Sentimientos relativistas

Jorge Ballario *

Lacan - Freud - Psikeba

Ejemplos de la relatividad

Conforme con la teoría de la tectónica de placas, la corteza terrestre se halla compuesta por al menos doce placas rígidas que se desplazan autónomamente. Lo que permite nuevas configuraciones continentales, aunque sólo apreciables en colosales períodos de tiempo. Los continentes actuales, según la teoría propuesta por Alfred Wegener en 1912, no son más que subdivisiones y desplazamientos de la masa continental original llamada “Pangea”, que existió hace aproximadamente 300 millones de años.

Por otro lado, según la Teoría General de la Relatividad, en determinadas condiciones la masa se transforma en energía; además, el espacio y el tiempo están estrechamente  ligados en un continuo de cuatro dimensiones: la temporal se suma a las tres dimensiones espaciales clásicas. Por lo tanto, el tiempo es relativo al espacio, como asimismo a la velocidad. Albert Einstein, en su famosa teoría, también predijo que la trayectoria de la luz no es lineal como se creía, sino que se curva (o deforma) por estar sometida al campo gravitatorio de los astros con que se cruza en su recorrido.

Pasando ahora a la percepción del mundo que nos rodea, podemos decir que la misma es relativa a nuestra subjetividad, y si amplificáramos fantásticamente esta regla, conforme a los comentarios geológicos y astrofísicos precedentes, podríamos agregar que dicha percepción también es relativa a nuestras proporciones. Imaginémonos de un tamaño subatómico; en tal caso, el mundo conocido no existiría, dado que a ese nivel las estructuraciones de los objetos conocidos (agua, aire, árboles, animales, tierra, muebles, casas, autos, etc.) no serian reconocibles. Es más: podríamos atravesarlos a todos sin siquiera saber dónde finaliza uno y comienza otro. Y en el extremo opuesto de nuestra hipótesis ficticia, siendo gigantes interestelares, tampoco podríamos distinguir, por ser demasiado pequeños, los objetos conocidos: los propios planetas nos resultarían diminutos y no podrían albergarnos; probablemente sólo los utilizaríamos como puntos de apoyo para impulsarnos en nuestro nomadismo interestelar.        

 

 

El sentido del mundo

Según Jacques Lacan, los significantes por sí solos no significan nada. En cambio, en relación con otros generan efectos de significación. Por lo tanto, nuestras significaciones no se corresponden unívocamente con ningún significante particular, sino que son sólo efectos de la cambiante relación que se produce entre los diversos significantes.

Un recién nacido únicamente percibe de modo totalmente rudimentario y precario: formas, movimientos, ruidos y los contrastes visuales (colores). No hay todavía en él ninguna significación, ningún sentido, ninguna palabra, ninguna vivencia que pueda darle idea de lo que ve y siente. Es a partir de su interacción con ese esquema básico externo, que se le configurará gradualmente el sentido de su mundo. El bebé, por esos días, a una forma recortada en el espacio que emite ciertos sonidos y se mueve de determinada manera, y está íntimamente ligada a casi todas sus experiencias de satisfacción,  aprenderá a reconocerla y balbuceará su primer vocablo para llamarla: “ma – má”. Y es así como de a poco, en un largo y complejo proceso de aprendizaje, irá adquiriendo las destrezas, capacidades y saberes del futuro adulto. Toda esa fenomenal complejidad adquirida se instalará y residirá exclusivamente en su mente, dado que afuera continuará existiendo lo de siempre –lo dicho: sólo formas, movimientos, ruidos y contrastes visuales–. Por ende, el sentido del mundo que lo rodea persistirá siendo una proyección de su “película interna”. Una proyección de su historia con sus aprendizajes, sentimientos, deseos y expectativas, sobre la elemental “pantalla externa” del bebé, como asimismo le ocurre al adulto.     

El hombre no es un ser racional que posee emociones, sino esencialmente un ser emocional e imaginativo que razona. Por lo tanto, siempre existe un a priori emocional con respecto a la razón: ésta no se explica a sí misma, sólo puede hacerlo a través del prisma emocional-subjetivo que nos singulariza. Y es debido a esto que dicha facultad humana puede ser vista de manera distinta por cada persona, más allá de que existan –en los diccionarios– unas pocas definiciones de gran consenso y supuestamente más objetivas, como ser: “Acto de discurrir el entendimiento”, o “Argumento o demostración que se aduce en apoyo de algo”, entre otras. Pero cuando se abusa de la razón, el racionalismo surgido, puede devenir un espejismo que altera la realidad, obturando otras percepciones posibles. Aunque, “Tanto hay exceso en excluir la razón, como en no admitir más que la razón”, dijo Blaise Pascal. Además, “Si ya no se cree infalible y única a la razón, aparece, en cambio, una compañera más potente y flexible, más rápida y certera: la intuición”, según la filósofa española María Zambrano. Paralelamente, “Para Feyerabend, (siguiendo la tradición de Kuhn) la llamada "racionalidad científica" queda circunscrita a los acuerdos de la comunidad científica. La razón tiene un mínimo correlato con la realidad y sólo es producto de las mentes de los científicos que la definen o no según sus intereses comunitarios, defendiendo e imponiendo sus intereses al conjunto de la sociedad como un grupo social dominante más”1.Por último,y en un nivel más básico, no hay que olvidar que, según Jacques Lacán, “El malentendido es inherente al discurso interhumano”.

En su cuento “El inmortal”, Jorge Luis Borges nos hace ver cómo la propia condición humana es relativa a nuestra existencia como seres mortales: si fuésemos inmortales, careceríamos de los poderosos condicionamientos de sabernos mortales, que definen lo humano y que nos impulsan a trascender simbólicamente nuestro propio fin. 

Muchas de las verdades conocidas son relativas, dado que, si las profundizásemos, en algún punto muchas de ellas se relativizarían, de manera análoga a como desaparecen los límites, entre los diversos objetos, en el nivel atómico.

Una porción considerable de la estructuración subjetiva del hombre, pasa por la disciplina y la represión, como asimismo por la inclusión de categorías, cualidades, conocimientos, etc.; en suma, por una amplísima gama de variantes al servicio del ordenamiento lógico, y de la sacralizada organización racional, incluso de los afectos, a la que nos vemos sometidos los seres humanos en la dura e inexorable marcha civilizadora y de culturización que emprendimos al nacer. Sería algo así como tener a Dios mismo (¿la razón?) atravesando todo nuestro ser. En tal caso, podríamos vislumbrar cómo la razón, devenida sutilmente racionalismo, se encargaría de obturar la dimensión profunda de nuestras determinaciones inconscientes, transformando una parte considerable de nuestras realidades subjetivas en meros espejismos racionalizados. 

En el marco de dicha estabilidad ilusoria que les dio origen, los objetos y las categorías “quedan”, son como instantáneas de un proceso dinámico; es así como pueden ser captados y congelados en sus respectivas configuraciones perceptivas.

El concepto de “canalización” de Waddington y Piaget, alude a un ventajoso plan de desarrollo en el cerebro humano, cuya finalidad adaptativa contribuye a la preservación de la especie. Dicha noción explica la disposición del sistema nervioso a proseguir con un  patrón de desarrollo establecido, en lugar de algún otro, contingente. Sin embargo, el estudio del sistema nervioso iluminó otro mecanismo, denominado “plasticidad”, que aparenta ser opuesto al primero, pero que en realidad es complementario. La plasticidad permite que el ambiente interceda en el desarrollo y la organización del cerebro; es decir, que las circunstancias, los estímulos, las vivencias y las significaciones de los individuos puedan alterar el plan originario. Probablemente, en las conductas  trascendentes o heroicas se despliegue al máximo el mecanismo de la plasticidad. Es decir, que la plasticidad además es una manera de adaptación al medio, pero desde la perspectiva singular de los individuos, atendiendo la especificidad única de cada uno de ellos. También, se ha comprobado que las huellas cerebrales pueden desaparecer sin dejar rastros, aunque no está claro si del cerebro en su totalidad, o sólo de la faz consciente de dicho órgano; o, mejor dicho, de su poseedor. 

 

 

Subjetividad para evaluar

Ante todo, quiero hacer referencia a la extrema simplificación que conllevan todo juicio o análisis informal, e incluso los formales e institucionales, dadas las humanas e inevitables limitaciones. Me estoy refiriendo básicamente a los propios prejuicios –sobre valores, ideas, creencias o sentimientos–, que descontextualizan a los sujetos observados, no incluyendo sus respectivas historicidades, significaciones y circunstancias, con la simple e ilusoria finalidad de rotularlos y encasillarlos en algunas de las categorías existentes, para luego vérselas sólo con ellas, y ya no con ellos.No es otra cosa lo que se puede esperar en general del accionar humano, como así también de las instituciones, dada la extrema carencia de pensamiento sabio que anima al hombre actual, quien ha visto envilecer su raciocinio, debido precisamente al exceso de razón que lo habita. Nadie objeta la utilidad de la misma, sino su presencia casi absoluta, la colonización que produce sobre la mente humana esta hiperracionalidad presente.  

Las historias y las circunstancias de las personas –tanto objetivas como subjetivas– son siempre diferentes, y además, estas son más propensas o menos propensas a determinadas conductas. Por ende, también se relativiza todo lo concerniente a los méritos y culpas que se les atribuye. Sin embargo, el sentido común –o el juicio común– tiende a juzgar con pura actualidad, e irreflexivamente, dado que no puede ni desea complejizar la cosa profundizando en la historia de cada uno; es decir, humanizando a sus examinados. Simplemente relaciona unos pocos hechos míticos, conforme al sentimiento e identificación prevalecientes en la circunstancial y siempre volátil comunidad de justicieros del sentido común.

Voy a tratar de ilustrar lo que dije: si tomamos un ejemplo estrictamente del área económica y neutralizamos las variables éticas u otras, podemos afirmar que es mucho más meritoria una persona que supo edificarse una sólida posición económica mediante la creación de su propia y próspera empresa; o, en todo caso, mediante el ascenso a un valioso cargo ejecutivo en una importante compañía, habiendo comenzado de cadete, que otro exitoso empresario con mucho más patrimonio que el primero, pero con una considerable parte del mismo heredada.

En determinadas circunstancias, la verdadera evaluación de los hechos se realizaría objetivando la subjetividad. Este procedimiento se podría aplicar sobre muchas calificaciones, como ser: audacia, valentía, cobardía, u otras, que normalmente se utilizan de manera absoluta.

Supongamos ahora algo sobre la limosna que los fieles le brindan a su Iglesia durante la misa. Esa institución podría haber determinado de manera objetiva que una limosna de $30 es habitualmente lo máximo que recibe, y es por lo tanto una excelente dádiva; entre $30 y $20, muy buena; entre $20 y $10, buena; entre $10 y $5, regular, y, por debajo de 5, mala. Pero si le agregásemos una segunda variable a ese análisis, como ser la posición económica de cada persona, y midiésemos luego la relación que existe entre esta variable y la estudiada en primer lugar –esto es, el importe donado por cada feligrés–, obtendríamos resultados bastante diferentes. Entre ellos, nos podríamos encontrar con la sorpresa de que un indigente que donó $0,10 habría marcado el récord de espíritu solidario, superando proporcionalmente alguna cifra extraordinaria de algún millonario generoso. Y esta conclusión nos recuerda al episodio conocido como “el óbolo de la viuda”, en el que Jesucristo, luego de ver a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo y de ver también a una humilde viuda que ponía dos pequeñas monedas, dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie; […] dio todo lo que tenía para vivir”. (Marcos 12, 41-44).     

Si aplicásemos esta misma lógica a muchas otras calificaciones, obtendríamos reiteradamente resultados diferentes a los surgidos en primera instancia. En todos los casos convendría evaluar el esfuerzo subjetivo. Pero eso sí: esta medición es más compleja, dado que requiere un saber adicional sobre el sujeto estudiado; en cambio, el ilusorio saber objetivo es más simple porque parte del supuesto de uniformidad psíquica y sólo mide lo externo al individuo, que en ocasiones, además de la conducta concreta objeto del estudio, abarca las condiciones físicas y materiales de los evaluados.

En el caso de una persona discapacitada, cuando efectúa un esfuerzo u obtiene un codiciado logro, se la elogia vivamente. Esto es así, porque se aprecia el esfuerzo singular del triunfal discapacitado: en su afán por superar su déficit, estas personas suelen desarrollar una gran motivación interior que les puede compensar una parte, o hasta toda su minusvalía, en determinadas disciplinas.  

También la soberbia y la humildad pueden ser analizadas aquí con la lógica relativista. Como ejemplo podemos citar a quienes sostienen que realizar una abarcadora obra literaria, es un “acto de soberbia”. Podría considerárselo así, siempre y cuando tengamos en cuenta que dicho acto es en realidad una “abstracción”, dado que, por regla general, los trabajos de largo aliento, como las obras señaladas, están compuesto de una sucesión de actos “concretos” que pueden oscilar entre ambos extremos de la polaridad: “humildad/ soberbia”, y difícilmente alguien pueda permanecer durante todo su proceso creativo y laboral en sólo uno de los polos. Sin alternancia no habría creación. En la generalidad de los casos existen múltiples actos parciales, y algunos se hallan atravesados por conflictos e inseguridades… y otros, por soberbia.

Sin correcciones no hay aprendizajes. Y para que exista una disposición a percibir los propios errores, debe existir al menos en algún momento una actitud humilde. Al menos, ese o esos mini-actos de humildad cumplen con la función de posibilitar el aprendizaje. Por lo tanto, en condiciones razonablemente normales, si no hubiese actos de humildad, no existiría la posibilidad de la corrección y del aprendizaje. Por ende, el autor no lograría la excelencia en su obra, es decir, ese “abstracto” acto de soberbia.

Podemos concluir entonces que, si incluyéramos lo subjetivo, muchas veces obtendríamos resultados paradójicos: lo que objetivamente aparecería como lo más grande, sería lo más chico; y lo más chico, lo más grande.

Un último aspecto a tener en cuenta: en la medida que aceptemos los sentimientos como equivalentes a un mayor grado de complejidad en el análisis, nos aliviaremos, dado que de esa manera tendremos mejor representada nuestra compleja interioridad. En cambio, si nos guiamos sólo por el sentido común, podríamos experimentar cierta frustración o hasta desarmonía entre lo que dicho sentido homogeneizador sugiere y nuestra singularidad. Es decir, no coincidirá nuestro sentido singular con el sentido común.

 

 

¿Los más valientes o los más cobardes?

¿Alguien se puede sentir responsable de las vivencias espontáneas y las significaciones que consciente o inconscientemente va experimentando? Este recorrido vivencial es el verdadero artífice de la actividad psíquica, aquello que va modelando al afectado, entre otras cosas, como cobarde o valiente; es decir, como alguien carente de ánimo y valor en el primer caso, o como un realizador de acciones de valor y esfuerzo en el segundo. Paralelamente, el sujeto puede ir convirtiéndose en unfervoroso devoto de ciertos valores, circunstancias, sensaciones o afectos. El resultado de esta verdadera ebullición mental, lo impulsará en determinadas direcciones y realimentará a su vez, las dinámicas ecuaciones mentales que lo digitan.

Si somos testigos ocasionales de alguna conducta valerosa, mirada sólo desde afuera, a su autor lo percibimos como valiente. Y en parte está bien que así sea; pero puede que, si profundizáramos en los sentimientos y motivaciones del elogiado, tal vez descubriríamos que no era tan valiente, dado que no lo costó casi ningún esfuerzo hacer lo que hizo, y al mismo tiempo era mucha la recompensa social. Por consiguiente, nuestra percepción inicial podría súbitamente virar hacia algo bastante alejado de la primera calificación, y así enfrentar la inquietante idea de que estamos ante un oportunista o un vulgar especulador. Nada más alejado de la apreciación inicial. Un verdadero fiasco.

Otra versión del aparente valiente: un individuo habitualmente temeroso, puede en un momento dado, por imperio de determinadas circunstancias y por alguna profunda y solapada motivación, superar todos sus límites y transformarse por un instante en valiente, en alguien desconocido para los demás como para sí mismo.

Tal como estamos viendo, en ocasiones los más valientes o audaces son en verdad los más cobardes, ya que sus valerosos actos, en realidad, han sido inconscientemente promovidos por un apronte angustioso. Es decir, una “cobardía” los empuja paradójicamente hacia la “audacia” externa, huyendo de ese modo del peligro interno: una valentía disociada de su causa profunda sería la encargada de conjurar lo que el sujeto vislumbra como un peligro interno. La huida cobarde de alguien, por angustia, puede ser hacia lo que por consenso del sentido común es tildado de valiente; en tal caso, esa persona sería valiente para esos observadores. En cambio, quien huye por la misma causa (angustia) hacia lo objetivable desde el sentido común como cobarde, es eso.

Por ejemplo, entre los pasajeros de un barco que se hunde, quien entre en pánico o llore sería visto como cobarde, frente a algún otro que actúe un circunstancial liderazgo, aunque éste no fuese otra cosa que un intento de escapar de su mundo emocional.

Por añadidura, el aventurero puede serlo para evitar la angustia que le produce la pasividad, sus propios aspectos femeninos, o incluso, determinados impulsos homosexuales reprimidos.

La neurosis misma posee un aspecto básico, que aunque profundamente inconsciente, se lo podría tildar de idealista:es todo un mérito renunciar al Deseo. Es decir, esta deserción, desde una perspectiva puede ser cobardía, pero desde otra puede verse como un sacrificio en pos de la ley cultural, y tal vez habita en el alma del neurótico un gozoso idealismo cultural, y no sólo un temor inconsciente. En tal caso, habría una especie de heroicidad anónima que le haría soportar estoicamente sus síntomas, y hasta una vida trágica en ocasiones, en pos de ese ideal cultural. Tal vez este aspecto idealista que anidaría en las profundidades psíquicas de algunos sujetos neuróticos no haya sido suficientemente ponderado como para que podamos descubrir que ellos serían el último bastión de resistencia de una especie de moralismo que se niega a desaparecer y que estas personas neuróticas representan.

La cobardía y la valentía, en determinadas circunstancias, pueden ser simplemente dos posiciones relativas a las demás significaciones en juego. Hay que tener en cuenta también que la actitud y el sentir son las dos caras de la misma moneda, y que al modificar uno de los lados, se modifica el otro.

El valiente lo es, casi siempre desde una perspectiva cultural: si hipotéticamente extrapoláramos una conducta valiente a otra cultura, con otras valoraciones, podría dejar de serlo, al menos si dicha actitud se debiese a un aprendizaje; en cambio, podría continuar siendo un comportamiento valeroso, si fuese producto de la sublimación.

El interjuego entre el posicionamiento subjetivo y las valoraciones sociales, es lo que determina que un individuo, frente a una situación dada,  pueda tener una conducta cobarde o valiente. A veces, de acuerdo a ese posicionamiento, alguien puede ser valiente, pero si dicho posicionamiento variase, la valentía inicial podría ya no sentirse como tal.

Si un simple empleado de una gran empresa siente cierta aversión o hasta temor por las reuniones sociales en general, y por las de trabajo en particular, y de pronto se imagina ascendiendo de cargo, probablemente lo asaltará un fantasma muy temido, vinculado a la progresiva exposición pública indeseada que su ascenso laboral le generaría. Inmerso en esa emocionalidad, podría efectuar un apresurado análisis lógico que lo desanimaría más aún. Aunque, llegado el caso que le ocurra realmente el ascenso y lo acepte, seguramente que podrá ir constatando el surgimiento y la consolidación de ciertas variables (mayor autoestima, desmitificación del poder y el mando, afianzamiento de la nueva experiencia, etc.) que en sus fantasías previas no había podido visualizar. Este individuo, en su derrotero, podrá ir descubriendo facetas desconocidas de sí mismo, envalentonándose y azuzando su espíritu en una inédita y estimulante dirección, impensada tiempo atrás. ¿Cuál habría sido entonces el disparador en esta hipotética transición? Simplemente, a una pequeña pero importante disposición inicial al cambio siguió un gradual reposicionamiento subjetivo, que colocó al involucrado en las antípodas de su primera postura.

El planteo lógico de nuestro relato preveía que en la medida que el ficticio sujeto ascendiera de categoría, iba a estar peor, al compás de la inquietante y progresiva exposición pública, dado que la misma se vincula al incesante aumento en la jerarquía y complejidad de sus cargos. Pero, mientras la fantasía se va haciendo realidad, este individuo iría desmitificando lo fantaseado y descubriendo, no sin sorpresa, que el hecho consumado se torna mucho más benigno y estimulante. Por consiguiente, el sujeto pasa de un precursor y paralizante círculo vicioso fantaseado, a uno virtuoso, concreto y gratificante. Esto ocurrió porque el análisis lógico originario no incluía la lógica de los sentimientos ni de las sensaciones; ni tampoco otras variables ínfimas, que al crecer variaron la dinámica ecuación mental resultante.  

Un párrafo aparte merece la cuestión de los lapsus. El ejemplo más notorio creo que lo constituyen los furcios de los políticos, tan de moda en los tiempos actuales. Estossuelen interpretarse superficialmente y en consonancia con el sentido común, y ese resultado lógico puede tener muy poco que ver con el verdadero y profundo sentido del lapsus, que anida sólo en el psiquismo de su autor, y es únicamente él quien puede confirmarlo o invalidarlo mediante su genuina asociación de ideas. Las interpretaciones silvestres, es decir, fuera de contexto y no convalidadas de la manera descrita, tan sólo son el despliegue del imaginario del interpretador, y muchas veces conllevan ironía y agresividad.

Por otro lado, los necesitados de poder y gloria, los adictos a la fama, las celebridades, desde la perspectiva de la finitud humana, ¿no serán los máximos cobardes, dado que, al parecer, soportarían menos la propia muerte, especialmente la dimensión simbólica de ese último acto? Sus frenéticas carreras en pos de gloria e inmortalidad parecerían afirmar esta hipótesis. Por consiguiente, sus meteóricas trayectorias estarían más vinculadas a huidas de sus angustias existenciales que a actos de valentía o audacia. O, en todo caso, serían justamente dichos temores profundos los impulsores hacia sus innegables y meritorias conquistas.

Paralelamente, la disminución del temor a la muerte física podría generar una súbita valentía. Por ejemplo, los terroristas que no tienen miedo a morir pueden ser mucho más efectivos en sus sanguinarios atentados. Ellos desde la perspectiva objetiva de enfrentar decididamente la muerte e inmolarse con gloria por una causa, tal vez sean el paradigma del arrojo y la valentía; pero, ni bien le agregamos al análisis las nefastas consecuencias de sus criminales actos, sobre personas desprevenidas e inocentes; desde nuestra posición, no tenemos más remedio que calificarlos de cobardes y asesinos.

La mística ilusión trascendente que habita a los fundamentalistas en esos últimos instantes, por la proximidad de una sobrenatural recompensa en forma de una nueva vida muy superior a la terrenal, les quita o les reduce ostensiblemente el natural temor a la muerte. Pero lo cierto es que, en su realidad psicológica, ellos no sienten que van a morir, sino que luego de su heroico acto los aguarda una vida superior. Es decir que, después de la transmutación, van a continuar viviendo, y mucho mejor que antes; por lo tanto, es previsible que se les relativice el temor a la muerte en esas condiciones.

En la vida humana, siempre conforme a las diversas creencias que pueda adoptar alguien, tanto la pérdida de la vida física, como la pérdida de la vida sobrenatural, pueden angustiar por igual; y dependiendo de cada sujeto en particular, las expectativas o preferencia por uno u otro tipo de existencia pueden estimular o desalentar conductas audaces o huidizas.

En síntesis, la cobardía, o su opuesto, la valentía, son meros efectos de la relación entre el carácter de alguien, sus sentimientos, la intensidad de su deseo, y la fuerza de sus convicciones y valores. Habría una relación inversamente proporcional en juego: a poca intensidad de algunas de las variables mencionadas, más cobardía; y a más intensidad, menos cobardía y más valentía.

 

Cristian C. “La epistemología según Feyerabend”. Revista Universitaria.   (www.armasdelacritica.cl/revistas/U-2/15.php) Año 2 / N° 2 / Primavera 2001.

 

[*] Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. E-mail: jab53@arnet.com.ar