Juan Carlos Mosca *

Lacan - Freud - Psikeba

Un hombre hizo un juicio contra el fabricante de hornos a microondas porque después de bañar a su perro lo puso a secar en ese horno para que no tomara frío, con el resultado que mató a su mascota. La demanda fue porque el fabricante no indicó en el prospecto que en ese artefacto no había que poner animales a secar. Erik Porge menciona este caso, extraído de Folie et démocratie de Dany-Robert Dufour, y señala que en las sociedades democráticas de hoy se constituye, como reverso del Nombre-del-Padre Sujeto supuesto Saber, un “Sujeto supuesto No Saber, lo que todo el mundo sabe”.

 

            Y podría afirmarse que todo el mundo sabe que si ponemos un animal en el microondas lo reventamos. Pero también sabe que para secarlo no lo pondremos en el horno a gas, y si fuera más atrás en el tiempo, también todo el mundo sabía que no había que ponerlo en un horno de una cocina a leña o carbón. Por otra parte, en un agobiante día de verano, para refrescar al mejor amigo del hombre, tampoco lo pondríamos en el freezer.

 

            Sin embargo, la “suposición de no saber” campea en nuestro tiempo como un rasgo de la época. Esta posición de sujeto supuesto no saber se ve promovida por cierta “ingenuidad” -o infantilización- subjetiva, semejante a la del ejemplo brindado más arriba, y al mismo tiempo es legitimada y favorecida por los mecanismos sociales y legales que disciernen una disminución de la responsabilidad individual en beneficio (o perjuicio) de un aumento de la misma en las corporaciones y las instituciones. Con efecto de procedimiento “objetivante” -al igual que el de la medicina y los diversos sociologismos y psicologuismos- que disminuye la implicación subjetiva.

 

            El resultado es que suponemos en el ciudadano de nuestro tiempo, el “consumidor / cliente”, un Sujeto supuesto No Saber. Es un sujeto poco o nada responsable de sus actos que estarían condicionados por un impersonal Sujeto que Sí Sabe, que queda del lado del “sistema”, favoreciendo así una posición de Ignorancia, que sin ser Docta es muy apasionada.

 

            La referencia a aquel caso que cita Porge, la brinda Rolando Karothy en su libro Una sola gota de semen... el sexo y el crimen según Sade, de Editorial Lazos; allí, en el capítulo 5 de su libro, señala la función de Sade en relación a poner en escena el límite de la revolución democrática. En la medida que éste propone una democracia igualitaria frente al mutuo derecho al goce, lleva a un callejón sin salida y así denuncia el impasse revolucionario de la revolución francesa. Recuerda Karothy que Zizek señaló que no fue necesario esperar a Marx para descubrir el desequilibrio de las paradojas de la democracia formal, puesto que fue Sade quien con su “democracia del goce” (Franceses un esfuerzo más si queréis ser republicanos) “tropezaba con el hecho que una democracia sólo puede ser una democracia del sujeto, no hay democracia del objeto”.

 

            El campo de la ley y los derechos pertenece a la dimensión de la universalidad, la naturaleza misma del fantasma se resiste a su universalización: “el fantasma es el modo absolutamente particular en que cada uno de nosotros estructura su relación imposible con la Cosa traumática. Es el modo en que cada uno de nosotros, por medio de un guión imaginario, disuelve u oculta, o ambas cosas, el atolladero fundamental del otro inconsistente”.

 

            Sin embargo, en el ejemplo que vimos, el Otro sería puesto como garantía de consistencia del “artefacto” a condición que la inconsistencia quede magnificada brutalmente del lado del sujeto, hasta el extremo de lo que yo llamaría su infantilización y estupidización como Sujeto supuesto No Saber lo que todo el mundo sabría (modifico brevemente la fórmula para destacar la condición potencial de la suposición). De tal forma que, extremando el caso, en un campo de igualación universal de equivalencias y reciprocidad:

 

somos todos estúpidos.

 

            La exigencia de Saber está en el patrón Capitalista-Democrático, quien suele ser anónimo e impersonal, el sistema; y del lado del cliente-consumidor la demanda al Saber supuesto del patrón.

 

            Con ese procedimiento se “resuelven” las paradojas e impasses, ya que otro -pedagógica y democráticamente- nos debería decir que hacer, incluso si secar o no al perro en el microondas. Sin embargo, la paradoja se vuelve a presentar. No es posible universalizar el derecho al goce, como lo pretende la máxima sadeana. No se sostiene una consigna del tipo “todos tienen derecho a ejercer su fantasma particular”.

 

Eso es así porque, como afirma Karothy siguiendo a Zizek: los fantasmas no pueden coexistir pacíficamente en algún ámbito neutral. Siguiendo su interrogación: ¿Puede un hombre gozar de una mujer con la condición que a ella se le haya realizado la ablación del clítoris, tal como se practica en el oriente de África?. Por otra parte, ¿qué hay respecto de la mujer que acepta esa práctica, e incluso la exige? ¿Forma esto parte de su “derecho”?. O, en nombre de los “derechos universales” y la “liberación femenina” ¿deberíamos imponer por la fuerza -una Fuerza de Tareas occidental- el abandono de esa práctica propia de ciertas comunidades musulmanas?

 

            Dice Zizek: “... no hay ninguna salida, aunque sostengamos que una mujer puede humillarse en tanto lo haga por su propia voluntad, es posible incluso imaginar la existencia de un fantasma que consista en ser humillada contra su voluntad”. Y continúa: “¿Qué hacer, entonces, ante ese atolladero fundamental de la democracia? El procedimiento modernista (ligado a Marx, y que consiste en desenmascarar a la democracia formal, en sacar a luz el modo en que la forma democrática oculta siempre un desequilibrio de contenidos) implica llegar a la conclusión de que la democracia formal como tal debe ser abolida...  El enfoque postmoderno, por el contrario, nos exigiría asumir esta paradoja constitutiva de la democracia...  ...una cierta escisión fetichista: Sé muy bien (que la forma democrática es una forma maculada por manchas de desequilibrio patológico), pero de todos modos (actuaré como si la democracia fuera posible)...” (Slavoj Zizek, en Mirando al sesgo, Editorial Paidós, citado por R. Karothy en el texto más arriba mencionado).

 

            Por lo expuesto, la incompatibilidad del goce singular y la universalidad de la Ley, aún cuando esta Ley fuera “democrática”, es irresoluble. El movimiento hacia la complementariedad entre singularidad y universalidad entra en un impasse que en caso de “forzamiento” (forzamiento en el sentido de Badiou) se resolvería en alguna variante de totalitarismo. La única manera de no deslizarse a formas totalitarias es mantener abierta la paradoja y no pretender salir del impasse. (Dicho sea de paso, también considero que Badiou lo resuelve con un deslizamiento totalitario, pero esto sería tema de otro artículo).

 

            No hay Prospecto, Manual, ni mucho menos Garantía. Pero al menos podríamos contar con dos cosas, por un lado el Saber lo que todo el mundo sabría, y por otra parte, ligado a lo anterior, la responsabilidad subjetiva.

 

            Suponer no saber lo que no esté explicado y garantizado por otro, es una maniobra de des-responsabilidad subjetiva, cuyo precio es la alienación neurótica y la estupidización. Precio que el neurótico está dispuesto a pagar para que el saber del padre no sea supuesto y el Otro gane consistencia. Este precio puede ser criminal, como bien lo indica Contardo Calligaris en La Seducción Totalitaria en referencia a la experiencia del nazismo y los testimonios recogidos de jerarcas nazis en los Juicios de Núremberg. 

 

            El funcionamiento tecno-burocrático de la “maquina social”, del “sistema”,  como un aparato que provee artefactos y ofrece gadgets, favorece esta posición en la cual los propios sujetos se instalan como instrumentos de su funcionamiento, ubicados como “unidades”, individuos que son “unidades de valor” de un sistema más amplio. En este dispositivo es el “sistema” (en cualquiera de sus formas de presentación y representación) el que “sabe” y el sujeto está infantilizado. A su vez esa posición infantil está preservada por el propio sistema que legaliza la correspondiente protección que la invalidez infantil del sujeto amerita, por medio del aparato legal y la defensa de sus derechos. Entre ellos el derecho que podemos formular de este modo:

 

Todo individuo tiene derecho a comportarse como un estúpido y exigir del otro que se haga cargo de su cuidado.

 

Y tal es así que, según Porge, el individuo que cité al comienzo, el que hizo aquel juicio al fabricante de hornos a microondas...  ¡¡ LO GANÓ!!

 

Pero no es solo una cuestión de nuevas tecnologías. La posición de “inocencia subjetiva” tiene una implicancia social y política cuando los individuos prefieren construir un relato histórico adecuado a esa posición. Las explicaciones sociales y psicologistas que justifican la no-responsabilidad subjetiva, llega a veces hasta extremos francamente ridículos.

 

Tomemos en cuenta otra perspectiva para este No Saber lo que todo el mundo sabría. Martín Caparrós escribió en el diario Crítica de Argentina, un artículo sobre el juicio por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar de Argentina, que se desarrollaba en la ciudad de Tucumán contra el ex General Menéndez. En ese artículo Caparrós comenta la idiosincrasia de la posición que arguye ignorancia y desconocimiento de la gente acerca de las atrocidades cometidas por la tiranía; posición incauta, manifestada popularmente y en los medios de comunicación respecto del imaginario social acerca de la represión durante la dictadura. En ese texto denominado “El peor acuerdo” y publicado el 24 de julio del 2008, Caparrós afirma:

 

“Es curioso cómo se re escribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. <Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas>, dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan”

 

Finalmente me serviré de una pieza literaria de Jean Paul Sartre, El Muro (publicada en El Muro, Editorial Losada) tal como ya lo hice años atrás en clases dictadas para la cátedra de “Psicología, Ética y Derechos Humanos” de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Me interesó de ese cuento la conducta del personaje Ibbieta que nos plantea un interrogante moral ¿se trata de un traidor, o por el contrario “no sabía” y por lo tanto es inocente por ignorancia y azar? El relato transcurre en la España de la guerra civil. Un grupo de prisioneros republicanos en manos de la falange es arrojado a un sótano y deberán pasar su última noche esperando que al amanecer los lleven hasta un muro y los fusilen. No son heroicos, con el transcurso de las horas se vuelven oscuros y miserables. Finalmente se acerca el amanecer, se escuchan las primeras detonaciones, empezaron los fusilamientos. Pero Ibbieta debe esperar. Lo suben a una habitación, lo interrogan, le piden que denuncie a un líder anarquista, su amigo Ramón Gris.

 

Le ofrecen su vida por la de Gris. Ya está planteado el problema ético. Como en el apólogo Kantiano el sujeto debe decidir entre opciones no del todo excluyentes ya que en cada elección le va algo, incluida la vida. Y esto vale para el caso de Ibbieta, aunque no se le pide un Testimonio Falso sino la Verdad.

           

Ibbieta sabe donde está escondido Ramón Gris, en casa de su primo y sabe que somos todos mortales. Esto último lo sabe desde esa noche, solo desde entonces. Dice el texto: "Estos tipos adornados con sus látigos y su botas eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más".

 

Las pequeñas actividades de los falangistas le merecían burla, parecían locos. Se proponía no hablar, de puro testarudo. Pero habló. Habló, para mentir, para burlarse de esos severos guardianes que merecían burla. "Está escondido en el cementerio", mintió Ibbieta. Y dijo la verdad. Allí encontraron a Ramón Gris, lo mataron, y la ejecución de Ibbieta fue aplazada.

 

Este es el relato, que termina con el protagonista llorando de risa, o riendo hasta las lágrimas. La versión original en francés le quita solemnidad al final y allí donde en Editorial Losada leemos que lo sucedido fue por una tontería, el autor puso boludez.

           

La primera exculpación posible para Ibbieta es justamente la boludez, o si se prefiere la ignorancia. Lo que él sabía es que Gris estaba en casa de su primo, no sabía que había abandonado ese refugio y se hallaba escondido en el cementerio, mencionó ese lugar por puro azar y solo por azar coincidió su declaración con el sitio real donde se hallaba el fugitivo.

           

            Nuestro pobre Ibbieta, que en el texto de Sartre no ensaya defensa alguna, ni convoca a los filósofos para que llenen de palabras ese tremendo agujero de sentido que se abre a sus pies,  solo podría decir que "metió la pata" (la boludez) y que Gris era un imprudente que se peleó con su primo y abandonó un seguro refugio por el cementerio. Lo demás lo hizo el azar, el Destino o las circunstancias objetivas. Y bien podría haber dicho: “¡... pero yo no sabía...!”

           

Lacan nos planteó la cuestión de cómo sustentar una Ética que no reciba su sostén de un Otro sin barrar. Podemos nosotros preguntarnos: ¿cómo sustentar la responsabilidad subjetiva si no lo hacemos en base a un ideal de libertad, autonomía, saber y voluntad? ¿Cómo eludir el procedimiento de “objetivación” que disminuye la implicación subjetiva?

           

Lacan afirmó, en La Ciencia y La verdad:

 

            “De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables ....”

            “ ... el error de buena fe es entre todos el más imperdonable"

 

 

                                                                     Lic. Juan C. Mosca

Bibliografía
Contardo Calligaris. La Seducción Totalitaria
Karothy, Rolando. Una sola gota de semen... el sexo y el crimen según Sade, Editorial Lazos
Porge, Erik. Los nombres del padre en Jacques Lacan
Sartre, Jean Paul. El Muro, Editorial Losada
Zizek, Slavoj. Mirando al sesgo
 

[1] Versión ampliada del artículo publicado originalmente en Psyche Navegante
<http://www.psyche-navegante.com/>

 

[*] Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires - Psicoanalista. Docente en la cátedra Teoría Psicoanalítica, Universidad Nacional de La Plata (ciudad de La Plata, Buenos Aires. Argentina). Director de Redacción de la publicación "Texturas en Psicoanálisis" (Buenos Aires, Argentina).