Roque Farrán *
“Una cosa me sorprende, es que no hay tres dimensiones en el lenguaje. El lenguaje está siempre aplanado, y es precisamente por eso que introduje mi nudo de tres, que es una cadena, y que es sorprendente que pueda ser aplanada. En lo que respecta a lo real, se quiere identificarlo a la materia - yo propondría mas bien escribirlo el alma-a-tres (l’âme-a-tiers), homogéneo a los otros dos. Un tal Sanders Peirce, estaba sorprendido por el hecho de que el lenguaje no expresa, propiamente hablando, la relación, que no permite una notación como xRy, que haría falta para eso una lógica ternaria y no binaria. Esto es lo que me autoriza a hablar de “el alma-a-tres” como de lo que necesita cierto tipo de relación lógica.” Jacques Lacan, Seminario XXIV, “L’insú…”, versión crítica, 1976-1977, p.23
Parto de la siguiente hipótesis: el concepto es un nudo borromeo. Veremos que nos permite desplegar tal afirmación.
El nudo borromeo es una estructura topológica muy simple, cuya única propiedad es la mutua implicación (enlace) de sus términos en número no menor de tres. Que la propiedad dependa del número y no de una cualidad imaginaria da cuenta de lo real en juego. Lo más interesante de esta articulación es que nos permite pensar en qué puede consistir una mínima consistencia; es decir, en el nudo basta con que uno de los términos no se sostenga para que todo el conjunto entramado (que puede contar con infinitos términos) se disperse. Aquí no hay estructura jerárquica, no hay uno más importante que el resto, cada uno de los términos es necesario para sostener al conjunto. Nos brinda además otra forma de entender la inter-posición (el término medio, el entre-dos) de manera alternada y no rígida: entre simbólico y real pasa (o cruza) lo imaginario, entre real e imaginario lo simbólico y entre imaginario y simbólico lo real. Apreciamos así que la consistencia no depende de uno en particular, que haga de conector o mediador, sino que cada uno cumple esta función en relación a los otros dos. Podemos decir que los términos son mutuamente ‘solidarios’.
Presentaré los tres registros (Real [R], Simbólico [S], Imaginario [I]) homologados a los términos empleados por Badiou: pura multiplicidad (ser), cuenta-por-uno (estructura) y cuenta de las partes (meta-estructura).
Lo Real (R): supone el hecho primario de poder constatar que “hay” antes que nada, es lógicamente anterior a toda cualificación por propiedades o discernimiento por nombres, se trata de lo Real en tanto imposible. Imposibilidad de contar y por tanto de pensar, algo que, siendo multiplicidad inconsistente, sólo habrá sido en la suspensión de la cuenta-por-uno y la retroactividad de una nominación supernumeraria (ultra-uno). Tal multiplicidad inconsistente sólo puede ser regulada mediante axiomas.
Lo Simbólico (S): implica el pasaje al “hay uno”, denota ya el registro significante, es decir el efecto de estructura que introduce la cuenta-por-uno, se trata de lo que permite el discernimiento de -y por- los nombres aún antes de la cualificación en propiedades y clasificación de las multiplicidades. Determina la pertenencia antepredicativa de los elementos al conjunto.
Lo Imaginario (I): es el “hay uno-uno” que conceptualiza el segundo operador de cuenta, y registra las partes del múltiple-situación o sub-conjuntos. Se trata del estado de la situación o meta-estructura, corresponde al registro de la significación y las re-presentaciones, puesto que separa en clases a los elementos-partes en función de propiedades de semejanza y diferencia, al hacerlo opera inclusiones y exclusiones.1
No se trata sólo de hablar “analógicamente” de nudos o redes semánticas –metáforas que suelen abundar en el campo de las ciencias sociales- sino de la articulación efectiva de tres registros: imaginario, simbólico y real. Seguimos aquí un proceso de articulación compleja que es, simultáneamente, histórico y estructural: (1) de la idea de concepto como simple cuadrícula o casilla, netamente taxonómica e imaginaria; (2) a la idea de concepto funcional, más bien simbólica, donde lo que prima es la operación de asignación de términos a un lugar (la función sigue siendo más importante que los términos, hay una jerarquía); (3) hasta la idea del concepto como pura relación o nudo, donde los términos y sus mismas operaciones de enlace son equivalentes. Por ello, un concepto no depende sólo de las definiciones históricas: “Un concepto, como vimos, no es sino la malla entretejida a lo largo de sus cambiantes definiciones, las cuales se encuentran sedimentadas en él y se ponen en juego en cada uso efectivo del mismo” (Palti, 2007:17) sino de un anudamiento singular que incluye además de la dimensión del significado como una de sus partes (el registro imaginario), la función simbólica (significante) que corresponde propiamente a la dimensión sincrónica o estructural del concepto, y también el registro real del mismo, que atañe a la dimensión indiscernible del múltiple indagado e implica lo actual en tanto multiplicidad problemática abierta.
Es decir que al formar el concepto no se trata de seguir sólo una pura necesidad lógica al estilo hegeliano, ni tampoco de pura contingencia al estilo posmoderno, sino de mostrar como la necesidad deviene de la contingencia y viceversa; este movimiento de pulsación temporal (e inversión) es factible de ser pensado a través del nudo borromeo, de la lógica de su anudamiento (que marca una necesidad) y desanudamiento (que marca la contingencia). Un concepto efectivo, entonces, es un nudo borromeo articulado e impone, por tanto, una necesidad sobredeterminada a la distribución de los términos que lo conforman; pero a su vez esta necesidad no es eterna, fijada de una vez y para siempre, sino que puede ser desanudada y articulada de otro modo, modificando y recombinando los términos en juego. Es aquí donde se muestra el cruce entre lo histórico (representaciones y significaciones imaginarias), lo estructural (presentaciones y ordenamientos simbólicos) y lo actual (acontecimientos y problemáticas reales).
Resulta evidente, desde esta perspectiva, que distintas tradiciones de pensamiento han enfatizado diferentes aspectos del concepto-nudo, lo cual no quiere decir que hayan ignorado simplemente los otros registros, sino que los han subsumido a -o los han explicado mediante- un registro predominante. El concepto-nudo pretende restituir la equivalencia entre los términos y sus registros. Así, por ejemplo, mientras la tradición de la Historia conceptual, cuyo mayor exponente quizás haya sido Koselleck, se ha centrado en el estudio del significado (sus modificaciones parciales, totales o neosignificados)2; el deconstruccionismo se ha dedicado a desmontar las estructuras lingüísticas del concepto junto a sus significados esencialmente contingentes, mostrando su necesaria incompletitud (el exterior constitutivo de toda formación discursiva); por último, ciertas tradiciones de pensamiento orientadas al acto (clínico o político) han situado la brecha real que disloca lo simbólico (lo indiscernible) como factor orientativo de la intervención; y lo mismo podría decirse del acto artístico, científico o amoroso: la incompletitud intrínseca del sistema simbólico y la contingencia de sus significados no inhiben la invención de nombres (obras, fórmulas, experiencias), nuevos anudamientos de los registros.
Koselleck, continuando la tradición hermenéutica heideggeriana, aborda la problemática del concepto desde el punto de vista del significado. Por eso la pregunta por el sentido es fundamental (la pregunta por el sentido del ser, en última instancia). El problema con esta obsesión por el significado, es que en su límite extremo desemboca en el silencio místico (estilo Wittgenstein), o bien en la angustia existencial (estilo Sartre), en el mejor de los casos; en el peor de los casos desemboca en la sofística y los “juegos de lenguaje” que admiten indefinidas variaciones semánticas sin dar con ningún real. La filosofía, como decía Althusser, no tiene objeto por eso recurrentemente se inclina hacia alguna de sus condiciones: el poema, la ciencia, la política, etc. Por lo tanto, hay que pensar otra función y otro real para la filosofía. Quizás lo sea –tal como lo postula Badiou- la articulación composibilitante y simultánea de los procedimientos genéricos de verdad, donde lo real se juega efectivamente. Anudar estos cuatro, en sí mismos infinitos, quizás nos de la pauta de este otro real del que hablamos.
Badiou, al pensar algunos conceptos en términos de funciones matemáticas –muy próximo a Cassirer-, podría encontrarse dentro de la orientación que privilegia lo simbólico sobre los demás registros; incluso él mismo se expresa en términos de “correlatos ontológicos de los conceptos”, lo cual es significativo si tenemos en cuenta que para este autor la ontología es la matemática. No obstante, su posición es más compleja. Hay un nudo implícito en el pensamiento de Badiou en el que se entretejen los diferentes registros y que nos resulta necesario develar.
El concepto de representación que nos presenta Badiou es funcional en el sentido de Cassirer, puesto que se trata de un operador de cuenta que establece correspondencias entre los múltiples contados-por-uno y sus sub-múltiples (i.e. la correspondencia entre los números naturales y los números pares, que a pesar de ser éstos un sub-conjunto de aquéllos tienen igual número: À0). Es la operación que cuenta por separado los subconjuntos de un conjunto, y que Badiou llama también meta-estructura o Estado de la situación. Aquí ya tenemos una primera ruptura con la intuición –herencia euclidiana- que establecía que el todo debe ser más grande que sus partes. Sabemos que en cualquier conjunto infinito numerable, es decir que pueda ser puesto en correspondencia con los números naturales, sus partes pueden ser normalizadas mediante la misma operación funcional. Estos son los múltiples normales, en los que coincide maximalmente presentación y representación. Pero por otro lado sabemos también que existen conjuntos infinitos no numerables (demostrados por el método diagonal de Cantor) como los puntos de un segmento, es decir los números reales. Badiou les llama múltiples anormales (singularidades y excrecencias) a aquellos en los que no coincide la presentación con la representación. De este modo, se separa de la idea de representación ligada a un supuesto sujeto psicológico (o trascendental) que se representa un objeto.
Contamos entonces con dos operadores de cuenta (estructura y meta-estructura) que homologamos a los registros simbólico e imaginario respectivamente, y además con dos modalidades de la estructura ontológica del ser: singularidad y excrecencia, que nos permiten pensar la dislocación o falla de la estructura; esto es lo real en términos lacanianos. Con estos operadores filosóficos (meta-ontológicos) circularemos por distintos ámbitos discursivos evaluando su consistencia singular, que no depende del lenguaje de la situación. Lo único que impide que esto no se convierta en un meta-lenguaje formal, es el minimalismo extremo de los términos en cuestión y su esencial vacuidad de base, lo que conlleva encontrar en cada ámbito, y bajo sus propios términos (cuando acontece), los conceptos anudados.
El concepto matemático u ontológico de representación se expresa en al menos tres axiomas de la teoría de conjuntos: el axioma de partes de un conjunto, el axioma de separación y el axioma de elección. El primero nos permite pensar el Estado de la situación (la idea de normalización), el segundo la precedencia de la existencia de múltiples con respecto al lenguaje proposicional que los define o particulariza, y el tercero nos permite pensar la intervención. Quizás el más interesante a considerar en esta presentación sea el axioma de elección, al que Badiou denomina “esquema ontológico de la intervención”, puesto que nos permite pensar el ser mismo de la intervención que constituye a un sujeto. Así podemos entender el concepto de sujeto/intervención también como ‘función’ en tanto, precisamente, el axioma de elección postula la necesidad de existencia de una “función de elección” que permita formar el conjunto-selección que reúne cada uno de los infinitos representantes de los subconjuntos de un conjunto infinito. Al trasladarnos del ámbito ontológico al óntico, esta operación se traduce como un modo de ‘representación ilegal’, ya que en cualquier situación es su propia ley la que nos prescribe cómo efectuar las elecciones mediante conceptos preexistentes. Mientras que un sujeto, en tanto función, opera estableciendo correspondencias impensadas (ilegales) entre los múltiples de la situación, al evitar los determinantes enciclopédicos del saber (se esclarecerá este punto más adelante). Por esta razón, Badiou coloca al sujeto del lado del ultra-uno (forzamiento de la ley de cuenta-por-uno), que muestra y sostiene la disyunción originaria (el Dos). La primera conexión lógica o correspondencia, por el lado de un procedimiento genérico, es la nominación del acontecimiento, que se exceptúa del orden del saber. Ultra-uno es más que uno, suplemento in-contado que nombra, a su vez, otros múltiples in-contados del sitio (múltiple singular de la situación), por eso es también el Dos: el nombre supernumerario (revolución francesa) y los múltiples incontados del sitio (los campesinos del gran miedo, etc.). Con la figura del Dos o la disyunción radical encontramos la irrupción de lo real en lo simbólico.
Ahora bien, la diyunción no se sostiene como momento puro, el Dos heterogéneo precipita una nominación que constituye un sujeto e inaugura un procedimiento fiel genérico; he aquí el ‘tres’ pensado no como síntesis dialéctica sino, para tomar una expresión de Deleuze, como síntesis disyuntiva.
Badiou expone claramente el estatuto de «decisión de pensamiento» que conlleva la elección, opaca en su fundamento, de la teoría de los conjuntos como ontología, al mostrar la diferencia con la elaboración matemática de la lógica realizada por Frege, por ejemplo, según el protocolo lingüístico. La lógica (teoría de las categorías) describe los universos matemáticos posibles pero no decide ninguno. Es en este sitio problemático donde cobra relevancia la inutilidad de objetar el fundamento último de la “decisión de pensamiento” que implica un sistema teórico (en principio porque no hay fundamentos últimos), y nos lleva a dirigir la atención, más bien, hacia los múltiples enlaces conceptuales que éste habilita. Decisión meta-ontológica que se pronuncia, a su vez, sobre la base de una opacidad irreductible (un impasse) del campo de las matemáticas: la discontinuidad numérica entre un conjunto infinito y el conjunto de sus partes.
La formación del concepto arrojaría así un producto heterogéneo con doble faz: por un lado una clausura ontológica indicada por la opacidad de una decisión infundada, axiomática, por otro lado la apertura (onto-) lógica a infinitas conexiones con otros términos posibles.
Por otra parte, un procedimiento genérico de verdad también guarda cierta opacidad en su fundamento, en el proceso acontecimental de ruptura continua que inicia con respecto al saber que le es propio. En principio, dado que ocurre en un no-lugar o borde minimal (sitio de acontecimiento): el intervalo suspendido entre dos significantes, en la falla o dislocación de los modos de cuenta (presentación/representación). Pero esta falla resulta cifrada bajo los términos de una lengua-sujeto, no es algo ambiguo, así se nombra aquello que le confiere una consistencia diferencial al entredós (intervalo). El punto clave a pensar es cómo se opera por fuera del saber si ya no se trata de discernir o deducir, pero tampoco puede haber un fácil amparo en la ignorancia. Operar desde el no-saber implica una negación determinada (a inventar) que requiere haber encontrado la insuficiencia de tal saber, sus límites intrínsecos y sus inconsistencias internas.
Desde el saber se opera con determinantes enciclopédicos que disciernen y clasifican los términos múltiples de una situación, mientras que desde la óptica del acontecimiento y de un proceso genérico de verdad se (in)disciernen (o se generan, para decirlo de manera positiva), mediante un operador de conexión fiel, los múltiples de la situación x considerada. Intentaré circunscribir esta diferencia.
Badiou se pregunta cómo el acontecimiento prescribe (y si es que lo hace) el operador de conexión fiel que construirá la verdad en situación. Lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el acontecimiento como múltiple supernumerario no existe en la situación, que como tal es indecidible, y por lo tanto no podría autorizar nada ni siquiera una mínima diferencia. Luego, cuando examina conceptualmente el procedimiento genérico, muestra como éste se va constituyendo al evitar al menos un determinante enciclopédico, incluyendo en la pare finita de la indagación dos múltiples pertenecientes a determinantes enciclopédicos contradictorios (Badiou, 1999: 373). Lo que no dice Badiou (o de lo que no se percata al hacer la pregunta) es que ésta es, precisamente, la condición inicial del acontecimiento y de su paradójica nominación: el Dos original que pone en evidencia la falla, no-coincidencia, de las dos modalidades de cuenta (estructura y meta-estructura), que cuentan dos veces lo mismo: la puesta-en-uno del nombre (singleton) extraído del sitio del acontecimiento y el múltiple singular que conforma el sitio mismo.
Queda en evidencia la diferencia entre la situación y su Estado. De este modo, se podría pensar la prescripción que ordena los múltiples indagados como una «capacidad para soportar la disyunción radical originaria», capacidad de nombrar otra vez, y cada vez, el Dos (falla de la cuenta) reformulando nombres y forzando enunciados. Así, la verdad se produce, paradójicamente, como una serie de rupturas continuas con la malla del saber. Escribe Badiou:
“una verdad es el total infinito positivo – la recolección de los x (+) – de un procedimiento de fidelidad que, para todo determinante de la enciclopedia, contiene al menos una indagación que lo evita.” (Badiou, 1999: 375)
En otra parte (Badiou, 1999: 376) nos indica la verdad como esa parte incluida en la situación cuyos múltiples no poseen ninguna propiedad lo que, curiosamente, nos reenvía hacia la presentación: sólo se presentan allí juntos, es decir, “pertenecen” y esa es toda su cualidad. Estábamos habituados a considerar a la verdad como lo in-contado de una situación, mientras que lo que “pertenece” era lo contado, sin embargo entendemos abruptamente porqué se produce esta inversión: sucede que en situaciones normales la meta-estructura recubre y oblitera la cuenta primera mediante la predicación o atribución de propiedades: «pertenece porque tiene tal o cual rasgo», lo que se pasa por alto así es la simple pertenencia antepredicativa, esto es, el ser genérico de la verdad de una situación. Por el contrario «Toda parte nombrable, discernida y clasificada por el saber, no remite al ser-en-situación como tal, sino a las particularidades localizables que la lengua recorta en él» (Badiou, 1999: 376)
Si bien el forzamiento enlaza un término actual de la situación con un nombre, su conexión efectiva (verídica) queda sujeta a condición (‘habrá sido verídico’) de que la verdad se totalice, lo cual es imposible dada su infinitud, por lo tanto persiste lo innombrable en acto (infinito actual). Es decir que el enlace actual término/nombre depende esencialmente de lo innombrable (la función inventiva de nominación). Al contrario de lo que sucede en el régimen del saber donde los nombres remiten a los términos sin suspensión alguna (sin mediación). La única diferencia entre saber y verdad es mínima, casi imperceptible, depende de la función de lo innombrable (en psicoanálisis: el objeto a). Del mismo modo que en el tiempo lógico3, se arriesga la anticipación de un nombre para un término (i.e. “soy blanco”) ante la indecidibilidad estructural de la situación; pero esta decisión precipitada no se cierra sobre sí misma (solipsísticamente) sino que se suspende para ver que hacen los otros: si los otros también se detienen no hay saber absoluto, todos se encuentran en la misma situación forzada por la precipitación del paso, entonces se verifica el nombre.
Es cierto que estas formulaciones conceptuales encuentran cierta filiación en la dialéctica hegeliana, aunque rompen con su idea más bien estática de lo absoluto. Siguiendo la lectura de Lefebvre podemos apreciar esta diferencia expresada en torno al materialismo dialéctico:
“Para Hegel, el tercer término (la síntesis) se apoya rígidamente sobre los dos primeros. Son los tres lados de un triángulo. El conjunto es jerárquico y especial. Los momentos inferiores coexisten con los momentos superiores en la eternidad de la Idea y del sistema. El tiempo, la historia, la libertad vuelven a ser irreales. Los elementos de la totalidad se dejan disponer en un cuadro inmóvil en el que figuran, especialmente, la sociedad y el Estado burgués. Para el materialismo dialéctico el Tercer término es solución, solución práctica, acción que crea y destruye. El carácter dinámico de la superación se percibe con mayor profundidad y la negatividad es desmistificada y profundizada. El Tercer término capta nuevamente el contenido de la contradicción y lo eleva; pero lo transforma profundamente. Solamente así hay historia dramática; acción, unidad y desarrollo. La representación estática es reemplazada por una noción viva de la sucesión.”4
El problema que aún persiste en la concepción materialista dialéctica de Lefebvre es la noción de totalidad que orienta el proceso. La idea de totalidad es inconsistente5.
Para captar claramente la diferencia entre el modo de operar desde el saber enciclopédico y sus determinantes (el saber absoluto), por un lado, y el procedimiento genérico de verdad y sus indagaciones, por el otro, podemos apelar a la lógica del nudo borromeo. Como dijimos, la principal propiedad lógica de este nudo es la mutua implicancia de los términos que lo conforman: si uno no se sostiene el conjunto se dispersa. De este modo enriquecemos el concepto de conexión o desconexión de los múltiples indagados -planteado por Badiou-, demasiado dualista, por una concepción compleja de las articulaciones en la cual existen atravesamientos y superposiciones entre: estructura (simbólico), meta-estructura (imaginario) y acontecimiento (real). La malla que así se constituye conforma lo real propiamente dicho; es otra modalidad de consistencia, ni lógica clásica ni dialéctica: nodal.
Veamos el proceso: en el caso de un múltiple cualquiera, en su conexión o desconexión respecto a ax (nombre del acontecimiento), el operador de conexión muestra y sostiene la esencia del ultra-uno, es decir, el Dos originario; allí aparecen en suspensión el nombre supernumerario, contado-por-uno por el estado de la situación (puesta-en-uno), y el acontecimiento, exceso aleatorio innombrado en la situación. Esta hiancia es sostenida por el operador de conexión de modo tal que se abre un espacio intervalar entre los dos términos, a fin de probar el encastre (enganche) del múltiple indagado. Así, al contrario de como sucede con la clasificación repetitiva que opera el saber y sus determinantes, no existe la coercitividad propia de lo discernible vinculada al lenguaje de la situación, es decir que para que sea considerado un ser “debe ser” un ser, contado-por-uno en la situación. Esta es la lógica de clases, que prescribe positivamente las posiciones de los términos al delimitar un espacio interior y otro exterior: tal x pertenece o no pertenece. Por el contrario, en el procedimiento genérico de verdad en lugar de tratarse de una cópula (lógica) dual entre el término evaluado y el evaluador, se pone a prueba la capacidad (o disponibilidad) del múltiple para sostenerse entre-dos como tercero. Se trata aquí de la lógica del nudo borromeo, en el que la posición de terceridad es relativa, la ocupan cada uno de los términos con respecto a los otros dos; pero a la vez es necesaria puesto que se necesitan al menos tres para conformar el nudo. Entonces, encontramos cuál es la diferencia fuerte entre uno y otro proceso: del lado del saber las conexiones son duales (uno-a-uno como en una cadena olímpica), mientras que del lado de un procedimiento genérico de verdad las conexiones son ternarias (uno-a-tres como en el nudo borromeo).
La cuenta-por-uno y su reduplicación conforman una estructura (y meta-estructura) geométrica, sólida y proporcional que distribuye homogéneamente los términos, por lo tanto no puede admitir la existencia de múltiples indiscernibles o genéricos; mientras que el proceso ilegal de nominación del acontecimiento muestra que esta lógica del Uno (cuenta-por-uno) excluye arbitrariamente al resto (la multiplicidad en tanto tal), y, así, al situarlos juntos da existencia al Dos (que toda cuenta por definición no soporta más que como uno-uno); pero es el operador de conexión (topológico) el que sostiene sin reducción esta heterogeneidad radical entre dos términos. Muchos autores han llegado hasta aquí, no obstante a la pregunta: ¿cómo se sostiene lo que sostiene?, sólo se la puede responder, sin entrar en circularidades estériles, a partir de una articulación borromea del concepto.
El complejo conceptual: acontecimiento-intervención-sujeto-verdad, presupone un modo de articulación implicativa en el cual cada término reenvía a los otros para sostenerse mutuamente entre sí; sin jerarquías estructurales fijas (como las del triángulo hegeliano). El punto a evaluar es si la circularidad, que se puede observar entre ciertos conceptos (i.e. acontecimiento-intervención), es tautológica y estéril o, por el contrario, se interrumpe y abre al cruzarse con otras circularidades, conformando así una estructura borromea que nos permite circular por -y articular- infinitos círculos: conceptos y términos.
El concepto de acontecimiento puede parecer circular si se lo remite especularmente al concepto de intervención6. Lo que abre y complejiza esta remitencia biunívoca circular, sin eliminarla por supuesto, son los conceptos de estructura (cuenta-por-uno), por un lado, y verdad (multiplicidad genérica), por otro. Así es que el acontecimiento, evanescente e indecidible en la estructura de situación, recibe su estatuto existenciario (para hablar como Heidegger) de una nominación interventiva que lo fija, al menos parcialmente, y lo hace circular. Pero esto sólo es posible porque presupone la existencia de una estructura o cuenta-por-uno, es decir, un emplazamiento concreto (sitio de acontecimiento) en el que se muestra la falla de manera recurrente, y se cuenta dos veces lo mismo (como un dejà vu): el sitio y el nombre. A su vez, esta falla es ignorada desde el punto de vista del estado de la situación (meta-estructura), sólo es puesta en evidencia por la nominación del acontecimiento, por su insistencia suplementaria sobre la estructura.
La estructura en su borde, que es el sitio del acontecimiento, no cuenta una multiplicidad genérica (verdad), pero la intervención –autorizada por la ocurrencia del acontecimiento- fuerza a la cuenta-por-uno a hacerlo. Aquí seguimos, entonces, un encadenamiento que no se deduce necesariamente según la lógica simple: antecedente-consecuente, sino que depende de la contingencia de los enganches, donde cada una de las instancias se interrumpe y remite a otra, la cual a su vez remite a una tercera (y ésta a la primera); es decir que sólo son necesarios si se desea sostener la consistencia del conjunto, pero no a priori. No hay un orden jerárquico, no es primero el acontecimiento (con todo lo que suscita el motivo de la espera), ni primera la intervención (con todo lo que suscita el motivo de la voluntad o la capacidad), ni la estructura (con todo lo suscitado por el motivo de la sumisión), ni la verdad (con todo el motivo de la revelación). Se recurre a la secuencialidad para poder describir el proceso, pero estos múltiples conceptos concurren simultáneamente en un tiempo lógico singular. Cada uno de los componentes del complejo conceptual presupone a los otros, no de manera indeterminada como “otros significantes” (la definición opositiva y diferencial), tampoco de manera claramente determinada como la negación hegeliana; sino a partir de su propia apertura e interrupción, que permite el enganche con los otros y brinda la consistencia del conjunto, al modo de un nudo borromeo.
Así, por ejemplo, el concepto de verdad se abre hacia otros conceptos como el de “operador de conexión fiel” o el de “indagación”, cada uno de los cuales, a su vez, vuelve sobre los otros conceptos. Como en el nudo, cada instancia, cada componente se ve interrumpido en su mera circularidad tautológica (cerrada) por otros, que a su vez éste interrumpe, y si bien se presuponen mutuamente, esta consistencia diferencial no es meramente circular y tautológica sino que va conformando un entramado nodal cuya estructura se complejiza y enriquece con nuevas conexiones.
La diferencia entre saber y verdad, por lo tanto, no es sólo temporal: (1) el corte o escansión que marca el tiempo lógico contra la sucesión automática del saber; sino también con respecto a la modalidad identitaria: (2) los múltiples conectados al acontecimiento (indagados) admiten su división constitutiva, no son completos ni están identificados a un rasgo positivo o una posición simbólica fija, su identidad depende de –al menos- dos, es relacional. Lo que nos lleva a la tercera característica diferencial: (3) su modo de articulación ternario no es cualquiera –como se ha dicho-, sigue la articulación lógica de un nudo borromeo donde cada término es necesario. El acontecimiento en tanto múltiple incontado transfiere a cualquier múltiple indagado la posibilidad de admitir (afirmar) en la nueva conexión sus partes (submúltiples) incontadas en la situación por su ley. La apertura hacia la multiplicidad en tanto tal: múltiples de múltiples, es lo que saca del lugar fijado y de la identidad naturalizada.
Sigamos un esquema básico para entender la lógica del proceso. Todo lo que contamos en situación son unos [i] (cuenta-por-uno, ley o estructura), cuando el uno se divide en dos [ii] es a causa de un acontecimiento supernumerario, fugaz, evanescente. En ese breve instante de tiempo (menor que el mínimo y mayor que el máximo concebible, diría Deleuze) es la intervención/nominación [iii] la que sostiene la hiancia entre dos cuentas (antes de la reducción a dos-unos discernibles). Es decir que la intervención conforma el tres y permite, mediante un forzamiento de la ley, contar las multiplicidades genéricas im-presentadas que constituyen la verdad de la situación [iv]. He aquí el cuarto término de la operación. Tenemos entonces una macro-estructura cuaternaria que nos permite seguir el complejo proceso de nominación de un acontecimiento y el despliegue genérico de una verdad. Si bien está presentada de un modo secuencial y lineal, hemos visto que podemos invertirlo o empezar por cualquiera de los otros componentes del complejo conceptual, puesto que se ordenan en un tiempo propio no lineal sino retroactivo y se presuponen mutuamente.
Entonces, el concepto se formará a través de un salto o paso al límite en el sitio donde el lenguaje de situación falla recurrentemente, ¿pero un salto de dónde a dónde? No sería desde un sistema de saber o régimen discursivo establecido hacia un exterior salvaje y caótico (que es siempre una proyección imaginaria del “buen orden” establecido); tampoco podría ser desde un saber a otro pues esto sería un simple reduccionismo de lenguaje; se trata entonces de una inter-posición entre la estructura (significante vacío, nombre propio) y la multiplicidad dispersiva (múltiples de múltiples). Entre la consistencia y la pura inconsistencia se marcará, por forzamiento (o torsión o pliegue), un no-lugar del lugar, un sitio deslocalizado; se efectuará así un cambio en el discurso, una transformación radical que da cuenta de lo incontado porque soporta la paradoja. Lo cual permite sostener del sistema anterior sólo su estructura operativa (separada de su meta-estructura representacional) para contar lo imposible. De esto se trata propiamente el acontecimiento: efectuar una torsión de la estructura (o ley) que se interponga entre la inconsistencia vacía de lo múltiple y la identidad nula de un nombre propio. La invención de conceptos implica ir más allá de la discusión sobre la contingencia propia en la que se funda todo orden discursivo, conlleva un saber hacer con (o forzar) los significantes vacíos para nombrar lo que está en desfasaje temporo-espacial con la situación, es decir, la verdad de la misma. Esto moviliza a la estructura ya no para contar lo mismo sino para inventar nuevas nominaciones de lo real.
Por último, valga una aclaración sobre el estatuto del sentido en los distintos dispositivos discursivos con los que opera Badiou. La ontología matemática presenta claramente el modo de trabajo de lo simbólico (axiomas y reglas) sobre lo real (multiplicidades puras e impasses), por tanto prescinde de lo imaginario y del sentido. Los procedimientos genéricos de verdad, tanto como los acontecimientos a partir de los cuales se despliegan, pertenecen al orden de lo real, del acto de intervención; por lo tanto se producen allí ‘efectos de sentido’ de manera retroactiva y sólo para quienes participan de tales procesos (los sujetos implicados). Por último, es la filosofía en su trabajo conceptual la que brinda categorías genéricas para pensar las conjunciones, y para ello introduce ciertas estabilizaciones de sentido. Es cierto que tales estabilizaciones imaginarias son contingentes y que dependen tanto de los procedimientos reales como de los simbólicos. El punto central de su originalidad –la de Badiou- quizás resida en la re-semantización que opera sobre los términos conceptuales y sus complejas relaciones. Operación que es posible a partir del filtro semántico efectuado por las correlaciones ontológicas propuestas, es decir, los axiomas matemáticos. Así, el nombre propio del ser es el conjunto vacío; el acontecimiento es un múltiple que se auto-pertenece; el ser de la verdad un múltiple genérico, el forzamiento es la ley del sujeto, etc. Si bien, como plantea Wahl, tanto el pensamiento como las verdades se separan del “lenguaje de situación” y de la prevalencia del sentido “Es obvio que no podemos dejar de pasar por el sentido; la fuerza singular de Badiou es la de “restablecerlo” por el matema, la de “forzarlo” siempre al decir del ser” (Wahl, 2002: 41) Lo que no está tematizado explícitamente en Badiou es cómo se articulan estos diferentes registros. Mi propuesta es, tal como lo he desarrollado –siguiendo a Lacan-, que estos dispositivos se sostienen borromeanamente y que el concepto filosófico, por tanto, surge del cruce efectivo entre diferentes discursos. El concepto no es un producto que surge del lenguaje privado gestado en soledad por el sabio filósofo, pero tampoco es simplemente efecto del discurso corriente; es más bien un tejido complejo cuyos hilos provienen de diferentes extractos discursivos.
En el mismo sentido, pensar la heterogeneidad e intersección de los diferentes regímenes discursivos desde el nudo, permite aclarar la idea de estratificación discursiva local, circunscripta a un punto de cruce. Es a partir de los puntos de impasse, sitios abiertos de lo problemático donde se manifiesta la falla recurrente, la interrupción, etc., donde se debe admitir el aporte de otro discurso que, sin solucionar definitivamente o cerrar el problema, permite afirmar una tesis (meta-discursiva) que desplaza el punto problemático hacia otro ámbito y lo complejiza produciendo nuevos conceptos. En la estructura del nudo serían esos puntos locales en que un cordel cruza por encima de otro. Lo interesante es que estos cruces son alternados, por lo tanto, la relación ‘meta’ se invierte; así, por ejemplo, si bien la tesis meta-ontológica (filosófica) sobre le estatuto ontológico de las matemáticas se pronuncia a partir del impasse ontológico de la magnitud entre un conjunto infinito y el conjunto de sus partes (el problema del continuo de Cantor), simultáneamente es la matemática como ontología la que organiza la formación de conceptos filosóficos fundamentales como el ser del sujeto, la verdad o la intervención. Por último, la materialidad efectiva de este nudo proviene de los acontecimientos reales, que son artísticos, políticos, científicos o amorosos. Hay que dar cuenta, entonces, de estas inversiones locales de los órdenes discursivos a partir de los puntos sintomales presentes en cada discurso, para poder articular una trama compleja que, sin desconocer la especificidad de los problemas, hace pasar por allí mismo las articulaciones globales de conjunto. Es, paradójicamente, a partir del punto más débil de un discurso que se autoriza la afirmación sobre otros discursos, multiplicando la problematización en lugar de intentar normarla o cerrarla. Esto depende de una decisión sin concepto, que dispara (proyecta) así la conceptualización compleja, en forma anudada y alternada. Se trata de un materialismo discursivo que asume la falta de fundamentos últimos (o primeros) sin renunciar a la idea de responsabilidad por las tesis y decisiones de pensamiento pronunciadas a partir de los puntos más débiles: de lo indecidible y del impasse; es decir de cómo se puede construir no a partir de certezas fuertes sino de lo débil, lo problemático, lo abierto, una articulación discursiva compleja y fuerte en el sentido de sus consecuencias (conectivas, de enlace) más que de sus principios.
Entonces, en aquéllos casos en que el lenguaje de situación es demasiado pregnante y no se deja quebrar por el pensamiento ontológico de lo múltiple puro propio de la axiomática de conjuntos, es donde el sujeto que va a intervenir requiere de otros instrumentos (topo)lógicos y discursivos para nombrar el acontecimiento.
En ese momento clave, presentado por Badiou, en el que la cuenta-por-uno (estructura) falla y cuenta por dos al no poder reducir los términos, ese instante en que se presentan en aparente disyunción el múltiple singular del sitio y el nombre del acontecimiento (la fábrica y la huelga, por ejemplo, ¿qué conexión tienen para el Estado?), allí es necesario un sujeto (individual o colectivo) que pueda efectuar una intervención interpretante que ligue de manera inédita el sitio y el nombre con una nueva razón (un giro de discurso). Esto es del orden de lo que Lacan denominaba un “saber hacer allí con” (savoir y faire avec) lo que se presenta, lo que se re-presenta y con el exceso de lo im-presentado, donde alguien se hace, de modo contingente, soporte de esta disyunción y la resuelve de manera inédita. Se produce así un corte (anti-hermenéutico) con el lenguaje de la situación por el cual no surge un lenguaje nuevo ni un meta-lenguaje, sino lo que Badiou llama “lengua-sujeto”, es decir, los términos viejos cobran otros valores, otras significaciones que las comunes, a posteriori del corte interpretativo.
El Uno Real tiene un doble estatuto en Badiou: por un lado, es el ultra-uno del acontecimiento como exceso aleatorio indecidible e innombrable de la situación, por otro, el singleton que conforma la puesta-en-uno de su nombre y que circula en situación por la intervención, pero sin ley7. “El acontecimiento es ultra-uno porque, además de interponerse entre el vacío y el propio acontecimiento, es donde se funda la máxima “Hay Dos”. El Dos así aludido no es la reduplicación de los efectos de la ley. Es un Dos originario, un intervalo de suspenso, el efecto escindido de una decisión” (Badiou, 1999: 231)8
Hay aquí una especie de yuxtaposición un tanto problemática para situar el estatuto diferencial de la intervención y sus coordenadas, por lo tanto las preguntas críticas apuntan a determinar: ¿qué sucede primero el acontecimiento o la intervención? ¿Cómo evitar el efecto de circularidad? Es en este punto donde la presentación que hace Lacan de las tres consistencias (RSI) anudadas borromeanamente, se puede articular –tal como lo he propuesto- en continuidad con la elaboración badiouana, y puede servirnos para la elucidación de la temporalidad singular del proceso. Se trata de una topología más específica -aún no formalizada completamente- la utilizada para cernir ese irreductible múltiple singular y paradójico que escapa a la cuenta-por-uno y al lenguaje de la situación, y que podemos homologar con lo que en la experiencia psicoanalítica constituye el encuentro imposible con lo real traumático: el sitio de la urverdrängung9 o represión primordial. En este sentido, puede contribuir a la eficacia de la intervención –y de su distinción temporal con el acontecimiento- el hecho de que el sujeto que opera se oriente en la estructura de la situación por el nudo borromeo, y tenga en cuenta los tres registros anudados.
Podemos afirmar la siguiente proposición: la presentación en tanto cuenta-por-uno (simbólica) que estructura toda situación, junto a la re-presentación (imaginaria) en tanto cuenta de la cuenta que reduplica a la primera estructura a fin de re-asegurarla en su cierre contra la emergencia catastrófica del impresentable vacío (real), o sea la inconsistencia múltiple, conforman un nudo –tal como ha sido dicho-; pero “normalmente” solo los dos primeros registros (simbólico-imaginario) hegemonizan el Sentido de los múltiples, al excluir al tercero (lo real) hacia la im-presentación; ésta operación es clásica tanto en el pensamiento como en el lenguaje. Así se conceptualiza al acontecimiento como irrupción de lo Real excluido que retorna en la falla constitutiva del lenguaje de situación, poniendo en suspenso el Sentido prevalente, allí mismo. He aquí donde se avizora el riesgo de pensar que el acontecimiento es algo exterior a la situación (algo trascendente). Es un error común en el que se han precipitado autores como Laclau y Zizek10, por ejemplo. Con el nudo podemos pensar la continuidad pese al corte del acontecimiento con la situación.
La nominación-intervención entonces marcará el corte con la situación anterior y la sustitución por otra que “habrá sido” verdadera sólo para lo que está llegando a ser en la sutura de una nueva situación por-venir aún no desplegada, pero que (re)comienza.
Ahora bien, lo Real en Lacan también tiene un doble estatuto, por un lado se lo suele indicar a través de palabras con prefijo negativo: imposible, indecidible, innombrable, indiscernible, etc. Es la pura constatación del “Hay”, siempre fugaz, momentánea, dado que inmediatamente alguna palabra viene a decir (a suturar) qué es lo que hay, un nombre que -aunque aproximadamente- dice algo al respecto. Pero por otro lado, lo Real es el nudo de tres: RSI, la articulación borromea de tres consistencias, lo que se impone como “imposible cortar uno sin que los otros se dispersen”; o por el lado de la necesidad: “cada uno es necesario para sostener el conjunto”.
Sobre esta faz de lo Real (el nudo efectivo) es pensable el acontecimiento como recurrencia, lo que permite esbozar una posible respuesta a la aporía que presenta la circularidad conceptual entre acontecimiento e intervención, y diferenciarse –en la práctica- de las políticas especulativas de izquierda11: no hay comienzo absoluto con un acontecimiento porque la intervención requiere situarse entre dos acontecimientos para poder nombrarlo (el entre-dos es topológico); entonces el anterior autoriza la conexión con el posterior, pero como ambos se conectan por fuera del saber se requiere de una temporalidad específica en la que no se “habrá sabido” cuál era ese acontecimiento hasta que no ocurra el subsiguiente.
Despleguemos conceptualmente el nudo de esta cuestión: Lo Real se repite, pero lo hace sin forma ni norma, mientras que el enlace entre lo Simbólico y lo Imaginario ordena la presentación y la representación de los múltiples (el Sentido) conformando así la repetición de la ley, la cuenta-por-uno y su reduplicación estatal. Por esta razón el corte que muestra la brecha real, imposible de eliminar, entre presentación y representación, abre la posibilidad de inscribir lo im-presentado de una situación en un orden aún más estricto. Cuando la intervención nombra de modo inédito al acontecimiento, se sitúa entre-dos (en el intervalo de la estructura y la meta-estrucutra) y ella misma se conforma en tercer término, así se articula un nudo borromeo que permite detener la circularidad infinita entre acontecimiento e intervención, porque son tres-en-uno que no se confunden en el nudo borromeo. Puntualmente, la intervención da con el nudo implícito en toda situación. El encuentro con lo Real del nudo, “normalmente” forcluido, permite captar la contingencia del mismo (en su fundamento) y al mismo tiempo la necesidad que impone a la estructura, lo cual abre la posibilidad para el sujeto que interviene de anudar de otro modo (de un modo singular) las tres consistencias. Al hacerlo el sujeto debe reformular necesariamente algunos nombres propios, lo que constituye una lengua-sujeto.
El nudo, finalmente, se visibiliza también en la “función de elección” como forma múltiple pura de la intervención. Badiou menciona el debate de los matemáticos de principios de siglo XX en el que catalogan esta función de “arbitraria”, pero si seguimos la recomendación de Lacan respecto al significante habría que llamarla “contingente”, a fin de no pasar a otro discurso (el del Amo).
Repitamos: el nudo se hace de manera contingente, tras haberse manifestado la falla en la necesariedad que impone la cuenta de la estructura y su duplicación. Esto es así tanto en la situación ontológica como en las demás situaciones; se requiere de la decisión de al menos un sujeto que se responsabilice e intervenga. Cuando el suplemento azaroso que es el acontecimiento irrumpe como Real innombrable en la presentación y alguna intervención lo nombra ilegalmente, se hace así un nudo distinto. Veamos el proceso y su temporalidad: la cuenta-por-uno simbólica cuenta el singleton o nombre del acontecimiento por uno, lo cual es en si un exceso puesto que se trata de un elemento extraído del vacío del sitio que ya está contado por uno, entonces la cuenta estatal (imaginaria) cuenta dos des-ligados y yuxtapuestos. Aquí tenemos el ternario: lo Real sin nombre que disloca la cuenta al tomar por uno a un elemento anónimo y a la cuenta estatal que cuenta por dos un múltiple paradójico, una representación ilegal. Allí, de manera contingente, la intervención hace nudo de tres, en el momento que según la versión estructurada existe la mayor discordia y desorden. Un nudo anónimo e ilegal se hace cuando el nudo estatal y legal se deshace e intenta recomponerse.
Según Lacan, es el decir mismo el que hace nudo en un puro acto de enunciación, en una decisión sin garantías en la que el sujeto arriesga un nombre para el exceso. La cuenta estatal siempre vuelve a normalizarse (esa es su función) y resuelve las fallas, sólo la intervención al anudar de otra forma los términos múltiples, indicará que el nudo estatal “habrá sido” deshecho. La temporalidad se sitúa entre el anudamiento y el desanudamiento, es lo que permite salir de la circularidad conceptual entre acontecimiento e intervención. Como dice Badiou, el acontecimiento es recurrente pero no se fija, no habrá tenido lugar sino es por la intervención, puesto que la falla en la cuenta, el dos imaginario y el singleton del acontecimiento, son continuamente borrados y olvidados en el ejercicio de la estructura. Solo si la intervención ha logrado anudar de un modo eficaz, en un orden más riguroso los términos múltiples, la situación (cuenta-por-uno) y su estado serán puestos en cuestión y podrán ser re-estructurados de modo inédito.
Así se puede pensar cómo el nombre del acontecimiento es ultra-uno, es decir algo más que uno, pero también es dos (en la falla de la cuenta estatal), e inclusive es tres con la intervención. El acontecimiento, al no ser más que la ruptura posible con lo dado en situación, delata la radical contingencia en la que se funda tanto ésta como su estado, y permite captar que hay tres heterogéneos allí donde la cuenta-por-uno reduce a este mismo número (al uno) la multiplicidad, dónde a lo sumo llega a constatar un dos cuando falla la reducción. El nombre del acontecimiento viene a decir que hay tres-en-uno, al dar con lo Real del nudo, así el sujeto que interviene puede continuar subvirtiendo el orden Simbólico-Imaginario, al llevar la cuenta hasta tres y sumar lo Real a la misma. Se instaura de este modo una temporalidad singular en la que los procesos de indagación, lejos de ser triviales constataciones circulares, producen reformulaciones continuas de nombres propios para designar la situación por-venir; se trata por tanto de dar con los “puntos nodales triples” que organizan las estructuraciones. Es decir, los sitios donde se produce el calce entre los tres cordeles del nudo borromeo, y en términos discursivos dónde Real, Simbólico e Imaginario convergen a un tiempo entrelazándose alternativamente uno sobre otro.
Bajo esta forma de entender el concepto, podemos pensar el espacio político.
Propongo re-pensar el espacio democrático topológicamente, de manera tal que se puedan seguir sus transformaciones no proporcionales, disimétricas, y no obstante sostener algunas invariantes que orienten estos movimientos. Así, los términos distribuidos y colectivizados en tal espacio (cualquiera sea la unidad de análisis elegida: demandas, grupos, clases) no estarán constreñidos a la rígida geometría que cuenta las partes (Estado) y establece los criterios de ordenamiento jerárquico y exclusivo en función de rasgos positivos diferenciales, es decir la atribución predicativa (identidades nacionales o territoriales, identidades basadas en rasgos de consumo, etc).
Si pensamos topológicamente el espacio de representación democrática, encontraremos infinidad de sitios incontados, ignorados u obliterados por la cuenta hegemónica estatal (y las modalidades de consumo prevalentes) que fija el modo de pertenencia.
Propongo entonces pensar el modo de articulación política como un nudo borromeo, de modo tal que los infinitos términos que allí encuentren la posibilidad de subjetivación no estén definidos a priori por criterios absolutos de exclusión (como las clases, las etnias, la posibilidad de consumo, etc.); y su consistencia real (material) dependa del modo mismo de anudamiento efectivo del conjunto.
En el nudo borromeo las partes no son contadas desde ningún exterior trascendental o norma reguladora abstracta, que necesite efectuar exclusiones para confirmar el funcionamiento de la regla y su consistencia sistemática (lógica de la excepción). El nudo se articula a partir del entrelazamiento alternado (overcrossing-undercrossing) de sus términos, y es este mismo modo de articulación “solidario” el que le brinda su consistencia, por la cual si uno se corta el conjunto se dispersa. Esta es la economía básica del nudo, no depende de un universal abstracto (sustancial, formal o pragmático) que regule los intercambios, los posicionamientos y sus modalidades de vínculo (transacciones e interrelaciones): todo se sostiene por cada uno, basta que uno no se sostenga para que todo se disperse. Define así la consistencia mínima de cualquier conjunto sustentable.
No hay jerarquía fija en este ordenamiento. Además, este tejido real presenta una unidad de análisis: el triskel –punto de cruce entre tres términos alternados. Y la nodalidad se verifica por el corte, lo que introduce la dimensión temporal en esta representación espacial: corte, desanudamiento y nueva sutura. Estos movimientos pueden ser efectuados desde cualquier punto-lugar del entramado –en ello consiste su falta de jerarquía-, por lo tanto genera una máxima responsabilidad: cada corte suspende todas las identidades, por lo que hay que saber anudar de nuevo, cada vez12. Tal saber re-comienza cada vez (Freud) porque no depende del dominio de las significaciones ni de los significantes, solamente, sino de la organización de éstos en torno al agujero en lo real. Se configura así una lógica temporal que señala el papel fundamental de la invención en el espacio democrático: son necesarias nuevas nominaciones de las partes, nominaciones positivas que den cuenta de lo incontado (ie. en lugar de “indocumentados”, “ilegales”, etc.)
Podemos pensar también cómo la interrupción local de los términos (en el nudo un círculo pasa, en alguna parte, sobre otro) no remite sólo a la idea de negatividad que impide el cierre circular (la identidad plena sustancial), sino a la articulación positiva y global del conjunto, porque ese mismo término interrumpe, a su vez, en otro punto local a otro término. Así podemos entender cómo algo singular (local) puede ser a su vez universal (global) en tanto se articula borromeanamente. Por ello las identidades contingentes (género, profesión, etnia, etc.) no dependen exclusivamente de rasgos positivos particulares, sino de su modalidad de imbricación con otras –de la suspensión en algún punto de su identidad plena. Las exclusiones son relativas a los niveles de análisis; y la flexibilidad estructural del nudo, que admite el cambio de posicionamiento de los términos (siempre respetando el principio de alternancia), permite resolver las exclusiones mediante rotaciones y movimientos, aunque siempre encuentre su real en un punto de cruce. Esto quiere decir que no-todo es posible, pero esta lógica del no-todo está articulada positivamente, no es solo cuestión de ‘prohibiciones’.
Roque Farrán (CONICET-UNC)

BIBLIOGRAFIA
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1 Las categorías: Real, Simbólico, Imaginario, despejadas en una análisis lógico riguroso para su utilización más allá del campo clínico, corresponden al mérito de Jean-Claude Milner, “Los nombres indistintos”, Buenos Aires, Manantial, 1999. Milner identifica a lo Real con la constatación “Hay”, a lo simbólico con “Hay lalengua”, y a lo Imaginario con “Hay semejante”.
2 Para Koselleck es el significado lo que constituye al concepto, aun cuando mencione la tensión yexceso entre la historia social (o realidad) y la conceptualización de ésta. Hay que tener en cuenta además que las otras dimensiones están presentes en los análisis conceptuales de K., por ejemplo: al mostrar las variaciones contingentes de los significados que afectan a los conceptos da cuenta de la estructura significante variable que subyace a estas transformaciones. Del mismo modo, al señalar que el concepto es índice y factor de las realidades políticas que circunscribe (lo real en exceso), con lo cual no puede ser simplemente deducido de éstas.
3 Brevemente: a tres prisioneros se les coloca un círculo a sus espaldas el cual no pueden ver, y se les dice que de un total de cinco círculos tres son blancos y dos son negros, si concluyen acertadamente sobre su color y si pueden argumentar lógicamente que los llevó concluir, entonces serán liberados. Obviamente no pueden hablar ni hacerse señas entre ellos. Nosotros (lectores) sabemos que se les ha puesto un círculo blanco a cada uno de ellos. Mientras que para ellos entra en juego la cuestión temporal en la lógica de su deducción: si cualquiera de ellos viera dos círculos negros en sus compañeros rápidamente concluiría que es blanco (puesto que saben que del total de cinco círculos dos son negros), sin embargo al ver dos blancos tienen dos opciones, o bien el suyo es negro con lo cual cualquiera de los otros dos deduciría que no puede ser negro puesto que el tercero lo vería y ya habría salido, o bien es blanco y todos están en la misma situación. Lacan aquí introduce el valor de la suspensión para concluir acertadamente, puesto que si todos salieran al mismo tiempo habiendo concluido lo mismo nada les garantizaría que los otros han concluido por la opción contraria, es decir, que el que no ve (y cada uno de ellos lo es a su turno) es negro. Por eso, sólo la detención del movimiento antes de salir asegura (en caso que los otros se detengan: somos todos blancos, o sigan: soy negro) que se concluye acertadamente.
4 Lefebvre, H. Qué es la dialéctica, Dedalo, Buenos Aires, 1964, pp. 56-57.
5 Esto ya lo he señalado en otro artículo: Farrán, Roque. Consistencia lógica y formación de conceptos en la filosofía post-estructuralista; la lógica del acontecimiento de Alain Badiou y el tiempo lógico de Jacques Lacan, en Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales, nº 6. http://www.psikeba.com.ar/articulos/RF_Logica_Acontecimiento_Badiou_y_Tiempo_Logico_en_Lacan.htm
6 Palti examina atentamente este problema de la circularidad conceptual entre acontecimiento e intervención, cuyo núcleo central reside en el estatuto del ultra-uno: “El Ultra-Uno es, en última instancia, sólo el nombre puesto a un problema, un índice dirigido a aquello que el sistema de Badiou presupone pero que no puede pensarse desde el interior de sus marcos (en sus palabras, se trata de una “invención”, es decir, “una paradoja convertida en concepto”).”Elías José Palti, “Verdades y saberes sobre el marxismo. Reacciones de una tradición política ante su crisis.”op.cit., p. 190.
Como bien dice Palti, el ultra-uno no es un concepto claro y definido, es más bien una paradoja (el producto mixto del uno y el resto), lo que resulta consecuente con la definición de acontecimiento como múltiple paradójico, de lo que no puede escapar ni el mismo sistema teórico que lo plantea como fundamental en todo proceso de pensamiento.
7 Son las dos figuras que puede tomar lo Real en si innombrable, en la tipologia del ser que presenta Badiou: la excrecencia, aquello representado pero no presentado en la situación, figura el exceso; mientras que el sitio en tanto múltiple singular, se halla presentado pero no representado por el estado de la situación, figura así la falta (sus elementos faltan a la cuenta estatal). Esta dislocación de la cuenta estatal entre algo que sobra y algo que falta, y su imposible conexión desde su punto de vista (su lógica) dan una idea de lo Real (excluido). Véase Meditación 8 “El estado o metaestructura y la tipologia del ser (normalidad, singularidad, excrecencia)” en “El ser y el acontecimiento”, op.cit., p.111.
8 Alain Badiou, “El ser y el acontecimiento”, op.cit. p.231.
9 El concepto de represión primaria es fundamental en psicoanálisis, Lacan lo trabaja en sus Escritos 1 y 2, véase páginas 670, 688, 796, 846. (Jacques Lacan, Escritos 1 y 2, Siglo XXI, Bs. As., 2003)
10 Efectué una crítica de estas lecturas en “Alain Badiou and the platonism of multiple”
11 Escribe Badiou: “el izquierdismo especulativo imagina que la intervención sólo se autoriza por si misma, y rompe con la situación sin otro apoyo que su propio querer absoluto.” Alain badiou, “El ser y el acontecimiento”, op.cit., p.235.
12 Evidentemente esta forma de entender la lógica constitutiva de los procesos sociales por los que se forman las identidades colectivas guarda cierta relación con la teoría de la hegemonía de Laclau-Mouffe; su diferencia radica en la dinámica entre continuidad y discontinuidad, no remitida sólo a la ruptura con lo objetivo (la tensión entre equivalencia y diferencia), que, a diferencia de de ésta, permite leer el nudo, lo cual permite a su vez desprenderse del lenguaje de la situación y la lógica predicativa (A veces en la teoría de la hegemonía se torna difícil escapar a esta sujeción del lenguaje por la vía retórica exclusiva).