Mario Orozco Guzmán *

 

Lacan - Freud - Psikeba

 

Resumen: Este ensayo es un ejercicio de desconstrucción del empeño por parte de Freud de categorizar una Psicología de la Vida Amorosa en función de un sistema de repetición que deslinda el terreno del amor del circuito del placer. Se propone un desmontaje de la estructura discursiva bajo la cual Freud sitúa las contradicciones y aporías del campo del amor en hombres y mujeres. Campo que parece bastante sembrado de fantasmas y de un orden serial que ilustra de manera siempre sorprendente el registro del significante en la diferencia que cifra. En particular ciertas novelas de Gabriel García Márquez se presentan como referente-pivote en la problematización del pensamiento freudiano.

 

Palabras Clave: Repetición, Complejo de Edipo, narcisismo, amor, deseo, falo.

 

Summary: This essay attempts a deconstruction of Freud’s efforts to categorize the Psychology of Love as the functioning of a system of repetition that defines the field of love as distinct from the circuit of pleasure. It proposes a dismantling of the discursive structure used by Freud to identify the contradictions and aporias in the field of love regarding men and women. This field is filled with phantoms and includes a serial order that serves to illustrate in constantly surprising ways a registry of the signifier of the very difference it encodes. In particular, certain novels by Gabriel García Márquez represent a reference-pivot in the problematization of Freudian thought.

 

Key Words: Repetition, Oedipus complex, Narcissism, Love, Desire, Phallus.

 

 

El amor estipula sus condiciones, sus cláusulas y requisitos, a los seres humanos que, lejos de asumirse en el papel de sujetos de la pasión que entraña, se ven envueltos en los distintos vaivenes de su servidumbre. Las condiciones del amor van a contracorriente de lo que se propone como su posición incondicional. El amor es humilde, se presta a todas las humillaciones, parece no pedir nada del otro, parece no exigir nada del ser amado, parece hasta conformarse con las migajas que el ser amado pueda brindarle y parece hasta resignarse al tiempo que le quede libre a éste. Freud intentó tasar la estructura de esas condiciones del amor. Lo hizo estableciendo una relación serial de dicha estructura. Es decir, inscribió la estructura condicionada y condicionante del amor en un registro de tres repetitivo. Y son también treslos artículos que sondean esta estructura triádica del amor. Tres textos concatenan la “Liebenslebens”, vida amorosa en la dimensión triádica de su experiencia. La serie fue denominada Beiträge zur Psychologie des Liebenslebens, Contribuciones a la Psicología de la Vida Amorosa, y se compone de los ensayos: Über einen besonderen Typus der Objektwahl beim Manne, Sobre una particular elección de objeto en el hombre, Über die allgemeinste Erniedrigung des Liebeslebens, Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa y Das Tabú der Virginität.

 

ErnestJones señala que ya en una reunión de la sociedad de Viena, el 28 de noviembre de 1906, Freud había anticipado su afán de escribir sobre la vida erótica de los hombres advirtiendo que se iba a ocupar de algo que era “un terreno reservado hasta entonces a los escritores de imaginación”1. El hecho de incluir el ensayo sobre El Tabú de la Virginidad señala que no es posible abordar la vida erótica de los hombres sin interrogarnos por las condiciones del erotismo y el amor en las mujeres, y viceversa. Es decir, que no existe vida erótica en los hombres sin tabúes suministrados y cernidos desde y por la vida erótica de las mujeres. El primer trabajo supone en Freud la necesidad de separar no sólo al psicoanálisis de la poesía sino al amor del principio del placer. Freud anticipa la compulsión de repetición como campo del inconsciente y va a insertar en su cadena al amor y sus condiciones, al amor en la demanda de lo que transita más allá del principio del placer. Los poetas han contado y cantado la estética del placer ligada a la vivencia del amor. Han invocado el amor en el placer estéticoy extático de su palabra. No en vano decía Horacio: “Los poetas en sus obras desean agradar o instruir, o las dos cosas a un tiempo” 2. El deseo del poeta es parte de su obra, esta en su obra. Este deseo se propone la suscitación de placer, se propone complacer, hacer placer, instruir en el placer, al otro. De este modo el poeta aparece como un virtual maestro del placer, como un maestro en el arte de lo que más se sustrae a su narrativa.

 

Freud se desmarca de todo afán poético, de toda instrucción en materia de placer. De hecho va a plantear cómo desde el amor el placer deviene un problema. Y justamente nos propone lo complejo del amor, el orden terciario como condicionante del amor o como condición que se impone en el amor. De entrada presenta el carácter transgresor del amor, su postura desafiante de los preceptos de Ley: “no desearás la mujer de tu prójimo”. La forma de vida amorosa que plasma una particularidad en el caso de los hombres desafiantes del mandamiento Freud la denomina del “Geschädigten Dritten”, tercero perjudicado. Exhibe al amor, más allá del placer, más allá de la aportación de Bien, como portador de mal, como cargado de damnificación, de algo siniestro sobre el prójimo. La cláusula del amor se supedita a la condición de la mujer sobre quien otropretende y presume poseer derechos de propiedad, según lo sanciona la misma ley. El amor se revela, en el sentido de demostración,y se rebela, en el sentido de sublevación, sumamente interesado. Interesado en el estatuto de la mujer, en su condición de mujer-no-libre, no disponible, interdicta.

El segundo caso de particularidad condicionante del amor sitúa un deslizamiento en el pensamiento en Freud. Va a transitar de la mujer de otro a la mujer de otros –que es como decir la mujer de nadie. Esta categoría organiza y predetermina la pasión bajo la requisitoria del “Dirnenliebe”, amor por las putas. La traducción de Etcheverry muestraalgo de un discrecionalidad moral al establecer “amor por las mujeres fáciles”. Un poco de reserva bastaría para señalar que sólo el imaginario donde se conforma el yo y su infatuación narcisista podría hacer convenir lo fácil, el placer fácil, con la figura de la puta. Freud señala que la casta e irreprochable no despierta pasión amorosa, sino aquella mujer sobre la cual recae la duda de su fidelidad. La re-puta-ción se convierte en factor, en factor que condiciona el anhelo amoroso. De este modo el sujeto pasa de perjudicador, según la primera categoría establecida por Freud, a ser perjudicado. El perjuicio al cual se ve sometido se produce bajo la embestida de los celos.

 

La estructura terciaria del amor, de la vida amorosa se reitera en esta tortura de los celos. Los cuales ni siquiera son promovidos por lo que se denomina el poseedor legítimo. Es el extraño, el ajeno al orden legal de la prohibición, el advenedizo, quien viene a arrebatarle su objeto amoroso. Este extraño posee una función instituyente del amor, condiciona la pasión amorosa, por los celos que provoca. Es en la medida en que la mujer es, podría ser, ha sido, llegará a ser de otro, más allá del marido, más allá del placer, que se desencadena el amor. El sujeto parece insinuar una posición identificatoria con el marido engañado, con el marido que sin embargo no estorba la vida amorosa de su mujer, que hasta parece consentir y complacerse en esta inquietante vida amorosa de su mujer. El engaño duplicado hipervaloriza el atrevimiento, el desafío, en el cual se sitúa el despliegue amoroso de esta mujer.

 

Los hombres se sujetan a condiciones complejas del amor, a las condiciones amorosas del Complejo de Edipo. Estas condiciones finalmente señalan que lo que caracteriza esencialmente al amor es la contrariedad, la contrariedad en sus componentes y entre sus componentes. Como lo dice el personaje narrador de la novela de García Márquez: “tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados”3. El amor edípico presenta las condiciones estructurales del amor contrariado. La pasión amorosa reitera en su demanda la valorización de la mujer que presenta el rasgo de liviandad, el rasgo de aquello que no vale o que no vale la pena. Freud va a indicar tanto las condiciones del amor como la manera en que el sujeto se conduce en relación con el objeto amoroso. Se comporta como aquel que concede valor a la mujer amada, marcada por la indignidad, idealizándola. Exigen una fidelidad que están lejos de poder sostener. El carácter ligero de la mujer es una contrariedad que impulsa su amor, que su amor desafiará. Y pasarán de un objeto amoroso a otro sobrepujando este rasgo de contrariedad: “en la vida amorosa de quienes responden a este tipo se repiten varias veces pasionesde esa clase con iguales peculiaridades –cada una, la exacta copia de las anteriores-, y aun, siguiendo vicisitudes exteriores como los cambios de residencia y de medio, los objetos de amor pueden sustituirse unos a otros tan a menudo que se llegue a la formulación de una larga serie”4.

 

La formación de esta serie se establece en función de que existe algo primordial que resulta insustituible. Algo que no se cuenta en la cuenta, algo incontable en la serie amorosa. El conteo de la experiencia amorosa, de las experiencias sexuales, resulta prácticamente épico en los relatos de El Amor en Tiempos del Cólera y Memoria de mis Putas Tristes, de García Márquez. En esta última novela el registro edifica de manera portentosa la memoria del sexo o el sexo de la memoria: “Por mis veinte años empecé a llevar un registro con el nombre, la edad, el lugar, y un breve recordatorio de las circunstancias y el estilo. Hasta los cincuenta años eran quinientas catorce mujeres con las cuales había estado por lo menos una vez. Interrumpí la lista cuando ya el cuerpo no me dio para tantas y podía seguir las cuentas sin papel”5. La inscripción de esta serie es desplegada en función de que el cuerpo no es en sí mismo bastante garantía de memoria. Se requeriría tatuar el cuerpo para confiarle los rasgos de lo que careció de palabra para nombrarse. El tatuaje hace del cuerpo aparato de memoria de lo no-simbolizado. Del mismo modo Florentino Ariza establece su expediente sexual dejando fuera a Fermina Daza, su amor primero y eterno, y a la chica del asalto brutal en el buque Pinto Quinto Loaysa. Combatía en el terreno sexual con la fuerza que le daba su debilidad, con la fuerza que le dabala imagen de ser alguien que no tenía nada que ofrecer más que su propia necesidad de amor, más que su falta: “Eran sus únicas armas, y con ellas libró batallas históricas pero de un secreto absoluto, que fue registrando con un rigor de notario en un cuaderno cifrado, reconocible entre muchos con un título que decía: Ellas. La primera anotación la hizo con la viuda de Nazaret. Cincuenta años más tarde, cuando Fermina Daza quedó libre de su condena sacramental, tenía unos veinticinco cuadernos con seiscientos veintidós registros de amores continuados, aparte de las incontables aventuras fugaces que no reconocieron ni una nota de caridad”6.

 

El registro de lo que atravesó el cuerpo, de lo que fue atravesado por el cuerpo, nos remite al registro del cazador que lleva la cuenta, de sus presas, de sus actos, en la diferenciación de la memoria, en la serie diferenciada de la memoria de las aventuras, en la relación de las bestias cuya aniquilación emprende y cuenta. Como lo señala Jacques Lacan en su seminario L’Identification: “J’en tue une, c’est une aventure, j’en tue une autre, c’est une seconde aventure que je peux distinguer par certains traits de la prèmiere, mais que lui ressemble essentiellement d’être marquée de la mème ligne générale. Á la quatrième, il peut y avoir embrouillement, qu’est qui la distingue de la seconde, par exemple?”7.Se trata pues de llevar la cuenta de las aventuras, de las cacerías, en una seriación diferenciada por los cortes que se marcan en la costilla de algún mamífero. Así se hace la historia, así se hace una historia que no resulte confusa. Se hace mediante los trazos que en su repetición introducen la diferencia en lo real. La lista de las mujeres bajo el rubro de “al menos una vez” signa la historia del amor hasta el límite del cuerpo y del soporte del registro.

 

Pero para Freud la serie del amor o el amor en serie no resulta satisfactorio. Se parte de un número que no cuenta, que esta descontado, que no se puede nombrar, meter en la serie. La mujer del amor sin sexo no cuenta en la serie inicial: “En efecto, el psicoanálisis nos enseña, también por medio de otros ejemplos, que lo insustituible eficaz dentro de lo inconsciente a menudo se anuncia mediante el relevo sucesivo en una serie interminable, y tal, justamente, porque en cada subrogado se echa de menos la satisfacción ansiada. Así, el inextinguible placer de hacer preguntas que muestran los niños a cierta edad se explica por el hecho de que tienen una única pregunta para formular, y nunca la pronuncian”8. Estos atributos de “Einzige”, única y de “Unersetzliche”9, insustituible, en los cuales se sitúa a la “Geliebte”, amada, emanan, provienen de la condición del Otro primordial, de la madre. El Otro de las preguntas primordiales, de la demanda primordial de amor. Entonces nos encontramos con una serie irónica en su sucesión repetitiva: sustitución de lo insustituible, de la Única.

 

Dichos atributos que imprimen su sello indeleble a la experiencia del amor proceden, lo reiteramos, de lo que Freud designa como “einzigen Quelle”, fuente única, de la Madre como unicidad que no ingresa en la serie de la repetición de los unos. La Madre como unicidad se inscribe desde fuera en ese complejo materno que da cuenta tanto de la aspiración amorosa en torno a las putas como de su aspiración por rescatarlas y redimirlas.Considerando esta perspectiva la Madre no es una mujer, no es parte de la serie de las mujeres, en tanto es paradigma de pureza moral. Incuestionable e intachable, carece de falta, carece de pecado. Sólo es posible plantear esto desterrando un trauma traslapado en un fantasma traumático: lo real de encuentro sexual entre los padres. Freud señala como en la adolescencia se le revela crudamente al joven algo ante lo cual se rebela. Algo que ya su pulsión de saber desde la infancia había entretejido en fantasías que ceñían los enigmas del sexo. Lo que se le revela aparece efectivamente sin velos, sin disimulo, y con consecuencias en él, en su cuerpo, en su origen. Deniega lo revelado y lo proyecta como asunto de otros, de otros amigos y otros padres. Resulta imposible que sus padres hagan eso. Descubre lo que no puede conciliar, descubre lo inconciliable, el deseo sexual de sus padres y entre sus padres. Descubre su falta. Su propia falta y la de sus padres. Descubre a su madre en falta, en el pecado.

 

Por otro lado está informado de mujeres que viven en el pecado y que se adecuan al deseo innombrable a cambio de dinero. El descubrimiento de la prostitución determina el valor radicalmente sexual del dinero. En el circuito de los productos que se compran y venden, en el mercado de la compraventa, se introduce una mercancía que sexualiza el dinero y compromete la reserva de la palabra. El vector económico faliciza a la prostituta bajo el fantasma de la plenitud del placer. El adolescente no comparte el desprecio por estas mujeres. Experimenta respecto a ellas “eine Mischung von Sehnsucht und Grausen”10, una mixtura de añoranza y horror. ¿Qué implica esta posición de nostalgia espantosa o de espanto nostálgico? Implica la relación con la Madre cuyo anhelo, cuyo deseo vehemente, emanado de ella o del sujeto, resulta horroroso. Y deviene espanto, motivo de intensa angustia pues parece cercar al sujeto, no dar salida alguna, en su calidad y condición de “Einziger und Unersetzliche”, única e insustituible. La sensación de su deseo, del deseo del Otro, se presenta, como lo señala Lacan11, como angustia.

 

Esta mezcla del espanto nostálgico que es parte de la demanda de iniciación sexual en el adolescente amalgama en el imaginario a la madre con la figura de una puta. El encuentro entre José Arcadio, esbozando-estrenando-entrenando su adolescencia, y Pilar Ternera en Cien Años de Soledad plasma la conmoción en lo real de dicha mezcla desde el deseo indecible de la madre (Ursula): “…se convirtió en un adolescente monumental. Cambió de voz. El bozo se le pobló de un vello incipiente. Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba la ropa para dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad: era el primer hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan bien equipado para la vida que le pareció anormal. Úrsula, encinta por tercera vez, vivió de nuevo sus terrores de recién casada. Por aquel tiempo iba a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa…Úrsula le habló de su hijo. Pensaba que su desproporción era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo del primo…La mujer no le hizo ninguna insinuación. Pero José Arcadio la siguió buscando…Quería estar con ella en todo momento, quería que ella fuera su madre…Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla…Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera atrancada…Pero estaba abierta…De pronto, en la oscuridad absoluta comprendió con una irremediable nostalgia que estaba desorientado…preguntándose asombrado cómo había hecho para llegar a ese abismo de desamparo, cuando una mano le tropezó la cara…Entonces se confió a aquella mano…le quitaron la ropa y lo zarandearon…y lo voltearon al derecho y al revés, en una oscuridad insondable …y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado que en realidad se pudiera hacer…”12.

Se puede decir que José Arcadio Buendía deseaba algo inimaginable, sin continente ni recipiente imaginario. Deseaba algo que lo confundía, algo que confundía su deseo con el deseo del Otro. José Arcadio parece una criatura, inerme, en el camino del deseo sexual, pese a que se encuentra bastante bien provisto. La nostalgia por la madre, la nostalgia aterradora, esta presente, se transfigura en esta búsqueda inédita, descaminada, del deseo cebado por el olor de Pilar Ternera. Por este olor de humo que se desprende de las axilas de su cuerpo y que lo prende en todo su cuerpo el deseo se ve movilizado. Olor desprendido del cuerpo que deviene pequeño objeto causante del deseo. Por su cuenta, Pilar, casi en función materna, toma a José Arcadio como un pequeño crío al que desviste y zarandea. Lo toma, diría Freud, como madre que trata a su hijo como “ein erotisches Spielzeug”13, juguete erótico. Este atraco, esta zarandeada sexual nos evoca aquella que experimenta Florentino Ariza, en El Amor en Tiempos del Cólera,en su iniciación en la vida erótica: “…se dirigía distraído a los retretes cuando una puerta se abrió a su paso en el comedor desierto, y una mano de halcón lo agarró por la manga de la camisa y lo encerró en el camarote. Apenas si alcanzó a sentir el cuerpo sin edad de una mujer desnuda en las tinieblas, empapada en un sudor caliente y con la respiración desaforada, que lo empujó bocarriba en la litera, le abrió la hebilla del cinturón, le soltó los botones y se descuartizó a sí misma acaballada encima de él, y lo despojó sin gloria de la virginidad”14. En ambos casos, tanto en José Arcadio como en Florentino Ariza, la introducción en la vida sexual tiene este carácter de seducción violenta, de asalto intempestivo, por parte de una mujer. No hay pérdida, ni siquiera la de la virginidad, que resulte gloriosa, sobre todo si nuestros personajes ya vienen de perder: uno la niñez y el otro a Fermina Daza.

 

La dialéctica de pura-puta en la que se inscribe la figura materna en las vicisitudes de la vida amorosa de los hombres es plasmada de manera grotescamente incestuosa cuando Arcadio, en Cien Años de Soledad, zahiere a Pilar Ternera con los siguientes términos, después de escuchar el discurso de la satisfacción imposible: “No te hagas la santa…Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta”15. La única insustituible es, no obstante, sometida a esta dialéctica, a esta división que dialectiza los opuestos ya que, por una vía se idealiza hasta la santificación a la mujer denigrada y, por otra vía, se hace indispensable degradar a la mujer en principio sobreestimada, diría Freud, para hacerla accesible, compatible con el deseo y con las demás mujeres. Santificada se postula como impecable, como portadora de falo. Lo excelso de su idealización excluye a la madre del conjunto de las mujeres y su denigración, al advertirla y descubrirla castrada, deseante, la integra a este conjunto. Por este motivo para Spinoza era fundamental sostener que el obrar divino no puede ser en función de un fin. Si así fuera se cuestionaría su perfección: “…esta doctrina destruye la perfección de Dios; porquesi Dios obra por un fin, apetece necesariamente alguna cosa de que está privado”16. Del mismo modo el deseo de la madre, escenificado en lo real de la escena primaria, representa su privación, su falta, su falta de perfección, su falta de santidad, su condición irremisible de puta.

 

El deseo de la puta entroniza el dinero, faliciza el dinero vulcanizando el goce. La división pura-puta compromete el deseo del sujeto por avenidas donde se entrecruzan estos componentes de orden éticomoral. Esta división, al estar supeditada a lo que Freud designa como fijación a la madre, como subyugación por su deseo, posibilita dos horizontes para el goce con las mujeres en el régimen perverso. Como lo subraya Joel Dor: “Toda representación de la mujer reactualizará por eso mismo, por eso mismo una doble serie de componentes fantasmáticos. Por una parte, la madre fálica, la madre omnipotente, porque no esta incompleta, que volveremos a encontrar en la idealización de la mujer omnipotente y virgen de todo deseo, objeto puro y perfecto, fuera del alcance y tan interdicta como imposible…Por otra parte, la mujer también puede metaforizar a la madre rechazante y abyecta, es decir a la puta, más repugnante porque se manifiesta como deseante y deseable, es decir como castrada, objeto inmundo que se ha comprometido con el deseo del otro –el padre- y sometida a la castración”17. Por eso es que se entiende que el sujeto de la Psicología de la “Liebeslebens”, descrito por Freud, pueda apostar por emprender la salvación y redención de estas mujeres que pagan y cobran caro el precio de ser deseables y deseantes. Las idealizan y les cantan melodías como Santa de Agustín Lara:

 

En la eterna noche

de mi desconsuelo

tú has sido la estrella

que alumbra mi cielo

 

Y yo he adivinado

Tu rara hermosura

Y has iluminado

Toda mi negrura

 

Santa, santa mía

Mujer que brilla

en mi existencia

Santa, sé mi guía

En el triste calvario del vivir

Aparta de mi senda

Todas las espinas

Calienta con tus besos

Mi desilusión

 

La santificación, la idealización, de la puta se erige en función de demandas que calibran el amor en la dimensión de lo universal. Se le implora que se conduzca con su enamorado como un Amo que orienta en la vida, como un Dios capaz de hacer a un lado el sufrimiento del vivir. Para nada resulta indispensable rescatarla de su condición. Por el contrario, es una santa salvadora y redentora. Por otro lado, esta la canción Yo sé de una mujer, cuya letra y música fueron compuestas por G. Sánchez Galárraga y Graciano Gómez, respectivamente, en la cual el vicio no alcanza ni atenta contra el estado inmaculado de esta mujer. Es como decir que una puta por más puta que sea, por más hundida que esté en el precipicio del vicio, por más bajo que haya caído en el orden de las mercancías, puede preservarse y sostenerse incólume, libre de falta –aunque carezca de libertad. Esta condición de inmaculada donde el hombre sitúa a la prostituta la eleva, la enaltece,hasta convertirla en motivo de veneración y, de nueva cuenta, en alguien que puede transmitir ensalmo de beatitud.

 

Yo sé de una mujer que mi alma nombra

Siempre con la más íntima tristeza

Que arrojó por el fango su belleza

Lo mismo que un diamante en una alfombra.

Más de aquella mujer lo que me asombra

Es ver cómo en un antro de bajeza

Conserva inmaculada su pureza

Como un astro su luz entre la sombra.

Cuando la halle en el hondo precipicio

Del repugnante lodazal humano

La vi tan inconsciente de su oficio

Que con mística unción bese sus manos

Y pensar que hay quien vive junto al vicio

Como vive una flor en un pantano…

El orden serial, y particularmente terciario, del amor prosigue en el discurso de Freud en Uber die allgemeinste Erniedrigung des Liebeslebens pues justamente inscribe el erotismo paradojal de algunos hombres aquejados de impotencia. La aspiración amorosa fincada en la ternura excluye el deseo y la tendencia sexual aislando el amor se puede concretar sin escrúpulos: “Wo sie lieben, begehren sie nicht, und wo sie begehren, können sie nicht lieben. Sie suchen nach Objekten, die sie nicht zu lieben brauchen, um ihre Sinnlichkeit von ihren geliebten Objekten fernzuhalten…”18, cuando ellos aman no desean y cuando desean no pueden amar. Buscan objetos a los cuales no sea preciso amar para mantener alejada su sensualidad de sus objetos amados. No se trata sólo de impotencia sexual, también está en juego una impotencia para amar. El sujeto está entre dos mujeres, entre dos surcos de la vida amorosa completamente separados. La mujer que le inspira ternura resulta indeseable y la que enciende su deseo debe ser apartada de sus anhelos de cariño. No puede prescindir de las dos. Su vida amorosa convoca, para su despliegue, para su desenvolvimiento, la presencia de ambas mujeres. A veces desde el fantasma se responde a esta convocatoria cuando en lugar de la mujer tiernamente amada toma cuerpo la otra, la apetecida por el deseo, la puta. De facto, el fantasma de la puta jalona el deseo en estas condiciones o es jalonado por la oleada de exclamaciones que degradan, en el momento del acto sexual o en sus preliminares, a la mujer idealizada por la sobreestimación psíquica, por la corriente de ternura. Por otra parte, la apertura del deseo ante la mujer rebajada, denigrada, que involucra ardientemente la pasión, no admite el amor que enaltece a la compañera, que la alza hasta la cumbre del universo narcisista. Desde esta perspectiva, el maltrato, la violencia verbal y/o física emprendida contra la mujer resulta indispensable y hasta leit motiv en ciertos hombres para el ejercicio de la potencia sexual, para abrir el camino, finalmente inasumible, del deseo.

 

Lacan se encargó de señalar la oposición del amor y del deseo dando cuenta de los factores que están implicados en cada proceso. En el primer caso esta implicado el factor narcisista, la sobreestimación y exaltación del yo en función del otro o del otro en función del yo. En el caso del deseo no hay esta correlación y correspondencia narcisista, existe un falta que agujera el plano imaginario del amor: “…je vous ai proposé de définir par rapport à ce que j’aime dans autrui qui, lui,est soumis à cette condition hydraulique d’equivalence de la libido, à savoir que quand ca monte d’un côté, ca monte aussi de l’autre, ce que désire, ce qui est diferente de ce que j’éprouve, c’est ce qui, sous la forme du pur reflet de ce qui reste de moi investi en tout état de cause, est justement ce qui manque au corps de l’autre, en tant que, lui, est constitué par cette imprégnation de l’humide de l’amour. Au point de vue du désir, au niveau du désir, tout ce corps de l’autre, du moins aussi peu que je l’aime, ne vaut que, justement par ce qui lui manque…ce qui cherche le désir c’est moins, dans l’autre, le désirable que le désirant, c’est-à-direce qui lui manque…Et quand je dit comme désirant, je n’ai même pas dit, je n’ai expressément pas dit comme me désirant, car c’est moi qui désire, et désirant le désir, ce désir ne saurait être désir de moi que je me retrouve à ce tournant, là où je suis, bien sûr, c’est-à-dire si je m’aime dans l’autre , autrement dit si c’est moi que j’aime. Mais alors j’abandonne le désir”19. El amor convoca e implica el más acá de la falta, al yo en equivalencia, en encuentro, reflexivo, especular, imaginario con el otro. Como lo indican estos sonetos de García Lorca:

 

Me miré en tus ojos

Pensando en tu alma

 

Me miré en tus ojos

Pensando en tu boca20

 

Freud sostiene que la impotencia es un caso de Gegenwillens, voluntad contraria21. Extrae del cofre de su arsenal conceptual un término que instrumentó para explicar Un Caso de Curación por Hipnosis, con Algunas Puntualizaciones sobre la Génesis de Síntomas Histéricos por obra de la “Voluntad Contraria”. Texto que fue escrito en 1892-1893 y donde aborda la disociación de la consciencia que se presenta como base en la histeria. A través de un caso de una mujer con, diríamos en este contexto, impotencia para amamantar a su hijo recién nacido, señala la intervención efectiva de una “perversión de la voluntad”22. Freud expone aquí todo un bosquejo de la dinámica del inconsciente como voluntad que contrasta con los designios más amorosos de un sujeto, como voluntad que sorprende,asombra la conciencia del sujeto:”La representación contrastante se establece, por así decir, como ‘voluntad contraria’, al tiempo que el enfermo, asombrado, es consciente de una voluntad decidida pero impotente”23. También para la impotencia psíquica se podría señalar la presencia eficaz de esta perversión de la voluntad. El precepto bíblico del Génesis señalado por Freud, de separarse de los padres para allegarse mujer y convertirse en una sola carne encuentra un importante refuerzo en San Pablo en su carta a los Efesios: “Los maridos…deben amar a sus mujeres así como a sus propios cuerpos. Quien ame a su mujer a sí mismo se ama. En efecto, nadie nunca odia a sus propia carne…Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se juntará con su mujer y se hará una sola carne de los dos”. Este discurso convalida y corrobora la estructura narcisista e hidráulica del amor y asienta el mensaje como especialmente dirigido a los hombres. Pero es fundamental subrayar que es precisamente frente a este precepto que plasma la barrera del incesto que se subleva la voluntad contraria. Es decir, la voluntad se opone y le hace la contra a este designio que rige la cultura. La voluntad se obstina en la no enajenación de los padres.

 

Uno de los factores de la neurosis, la proporción de “Versagung”, denegación, real, se conjuga con el otro, que se refiere a la medida de “Anziehung”, atracción, de los fantasmas de los padres y las hermanas, para que se erija un postulado oimperativo contrario inscrito bajo voluntad que se inerva en la impotencia: “no dejarás a tus padres…no renunciarás a tu madre ni a tu padre…ni a tus hermanas”.También tendríamos que preguntarnos acerca de en qué medida los padres pueden dejar a sus hijos enajenarse de ellos, de su carne y su sensualidad,y juntarse a otra carne. En qué medida estén en condiciones de desligar su voluntad del deseo de los hijos: “Puede ocurrir que toda la sensualidad de un joven esté ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos o, como también podemos decir, fijada a fantasías inconscientes incestuosas”24. De este modo, en tanto la “Sinnlichkeit”, sensualidad, del joven se encuentra en estado “gebunden”, ligado a la trama incestuosa, el deseo sigue comprometido, ceñido a la voluntad que contraria el campo de la cultura. En tales condiciones, no se cuenta con este deseo para el cuerpo del otro, para un cuerpo enajenado de la voluntad de dominio de los padres. No se dispone de este deseo para el ejercicio sexual de su demanda en relación al cuerpo de un ser extraño al orden familiar.

 

El orden terciario del amor permite zanjar algo de la cuestión pues dispone de la sensualidad para la mujer del mundo terrenal, para la mujer no idealizada, no enaltecida, no sobreestimada psíquicamente, pero con la cual la denigración de la madre resulta compatible. Entre dos mujeres el sujeto reserva en cambio, para preservar la imagen, de la madre no sometida a la castración, pura de deseo, a la mujer amada sin rastros de pasión sensual. Si el “himmlische Liebe”, amor celestial, se aproxima al amor místico en la supresión del sujeto bajo el éxtasis del goce (evoquemos los sonetos de Teresa de Jesús: “”qué puedo yo darle a mi Dios que vive en mí, si no es perderte a ti para mejor a El gozarle?”), el “irdische (oder tierische) Liebe”, amor terreno o animal parece exigir la exclusión de la palabra en el despliegue de su acto (recordemos al poeta Luis Cernuda: “No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, porque ignoraba que el deseo es unapregunta, cuya respuesta no existe”. El amor sufraga la espiritualidad del encuentro narcisista incluso en el ámbito extenso de lo divino, de la entrega y la consagración al Otro. El amor terrenal responde al deseo innombrable. Sin embargo, en razón de todo esto existe una vía para que la mujer con la cual se ha signado un compromiso de amor, cifrado en premisas del encuentro narcisista, devenga deseable: denigrarla, rebajarla. Una manera de emprender esto es sometiéndola a vejaciones y maltratos. La violencia sobre la mujer estaría sustentada en esta voluntad de degradación, de rebajamiento, que da paso a su deseabilidad. Se trata de una voluntad que en aras de conseguir potencia y poder sobre la mujer tiene que despojarla violentamente de su condición fálica.

 

En lo que respecta al último de estos ensayos sobre la Vida Amorosa también nos encontramos con la seriación repetitiva: Si en el caso de los hombres la serie comienza descontando a la madre, con la premisa de -1, dejando fuera de la serie de conteo, a la madre en tanto única e insustituible, en el caso del Tabú de la Virginidad se contabiliza al padre como primero en la contabilidad amorosa de la mujer. Se toma en cuenta la primera colocación de la libido por parte de la niña. Pero esta colocación de la libido se inscribe en una escisión en la vida amorosa de las mujeres, aunque Freud la circunscribe a la Kulturweibe, mujer de cultura, entre la “Erwartung”25, la espera, la expectativa y el “Erfüllung”, cumplimiento, ejecución. La espera se inserta en un horizonte de cierre, de plenitud que el hijo vendría a producir. En cambio, lo que se ejecuta en el plano de la experiencia sexual primera no es de cobertura y plenitud, sino de desgarradura. No pueden armonizar ni concordar estos aspectos en la experiencia amorosa de la mujer. Por ello es que el primero, el señalado y contado como el primero, en el conteo sexual de la mujer, tiene una presencia violenta, pues rompe la esperanza primordial de la mujer. El registrado como el primero asume o se asume que más que situarse en el sortilegio del amor se instituye en el lugar de amo, de presunto propietario de lo que se pierde. No sólo lo que se refiere al sector membrana que se rompe sino también a todas las resistencias sociales y educativas que se ven superadas y demolidas. Es la razón por la que Freud designa la experiencia como de “narziβtischeKränkung”26, agravio narcisista. Se trata de una experiencia de violencia sobre el yo y sobre el cuerpo de la mujer. Violencia que produce “Zerstörung”, destrucción, desmantelamiento de los tejidos narcisistas en torno y en la cobertura de la zona genital de la mujer; pero también destrucción de los valores de la resistencia impuestos por la cultura del diferimiento a través de la educación27.

 

Asunto de fantasmas que son sanguinarios en la correlación entre menstruación y coito inicial, angustia ominosa frente a lo nuevo, lo desconocido y el punto de partida, el tabú de la virginidad sitúa el comercio sexual y a la mujer con la que se lo emprende como algo frente a lo cual conviene andarse con cuidado: “No sólo el primer coito con la mujer es tabú; lo es el comercio sexual como tal. Casi podría decirse que la mujer es un todo tabú… Toda vez que el primitivo ha erigido un tabú es porque teme un peligro, y no puede negarse que en todos esos preceptos de evitación se exterioriza un horror básico a la mujer. Acaso se funde en que ella es diferente del varón, parece eternamente incomprensible y misteriosa, ajena y por eso hostil”28. No es posible establecer relaciones de identificación comprensiva entre el sujeto y la mujer ¿Cómo apropiarse de lo ajeno (fremdartig), enigmático (geheimisvoll) y hostil (feindselig)? Freud habrá de subrayar en Pulsiones y Destinos de Pulsión (1915) que en un momento primordial para el yo-placer purificado el objeto coincide con lo exterior, lo ajeno y odiado29. El Yo de la pureza plena, del placer sin alteridad, del placer indiferenciado, situaría a las mujeres en esta región de lo exterior, lo ajeno y lo odiado. Incluso la madre sería parte de esta región del odio. ¿No es la condición que le reservan a las mujeres esta secta judía de los esenios según el historiador del siglo I d.c. llamado Josefo? La cual lleva una vida de ascetismo y repudio del matrimonio: “En efecto, ningún esenio toma mujer, porque una mujer es una criatura egoísta, excesivamente celosa, ducha en defraudar los principios morales del marido y en seducirlo con sus continuas imposturas…Si tiene hijos, llena de espíritu arrogante y descarado hablar, manifiesta con el más audaz atrevimiento cosas que antes sugería encubiertamente y bajo disfraz. Abandonando toda vergüenza, impulsa al marido a cometer actos hostiles a la vida de compañerismo”30 Lo primordialmente ajeno al yo, extraño e incomprensible, es motivo de rechazo, de evitación y de hostilidad. Con la condición radical que representa la mujer en este universo del “Narziβmus dre kleinen Unterschiede”31, narcisismo de las pequeñas diferencias, se desmiente el precepto de amar al prójimo. La mujer no es ningún prójimo. La diferencia que plantea y encarna su ser empequeñece a los hombres que se afanan en comprender todo. La diferencia que plasma atenta contra todo narcisismo pequeño o grande, también representa una ofensa para el narcisismo del todo, de la totalidad del conjunto humano.

 

Por eso es que el ensayo freudiano suscribe la peligrosidad de la mujer desgarrada en su expectativa de plenitud por el presunto amo primordial pero, sobre todo, establece el poder de la mujer sobre los hombres en el plano mismo de la experiencia sexual. La mujer pone a dormir a los hombres con su sexo, a través de la experiencia sexual que les concede. Los ponea su merced. Deje indefenso, inerme aún al hombre más poderoso. Es la razón de que Freud nos evoque el mito bíblico de Judit y Holofernes. Nos tropezamos con un Holofernes, jefe de la expedición asiría contra los israelitas, que no puede ser el segundo en la seriación sexual de Judit por más expectativas que le hace alentar ésta. Pues esta rica y bellaviuda lleva una vida enteramente dedicada a la virtud. Hará que Holofernes pierda la cabeza por ella, a causa de ella, a causa del deseo por ella. Lo decapitará estando dormido debido a la embriaguezprovocada por el vino. La trama converge en este sentido con la de Dalila y Sansón. Después que éste le revela finalmente el secreto de su tremenda fuerza crea las condiciones de su propia pérdida. Dalila, como a un crío,lo hace dormir sobre sus rodillas y llama enseguida a un filisteo para que lo rapen. Estas mujeres que hacen dormir a los hombres haciéndoles perder, su fuerza, su talento, su vida, ilustra bien la omnipotencia, la sobreestimación psíquica que los hombres les destinan y adscriben para mejor homenaje a la madre. Precisamente era la madre la que nos hacía dormir pensando en la plenitud de su amor.

 

Para el primero debe reservarse el veneno de la serpiente32, el veneno del dolor de la desgarradura, de la rotura de las expectativas de pliegue narcisista. Por eso se debería dejar la tarea de desfloración a otros y no al marido que tendría que cargar con las consecuencias de la destrucción de una imagen de no-falta. Es importante en este sentido hacer remarcar que, como Freud lo sugiere, la virginidad es una cuestión que concierne sobre todo a los hombres: “Die Virginität Word als ein Gut betrachtet, auf welches der Mann nicht verzichten soll”33, la virginidad es considerado como un Bien, al cual el hombre no debe renunciar. Es un Bien para los hombres, es un preciado patrimonio fálico. En cambio, la desfloración es un Mal que se debe evitar, que se debe dejar en manos de quienes podría absorberlo sin perjuicio propio –una mujer vieja, un sacerdote.

 

La virginidad, en este contexto, es en última instancia asunto de señores, de presuntos amos. De hombres que con ese acto devienen causa abierta de la primera vez y presumen ser amos y señores en la historia, en la historia amorosa y sexual de una mujer. G. Bataille clarificó bien este panorama introduciendo en su reflexión la violencia del acto inaugural del matrimonio. Violencia legitimada en el derecho feudal de pernada: “el acto sexual, que constituye el matrimonio es una violación sancionada…tiene siempre un valor de fechoría, en el matrimonio y fuera del matrimonio. Lo tiene sobre todo si se trata de una virgen: lo tiene siempre un poco la primera vez. En ese sentido, creí posible hablar de un poder de transgresión que quizás tenía el extranjero y que quizás no había tenido primero el que vivía, sujeto a las mismas reglas, en el mismo lugar de residencia…A menudo se confiaba la operación a aquellos que tenían generalmente lo que el novio no tenía él mismo, el poder de transgresión de un interdicto…El sacerdocio designaba en principio a aquellos que debían poseer por primera vez a la novia. Pero se hizo impensable, en el mundo cristiano, recurrir a los ministros de Dios, y se impuso la costumbre de pedir al señor la desfloración. La actividad sexual, si se trataba al menos de establecer un primer contacto, era evidentemente considerada como peligrosa, si no se manifestaba como fuerza del soberano, o del sacerdote, para tocar sin demasiados riesgos las cosas sagradas”34. La sexualidad es arrancada del cuerpo de la mujer por la fuerza del amo más que por la fuerza del amor. Es arrancada a fuerzas y subordinada a la voluntad de poder del señor. Entra en la estrategia de la política para que se logre domeñar lo que posee un carácter amenazante y desquiciante para el orden social.

 

Luego entonces, el marido tendría que asumir los riesgos al pretender ser o haber sido “el primero” en la serie amorosa de su mujer.Según el discurso freudiano el padre sería el número 1 –incluso así es destacado como figura de identificación primaria. Además se trataría de un número 1 bien encarnado en la figura del “Urvater” de la horda mítica: “El marido nunca es más que un varón sustitutivo, por así decir; nunca es el genuino. Es otro –el padre, en el caso típico- quien posee el primer título a la capacidad de amor de la esposa; al marido le corresponde a lo sumo el segundo. Ahora bien, para que se desautorice a éste por insatisfactorio importa cuán intensa sea la fijación y cuán tenazmente se persevere en ella. Así, la frigidez se encuentra entre las condiciones genéticas de la neurosis. Mientras mayor sea el poder del elemento psíquico dentro de la vida sexual de la esposa, más capacidad de resistencia mostrará su distribución libidinal ante la conmoción del primer acto sexual, y tanto menos avasallador le resultará el efecto de ser poseída corporalmente”35. Freud establece a su vez y a su manera las posibles condiciones genéticas de la frigidez: la violencia de la venganza. Pero es una violencia que reproduce la experiencia violenta del primer coito puesto que se ejerce también contra el propio cuerpo. Se trata de la resistencia llevada a su máximo nivel de expresión. Resistencia rígida ante la experiencia de estar con alguien que no es el “Richtige”36, el correcto. Rigidez corporal antela evidencia de no estar con el auténtico, con el genuino. Incapacidad de abrirse a la posesión corporal, incapacidad para la apertura del deseo, ante la evidencia de que no se está haciendo algo correcto. Experiencia de falta de autenticidad. No se está haciendo lo correcto pues también aquí parece participar una “Gegenwillens”, una voluntad contraria, una voluntad de de poseer más que de ser poseída. Una voluntad de poseer, de atrapar, aquello que suscita su envidia, aquello que en principio no es más que un Zeichen37, un signo, de virilidad, de los hombres que marcan su sexualidady, por tanto, su cuerpo, como “unfertig”, inacabada, como incompleta. Por lo que se pone en acción una voluntad por quedarse durante el coito con el signo de los signos de una supuesta sexualidad plena, completa, madura. De este modo la frigidez es la postura violenta de alguien que empeña toda su voluntad en supeditar el placer al goce de arrebatar al compañero sexual del signo de plenitud detenta y retenerlo para sí. Es pues la conquista vía territorio genital, vía combate genital, de un signo. Del mismo, también diríamos que tanto la aventura audaz, heroica de Judit, cortando la cabeza de Holofernes, como la atrevida traición de Dalila, disponiendo el corte de cabello en Sansón, son procuraciones violentas de signos. Los cuales, como un posicionamiento rígido de frigidez, representan triunfos.

 

Si los hombres pretenden soldar la fisura entre el amor y el deseo degradando el objeto –humillándolo, vejándolo, maltratándolo-, las mujeres se proponen superar la distancia entre la tierna esperanza del amor y la ejecución desgarradora del sexo, cultivando la interdicción, sosteniendo y a menudo poniendo en escena en la vida real el fantasma de un amor secreto, prohibido. La apuesta de desafío es importante pues también sitúa a la mujer entre el deber marcado por la ley conyugal y la búsqueda del deseo donde una “esposa sólo reencuentra su sensibilidad tierna en una relación ilícita que deba mantenerse secreta, la única en la que está segura de seguir su propia voluntad libre de influencias”38. Se requiere la oposición para que el deseo prospere y sea fecundo. Las mejores historias de amor, de Romeo y Julieta hasta Titanic, se construyen en condiciones adversas, de oposición. De todos modos, la mujer se muestra precavida y advierte que el primero se presenta siempre como el gran poseedor, como el gran amo más que como el gran amor, como alguien interesado en su “Bien” virginal más que en su falta, y por eso sobre él es que descargará el odio del cual ha sido ella misma víctima milenaria. Sobre este gran amo, se vendrá a drenar el odio por la diferencia, el odio por lo que viene a signar la diferencia, el odio por las pequeñas diferencias. En virtud de este odio, germinando al lado de la servidumbre producida por la primacía y supremacía del primero, se sostienen y perseveran, ciñendo el amor a sus designios, las mejores parejas.

Mario Orozco Guzmán

 

 

Bibliografía:

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Notas:

[1] Ernest Jones, Vida y Obra de Sigmund Freud 2, Buenos Aires, Hormé-Paidós, 1989, p. 316.

[2] Horacio, Arte Poética, México, Porrúa, 1992, p. 178.

[3] Gabriel García Márquez, Memoria de mis Putas Tristes, México, Diana, 2004, p. 66. Es sorprendente como este elemento “de amores contrariados” parece ocupar la función de punto de almohadillado que anuda relaciones significantes, o bien opera como significante que insiste en hacerse valer, pues esta presente en las primeras líneas de la novela, parafraseando evocaciones del doctor Urbino, El Amor en Tiempos del Cólera: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, México, Diana, 2004, p. 9.

[4] Sigmund Freud, Sobre un Tipo Particular de Elección de Objeto en el Hombre, OC, XI, Buenos Aires, Amorrortu, 1980. p. 161.

[5] Gabriel García Márquez, Memoria de mis Putas Tristes, op. cit. P. 16-17

[6] Gabriel García Márquez, El Amor en Tiempos del Cólera, México, Diana, 2007, P. 168.

[7] Jacques Lacan, L’Identification, Leçon du 6 décembre 1961. “Mato una, es una aventura, mato otra, es una segunda aventura que puedo distinguir por ciertos rasgos de la primera pero que esencialmente se le parece por estar marcada en la misma general. A la cuarta, puede haber embrollo ahí ¿qué es lo que la distingue de la segunda, por ejemplo?”. Traducción Personal.

[8] Sigmund Freud, Sobre un Tipo Particular de Elección de Objeto en el Hombre, OC, XI, Buenos Aires, Amorrortu, 1980.p. 163.

[9] Sigmund Freud, Uber einen besonderen Typus der Objektwahl beim Manne, GW, VIII, Frankfurt am Main, 1999, p. 71

[10] Ibid; p. 73.

[11] Jacques Lacan, L’Identification, Leçon XVII, 28 mars 1962.

[12] Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad, México, Diana, 2004, pp. 34-35

[13] Sigmund Freud, Uber die allgemeinste Erniedrigung des Liebenslebens, GW, VIII, p. 80

[14] Gabriel García Márquez, El Amor en Tiempos del Cólera, México, Diana, 2007, p. 158

[15] Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad, México, Diana, 2004,p. 122

[16] Baruch Spinoza, Etica, Altamira, Sarpe, 1984, .p. 62

[17] Joël Dor, Clínica Psicoanalítica, Barcelona, Gedisa, 1996, p. 118.

[18] Sigmund Freud, Uber die allgemeinste Erniedrigung des Liebeslebens, P. 82

[19] Jacques Lacan, L’Identification, Leçon du 21 février 1962. “les he propuesto definir en relación a lo que amo en el prójimo, que, él, está sometido a esta condición hidráulica de equivalencia de la libido, a saber que eso sube de un lado, eso sube también del otro, lo que deseo, lo que es diferente de lo que experimento, es que, bajo la forma del puro reflejo de lo que queda del yo investido en todo estado de causa, es justamente lo que falta en el cuerpo del otro, en tanto que, él, esta constituido por esta impregnación de lo húmedo del amor. Desde el punto de vista del deseo, a nivel del deseo, todo este cuerpo del otro, al menos por poco que lo ame, no vale más que, precisamente, por eso que le falta…lo que busca el deseo es menos en el otro, el deseable que el deseante, es decir, lo que le falta…Y cuando digo como deseante, no he dicho ni siquiera, expresamente no he dicho como deseándome, ya que soy yo quien desea y deseando el deseo, este deseo no podría ser deseo de mi más que si me encuentro en este giro donde evidentemente estoy, es decir, si me amo en el otro, dicho de otro modo, si soy yo lo que amo. Pero entonces abandono el deseo” (Traducción personal).

[20] Federico García Lorca, Remansillo, en Antología Poética, Madrid, Visor, 2000, p. 27.

[21] Sigmund Freud, Sobre la más Generalizada Degradación de la Vida Amorosa, p. 173.

[22] Sigmund Freud, OC, I, p. 157

[23] Ibid. P. 156.

[24] Sigmund Freud, Sobre la más Generalizada Degradación de la Vida Amorosa, OC, V. XI, p. 176.

[25] Sigmund Freud, Das Tabu der Virginität, GW, XII,p. 173.

[26] Ibid; p. 173.

[27] Sigmund Freud, Sobre la más Generalizada Degradación de la Vida Amorosa, p. 180.

[28] Sigmund Freud, El Tabú de la Virginidad, p. 194.

[29] Sigmund Freud, Pulsiones y destinos de Pulsión, OC, XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1980, pp. 130-131.

[30] Edmund Wilson, Los Rollos del Mar Muerto, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, P.38.

[31] Das Tabu der Virginität, P.169.

[32] “…los domadores de serpientes hacen que el ofidio muerda primero un trocito de tela para manejarlo sin peligro”. Sigmund Freud, El Tabú de la Virginidad, OC, XI, p. 202.

[33] Ibid; p. 177.

[34] Georges Bataille, El Erotismo, Barcelona, Tusquets, 1992, Pp. 153-154.

[35] Sigmund Freud, El Tabú de la Virginidad, p. 199.

[36] Ibid; p. 174

[37] Ibid; p. 175.

[38] Ibid; p. 198.

 

[*] Psicoanalista. Miembro de Espace Analytique. Licenciado en Psicología y Maestría en Clínica por la Facultad de Psicología de La Universidad Autónoma de Querétaro, México. Doctor en Psicología por la Universidad de Valencia, España, Departamento de Personalidad: Enfoques Clínicos y Sociales. Profesor-Investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en la cual se desempeña actualmente como Director: www.psicologia.umich.mx. Correo electrónico: orguzmo@yahoo.com.mx.