Laura Suárez González de Araújo *
"No hay ser que exprese de una manera más patética el dolor de existir
y el sufrimiento como el melancólico"
Jaques Lacan
“Escribir sobre la melancolía sólo tendría sentido para aquellos a quienes
la melancolía satura o si el escrito viniera de la melancolía”
Julia Kristeva
Resumen
El presente trabajo pretende desarrollar un estudio analítico del concepto de la “melancolía” a partir de la interpretación que del término han dado diversos autores de distintas corrientes filosóficas. Así, en un primer momento se tomará como punto de referencia la experiencia dominante del tiempo que impera en este estado de ánimo y que ha sido ya desentrañada en ciertos textos fundamentales de Nietzsche, Binswanger, Rousseau o Freud, pensadores sobre los que quedará articulada esta parte inicial. En un segundo momento, se tratará de recoger cuáles son los lazos existentes dentro de este temperamento que vinculan una posible pérdida de objeto (definido en algunas ocasiones e indeterminado en otras) con un descontento hacia el mundo en general y hacia la condición humana en particular. Para ello, se recurrirá esencialmente a la interpretación freudiana de este complejo temperamental y a determinadas citas de Rousseau y de Tomás de Aquino. Finalmente, se esbozará una valoración general que intente aunar ambas vías de análisis y en donde quede recogido un planteamiento detallado de este “estado melancólico”, reconociendo no obstante y ya de antemano, la imposibilidad de dilucidar una lógica estable del mismo.
Palabras clave: melancolía, tiempo, Freud, pérdida de objeto, acidia, Real
1- LA EXPERIENCIA DEL TIEMPO
“Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir”, escribe Alejandra Pizarnik en el Espejo de la Melancolía1. Esta visión del melancólico podría completar la mostrada por el propio Freud al señalar que “el valor de la transitoriedad es el de la escasez en el tiempo2”, tiempo que por su propia definición, por su mismo componente de duración, de sucesión de momentos continuada a la par que limitada, parece abocar al hombre a ese estado melancólico caracterizado por el dolor y la tristeza3. Así, este hombre que se sabe transitorio, que conoce lo efímero de sus actos y que reconoce la “imposibilidad de la continuidad de la experiencia natural” (ese estado melancólico de pérdida)4, este hombre, decíamos, parece exclamar : ¡El tiempo se me agota en el tiempo!, quedándose así paralizado. Quizá sea esa la sensación nietzscheana de todo lo acabado5, o por extensión, de todo lo que se sabe que va a terminar. Quizá sea también el no asumir la propia muerte ( el tener la muerte en términos de Heidegger6), ese destino ineluctable de los hombres, lo que ocupe en este punto una de los resortes más punzantes dentro de aflicción melancólica. Lacan lo sabía, y es por ello que pronunció la polémica frase en Louvain : ¡ Hacen bien en creer que se van a morir!7
No obstante, no es sólo la pérdida del tiempo lo que sume al melancólico en tal estado, sino que la propia limitación que este conocimiento impone, esto es, la restricción en la posibilidad del goce8, es lo que cimienta y se apodera del temple característico del melancólico. Es esto lo que llevó a Freud, reflexionando sobre esa pretensión de eternidad frustrada en determinados hombres (que atañe además a todo lo bello que lo humano y lo natural albergan), a presumir que tal disposición afectiva debía albergar una aflicción psíquica, una patología que asumía de antemano el duelo de algo que se sabía en un futuro perdido y que, en consecuencia, inhibía su goce de lo bello por la idea de su índole perecedera9. Aquí, y a propósito de este estado de cosas, podría introducirse la sentencia de Rousseau cuando señala: “Para mí la previsión ha destruido siempre el goce. Sólo he visto el futuro perdiéndolo”10, y con la que el pensador francés parecería querer decir que el sólo hecho de conocer el devenir previsible cercena y anula la capacidad de gozar, la cual solamente se hace perdurable con la negación o sublimación de esa certeza sobre el destino del hombre. Con ello, se puede observar que la presencia de la experiencia del tiempo en el temple melancólico (una presencia definida por la inexorable transitoriedad que éste implica) constituiría no sólo uno de sus rasgos diferenciales, sino más bien una de sus causas impulsoras, una suerte de asunción de lo inevitable que conduciría al melancólico a ese estado de aflicción en el que su interior quedaría conformado en un espacio de color luto, donde nada ni nadie pasa11.
Así, y en base a lo dicho hasta el momento, conviene recordar aquí el grabado de Durero Melancolía I, imagen repleta de simbología que se constituye como una compleja alegoría del temple melancólico tal y como había sido entendido hasta el Renacimiento. En ella se observan distintos objetos que pueden entenderse como referidos al ya citado carácter transitorio e irrevocable del tiempo, remarcando por lo que aquí nos interesa el voluptuoso reloj de arena que decora el fondo de la imagen, la balanza, el cuadro mágico (que recoge el año de realización de la obra, que a su vez coincide con la fecha de la muerte de la madre del pintor) y la campana. Asimismo, especial interés muestra la corona de ranúnculos y lotos que la figura alada lleva sobre su cabeza, plantas que se suponía alejaban a la melancolía de la locura, de la desarmonía que la bilis negra podía provocar desencadenando así la patología. Con ello, esta figura principal, dejada a sus pensamientos habiendo abandonado sus labores ( se observan a su alrededor distintas herramientas, al tiempo que sostiene una especie de pluma) parece representar ese rasgo melancólico propio de los artistas y los genios que ya Aristóteles había desarrollado en su Problema XXX12.
Con todo, y volviendo al tema que nos ocupa, me gustaría concluir esta primera parte reseñando la doble vertiente que el tiempo ocupa en el estado melancólico: así, si de un lado cabe erigirlo como uno de los responsables directos de la aflicción que la melancolía impone, de otro hay que señalarlo como uno de los medios para el desenlace curativo de tal disposición. En este sentido, Freud señala que tanto la melancolía como el duelo comparten el rasgo común de desaparecer pasado cierto tiempo sin dejar tras de sí graves secuelas registrables13, y que si bien se requiere un proceso lento para asimilar la orden extraída del exámen de la realidad, lo que se había comportado como una herida abierta14 acaba por cicatrizar una vez se renuncia al objeto declarándoselo muerto. Así, podría reformularse la sentencia apuntada líneas más arriba para decir ahora que es el propio tiempo el que agota el temple melancólico provocado, entre otras causas, por el mismo tiempo.
Con todo esto, a continuación veremos, partiendo de nuevo y fundamentalmente de la aportación freudiana, como se puede ubicar otra de estas causas impulsoras de la melancolía en la pérdida de un objeto amado, pérdida que si bien pasa a ser inicialmente refutada por el yo, termina por absorber a éste generando con ello una identificación con el propio objeto.
2- LA PÉRDIDA DE OBJETO Y LA RELACIÓN CON EL MUNDO
Si bien el término de melancolía ha cubierto realidades muy diferentes a lo largo de la historia, algunas de las cuales han sido esbozadas en los párrafos anteriores, la psiquiatría y especialmente el psicoanálisis han demarcado el concepto para referirlo a un tipo de dolencia psíquica que se manifiesta por la extinción del gusto por la vida, el deseo y la palabra, así como por una intensa rebaja del sentimiento de sí que, siguiendo a Freud, se exterioriza en autorreproches y denigraciones que se extreman hasta una delirante expectativa de castigo15. Así, el inventor del psicoanálisis deja expuesto en Duelo y Melancolía que si bien ambas afecciones vienen representadas como una reacción frente a la pérdida de un objeto amado, la melancolía muestra algo ausente en el duelo, esto es, esa extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico16. A propósito de esta característica y a diferencia del duelo, la melancolía puede quedar referida a una pérdida de objeto inconsciente ( “puede reconocerse que esa pérdida es de naturaleza ideal. El objeto no está realmente muerto, pero se perdió como objeto deamor”)17 suponiendo con ello una suerte de “pérdida del objeto perdido”, en donde la pérdida de objeto no termina de aparecer pero prevalece la misma sensación de ausencia sin poder desentrañar el qué o el quién de lo que se ha perdido. Será por tanto esa pérdida desconocida la que motivará la inhibición característica de la melancolía. Con esto, Freud sitúa el origen del complejo melancólico en el trabajo del yo de desinvestir al objeto de la libido que tenía “anudada”, proceso en exceso doloroso y que tratará de resistir hasta ver revertido sobre sí esa libido liberada y establecer posteriormente una identificación con el objeto resignado18. Así, este desligamiento quedaría extendido y traducido en una ruptura de lazos con el mundo, en un desasimiento generalizado que parece infundir en el melancólico un descontento o rechazo hacia ese mundo y las personas que lo integran19, quedando así toda la carga libidinosa depositada sobre el objeto introyectado en el propio yo.
Así y todo, y acogida la posibilidad ya esbozada de que esa pérdida sea indeterminada, inconsciente en el objeto, se entiende el desencanto del melancólico con respecto a la condición humana, su disposición a la huída y al refugio en algo así como un desierto solitario en el que las “producciones de la tierra no forzada por el hombre rellenen su vacío”20 e intenten con ello cubrir esa pérdida de objeto no definido que le hunde en la tristeza. Igualmente, y a propósito de esta tristeza erigida como rasgo siempre presente en la melancolía a lo largo de la historia, conviene mencionar también la concepción que de ésta imperaba en los sistemas religiosos, fundamentalmente en la Iglesia Cristiana, para quién esa tristeza ( a raíz de la cual se introduce el concepto de acedia) quedará constituida como pecado. Así, señala Tomás de Aquino: “Efectivamente, la tristeza en sí misma es mala: versa sobre lo que es malo en apariencia y bueno en realidad(…)”, y unas líneas más abajo apunta: “ Por tanto, dado que la acidia, en el sentido aquí tratado, implica tristeza del bien espiritual, es doblemente mala: en sí misma y en sus efectos. Por eso es pecado la acidia (…)”21. Con todo, esta tristeza y sus efectos, que paralizan al hombre y le impiden hacer el bien, queda ligada en la concepción tomista a una pérdida de relación con Dios ( que ocupa el lugar de objeto), esto es, a la pérdida de fe que conduce al abandono de las pasiones22 y con ello al pecado. No obstante, este planteamiento de índole religiosa de la tristeza, síntoma primordial en el complejo melancólico, contiene determinados rasgos que bien pueden aplicarse a lo que la visión clínica entiende por esta patología, pues ya en su vertiente “moderna” depresiva como en el diagnóstico propiamente melancólico, se señalan la falta de apetito y de interés por las cosas ( resultados inevitables de la inactividad de las pasiones) como rasgos definidores de tales aflicciones. En este último caso, esa inactividad no sólo impediría la valoración y realización del bien y la obra espiritual, sino más bien toda suerte de actitud activa ante la vida, provocando de este modo al melancólico esa atracción irresistible por el suicidio de la que hablan los psicoanalistas23.
Con todo, podría afirmarse que esa pérdida de objeto que queda trasladada en una pérdida del yo (pérdida del propio sujeto, por identificarse éste con el primero), conduce en ocasiones al melancólico a una suerte de pérdida del mundo, en donde tanto la voz24 como el apetito ceden su espacio a un lamento ensimismado que no tiene nombre25.
3- CONCLUSIÓN Y VALORACIÓN
Una vez sentados los supuestos del temple melancólico desde las ópticas establecidas, esto es, a partir de una experiencia del tiempo que pesa por su transitoriedad y finitud y a partir de una pérdida de objeto que conduce a una ruptura de lazos con el mundo, cabría señalar que si bien mediante estos rasgos puede establecerse y ubicarse este temperamento propio de la melancolía, no es posible referirlo a ninguna estructura lógica determinada más allá de la fantasmática. De este modo, los epítetos lanzados contra el mundo por el melancólico, así como por los distintos autores estudiados en nuestro caso, hay que entenderos como alógicos, como no fenoménicos por estar referidos a un objeto perdido, a una falta; falta que se comprende en el doble significado que el término ofrece, esto es, como ausencia ante esa pérdida y como culpa, como pecado que sume al melancólico en un estado de suspensión en el tiempo dominado por la angustia y el cese del interés por el mundo. Con todo ello, reconocemos en la estructura melancólica la presencia conjunta de los dos ejes contemplados, su coexistencia e influencia recíproca, asumiendo no obstante la imposibilidad de adscribirla a una lógica determinada que trascienda la mera subjetividad del sujeto afectado, y en donde el acceso coartado a su capacidad de goce (goce que va más allá de cualquier significante representable) se aproxima a ese terreno que ocupa lo Real, esto es, lo indecible, y que sólo termina con la muerte.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Notas
1 A. Pizarnik, El espejo de la Melancolía, en la Condesa Sangrienta
2 S. Freud, Lo perecedero, Obras Completas: traducción de López Ballesteros y de Torres; ed. Biblioteca Nueva
3 “ Cuando el dolor y la tristeza persisten durante mucho tiempo, tal estado es melancólico”. Citamos aquí este aforismo de Hipócrates porque, a pesar de la ambigüedad del concepto “melancolía” y de la expresión griega “bilis negra” de la que procede originariamente, parece que en sus distintas formulaciones a lo largo de la historia siempre ha estado presente como integrante de este temperamento cierta disposición a la tristeza y al dolor. Así, ya el Belerofonte de Homero, posiblemente el primer griego melancólico, deja intuir este estado “del alma” cuando dice el poeta: “ Mas cuando ya también Belerofonte/ odioso se hizo a los dioses/ entonces en verdad/ andaba errante y solo por la llanura Alea/ concomiéndose el alma/ y evitando la huella de los hombres”.
4 L. Binswagner, Melancolía y Manía
5¡ Esa melancolía de todo lo acabado!, F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal
6 “La muerte, cuando se la asume en su inminencia y se la considera según su propio modo de hacer visible el presente y el pasado de la vida, es – en cuanto elemento constitutivo de la facticidad- al mismo tiempo el fenómeno a partir del cual se debe explicar y poner de relieve de específica temporalidad del Dasein humano”. M. Heidegger, Interpretaciones fenomenológicas sobre Aristóteles, trad. Cast Jesús Adrián Escudero, ed. Trotta
7 J. Lacan, Conferencia en Louvain 1972
8 S. Freud, Lo perecedero, Obras Completas: traducción de López Ballesteros y de Torres; ed. Biblioteca Nueva.
9 Ibid. Remarcar que ante la certeza de esta transitoriedad, el autor muestra su posición personal señalando que el valor de la belleza y perfección de las cosas reside en la importancia que nuestra percepción le concede, considerándolo así independiente de su duración en el tiempo.
10 J.J. Rousseau, citado por L. Binswanger en Melancolía y Manía
11 Alejandra Pizarnik, El espejo de la Melancolía, en la Condesa Sangrienta
12 Aristóteles sitúa a la bilis negra (humor esencialmente inestable, configurado como una mezcla de frío y de calor y a su vez contenedor de aire) como la fuente inmediata del comportamiento melancólico, esto es, como el eje modelador del carácter y responsable de las variaciones del thymos. Así, sería esta mezcla humoral (cuando no se encontraba del todo concentrada) la que daría lugar a los seres excepcionales.
13 S. Freud, Duelo y Melancolía, O.C, pág 2097
14 Este término ya lo recoge Freud en un primer manuscrito sobre la melancolía datado en 1895. Aparecerá de nuevo en Duelo y Melancolía.
15 Ibidem, pág 2091
16 Señalar aquí brevemente que esta característica de la melancolía quedará luego explicada por Freud al señalar el rasgo de ambivalencia de los vínculos de amor hacia el objeto. Así, apunta que “ las ocasiones de la melancolía rebasan muchas veces el acontecimiento de la pérdida por causa de muerte y abarcan todas las situaciones de afrenta, menosprecio y desengaño en virtud de las cuales puede instalarse en el vínculo una oposición entre amor y odio o reforzarse una ambivalencia preexistente”. “ Si el amor por el objeto se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en ese sufrimiento una satisfacción sádica”. En Duelo y Melancolía, O.C. pág. 2096
17 Ibidem, pág 2092
18 A raíz de esto explica Freud que la identificación del yo con el objeto perdido ( identificación narcisista) funciona como una incorporación de este último ( que representa el ideal del yo) al propio yo, de ahí que el monto de quejas que el melancólico emitía supuestamente contra sí mismo y sin ningún tipo de pudor deban de ser entendidas como ataques hacia el otro, encontrando con ello no falta de vergüenza, sino satisfacción. “La sombra del objeto cayó sobre el yo, quien en lo sucesivo, pudo ser juzgado por una instancia particular como el objeto abandonado. De este modo, la pérdida de objeto hubo de mudarse en una pérdida del yo”. Ibidem
19“ No-parecen decir los melancólicos-vuestra sociedad, vuestras actividades, vuestras palabras no nos interesan, estamos en otra parte, no estamos, no somos, estamos muertos”. Julia Kristeva, entrevista sobre la melancolía a cargo de Dominique Gibault, Zona Erógena num.20, 1994.
20 J.J. Rousseau, Ensoñaciones de un paseante solitario
21 Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, qu 35 <<De la acidia >>
22 “La tristeza será una insania o abandono de la pasión: como la tristeza resulta de la presencia de un mal, este impide el movimiento de la voluntad y obstaculiza el disfrute de su acto... Si la fuerza del alma es tanta que toda esperanza de evasión ha desaparecido, entonces el movimiento interior del alma que se ha hundido en la angustia queda paralizado hasta el punto que no puede salir ni de un lado ni del otro (...)” Ibidem
23 "No es por nada que el sujeto melancólico tenga semejante propensión, siempre cumplida con fulgurante y desconcertante rapidez, a tirarse por la ventana", Jacques Lacan "La Angustia" Seminario X, Clase 3 de julio del 1963
24 (…) y la razón de decir que la acidia corta la voz es porque la voz entre todos los movimientos exteriores expresa mejor los conceptos y efectos interiores (…). Tomás de Aquino, Suma Teológica II-I qu 35 << Del dolor o la tristeza en sí >>
25 A propósito del cuadro “melancólico-depresivo” y de las particularidades comunes de ambas afecciones, Julia Kristeva señala que el discurso del ambas patologías coincide en “la desvalorización del lenguaje, en que la persona que lo sostiene da siempre la impresión de no creer en él, de no habitarlo, de mantenerse fuera del lenguaje, dentro de la cripta secreta de su dolor sin palabras”. Julia Kristeva, entrevista sobre la melancolía a cargo de Dominique Gibault, Zona Erógena num.20, 1994.