La ciudad latinoamericana como relato: construcción de narrativas urbanas desinhibidas

Daniela Smith V. *

 

Lacan - Freud - Psikeba

RESUMEN

 

A partir de la lectura de W. Benjamín y P. Sloterdijk es posible observar convergencias en la aproximación que realizan de la ciudad como un hecho sintomático derivado del proyecto capitalista eurocéntrico de alcance global. De ambas lecturas es posible distinguir el carácter reproductor que la  ciudad adquiere, en la medida en que recrea las condiciones que el eje económico globalizado le impone. En este sentido, la ciudad latinoamericana es un espacio que no se margina de este diagnóstico, aun cuando las condiciones en que se experimenta dicha reproductibilidad se vean interferidas constantemente por el accionar creativo de un habitante urbano que se autorreconoce como morador de un lugar que tiene sus dinámicas, relatos y desarrollos culturales propios. Invocación de la imaginación, los deseos y recuerdos; organización de lo aprehendido a través del relato: todo eso constituye una (s) narrativa (s) urbana (s) que nos señala las fisuras y lugares de resistencia por los cuales acceder a la comprensión de las maneras de ser y habitar en la ciudad latinoamericana.

 

Palabras clave:

 

Ciudad latinoamericana – W. Benjamín – P. Sloterdijk – proyecto capitalista – reproducción - narrativa urbana – imaginación – resistencia.

 

 

 

“Conocemos el mundo de diferentes maneras, desde diferentes actitudes,
y cada una de las maneras en que lo conocemos produce diferentes estructuras
o representaciones o, en realidad, ‘realidades’”.
Jerome Bruner

 

 

La apreciación de la ciudad por parte de Benjamin se centra principalmente en el París de la primera mitad del siglo XIX caracterizado por el florecimiento del capitalismo y las migraciones a la ciudad por parte del campesinado. Esto se traduce en uno de los primeros acercamientos teóricos hacia el fenómeno del capitalismo ligado a las nuevas formas que adquiere en la ciudad. El carácter pionero, tanto del pensamiento como de su objeto es lo que permite valorar el comienzo de los pasajes comerciales, los escaparates y la diversidad de los objetos que en estos se presentan bajo un aspecto estético.2 De esta manera, la imagen configurada por un sólo escaparate –por ejemplo- constituiría un microcosmos al interior del pasaje –dentro del cual, al mismo tiempo, se pueden encontrar múltiples escaparates-. Así mismo, la ciudad correspondería al lugar que contiene estos pasajes o microcosmos -pequeños órdenes, codificaciones latentes en distintos niveles de captación y apropiamiento- al albergar a una sociedad que ingresa a un programa regulado por el mercado y el “sentimiento ilusorio de su seguridad”3.

 

     Desde aquí, un aspecto relevante será considerar la ciudad como dispositivo de reproducción y segmentación, ya que los objetos a conocer se multiplican y proliferan constantemente, lo que conlleva a una fragmentación de la vida social (paso a la división y multiplicación de las funciones del ciudadano). Es así como la figura estética de los pasajes –“centros para el comercio de mercancías de lujo” señalaría Benjamin - y de sus escaparates sirven como imagen de estas fragmentaciones, reproducciones y multiplicaciones, constituyéndose a su vez en “una ciudad, e incluso en un mundo en miniatura”.4 La ciudad y su configuración conllevarían a la duplicación no sólo de sus propias formas, sino a la creación de una variedad también múltiple de ciudadano (el trabajador-obrero, el vagabundo, el comerciante ambulante) y de prácticas cotidianas asociadas al habitar ciudadano.

 

     En este sentido, los planteamientos de Sloterdijk continúan a los de Benjamin, utilizando la imagen del Palacio de Cristal como la estructura arquitectónica más imponente del siglo XIX y señalizadora de un “capitalismo integral, en el que se produce nada menos que la total absorción del mundo exterior en un interior planificado en su integridad”5. Así, los pasajes y escaparates como microcosmos se elevan a una idea ontológica (ya no como imagen estética, sino como constitutiva de lo real), es decir, los pasajes ya no conformarían una pequeña parte de la ciudad, sino que su imagen se desarrolla y crece hacia las figuras del gran mercado, del shopping mall y de la ciudad global6 –la extensión de la mercancía desde su lugar de origen a prácticamente todo el mundo-.

 

     Es así como la reproducción y multiplicación que es posible observar en Benjamin, en Sloterdijk pasan a convertirse en la ya convencional idea de consumación del mercantilismo capitalista como globalización. El autor aborda esta temática a partir de una estética elaborada por él: construye imágenes-metáforas (esferas, burbujas y espumas) para expresar las ideas de totalización, subjetivización y la consiguiente fragmentación, aislamiento y búsqueda de autocobijo como un proceso ya consumado. En este sentido –y como señala A. Vásquez Rocca7-, Sloterdijk pensará el espacio contemporáneo multifocalmente, haciendo hincapié en las tensiones que se producen entre el espacio individual a la manera de una burbuja y los nuevos espacios de acción que permiten las interrelaciones múltiples y la pluralidad de “las invenciones del mundo, por la multiplicidad de micro-relatos que interactúan de modo agitado”, a los que se Sloterdijk asocia la imagen de la espuma. Llevando estas ideas al contexto de la ciudad latinoamericana, podemos notar cómo la variedad de mercancías y objetos de consumo tanto simbólicos como materiales disponibles en los diversos mercados sirve ya no sólo para mostrar la capacidad reproductiva de la ciudad, sino que representará el medio esencial a través del cual el habitante de la urbe realiza su propio proceso de autorreconocimiento8 como sujeto, en una construcción permanente de su ser a través del habitar dicha ciudad. La configuración misma de la ciudad constituirá el espacio en donde el ciudadano realizará este proceso: sus calles, sus murallas, sus carreteras, sus medios de transporte, configurados de antemano para él.

 

En este sentido, el tratamiento de la ciudad en ambos autores está profundamente arraigado en las codificaciones que encuentra el sistema de producción capitalista dentro de la configuración misma de las ciudades, es decir; la ciudad como espacio de la reproducción de las mercancías, multiplicación y homogenización de los espacios, como control disciplinario y segmentación del ciudadano9. Sin embargo, esta caracterización conceptual y estética llevada a cabo por ambos autores delata el posible contrasentido que se deslinda de la ciudad-control o de la ciudad-productora. En efecto, de la misma ciudad-control entendida como dispositivo del poder tanto estatal (que promueve el orden y las regulaciones), como económico (que regula la producción) surge la marginalidad; la ciudad como espacio siempre posible de transgresión del orden (el crimen económico, en el que encontramos la figura del comerciante ambulante, que vende al margen de toda regulación económica en las calles) como posibilidad de re-configuración de los espacios (las tomas de terreno, la ocupación de casas abandonadas, las colonias extranjeras que conforman sus propios barrios, resignificando los espacios citadinos, la vida de personajes ambulantes que hacen de las calles céntricas y los pórticos de los edificios públicos su hogar nocturno).

 

Frente al orden de la ciudad y sus regulaciones surge un ámbito de ella misma que involucra las astucias del sujeto, su capacidad de enfrentar y evadir las múltiples regulaciones y restricciones tanto del espacio como de sus políticas. En el contexto latinoamericano, la consideramos la ciudad re-inventada e intervenida, donde es el sujeto autorreconocido como habitante –quizás sería un error llamarlo ciudadano- transforma el espacio para sí, subjetivizándolo, creando sus propios entornos y lugares de “autocobijo”. Con esto no pretendemos referirnos necesariamente al artista ni al espacio que ocuparía una supuesta obra de arte en la ciudad. Simplemente, hacemos referencia a la cotidiana y constante reformulación de los espacios transitados a diario por los habitantes, las reconstrucciones, las rehabilitaciones. Al hablar de murallas, espacios segmentados y de la ciudad como lugar de (re) producción, esto se puede complementar por un fenómeno que más bien emerge de la configuración amurallada y segmentada de la ciudad: la posibilidad de hallar en las mismas murallas y cuadraturas los indicios de una rehabilitación de ese mismo objeto de delimitación, la muralla misma como lienzo, la posibilidad de leer en la muralla. Así, la misma muralla cumple más de una función: delimitación, prueba del “éxtasis entre la seguridad y el cobijo”10, además de lienzo siempre re-presentable, re-dibujable, re-escribible.

 

La ciudad latinoamericana pensada como necesidad de orden y delimitación, como espacio de (re) producción resulta ser sólo la gran caracterización de su centro, lugar desde donde se ejerce el poder, se redactan las regulaciones y se generan las obras públicas. El espacio en donde las calles y murallas se encuentran más delimitadas, donde el concreto es más resistente y la regulación se impone de forma más exhaustiva. Esta corresponde a una parte constitutiva de la ciudad y del sujeto que habita en ella: allí muchas veces trabaja, habita y se dirige o transporta de su vida. Aquellos que se transportan ¿de dónde vienen? ¿vienen desde los extramuros de la ciudad o vienen desde ella misma, pero de un lugar con configuraciones y personajes completamente diferentes al de su centro, al de su figura más paradigmática? ¿Qué le pasa a la ciudad en sus afueras, en sus límites, en aquellos lugares en donde algunas veces las regulaciones están relativamente lejos?

 

Como ya hemos comentado, estas ideas se van hilvanando en torno a la trama urbana o desde la perspectiva de unas “ciudades latinoamericanas a medio hacer” como llama Jesús Martín Barbero a la experiencia urbanística en Latinoamérica11, señalando el carácter marcadamente inconcluso, proyectivo y heterogéneo de estos entramados que condensan en sí la miseria, el lujo, la segregación, el analfabetismo, las estéticas audiovisuales y las oralidades de cada cultura. Ciudades que se proyectaron -durante el periodo de intensificación del proceso de colonización hispánica en el continente- sobre una forma de concebir y vivir el mundo predominantemente europea (“la ciudad pasó a ser el sueño de un orden”12) con todo un andamiaje urbano que vino a imponerse sobre el tejido geo-cultural preexistente en América, cuyo valor fue obstinadamente desconocido. Aunque, como señala Ángel Rama, el proyecto urbanístico colonizador no reprodujo con exactitud los modelos conocidos de las ciudades europeas, sino que tuvo que acomodarse a las exigencias administrativas, militares, comerciales, religiosas y sobre todo políticas que la empresa colonizadora les imponía a medida que avanzaban sobre “tierras nuevas”. Este acomodo sí traería consigo la revitalización, a través del humanismo renacentista europeo, de la imagen platónica de la “ciudad ideal”, en donde para la cultura occidental será la razón ordenadora la que regirá el orden social. La importancia del signo, de la palabra en tanto logos desprendido de la función meramente referencial dará pie a pensar seriamente en una ciudad ideal americana que pudiese leerse desde su plano urbanístico, que diera cuenta de “un proyecto racional previo” y permitiera trasladar un orden social -compuesto por las tres instituciones estructuradas (la Iglesia, el Ejército y la Administración) en torno a la necesidad de “colocar las cosas en el lugar que les corresponde”13- a una realidad física distinta, a la fundación de ciudades.

 

En este sentido, tras la construcción de la ciudad latinoamericana se encuentra una episteme clásica europea poseedora de una conciencia clara del orden, el que debía “quedar estatuido antes de que la ciudad exista, para así impedir todo futuro desorden”14 a través de un sistema sígnico permanente y perpetuador de la estructura socio-económica y cultural colonial. En la forma de ciudades se construyeron variantes urbanas de ese “sueño de orden”, que obligaría al habitante a soñarlo, vivirlo y transitarlo según lo planeado. Es así como nos preguntamos nuevamente por aquellos que transitan: ¿de dónde vienen? ¿de los extramuros de la ciudad o vienen desde ella misma, pero de un lugar con configuraciones propias? ¿qué le pasa a la ciudad en sus afueras, en sus límites, en aquellos lugares en donde algunas veces las regulaciones están relativamente lejos?

 

También nos interrogamos respecto a cuáles son los ingredientes de dicho habitar, sus flujos, sus componentes materiales y simbólicos; descubrir cómo el habitar urbano se vuelve accionar creativo, autopoiético15, constructor de narraciones que dan cuenta de espacios íntimos resistentes a la inercia, al ordenamiento y la disciplina, bajo una apariencia de individualismo propiciado y acrecentado por las expectativas y modos de vida que el capitalismo despliega e impone.

Comprender esta ciudad desde una óptica que la sugiera como un espacio de relieves, matices y desórdenes -en el que no se busque paliar el caos- significará saber de qué “materiales” está construida aquella ciudad. En esta dirección, Sloterdijk aporta un concepto que permite ir desplegando los componentes de la ciudad y los movimientos de esta: la idea de densidad, entendiéndola como un rasgo distintivo de la globalidad ya establecida y concretamente como una “proximidad forzosa” que permite el encuentro entre agentes mediante transacciones, colisiones o casi colisiones16. El accionar de las telecomunicaciones al interior del sistema globalizado capitalista se ancla sobre la base de la cooperación mutua, lo que termina transformándose en una “inhibición mutua” que densa y filtra las tentativas unilaterales innovadoras que pudiesen ocasionar algún daño al colectivo.

 

En este sentido, y respecto al papel de las telecomunicaciones y los medios masivos en la modernización urbana en Latinoamérica, Barbero señala que esta se relaciona con el paradigma de comunicación o informacional “centrado sobre el concepto de flujo, entendido como tráfico ininterrumpido, interconexión transparente y circulación constante de vehículos, personas e informaciones”.17 De esta manera, la inhibición constante se realizaría sobre la base de una cooperación, intercambio y movimiento constate en pos de cuidar la armonía colectiva. Sin embargo, creemos que la inhibición al interior de las ciudades latinoamericanas no ocurre sólo en virtud de evitar un daño, sino también en un afán por controlar micro y macro-espacios de acción tendientes a desequilibrar el aparente orden urbano anclado en una episteme de raigambre colonial o simplemente a dar cuenta de las distintas maneras de habitar en la ciudad.

 

El crecimiento de la misma población o el establecimiento de una ciudad en un lugar en donde esta no estaba suficientemente modelada o pensada, provoca la recreación de sus espacios limítrofes, abriéndose a un espacio justo en donde la ciudad deja de ser tal para convertirse en otra cosa: en campo, en espacio abierto. La ciudad no termina con la muralla que la cerca, fuera de la cual sólo existiría el territorio bárbaro, tal ciudad medieval. El establecimiento de una ciudad en un lugar en donde ésta no era modelo, como es el caso del establecimiento e importación de las ciudades europeas al “Nuevo Continente” marcará el carácter mestizo de la ciudad latinoamericana. La diferencia esencial de la ciudad europea instaurada como colonia y la ciudad propiamente europea es que esta última, en su constitución, corresponde al establecimiento de un asentamiento definitivo, de un pueblo que encuentra y posee un lugar propio. La ciudad europea tras el proyecto colonizador encuentra su verdadera base no en la idealización de un lugar para el asentamiento definitivo de un pueblo nacional, sino en el asentamiento de su pueblo en otro lugar, fuera del propio. De esta manera, la ciudad colonial americana responderá a una forma de crear ciudad que estructuralmente no se aleja de las formas señaladas por Benjamin y Sloterdijk, en tanto espacio de delimitación y lugar de la (re)producción y el orden, que se impondrá sobre un grupo humano, que en la mayoría de los casos es enviado o empujado hacia la frontera o a los límites de esta. Así se configura un límite ya no físico-geográfico de la ciudad misma, sino también étnico (desde el Maule al sur habitan los araucanos y al norte de esta región los colonizadores). Luego, en vez de crearse un límite fijo, esférico, cerrado, se crea un mestizaje, una indeterminación que no sólo difumina la raza, sino que también el espacio. Sin embargo, el espacio no puede ser mezclado, una gran muralla, un gran edificio, extendidas calles de adoquines no pueden constituir otra cosa que no sea la anciana ciudad soñada europea.

 

Se observa así una cierta recreación del límite, un reordenamiento de las codificaciones tradicionales del antiguo centro citadino: la calle misma transformada en mercado, la muralla transformada en lienzo, la figura de la casa resignificada en los espacios peri urbanos (no como habitación sino como iglesia, como almacén, quizás también como un pequeño mercado o como un lugar de juegos y recreación). La inventiva del espacio, la expresividad que surge desde el orden diluído de la ciudad-centro hacia la ciudad-límite se presenta como una posibilidad narrativa, creadora del sujeto que vive dentro y fuera de la ciudad al mismo tiempo, de aquel que, a pesar de habitar nominalmente en la ciudad, debe viajar para llegar a ella.

 

Desde la misma ciudad-centro se da la posibilidad de extender el concepto unitario, monoteísta de ciudad que no puede más que remitir a las evidentes diferencias y al des-orden que el espacio urbano latinoamericano arroja a través de distintas grietas narrativas. Estallido del afán que persigue el orden, que incita la regulación, el control y la segmentarización en el que la esquina deja de ser el lugar en donde solamente dos calles convergen, un pasaje deja de ser el lugar en donde se exhiben las múltiples mercancías, las reproducciones; sino que se transforma. El paisaje urbano se recodifica en el lugar donde se reúnen todas las noches un conjunto de mujeres que ejercen el comercio sexual o donde se reúne el grupo de jóvenes a beber el trago que no podrán costear sino en la misma calle, en la misma esquina, en el mismo rincón oscuro que proporciona el estrecho pasaje, por la noche. Allí donde la ciudad propicia el orden y la inhibición garante de la armonía colectiva, también permite la generación de comportamientos desinhibidos por parte de un habitante que necesita aquello que el orden hegemónico le prohíbe, pero que a través de su propia inventiva narrativa el sujeto instaura en el seno mismo de ella.    

 

Las formas en la cual los sujetos construyen sus propias historias, realizan sus propios procesos de subjetivización y se desinhiben con respecto al “consenso de los sensatos”18 escapan, en muchos casos, a los elementos que el Estado o que el mismo mercado entregan para dominar el acontecimiento aleatorio, fortuito, de una construcción no funcional (un niño no como estudiante, un hombre no como obrero-padre). En esta perspectiva, creemos que el accionar desinhibido que Sloterdijk señala como una respuesta a la “tendencia postmoderna de eliminar la acción” producto de una marcada densidad y sus consecuentes mecanismos de inhibición recíproca, no encuentra su lugar en la criminalidad organizada y profesional (que lograría abrir las fisuras en el mercado y la ley), sino en aquellos espacios similares a lo que él señala como “criminalidad espontánea”19, como también en cualquier comportamiento, imagen o construcción cultural que desafíe determinado llamado al orden, sean explícitos o no sus modos de control. Desde nuestra lectura, la acción desinhibida puede significar tanto el voraz despliegue capitalista del mercado -que frena las iniciativas individuales en pos de proteger sus intereses- como el accionar de aquellos que resisten ese control al interior del mismo sistema propiciado por el mercado o el Estado. Anticuerpos que no actúan sobre la base “de una momentánea pérdida de control sobre sí mismo” como define Sloterdijk al criminal espontáneo, sino sobre el autorreconocimiento de un sujeto que construye y habita el cuerpo social urbano de distintas maneras, que pueden satisfacerle o no al poder hegemónico. Ese reconocimiento de la experiencia social urbana gatilla innumerables modos de hacerlo patente, pues el habitar constituye una acción en permanente realización y reinvención.

 

La reinvención de los sujetos sólo podría llevarse acabo en un espacio también reconfigurado, también reinventado. Así como la muralla se rehabilita como lienzo, el sujeto se rehabilita como rayador de muros, como aquel que reescribe la ciudad y a la vez se reescribe a sí mismo como sujeto habitante de ella. Si existe un relato del personaje de ciudad que ha resultado ser un cierto paradigma, claramente no ha sido elaborado por él mismo: el modelo del trabajador y todas las funciones que este pueda cumplir en el seno de la ciudad no pueden ser más que funciones delegadas a través de una imagen identitaria, que a la vez le sirve al sujeto para encontrar su lugar dentro de la ciudad. Un sujeto que desde la misma ordenación que la ciudad le ha otorgado ensaya cotidianamente otra (s) forma (s) de ocupar los espacios, reformulando su posición en el tramado urbano, trazando una línea de resistencia frente al discurso regulativo que la ciudad-control intenta transmitirnos como ciudadanos: una cierta sociología al servicio de la ley, una cierto discurso jurisprudente revestido de categorías como servicio público, asistencia, convivencia, consenso o más aún: democracia.

 

El sujeto que se reinventa junto al espacio preexistente, más que acercarse a un discurso sociológico o jurisprudente -que, como decíamos, es el que utiliza la autoridad regulatoria que resguarda  la ciudad reproductora en su funcionalidad e intenta neutralizar los efectos de contrapoder que nacen de ella misma- se acerca a un intento por inventarse, narrarse, contar a otros y a si mismo unos relatos, dentro de los que él es personaje, y la ciudad con sus todos sus tramados, el escenario en el cual debe intervenir para llevar a cabo esta forma de fuga cotidiana del orden restrictivo que paredes, calles, cuadras, plazas y transportes representan. Aquí ya nos hemos aproximado al núcleo de nuestra propuesta.

 

El sujeto que vive en la ciudad, el que construye no sólo entornos sino mundos, que se configura como habitante y poseedor de una memoria poética –que el personaje protagonista de Lainsoportable levedad del ser señalará como una parte constitutiva de nuestro pensamiento racional- capaz de reconvertir la experiencia cotidiana en manifestaciones auténticas que van desde el color o la manera de decorar la fachada de la casa hasta la actitud que se asume al interior de un bus de pasajeros frente a la inminencia de un largo viaje luego del trabajo diario. En este sentido, parece muy oportuna la pregunta que se realiza Barbero: “¿En qué maneras experimenta el ciudadano la ambigua modernización que, bajo el paradigma del flujo, vive en nuestras ciudades, sus formas de habitarlas, de padecerla y resistirla?”.20 Este autor se responde proponiendo tres maneras desde las cuales comprender “el mosaico artesanal del habitar” urbano: la des-espacialización, el des-centramiento y la des-urbanización.

 

La des-espacialización da cuenta de un suelo urbano que se ve transforma en espacios de circulación y flujo constante, en la medida en que “el régimen general de la velocidad” adquiere un peso notable. Ciudad que se descorporiza, pero donde a su vez transitan un sinnúmero de imágenes y mercancías de todo tipo que agota o hace sustituible el intercambio entre habitantes de la ciudad. Des-espacialización actúa como “borradura de la memoria”, que repercute en una urbanización y en modos de habitar la ciudad cada vez más alienados y agresivos. El des-centramiento apunta “a un ordenamiento que privilegia las avenidas rectas y diagonales, en su capacidad de operativizar enlaces, versus la intensidad del encuentro y la peligrosidad de la aglomeración que posibilitaba la plaza”21, como parte de un accionar concreto por parte de los dispositivos del poder dominante. Finalmente, Barbero menciona la des-urbanización como “una reducción progresiva de la ciudad que es usada por los habitantes”. Difícil es no recordar en este sentido la importancia que se le asigna en La Carta de Atenas (1933) a la vivienda, el trabajo, el ocio y el trasporte como ámbitos del habitar humano que debieran conjugarse como actividades cotidianas que no fuesen en desmedro con la calidad de vida del habitante de la ciudad. El centro urbano no sólo cae en desuso, sino también los espacios públicos, “estrechándose así la ciudad”.

 

A pesar de que los modos de vivir la ciudad latinoamericana se encuentran cercados por los tres dispositivos señalados –como nos sugiere la lectura de Barbero-, creemos que el habitante de la ciudad igual es capaz de sondear y hallar la flexibilidad necesaria al interior de los espacios cercados, en un intento por vivir y aprehender la experiencia citadina, la que sin duda abre un espectro inimaginable de posibilidades de representarse y coexistir en ese medio. Concordamos con Barbero en su propuesta de que una clave de lectura de la ciudad latinoamericana lo constituye el acercamiento a las narrativas y territorialidades de sus habitantes.22

 

En este sentido, creemos que estas narrativas son maneras particulares de comprender, asimilar y organizar la experiencia de cada sujeto al interior de estos entramados sociales. Constituyen relatos en la medida que la experiencia urbana vital se encuentra reordenada y desplegada a través de diversos textos poseedores de una carga significativa de cultura. Resultan ser manifestaciones de un vivir, un estar, un ser en el mundo en la medida en que el habitante también se siente activo participante del mundo al que pertenece, su ciudad.23 La narración de la propia subjetividad y experiencia al interior del espacio urbano latinoamericano se despliega entonces como una acción con múltiples efectos.

 

Por una parte, la narratividad expresada por la ciudad y sus habitantes representa un accionar siempre inaugural, atravesado por prácticas cotidianas cercadas desde múltiples lugares por los entes regularizadores. Aproximarse a una narrativa urbana es bordear todas aquellas manifestaciones que validan silenciosamente la experiencia como una vía de conocimiento de nuestras maneras de ser y estar en el mundo. Desde los estudios culturales urbanos y la arquitectura ha surgido ya la necesidad de “cartografiar” la trama urbana latinoamericana, en un intento por comprender cuáles son aquellos materiales que conforman identidad, diferencia o identificación en estos contextos sociales.24 Por otro lado, considerar la “capacidad poiética de las mayorías”, donde las simbolizaciones, los temores, los sueños y delirios funcionan como aspectos primordiales en las formas de conocer, nos permite romper con el predominio de la razón por sobre la emoción o el conocimiento sensorial, a la vez que los reconoce como elementos constituyentes de la trama urbana al ser parte la actividad cognoscitiva de los mismos habitantes, quienes construyen finalmente su propia ciudad desde la aprehensión y apropiamiento creativo que hacen de ella. Soñar, imaginar serían acciones “ciudadanas” poiéticas, tal como el barrer la avenida o ceder el asiento a un niño en el autobús. El relato –que puede leerse siempre desde distintos ángulos- como una manera de ordenar y contar la experiencia, se valida frente a los modos tradicionales de conocer. La des-jerarquización de la razón por sobre las pasiones o emociones se traduce en una aceptación de elementos como la imaginación, la memoria, las acciones y la escritura inclusive como parte de una poética narrativa que en la misma práctica está subvirtiéndose – mediante la reflexión y la creación misma-.

 

En este sentido, Jerome Bruner propone dos maneras de conocer la “realidad”: los argumentos y los relatos, y nos señala sus diferencias:

 

Las dos (si bien son complementarias) son irreductibles entre sí. Los intentos de reducir una modalidad a la otra o de ignorar una a expensas de la otra hacen perder inevitablemente la rica diversidad que encierra el pensamiento.

Además, esas dos maneras de conocer tienen principios funcionales propios y sus propios criterios de corrección. Difieren fundamentalmente en sus procedimientos de verificación. Un buen relato y un argumento bien construido son clases naturales diferentes. Los dos pueden usarse como medio para convencer. Empero aquello de lo que convencen es completamente diferente: los argumentos convencen de su verdad, los relatos de su semejanza con la vida. En uno la verificación se realiza mediante procedimientos que permiten establecer una prueba formal y empírica. En el otro no se establece la verdad sino la verosimilitud. 26

 

Bruner nos entrega una visión oportuna para la tarea de desarmar los supuestos teóricos tradicionales que rigen los procesos de pensamiento, visualización, escrituras y lecturas. Así, la oposición realidad/imaginación con la que se podría suponer que es más válido pensar el mundo (y por qué no la ciudad) se derrumba, configurándose una nueva poética que hace brillar la concepción activa, creativa y resistente del habitante urbano que escribe sus prácticas y donde “lo cotidiano ‘se inventa así, por las mil maneras de asechar’. Y más que ser inventado, lo cotidiano ‘se fabrica, se produce de forma diseminada, dispersa; insinuándose por todas partes en la manera de emplear, por ejemplo, los productos simbólicos [o matéricos para el caso de Latinoamérica] impuestos por un orden económico dominante”.27 Así –y para terminar esta reflexión- estimamos que el accionar desinhibido por parte de los habitantes de la ciudad amurallada, consensuada y controlada, se proyecta en modos múltiples de narrar, contar, expresar la experiencia citadina latinoamericana fragmentada. Más que proponer métodos para analizar dichas narrativas urbanas, nos proponíamos situar en discusión una perspectiva que privilegia el accionar creativo, desmarcado, desinhibido y por eso mismo resistente por parte del sujeto que vive la ciudad desde una óptica autoconciente. En este sentido, autores como Benjamin o Sloterdijk nos permiten comprender sobre qué cimientos se construyen las ciudades, entregando elementos de análisis oportunos para situar la discusión sobre la ciudad desde el contexto latinoamericano, para así rastrear los materiales de los que están hechas nuestras ciudades y cómo manifiesta el habitante su tránsito, su habitar en el mundo-ciudad. Desde nuestra perspectiva, este habitante se configura desde un punto de resistencia a la ciudad misma, a la vez que la reafirma con el mismo acto de pensarla y crearla. Narrar la ciudad es una de las estrategias que permiten golpetear constante y desinhibidamente las paredes que, como reproductoras de espacios de cobijo nos protegen pero también nos cercan.

 

Daniela Smith

 

 

 

 

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1.   Este Artículo fue presentado en el Seminario de Postgrado “Peter Sloterdijk - W. Benjamín; Filosofía, Estética y Arquitectura”,  dictado por el Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca,  en el Semestre de otoño de 2008,   en el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. <http://www.observacionesfilosoficas.net/seminariosloterdijkbenjamin.htm>

2.   Este aspecto en detalle en: Benjamín, Walter: Libro de los pasajes (“París, capital del siglo XIX”), Akal, Madrid, 2005.

3.   Benjamín, Walter: Libro de los pasajes (“París, capital del siglo XIX”), Akal, Madrid, 2005, p. 50

4.   Benjamín, Walter: Libro de los pasajes (“París, capital del siglo XIX”), Akal, Madrid, 2005, p. 51

5.  Sloterdijk, Peter: El palacio de cristal, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 2004, p. 3

6.  En este sentido véase: Vásquez Rocca, Adolfo: “El palacio de cristal; Sloterdijk y W. Benjamin de ‘Los Pasajes’ a los invernaderos de la posmodernidad”.

7.   Vásquez Rocca, Adolfo: “Peter Sloterdijk; Espumas, mundo poliesférico y ciencia ampliada de invernaderos”, en Revista Konvergencias, año V, N° 16, 2007, p. 220

8.   Con respecto a la idea de autorreconocimiento me es útil pensar en el planteamiento que sugiere Arturo Andrés Roig con respecto a la asunción de una conciencia diferenciada americana durante el proceso de colonización hispana en América. Ver: Roig, Arturo Andrés: “Movimientos y corrientes del pensamiento humanista durante la época de la Colonia hispanoamericana: Renacimiento, Barroco e Ilustración”, en Revista de Filosofía (Universidad de Chile), XXI-XXII (diciembre de 1983), p. 55-83.

9.   Apropiada en este sentido resulta también la observación de Foucault: “La primera de las grandes operaciones de la disciplina es la constitución de ‘cuadros vivos’ que transforman las multitudes confusas, inútiles o peligrosas, en multiplicidades ordenadas”, en Foucault, Michel: Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión; Siglo XXI editores, 34ª ed., 2005, p.152

10.   Sloterdijk profundiza la idea de inmunidad y cobijo en “Arcas, murallas de ciudad, fronteras del mundo, sistemas de inmunidad. Para una ontología del espacio cercado”, cap. 3 en Esferas I, editorial Siruela, Madrid, 2003.

11.  Barbero, Jesús Martín: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004.

12.  Rama Ángel: La ciudad letrada, Ediciones del Norte, 1984.

13.  Rama Ángel: La ciudad letrada, Ediciones del Norte, 1984, p. 5

14. Rama Ángel: La ciudad letrada, Ediciones del Norte, 1984, p. 8

15.  Sloterdijk trae al recuerdo la imagen del arca como forma simbólica que cobija la vida, es receptáculo de esperanza y flotador autopoiético que le permitió supervivir a los aliados de Yahvé en condiciones desfavorables. Véase en: “Arcas, murallas de ciudad, fronteras del mundo, sistemas de inmunidad. Para una ontología del espacio cercado”, cap. 3 en Esferas I, editorial Siruela, Madrid, 2003.

         La confección de este espacio, así como la voluntad de vivir, deseos, esperanzas y su consecuente materialización en formas específicas de la experiencia vivida –narrativas- nos permite rescatar este aspecto observado por Sloterdijk para nuestra propuesta de comprensión de las ciudad latinoamericana como fenómeno cultural.

16.  Sloterdijk, Peter: El palacio de cristal, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 2004, p. 4

17.   Barbero, Jesús Martín: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004, p. 285

18.  Sloterdijk, Peter: El palacio de cristal, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 2004, p. 6

19.  Sloterdijk, Peter: El palacio de cristal, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 2004, p. 7

20.  Barbero, Jesús Martín: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004, p. 286

21.  Barbero, Jesús Martín: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004, p. 287

22.  Barbero, Jesús Martín: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004, p. 275

23.   A este respecto, resulta esclarecedor para nuestra propuesta pensar el habitar como “la manera como los mortales son en la tierra [...], abrigar, cuidar”. En: Heidegger, Martin, “Construir, habitar, pensar”, Traducción de Eustaquio Barjau, en Conferencias y artículos, SERBAL, Barcelona, 1994.

24.   En este sentido, véase la propuesta de investigación de Marco Valencia y José Llano: “Cartografías urbanas. Montevideo-Santiago de Chile. Lectura cruzada de dos ciudades latinoamericanas”, en Revista Diseño Urbano y Paisaje, año 5, N° 13, 2008, Universidad Central.

25.    Rodríguez-Plaza, Patricio (compilador): Estética y ciudad. Cuatro recorridos analíticos, Frasis, 2007, p. 14

26.   Bruner, Jerome: Realidad mental y mundos posibles. Los actos de la imaginación que le dan sentido a la experiencia, 2004, Gedisa, p.62

27.  Rodríguez-Plaza, Patricio (compilador): Estética y ciudad. Cuatro recorridos analíticos, Frasis, 2007, p. 15 [el autor citando a Michel de Certeau]

[*] Profesora de Estado en Castellano y Licenciada en Educación por la Universidad de Santiago de Chile. Actualmente cursa el Programa de Doctorado en Literatura, perteneciente al Instituto de Letras y Ciencias del Lenguaje de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.