Psikeba. Revista de Psicoanálisis y estudios culturales
 
 


Daniel Larsen *

Lacan © Psikeba

 




En una trabajo publicado en el Nº 9 de "Psicoanálisis y el hospital" titulado «Psiquiatría, envés del psicoanálisis», intenté acentuar las diferencias entre el discurso médico y el analítico con el propósito de llamar la atención sobre el riesgo que constituye la posible medicalización de la práctica analítica, tentación a la que no escapan muchos colegas que, aunque con las mejores intenciones (o quizá por eso mismo), no se dan cuenta que al integrarse a las exigencias del «Orden médico» (como lo llama Jean Clavreul 1) se pierden como psicoanalistas. Esto es más evidente cuando nuestra práctica se inserta en servicios de salud mental que se encuentran dentro de hospitales generales. La determinación simbólica es muy fuerte y nuestro margen de movimiento escaso.

 

Ahora bien, eso no significa que tengamos que atrincherarnos en los consultorios, aislándonos del resto del hospital. Al contrario, creo que en la medida en que tenemos más clara la diferencia entre los discursos no sólo vamos a poder prevenir la posible fagocitación del discurso analítico por el discurso médico, sino que, por sobre todas las cosas, vamos a poder mantener lo que hace a la especificidad de nuestra práctica, o sea, el sostenimiento y, si es necesario, la creación de un espacio, un lugar, en el que un sujeto pueda advenir, un lugar "hospitalario" para el sujeto, ese sujeto que la medicina, por estructura, excluye. Esto lo podemos lograr en cualquier sector del hospital que solicite nuestra intervención; es suficiente que contemos con el único instrumento que necesitamos: el deseo del analista.

Luego de esta breve introducción vamos a pasar al tema de las incidencias del significante sobre el cuerpo y, más específicamente, una incidencia muy particular que conocemos con el nombre de fenómeno psicosomático.

Durante la consulta, ocurre con frecuencia que nos encontremos, sobre todo en el ámbito hospitalario, con pacientes que dicen sufrir alguna dolencia corporal o algún tipo de lesión en alguna parte de su cuerpo, agregando que vienen "porque los mandó el médico" y que, además, "no entienden porqué los mandaron". Estos pacientes no presentan, en su discurso, ningún signo que dé cuenta de alguna demanda de tratamiento. Sólo se limitan a presentarnos su síntoma, pero a la manera de quien le lleva un aparato descompuesto a un técnico y lo coloca sobre el escritorio para que se lo arregle, es decir, con una total ausencia de implicación subjetiva. Cuando nos hablan no pueden dejar de dirigirse a la figura del médico, a quien adjudican el lugar de un amo del saber sobre el cuerpo.

Durante las entrevistas, muestran un discurso que se caracteriza por su parquedad y pobreza de asociaciones, como si estuvieran constantemente diciendo: "¿y esto qué tiene que ver con mi úlcera?"Veamos ahora una de las primeras referencias de Lacan sobre este tema: "Un síntoma como una erupción, diversamente calificada dermatológicamente, del rostro, se movilizará en función de tal o cual aniversario, por ejemplo de manera directa, sin intermediario, sin dialéctica alguna, sin que ninguna interpretación pueda marcar su correspondencia con algo que pertenezca al pasado del sujeto" 2. Esto significa que el síntoma psicosomático no es un síntoma en sentido analítico, es decir, no es una formación de compromiso entre dos fuerzas opuestas, ni implica un retorno de lo reprimido; no es, en definitiva, un efecto de significación producido por la sustitución de un significante por otro. Es más bien del orden del trazo unario, un significante aislado que ha perdido su conexión con los otros significantes, un significante que no hace cadena, un S1 que no se encuentra en relación con un S2. Para dar cuenta de este fenómeno Lacan toma prestado el término «holofrase» de la lingüística, en la que se utiliza para indicar que el sentido de una frase puede ser equivalente a una sílaba aislada o a una sola palabra. Entonces, aunque una frase esté constituida por varias palabras, todas tienen el mismo valor, o también, se puede decir que han perdido su capacidad de significación en relación con el contexto. Un ejemplo de holofrase lo encontramos en exclamaciones como "¡socorro!", o "¡por el amor de dios!"; pero me parece más claro, o más interesante, cuando en las películas de habla inglesa escuchamos las diversas combinaciones del significante "¡fuck!" en el que podemos escuchar, más allá del sentido, la fuerza de una exclamación que intenta alcanzar lo real del otro. La holofrase, entonces, al reducir los significantes de una frase a uno solo, al unificarlos, al borrar sus diferencias, anula también al sujeto que sólo puede emerger de la relación de un significante con otro, sujeto dividido, barrado, que vive únicamente en los intersticios de la diferencia, que sólo puede aparecer desapareciendo entre un S1 y un S2 afanísico.Por otra parte, no es casualidad que cuando Lacan, en el seminario XI, habla de la holofrase y la psicosomática, introduzca un comentario de los experimentos de Pavlov sobre los reflejos condicionados. Según Lacan, el experimento de Pavlov demuestra, sin quererlo, su teoría de que el significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. El sonido de la campana representa a Pavlov ante la secreción gástrica, la que adquiere valor significante, ya que es desencadenada por un estímulo inadecuado para la necesidad en juego. El organismo resulta engañado, dice Lacan, lo cual produce como resultado que alguna de sus funciones quede aprisionada bajo la materialidad de un determinado significante. En el fenómeno psicosomático encontramos este engaño en el que el estímulo, un significante aislado, una cifra, captura esa parte del cuerpo en el que se expresa una necesidad provocada, sin procurarle la articulación con un más allá de la demanda que permita a esa necesidad ser vivida simbólicamente. Esto está relacionado con una fallida operación de separación en la constitución subjetiva.

Abramos un pequeño paréntesis antes de continuar. Somos seres hablantes o, como solía decir Lacan, parlêtres. Esto implica, por lo menos, que nada en nosotros puede escapar a la influencia del significante desde el momento en que recibimos, al llegar a este mundo, como bautismo, el baño del lenguaje. La incorporación de la estructura del lenguaje produce, como primer efecto, la separación del cuerpo y el goce, en la medida en que opera un vaciamiento, una evacuación del goce del cuerpo. Por eso Lacan va a hablar del cuerpo como desertificación de goce. A partir de entonces el goce tendrá que ser redistribuido fuera del cuerpo, bajo la forma del goce pulsional, o sea que se localizará en los bordes anatómicos del cuerpo, ligados al objeto de la pulsión, objeto perdido, imposible de recuperar, pero que se encuentra de alguna manera repositivizado en tanto restituye un cierto coeficiente de goce, una especie de compensación que Lacan denomina plus-de-gozar. Por otra parte, la construcción del fantasma permite al sujeto acomodarse a la pérdida del objeto y constituye una respuesta a la pregunta por el deseo del Otro, posibilitando, de esta manera, la puesta en escena del deseo inconsciente del sujeto, otorgándole el marco dentro del cual organizar su relación con la realidad.En los pacientes con lesiones psicosomáticas, el fantasma parece fracasar parcialmente en organizar la realidad, porque el enigma del deseo del Otro no puede operar de manera integral. Existe un aspecto donde el sujeto encuentra una determinación del Otro. La construcción del fantasma queda amenazada por una captación en el Otro materno, que le deja entrever que puede consumar una ofrenda real, ya no sólo imaginaria. Ante la pregunta por el deseo del Otro el sujeto se encuentra con una certidumbre, y no puede elaborar, por lo tanto, su propia respuesta fantasmática. Así como en 1964, con el planteo del congelamiento de los significantes en la holofrase, Lacan destacó la causa significante del fenómeno psicosomático, en 1975, en oportunidad de su conferencia de Ginebra va a poner el acento en la cuestión del goce: "Es por la revelación del goce específico que hay en su fijación como siempre debe tenderse a abordar el fenómeno psicosomático, en eso podemos esperar que la invención del inconsciente pueda servir para algo".3

Ahora bien, ¿qué quiere decir Lacan con "goce específico"? En mi opinión se refiere a un goce no-fálico, fuera de lo simbólico aunque no fuera del cuerpo, o sea, el goce que llamó goce del Otro y que ubicó en la intersección de lo imaginario y lo real en la figura achatada de su nudo borromeo. Podemos decir que si el síntoma fija el goce fálico en una letra que ex-siste al inconsciente, el fenómeno psicosomático fija con un simple trazo o marca del goce del Otro en el cuerpo. Vale la pena insistir en que este trazo unario no tiene nada que ver, como algunos dan a entender, con la letra, ni con el nombre propio, ni con la insignia; más bien, como dice Colette Soler4, es un estigma del goce de Otro, de un goce impuesto en el cuerpo como Otro, que se acercaría más a la naturaleza del número. Lacan, por otro lado nos sugiere su apuesta en el tratamiento de estos pacientes cuando nos dice que es por medio del goce del sentido, a través de la elaboración que se produce en el inconsciente, que podemos esperar hacer virar hacia el sentido este goce del Otro.

Para concluir quiero citar un párrafo de un libro que me ha resultado clínicamente muy enriquecedor, de una psicoanalista que ha sabido poner en acto un retorno a Freud que muchos reivindican pero sólo a nivel retórico. Me refiero a Sylvie Le Poulichet: «Es sin duda a través de una forma de simbolización de "la ausencia" como se puede perder algo del cuerpo en tanto lugar de surgimiento de las lesiones que conservan un impensable. En ciertas condiciones, hablar al analista hace perder algo del cuerpo, recortando y anudando su superficie al deseo. La "cura por la palabra" está así llamada a trabajar en un "cerramiento del cuerpo", trabajo de cerramiento que sostendrán esencialmente las nominaciones y las metáforas que recortan zonas de sombra y de secreto. Aquí, mientras un velo no sea ceñido a la carne, el inconsciente no podrá abrir sus efectos a la palabra. Se trata de hacer advenir una nueva posición del sujeto en la palabra, correlativa de la implantación de nuevos itinerarios simbólicos. Me parece entonces esencial velar por las condiciones de aparición de los decires5

Daniel Larsen

 

 

NOTAS

[1]  Jean Clavreul. El Orden médico. Argot, Barcelona, 1983.

[2] Jacques Lacan. Seminario 3. Editorial Paidós. Barcelona , 1984.

[3] Jacques Lacan. Conferencia en Ginebra . Intervenciones y Textos II. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1988.

[4] Colette Soler. Estudios de Psicosomática II. Ed. Atuel. Buenos Aires, 1994.

[5] Sylvie Le Poulichet. Toxicomanías y psicoanálisis. Amorrortu editores.
Buenos Aires, 1990.

 

* Psicologo. Licenciado en Psicología por la Universidad Católica del Norte - Chile.

Cursa el Programa de Magíster en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Realiza su Tesis de Postgrado bajo la Dirección del Dr. Adolfo Vásquez Rocca. Ha publicado entre otros Artículos.

  • Sloterdijk y Nietzsche; De la negatividad socrática al bello riesgo del entusiasmo [En Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales]
  • Sloterdijk; organicidad metafórica, modelos de comunicación y crítica del psicoanálisis fundacional

[En Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net/]

 

   Pulsión de muerte y utopía: por una arqueología de “lo real”
  http://www.psikeba.com.ar/articulos2/RV-pulsion-de-muerte-y-utopia-por-una-arqueologia-de-lo-real.htm
 
 
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