José Alfredo Gustavo Fernando Martínez Vargas
INTRODUCCIÓN:
Antes de Sigmund Freud, la diferencia entre ser hombre y ser mujer estaba planteada en términos obvios, visibles, dada la no igualdad en la apariencia anatómica, por la diferencia fenomenológica que se presenta entre el tener pene o vagina[ii], desde que se nace, o bien con la aparición de los caracteres sexuales secundarios en la pubertad, mismos que ponían en evidencia algunas funciones internas que, entre otras cosas, han posibilitado la concepción.
También, la diferencia entre un sexo y otro se planteaban y continúan haciéndolo, a través de la imposición de roles mediante el contexto cultural, mismo que, dicho sea de paso, ha desfavorecido a la mujer, como la falta de equidad en diversos terrenos de la vida cotidiana, aunque en otros se han visto beneficiadas.
No sólo los anatomistas, biólogos y sociólogos han tratado de profundizar en éstos tópicos. Desde tiempos remotos hasta nuestros días filósofos como Aristóteles, Platón, San Agustín, Nietzsche, Arthur Schopenhauer[iii], y un largo etcétera, han tratando de dar cuenta de la “naturaleza femenina”[iv], (dando por hecho la existencia de una “naturaleza masculina” diferente a la femenina). Sus posiciones teóricas apuntan, en lo medular, hacia lo anatómico, lo biológico o bien, lo sociológico, que incluiría dentro de ella, la postura teológica[v].
Por su parte, la Psicología, de una u otra manera se ha nutrido de esos conjuntos de saberes resultándole complicado desarrollar su propio punto de vista[vi]. No ha podido dar cuenta del cómo se estructura la identidad sexual, el cómo llega el sujeto a elegir como objeto de amor a uno u otro sexo, la manera en que el varón y la mujer estructuran su psiquismo y el cómo se da la diferencia entre ambos sexos más allá de la posturas antes señaladas.
El psicoanálisis, a través de su sistema articulado de conceptos ha intentado dar luz al problema que nos ocupa. Haremos a continuación, un recorrido por el paradigma que en ese sentido, sostuvo su creador. Siguiendo sus huellas, nos introduciremos en la importancia de la posesión o no del pene. Así como la incorporación del significante fálico, en la conformación de la identidad sexual.
EL PROBLEMA:
Un desesperado hombre habla por teléfono a uno de tantos programas radiofónicos que sobre orientación o ayuda, existen en el cuadrante de Amplitud Modulada, en la ciudad de Guadalajara. Con consternación relata lo siguiente:
En la arena de un circo romano, un gladiador lucha contra su adversario. Le bastan unos cuantos minutos para acabar con el. Se trata de un hombre alto, corpulento, fuerte, experto en combate (imaginémonos a Marco, quien lucha contra el reciario nuvio, en el cuento de Julio Cortazar, “Todos los fuegos el Fuego”[vii]).
Cada vez que ingresa a la arena es ovacionado por el público asistente. Su trayectoria como gladiador es ampliamente conocida por aquella región. Nunca ha puesto en peligro su victoria; siempre ha sido fulminante con sus adversarios y eso a los asistentes al espectáculo, les agrada. Es un ídolo.
El consternado hombre de la radio continúa con su relato:
Sucede que en una ocasión, entre la multitud que lo ovaciona observa a una hermosa mujer. Se enamora de inmediato. Pronto se da cuenta que cada vez que sale a combatir, ella está ahí, viéndolo.
Inspirado por el amor, el gladiador se volvió más diestro en su oficio, conoció el manejo de otros instrumentos para matar. Su musculatura también iba en aumento. A todas luces pretendía halagarla. Esa era su manera de hacerlo.
No tardó en descubrir que ella, su amada, mantenía relaciones con uno de sus sirvientes, un humilde jardinero.
Así termina el relato del radioescucha, no sin antes señalar su desconcierto: ¿Cómo era posible que esa hermosa mujer se “acostara” (sic), con alguien carente de virilidad, es decir, de desarrollo muscular, fuerza, de grandeza, de fama, de potencia, de valentía?
Anterior al circo romano, Homero en la Odisea, le atribuye a la mujer un poder especial sobre los hombres. Circe le advierte a Odiseo sobre el peligro de las sirenas que encantan a cuantos hombres se acerquen a ellas y escuchen su canto. Las sirenas representan lo femenino: la dulzura, la sensualidad, la belleza. Características que no poseen los varones y que provocan el encantamiento de ellos.
En otro escenario, en una reunión con amigos, un afamado hombre llamado Sigmund Freud, quien como nadie ha penetrado en las profundidades de la mente, afirma no haber podido responder una interrogante, pertinente para el campo que ha desarrollado: “¿Qué demanda una mujer?”[viii]
Sin lugar a dudas, lo valioso del varón estaría, de acuerdo al radioescucha y al gladiador romano, en la posesión o no del Falo, materializado en una serie de atributos físicos y conductuales. Sin embargo, ¿esas características son las que espera una mujer de un hombre?, ¿podría materializarse el sueño de algunos varones de encontrar la fórmula de Don Juan, para poseer a todas las mujeres, aplicando un determinado método estandarizado para todas ellas? Dicho cuestionamiento parte del supuesto que la naturaleza masculina está regida por características fálicas más o menos comunes a todos los hombres pero, ¿existe una naturaleza femenina que uniforme a las mujeres?, es decir, ¿es posible contestar a la interrogante de Freud sobre la demanda de ellas?
Una de las principales armas de las sirenas de las que habla Homero, es la seducción a través del canto y de su cuerpo; seducción que quizá revela la existencia de rasgos histéricos propia de algunas mujeres. De ser así, ¿cómo es que se desarrolla principalmente, ésta estructura y no otra en la mujer?, ¿nos podemos conformar con la fácil explicación de que las diferencias entre un sexo y otro, más allá de las características biológicas, se debe a la incorporación de roles impuestos por la cultura que nos sitúan como lo uno u lo otro?. Por su parte, ¿Qué sucede en el homosexual, el travestí y el transexual?
El desconcierto del radioescucha, el mito del canto de las sirenas, la incertidumbre de Freud que pide saber que demanda una mujer, son tres rápidos ejemplos que revelan la existencia de dos naturalezas diferentes, una masculina y la otra femenina.
El presente trabajo es un viaje que nos conduce por diferentes sendas donde se despliegan algunos conceptos clave propuestos por Sigmund Freud, conceptos que se ponen en juego tratando de dar cuenta del cómo es que hombres y mujeres son diferentes.
DESARROLLO:
Para Sigmund Freud, el Sujeto, su psiquismo, su Identidad, la elección de objeto amoroso, etc., se construye. No se nace, por ejemplo, siendo varón o mujer en cuanto a su identidad sexual; tampoco dicha identidad es pura, incompartida la una con la otra…”todos los individuos humanos a consecuencia de su disposición (constitucional) bisexual, y de la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad y feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto”[ix]. Por su parte, en Tres Ensayos de Teoría Sexual señala:
…”en el caso de los seres humanos no hayamos una virilidad o una feminidad puras en el sentido psicológico ni en sentido biológico. Más bien todo individuo exhibe una mezcla de su carácter sexual biológico con rasgos biológicos del otro sexo, así como una unión de actividad y pasividad, tanto en la medida en que estos rasgos de carácter psíquico dependen de los biológicos cuanto en la medida en que son independientes de ellos”. [x]
En síntesis, Freud sostuvo que el desarrollo de la niña era semejante, simétrico al del varón. Pero, pronto se percató de que la evolución de su psiquismo seguía diferentes caminos, mismos que estaban marcados por la forma en como cada sexo se situaba respecto a la diferencia anatómica, diferencia del orden de lo visible: “Ella nota el pene de un hermano o de un compañerito de juegos, pene bien visible y de notable tamaño”[xi]. Por su parte, el varón al descubrir el sexo de la mujer es indiferente en un principio, pero ante la amenaza de castración del que es objeto, comienza a tomar en serio las advertencias que le hacen cuando se ha tocado su sexo. Por otro lado, la niña ha visto eso, sabe que no tiene pene, lo que para Freud marca una diferencia notable a nivel psicológico, entre ambos sexos.
Sin embargo, el pene, sólo es importante para el desarrollo psicológico del humano, si éste órgano llega a representar la fuerza, potencia, poder, dinero, virilidad, fama, la victoria, etc. (lo que la cultura, o la singularidad de cada quien, marca como importante, como valioso). Es decir, si posee un valor simbólico, más allá del que todos los órganos y sistemas que el cuerpo tienen. Cuando el pene logra tener ese estatus deja de ser un órgano más, elevándose a la categoría de lo que Jacques Lacan llamó “Falo”: significante de la falta en el Otro.
No existen juegos exclusivos para cada sexo. Pero si observamos con detenimiento, a los niños durante el recreo en cualquier escuela primaria, notaremos diferencias en la forma en que cada sexo juega. Da la impresión que el varón trata de demostrarse y demostrar a los demás de que posee el Falo, que puede, que gana, que es fuerte. Los constantes roces que se tienen entre ellos, los empujones, los pleitos aparentemente sin sentido, apuntan a la demostración de la posesión de una fuerza, de un Falo. Por su parte a la niña no le interesa la virilidad la potencia, etc. como al varón. De ahí la sorpresa del gladiador que señalábamos anteriormente, ¿cómo era posible que él con toda su fuerza, su contundencia, etc., compitiera por el amor de una mujer, con un jardinero carente, según él, de la representación fálica? El varón pues, nos dice Freud, sabe que tiene un pene pero al ver que la niña no posee uno, teme perderlo, lo que lo conduce, de ahí en adelante, a tratar de demostrarse así mismo y a los demás que lo tiene, que no lo ha perdido. En cambio la mujer conoce desde el inicio que no posee uno, no necesitando, como consecuencia, hacer lo que el varón hace. No obstante, ella quiere tener uno. Freud señala: “Ella nota el pene de un hermano o un compañerito de juegos, pene bien visible y de notable tamaño, y al punto discierne como el correspondiente, superior, de su propio órgano, pequeño y escondido; al partir de ahí cae víctima de la envidia de pene”[xii]. Luego añade “Ha visto eso, sabe que no lo tiene, y quiere tenerlo”…”Esto es el complejo de masculinidad en la mujer”[xiii].
Lo que está en juego no es el pene, es el Falo. Resulta frecuente que se tenga la creencia sobre todo en mujeres, que es el varón quien más disfruta de la vida. Señalan que es por que tiene mayores libertades, no es estigmatizado como la mujer, etc. Tienen razón, en muchas circunstancias no existe equidad entre un sexo y otro. Sin embargo, lo que de pronto se pierde de vista es que el varón al estar “Castrado”, es decir en falta, al ser un sujeto deseante, también sufre. El varón en realidad no tiene el Falo como por momentos la mujer lo cree. Más aun, paradójicamente, la felicidad, no parece transitar por el sendero del Falo. Tiresias el adivino griego, al ser cuestionado por los Dioses del Olimpo sobre quien era más feliz si el varón o la mujer responde que ésta ultima. Justamente por no ser ella la portadora, siguiendo a Freud, del pene. Lo cual la libra de toda una serie de situaciones en las que por ejemplo, el varón cae al tratar de demostrarse y demostrar que tiene uno, y que por su parte la mujer, al saberse sin miembro, no necesita hacer malabarismos como para arreglárselas mejor con su deseo y con su “goce”. Un analizante que acudía a la Unidad de Tratamiento en Consulta Externa de Centros de Integración Juvenil, con dolor señaló: ¡Es una Chinga ser hombre!…tengo que hacer cosas que a veces no deseo hacer…como pelear con otros”. Es de destacar que el índice de suicidios así como el consumo de drogas es mayor en los varones. Los resultados del Conteo de Población y Vivienda 2005, que realizó el INEGI. señala que la esperanza de vida es cinco años mayor para la mujer respecto al hombre[xiv].
Freud señala que la mujer tiene envidia de pene y que a temprana edad, transforma ese deseo en deseo de tener un hijo: “Primero quisieron tener un pene como el del varón y en una época posterior, siempre dentro de la infancia, apareció en su reemplazo el deseo de tener un hijo”[xv]. También puede ocurrir que el deseo de poseer un pene se transforme en el deseo de tener un hombre: “Podemos indicar el destino que experimenta ese deseo infantil del pene cuando en la vida posterior están ausentes las condiciones de las neurosis. Se muda entonces en el deseo del varón; el varón es aceptado como un apéndice del pene”[xvi]. O bien, tener un pene dentro de sí. Quizá otro destino de esa “envidia”, logra transformarse en carne: su propio cuerpo es su falo, de ahí que constantemente lo acicalen con variados métodos y productos, y que puedan “gozar” por ejemplo, de su cuerpo en los concursos de belleza o simplemente durante el baño.
Hasta aquí podemos concluir que lo distinto a nivel psíquico, entre un sexo y otro está marcado por el como se sitúa cada sujeto respecto a la diferencia anatómica, en concreto al tener o no tener pene y principalmente, a la manera en como se introyecta el significante fálico.
El poseer un pene o no tenerlo ha dejado otras consecuencias para la formación de su psiquismo. La niña, durante la fase edípica, al ver que no tiene pene culpabiliza de ello a su madre por no haberla dotado adecuadamente mientras que el varón le agradece a ella el haberle dado uno. La niña por ello elige como principal objeto de amor a su padre, mientras que el varón continua amando en mayor medida a su madre. Al final, la niña se identificará con el deseo de su madre, que es deseo del padre y el varón se identificará con el deseo del padre, que es deseo de la madre. En ambos casos, tendrán que renunciar a ese objeto de amor, dando paso a la elección de objeto no homosexual ni bisexual sino heterosexual[xvii]. Vallamos por partes auxiliándonos de Freud:
“En la fase del complejo de Edipo normal encontramos al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el igual sexo prevalece la hostilidad”.[xviii]
A partir de ésta afirmación, cabe hacernos la pregunta ¿Cómo se da el cruce hijo-madre, padre-hija?
Al parecer en un inicio, ambos sexos comparten el amor por la madre, a consecuencia del cuidado que tiene de ellos[xix]. Sin embargo, la hija tiene que mudar su elección hacia el padre, de lo contrario, si permanece con la ligazón hija-madre, estará encubando una posible histeria o psicosis: …”la mencionada fase de la ligazón-madre deja conjeturar un nexo particularmente íntimo con la etiología de la histeria” o bien…“en esa dependencia de la madre se halla el germen de la posterior paranoia de la mujer”.[xx] La niña al ver que no tiene pene desea uno, lo mencionamos renglones arriba, de éste deseo surgen varias consecuencias. En la primera la niña queda descontenta con su clítoris y renuncia a toda satisfacción sexual. En otro posible desenlace, la niña no renuncia a la posibilidad de tener un pene, con el tiempo puede adoptar la posición del varón eligiendo como objeto de amor a una mujer. En el último desenlace, la mujer toma como objeto al padre debido a que éste, como se dijo, tiene el Falo, y puede darle uno a través del obsequio de un niño. Al optar por ésta vía se adopta la forma tradicional femenina (heterosexual)[xxi]. En resumen, la niña tiene que renunciar a su primer objeto de amor que es su madre (o su sustituta), de lo contrario podría padecer una enfermedad mental ya sea histeria o psicosis. Al renunciar a la madre, se pueden tomar tres caminos, sólo uno conduce a la elección de objeto heterosexual.
El complejo de Edipo no termina en la niña como acontece con el varón, en él termina con la amenaza de castración, mientras que en la niña comienza con la castración…“la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el varoncito tiene miedo a la posibilidad de su consumación”.[xxii] En ambos sexos ni la madre ni el padre cumplen sus expectativas de saciar sus demandas, de colmarlos, ya que su deseo no tiene una meta definida. Lo que les pueden ofrecer no es suficiente por lo que pronto caerán en un desengaño, teniendo que buscar la satisfacción de sus demandas en la cultura, renunciando así a ambos progenitores. La pulsión sexual tiene que dirigirse a otros objetos …”ya no es nunca el originario, sino sólo un subrogado de este”…”toda ves que el objeto originario de una moción de deseo se ha perdido por obra de la represión, suele ser subrogado por una serie interminable de objetos sustitutivos, de los cuales, empero, ninguno satisface plenamente”.[xxiii] Y, es que…”el hombre se ha mostrado incapaz de renunciar a la satisfacción de que gozó una vez”.[xxiv] La relación sujeto-objeto está entonces marcada, para Freud, por una tensión permanente, ya que nunca se encuentra lo que se busca. El objeto encontrado está marcado por una nostalgia, por un “no es esto”. No existe la posibilidad del reencuentro con el primer objeto. A partir de ahí, podemos señalar que el sujeto[xxv]está Castrado, en permanente falta. Ese espacio vacío se puede intentar llenar de múltiples maneras, una de ellas, en el caso de la mujer, es a través del deseo de tener novio, o esposo. Pronto se dará cuenta que éste será sólo un sustituto nunca el genuino objeto de amor, mismo que se encuentra para siempre perdido[xxvi]. De la misma manera, pasa con el tener un hijo, nada sustituye al pene que se añoró tener.
El que el infante elija a los padres como objeto de admiración, de amor, no es un acto natural o de la casualidad, es un proceso, y la elección de objeto ocupa los últimos lugares dentro de él. Vallamos por partes: El infante, según Freud en introducción al narcisismo, cuando nace, sus pulsiones no están integradas, son “parciales”, no apuntan a un objeto en particular. El varón y la mujer en esta etapa llamada de “autoerotismo” no han construido aun su yo. Gracias a que muchos padres ven a sus hijos, no en fragmentos, sino como una totalidad, es que se constituye el yo en ellos. Se unifica su imagen, se perciben como una totalidad, lo cual le permite posesionarse de un nombre propio que le da identidad y unidad a su cuerpo. Una vez lo anterior podemos señalar que se ha pasado de la etapa del “autoerotismo” a la del “narcisismo primario”, en donde el infante es su “yo ideal”, las pulsiones antes parciales se concentran en sí mismo, en el yo. Si no se presenta esa mudanza estaríamos ante la posibilidad del autismo, en donde el infante responde sólo a unos cuantos estímulos que capturan su atención y que en la mayoría de los casos no le permiten sostener su mirada frente a un otro.
Una vez que se presenta el “narcisismo primario” el sujeto tiene que pasar a otra etapa: el “narcisismo secundario” en donde parte de la libido que se encontraba depositada en el yo se coloca en los objetos externos, dando paso al surgimiento del “ideal del yo”, que en muchas ocasiones son los padres. Freud identifica en la ausencia de ese movimiento a la psicosis y la hipocondría pues la libido está en el yo (“introversión de la libido”[xxvii]), no en los objetos como en el caso de las neurosis. Lo que permite el salto del “narcisismo primario” al secundario es quizá la Castración. El varón y la mujer que accedió al narcisismo primario y ha problematizado el tener o no pene, ha logrado acceder al “narcisismo secundario” y ha dejado, dicho sea de paso, el “principio del placer” para adoptar el “principio de realidad”.
En ambos sexos, durante el narcisismo primario, el infante se coloca en un estado en que su ser es su “yo ideal”; es por todos mimado y cuidado. Ha depositado en sí mismo su energía libidinal. Pronto tendrá que sacrificar parte de su libido para poder amar o incorporar otros objetos. La libido depositada en el yo pasará, gracias a ese enroque, a los objetos. En términos económicos, al investir con libido al objeto se empobrece el yo, lo mismo ocurre en caso contrario. El infante al hacer este movimiento, pasa al “narcisismo secundario”. Lo que permite dicha mudanza es, lo dijimos, la Castración[xxviii].
En el psicoanálisis no hay cabida para el azar. Interroguemos a Freud sobre el cómo se instala la Castración en el infante.
El agente de la Castración es, para el pequeño varón, el padre, autoridad a la que se le atribuye, en última instancia, todas las amenazas formuladas por otras personas. La situación es menos clara en la niña, la cual quizá se sienta más privada de pene que castrada por el padre. Aunque finalmente, ambos sexos tendrán que renunciar a su objeto de amor, como lo hemos venido señalando.
Freud, en “Pegan a un niño” señala: “¡Tantos niños se consideran seguros en el trono que les levanta el inconmovible amor de sus padres, y basta un solo azote para arrojarlos de los cielos de su imaginaria omnipotencia”.[xxix] O bien, son destronados debido al nacimiento de un nuevo hermanito. Todas estas acciones y otras que ya se mencionaron como la falta de cumplimiento, por parte de los padres de la demanda del infante, apuntan a la prohibición del incesto, que no es otra cosa que el impedimento de la unión sin fisuras, perfecta, del infante con la madre, en el caso del varón y en la mujer primero con la madre y posteriormente con el padre. Lo anterior es quizá el sentido último de la Castración. La separación, la imposibilidad de unión con la madre, mediante la función de padre[xxx], que es la de separar, imponer la ley, Castrar. Una vez lo anterior, se instala la falta, el deseo[xxxi]. La Castración es pues, la puesta en juego de lo imposible: colmar el deseo.
La Castración la podemos concebir como salvadora más que una amenaza. Lo terrible es que falte. En los casos de psicosis, al no haber Castración, no apareció por tanto la fase edípica. De ahí la emergencia de la locura. El trabajo clínico da muestras de ello, del como se organizan los síntomas a partir de la ausencia de la Castración, del no surgimiento del deseo como efecto de dicha falta.
A MANERA DE CONCLUSIÓN:
Muchos varones, incluido a el desesperado radioescucha y al gladiador del circo romano, antes citados, han intentado conquistar a la mujer utilizando su propia lógica, es decir la visión fálica, con sus diferentes matices, mismos que se pueden sintetizar -independientemente del contexto socio-histórico- en la posesión de fuerza, potencia, gloria, fama, poder, dinero, etcétera. Singularizar a la mujer es la vía correcta para el acercamiento a su entendimiento.
Queda para un futuro trabajo, las aportaciones que al respecto realizó Jacques Lacan. Se analizará por ejemplo, la razón por la cual, para este psicoanalista, “la mujer no existe”. Se abordará el papel que juega el Otro en la elección de la identidad sexual. Trataremos de dar cuenta de la diferencia en las estructuras de personalidad en su relación con la identidad sexual. Analizaremos la importancia del significante fálico. El papel del goce en todo ello y por ultimo, nos adentraremos a las entrañas psíquicas del travesti y el transexual.
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[i] Licenciado en Psicología por la Universidad de Guadalajara. Maestro en Psicología Clínica con Orientación Psicoanalítica por la Universidad de Guadalajara. Labora como psicólogo en Centros de Integración Juvenil A.C. Es profesor de Filosofía en la Universidad de Guadalajara. México. Email: mpc.alfredo@hotmail.com
[ii] O ambos, en el caso de los hermafroditas. (Los, por el origen del término: Hermafrodito, hijo de Hermes y de Afrodita. Hallándose un día bailando en una fuente, la ninfa Salmacis se enamoró de él y pidió a los dioses que confundieran sus dos cuerpos en uno solo. Los dioses aceptaron, Hermafrodito conservó así, los órganos de los dos sexos).
[iii] ARISTOTELES. “Política”. Edit. UNAM. México, 2000.
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SANTO TOMAS DE AQUINO. Suma teológica. Edit. Espasa Calpe .México 1988.
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[iv] Aunque con diferentes matices, en general, dichas posiciones colocan a la mujer en un nivel de subordinación respecto al hombre. Indirectamente justifican la dificultad para comprenderlas ya que piensan con una lógica inferior a la de ellos. Aristóteles y Schopenhauer por ejemplo, las compara con los niños; Nietzsche, menciona que: “Cuando una mujer tiene gusto por la ciencia, es muy frecuente que haya algo anormal en su sexualidad”.
4 Según la Biblia, la mujer fue creada de la costilla de Adán, es decir, no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón y no fue creado el varón para la mujer, sino la mujer para el varón. De ahí en adelante, la postura de los teólogos le ha concedido un papel superior al varón respecto a la mujer. Por su parte, y dicho sea de paso, también se muestran desconcertados ante la imposibilidad de dar cuenta de la “naturaleza femenina”, ubican, por ejemplo, a la mujer en un estadío intermedio entre el hombre y el animal, de ahí lo inefable de ellas.
5 No se incluye al psicoanálisis como parte de la Psicología pues el primero tiene su propio objeto de estudio y método para su conocimiento, convirtiéndose así, en una “ciencia” aparte.
[vii] CORTAZAR, Julio. “Todos Los Fuegos el Fuego”. Edit. Alfaguara. México, 1994.
[viii] FREUD, Sigmund. “Algunas Consecuencias Psíquicas de la Diferencia Anatómica Entre los Sexos”, (1925). Obras Completas. Tomo XIX. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.262.
[x] FREUD, Sigmund. “Tres Ensayos de Teoría Sexual”, (1905). Obras Completas. Tomo VII. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.201.
[xi] FREUD, Sigmund. “Algunas Consecuencias Psíquicas de la Diferencia Anatómica Entre los Sexos”, (1925). Ob cit., p.270.
[xii] Idem.
[xiii] Ibid., p.271
[xiv] Quizá, el debatir sobre quien disfruta más de la vida si uno u otro sexo, no deja de ser una postura neurótica; en la medida en que en ésta estructura se tiene la creencia de que es el Otro el que disfruta de la vida. A diferencia del perverso y del psicótico, el primero, considera que él sabe como goza el Otro, mientras que la última señala que es el Otro el que goza de él.
[xv] FREUD, Sigmund. “Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal”, (1917). Obras Completas. Tomo XVII. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.119.
[xvi] Ídem.
[xvii] Por su parte, el travestí, sea homosexual, bisexual o heterosexual, se ha identificado no con el padre, tampoco con la madre, sino con el Falo de la madre que considera se encuentra tras las ropas de ella.
[xviii] FREUD, Sigmund. “Sobre la sexualidad femenina”, (1931). Obras Completas. Tomo XXI. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.227.
[xix] Quizá, también ambos sexos se identifican con la madre, pues notan que ella está “privada” del pene, queriendo ser ellos eso que a ella le falta. Lacan sostiene que el niño es algo más que un simple niño: es el Falo que le falta a la madre.
[xx] Ibíd., p.229.
[xxi] En éste ultimo desenlace, la niña tiene que trasladar la zona erógena rectora: del clítoris a la vagina. (En un inicio es el clítoris el principal punto de estimulación del cuerpo de la niña. En el varón siempre es el pene).
[xxii] FREUD, Sigmund. “El sepultamiento del complejo de Edipo”, (1924). Obras Completas. Tomo XIX. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.186.
[xxiii] FREUD, Sigmund. “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa. Contribuciones a la psicopatología del amor II”, (1912). Obras Completas. Tomo XI. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.1 82.
[xxiv] FREUD, Sigmund. “Introducción del narcisismo”, (1914). ). Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.91.
[xxv] Sujeto en el sentido de estar, sujetado a la cultura, a la, a la Ley, a la prohibición del incesto, a las leyes de lo simbólico, a la palabra que, para Hegel, “mata a la Cosa”, que divide a la Cosa en sí haciéndola Cosa para sí, a la Castración.
[xxvi] El resultado de la diferencia entre lo que se busca y lo que se encuentra es la pulsión.
[xxvii] FREUD, Sigmund. “Sobre la iniciación del tratamiento. Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I”, (1913). Obras Completas. Tomo XII. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.127.
[xxviii] Quizá todo ello ocurre de manera simultánea. Es decir, cuando el infante nace sus pulsiones son “parciales”, pero va incorporando objetos del exterior que satisfacen sus necesidades al eliminar las tensiones que las necesidades le provocan. En ese lapso, aun no ha formado su “Yo”, sin embargo, al incorporar objetos que libidiniza, lo va haciendo, hasta llegar al reconocimiento de su cuerpo como una unidad, base de un incipiente “Yo” que seguirá en formación a través del ideal del yo, con las identificaciones tomadas de los otros.
[xxix] FREUD, Sigmund. “Pegan a un niño. Contribución al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales”, (1919). Obras Completas. Tomo XVII. Amorrortu Editores. Argentina, 1990. p.184.
[xxx] La función de padre puede ser cubierta por cualquier persona. No solo el padre biológico o el de crianza es agente de la Castración, de separación. Puede ser una mujer, incluso hasta su propia madre. El requisito es que se genere un tercero que sea ajeno a la función de madre y al infante. En el caso Hans, de Freud, el problema del niño es que lo que falta es ese tercero que venga a separar a Hans de su madre. La fobia a los caballos es una sustitución del padre por un equino, al que hay que temer como se le debe temer al padre que es agente de la Castración.
[xxxi] Tal postura no es del todo aceptada por algunos psicoanalistas como Starcke que considera que de darse la falta que permite la existencia del deseo, esta se puede presentar antes de la amenaza de Castración, en edades más tempranas, con la separación del pecho de la madre. Por su parte, siguiendo a Jacques Lacan, podemos afirmar que con la introyección del “no”, que es el significante de la diferencia en la estructura del lenguaje, se instala la división del sujeto, se forma el inconsciente en la intersección entre el ser y el sentido y con ello el deseo (se profundizará sobre este tópico en el próximo capitulo). En todo caso parece haber el consenso de que Castración implica instalación de una falta que permite la emergencia del deseo.












