Roque Farrán *
Es posible que haya más de un modo de interpretar, quizás haya infinitos modos, infinitas modulaciones de sentido, infinitas variaciones del campo semántico. El problema con esta multiplicidad imaginaria es que en su deriva incesante, en su discurrir proliferante, no puede dar cuenta del surco mismo sobre el que se desliza, el cual insospechadamente puede reducirse a no ser más que a uno (el significante amo que deriva la fluidez de las significaciones). Por ello Lacan trabajó incansablemente sobre la idea de interpretación como corte y reducción de sentido, por ello acudió a fórmulas y axiomas matemáticos para circunscribir el momento del impasse, el momento del encuentro con lo real imposible. Aquí ensayaré un recorrido electivo por algunas de esta vías posibles de interpretación (al revés) que habilitó Lacan con su decir.
I. El deseo del analista qua función
¿Por qué el deseo del analista es una «función»?
Desde el punto de vista matemático tal definición implicaría un tipo particular de relación entre los elementos de dos conjuntos. ¿Es posible que el sistema significante inconsciente, que constituye al sujeto analizante, encuentre en el análisis otro conjunto correlativo de elementos significantes con el cual establecería una función? ¿Acaso es válido pensar la interpretación del analista como la operación que permite que haya «función», en el sentido matemático del término?
Encuentro algunos elementos que habilitan esta lectura. Que sean los dichos del analizante, considerados como conjunto de partida (pongamos A), los que determinan si hay o no «función deseo del analista» en tanto sean considerados los significantes de la interpretación como el conjunto de llegada (pongamos B); mientras que sería el analista mismo quien, mediante la operación de corte significante, produce el efecto de sujeto del inconsciente. Las dos condiciones para que haya función: “existencia” (todo elemento de A debe relacionarse con uno de B) y “unicidad” (todo elemento de A debe relacionarse con sólo uno de B), implican que el analista intervenga oportunamente sancionando la emergencia de la hiancia subjetiva con una y solo una marca significante. Así, por medio del equívoco, no derivaría hacia otro significante y no produciría el correlativo efecto de sentido que infinitiza el análisis (unicidad). Por otro lado, toda emergencia subjetiva que no reciba del analista sanción también patentiza el defecto de función (existencia).
El corte en doble lazo del significante, sancionado por la interpretación en acto, especifica al deseo como deseo del Otro, tal como se vislumbra en el engarce de dos toros, por ejemplo. La «función deseo» en el toro se compone de la vuelta sobre el alma más la vuelta en torno al agujero central, este corte en doble lazo es homólogo punto por punto al del segundo toro.
Entonces la «función deseo del analista» es, en esta topología, el corte del significante en tanto se corta a sí mismo en doble lazo y no remite a otro significante. Esta función imposible se puede escribir en cada caso, y es sostenida por el analista hasta el momento en que los sucesivos cortes producen la separación del objeto a, al advenir éste como representante de la representación del analista.
Es posible pensar así que el analista, al brindarse como conjunto de llegada de los dichos del analizante, lo que hace es otorgar imagen (en sentido matemático) al conjunto de partida a fin de que se construya aquello no especularizable que determina los dichos del sujeto, esto sería: la formula misma de la función. El elemento tercero, necesario para hacer función de ley.
Mejor aún; repensando lo que he escrito de manera casi secuencial, al darle una vuelta retroactiva diría: los dichos del analizante encuentran en el dispositivo analítico su estatuto significante, retroactivamente, a partir de la sanción del analista que pone entre paréntesis el significado, deja en suspenso el saber, y da su lugar así al sujeto de la enunciación de modo tal que coincida su decir con lo no sabido por estructura. Entonces no hay primero un conjunto significante que establezca luego correspondencias con otro conjunto significante, sino más bien un único conjunto significante denominado en el dispositivo psicoanalítico «inconsciente» que se construye entre-dos, en el intervalo de suspensión del saber.
Al actuar así sobre los significantes de partida, los aísla como significantes elementales separados del saber y del correlativo efecto de sentido.
Veamos ahora en base a qué se autoriza un analista para intervenir de este modo.
II. La autorización del analista
«El analista se autoriza a partir de sí mismo», dice Lacan en la Proposición de 1967. ¿Dónde se sitúa este sí mismo? Una respuesta posible agregaría: «a partir de su nombre propio», y no del Nombre del Padre, del significante amo, del saber analítico, de Freud, Lacan, la escuela, etc. ¿Esto quiere decir que es un Amo? ¿Se propone como Ideal, como modelo identificatorio? Posible desviación propiciada por tal enunciado, el punto clave pasa por la enunciación. El decir como puro corte, como corte que se corta a sí mismo (como la banda de möebius en el Atolondradicho) Se trata entonces del reverso del Amo, es decir: el objeto causa. La clave está en indagar lo que implica aquí el sí mismo, y a no confundir con “cinismo” que suena semejante, lo señalo porque puede parecer de aquél que trabaja de para-ser. Y por supuesto tampoco es el Yo, destituido por Lacan desde el primer momento de su enseñanza. El sí mismo es lo más intimo del sujeto así como lo más extraño, porque es el punto que permanece irreductible a la cadena significante, es su falla misma, su obstáculo inherente. Desde allí –en extimidad– el analista es causa; puede por ello decir cualquier cosa aunque preferentemente lo más casual, contingente y desprovisto de sentido, tal como lo hace el trabajo del sueño con el resto diurno, en tanto aquel elemento menos pensado, que no se asoció prácticamente con ningún otro, es el representante de la representación mas adecuado para el decir del deseo.
El decir del analista, su enunciación de puro corte, coincide con su falta en ser, con lo no sabido por estructura. Esta posición enunciativa es la que imprime en su semblante ese rasgo de confianza callada, y a su acto esa fuerza calma, con las cuales su dicho sorprende. Y tanto más sorprende cuando la disimetría entre la naturaleza del dicho (su sin sentido) y la seguridad del decir es mayor.
Ante la pregunta estructural del analizante: “¿qué me quiere?”, cuya respuesta espera del Otro confirme su sueño, el analista, como un maestro zen, responde con un golpe de sin sentido que fuera del marco de lo previsible intenta despertar al sujeto del sueño fascinante (y su reverso aterrador) del Otro completo.
Lacan en Subversión del sujeto, se refiere al significante de la falta en el Otro de la siguiente manera:
“Es como tal impronunciable, pero no su operación, pues ésta es lo que se produce cada vez que un nombre propio es pronunciado .Su enunciado se iguala a su significación:
S (significante )
----------------------- = s (el enunciado ), con S = (-1),
s (significado )
tenemos :
s =
”
Por lo que (se) condensa (en) este párrafo digo que el analista opera a partir de su «nombre propio», en tanto su enunciado se iguala a su significación. Su decir es acto de corte, puesta en función del «deseo del analista» como fórmula insensata de un imposible estructural. Es decir, que diga lo que diga no remite sin más a otro significante cuyo significado habrá de descifrar, es la cifra misma, irreductible.
Lacan en La Instancia de la letra toma la siguiente definición de metáfora “...toda conjunción de dos significantes sería equivalente para constituir una metáfora, si la condición de la mayor disparidad de las imágenes significadas no se exigiese para la producción de la chispa poética, dicho de otra manera para que la creación metafórica tenga lugar.” (Lacan, 2003 [1966]: 487)
En este sentido la interpretación es metáfora, en tanto logra la conjunción del significante dicho por el analizante con el de la interpretación (sea como corte, repetición, acentuación, etc.), y el efecto poético señalado es posible si se logra la mayor disparidad entre lo que dice el analista y lo que intenta imaginar el analizante que quiso decir en respuesta a su dicho (la imagen significada). Es el efecto de sorpresa antes señalado. Por lo tanto se logra la mayor diferencia posible entre el dicho y el decir, sancionando así la división subjetiva en su emergencia misma (el decir más que el dicho).
Por eso es que no importa la exactitud de la interpretación (su veracidad no responde a hechos empíricos), como señala Lacan en base a algunas descriptas por Freud en relación al Hombre de los lobos, sino el momento lógico en que es emitida. Es el famoso “timing”, que no responde tanto a un “saber cuando” exactamente interpretar sino, más bien, a un saber ignorar lo que se sabe en todo momento; no-saber netamente posicional (discursivo) en relación directa con una concepción topológica del espacio discursivo. Que un analista pesque en el discurso del analizante el reverso de sus dichos, delimita su decir e instituye el inconsciente en acto. Por ello las inversiones que produce un analista, a partir del singular dispositivo analítico, tienen que ver mas con un “dar vuelta el guante” que con una dialéctica de “toma y daca”. La inversión es una torsión topológica que trastoca todo el conjunto y produce una pérdida. No se trata entonces del interjuego dialéctico donde siempre se busca el equilibrio entre pares opuestos. Se trata, al contrario, de encontrar el punto de desequilibrio de todo el sistema significante, su falla inherente, para que pueda surgir una nueva inscripción: la letra singular del sujeto.
Al hablar de letra singular efectuamos (o habilitamos) un pase singular hacia otro ámbito propicio para repensar también lo que acontece. La literatura.
La orientación por lo real de lalengua en el laberinto del lenguaje.
III. La orientación por lo real de lalengua en el laberinto del lenguaje
Con Lacan giramos por lo lingüístico hasta agotarlo, hasta descubrir que no todo estaba allí, que había que dar un paso más ya sin apoyo del lenguaje, no más allá de él puesto que (se) nos había mostrado la inexistencia de cualquier instancia trascendente (‘no hay más que significantes que producen retroactivamente significados en su desplazamiento y sustitución’), sino en su misma falla, en su misma imposibilidad para orientarnos de manera absoluta. Más acá de la propia materialidad significante que nos representa siempre ante otro significante y luego ante otro y otro más, infinitamente (lo que conforma el orden simbólico en su diferencia constitutiva), encontramos lo informe de su reverberación, su sonoridad insensata, lo que Lacan designa con el neologismo: lalengua. Se trata de la lengua materna, de un hablar resonante que quiebra al lenguaje en su disposición geométrica y asume el exceso vía la deformación palabrera, indica así un hablar afectado por el deseo. Entonces retornamos hacia la necesaria articulación de esta nueva materialidad hallada, de los singulares modos de combinación literal que conjugan, para decirlo fácilmente, (1) la imagen quebrada de una significación incompleta, (2) la suspensión de un significante cualquiera (viejas metáforas, citas o incluso pequeños gestos) que le da su marco, (3) y eso informe que se infiltra cada vez entre ellos (d’eux): voz, mirada o pedazo (resto) de lo que sea. La reunión siempre singular de estos múltiples registros, que de modo conjunto delimitan una suerte de (a)gramática pulsional, es lo que nos permite orientarnos de algún modo en este laberinto del lenguaje hasta inventar otros mundos posibles (nuevas metáforas). Escribe Emmanuel Biset, en sintonía con Borges:
Si la forma precisa de conjugar la inmortalidad con la mortalidad es la de un laberinto, un laberinto que también es el lenguaje, es posible preguntar si todo termina en una niebla que circunda. Y esto porque lo simbólico despojado del mundo no conduce a un mundo de feliz devenir, sino a una cierta imposibilidad de orientarse. Sólo quedan palabras de otros, palabras de otros confundidas. En la niebla, o en un laberinto de palabras, el mundo, los otros, uno mismo, se vuelven irremediablemente lejanos, desaparecen. Es ese mundo que va desapareciendo cuando se pierde la vista. Una cierta ceguera es la niebla que borra toda posibilidad de orientarse. Al finalizar una de sus siete noches, aquella dedicada a la ceguera, Borges recuerda cierto pasaje de un poeta alemán escribiendo sobre el atardecer. Escribe Goethe: «todo lo cercano se aleja». Esta referencia al atardecer, ese momento del día donde las cosas cercanas se alejan de los ojos, para Borges es el decurso de su vida. Con el tiempo Borges señala que el mundo visible se ha alejado de sus ojos. Esa lejanía es, también, una especie de niebla. Porque no es un mundo que se borra, no es el mundo de las tinieblas el que Borges anhela, sino el de la vaguedad de algunos colores. La ceguera es otro nombre de ese mundo cubierto por una espesa niebla. Claro que la pérdida del mundo visible se traduce en Borges en poesía, en la palabra breve que inventa otro mundo. Nuestra niebla es un poco más espesa, porque ya no es la desaparición del mundo sensible, sino una niebla en los propios símbolos, en un torbellino de palabras que no producen ninguna orientación.
Indudablemente en el torbellino estamos ¿verdad?, es lo que “hay”, lo que nos lleva; sin embargo sus trayectos aparentemente caóticos no son tales, pues hay leyes también en el caos y en el desorden, leyes pulsionales de procesos primarios que se escriben y se dan a leer en acto; hay un centro vacío que se desplaza incesantemente y por eso se pierden las referencias espacio-temporales habituales; hay des-centramientos sucesivos, alternados.
Si sólo un ciego puede orientarse en el laberinto y atravesar la niebla que lo cubre, es porque puede dejarse guiar por el sonido de su voz resonando en los muros de este lenguaje/laberinto conformado por viejas metáforas. Y lo puede hacer –nuestro “ciego sujeto”– al olvidar su pregnante estructura visual y recuperar su uso instrumental sonoro, su función resonante más que razonante. Esto no quiere decir que tengamos que quitarnos los ojos, lo cual sería una interpretación bastante psicótica que no diferenciaría el órgano del objeto (o la visión de la mirada). El punto clave pasa por aprender a prescindir de la estructura visual proyectiva que impregna todos nuestros hábitos (de lenguaje, de pensamiento, de comunicación), puesto que dispone al espacio en dos dimensiones como un plano o, más bien, como múltiples planos superpuestos, de manera esquemática rígida y, cuando no, confusa. Aprehender otra distribución del espacio y del tiempo que no sea tributaria de una geometría de los sólidos (de las proporciones estáticas), sino de una topología que nos permita seguir y orientarnos en las deformaciones continuas que afectan el espacio-tiempo que habitamos y que, singularmente, nos atraviesa. Esto implica realizar ciertas lecturas y escrituras, por supuesto, pero no todas (sólo las que no-todas son) son capaces de alterar el espacio-tiempo ordinario, es decir, no todas van más acá del plano del lenguaje (intervirtiendolo), sea éste representativo o simbólico.
Como dice Biset: “Quien inventa al repetir las metáforas no es quien ve el mundo, tampoco quien está perdido en la niebla, sino el ciego que puede orientarse en el laberinto”, es decir, no es aquél que se guía por el registro imaginario de la representación del mundo (supuesto) ni tampoco por el registro simbólico de los significantes desgarrados, sino por la singular combinación material (literal) que se genera entre el muro de lenguaje, el pasillo (su abertura) y la voz que resuena en ellos; configurando otro mundo, el laberinto real, infinitamente variable en su extensión pero no en un momento dado, por ejemplo ante la necesidad de tomar una curva, de realizar un giro.
Habrá que escuchar bien que otras voces resuenan allí, a fin de poder comunicarnos sin saber a priori cómo ni qué ni con quién. Y si la clave está en la palabra breve, en el poema, en función de lo dicho podemos saber porqué; obviamente no por la precisión de su representación de un mundo supuesto, ni por sus relaciones simétricas con las otras palabras (en el lenguaje), sino por la singular combinación literal efectuada entre la heterogeneidad de los elementos dispuestos.
En este sentido es que también nos orienta en lo real el matema, o cualquier otra conjunción de registros heterogéneos, por lo cual hay que saber reunirlos de un modo singular, cada vez, en cada tiempo y espacio. Es la función de la letra, en tanto no designa ni connota nada mas allá de lo que hay, en tanto es lo que “hay” sin interpretación lenguajera. Obviamente lo que “hay” no es lo que se cree pero tampoco otra cosa; es, más bien, lo que se escribe de manera condensada y singular sin pretender convencer a nadie de nada ni exponer largas cadenas de “buenas razones” –lo que se escribe “porque sí”–, es decir, aquello que in-intencionadamente muestra de manera fugaz la infinitud actual de intenciones posibles en un cruce contingente, antes de que una, por su mera escritura, se (re)torne necesaria.
Roque Farrán