Sergio Hinojosa Aguayo *
El 9 de Mayo de 1957, Jacques Lacan pronunció una conferencia en el anfiteatro Descartes de la Sorbona de París ante unos cuantos estudiantes. Un grupo de ellos, alumnos de filosofía y miembros de la Federación de letras le había pedido su colaboración para el número 3 de la revista Psychanalyse et sciences de l’homme. Él aceptó generosamente dar una charla y, luego, compartió conversación y copas con ellos.
El título de esta charla pasará a sus escritos como La instancia de la letra en el inconsciente. Como telón de fondo la ironía. Y la muy seria preocupación por transmitir el legado de Freud, frente a quienes dilapidaban su original descubrimiento.
La IPA en su deriva academicista, había hecho de la regla de oro del psicoanálisis -la libre asociación- un ritual sacro, borrando con sus ceremonias de prestigio intelectual los contornos del concepto de inconsciente. Sus más veteranos emulaban a los consagrados científicos intentando fusionarlo, en mayor o menor medida, con préstamos de las neurociencias y de la lingüística. Para esta última fusión la Asociación Internacional usó como base los predicamentos de Edward Sapir y de Jeferson.
Lacan advierte en la sala abarrotada que el prestigio que pretenden desde la asociación es causa de este olvido esencial: el inconsciente freudiano. La existencia del propio psicoanálisis depende de él. Allí, entre una multitud apasionada se muestra seguidor y recuperador de Freud, a sabiendas que está dando un gran paso en su propio camino.
En los momentos en que se produce esta “charla” está impartiendo su Seminario sobre Las relaciones de objeto, en cuyo núcleo se reformula de manera clara y precisa, lo que entonces circulaba como la confusa idea de “relación objetal”. Esta idea había venido a situar la relación analítica en el torrente de una fenomenología sentimental. Se creía que tales relaciones consistían en un efluvio efusivo de a dos, cuya intensidad era garantía de su potencia sanadora. Pero, en realidad, esta “relación objetal” acariciada no tenía más salida que la identificación a la buena forma con la que se pavoneaba el supuesto analista.
Pero no sólo era esto, también otros conceptos estaban sobre el tapete de este fondo recubierto de pasión por el prestigio y amor: la resistencia y la transferencia.
El “análisis de las resistencias” había llevado a una concepción de la interpretación ávida de un simbolismo imaginario en el cual, el relato del sueño, el lapsus, el chiste y, en definitiva, la vertiente significante del signo daba por fin la mano al significado más inteligente y embrollado. La interpretación se convertía en hermenéutica compleja y no derivaba de la libre asociación del paciente, sino de la aguda inteligencia del avispado psicoanalista. En esta concepción de la cura era el analista quién se veía impelido a ganar el significado oculto que parecía esconder la palabra. Y no dejaba que la significación adviniera por parte de quien la puede articular.
Este afán interpretativo marchaba parejo con algunos de los recursos semánticos de los que hacían gala los “seguidores de evoluciones del instinto en el hábitat de una antropología en auge”. La resistencia se convertía, así, en un tour de force en cuya agonía, analista y paciente, hurgaban en el símbolo con interminables recorridos por la semántica y la analogía, para encontrar, por fin, la razón de su estancamiento.
Por otro lado, la transferencia, reducida a un intercambio de emociones, más o menos intensas, no encontraba más operatividad que la del amor o el odio y sus callejones sin salida: el maridaje identificatorio o la greña despiadada.
Lacan lanza un jarro de agua fría sobre esta efusión ardiente retomando de Jakobson la vertiente más fría del significante en acción, aunque tomando toda la distancia necesaria y aclarando los aspectos que separan al psicoanálisis de la lingüística.
Decía Roman Jakobson, comentando a Saussure, “Con respecto a todos los demás actos comparables, el carácter del acto verbal le parece a Saussure <<el menos deliberativo, el menos premeditado y al mismo tiempo el más impersonal de todos>>1
Vemos las implicaciones de esta afirmación si nos tomamos el siguiente párrafo de Ojeada al desarrollo de la semiología:
“...la idea vital de la invariancia semiológica que sigue siendo válida a través de todas las variaciones circunstanciales e individuales queda aclarada por Saussure, gracias a una feliz comparación de la lengua con la sinfonía: la obra musical es una realidad que existe independientemente de la variedad de ejecuciones que hagan de ella: ‘La ejecución de un signo no es su característica esencial’”2
El acto deliberativo es el menos premeditado y el más personal y, por otra parte, la puesta en acto del signo no es esencial. Esto es lo que dice Jakobson. Ahora bien, ambas afirmaciones son complementarias y tienen una característica común: suprimen al sujeto de la enunciación como elemento esencial del acto de habla.
Esta expulsión del sujeto se intenta remedar con la suposición de una función de metalenguaje, en la cual el sujeto constituyente puede elegir, libremente y de continuo, las posibilidades creadoras del acto lingüístico. Al respecto dice Jakobson:
“Las operaciones metalingüísticas constituyen una parte importante e indispensable de nuestra actividad verbal; a través de la paráfrasis, la sinonimia, o por la vía de la decodificación explícita de formas elípticas, hacen posible asegurar una comunicación plena y precisa entre hablantes (...) En lugar de unos medios automatizados e inconscientes de expresión, la función metalingüística pone en juego el conocimiento de los componentes verbales y de sus relaciones, reduciendo así considerablemente la aplicabilidad de la idea inveterada, repetida por Boas, de que, supuestamente, “el uso de la lengua es tan automático que nunca se presenta la oportunidad de que las nociones fundamentales emerjan en la conciencia” y de que esas nociones lleguen a ser objeto de nuestro pensamiento”.
Siguiendo su argumentación introduce algunos autores que, mediante sus observaciones, comprobaron la falta de fundamento de la tesis mantenida por Edgard Sapir, discípulo del prestigioso antropólogo Franz Boas y precursor de la lingüística estructuralista norteamericana.
Por ejemplo, según Jakobson, Aleksandr Gvozdev mostró que los niños a edad muy temprana dan prueba de agudas reflexiones sobre la lengua.
“Virtualmente cada nueva palabra estimula un esfuerzo en el niño por interpretar su significado” “La competencia metalingüística desde la edad de dos años convierte al niño en un crítico y corrector del habla de la gente que lo rodea y despierta incluso en él un “antagonismo” no sólo “inconsciente”, sino también “deliberado” contra el habla adulta: Cukovskij da un ejemplo de ello, en el testimonio recogido a un niño ruso:
“Mamá, vamos a hacer un trato, tú puedes llamarlos (a los corredores de trineos) a tu manera poloz’ja y yo los voy a llamar a mi manera povoz’ja. Después de todo, lo que hacen es vozjat (del verbo vozit’ llevar por transmisión), no lozjat (formación ad hoc del niño)”3
Según esta teoría, las operaciones metalingüísticas se convertirían en recurso usual del hablante:
“Cada vez que el emisor y/o el receptor necesitan verificar si utilizan el mismo código, el discurso se centra en el código y efectúa así una función metalingüística (o glosadora)...
Cada vez vemos más claramente que todo mensaje verbal, en la selección y en la combinación de sus constituyentes, implica un recurso al código dado, y que en ese perpetuo marco de referencia subyace un conjunto de operaciones metalingüísticas latentes.”4
Es cierto que hoy, con el continuo cuestionamiento que introducen los mass media, al introducir continuas diferencias lingüísticas, se hace más patente esta última tendencia. Pero la norma, actualmente en estado difuso -las Academias pasan verdaderos apuros en el cumplimiento de su labor normativa-, y su particular incorporación del hablante, no invalida el hecho de que los lapsus, los chistes o los sueños sigan siendo formaciones no controladas por la consciencia del hablante, por más que éste reflexione sobre la propia forma expresiva o racionalice una y otra vez su propia experiencia inconsciente.
Pues bien, con la posición de Jakobson y la de sus oponentes se oscila así, entre la inclusión de un supuesto sujeto prelingüítico que decidiría libremente sus usos, pero que, por esa misma razón, dejaría de lado indefinidamente al sujeto de la enunciación y, de otro lado, la suposición de un mecanismo anónimo, que estaría siempre mediando en la creación del acto de habla y que, forcluiría al sujeto. Por una adaptación teleológica, tal automatismo lograría una optimización de eso que se ha dado en llamar “comunicación”.
En la propuesta de Jacobson, el niño que elige su diferenciación lingüística, lo hace en tanto que preexiste como sujeto y recibe, como diría Saussure, la fuerza del “espíritu particularista” por un lado y la “fuerza unificadora” por otro. De cualquier modo, más allá de ser un lugar sintáctico, el sujeto preexistiría, al igual que la realidad a la que vestiría con el ropaje de su verbo, en un comienzo balbuciente.
Esa libertad del sujeto constituyente se manifestaría ante todo en las operaciones del metalenguaje. Pero aunque dicha elección sobre el código aparezca, tras su elección, como justificada en la consciencia, no impide la reivindicación por parte del propio Jakobson de un nivel inconsciente del lenguaje, aunque desde luego, traducido en términos de conducta (behavior).
Edward Sapir, seguidor del defensor de la supremacía blanca Franz Boas, en aquel famoso simposio sobre “El inconsciente” celebrado en 1927 en Chicago, focalizaba toda la atención sobre el tópico del inconsciente en relación a los usos lingüísticos de la vida ordinaria. Parafraseándolo, afirma Jakobson: “Los patrones inconscientes cubren todo el campo de los rasgos del habla, incluso, junto con las formas directamente significantes, el inventario de unidades y configuraciones de sonidos; y los patrones inconscientes pertenecen a la práctica de los miembros ordinarios de la comunidad lingüística, o, según la frase de Sapir, ‘los seguidores inconscientes magníficamente leales de patrones fonéticos enteramente señalizados’”.
Hay una observación interesante que recoge Jakobson de Sapir en la que se ve el embarazo en que le sitúa su análisis. Escribe Jakobson: “La conclusión final del artículo5 es digna de notarse. Sapir cree que ‘en los asuntos normales de la vida es inútil e incluso nocivo para el individuo llevar a cabo el análisis consciente de los patrones culturales que lo rodean. Eso debe quedar para el estudioso cuya tarea es entender esos patrones. Una saludable inconsciencia de las formas del comportamiento socializado a que estamos sujetos es –tan necesaria a la sociedad como lo es la ignorancia de la mente, o mejor dicho, su percatarse, respecto del trabajo de las vísceras para la salud del cuerpo’”6
Lacan en La instancia de la letra, critica precisamente a los intérpretes de Sapir, incluidos en las filas de la IPA, quienes habrían reducido el concepto de inconsciente a un conjunto de patterns y, como tales, traducidos en términos de conducta, y por tanto perfectamente compatibles con el análisis social. Esta “exteriorización” del inconsciente vendría a poner de la mano a neurocientíficos, sociólogos, lingüistas, psicoanalistas. Todos hermanados en la misma serie, gracias al hecho de preguntarse por los problemas de su disciplina desde la unificadora “ciencia de la conducta”.
Destacando la perspectiva de la parole de Saussure, el acto de habla se vuelve interesante para Jakobson en la medida en que muestra a las claras la articulación de los elementos lingüísticos en la estructura. El operador es el sujeto hablante, ese sujeto anterior a la propia estructura que la activa y opera con ella. En ese camino, los “trastornos” del lenguaje7, las afasias fundamentalmente, manifiestan su máximo interés para este lingüista, puesto que ponen de relieve en su deformación, las vías de articulación subyacente al acto de habla. Es en los afásicos en donde aparecen al descubierto las reglas de formación del lenguaje humano en toda su diversidad.
En uno de los principales estudios sobre el lenguaje infantil escribe:
<<’Solo el niño nos da la oportunidad de observar el lenguaje humano in status nascendi’ escribía recientemente Karl Bühler. Se podría perfectamente agregar, prosiguiendo esta cita, que ‘sólo las perturbaciones lingüísticas cuya patología es de origen central nos dan la oportunidad de observar la deteriorización del lenguaje humano’>>8
Así, para Jakobson, en la “comunicación humana” existen dos procesos complementarios a los que necesariamente remite todo hecho lingüístico: por un lado, la codificación del mensaje, que comporta la selección (basada en las relaciones de semejanza) de los elementos lingüísticos a emplear en cada caso; y por otro, la decodificación, que es el proceso inverso de combinación y contextura del mensaje recibido, de tal manera que el sujeto debe operar con su capacidad combinatoria, para mantener la jerarquía de las unidades lingüísticas (basadas fundamentalmente en las relaciones de contigüidad) y contextuarlas adecuadamente.
La combinación de estos elementos (en este caso recibidos del emisor) tiene lugar a dos niveles: en la secuencia temporal y en la co-presencia de los elementos. Jakobson propone denominar a estos dos procesos: desarrollo metafórico y desarrollo metonímico respectivamente, por dominar en el primero la metáfora como tropo privilegiado, y en el segundo, la metonimia como tropo dominante.
Todo hablante pone en funcionamiento estos dos tipos de procesos en mayor o menor grado, y lo hace de tal forma que uno de ellos vendrá a dominar en su forma particular del uso de la lengua; tal predominio viene modulado por condicionamientos culturales, dominio de ciertos estilos, hábitos personales, modas, etc.
En el desarrollo metafórico se generan tipos de enlace por semejanza tanto para los aspectos que se refieren a la posición de los elementos lingüísticos (posición de sujeto, de predicado, etc.) como al enlace relativo a la semejanza semántica.
En el desarrollo metonímico se producen tipos de enlace por contigüidad, igualmente para los aspectos de posición (relacionados con la sintaxis) y para los aspectos semánticos (contigüidad semántica.)
Se puede ejemplificar este doble enlace con el ejemplo extraído de los textos de Jakobson:
“En un conocido test psicológico, se presenta un nombre a unos niños y se les pide que manifiesten la primera respuesta verbal que les pase por la imaginación. Este experimento muestra invariablemente que existen dos predilecciones lingüísticas opuestas: la respuesta trata de ser, bien un sustituto, bien un complemento del estímulo. En el segundo caso, el estímulo y la respuesta forman juntos una auténtica construcción sintáctica, las más de las veces una frase. Para los dos tipos de reacción se han propuesto los términos de “sustitutiva” y “predicativa”.
Una de las respuestas al estímulo “cabaña” (hut) fue “se ha quemado” (o quemada: burnt out en el original); otro “es una casa pequeña pobre”. Ambas reacciones son predicativas, pero la primera crea un contexto puramente narrativo, mientras que en la segunda se establece un doble enlace con el sujeto hut: por un lado, una contigüidad de posición (en este caso sintáctica), y por otro una semejanza semántica.”9
Pero metáfora y metonimia, o función de selección y de combinación, no son sólo leyes que rigen el devenir lingüístico. Los estudios lingüísticos de Jakobson encuentran, también en relación a estos conceptos, su horizonte último de legitimación en las referencias explícitas que de continuo establece con las neurociencias, en especial en las investigaciones de Luria y Goldstein. En este sentido no deja de ser interesante como todos y cada uno de los más genuinos fenómenos aislados por el psicoanálisis de Freud, se ven reducidos a mecanismos lingüísticos con reflejos en el neocortex, prestando a los términos acuñados por Freud su índice de confusión. Así por ejemplo, al referirse a la afasia semántica comenta:
“La afasia semántica depende de los trastornos de la semejanza; no es asombroso, pues, que la regulación de los pronombres y artículos anáforos (que remiten para su comprensión a fragmentos anteriores del discurso) pueda perderse. El profesor J. M. Wepman me ha citado un buen ejemplo de ello: el paciente, curado de una afección semántica, tiene de pronto una recaída sintomática diciendo: “Mi mujer no está aquí hoy. Él no venía conmigo”.
De este modo, lo que en el “metalenguaje freudiano” sería un lapsus se convierte en una pérdida de la regulación pronominal, como consecuencia de un “trastorno semántico”, cuyo reflejo vendría a encontrarse en el lóbulo parietal.10
Lo que abriría el interrogante sobre la identificación fallida psicosis y el problema de la Verwerfung, se convierte aquí en un puro “trastorno” funcional, si no vean:
”El novelista ruso Gleb Ivanovic Uspenskij (1840-1902) padeció en los últimos años una enfermedad mental que traía consigo trastornos de lenguaje. Su nombre y su patronímico, Gleb Ivanovic, unidos tradicionalmente en el diálogo no familiar, se separaron para él, pasando a designar a dos seres diferentes: Gleb, dotado de todas sus virtudes, e Ivanovic, el nombre que relaciona al hijo con su padre, que encarna todos los vicios de Uspenskij. El aspecto lingüístico de este desdoblamiento de la personalidad consiste en la incapacidad del enfermo para usar dos símbolos para un mismo objeto, es decir, en un trastorno de semejanza. Como los trastornos de la semejanza van unidos a una propensión a la metonimia, se hace particularmente interesante el estudio del estilo literario empleado por Uspenskij en su juventud. Y el estudio que Analolij Kamegulov, que analizó este estilo, responde a nuestras previsiones teóricas. Muestra que Uspenskij tenía una especial afición a la metonimia y, sobre todo, a la sinécdoque, hasta el extremo de que “el lector se ve aplastado por la multiplicidad de detalles que recargan un espacio verbal limitado, de forma que muchas veces se pierde el relato por incapacidad de abordar el conjunto.”11
En este ejemplo, el autor da por sentado la unidad del objeto (el propio sujeto hipostasiado en este caso) a que se refiere la imposibilidad de usar dos símbolos distintos. Y es esta imposibilidad de atribución de dos símbolos a un solo objeto lo que constituye para Jakobson el criterio diagnóstico y la clave de explicación. En última instancia, dicha imposibilidad remite, a través del diagrama lingüístico, a un funcionamiento cerebral que remeda al sujeto supuesto en todo acto de habla, haciéndolo desaparecer del horizonte de la investigación clínica.
En relación a los sueños y su interpretación, hace la siguiente lectura:
“En todo proceso simbólico, tanto intrapersonal como social, se manifiesta la competencia entre el modelo metafórico y el metonímico. Por ello, en una investigación acerca de la estructura de los sueños, es decisivo saber si los símbolos y secuencias temporales se basan en la contigüidad (para Freud el “desplazamiento”, que es una metonimia, y la “condensación”, que es una sinécdoque) o en la semejanza (la “identificación” y el “simbolismo” en Freud).
Y añade:
“El instrumento del observador hace que permanezcan ignorados estos dos polos del lenguaje, y fundamentalmente la metonimia, pues (...) cuando (el investigador) construye un metalenguaje destinado a interpretar los topos, el investigador posee unos medios más adecuados para tratar de la metáfora, que para manejar la metonimia, la cual, por basarse en un principio diferente, se resiste muchas veces a la interpretación.”12
Aquí aparece la interpretación desde el lugar de privilegio que le concede el signo, ya que para alcanzar la significación no se requiere más que una sustitución apropiada en el espacio mismo del acto de habla, en ese presente fenoménico desde el que se piensa la operatividad del sujeto parlante. Para alcanzar la significación tan solo es necesario estar en posesión del código.
Recordemos cómo define Jakobson las funciones inherentes a la interpretación. En su artículo “El metalenguaje como problema lingüístico”13 escribe:
“El lenguaje debe investigarse en toda la variedad de sus funciones. Un esquema de estas funciones exige un panorama conciso de los factores constitutivos de todo acontecimiento del habla, en todo acto de comunicación verbal. El emisor envía un mensaje al receptor. Para ser operativo, el mensaje requiere un contexto de referencia, captable por el receptor, y o bien verbal o bien capaz de verbalizarse; un código enteramente, o por lo menos parcialmente, común al emisor y al receptor (o, en otras palabras, al codificador y al decodificador del mensaje), y finalmente un contacto, un canal físico y una conexión psicológica entre el emisor y el receptor, que permita a ambos entrar y permanecer en comunicación. “
Y centrándose en la significación, añade:
“La doctrina semiológica de Peirce es la única base sana de una semántica estrictamente lingüística. No puede uno dejar de estar de acuerdo con su visión del significado como traductibilidad de un signo en una red de otros signos y con su reiterada insistencia en la inherencia de un “significado general” en todo “símbolo genuino”, así como con la secuela de la afirmación citada: un símbolo “no puede indicar una cosa particular: denota una clase de cosas. No solo eso, sino que él mismo es una clase y no una cosa singular”. Los significados contextuales que particularizan, especifican o incluso modifican tal significado general, son tratados en la gramática especulativa de Peirce como interpretantes secundarios, “circunstanciales”14
Así, la interpretación freudiana, principal instrumento del psicoanálisis, entonces y ahora, queda reducida en el nivel del código al uso de un metalenguaje creado ad hoc con las deficiencias señaladas de su pobreza ante la metonimia.
El estudio del valor que Lacan da a metáfora y a metonimia no puede ser objeto de este artículo y ha sido, además, suficientemente analizado.
Sergio Hinojosa
1. JAKOBSON, R. Sobre el enfoque lingüístico del problema de la conciencia y del inconsciente; p.116, Simposio en Tbilisi, 1978.
2. Ibidem. P. 22.
3. Ibidem. P. 122
4. “El metalenguaje” en El marco del Lenguaje, Jakobson 1956.
5. Se refiere a el artículo de Sapir; The Unconscious Patternig of Behavior in Society, preparado para este simposio de 1927.
6. JAKOBSON, R. Ibidem. p.120.
7. "Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de trastornos afásicos": Referencia a Roman JAKOBSON - Morris HALLE, Fundamentals of Language, Mouton, The Hague - Paris - New York, 1956 (Fundamentos del lenguaje, editorial Ciencia Nueva, Madrid, 1967, traducción de Carlos Piera.
8. JAKOBSON, R. “Lenguaje infantil, afasia y leyes generales de la estructura fónica”, en Lenguaje infantil y afasia, Upsala 1941, En la versión española publicada por la editorial Ayuso, 1974.
9. JAKOBSON, R. “Los polos metafórico y metonímico” en Fundamentos del lenguaje.
10. Según la distribución que Jakobson establece en un gráfico de la comunicación presentada en el simposio sobre los trastornos del lenguaje, Londres 1963, titulada “Hacia una tipología lingüística de los trastornos afásicos”.
11. JAKOBSON, R. “Los polos metafórico y metonímico” en Fundamentos del Lenguaje. P.140.
12. Ibidem. P. 142.
13. Discurso presidencial, pronunciado en la reunión anual de la Linguistic Society of America el 27 de diciembre de 1956, a la memoria de su amigo Gyula Laziczius.
14. JAKOBSON, R. El marco del Lenguaje. P.87