Juan Carlos Mosca *
El psicoanálisis está vinculado a la ciudad, como a una Polys. Las primeras asociaciones psicoanalíticas no eran nacionales, eran ciudadanas. La Sociedad Psicoanalítica de Viena, la de Budapest, la berlinesa o la de Zurich, etc.
Podríamos pensar que será del psicoanálisis en Barcelona, en Roma, en Porto Alegre, en New York...... También en La Plata. Y en cada ciudad implica sus circunstancias, una cultura, sus costumbres, sus historias. Su simbólica, su imaginario y -porqué no- su real. Viena, por supuesto. Y claro, Paris, ¡oh, la la, Paris....! Y Buenos Aires, un poco engreída reflejando el brillo derramado por aquellas.
Sin embargo para Freud, más que el brillo valía el “barro”. Entre el oro y el barro, eligió el barro: los sueños, los actos fallidos, el chiste, los síntomas histéricos, esas formaciones del inconsciente, con poco brillo para la ciencia.
En relación al aparato psíquico Freud pensó en dos ciudades: una, Troya, develada de su aura mítica por Heinrich Schliemann en 1870. Freud se consideraba a sí mismo un nuevo Schliemann sacando a la luz los basamentos del Inconsciente. La otra ciudad Roma, la inalcanzable para el maestro vienes, una ciudad mítica donde ruinas sobre ruinas, cristianas sobre paganas, romanas sobre etruscas, se superponen sin excluirse, como modelo de la temporalidad del Aparato Psíquico.
Freud ilustra su concepción del inconsciente atemporal con la visión del arqueólogo que excava, descubriendo ciudades sobre ciudades, conviviendo épocas diferentes sin suprimirse unas a otras.
Pero en Baltimore (Estados Unidos) Lacan utilizó otra imagen y otra temporalidad, la pulsación luminosa de los carteles de neón y las luces de los autos corriendo por la autopista en el amanecer: el inconsciente es Baltimore, temprano, al amanecer, dijo entonces el maestro francés.
Una superficie, no una profundidad.
La imagen freudiana tiene un matiz onírico, la de Lacan alude a un despertar o a un insomne despierto frente al devenir pulsante de los relámpagos de neón que iluminan la noche. Una noche urbana y moderna.
Y entonces, como ciudad, ¿cuál es nuestra Polys?.
Quisiera detenerme en una, la ciudad de La Plata. El psicoanálisis tiene una historia en La Plata. Una historia jalonada con muchos nombres. Uno de esos nombres comenzó cuando en la Universidad Nacional de La Plata la Carrera universitaria de Psicología era parte de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Ahora es “Facultad de Psicología” (¿con qué “beneficio”?).
Primero fue “Psicología Profunda”, memorando la nominación utilizada por el propio Freud, luego “Teoría Psicoanalítica”. En ambas una referencia inevitable, Rolando Karothy.
En la cena de despedida a los profesores que dejábamos la cátedra Teoría Psicoanalítica en La Plata: los profesores Renato Báez Carcey, Rolando Karothy y el suscripto (luego también la profesora Mariana Bellabarba), Karothy recordó las palabras que en relación al cuestionado concurso universitario que lo desplazó de aquella Universidad, le dirigió María del Carmen Meroni: “por suerte el profesor no se tragó al analista”.
Lo destaco porque no es sencillo evitarlo. Para que esa deglución no suceda es preciso una firme actitud, resistirla.
Caso parecido, seguramente, a lo que sucedería en otras instituciones, como las hospitalarias, del sistema de salud o del sistema educativo. Pero la Universidad tiene sus peculiaridades, un discurso que la caracteriza y el lazo que ese discurso propicia. Y en este caso -además- las particularidades que hicieron a la carrera de Psicología en La Plata.
Toda institución construye un imaginario de lo que es el Bien y el Bienestar. Son justamente los ideales que el psicoanálisis viene a cuestionar. Por eso el psicoanálisis incomoda y no es cómoda la posición de los analistas en las instituciones. No está de más señalar que eso vale también para las instituciones formadas por psicoanalistas.
Entonces, el soberano bien de la institución, en el caso que menciono de la instituciónuniversitaria, favorece ser tragado por su discurso universitario y con ello el psicoanálisis no estará cómodo. Escribo esto pensando en esa incomodidad.
En cualquier institución, si uno se acomoda, se apoltrona, como se dice calienta la silla, no sería inusitado que después de 30 años alcanzara las posiciones jerárquicas más elevadas. Si eso sucede en la Universidad, no solo el profesor se tragaría al psicoanalista, la silla se tragaría al profesor. Y eso sucede.
Por la Universidad, por sus márgenes, transitamos muchos; pero algunos poseen el don de entreverarse en esos fenómenos institucionales que permiten ocupar el centro de una escena montada para un público numeroso y entusiasta.
Sobre la numerosidad y el entusiasmo de ese público, mantengo la opinión de Giordano Bruno en La Bestia Trionfante respecto de la incompatibilidad del amor a la Verdad y a la Multitud. Y ya que la verdad no goza de simpatías, el asunto parece reducirse a conservar las buenas formas y hacer lo políticamente correcto.
La Universidad produce ciertos fenómenos, como la idealización de la construcción de un saber, idealización totalizante, fenómenos de masas -tan sensibles al gusto del estudiantado y sus dirigentes-, y también de status quo. Siempre por buenas razones, las buenas normas y el bien de todos.
“Toda ciudad se ofrece a nuestros ojos como una comunidad; y toda comunidad se constituye a su vez en vista de algún bien (ya que todos hacen cuanto hacen en vista de lo que estiman ser un bien). Si pues todas las comunidades humanas apuntan a algún bien, es manifiesto que al bien mayor entre todos habrá de estar enderezada la comunidad suprema entre todas y que comprende a todas las demás; ahora bien, ésta es la comunidad política a la que llamamos ciudad (Polys)” (La Política, libro primero, Aristóteles; en “Ética Nicómaca – Política”, Editorial Porrúa S. A., México, 1992. Página 157)
Con estas palabras comienza Aristóteles su libro sobre la Política y probablemente siga siendo la concepción predominante respecto del ideal político: alienarnos al bien supremo significado en un gran Otro.
Veamos que dice Freud:
“¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla”.
....
“Es simplemente, como bien se nota, el programa del principio del placer el que fija su fin a la vida. Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo; sobre su carácter acorde a fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo -sin excepción- lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea dichoso no está contenido en el plan de la Creación” (“El Malestar en la Cultura”, S. Freud. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2001; en Obras Completas, Volumen XXI, página 76)
En síntesis, la frustración del programa del principio del placer, genera lo que Freud analizó como malestar en la cultura.
Otra dimensión es la del síntoma.
La modalidad de respuesta sintomática promueve la ilusión de verse liberado de la responsabilidad de responder. Eso lo llamamos “beneficio secundario” del síntoma. Es la posición del escolar, que falta a clase si padece fiebre. La ilusión de no responder por nosotros mismos es una ilusión infantil.
¿Y porqué deberíamos responder? Tenemos solo dos alternativas, responder por el deseo o por el Otro. En realidad no son excluyentes, ya que la vía del deseo atraviesa por el campo del Otro, tanto como el de los semejantes. Y el Otro, en la medida que lo reconozcamos barrado propicia el deseo. Pero en el contexto que menciono, responder por el Otro implica una política oblativa, destinada al fracaso pero no por eso menos insistente. Solo lleva a lo peor. Incluso a lo peor del crimen. Bregar por la consistencia del Otro puede justificar los peores crímenes. Los crímenes cometidos en nombre del Führer (o de la Revolución) son un ejemplo, pero podríamos nombrar muchos otros, no tan trágicos y mucho más cotidianos. Incluso los realizados “de buena fe” en nombre de la Ley. Y las pequeñas miserias, de pequeños sometimientos a pequeños amos.
Y con respecto a las pequeñas miserias en la Universidad, recuerdo que Elisabeth Roudinesco expresa, en su biografía de Lacan, un interesante comentario del psicoanalista acerca de las secuelas de la insurrección conocida como Mayo francés:
“...la protesta habría llevado a la supresión en la Universidad de la antigua función del maestro [maitre – Amo] para sustituirla por un sistema tiránico fundado en el ideal de la comunicación y de la relación pedagógica” ...
...“la Universidad de las barricadas fue uno de los momentos del relevo, en la Universidad, de los intelectuales por los tecnócratas” (Elisabeth Roudinesco, “Lacan, esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”,Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1993; página 505).
Sabemos que según Lacan el saber universitario tiende a sustituir a la iglesia y produce sujetos a los que se dirige como unidades de valor. La revuelta universitaria contra los viejos amos / maestros, los viejos señores feudales universitarios, derribando Jefes de Escuela, dejó en su reemplazo la generación de mediocres tecnócratas, de “funcionarios” y administradores. Paradójica consecuencia de una revuelta estudiantil-proletaria. Se cumplió la predicción de Lacan: quieren nuevos amos, los tendrán.
Dicho sea de paso, en la lectura de Roudinesco, la tendencia extrema a la formalización matemática, dentro del campo mismo del psicoanálisis lacaniano, en particular representada en aquella época por Miller, también está en esa línea de la construcción de un saber universitario.
Luiz-Olyntho Telles da Silva en un artículo que espero sea de próxima publicación, afirma que si Freud empeñó su vida en la profundización de la teoría psicoanalítica, en su difusión y en defensa de sus conceptos, no fue debido a un afán de salir de la marginalidad. Al contrario, remarca dicho autor que cuando el psicoanálisis empieza a ser muy aceptado... ¡El riesgo es que deje de ser psicoanálisis! (“La excentricidad del Psicoanálisis”, texto basado en una conferencia dictada por su autor en la ciudad de Bento Gonçalves, traducción al español por Ruth Carrion Britto Velho de Mattos, con revisión del texto y notas por Juan C. Mosca)
Señala el psicoanalista brasileño que es cierto que ha existido un creciente interés por el psicoanálisis y una correlativa proliferación de psicoanalistas, pero -afirma el autor- seguramente esos dos fenómenos no son la misma cosa. Y señala que si bien el psicoanálisis realmente ha proporcionado enfoques innovadores para otras ramas del conocimiento, en cuanto a la proliferación de psicoanalistas resulta necesario considerar por lo menos dos vertientes, una de ellas sin duda es la del interés genuino y la otra, al menos en ciertos lugares, se debe a un fracaso:el afán de “conquistar espacios”.
La marginalidad del analista, su obrar “en los márgenes”, significa poder ver las cosas desde otro ángulo.
Mantenerse prisionero de la alienación y los prejuicios es el precio a pagar para conservar la ilusión de ser amado. Para tener otra perspectiva el psicoanalista paga con la marginalidad.
El Yo se somete para no perder la esperanza del amor del Otro. Es para mantener las cosas de ese modo que resiste al inconsciente. Pero si Freud coloca la resistencia del lado del analizante, Lacan la colocará del lado del analista. ¿Qué quiere decir con eso?
Recuerda Luiz-Olyntho que Lacan estuvo muy preocupado en defender al psicoanálisis del ansia de adaptación de la ego-psychology al american way of life. Y entonces afirmó: la resistencia es del psicoanalista.
Poniendo la resistencia en el analista Lacan no sólo cambia la posición de la resistencia sino también cambia su señal. Cuando se decía que si algo no andaba en un análisis era por el analizante, Lacan ubica al Yo del analista como obstáculo.
Pero Luiz-Olyntho no quiere olvidar que Lacan era francés, para así -sin perder de vista esa enseñanza del maestro- abrir también otra perspectiva, que subraya al señalar la relación de la resistencia con los franceses. Dice entonces el colega brasileño que existe incluso una expresión que reúne las dos palabras: ¡resistencia francesa!
Así que, cuando Lacan afirma que la resistencia es la del analista, Telles da Silva evoca el sesgo de esa otra referencia, para que puedan ser tomadas en consideración otras luces y otras sombras.
Nos recuerda ese sesgo un sentido aproximado, al que Lacan expresa al final de La Ciencia y la Verdad, cuando allí afirma a su auditorio que:
"... en cuanto sujetos de la ciencia psicoanalítica, es a la solicitación de cada uno de esos modos de la relación con la verdad como causa"- los modos a los que Lacan se refiere son, por oposición al del psicoanálisis, los de la ciencia, de la magia y de la religión -"a la que tienen ustedes que resistir" (En “La Ciencia y la Verdad”, Escritos 2, página 854/5, Editorial Siglo XXI, México, 1984)
“Tienen ustedes que resistir...”, suena a un mandato. Es una clara indicación dirigida al analista. Un deber, un mandato, por tanto apunta a un horizonte ético.
Tienen que resistir. Señalemos, junto a Telles da Silva, que en alguna forma podría decirse que el deseo del analista también consiste en “resistir”.
¡Escándalo...! ¿Cómo?, ¿resistir? Sí, resistir la tentación de suturar la hendidura, resistir al fenómeno de masificación, resistir a los saberes establecidos, a la consistencia del status quo, al sometimiento y a la canallada, a la estigmatización de la posición marginal, al atractivo vértigo del escenario en el que el rey está desnudo.
También resistir que el profesor se trague al analista. Resistir la mediocridad.
Porque esta forma de “resistir” es posicionarse “excéntrico” respecto del “centro”, para preservar -en los márgenes- el deseo de analizar.
Remarco entonces esas palabras de Lacan: “... tienen ustedes que resistir”.
Eso tal vez haga toda la diferencia en cuanto al futuro del psicoanálisis, en la ciudad de La Plata y también en cada ciudad donde transitamos los márgenes.