticas proezas físicas, telepatía y delirios; cuando no, la muerte por intoxicación aguda.
(9). Héroe mítico troyano, hijo de Afrodita y Anquises, a quien se atribuye la fundación de Roma. Protegido por Afrodita durante la guerra de Troya, huyó cuando los griegos destruyeron la ciudad llevando en la espalda a su padre y en brazos a su hijo Ascanio. "Me puse en marcha y los montes busqué con mi padre a la espalda". (Virgilio, La Eneida, Libro 2º, verso 805.)
(10). "Ondina", "Se cena". Homofonía entre on dîne y Ondine.