La fase del espejo: relaciones duales y triangulares en Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa
Mabel Ramírez González[i]
La teoría psicoanalítica de Jacques Lacan explica cómo el niño entra en la fase del espejo y cómo una de las primeras experiencias que tiene el sujeto de sí mismo es la fragmentación del propio cuerpo. Cuando el cuerpo se percibe fragmentado surge en el Yo[ii] la tendencia a buscarse en el Otro[iii] : “The mirror stage is a drama whose internal thrust is precipitated from insufficiency to anticipation and which manufactures for the subject, caught up in the lure of spatial identification, the succession of phantasies that extends from a fragmented body-image to a form of its totality “(Lacan 444). Lacan considera que la etapa del espejo es un drama para el sujeto, como en Elogio de la madrastra le sucede al personaje Alfonsito. El niño, en el plano real de la novela, reconoce su propia imagen a través de la relación con el espejo de la madrastra Lucrecia, la criada Justiniana o el padre Rigoberto. El análisis de la fase del espejo permite comprender cómo sucede el conjunto de las relaciones duales y triangulares entre los cuatro personajes mencionados.
En Elogio de la madrastra, las relaciones duales con el espejo se rompen con la triangulación de la estructura por parte del padre. Las relaciones entre Alfonsito, Lucrecia, Justiniana y Rigoberto, en la mente del lector, adquieren la forma de una pirámide recta. Alfonsito se puede ubicar en el vértice superior de la pirámide mientras que la madrastra, la criada y el padre conforman los vértices del triángulo base. Los tres triángulos isósceles que dan cuerpo a la pirámide justifican la existencia de las relaciones duales establecidas entre los personajes. Es interesante cómo en cada triángulo uno de los vértices es masculino, ya sean Alfonsito o su papá Rigoberto. En la base triangular de la pirámide se ubican los personajes Lucrecia, Justiniana y Rigoberto. Los tres triángulos laterales están formados por los siguientes vértices: Alfonsito, Lucrecia y Rigoberto; Alfonsito, Lucrecia y Justiniana; y por último, Alfonsito, Justiniana y Rigoberto.
Roberto González Echevarría y Enrique Pupo Walker han explicado cómo en la narrativa los espejos son instancias que desafían la noción que tiene el sujeto de los límites entre lo interno y lo externo, a la vez que, le dan la oportunidad para cuestionarse y reafirmarse ante el mundo. Ellos han observado las diferencias que existen entre un espejo individual y una sala de espejos donde ocurre la infinita regresión y por ende la aniquilación del Yo del personaje (490). En Elogio de la madrastra, publicada en 1989, el fenómeno de la fase del espejo se vincula directamente con el descubrimiento de la identidad de Alfonsito inmerso en un conjunto de relaciones duales y triangulares. Cuando el niño le habla por primera vez a Lucrecia de la magnitud de su cariño, le dice: “Muchísimo, madrastra, eres a la que más” (Vargas Llosa 19). Este comentario de Alfonsito nos lleva a la conclusión de que existen otras mujeres en el pensamiento del niño. No es solo en el espejo de la madrastra en el que Alfonsito se mira sino que revela desde el principio del discurso la posibilidad de mirarse en otros espejos como posteriormente lo hace con la criada Justiniana.
Lucrecia vive inmersa en una serie de conflictos relacionados con su deber como madrastra y el deseo erótico que le inspira el hijastro. Uno de esos conflictos ocurre el día del primer encuentro con Alfonsito, la noche del cumpleaños de la madrastra, cuando ella decide ir al cuarto del niño para agradecerle la emotiva nota de felicitación. Esta es una escena cargada de erotismo y dudas para Lucrecia, se ve cómo el niño se para en la cama para abrazarla y susurrarle al oído todo lo que la quiere. La cálida cercanía de Alfonsito conmueve a Lucrecia quien se percata de una sensación extraña en su cuerpo: “una sensación diferente iba calándola de un confín a otro de su cuerpo, concentrándose sobre todo en aquellas partes – los pechos, el vientre, el dorso de los muslos, el cuello, los hombros, las mejillas– expuestas al contacto del niño” (Vargas Llosa 18). El niño se está mirando en el cuerpo de su madrastra, percepción que le lleva a la unión o identificación con el Otro y por tanto al establecimiento de las relaciones duales. Lo cual ha sido descrito por Toril Moi de la siguiente forma: “En lo Imaginario no hay, pues ninguna sensación de un Yo separado, puesto que este Yo siempre está alienado en el Otro. La fase del espejo no permite, pues más que relaciones duales” (110). Alfonsito tiene doce años y como un niño no tiene crítica de la estimulación que sus caricias producen en la mujer. La madrastra, por su parte, interpreta la escena a partir de su experiencia erótica previa.
En términos psicoanalíticos, la madrastra es un objeto malo que persigue al niño mientras que la proyección de la libido[iv] del Yo hacia el exterior la convierte también en un objeto bueno. Es constatable la forma en que Doña Lucrecia se hace víctima de un impulso perseguidor hacia el niño. Ella misma describe su impulso como “irresistible” (Vargas Llosa 16) y por eso es que decide ir a encontrarse con Alfonsito en su cuarto. No es casual la descripción de la madrastra desnuda debajo del camisón de dormir de seda negro. La narración se refiere con detalles al cuerpo de la mujer y cómo las formas duras se reflejaban debajo de la ropa. La belleza exaltada de la mujer produce la exacerbación de la libido del niño inocente con “carita de niño Jesús” (Vargas Llosa 16) que no puede evitar la excitación que le produce el cuerpo de la madrastra. La madrastra, además, se excita con la cercanía de Alfonsito, lo cual explica Hernán Sánchez en su artículo “Erotismo, cultura y poder en el “Elogio de la madrastra” de Mario Vargas Llosa”: “el niño, pura iniciativa seductora y corrosiva, minará con la máscara de la inocencia las defensas morales […] de su madrastra, y ésta terminará por convencerse de lo propio […] de lo que sus inclinaciones le dictan” (319). El hecho de que el niño perciba con interés libidinoso la condición semi-desnuda de Lucrecia y que recíprocamente ella lo observe con ternura desencadena la dualidad de la relación entre hijastro y madrastra.
En el transcurso del discurso narrativo, la relación de Alfonsito con doña Eloísa, su madre legítima, es nula. Creo que ha sido de alguna manera traumática porque ahora ella no vive en la casa, su papá está recién casado con Lucrecia. Este trauma del pasado o carencia marca la postura que el niño asume en su relación con los objetos. Cuando digo objetos, me refiero a todas las personas que interactúan con Alfonsito. La mamá de Alfonsito es un personaje ausente en el texto, solo Justiniana la menciona en el último capítulo porque cree que el niño actúa en memoria de su madre (Vargas Llosa 197). Estamos en presencia de un niño que no se relaciona con los otros como personas humanas sino como objetos parciales[v], el niño utiliza a la madrastra según le conviene: “Doña Lucrecia se sintió picoteada en la frente, en los ojos, en las cejas, en la mejilla, en el mentón… Cuando los delgados labios rozaron los suyos, apretó los dientes, confusa. ¿Comprendía Fonchito lo que estaba haciendo?” (Vargas Llosa 19). El Yo de Alfonsito está desviando la angustia que le produce la libido y la transforma en agresión hacia los objetos externos como lo han explicado Jean de Ajuriaguerra y Aurelio López-Zea: el Yo proyecta la agresión al seno materno y viceversa el seno se convierte en el perseguidor del niño y en un objeto malo como resultado de un proceso divisorio (48). Es por eso que la libido que el Yo proyecta hacia el objeto exterior permite que el mismo entable la relación dual con el Otro.
Cuando ocurre el proceso inconsciente de aceptación del falo, el sujeto puede asumir un lugar en el Orden Simbólico[vi] y en consecuencia definirse como un ser separado de lo que le rodea. Como he dicho, Alfonsito no se relaciona con los otros como personas sino que los utiliza como objetos parciales en las relaciones duales. Los objetos parciales alimentan el mundo de las fantasías del infante, lo cual se evidencia en la nota de cumpleaños que escribe a doña Lucrecia: “Eres la más buena y la más linda y yo me sueño todas las noches contigo” (Vargas Llosa 15). Alfonsito sueña con la belleza de la mujer de su padre. Las fantasías infantiles del niño están regidas por el principio del placer[vii], es por tanto que el niño busca la relación placentera con la madrastra para encontrar un lugar en el Orden Simbólico. La relación entre madre e hijastro es placentera en la medida que aumente la confianza del niño en sí mismo y lo capacite para relacionarse con otras personas.
La triangulación de la estructura dual entre los cuatro personajes es una instancia que favorece la formación del Yo de Alfonsito, por eso el padre Rigoberto es el tercer vértice del primer triángulo isósceles que me dispongo a describir. Rigoberto, Lucrecia y Alfonsito son los vértices del triángulo. El niño refleja su Yo en el del Otro y solo mediante la triangulación de la estructura dual el sujeto adquiere el principio de la realidad[viii]. La relación dual entre la madrastra y el hijastro se interrumpe con la intervención del padre lo cual significa que los personajes han aceptado el falo como símbolo de carencia y como representante de la ley del padre (Moi 109-10). La noche del primer encuentro entre Alfonsito y la madrastra, Rigoberto fantasea y le dice a su esposa que le habrá dado malas ideas a Alfonsito, que quizás esa noche su hijo tendría su primer sueño erótico (Vargas Llosa 21). El comportamiento del padre y la madrastra es completamente sexuado, por el contrario el niño se está reflejando en el Otro para encontrar la posición que le corresponde en el mundo que le rodea. Ni el padre ni Lucrecia se explican el comportamiento del niño: “¿Alfonsito estaba despertando a la vida sexual y las circunstancias le habían confiado a ella el papel de inspiradora? Qué disparate, Rigoberto. Si es todavía tan pequeñito” (Vargas Llosa 53). La inocencia de la infancia protege a Alfonsito que aparenta desconocer el significado y las consecuencias del juego sexual con la madrastra, es como si el sentido de inmoralidad de los hechos resultara solamente del juicio de los adultos (Carullo 66). Lucrecia no tiene una percepción adecuada de lo que le está sucediendo con Alfonsito, no lo admite en voz alta pero se cuestiona “si el niño no estaba efectivamente descubriendo el deseo, la poesía naciente del cuerpo, valiéndose de ella como estímulo” (Vargas Llosa 53). El comportamiento del niño hacia ella la confunde y la hace cómplice de una relación triangular capaz de desestabilizar su matrimonio con Rigoberto.
Los sentimientos libidinosos del Yo y las fantasías eróticas de Alfonsito son la amenaza que llega a Lucrecia. El niño llora, le reclama atención y como consecuencia genera en la madrastra la ternura necesaria para el inicio de las relaciones sexuales con él: “lo besaba en los alborotados cabellos, en la frente, en las mejillas, sintiendo en los labios la sal de sus lágrimas. Cuando la boca del niño buscó la suya, no se la negó” (Vargas Llosa 114). Cuando los dos se besan por primera vez, el ruido del automóvil de Rigoberto interrumpe la escena erótica. Finalmente, Lucrecia se mira en el espejo y le viene un ataque de risa histriónica que reprime tapándose la boca al tiempo que ella misma se evalúa como una loca (Vargas Llosa 115). Si bien Lucrecia se considera fuera de control, este suceso es interpretado por Sabine Schlickers simplemente como un acto edípico mediante el cual el niño “descubre un tabú con el cual logra a la vez “matar al padre” y hacer ostentación de su propia potencia sexual” (218). Los encuentros furtivos entre Lucrecia y Alfonsito se repiten en el plano real de la novela y le estimulan a la mujer el goce sexual con su esposo: “Desde esa noche, tenía la certidumbre de que los encuentros clandestinos con el niño, de algún modo oscuro y retorcido, difícil de explicar, enriquecían su relación matrimonial, sobresaltándola y renovándola” (Vargas Llosa 146).
Lucrecia es una mujer sexualmente activa que transgrede los patrones morales aceptados por la sociedad de ideología masculina descrita por Vargas Llosa en Elogio de la madrastra. Esta mujer se excita sexualmente con el marido y con el hijo de él, a la vez que sabe que la sociedad le reprime su comportamiento. Ninguno de los criados puede saber de sus encuentros con Alfonsito porque tener sexo con un niño es juzgado por la sociedad. Lucrecia despide al servicio de la casa cada vez que se va a quedar a solas con el niño, teme de los juicios de esas personas, no quiere testigos de sus actos. Ella sabe que Rigoberto tiene expectativas de que ella sea una esposa fiel, una madre honorable para Alfonsito y una mujer sexualmente activa con su marido como lo requieren los códigos convencionales de la sociedad (Kristal 169).
Con el cuadro de Diana después del baño se describe la relación triangular entre la diosa Diana Lucrecia, su mujer favorita Justiniana y Alfonsito. Es interesante que en la pintura no aparezca el niño, el personaje principal de la escena, quien desestabiliza la relación dual entre las dos mujeres. El hombre es el portador del falo y permanece oculto detrás de la arboleda. El niño las devora con sus fantasías infantiles e inspira el juego sexual entre las dos mujeres. Justiniana le propone a Diana el goce en triada con el niño pastor: “El es nuestro bufón; pero también es nuestro dueño. Nos sirve y lo servimos. Sin habernos tocado ni cruzado palabra, nos hemos hecho gozar innumerables veces” (Vargas Llosa 74). Las relaciones triangulares prevalecen en la conciencia de los tres personajes hasta que inevitablemente se rompe la estructura dual por medio del niño, mientras Lucrecia hace el amor con Justiniana se imagina unida al niño como si los dos fueran amantes. Este fenómeno lo explica Keith Booker como motivo voyeurístico en el texto: “[…] Doña Lucrecia constructs a dream narrative in which a young goatherd, Foncín, is watching voyeuristically from the bushes as this bathing proceeds. In this dream the two women are aware that they are being watched and perform accordingly for their hidden audience” (166). Así se confirma que el voyeurismo es el factor estimulante del comportamiento erótico en los personajes descritos.
Uno de los momentos en el que la relación dual entre Lucrecia y Justiniana se desestabiliza es cuando la criada encuentra al niño espiando a la madrastra desnuda en el cuarto de baño. El niño dice con certeza que seguirá subiéndose al techo aunque se caiga y muera en el jardín porque la madrastra es el objeto de placer que le inspira los sentimientos de muerte. Justiniana ve que es peligrosa la postura del niño, desea impedir una fatalidad mayor y se lo comunica a Lucrecia. La noticia del hecho desata cólera en la mujer que se siente utilizada por las fantasías eróticas del infante y aprovecha la oportunidad para generar un espectáculo sexual porque: “Lucrecia, el objeto sexual deseado por todos, trata en vano de convertirse en sujeto. Estigmatizada por la carencia del significante (el falo), se refugia en fantasías exhibicionistas” (Schlickers 218) Lucrecia se exhibe desnuda y disfruta de la escena erótica mientras se mira en el espejo, en este momento se ve cómo la fase del espejo también es vivenciada por Lucrecia. La mujer se mira en el espejo del niño y entablan mutuamente una relación objetal donde el marido es la tercera arista que desestabiliza la relación: “Estuvo mucho rato sin dormir, añorando a Rigoberto. Se sentía disgustada con lo que había hecho, detestaba al niño con todas sus fuerzas y se empeñaba en no adivinar lo que significaban aquella embestidas de calor que […] le electrizaban los pezones” (Vargas Llosa 64). Lucrecia se confunde en el desempeño de las relaciones duales, se observa en ella una trivialización de la problemática de los sexos (Schlickers 218).
Me he referido a la relación triangularizada entre Alfonsito, Lucrecia y Rigoberto. También, a la triada entre Alfonsito, Lucrecia y Justiniana donde el niño es el personaje principal, espacialmente ubicado en el vértice superior. El tercer triángulo isósceles o triangularización de la estructura dual se obtiene de la relación subyacente durante la narración entre Alfonsito, Justiniana y Rigoberto. No hay alusiones directas a las relaciones duales entre el niño y la criada hasta el final del texto. Lucrecia ya ha salido de la escena porque el niño cuenta a su padre sobre las experiencias sexuales que ha tenido con su mujer y Rigoberto la expulsa de la casa. En este momento, se nota cómo la fase del espejo se vuelve a repetir: Alfonsito está en su cuarto con Justiniana que ha venido a darle las buenas noches y comienza a acariciarla. Simultáneamente, se mira en el espejo de la criada, esa noche la abrazó y la besó como había sucedido en el primer encuentro con su madrastra. Se repite la misma historia, el niño le plantea por qué había revelado a su papá la verdad sobre las relaciones sexuales con Lucrecia: “Lo hice por ti, Justita – le oyó susurrar, con aterciopelada ternura–, no por mi mamá. Para que se fuera de esta casa y nos quedáramos solitos mi papá, yo y tú. Porque yo a ti…” (Vargas Llosa 197). Tal vez esto sucede porque el niño ve alguna conexión erótica entre su padre y la criada. La angustia que le produce al Yo los sentimientos libidinosos, generados por la relación traumática con la madre Eloísa, se transforma en agresión hacia los objetos, por eso Alfonsito besa con desespero a Justiniana. Justiniana ahora es el nuevo objeto placentero del niño quien aún no ha superado la fase del espejo porque está en el pleno proceso de desarrollo de la personalidad.
En la base de la pirámide recta, cuya imagen he discutido, están situados Rigoberto, Lucrecia y Justiniana. Rigoberto se dedica todas las noches con una obsesión ritualística a la limpieza y embellecimiento de su cuerpo. Es significativo que la oreja izquierda le crezcan tres pelos (Vargas Llosa 43), el tres como preludio de las triadas que conforma el personaje. Entre Rigoberto y Lucrecia hay una relación matrimonial basada en una fuerte atracción erótica. Lucrecia es una mujer bella, Rigoberto la compara desde el primer capítulo con Lucrecia la esposa del Rey Candaules quien es una mujer sensual que exacerbaba la libido y fantasías de todos los hombres del reino. La ternura y sensualidad de Lucrecia inspiran a Rigoberto: “Amo todo lo que existe dentro o fuera de ella […] Porque todo en ella es o puede ser erógeno” (Vargas Llosa 45). Rigoberto amaba el interior y el exterior de la mujer que constantemente le convencía de su alta capacidad de respuesta erótica. Justiniana, además, es observada libidinosamente por Lucrecia quien una vez trata de imaginar su cara mientras el marido le hace el amor (Vargas Llosa 56). El cuadro abstracto de la sala es “un laberinto de amor” (Vargas Llosa 157), las figuras geométricas representadas hablan de la excitación que produce en los personajes la posibilidad una relación triangular: “Este aposento triádico – tres patas, tres lunas, tres espacios, tres ventanillas y tres colores dominantes– es la patria del instinto puro” (Vargas Llosa 160). La recepción imaginativa del arte por parte de los personajes pone al descubierto la capacidad de expresión del Yo ante las relaciones humanas triangularizadas.
En conclusión, las relaciones duales y triangulares entre los personajes han favorecido la formación del Yo del personaje Alfonsito. El drama que la fase del espejo supone para el sujeto es vivido indistintamente por el niño Alfonsito como por la madrasta Lucrecia. En la novela se evidencia cómo las relaciones duales entre los personajes son objetales y siempre conducen a la triangularización de la estructura. El discurso narrativo del plano real de la novela da al lector la imagen de una pirámide triangular donde Alfonsito es el vértice superior y la madrastra, la criada y el papá conforman la base de la figura geométrica.
Obras citadas
Ajuriaguerra, Jean de y Aurelio López-Zea. Manual de psiquiatría infantil. 4ta Ed. Trad. Rego. Barcelona: Elsevier España, 1997.
Booker, Keith M. “The Reader as Voyeur. Culture, Pornography, and Religion in In Praise of the Stepmother.” Vargas Llosa Among the Postmodernists. Gainesville: University Press of Florida, 1994. 162-182.
Carullo, Sylvia G. “Violencia y deseo mimético en Elogio de la madrastra.”Texto Crítico 1:1 (1995): 57-68. Hapi Online. Web. 25 Marz. 2009.
Evans, Dylan. An Introductory Dictionary of Lacanian Psychoanalysis. Philadelphia: Brunner-Routledge, 2001.
González Echevarría, Roberto y Enrique Pupo-Walker, eds. Historia de la literatura hispanoamericana. El siglo XX. Vol. 2. Madrid: Gredos, 2006.
Kristal, Efraín. “The Novels of the 1980s.” Temptation of the Word. The Novels of Mario Vargas Llosa. Nashville: Vanderbilt University Press, 1998. 124-181.
Lacan, Jacques. “The Mirror Stage as Formative of the Function of the I as Revealed in Psychoanalytic Experience.” Literary Theory: An Anthology. 2da Ed. Ed. Julie Rivkin and Michael Ryan. Malden: Blackwell Publishing, 2004. 441- 46.
Moi, Toril. Teoría literaria feminista. Madrid: Cátedra, 1999.
Sánchez, Hernán. “Erotismo, cultura y poder en el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa.” Anales de Literatura Hispanoamericana 23 (1994): 315-323. Hapi Online. Web. 23 Marz. 2009.
Schlickers, Sabine. “Das literarische Werk von Mario Vargas Llosa.” Ed. José Morales Saravia. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 53 (2001): 215-18. JSTOR. Red. 24 Feb. 2009.
Vargas Llosa, Mario. Elogio de la madrastra. Barcelona: Tusquets Editores, 1989.
[i] Temple University
[ii] Como lo ha definido Dylan Evans: “The ego is a construction which is formed by identification with the specular image in the MIRROR STAGE. It is thus the place where the subject becomes alienated from himself, transforming himself into the counterpart. […] The ego is thus an imaginary formation, as opposed to the SUBJECT, which is a product of the symbolic […] Indeed, the ego is precisely a méconnaissance of the symbolic order, the seat of resistance” (51)
[iii] En los años treinta, Lacan concibe al Otro como ‘other people’; posteriormente hace una distinción entre ‘the little other’ y ‘the big Other’ (Evans 132). El ‘little other’ es el otro que no es realmente otro, pero que es el reflejo y proyección del yo en la fase del espejo: “He is simultaneously the COUNTERPART and the SPECULAR IMAGE. The little other is thus entirely inscribed in the imaginary order” (Evans 133). Por su parte el ‘big Other’ está inscrito en el Orden Simbólico: “the big Other is the symbolic insofar as it is particularised for each unnassimilable uniqueness, and also the symbolic order which mediates the relationship with that other subject” (Evans 133). El inconsciente tiene una relación directa con el Otro porque Lacan lo considera parte del discurso del Otro.
[iv] Lacan relaciona el concepto de libido con la fase del espejo: “[the mirror stage is] a phenomenon to which I assign a twofold value. In the first place, it has historical value as it marks a decisive turning-point in the mental development of the child. In the second place, it typifies an essential libidinal relationship with the body-image” (Evans 115). La fase del espejo no es un mero fenómeno que ocurre durante el proceso evolutivo del niño sino que ilustra la naturaleza conflictiva de las relaciones duales.
[v] El concepto de objetos parciales se relaciona en la teoría lacaniana con el objeto de deseo: “This is the imaginary PART-OBJECT, an element which is imagined as separable from the rest of the body. Lacan now begins to distinguish between […] the object of desire, and the specular image” (Evans 125).
[vi] “The symbolic is also the realm of radical altery which Lacan refers to as the OTHER. The UNCONSCIOUS is the discourse of this Other, and thus belongs wholly to the symbolic order. The symbolic is the realm of the Law which regulates desire in the Oedipus complex. […] Whereas the imaginary is characterised by dual relations, the symbolic is characterised by triadic structures, because the intersubjective relationship is always ‘mediated’ by a third term, the big Other” (Evans 202).
[vii] El principio del placer es un principio del funcionamiento mental definido por Jacques Lacan de la siguiente manera: “The function of the pleasure principle is, in effect, to lead the subject from signifier to signifier, by generating as many signifiers as are required to maintain at as low level as possible the tension that regulates the whole functioning of the psychic apparatus” (Evans 148). Este principio no se relaciona con las sensaciones sino con la prohibición, la ley y la regulación, por tanto se ubica en el orden simbólico.
[viii] El principio de la realidad es un principio del funcionamiento mental que modifica el principio del placer y que fuerza al sujeto a buscar nuevas formas de satisfacción de los instintos: “the substitution of the realty principle for the pleasure principle implies no deposing of the pleasure principle, but only a safeguarding of it” (Evans 161).













