Jesús Manuel Ramírez Escobar *
Resumen:
El presente trabajo da cuenta del lugar de las palabras en la clínica psicoanalítica en la medida en que estas son tomadas en la diacronía de un análisis, es decir, en el paso de un síntoma – carácter hacia un saber-hacer-allí-con el síntoma, de acuerdo a lo planteado en la parte final de la enseñanza de Lacan. Dicho procedimiento denunciará la envoltura formal del síntoma apuntando hacia una clínica que contemple la singularidad de cada sujeto.
Palabras Clave:
Síntoma, Envoltura Formal, Palabra, Clínica, Diacronía.
Abstract:
This paper talks about the place of the words in the psychoanalytic clinic to the extent that on the diachrony of analysis, that is, in the passage of a symptom - character to know-how-to do-with symptom, according to the points made in the final part of the Lacan´s teaching. That procedure will denounce the formal covering of the symptom, pointing to a clinic that provides the singularity of each subject.
Keywords:
Symptom, Formal Covering, Words, Clinic, Diachrony.
Introducción
Una demanda vaga en el aire, una persona cruza el umbral de su padecer consultando a un “especialista”. Este lo recibe con interpelaciones sobre sí mismo al tiempo que lo invita a hablar. Poco a poco, el individuo percibe un hueco en sus dichos, las palabras no alcanzan para dar cuenta de un enfrentamiento tan íntimo con aquello que lo aqueja. Este inicio devendrá síntoma, núcleo del trabajo de aquel ingeniero del corte, ese que llamamos psicoanalista.
Una a una, las defensas de ese ente extraño llamado lenguaje son rearmadas y configuradas. La capacidad de este ser de muchos rostros, se despliega en la búsqueda por la unidad de los miembros cercenados que la última batalla analítica ha dejado en la diacronía de las sesiones.
Estos reflejos de la experiencia analítica nos llevan a la pregunta por la clínica en la formalización realizada por Lacan (1981), quien en la Apertura a la Sección Clínica nos indicara que ésta se funda en lo que se dice en un análisis. Pero ¿qué dimensión tiene este decir? ¿Se trata de palabras o de algo más?, ¿Hacia dónde va orientado este decir en el análisis? Acompañémonos de Agamben quien nos procura una reflexión sobre el estatuto del lenguaje: “Sólo la palabra nos pone en contacto con las cosas mudas” (1989, p.97). Aquello que vaga en la idea del lenguaje es lo que abre la ruta hacia lo que un sujeto puede hacerse más allá de este, sólo el hombre es capaz de interrumpir, en la palabra, la infinita lengua para situarse por un instante frente a las cosas mudas, hecho que tiene efectos y que el análisis obliga a pensar en su dispositivo.
El presente trabajo da cuenta del estatuto de las palabras, trasfondo que la clínica psicoanalítica intenta desentrañar extrayendo el sustrato de una estructura cifrada en lo inconsciente y desde donde se operará para arribar a un puerto nuevo, hacia el descubrimiento de lo que representa la satisfacción misma en el síntoma para un sujeto que habla en el consultorio. Tomando como referente la enseñanza de Lacan, después de ser tocadas por un análisis, las palabras tendrán una nueva función, hecho mismo que sugiere un cuestionamiento profundo sobre éstas yendo desde la petición de un análisis hasta el fin del mismo.
Cabe señalar que para realizar esta tarea tomaremos como eje aquello que fuera llamado por Lacanla envoltura formal del síntoma, es decir, eso de lo que se vale éste para constituirse como tal: el registro de lo simbólico tomando en cuenta su estrecha relación con lo imaginario. Debido a que mediante dicha envoltura, podremos hablar de la diversidad de estatutos del síntoma dentro de la diacronía del proceso analítico, dando lugar a una propuesta que permita entender la clínica a través de pasos lógicos.
EL PORTADOR ASINTOMÁTICO
Para Freud (1914/2005), la introducción del tratamiento analíticoinvita al enfermoa cambiar su actitud frente a aquello que lo aqueja, debido a que anteriormente dicho sujeto se conformaba con lamentarse de ello, despreciándolo como algo sin sentido, menospreciando su valor, el cual se le ofrecía como un rasgo más de su carácter. Este hecho daría cuenta de una supuesta homogeneidad entre el síntoma y el yo del sujeto.
Más tarde, en la conferencia 24 sobre “El estado neurótico común”, Freud (1916/2005) hablará de cómo un sujeto logra tramitar un conflicto en lo psíquico mediante la formación de un síntoma en relación al principio de placer, pues gracias a este se buscará la menor excitación del aparato, ahorrando al yo un gran trabajo interior sentido como penoso. Lo anterior, debido a que esta ruta se presenta como la solución más inofensiva y la más llevadera desde el punto de vista social, ya que la cultura contribuye a la identificación del sujeto con el síntoma siempre y cuando exista una faceta de dominio o aceptación de este. En este punto notaremos una ganancia secundaria de la enfermedad, momento en que el yo se aviene a la neurosis que no puede impedir y saca de ella el mejor partido. En palabras de Freud:
Cuando una organización psíquica como la de la enfermedad ha subsistido por largo tiempo, al final se comporta como un ser autónomo; manifiesta algo así como una pulsión de autoconservación y se crea una especie de modus vivendi entre ella y otras secciones de la vida anímica (Freud, 1916/2005: p.349).
De este movimiento del pensamiento partiremos hasta “Análisisterminable e interminable” de 1937, en una visión general de los procesos considerados desde el punto de vista metapsicológico en la relación del yo con la pulsión:
Ahora bien, en el sano, como lo enseña la experiencia cotidiana, toda decisión de un conflicto pulsional vale sólo para una determinada intensidad de la pulsión; mejor dicho, sólo es válida dentro de una determinada relación entre robustez de la pulsión y robustez del yo. (Freud, 1937/2005, p.228)
Con esto, Freud atribuirá el término salud (sólo en términos metapsicológicos) a una proporción de fuerzas domeñables dentro del aparato psíquico, observando a la pulsión como algo que se ofrece a un tratamiento posible en el momento en que exista una alteración en la economía libidinal, puesto que el síntoma valdrá como formación sustitutiva mientras ocupe el lugar de la satisfacción de una pulsión, hecho que más adelante, en caso de que la neurosis se desencadene, dará lugar al analista en el manejo de la transferencia, es decir, al constituirse de un desplazamiento, el síntoma también es transferible a la persona del analista, hecho que induce a pensar al inconsciente como algo que pulsa y se desplaza.
No obstante, será Lacan quien denuncie que en el momento de calma en que el sujeto se encuentra adormecido por lo imaginario del fantasma (2006, p.36),éste se encontrará identificado a su síntoma, formando parte del carácter de dicho sujeto, hecho que facilita una sintonía entre éste y el yo (Miller, 1988, p.170).
Partiendo de los primeros desarrollos lacanianos sobre la estructuración del inconsciente como un lenguaje, denunciemos la función de las palabras en este momento del análisis.Las palabras, en su función, catapultan al reconocimiento pues siempre tienen una íntima relación con eso a lo que el sujeto se aliena, el Otro: “La palabra es esa rueda de molino donde constantemente se mediatiza el deseo humano al penetrar en el sistema del lenguaje” (Lacan, 1981, p. 266).
De esta forma recordemos que en el mismo grafo del deseo se puede comprender la función del la palabra y su campo constituido por el lenguaje, del cual se desprende una estructura propia de la que el sujeto será un efecto. La psicopatología de la vida cotidiana, en lo referente a las llamadas formaciones del inconsciente, permiten entender cómo dichos actos son desestimados en la vida diaria debido a que son fenómenos de lenguaje que entregan al sujeto el equívoco en su ser de sujeto, siendo el significado de la copulación entre significantes.
A su vez, en este punto de solapada alienación, el trabajo del inconsciente, que comporta la estructura de un lenguaje, anuncia su labor de ciframiento de goce, puesto que evoca un vacío ante la razón sexual que no puede escribirse. Dicha función carece de todo tipo de utilidad, conminando al sujeto a una chicana infinita pues para Lacan, los seres hablantes son felices, pues se ven librados totalmente al “menos mal” (Lacan, 1996, p.18).
Observemos cómo el sentido de la vida del sujeto está perfectamente establecido por el principio del placer, manejando una supuesta estabilidad en sus dichos, en consonancia con una razón que lo catapulta a la necesidad de asociación entre significantes. En este punto el analista en la contemporaneidad debe ser cuidadoso,al momento en que cada vez es mayor el número de pacientes que arriban al consultorio sin ninguna demanda de análisis, de lo que extraemos un par de preguntas: ¿Cómo romper la estabilidad del paciente que es traído al consultorio? ¿Realmente se trata de eso?
A continuación abordaremos el avance de la estabilidad en el síntoma (dentro de la neurosis) hacia la ruptura con dicho estado, motivando la demanda de análisis que el paciente presentará al acudir al consultorio.
EL QUIEBRE DEL FANTASMA Y LA DEMANDA DE ANÁLISIS
Como comenta Miller (1993), lo que invita a una demanda de análisis es lo que propiamente puede ser avizorado en la clínica cuando lo real es imposible de soportar. Las palabras comienzan a perder sentido, el goce que se inmiscuye se manifiesta por el efecto de lo traumático percibido como exterior a la realidad psíquica, pues como refiere Lacan en el Seminario III:
Cuando hablamos de neurosis hacemos cumplir cierto papel a una huida, a una evitación, donde un conflicto con la realidad tiene su parte. Se intenta designar a la función de la realidad en el desencadenamiento de la neurosis mediante la noción de traumatismo, que es una noción etiológica. Esto es una cosa, pero otra cosa es el momento de la neurosis en que se produce en el sujeto cierta ruptura con la realidad ¿De que realidad se trata? Freud lo subraya de entrada, la realidad sacrificada en la neurosis es una parte de la realidad psíquica (Lacan, 1984, p.70).
Algo de lo que antes mantenía una supuesta homeostasis es transgredido por lo real del goce, dado que en todos los casos donde se sufre de un golpe a la seguridad que se obtiene de la identificación al fantasma (ya mencionado en el apartado anterior) arrojará al sujeto al tambaleo de toda significación corriente que antes se ofrecía como estabilizadora. En este momento el sujeto realiza un sinnúmero de intentos por comprender lo que le ocurre, se presenta una interpretación previa de los síntomas por parte del sujeto en busca de un sentido nuevo, pues para éste, sus pensamientos, comportamientos, sus mismas palabras o incluso su existencia son tocados por el sin-sentido. La impotencia desprendida de esta labor implica, en germen, una entrada en la dimensión transferencial, puesto que el paciente se dirigirá a alguien al que supone un saber para poder alcanzar eso que no termina de invadirlo sin razón. El encuentro con lo Real lo ha llevado a llamar a un saber supuesto.
La verdad en el síntoma se manifiesta por el rodeo de la palabra por el Otro, del signo al significante cambiando el valor del síntoma en la transferencia, suceso que trae consigo un vistazo del síntoma sin soporte fantasmático pues éste ha vacilado. La neurosis se ha desencadenado trayendo consigo una demanda al Otro por su saber. Ante esta observación podemos ver lo que de la clínica analítica tendrá como base en su definición de síntoma, entendiéndose como aquello que está establecido en el habla misma del sujeto, no por el clínico que lo observa. El sujeto será su propio clínico en el momento en que se percibe como desbordado por lo que le sucede, aportando el vacío de su propia pregunta y cuyo material serán aquellas palabras que han sido decisivas en su existencia. En este punto, nos recuerda Miller (1988, p.131) que el hombre aparece a partir del psicoanálisis como jirón de discurso, hecho que Lacan denunciara bajo la categoría de sujeto. Por esta condición se verá en la emergencia de forjarse un nuevo lazo con un partenaire que resguarde bajo el saber la verdad de su propio goce. Ese sujeto reducido al síntoma como rasgo de carácter apunta ahora a un desconocimiento, no sabe qué le pasa.
Partiendo de este tambaleo del sentido, los significantes revelan su esencia de semblante, pues no sólo crearán una significación que ya no es sustentable; sino que ahora arrojan sufrimiento al momento en que crean goce del síntoma y del fantasma (Lacan, 1987, p.131). El cuerpo se presenta como fuera del campo de la palabra mediante zonas de recuperación de ese goce perdido por la función del lenguaje, pues el cuerpo siempre sirvió (aunque sin despertar la menor sospecha anteriormente) al ser hablante como superficie de inscripción significante.
La pulsión como concepto límite entre lo psíquico y lo somático (Freud, 1915/2005) permite dilucidar el movimiento que traza el inconsciente en su recorrido por la satisfacción de las zonas erógenas,insistiendo en ella el síntoma como aquello que ha resistido a ser elaborado en lo inconsciente debido a que éste se encuentra invadido por el registro de lo Real, influyendo en él desde el exterior del aparato psíquico, siendo lo que del síntoma genera compulsión. Al respecto Miller indica lo siguiente: “Hay que definir el síntoma no como formación del inconsciente, sino como función del inconsciente: una función que transporta una formación del inconsciente a lo real” (1988, p.171). Como vemos, ahora lo real responde directamente a lo simbólico arrojando sentido en su vertiente imaginaria.
Ante el acaecimiento del síntoma como solución de continuidad se abre la rajadura que revela la incidencia de la relación del sujeto (en sus decires) con el objeto a, se confronta con la fragilidad de ese fantasma fundamental que encorsetara su goce; lo Real del síntoma es puesto al descubierto por la contingencia de la vida. El analista tomará la demanda de saber del paciente restituyendo al síntoma su estatuto simbólico como mensaje articulado del Otro, hecho que conocemos por Freud como neurosis de transferencia. La puesta en forma del síntoma analítico se da cuando existe un viraje por el cual el Otro, como lugar del significante, es erigido por el paciente como Sujeto Supuesto Saber. Dicho saber supuesto del sentido del síntoma sirve de pantalla al objeto del fantasma cuyo lugar prepara, al mismo tiempo, para ser tratado por el analizante ahora como trabajador del inconsciente: “El síntoma analítico se constituye por su captura en el discurso del analista, gracias al cual, transformado en demanda, queda enganchado al Otro” (Miller, 1993, p.9).
El síntoma revela su cara de verdad en la medida en que muestra su estructura de ficción, de formación de compromiso respecto de la pulsión y del objeto a. Esta formalización hace del inconsciente un intérprete que opera bajo el principio del placer desde un displacer del resto asintótico de lo real. El campo del lenguaje, se convierte entonces en un mensaje pues denota la existencia del sujeto como efecto y no como existencia, revelando su función de impostura. Sin embargo, tras esta revelación se esconde una satisfacción; en la medida en que esta traducción soporta un goce en la formalización de un displacer; efectuándose una conversión del mensaje, cifrando un goce que deberá ser cubierto de sentido para evitar un sufrimiento más grande, lo que justifica la operatoria del principio del placer en el mismo síntoma.
Entendiendo lo anterior, el estatuto de la palabra se ubica como una interpretación previa que causa un paso de sentido (pas-de-sens) hacia un padecimiento por la ruta de lo indecible, las palabras cubren un sufrimiento que ya no se puede sostener. El sujeto ha sido tocado por lo Real y el analista tendrá en frente suyo a alguien que se ofrece al análisis pues ha dado un paso del sufrimiento del síntoma a hacer de este un texto a descifrar.
LA INSTAURACIÓN DEL SÍNTOMA ANALÍTICO
Convenido el punto de una entrada en análisis, el síntoma analítico muestra su lugar significante en el analista como sujeto-supuesto-al-saber, pivote desde el que se articula todo lo tocante a la transferencia, donde el inconsciente será desplegado haciendo un nexo entre la necesidad de repetición que invoca a la estructura misma del significante, y la repetición de la necesidad en su materia de interpretación sobre lo real.
Siguiendo a Lacan, en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista en la Escuela, percibimos que si el psicoanálisis consiste en el mantenimiento de una situación convenida entre dos partenaires que se asumen en ella como el analizante y el analista, sólo podría desarrollarse este proceso a costa del constituyente ternario que es el significante introducido en el discurso que se instaura: el sujeto supuesto al saber, formación desprendida del analizante.
Con este hecho el síntoma, en la definición que recibe en análisis, exige la implantación del significante de la transferencia. La formalización metafórica del síntoma responde, al inicio del análisis, a la función del analista como objeto de la transferencia para permitir el desciframiento del inconsciente en su vertiente más real que es la pulsión. Será por ella que el analista se ofrezca como objeto de esta pulsión en el análisis, en este punto habrá un manejo de la transferencia en la medida en que la versatilidad del analista lo invoque a desempeñar un lugar variable de objeto. Di Ciaccia comenta lo siguiente:
En la cura el propio analista es primeramente un elemento significante y un trozo de real después, en cuyo derredorsejuega el destino de un análisis (…) y por lo tanto, el síntoma y el analista están constituidos ambos por el mismo paño significante y por la misma capacidad de real (1989, p.25).
En materia de la función del lenguaje, gracias al significante de la transferencia se constituye el síntoma analítico y se hace demanda dirigida al Otro, junto con el deseo del analista para que aquel se muestre operativo. Las palabras son puestas como elemento material de una traducción que el sujeto operará para poder alcanzar una nueva respuesta, en este caso propia, pues dispone sólo de sus propios elementos y no ya los de la identificación. Las palabras se vuelven compañeras en el sufrimiento del sujeto a la vez que este las determina dándoles un nuevo sentido.
A modo de clarificar lo anterior, pongamos por caso a la neurosis, donde el síntoma es del sujeto y la demanda dirigida al Otro permite notar que el primero ha sido capturado por el significante bajo la instauración del Nombre del Padre como testimonio. La construcción del fantasma será el marco donde se albergará el goce que el análisis desalojará del síntoma, dicho goce entendido como el exponente de la función del deseo del Otro. En esta estructura, el Otro dejará ver su agujero por donde escapará el goce del síntoma y del fantasma.
Ante dicha situación, el analista realiza la función de recubrir el significante del Otro barrado [S (A)] por el Otro del significante, teniendo como hilo conductor el Nombre del Padre, garante para el sujeto de que la falta en el Otro sea soportable. En este marco llegará el significante operativo del sujeto-supuesto-saber anexándose al síntoma y facilitando su desciframiento, es decir, al trabajarlo como signo se permite un avance sobre el enigma del deseo del Otro. A su vez, esto provocará la metonimia deseante del analizante, deteniéndose sobre la metáfora que equivale a la causa de ese deseo. El analista responde con un enigma cuando la demanda del analizante, que invoca a la absolución del síntoma, busca un saber, pues la regla fundamental oculta y disimula el deseo del Otro.
Aunado a lo anterior, siguiendo a Strauss, existe una clara diferencia entre los síntomas neuróticos y el síntoma del neurótico en análisis. El primero indica una vertiente simbólica toda vez que se apareje a una formación del inconsciente, operando bajo una función metafórica, lo que permite su inscripción en el lugar del Otro. En este lugar encontramos al analista bajo el velo del significante (sujeto-supuesto-saber), lo que evita una modificación de la posición del sujeto, ya que la directriz principal de la interpretación inconsciente apela a la insistencia del significante (1989, p.36).
Por otra parte, si se ubica al síntoma en análisis, nos encontramos con aquello que resiste, siendo el lugar del manejo de la transferencia lo que permitirá la dirección de la cura en la medida en que la precipitación de los síntomas por el establecimiento de la llamada al Otro, dirigirá al sujeto hacia un síntoma cada vez más puro, lo que representaría el atravesamiento del fantasma y el desprendimiento del objeto a; el síntoma mutará y no sólo se desplazará como en el primer caso.
Cabe señalar que este proceso representa para el síntoma un punto de imposibilidad que el sujeto, instaurado en un lugar de trabajador y ya no de trabajado, se ocupará con el significante alrededor de ese límite al que se acercará cada vez más con un movimiento en espiral que traza la repetición.
En este punto podemos notar la función del síntoma como formación de compromiso entre la aspiración al falso ser que otorga el significante por medio de la identificación, mientras revela la sujeción a un goce imposible de decir.
El síntoma en su vertiente de mensaje se muestra como envoltura formal del objeto a pues vela el ser de objeto del sujeto mismo bajo la égida del fantasma. Al respecto Lacan menciona: “El fantasma, el $ con respecto al a, adquiere aquí valor significante por la entrada del sujeto en esta dimensión que lo devuelve a la cadena indefinida de las significaciones que se llama destino” (2006a, p.79). Esta será la ruta por medio de la cual el sujeto tomará noticias del síntoma.
Continuando con lo anterior, Lacan recuerda el sitio de un decir que causa consecuencias en otro espacio fuera de él: “Las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir” (2006b, p.18). Sin embargo, debemos tener en cuenta que para que este decir resuene, hace falta que el cuerpo sea sensible a él. Dicho lo anterior, será por medio de una operatoria sobre la pulsión que lograremos desentrañar los significantes del sujeto en relación a la demanda del Otro, como nos lo recuerda la fórmula de la pulsión ($<>D), enganchando en ella a la transferencia para ubicar el punto de alienación del sujeto al significante como afirma Lacan: “Es el reconocimiento de la pulsión lo que permite construir, con la mayor certidumbre, el funcionamiento por mi llamado de división del sujeto o de alienación” (1987, p.250).
El sujeto puesto en el lugar de las asociaciones vía la regla fundamental, ubica un nuevo espacio de producción, donde la invitación a la creación es un parte aguas del fin de análisis en la medida en que hay un atravesamiento del fantasma. Por medio de la operación sobre la envoltura formal del síntoma, ésta se disocia del material de goce que él envuelve. Una vez logrado lo anterior, el sujeto se desprende de la creencia de que el Otro goza ya de su síntoma, revelándose como goce del sentido gozado por el sujeto (Miller, 1989, p.15).
La función del analista devela su lugar en el momento en que el inconsciente muestra su vertiente real de ciframiento de goce, rompiendo su cadena por los efectos de corte que la interpretación del analista instaura desde su lugar de objeto, pues está advertido de que hay algo más allá del sentido que otorga el significante en su matrimonio con lo imaginario. Se logra un camino hacia la imposibilidad (lo que no cesa de no escribirse) usando la contingencia (lo que cesa de no escribirse), rompiendo la necesidad (lo que no cesa de escribirse) instaurada anteriormente por el sentido de las palabras (Lacan, 1995, p. 25).
Aún restará dar cuenta de cómo este proceso encontrará un límite en el fin de análisis, ubicando un lugar nuevo para el sujeto y para las palabras que este ha proferido y proferirá en adelante.
EL SÍNTOMA EN EL FIN DE ANÁLISIS
Hemos llegado hasta acá a desentrañar un espacio que se ha abierto por la ruta de un análisis y que buscará su fin último en reposicionar al individuo convertido en sujeto de su propio decir, en algo que lo ubique como ser-hablante mediante la localización de aquello que de su cuerpo haya sido tocado por el significante, y desde donde se abrirá una nueva ruta hacia la imposibilidad.
La contingencia se ofrecerá como ruta de elucidación de lo que en antaño fuera necesario, el inconsciente es desenmascarado como lo que avanza a tropezones, la una-equivocación, de la que hiciera luz Lacan en el Seminario XXIV, se ofrece a una nueva solución por parte del ser-hablante fuera de todo sentido ensayado con posterioridad.
Un camino nuevo se vislumbra (no sin una cuota de angustia) en lo que antes fue llamado padecimiento. Ha habido un proceso analítico en el momento en que el síntoma se ha presentado en su cara de incurable, la invención ha sido llamada a existir ahí desde lo que no hay y no habrá nunca más.
Sin embargo, debemos entender claramente que arribar a un puerto nuevo no quiere decir que este no sea conmovido en adelante, no debemos caer en una nueva especie de fijación. Una vez comprobada la inconsistencia del Otro del lenguaje, el estatuto de las palabras ya no será el mismo, la envoltura formal del síntoma se ha revelado para mostrar su materia gozante, el síntoma permite otro tipo de identificación peculiar; no se tratará de unificarse al síntoma sino que la operatoria inconsciente cambiará su proceder.
En el seminario XX, Lacan va más allá de la concepción anterior del inconsciente, haciendo una nueva formulación de éste como constituido a la forma de un enjambre (essaim) de significantes sueltos, de letras. En este momento surgirá el concepto de lalengua (lalangue), cercano al significante-amo, como significante Uno (S1), explicándolo de la siguiente manera:
Lalengua sirve para otras cosas muy diferentes de la comunicación. Nos la ha mostrado la experiencia del inconsciente, en cuanto está hecho de lalengua, esta lalengua que escribo en una sola palabra, como saben, para designar lo que es el asunto de cada quien, lalengua llamada, y no en balde, materna (Lacan, 1989, p.166).
Tras lo anterior, Lacan aclara también que, si bien el inconsciente está conformado por lalengua, el lenguaje (entendiéndolo como un significante que representa a un sujeto para otro significante) es aquello que haría las veces de elucubración de saber sobre lalengua. En ese tenor dirá: “El inconsciente es testimonio de un saber en tanto que en gran parte escapa al ser que habla… el inconsciente es un saber hacer con lalengua” (Lacan, 1989, p.167).
Ahora se conoce que el inconsciente para Lacan a esta altura es lalengua: enjambre de significantes amo o Uno soportado por el lenguaje que es lo que le otorga un sentido. Este es el punto donde el inconsciente no volverá a ser el mismo.
Los cortes realizados por el analista en la interpretación, escinden el paso de la interpretación significante, generando un elemento extraído de la cadena que ya no comporta su materia significante, ahora será una letra frente a la cual el sujeto se verá conmovido a la invención, haciendo de la una-equivocación del inconsciente una nueva escritura en lo real.
En adelante, lo que quedará será la agudeza (witz) sobre el síntoma, de la que se extrae un saber distinto al anterior, el saber del lenguaje como elucubración da paso a un “saber-hacer-ahí con…” en el momento en que sea requerido. En instantes en que el síntoma sea requerido a la identificación aparecerá la verdadera creación ingeniosa del sujeto por hacer algo con eso, con la contingencia de lo real.
En palabras de Miller: “El psicoanálisis trabaja con la estructura formal llevando al síntoma al límite donde se vuelve agudeza (Witz)” (1989, p.15). Lo que se preserva del rasgo de carácter del sujeto en el síntoma analítico y en su posterior creación al final del análisis será el resto asintótico; manteniéndose en el estilo o marca de lo real en su discurso, pues es la estrategia frente a la falta del Otro. Aquí cabe señalarse que ese Otro, del que el sujeto se encontraba alienado en sus palabras, llega a mostrarse no como faltante si no como inexistente, como artificio.
Las palabras ahora son compuestos y no queda más que saber hacer con ellas ante el vacío que causa la falta de razón sexual que el inconsciente ha develado en su incompetencia cifradora. El Otro como tesoro ha perdido su potencia, las identificaciones se han quebrantado y sólo resto algo más. El síntoma se revela como metáfora de una creación exnihilo, es decir, desde la nada ha surgido algo nuevo y en esa brecha es que el análisis ha develado un nuevo modo de vivir. Después de esto, una nueva persona saldrá del consultorio.
CONCLUSIÓN
Dicho lo anterior, sólo queda concluir que apegándonos a aquello que fuera un antecedente en Lacan: la envoltura formal del síntoma como límite que lleva a invertir los efectos de creación (1985, p.60); hemos llegado a desentrañar el efecto de las palabras en el proceso analítico, puesto que estas no guardarán el mismo sentido en cada momento de la diacronía del síntoma antes, durante y al final del análisis. Primero serán el sostén de un sentido del que se goza, luego serán sinónimo de un movimiento sufriente que busque saber en el Otro. Posteriormente se hará de éstas un material de trabajo para el analizante, verdaderos instrumentos hacia el fin de análisis donde evidenciarán su vacuidad, aunque mantendrán su efecto siempre reconfortante ante los envistes de lo Real siempre azaroso.
Por último, resta considerar que el mismo proceso analítico apunta a hacer un llanto de las palabras, extrayendo de ellas la materia de goce que previamente las amenaza en cada una de sus interpretaciones. ¿Y para que están las miserables palabras si no para ser aporreadas en el análisis por el analizante y por el goce que velan? Este trabajo no tuvo más que la intención de darles un lugar, ya que su espacio siempre se encuentra acechado por un dialecto extraño que las obliga a callar, a extinguirlas en favor de dar un lugar nuevo a quien las sabe usar, como lo demuestra Octavio Paz, en un esfuerzo de poesía, al incitarnos a hacerlas sufrir:
“Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras”.
Jesús Manuel Ramírez Escobar
BIBLIOGRAFÍA
Al respecto Lacan comenta en la clase del 12 de abril de 1967 del Seminario XIV: “He escrito la fórmula de la pulsión, arriba a la derecha del Grafo como ($<>D), es cuando la demanda se calla que la pulsión comienza”.