Rosa Aksenchuk *
No hay más lenguaje que el amoroso, y todo el que ha pretendido librarse de semejante servidumbre e intentado un lenguaje racional, ha fracasado.
Gonzalo Torrente Ballester. La saga/fuga de J. B.
El amor compromete el deseo masculino en la vía de una feminización, y compromete al deseo femenino en la vía de una facilización. El que ama se feminiza, sea cual fuere su sexo. Por eso el amor resulta siempre un poco jocoso en el varón, pero si se deja intimidar por el ridículo, como dice Miller, es que en realidad, no está muy seguro de su virilidad.
Freud había graficado el momento amoroso del poder inverosímil de “levantar represiones y volver a instituir perversiones.” Assoun, valiéndose de las fórmulas lacanianas de la sexuación, lo describe de la siguiente manera: “El amor entre un hombre y una mujer no es posible sino en tanto y en cuanto uno y otra comprometan su masculino y su femenino al punto de mezclar con ello los cuadrantes. El acto de amor, comprometido en el deseo, debe ser pensado, pese a su punzante unicidad, como un acontecimiento que implica a “cuatro personas”… y dos goces." 1
En el amor se busca entregar pasionalmente aún lo que no se tiene, en tanto se aspira a la entrega de todo el ser. Milmaniene lo ejemplifica con el sucidio por causa amorosa, mediante el cual se busca ofrendar la vida misma –trocada merced a este acto final en la muerte- para poder así fusionarse eternamente con el objeto de amor. “Por el contrario, dar lo que se tiene configura el modo reparatorio de la caridad, que exculpa del egoísmo. Por eso el amor cuestiona toda suposición de entrega o apropiación objetal, en tanto en su territorio se da lo que no se tiene a quien no es, es decir, el sujeto se dona todo él como ser fálico (posición ésta que no deja de ser una mera suposición ficcional) a otro que en tanto es completable delata las marcas de su misma incompletud. Se trata, pues, de la eficaz circulación de un objeto inexistente, por el cual paradójicamente los sujetos pierden. Si en el suicido el sujeto entrega la nada de su ser fálico bajo las formas del cadáver, en las historias habituales de los amores contrariados, se donan o se intentan recuperar objetos que abruman a pesar de su trivialidad e intrascendencia. Lo que el sujeto siempre se resiste a aceptar es que detrás de toda emblemática fálica acecha la inanidad de la insignificancia objetal… La pasión por la entrega de Todo su ser restituye la omnipotencia a un sujeto que teme quedarse siempre sin recursos, dada la percepción de la nada que se abisma en el núcleo de su falta-en-ser, vacío al que se pretende taponar con objetos permutables, que ilusionan con la vana convicción de que la falta es colmable.”2
Para que una mujer pueda gozar con un hombre se requiere que se desprenda de una cierta fuga solitaria, que podría sintetizarse en: “Me amo, me cuido, me acicalo, infantil, seductora, una “diosa”…” “Si me amas es por lo que me he hecho”. De esta manera, ella se engaña a sí misma, permanecerá evidentemente insatisfecha. Y el hombre, sin chistar, desgarrado y confundido, en un sobresalto encontrará otra “verdadera mujer”. Tal sería la mujer llamada “narcisista”, que la ideología, volando en ayuda de las disposiciones victoriosas de la estructura, propone al consumo de las masas; mujer castradora también, o tanto por los brillantes dientes que la sonrisa del afiche revela, sino, sobre todo, porque despoja al hombre de la vía regia de acceso a la castración.
Para la sujeto histérica ser la trampa del hombre será su propia trampa. En su pretensión de ser reconocida como el falo, como “La” mujer, el precio a pagar puede ser la frustración, la soledad, la fatiga, la ilusión rosa interminable. En cuanto al sujeto obsesivo. La alternativa de perder lo que cree que tiene será para él demasiado impensable. Refugiado en la duda, no deseará. Traducirá el deseo a supuestas necesidades: lo manifestará en rituales; lo arborificará en grandiosas teorías que tiendan al ideal de completud. Necesitará mujeres para cumplir lo que la necesidad – el Superyó, en verdad – le ordena: gozar. Desde la omnipotencia le dirá a ella: “te doy todo lo que pedís”, desde el sacrificio: “muero por vos”, con el trabajo argüirá: “te mantengo”; o con dinero: “te compro”. La relación entre el obsesivo y la histérica es una comedia de malentendidos: Ella provoca el deseo, él le contestará: “te necesito”. Ella pide cosas (cuando en realidad demanda amor), el obsesivo le regalará cosas que no la satisfarán. Ella desplegará su espléndido plumaje para envidia de otras; él tendrá celos de otros. El descubrimiento de esos celos (“entonces él me desea”) hará que ella coquetee con otros: el obsesivo se buscará otra. El obsesivo no desea, cree que necesita. Y, por sobre todo, conviene que ella no pida, dado que, en cuanto demanda, es porque desea. Que es lo mismo que decir que no debe faltarle nada. De hecho, el obsesivo mantiene un gusto inmoderado por la prisión amorosa. Se desvive para que su objeto de amor conozca los privilegios de una cárcel de primera clase. Ahora bien, la histérica denuncia la falta del deseo, pero siempre desea otra cosa que aquella que cree desear, seduce pero para esquivarse como objeto y mantener su deseo sostenido por la insatisfacción. El obsesivo, en cambio, está supeditado al deseo del Otro: desea como Otro. Para él, por otra parte, nunca llega la hora de la verdad de su deseo, hay siempre una fuga, una vacilación, una escapada, una postergación. El drama de Hamlet nos revela esta dificultad para actuar propia del obsesivo: es siempre demasiado tarde o todavía no ha llegado la hora.
Cuando una mujer pide a su partenaire que el acto sexual sea rodeado de amor, incluso de un amor único, lo que pide en realidad es que la aseguren como sujeto de su enlace fálico. Colette Soler lo describe con la fórmula: abolirse en el Otro.3 Aquí se podrían evocar varios hechos clínicos precisos al nivel del decir femenino: que para las mujeres “el amor no puede darse sin decir”4, y que se quejan sobre todo del silencio masculino. De este modo se abren las puertas de una clínica femenina pensada no tanto desde la reivindicación fálica freudiana sino desde otra vertiente la del estrago formulada por Lacan. En este punto es necesario introducir una aclaración. Tal como elucida Goldenberg “(…) la demanda femenina no es solamente la demanda histérica de demandar al amo un saber, sino de demandar a otro que hable; es una demanda que tiene que ver con este plus, con eso que sobrepasa al goce fálico.” 5
El que ama se feminiza, sea cual fuere su sexo, decíamos anteriormente. Por eso la excesiva una pronunciada sensibilidad poética feminiza, al menos estilísticamente, a quien pronuncie las palabras del amor, porque lo acerca a la percepción y al padecimiento de la ausencia. Así, mientras un poeta como Paul Éluard dirá: “Te he inventado, como tú me has inventado a mí. Nos necesitamos el uno al otro.” Para un profesional de la lógica, como Wittgenstein, en cambio: “Es difícil amar de forma tan desinteresada como para alimentar el amor sin querer ser alimentado.”
Serge Leclaire ha tratado estas cuestiones bajo las figuras de “palabras de mujer” y “discursos de hombre”. Según Leclaire, es la mujer la que pronuncia las palabras del amor, las que aluden y evocan la ausencia. El estilo masculino, en cambio, se aleja de las palabras poéticas del amor en aras de sistemas discursivos que se organizan taponando la ausencia, asentados en la posesión del fetiche fálico. Para la mujer, no sólo las palabras conservan, más allá de sus funciones significativas, su valor de representantes inconscientes, de significante de goce, lo que constituirá su habla de mujer, sino que además, en esa relación inmediata con la castración, ella encuentra apoyo para un proceso de identificación propiamete sexual, que la caracteriza fundamentalmente, e inconscientemente, como mujer, con anterioridad a toda identificación secundaria con algún rasgo o figura de mujer.
El discurso del hombre, por el contrario, se organiza como rechazo de la castración, desconocimiento del inconsciente y, por ende, modo de exilio del goce. Robustecido por la ilusión tenaz de no estar castrado y de poseer de algún modo el falo, el hombre se limitará a la primacía de las representaciones conscientes, al valor significativo de las palabras, elaborando sistemas conceptuales con la inquebrantable pretensión de producir un discurso universal cuya función es, en realidad, la de ocultar la verdad del discurso inconsciente y la radicalidad ineludible de la castración. Sólo al chocar, al desarrollarse su experiencia, con los escollos de la «roca de la castración», como diría Freud, se verá llevado a interrogar retrospectivamente la realidad que se construyó para intentar reencontrar el suelo del que se exilió.
El destino masculino, agrega Leclaire, quedará así marcado por la hipóteca absolutamente constrictiva de su hipótesis simplificadora, y no cesará de perseguir, por medio de todas las astucias de su razón y contra estas, la otra mitad de la verdad del falo. Buscando, sin saberlo, la castración, se hará «investigador», se revelará a veces como inventor; otras, transitará por carriles trazados sobre el mapa de las normas de vida del hombre honesto, se hará filósofo, científico, artista, explorador, etnólogo o psicoanalista. Esto no significa que adopte la honestidad conforme con sus deseos; la pregnancia de la Ley y la necesidad de remitirse a ella cobran en él cierto sentido: escapar a la culpabilidad de los impulsos libidinales inconscientes.”
En el varón, el desdoblamiento del objeto erótico es un fenómeno de estructura, tal como lo evidencia paradigmáticamente la neurosis obsesiva, siendo el altar y el burdel los dos espacios en los que se despliega la polaridad excluyente entre el amor y el deseo. El obsesivo se presenta decididamente como un ferviente adepto al respeto de las reglas y de las leyes; mientras que en la escena fantasmática flirtea con la transgresión. Necesitará una gran virtud para no limitarse a las legítimas satisfacciones que le procuran las nobles actividades (las de investigador, inventor, etcétera) y conservar viva la sed de conocer la otra cara de la verdad. “Ello supone, en primer lugar, una renuncia clarividente a la fe en una omnipotencia fantaseada, canalizada subrepticiamente por el ejercicio del pensamiento, por el despliegue de actividades «creadoras»; y, sobre todo, un corazón abierto al riesgo de amar sin garantía posible de que no ha de perder sus más tornasoladas plumas, sus más firmes convicciones, su etiqueta de hombre honesto, incluso.”6
A pesar de que los cuerpos están fusionados, son las palabras de dos sujetos, las que hablan en el lenguaje del amor. No se puede amar sin libreto, dice López Ocón. “Enamorarse consiste en sujetarse a un guión que estaba escrito mucho antes de que nosotros, como todos, tuviéramos la pretensión de la originalidad absoluta. La danza de nuestros sentimientos está perfectamente coreografiada. Es que ¿qué diríamos si no tuviéramos a mano el lugar común del "te quiero"? Quizás balbucearíamos un discurso roto, como el de los locos, ininteligible para los otros y para nosotros mismos. Por suerte están alli las palabras prèt-a-porter de nuestro guión existencial para sacarnos de apuros. Este hecho no le pasó inadvertido a Roland Barthes, que en Fragmentos de un discurso amoroso enumeró las "figuras" que repite el sujeto enamorado como si fueran bailadas por primera vez: "Abrazo", "Adorable", "Angustia", "Ausencia", "Carta", "Celos", "Espera", "Exilio", "Suicidio". He aquí una vuelta de tuerca semiológica para el lugar común inevitable. No faltó quien le preguntara a Barthes si había escrito Fragmentos… estando enamorado. Finalmente confesó que sí, que lo había hecho mientras atravesaba la convalecencia de un amor desdichado, que había sido una forma de responder a un desgarro amoroso. Seguramente, en la intimidad acudió al repertorio de lugares comunes y los hizo suyos pronunciándolos en primera persona: je t’aime, jet’adore. Como intelectual, en cambio, los representó a manera de drama. Todos decimos las mismas tonterías cuando nos enamoramos, pero hubiera sido imperdonable que el pobre Barthes entrara al Collège de France borracho y ante sus asombrados alumnos, con la voz aguardentosa y sufriente de Edith Piaf, suplicara cantando: ne me quitte pas, ne me quitte pas.” 7
El año 1977 fue en la vida de Roland Barthes, particularmente rico en acontecimientos importantes. En enero fue nombrado profesor en el Collège de France, cuando llegue la primavera publica Fragmentos de un discurso amoroso. En octubre, muere su madre.
Fragmentos de un discurso amoroso es una obra de profundización poético-existencial sobre el imaginario amoroso que aborda magistralmente la dialéctica irresoluble entre la aspiración al Todo del amor y la apetencia parcializadora del deseo. La obra se desarrolla en un contexto autobiográfico, lo que predomina son experiencias personales con pasajes que traslucen un silencio desgarrado y un profundo dolor por la pérdida. Sin duda, constituye una obra magna, aunque de conferencias filosóficas inusuales, no se trata de un ejercicio académico y está escrito sobre la base de una ontología específica, principalmente desde el psicoanálisis. Se trata de fragmentos sueltos, en lugar de un discurso completo. Podría decirse que este modo de escritura fragmentaria, al tiempo que disminuye la pretensión omniabarcativa del Todo permite que emerja la parcialidad objetal causa del deseo, que en tanto real es irrecubrible por los significantes. Para finalizar, transcribo dos pasajes de Fragmentos…:
Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero de esos centenares, no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo. Esta elección, tan rigurosa que no retiene más que lo Único, constituye, digamos, la diferencia entre la transferencia analítica y la transferencia amorosa; una es universal, la otra específica. Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo. Hay allí un gran enigma del que jamás sabré la clave: ¿por qué deseo a Tal? ¿Por qué lo deseo perdurablemente, lánguidamente) ¿Es todo él lo que deseo (una silueta, una forma, un aire)? ¿O no es sólo más que una parte de su cuerpo? Y, en ese caso, ¿qué es lo que, en ese cuerpo amado, tiene vocación de fetiche para mí? ¿Qué porción, tal vez increíblemente tenue, qué accidente? ¿El corte de una uña, un diente un poco rajado, un mechón, una manera de mover los dedos al hablar, al fumar? De todos esos pliegues del cuerpo tengo ganas de decir que son adorables. Adorable quiere decir: éste es mi deseo, en tanto que es único: “¡Es eso! ¡Es exactamente eso (lo que yo amo)!” Sin embargo, cuanto más experimento la especificidad de mi deseo menos la puedo nombrar; a la precisión del enfoque corresponde un temblor del nombre; la propiedad del deseo no puede producir sino una impropiedad del enunciado. De este fracaso del lenguaje no queda más que un rastro: la palabra “adorable” (la correcta traducción de “adorable” sería ipse latino: es él, es precisamente él en persona). 8
…
Hay dos afirmaciones del amor. En primer lugar, cuando el enamorado encuentra al otro, hay afirmación inmediata (psicológicamente: deslumbramiento, entusiasmo, exaltación, proyección loca de un futuro pleno; soy devorado por el deseo, por el impulso de ser feliz) digo sí a todo (cegándome). Sigue un largo túnel: mi primer sí está carcomido de dudas, el valor amoroso es incesantemente amenazado de depreciación: es el momento de la pasión triste, la ascensión del resentimiento y de la oblación. De este túnel, sin embargo, puedo salir; puedo “superar”, sin liquidar; lo que afirmé una primera vez puedo afirmarlo de nuevo sin repetirlo, puesto que entonces lo que yo afirmo es la afirmación, no su contingencia: afirmo el primer encuentro en su diferencia, quiero su regreso, no su repetición. Digo al otro (viejo o nuevo): Recomencemos.9
Bibliografía
ASSOUN, Paul-Laurent. La pareja inconsciente. Amor freudiano y pasión postcortés. Nueva Visión
BARTHES, R. Fragmentos de un discurso amoroso. Siglo veintiuno editores
GOLDENBERG, Mario (comp.). De astucias y estragos femeninos. Grama Ediciones. Buenos Aires, 2008
LACAN, Jacques. La significación del falo, en Escritos 2
LACAN, Jacques. Televisión. Ed. Anagrama
LACAN, Jacques. Seminario 8, La Transferencia
LACAN, Jacques. Seminario 24. L´insu…
LACAN, Jacques. Seminario 20. Aún
LECLAIRE, Serge. Matan a un niño. Amorrortu editores
MILLER, Jacques-Alain. Lógicas de la vida amorosa. Manantial
MILMANIENE, José. Extrañas parejas. Ed. Paidós
SOLER, Colette. Lo que Lacan dijo de las mujeres. Estudio de psicoanálisis. Ed. Paidós
Notas
1 ASSOUN, P. La pareja inconsciente.
2 MILMANIENE, J. Extrañas parejas
3 SOLER, C. Lo que Lacan dijo de las mujeres
4 LACAN, J. Seminario Los nombres del padre
5 GOLDENBERG, M. (comp.). De astucias y estragos femeninos. p.12
6 LECLAIRE, Serge. Matan a un niño, pg. 41
7 LÓPEZ OCÓN, M. Lamujerdemivida, Nº29. pp 24-25
8 BARTHES, R. Fragmentos de un discurso amoroso, pp 27-28
9 Ibid, p. 32