"Si digo el rey está desnudo, esto no es exactamente igual a lo que hace el niño que se supone hacer caer la ilusión universal, sino mas bien algo del estilo de Alphonse Allais...
Si, en efecto, el rey está desnudo, sólo lo está bajo una cierta cantidad de vestimentas -ficticias sin duda, pero sin embargo esenciales a su desnudez misma, como otro excelente cuento de Alphonse Allais lo muestra, nunca podría ser suficientemente desnuda. Después de todo, se puede despellejar al rey tanto como a la bailarina. “Verdaderamente, la perspectiva de este carácter absolutamente cerrado nos remite al modo en que se organizan las ficciones del deseo. Allí adquieren su alcance las fórmulas del fantasma... y adquiere todo su peso la noción del deseo como deseo del Otro"
Esta cita pertenece al Seminario 7, “La Etica del Psicoanalisis" Cap. I, Nuestro Programa. También encontramos una cita similar, al Rey desnudo,en Escritos 1, La situación del psicoanálisis y la formación de psicoanalistas en 1956 y varias otras referencias a Alphonse Allais, como en el Seminario 2, Clase 23; en el Seminario 16, Clase 11 (12/2/69) y en un texto denominado "Respuesta a unos estudiantes de filosofía".
En el Seminario 27, se encuentra referida por Lacan, otra obra del mismo autor "Un drama muy parisino". En este caso se reproducen ambas, pero en distintas referencias.
Se reproduce:
"Un Raja que se aburre" de Alphonse Allais ()
Libro Humor Negro 1, Ediciones Siglo Veinte,
Buenos Aires.
¡El rajá se aburre!
¡Ah, sí, se aburre el rajá!
¡Se aburre como quizás nunca se aburrió en su vida!
(¡Y Buda sabe si el pobre rajá se aburrió!).
En el patio norte del palacio, la escolta aguarda.
Y también aguardan los elefantes del rajá.
Porque hoy el rajá debía cazar el jaguar.
Ante yo no sé que suave gesto del rajá, el intendente comprende: ¡que entre la escolta!; ¡que entren los elefantes!
Muy perezosamente, entra la escolta, llena de contento.
Los elefantes murmuran roncamente, que es la manera, entre los elefantes de expresar el descontento.
Porque, al contrario del elefante de Africa, que gusta solamente de la caza de mariposas, el elefante de Asia sólo se apasiona con la caza del jaguar.
Entonces, ¡que vengan las bailarinas!
¡Aquí están las bailarinas!. Las bailarinas no impiden que el rajá se aburra.
¡Afuera, afuera las bailarinas!
Y las bailarinas se van.
¡Un momento, un momento! Hay entre las bailarinas una nueva pequeña que el rajá no conoce.
-Quédate aquí, pequeña bailarina. ¡Y baila!
¡He aquí que baila, la pequeña bailarina!
¡Oh, su danza!
¡El encanto de su paso, de su actitud, de sus ademanes graves!
¡Oh, los arabescos que sus diminutos pies escriben sobre el ónix de las baldosas! ¡Oh, la gracia casi religiosa de sus manos menudas y lentas!
¡Oh, todo!
Y he aquí que al ritmo de la música ella comienza a desvestirse.
Una a una, cada pieza de su vestido, ágilmente desprendida, vuela a su alrededor.
¡El rajá se enciende!
Y cada vez que una pieza del vestido cae, el rajá, impaciente, ronco, dice:
-¡Más!
Ahora, hela aquí toda desnuda.
Su pequeño cuerpo, joven y fresco, es un encantamiento. No se sabría decir si es de bronce infinitamente claro o de marfil un poco rosado. ¿Ambas cosas, quizá?
El rajá está parado, y ruge, como loco:
-¡Más!
La pobre pequeña bailarina vacila. ¿Ha olvidado sobre ella una insignificante brizna de tejido?
Pero no, está bien desnuda.
El rajá arroja a sus servidores una malvada mirada oscura y ruge nuevamente:
-¡Más!
Ellos lo entendieron: Los largos cuchillos salen de las vainas. Los servidores levantan, no sin destreza, la piel de la linda pequeña bailarina.
La niña soporta con coraje superior a su edad esta ridícula operación, y pronto aparece ante el rajá como una pieza anatómica escarlata, jadeante y humeante.
Todo el mundo se retira por discreción.
¡Y el rajá no se aburre más!