Mediador paciente-médico

Jorge Ballario *

 

artista, arte contemporaneo, expo

 

Esta necesaria disciplina propuesta actuaría de amortiguador entre el médico y el enfermo, e indirectamente buscaría desalentar la “dictadura de la salud”, surgida del vínculo casi religioso entre el saber científico y la gente.

 

IntroducciOn

 

Si a un niño relativamente sano se lo rotula como enfermizo, probablemente lo será. Tal el sugestivo efecto de la nominación en la mente infantil, dado el desvalimiento  que experimenta la criatura frente al omnipotente mundo adulto. En paralelo, muchos hombres y mujeres contemporáneos sufren de manera solapada una similar asimetría sugestiva, pero en relación al hiperjerarquizado discurso científico.

La representación científica del cuerpo humano, creada por  la comunidad científica, no es más que un modelo ideal: procura sustituir la imagen que cada uno de nosotros posee de su propio cuerpo. Esa sacralizada ficción lingüística es capaz de influenciar, a través de sus enunciados, en los cuerpos concretos de los afectados. En determinadas circunstancias, el sujeto cautivo expresa en su organismo, mediante  una enfermedad o disfunción, la lógica del enunciado.   

Sabemos que el cerebro produce lo mental, y esto no puede reducirse a los pocos y simples mecanismos cerebrales observados por la ciencia. Procurar entender a la mente humana sólo con el estudio del cerebro, sería equivalente a pretender comprender una obra de arte valiéndose del desmenuzamiento y análisis microscópico de las partículas químicas que la componen.

Parte de la alienación actual en este terreno está vinculada a la divulgación científica sensacionalista, al exceso de importancia de ciertos descubrimientos científicos y a la megalomanía de algunos investigadores, que ven en sus trabajos resultados más abarcadores de lo que realmente son. Es así entonces como ciertos posicionamientos cientificistas, más su habitual divulgación sensacionalista, suelen desestimar las vivencias identificatorias, y las estructurantes adquisiciones simbólicas de la historia psicológica del sujeto.

Algunos mecanismos de influencia de la ciencia biologicista en la gente, especialmente en el terreno de la salud/enfermedad, son: la simple sugestión; el sentimiento de culpa del afectado, al sentir que transgredió algún “mandamiento” de la ciencia; la/s identificación/es con las descripciones científicas, etc.

Las infinitas formas de enfermar de estos tiempos, se deben, en parte, a las crecientemente complejas formas de “caricaturizar” al cuerpo con sus componentes y funciones, mediante el lenguaje de la ciencia. Este discurso, al resaltar y relacionar de manera causal, múltiples aspectos y procesos orgánicos con determinadas circunstancias, conductas o estilos de vida, amplía el espectro psíquico de opciones para psicosomatizar.

En la antigüedad, en el contexto de difundidas creencias sobre magia y animismo, la enfermedad estaba asociada al mal, y hasta con la posesión demoníaca. Esto último, por lo general, se lo atribuía a las enfermedades mentales.

Ahora, frente al gran avance del saber científico, la enfermedad se vincula a la simbología que dicho saber produce mediante sus investigaciones, observaciones y conceptualizaciones. La nueva simbología haría de soporte a los antiguos mitos: Lo monstruoso o diabólico ya no es la supuesta posesión demoníaca del enfermo, sino por ejemplo, un tumor maligno. El infierno ya no es un castigo posterior a la muerte, sino que se puede sufrir aquí mismo, en esta vida y en este mundo, a través de la enfermedad y/o la muerte, si desacatamos los mandamientos de la ciencia: NO FUMARÁS. HARÁS VIDA SANA. NO LLEVARÁS UNA VIDA SEDENTARIA. NO TE ESTRESARÁS, entre otros.    

Tanto en las personas como en los ratones, la cantidad de información genética es parecida. Por lo tanto tenemos derecho a pensar que gran parte de lo que le ocurre al hombre se debería más a lo adquirido, incluyendo allí su mundo simbólico, que a su genotipo. Además, sabemos que gran parte de la herencia genética de alguien no alcanza por sí sola a desplegarse, sino que requiere ser activada mediante determinadas vivencias significativas u otros estímulos. Es decir, que mucho de lo heredado genéticamente en cada uno de nosotros puede permanecer en estado potencial, toda la vida, sin ser nunca activado. Mucho me temo que, paradójicamente, la influencia del discurso médico haga posible que gran parte de ese potencial genético patógeno se despliegue.

Humildemente debería aceptarse que todo conocimiento científico depende siempre de un procedimiento imperfecto, y su interpretación está vinculada al paradigma de la ciencia, prevaleciente en una determinada época y cultura. En otras palabras, los conocimientos científicos son siempre aspectos relativos y provisorios, de una realidad extremadamente más compleja y cambiante.

Como vamos viendo, “las certezas indiscutidas” de la ciencia, pueden ser peligrosos reduccionismos que operen de manera negativa en la salud. Además, la información científica crece en forma exponencial, y paralelamente disminuye el tiempo y el deseo de procesarla. Por los motivos expuestos, y otros que iremos describiendo más adelante, está acentuándose una peligrosa tendencia a la supremacía de lo orgánico, de lo farmacológico, frente al desfallecimiento de lo subjetivo.

La ciencia es producto de un pensamiento lineal y simple, tipo “causa y efecto”. La necesidad de reproducir experimentalmente lo pensado y demostrarlo, hace que deban pensarse las cosas de a una por vez, que no se pueda pensar de un modo complejo, al menos en lo referido a la experimentación propia de las ciencias duras. Es por este mismo motivo que a la ciencia se le escapan muchas cosas. Si bien puede estudiar lo complejo, no puede hacerlo tanto en la confusa dinámica que la realidad conlleva, sino que debe limitarse a aislar y observar sólo una determinada cantidad de variables; se impone la precaución entonces, porque el ser humano es alguien problemático: su realidad, tanto orgánica como psicosocial, es múltiple y dificultosa. La ciencia, con todos sus recursos y sus sistemas informatizados, difícilmente pueda estudiar la sutil dinámica humana in situ. Cualquier persona representa una singularidad inabarcable para ella. De ahí la necesidad de relativizar el discurso de la ciencia, salvo que los científicos puedan comprobar en cuánto se beneficia la salud general de cada paciente si éste acata todo lo que su médico le dice. ¿Puede la ciencia evaluar eso? De hacerlo, a lo mejor se lleva una sorpresa al encontrarse con que quien no le hace tanto caso está mejor. Existen investigaciones que han abordado esto, vinculadas a la evolución de los pacientes con cáncer: los pacientes más autónomos, e incluso lo más rebeldes, evolucionaban mejor que los sumisos. Se podría apreciar entonces la influencia de lo que los psicoanalistas conocemos como el “Gran Otro”1, que, a grandes rasgos, equivaldría a la influencia del discurso.

Según Heidegger, la ciencia investiga, descubre, conoce, pero “no piensa”, carece de una reflexión ética de las consecuencias de su acción. Por ende, otros deben pensar por ella.

 

 

Relativizando lo estadístico

 

Los procedimientos de la medicina científica preventiva se diseñan para los diversos grupos de riesgo, y en función de las características promedio de sus integrantes, los potenciales enfermos. Por esa razón, dichos procedimientos se implementan en función de la ley de los grandes números. Es decir, que una práctica óptima para muchos puede no serlo para alguien en particular, alguien que se halle lejos de las características promedio. Por eso las estadísticas son relativas. Por ejemplo, para algunos, una excelente noticia también puede ser causa de infarto. En el caso de la prevención de determinados cánceres, sabemos que los tumores incipientes, por lo general, suelen ser de evolución lenta. A veces, el procedimiento preventivo sugiere que, en determinado nivel de resultados, el paciente debe profundizar con un estudio particularmente invasivo para descartar la enfermedad. Sin embargo, tal vez lo más aconsejable sería repetir los análisis luego de un razonable lapso, sin pasar a la instancia agresiva. Llegado a este punto, con mayor seguridad, el paciente puede decidir junto a su médico la profundización o no de la investigación.

Ahora, en este ejemplo expuesto, si viéramos las cosas desde la estadística, podríamos conjeturar que el procedimiento determina en ese momento un estudio invasivo, porque la postergación allí no sería aconsejable. Y no lo sería porque está comprobado que muchos pacientes, al enfriársele su impulso preventivo, demoran años para reanudar la exploración médica, o directamente la abandonan. Por consiguiente, en el futuro habrá una mayor incidencia de cánceres avanzados con peor pronóstico, que se podrían haber prevenido. En cambio, si los estudios indicados se hiciesen en caliente, mientras el paciente está estimulado a culminar con los mismos, se disipan las dudas; en tal caso, la prevención es más efectiva. ¡Claro! ¡Es verdad! Pero no excluye esta otra verdad singular: la situación de alguien que, tal como vimos antes, pueda postergar responsablemente aquella exploración invasiva cuestionada, pero que, de ser necesario, sea capaz de retomarla. Dicho de otro modo, no sería aconsejable que quien es responsable y/o perseverante sufra igual costo que el irresponsable. No se debería aplicar un tratamiento riguroso a todos los enfermos porque la estadística determina que “podrían no volver”. Esto sería equiparable a que todos paguemos las mismas multas, aunque no hayamos cometido ninguna infracción.     

Podemos ilustrar la necesidad de singularizar razonablemente lo estadístico con el siguiente ejemplo: si relacionamos la juventud con los accidentes viales, veremos que esa franja etaria se halla involucrada en un gran número de siniestros. Pero si tuviésemos la posibilidad de incluir otras subcategorías asociadas a esa etapa de la vida, como ser: jóvenes impulsivos, alcoholizados, temerarios, o desaprensivos, y si a cada una de las subcategorías le asignásemos un 25% en el incremento en las probabilidades de accidentarse, seguramente podríamos ver cómo la inmensa mayoría de los accidentes recaería en los minúsculos grupos que concentren todas, o casi todas, las particularidades descriptas. En tal caso verificaríamos que no es tanto la juventud propiamente dicha, sino los jóvenes impulsivos y alcoholizados, o los jóvenes temerarios y desaprensivos, los ostentadores de la más elevada accidentabilidad. Y si quisiéramos complejizar aún más las estadísticas, podríamos continuar haciéndolo hasta llegar a las variables singulares de cada uno de los implicados; como, por ejemplo, la propensión a accidentarse, la inestabilidad emocional o el grado de conflictividad psicológica.

Si esquematizáramos este desarrollo con una pirámide de diez subdivisiones, y le asignásemos un riesgo creciente, ubicando el máximo riesgo en la porción más pequeña de la cima, podríamos visualizar cómo las dos o tres pequeñas porciones de arriba acapararían la mayor parte del riesgo, mientras que las fracciones inferiores, a pesar de representar aproximadamente al 80% de la juventud, contarían con tasas de accidentes bajas, muy probablemente más bajas que las del resto de la población. Entonces, al diversificar la estadística, apreciaremos que la sugerencia previa que vinculaba a los jóvenes con los accidentes puede ser relativizada, dado que los jóvenes sin los calificativos mencionados tendrían el mismo riesgo, o tal vez menor, que las otras franjas etarias. Además conviene tener en cuenta que el incremento en el riesgo de accidentarse, a medida que se agrega alguna de las variables enunciadas, es exponencial. Y esto último tal vez se asemeje a lo que ocurre con “los factores de riesgo” que el discurso médico nos sugiere evitar en el terreno de la salud humana. 

Como pudimos vislumbrar, existe una fenomenal complejidad potencial y oculta (y no estudiada) en el inabarcable conjunto de variables genéricas y singulares, vinculadas a la salud y a la enfermedad. Por eso es preciso aprender a relativizar con imaginación las estadísticas. Valernos de la intuición u otros recursos para no caer en la alienación que el discurso matemático y científico puede acarrearles a los que no logren relativizarlo. Una especie de invertido efecto placebo, negativo y crónico, que precariza la salud del afectado. 

 

 

La sanción terapéutica

 

“El discurso médico, el que se interpone entre el médico y el enfermo, es un discurso normativo, lo cual implica que haya una sanción, la sanción terapéutica.”2

En consonancia con el actual culto a la ciencia médica, hoy el castigo para los que no cumplen con los “mandamientos médicos”, no es el infierno, sino el amenazante pronóstico del, por ejemplo, tumor maligno. En honor a la eficacia médica, hasta cierto punto es razonable que sea así. Pero, pasado ese límite, se hace necesaria la intervención de “la defensa”, la que puede ser ejercida directamente por el propio afectado o por el mediador.

La medicina científica preventiva del cáncer, aunque sin intencionalidad por parte de sus representantes, los médicos, a veces generaría un montaje paranoico en el paciente, dada la “sospecha sistemática” que incita. Cosas normales pasarían a ser sospechosas, y habría que demostrar constantemente la inocencia de ciertos indicios biológicos. Los pacientes podrían quedar alienados en el absolutismo del discurso científico. De ahí la importancia de relativizarlo.  

Si tomásemos el cáncer como objetivo y profundizáramos demasiado en su búsqueda hasta arribar, por ejemplo, al nivel celular, hallaríamos que en dicha escala todos somos cancerosos: todos poseemos células cancerosas. Por consiguiente, me parece que lo aconsejable es disminuir la paranoica exploración a la que determinados pacientes son sometidos y circunscribir las prácticas invasivas o riesgosas sólo para quienes lo justifiquen. De este modo se jerarquizarían otros sondeos no agresivos, como ser el cruce de información significativa, los controles de rutina y una mayor precisión en la evaluación del riesgo, acompañada de originales rastreos contextualizados en la singularidad de cada paciente. Entonces, la idea no es obtener la utópica certeza en materia de salud, sino disminuir, hasta un punto razonable, las probabilidades de estar enfermo.

Por supuesto que la propuesta no es rechazar los tratamientos terapéuticos, sino no dejarse colonizar por el discurso médico. Este discurso ya habita en nosotros en forma parcial; por eso lo importante no es rechazarlo totalmente, cosa que, además de inútil, sería contraproducente. Simplemente lo deseable es evitar la muy perjudicial alienación que, en forma solapada, ese discurso suele gestar. Preservar el criterio propio y la imaginación. Es desde esta firmeza interior no negociable, que el paciente se hallará en mejores condiciones de pensar sin condicionamientos ni bloqueos psicológicos, y así no sucumbirá insignificantemente frente a la omnipotente voz de la ciencia. Está comprobado que los pacientes más asertivos, los que mejor defienden sus puntos de vista y derechos, evolucionan más favorablemente.

Además, por regla general, los padecimientos del hombre están regidos por la multicausalidad. La biología casi nunca está sola; a ella se le suelen acoplar otros disparadores, psicológicos y ambientales.  

Parafraseando a Sigmund Freud, existen tres series complementarias3 de elementos que funcionan articuladamente. El resultado de esa interacción es lo que determina muchas enfermedades o disfunciones orgánicas, como asimismo ciertas alteraciones mentales. Los factores congénitos o hereditarios constituyen una primera serie complementaria. Las experiencias infantiles integran la segunda serie complementaria –estas vivencias adquieren un gran valor y son decisivas, debido a que están  vinculadas a los primeros años de vida, que son los más importantes en la formación de la personalidad–. Los factores actuales o desencadenantes se añaden a la lista, como una tercera serie complementaria –operan sobre el resultado del interjuego entre las series complementarias anteriores, o, con otras palabras, sobre la disposición constitutiva del ser humano.    

Tal vez para desarrollar enfermedades graves como el cáncer se requiera la participación de todas las series complementarias. Y si fuese baja o nula la incidencia de alguna de ellas, en contrapartida debería ser más intensa la participación de las restantes.

 

 

Incumbencias del mediador

 

“En la actualidad, la multiplicación de análisis de todas clases hace cada vez menos importante el encuentro del médico con el enfermo. (…) Paralelamente, la participación de los especialistas que aportan su contribución hace que el enfermo ya no sepa quién es su médico. Hablar de la relación médico-enfermo es hablar prácticamente de un mito. Prevalece la relación enfermo-institución médica y el médico es el representante de la institución. Del médico se espera que la represente del modo más calificado posible, y del enfermo que se alíe con ella.”4   

En una analogía con un abogado defensor que brega por la inocencia de su defendido, el mediador paciente–médico procura representar a su cliente, el paciente, en cuanto al derecho que le cabe, de profundizar sobre su salud física.

Esta vía de singularización de su afección orgánica, nunca es unilateral. Requiere el visto bueno del médico, que en ningún caso pierde jerarquía o poder de decisión frente a su paciente. El mediador solamente hace los aportes investigativos complementarios, que el galeno, por razones de tiempo o formación, generalmente no puede realizar. Hay que tener en cuenta que la ciencia médica, al nutrirse sólo de evidencias, deja importantes lagunas sin contemplar. Precisamente, desde estas zonas oscuras puede surgir una realidad capaz de relativizar, e incluso anular, lo que hasta entonces se creía seguro. Esta posibilidad debería promover en el flamante trabajador de la salud un afán exploratorio que le permita generar conjeturas, o teorías, sobre la dolencia de su cliente, siempre sin perder de vista el contexto psico-físico del afectado. Tratara de demostrar, entre otras cosas, la existencia de una normalidad holística en él. Investigará hasta poder evidenciar ésta, o alguna otra hipótesis previa, y de ese modo ayudar a su “defendido”.

Este nuevo profesional deberá explorar creativamente sobre las variables psico-biológicas de su cliente, y principalmente sobre la relación que se entabla entre ellas. De ese modo podrá realizar algunas comprobaciones puntuales que afiancen sus hipótesis previas. A la luz de una inusual profundización en la dupla salud-enfermedad del afectado, su médico podría evaluar y decidir posibles modificaciones en el tratamiento, o hasta en el propio diagnóstico de su paciente. Además, si se lograse corroborar en éste algunas conjeturas previas, las mismas, llegado el caso,  podrían incitar a investigadores profesionales a realizar estudios científicos más amplios. Como estamos viendo en el transcurso del presente trabajo, sería necesario que alguien formado en el discurso humanístico –un psicólogo, por ejemplo– complemente el discurso de las ciencias duras, representado por el médico, buscando un saludable equilibrio que beneficie al enfermo.

A ningún médico se le ocurriría tratar de normalizar a sus pacientes en base a la altura promedio, por ejemplo; o color de ojos o de cabello, u otras variables de ese tipo, que porte la mayoría de la gente. Pero sin embargo, en determinados casos puntuales, los profesionales cometen una torpeza ideológica similar al procurar la normalidad de ciertas variables orgánicas que bien podrían ser perfectamente normales y benignas si estuviesen contextualizadas en la “ecuación bio-psico-socio-cultural” de un paciente singular. Obviar este requisito, en determinados casos, podría acarrear más perjuicios que beneficios. 

“De lo que se dice, el médico retiene exclusivamente lo que resuena en el discurso médico. Le importa poco si el enfermo tuvo su primer dolor precordial el día en que murió su hermano. ¿Qué significan esas cosas para él, sino anécdotas, indiscreción? Y aun cuando le atribuyera importancia, ¿a qué práctica lo llevaría esa constatación? […] Además se guardará bien de dejar que el enfermo hable demasiado de su vida y de todos los elementos que no forman  parte, que no son integrables al discurso médico. Por otra parte no tiene tiempo para ello, porque otros enfermos lo esperan. […] El enfermo no puede ignorar que será escuchado a partir del discurso médico. Su demanda se organiza en función de lo que sabe o cree saber que será escuchado y retenido por parte del hombre de ciencia.”5 

El psicoanalista escucha todas las vicisitudes y peculiaridades del paciente, todo lo que éste no le puede contar a nadie. Aunque le hace una devolución que rompe con las expectativas del afectado, le aporta algo inédito vinculado a una cuestión inconsciente, lo cual le genera efectos modificantes. Pero a la vez lo “defrauda” un poco: el paciente, en parte, buscaba una respuesta lógica a su padecimiento, y no la halla. En cambio, la devolución del mediador paciente-médico es lógica, dado que procura responder puntual y ordenadamente a las demandas del paciente. Además el mediador, a diferencia del médico, escucha no sólo lo directamente relacionado con la enfermedad de su paciente, sino todo lo que éste no le puede contar a su médico porque, o son vivencias sutiles, o duda de si están relacionadas o no con lo que lo afecta; por otro lado hay poco tiempo en las consultas y el médico tampoco está dispuesto a escuchar más de lo que él cree que está vinculado directamente con el problema. Por lo tanto, mucho de  lo que no entra en el encuadre médico-paciente puede incluirse en el del mediador-paciente. En estas entrevistas, el mediador escucha todo eso: toma lo significativo, pormenoriza y problematiza el relato de su cliente, crea nuevas opciones, genera hipótesis e interactúa con el paciente. En algunas cosas, estos encuentros serían parecidos a las entrevistas psicológicas. Pero hay una diferencia esencial: casi todo está circunscrito, fundamentalmente, a lo que le pasa al paciente en el terreno de la salud orgánica, y no tanto a nivel de su salud mental; aunque en principio, todo lo que el paciente siente que está relacionado con su dolencia está incluido.

Forma parte de las vicisitudes del mediador leer o escuchar entre líneas. Por ejemplo, si mientras investiga la dispepsia funcional (indigestión o digestión lenta) de su cliente, detecta que los bulímicos suelen quejarse de frecuentes indigestiones, podría conjeturar entonces en aquél, una “actitud bulímica”, que haga que el estómago se le tense al momento de la ingesta. En tal caso, con un simple cambio de conducta doblegaría su afección.

El mediador debe evaluar las actitudes o tendencias que en su cliente contribuyen, o hasta determinan, ciertas patologías, para que de ese modo el paciente pueda instrumentar las correcciones pertinentes y evite el agravamiento o la cronificación del problema. El mediador es un trabajador de la salud al servicio del paciente, que escucha atentamente todo lo que este le dice, como asimismo las sugerencias provenientes del médico, para luego generar líneas de investigación en consonancia con las diversas hipótesis surgidas.

El mediador también debe procurar detectar en el paciente, ciertos aspectos inconscientes, tales como sutiles sentimientos o símbolos que eventualmente podrían activarle determinadas dolencias o disfunciones. Sabemos que en el caso de tensión arterial existen muchos estímulos momentáneos, como asimismo determinadas circunstancias, capaces de alterarla. Por ejemplo es conocido el poder benéfico que genera en alguien el vínculo con su mascota; es decir que el amor o la fidelidad incondicional de parte del animal hacia su amo, es capaz de reducirle los valores de su tensión arterial. También es sabido que en el síndrome de la bata blanca, el afectado, por sentirse examinado y/o presionado a presentar valores normales frente a su médico, los altera, elevándolos. Paralelamente, es común que a los presidiarios les aumente su tensión arterial: la clave radicaría en el sentimiento de encierro, o de impotencia, incluso de culpa, que suele vivenciar el reo en esas circunstancias. Metafóricamente –y no tanto– también podemos sentirnos oprimidos, o limitados, y este sentimiento muy bien podría elevarles la tensión arterial a los individuos constitucionalmente proclives. “La presión sanguínea es expresión de la dinámica del ser humano. Se deriva de la interacción del fluido sanguíneo y las paredes de los vasos que lo contienen. (…) Si la sangre refleja al ser, las paredes de los vasos representan las fronteras a las que se orienta el desarrollo de la personalidad, y la resistencia que se opone al desarrollo.”6

Todos estos ejemplos tienen la finalidad de hacernos ver cómo la tensión arterial es influida, no sólo en forma fugaz por ciertos sentimientos, sino también de manera permanente mediante una determinada actitud interior, que una vez que ha sido detectada puede ser modificada.

La ciencia es sólo una vía más de conocimiento. Deben ponderarse otras. Al disminuir el hiper-jerárquico valor de los enunciados científicos, automáticamente aumentará el de los demás, produciéndose una saludable democratización en la aproximación a la verdad. La gente revalorizará su propia experiencia, en la actualidad eclipsada frente al endiosado saber de la ciencia. De tal modo, el sujeto humano recomenzará a brillar con luz propia, pudiendo de a poco desplegar y cultivar aspectos suyos atrofiados u olvidados, como ser: la intuición, la fantasía, la introspección, la meditación. En tal caso, el hombre podrá elevar su mundo interno: sus afectos, emociones, asociaciones y creatividad. Con esa sofisticada y enriquecida visión, estará en condiciones de singularizar el genérico saber científico y complementarlo con el propio, optimizando de esa forma su bienestar psicológico, espiritual y corporal. Y, en ese proceso, la figura del mediador tiene mucho por hacer.

Jorge Ballario

 

Bibliografía

- Clavreul, Jean. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona. 1983.

- Chiozza, Luis. ¿Por qué enfermamos? Alianza Editorial. Buenos Aires. 1997.

- Dethlefsen y Dahlke. La enfermedad como camino. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2006.

- Evans, Dylan. Diccionario Introductorio de Psicoanálisis Lacaniano. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1997.

- Eco, Humberto y Martini, Carlo. ¿En que creen los que no creen? Editorial Booket. Buenos Aires. 2004.

- Freud, Sigmund. Obras completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1985.

- Lacan, Jacques. Escritos 2. Siglo XXI Editores. Buenos Aires. 1987.

- Laplanche y Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis. Editorial Labor. Barcelona. 1981.

- Locke y Colligan. El médico interior. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1991.

- Lowen, Alexander. La depresión y el cuerpo. Alianza Editorial. Buenos Aires. 1995.

- Nasio, Juan David. Un psicoanalista en el diván. Editorial Paidós. Buenos Aires. 2001.

- Roudinesco, Elisabeth. ¿Por qué el Psicoanálisis? Editorial Paidós. Buenos Aires. 2000.

 

NOTAS

1. (Gran) Otro: (con mayúscula) es un concepto psicoanalítico que alude a la “construcción mental” que se va realizando en el psiquismo del niño, desde el principio de su vida, en relación con los seres primordiales que lo nutren, le dan afecto y lo disciplinan. Funciones necesarias todas estas para que el infante vaya configurando inconscientemente –entre otras cosas–, su propia  y “autolimitada” autonomía, en base a las prohibiciones que lo acompañaron en su educación infantil. Estas prohibiciones sociales interiorizadas durante la infancia, actúan después en el individuo sin que este sea siempre conciente de ello.

El Otro, es entonces, una “construcción psíquica inconsciente”. Sería algo así como la “dimensión de la autoridad” estructurada en la mente del niño, como una huella mental emanada del ejercicio de amor, poder y autoridad que los seres primordiales (usualmente los padres), efectuaron en él. En cambio, el “otro” (con minúscula) es el semejante, más cercano a los procesos conscientes del individuo.

Sólo es posible hablar del Otro como un individuo concreto, en el sentido de que una persona (o un ente abstracto incluso), puede ocupar esa posición y de tal modo “encarnar” al Otro, para otro sujeto. Es decir, una autoridad a la que este último sujeto espontáneamente se subordina.

Es la madre quien primero ocupa la posición del Otro para el niño, porque es ella quien recibe el llanto y los gritos primitivos de la criatura y, los interpreta y sanciona como un mensaje particular. 

2. Jean Clavreul. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona. 1983. Pág. 33.

3. Sigmund Freud. Obras completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1987. Tomo 15. “Conferencias de introducción al psicoanálisis”.

4. Jean Clavreul. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona. 1983. Pág. 245.

5. Jean Clavreul. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona. 1983. Págs. 182 y 183.

6. Dethlefsen y Dahlke. La enfermedad como camino. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2006. Pág. 231.

 

Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. E-mail: jab53@arnet.com.ar