Sin nombre nombrado

Alejandro Cantisani *

artista, arte contemporaneo, expo

I

“ Y volvió hacia el zorro:

-Adiós-dijo.

-Adiós –dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de acordarse.


-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.


-El tiempo que perdí por mi rosa ... – dijo el principito, a fin de acordarse.


-Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable de tu rosa ...


-Soy responsable de mi rosa ... – repitió el principito a fin de acordarse. “1

¿Qué significa que “lo esencial es invisible a los ojos”? ¿Por qué el principito es responsable de su rosa? Basta recordar el libro Banquete de Platón para afirmar que desde sus inicios la civilización occidental se ha preguntado por el amor, o mejor dicho por el deseo. ¿Cómo se relaciona el secreto del zorro con el amor? ¿Qué es la rosa? Empecemos por Lacan. Por ahí él sea el zorro que oculte algunos de los secretos que dan respuesta a estas preguntas.

Brevemente se puede decir que para Jacques Lacan existen tres dimensiones de la realidad humana. La primera nos remite a una relación de amor-odio, a una relación especular entre el <yo> y el <otro>. En este sentido hay, en Lacan, una relectura del aforismo de Kojève: “El deseo es el deseo del Otro”. El deseo, en este sentido, es interpretado como un deseo de reconocimiento. A esta dimensión  Lacan la llama imaginaria.

La introducción de una segunda dimensión, simbólica, nos introduce en el problema de la palabra. Retomando a Saussure el Otro es redefinido mediante una estructura lingüística. Como bien señala Oscar Quiroga en su ensayo titulado “El fantasma y la presencia real” :

 “ (..) implica el cambio de estatuto del Otro, quien de ser un sujeto" verdadero" como señalaba Lacan en el seminario 2, pasa a ser un lugar topológico con la consecuente caída del deseo como deseo de reconocimiento puesto que este exige un sujeto que reconozca. El deseo pasará entonces a conceptualizarse como deseo del Otro primordial, o sea la madre. El aforismo del deseo no cae pero se modifica el estatuto del deseo y del Otro.” 2

El cuerpo se constituye entonces como un efecto de discurso. Como una corporalidad simbólica que se constituye por la estructuración de la cadena de significantes. Pensemos en este sentido en esa relación primaria que hay en el niño recién nacido entre deseo y necesidad.

En esta instancia el niño siente un displacer, producto de una necesidad que debe ser satisfecha. Sin embargo, los signos que el niño recién nacido realiza para el otro, no están ligados a una intencionalidad propia. El niño no logra entonces ser significante de este proceso de relación con el Otro, por el contrario  “la madre, promovida por el niño a la categoría de Otro, lo somete al universo de sus propios significantes al movilizarse a través del aporte del objeto alimentario (...).3 Sin embargo en este proceso se da un plus-goce, producto de que esa satisfacción de la animalidad humana del niño fue intermediada por el deseo (amor) de la madre.

Es importante tener en cuenta entonces que, a partir de este momento el deseo tendrá dos expresiones. La expresión, o mejor dicho la demanda, de una necesidad orgánica. Pero a su vez, la demanda de amor, de reconocimiento del Otro. En este sentido, como bien señala Joël Dor en su libro “Introducción a Lacan”, esta demanda de amor, este deseo del Otro, es en realidad “el deseo de un re-encuentro con la satisfacción originaria en donde el niño recibió satisfacción bajo la forma de goce sin haberlo pedido ni esperado.”4

A partir de este momento el <yo> se convertirá en un significante que intenta significar el objeto de deseo. Sin embargo el objeto no puede ser significado, ahí radica lo dramático de la existencia humana. Entonces el ser humano no tendrá más remedio que construirse objetos de deseos5, ficciones que sin éxito intenten satisfacer ese deseo originario. Intentar nombrar aquello que se encuentra más allá de lo imaginario y lo simbólico, lo real, es ahora el gran problema del <yo>. Utilizando el nombre de un viejo programa de televisión podríamos decir que la pregunta es: ¿cómo nombrar la dimensión desconocida para entrar en ella?

Volvamos entonces al dialogo entre el zorro y el principito:

“-No – dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa ‘domesticar’?

-Es una cosa demasiado olvidada-dijo el zorro-. Significa ‘crear lazos’.

-¿Crear lazos?

-Sí – dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el unos del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo ... “6

Es interesante ver que, si cambiamos el termino domesticar por significar este pasaje se vuelve más que fructífero para ejemplificar lo que hemos venido enunciando anteriormente. En definitiva, relacionarse con otros es constituirse como un posible significado de ese significante que encarna el Otro. Es constituirse como un posible objeto de deseo para el Otro. Pero a la vez es constituir al Otro como un objeto de deseo propio, como un significado de nuestro propio significante. Lo traumático en todo este proceso es que en definitiva, como bien dijo el zorro, “lo esencial es invisible a los ojos”. O mejor dicho, la falta, el deseo originario, es invisible a los ojos. Si los que significamos discursivamente son cuerpos de carne y hueso, cuerpos visibles. ¿Cómo significamos esa falta? Es imposible.

II

“Creonte:

Ciudadanos: nuevamente los dioses nuestra ciudad han restablecido con firmeza, luego que la hubieron agitado con violento oleaje.”7

¿Qué nos hace vivir en comunidad? ¿Definirnos culturalmente? Tal vez el Padre superior tenga la respuesta. ¿Pero quién es realmente él?

En el anterior apartado nos centramos en el problema del deseo del individuo. Ahora bien. ¿Qué sucedería si el hombre se guiara simplemente por sus instintos? ¿Si no hubiera restricciones a sus deseos? Supongamos como menciona Freud en el ensayo titulado “El porvenir de una ilusión” que las prohibiciones a los deseos del hombre son levantadas. Entonces “el individuo podrá elegir como objeto sexual a cualquier mujer que encuentre a su gusto, podrá desembarazarse sin temor alguno de los rivales que se le disputen y, en general, de todos aquellos que se interpongan de algún modo en su camino, y podrá apropiarse los bienes ajenos sin pedir siquiera permiso a sus dueños.”8 Un mundo regido así sería el mundo de la película de George Miller titulada Mad Max, un mundo sin ley, sin cultura.

En definitiva ¿qué es la cultura sin la institución de la prohibición? Nada. La cultura, o mejor dicho, la existencia en comunidad solo es posible si cedemos ante nuestros impulsos del deseo. Hecho que resulta paradójico puesto que si el hombre se constituye como un sujeto deseante reprimir estos impulsos no tendría sentido. La cuestión radica, como observamos en el apartado anterior, en que, el hombre no puede acceder a ese objeto que dio origen al deseo. Por esa razón entra en una interacción con los Otros en una doble constitución: como sujeto deseante y como sujeto de deseo. Ante esa falta de la cual hablaba Lacan el individuo queda imposibilitado de realizarse plenamente.

Podríamos decir que para que el individuo entre en comunidad, reprima sus impulsos, es necesario que se le interponga el nombre del padre, la ley. Aquel que se interpone entre la madre y el niño. La figura que decreta la prohibición del incesto. La ley del padre enfrentara al niño a esa primera socialización llamada familia. Este será el paso primero para que el individuo pueda insertarse entonces en ese artificio que hemos llamado comunidad. Al igual que en la familia, aquí también regirá la ley del padre, solo que ahora este padre se llama soberano. Y es él quién decreta qué esta prohibido y qué no.

¿Cómo juega la religión en estas prohibiciones terrenales? La religión como bien señala Freud surge de dos necesidades básicas del ser humano, primero, “de la necesidad de defenderse contra la abrumadora prepotencia de la Naturaleza; necesidad a la que más tarde se añadió un segundo motivo: el impulso a corregir las penosas imperfecciones de la civilización.”9 El padre entonces es la ley, la prohibición de nuestros deseos más profundos. Pero en cierta forma no podemos evitar tener nostalgia hacia su figura. Él prohíbe, pero también protege. ¿De qué nos protege? De esa fragilidad de nuestro cuerpo que nos expone como un cuerpo desnudo ante la naturaleza y sus designios, y ante nuestra propia naturaleza humana, inexplicable y dolorosa para nuestro ser. Por esa razón la religión se nos vuelve necesaria.

Sin embargo existe una paradoja. En el inicio de este apartado aparece una cita de Antígona de Sófocles. En ella Creonte, rey de Tebas dice: “nuevamente los dioses nuestra ciudad han restablecido con firmeza, luego que la hubieron agitado con violento oleaje.”10 Pero, si los dioses nos protegen de la naturaleza y de los males de la propia civilización ¿cómo explicar que hallan permitido que Tebas haya sido azotada? ¿Sucede acaso que los dioses son débiles? Tal vez el problema radique en el propio ser humano. En esa tradicional frase popular que dice, “no hay pero ciego que el que no quiere ver”. ¿Ciego ante qué? ¿Qué es lo que debemos ver y no vemos? Supongamos que sucede algo así como lo acontecido en la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera. En ella se relata la historia de una epidemia peculiar: una epidemia en la que los hombres quedan ciegos. Entonces los hombres empiezan a ver lo que no querían ver. Pero el objetivo aquí no es relatar la novela de Saramago, por lo tanto utilicemos simplemente la idea general de la novela: quedarse ciego de verdad para ver la verdad. ¿Qué es lo que veríamos? En realidad no veríamos nada. Ver es simplemente una actividad natural del ojo. La cuestión radica entonces en el problema de la mirada. Como bien lo expresaba Sartre en su obra El ser y la nada la mirada nos introduce en un problema fundamental: para ser mirado y para poder ejercer la mirada el individuo debe constituirse como un sujeto-objeto. Hecho que nos remite a Lacan, y a su idea de que los hombres se constituyen como objetos de deseo para poder relacionarse con otros objetos de deseos.

En este sentido la figura de Dios no es más que una ilusión. Dios es la mirada que constituimos para organizar nuestras miradas en tanto sujetos-objetos. Es la ilusión necesaria para intentar, vanamente, subsanar esa herida abierta que todavía no ha cicatrizado: el hecho de que tenemos una falta que nos impide gozar plenamente. O mejor dicho el hecho de que la felicidad nunca puede ser alcanzada en su totalidad. Simplemente podemos crear la promesa, un principio de esperanza diría Ernst Bloch, de que esa felicidad total algún día llegará. En este sentido, Dios constituye esa promesa que nos hace pensar que podremos alcanzar la felicidad, la vuelta al goce pleno.

 

III

 

“La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad. El programa de la Ilustración era el desencantamiento del mundo. Pretendía disolver los mitos y derrocar la imaginación mediante la ciencia.”11

La ilustración suponía sacar al ser humano de esa falsa ilusión llamada Dios. Retirar al hombre de esa minoría de edad en la que se encontraba para convertirlo en el sujeto ordenador del mundo. Recordemos la famosa frase de Jean-Jacques Rousseau: “despierta amigo, abandona la infancia”.

Pero como bien señalan Adorno y Horkheimer, “la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”. La calamidad de que la supuesta emancipación del hombre de la ilusión de Dios, no es otra cosa que el triunfo de una nueva ilusión: la ciencia. O mejor dicho, el triunfo de la escisión del ser humano de la naturaleza.

Alguien podría objetar el hecho de que ciencia y religión son lo mismo. Sin embargo basta ver alguno de sus preceptos para notar que la una no es tan distante de la otra, como comúnmente se cree. Analicemos el siguiente pasaje de la Biblia:

 

“Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas se puso en medio de ellos y les dijo: <<¡La paz esté con ustedes¡>>. Luego dijo a Tomás: <<Trae aquí tu dedo. Aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe>>. Tomás respondió: <<¡Señor mío y Dios mío!>>.

Jesús le dijo: <<Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!>>”12

“Ahora crees, porque me has visto.” Ciencia moderna. “¡Felices los que creen sin haber visto!” Religión. Entonces ¿dónde esta la similitud? Podría preguntarse algún lector desatento. En un impulso de rabia seguramente gritaría ¡Eres un idiota! ¡No has entendido nada! La cuestión es así: “Ahora crees, porque me has visto.” Ciencia moderna. “¡Felices los que creen sin haber visto!” Religión y rechazo de la ciencia moderna.

El problema es que este amigo ha caído en el truco de la ilusión. Recordemos que en el apartado anterior dijimos que ver era simplemente una propiedad del ojo, lo importante era la mirada. O sea aquello que regula el movimiento del ojo. Entonces volvamos a nuestras frases. “Ahora crees, porque me has visto.” Ciencia moderna. “¡Felices los que creen sin haber visto!”. Religión. “Ahora crees”. “Felices los que creen”. En definitiva lo importante en toda esta cuestión era la creencia.

Tanto ciencia como religión son producto de las creencias culturales. Ambas son pequeñas suturas que los seres humanos ponemos ante lo inexplicable, lo innombrable. Sin embargo lo esencial sigue siendo invisible a los ojos. El deseo, la muerte, siguen siendo objetos inaprensibles. Podemos intentar darles un nombre, pero no podemos dar cuenta real de ellos.

Es interesante lo que expresa Freud en el final de su trabajo titulado El malestar en la cultura:

“A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si – y hasta qué punto – el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. En este sentido, la época actual quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre”13

En definitiva la modernidad, expresada en la supuesta Ilustración, no ha logrado resolver el problema central: la falta. Tal vez el problema resida, como expresan Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, en que naturaleza y ser humano se reconcilien. ¿Cómo? Todavía la humanidad no ha logrado dar respuesta a esta pregunta. Por el momento el ser humano está condenado a vivir en la in-completitud. Tal vez la verdadera pregunta es ¿qué pasaría si  naturaleza y ser humano se reconciliaran? ¿Eso es la felicidad? Deseo. Muerte. Sabemos que existen. No sabemos cómo son. Podemos nombrarlos. No podemos dar cuenta real de ellos.

“Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática”14 ¡El hombre aún no ha abandonado la minoría de edad!

Alejandro Cantisani

Notas

1 Saint-Exupéry, Antoine de: El Principito. Emecé, Buenos Aires, 1951. Pág.72-74.

2 Quiroga, Oscar: El fantasma y la presencia  real.  Pág.2.

3 Dor, Joël: Introducción a Lacan, pág.164-165.

4 Ídem, pág.166.

5 Lacan denominara a estos objetos con el nombre de objeto a. El mismo es el objeto de deseo del individuo, y a su vez también es la causa del deseo. O sea es el objeto que produce la falta, puesto que no pudiendo satisfacer el deseo originario, solo puede ser un testimonio de esa falta.

6 Ídem, pág.68.

7 Sófocles: Antígona. Eudeba, Buenos Aires, 1993, pág. 63.

8 Freud, Sigmund: El porvenir de una ilusión, en “Obras completas. Tomo VIII”. Biblioteca Nueva, Madrid, pág, 2967.

9 Ídem. Pág. 2971

10 Ídem. Pág.63.

11 Horkheimer, Max; Adorno, Theodor W.: Dialéctica de la Ilustración. Trotta, Madrid, 2005, pág. 59.

12 Evangelio según San Juan, cáp. 20., versículos 27-29 en: “El libro del  pueblo de Dios. La biblia”. San Pablo, España, 1994.

13 Freud, Sigmund: El malestar en la cultura, en “Obras completas. Tomo VIII”. Biblioteca Nueva, Madrid, pág. 3067.

14 Ídem. Pág. 10.

 

Lic. en Ciencia Política. Universidad de Buenos Aires (UBA), Facultad de Ciencias Sociales.