Miguel Gutiérrez Peláez
Escribir sobre Borges es animarse a que sea el propio Borges el que hable a través de uno. Cosa que es una de las formas de lo imposible, y no sólo porque Borges no haya sido él mismo.
Borges sabía que él no era Borges, sino que había una especie de alteridad no dialectizable entre ese Borges que firmaba los libros (tal vez incluso con el que los escribía) y el Borges que se reconocía en si mismo como distinto a aquel otro Borges que otros nombraban en él. Por eso, en sus escritos, puede construir encuentros con él mismo y conversar sobre ese otro Borges que los demás insistían en que era él. Y esto no se limitaba a la persona de Borges, sino que se extendía a un caudal de hombres de la historia que con facilidad magistral él desbancaba de sus elevados atriles y los convertía en seres del común, como un Julio Cesar que no es un rey, sino un gaucho en busca de posada luego de jornalear en el campo (1960a, pág. 171), o unas manos que dan el cambio del tiquete del metro que son las mismas que atravesaron los clavos romanos y predicaron desde la cruz. Por eso Borges podría por momentos ser todos los hombres que lo antecedieron, ser él también una versión del inmortal, pero sabía que había al menos uno que no podría ser, tal vez precisamente ese que podría ser él mismo, que él ponía en ausencia frente al deseo de una mujer particular: “De todos los hombres que he sido / No he sido aquel / En cuyos brazos desfallecía Matilde Urbacq” (1960b, pág. 230). La gran paradoja es que en ese no ser él mismo, Borges, con su obra, no fue otra cosa que Borges.

Esta obra, como bien lo señala Jorge Alemán (sin año), es una que siempre está surcando lo real. Como lo definía Lacan, lo real es aquello que “no cesa de no escribirse”, en oposición a lo necesario, que “no cesa de escribirse” (por ejemplo, el atardecer) y a lo contingente, que “cesa de no escribirse” (como el amor) (Bassols, 2010). Permanentemente, Borges, con la construcción de sus laberintos, que son tanto formas literarias, como lógicas y arquitectónicas, con sus cavilaciones sobre el tiempo, esa sustancia que es tanto un sueño como una forma de despertar, con su destrucción y reconstrucción de obras clásicas, con su creación de historias que se derivan de libros que ni él ni nadie ha escrito o escribirá nunca, va tratando de filtrar en las palabras aquello que no tiene manera de inscribirse de forma alguna en un registro simbólico.
Por medio de una delicada y astuta selección del lugar del narrador, Borges pretende apropiarse de al menos una arista de aquello que Freud nos decía que era inapropiable: nada menos que la experiencia de la muerte. “Las pruebas de la muerte son estadísticas y nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal” (Borges, 1964, pág. 304). En “La casa de Asterión” (1949a, pág. 569), es el propio Minotauro el que nos habla de su espera, de sus días en la casa infinita aguardando ser blandido o iluminado por la espada de Teseo, para ver si es del lado de la bestia que podremos asir la muerte por los cachos. La muerte, para Borges, como queda dicho en su “Elogio de la sombra” (1969d), puede ser la cifra última del ser: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha”, y más adelante: “Llego a mi centro / a mi álgebra y mi clave / a mi espejo. / Pronto sabré quién soy” (pág. 395). En ese mismo intento de apropiación de lo inapropiable, nos cuenta en “La espera” (1949c, pág. 608), cómo un hombre recibe la muerte que los sueños de angustia le anticipan; en “El milagro secreto” (1944b, pág. 508), el tiempo se congela para el hombre en el patíbulo, concediéndosele el milagro de terminar una obra inconclusa que nadie nunca leerá, pero que es el sentido mismo de su existencia; en “La muerte y la brújula” (1944a), un detective comprende que su muerte es la eterna repetición de un crimen y que volverá a ser asesinado en otro laberinto: “-Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante. Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego” (pág. 499).
Borges, al igual que la esfera de Pascal, carece de un afuera. Es en este sentido que no hay un afuera de Borges, ya que ser antiborgeano es la sustancia misma de algo que podría llamarse borgeano. Esa esfera de Pascal, “cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” (1952a, pág. 16), es otro de los modos de lo imposible en el pensamiento borgeano. Borges se aventura a la creación de los más intrincados laberintos, dignos de una cárcel piranesiana, porque sabe en últimas que no hay nunca un lugar que no sea un laberinto. Incluso, dirá, la ausencia de pasadizos, escaleras, túneles y caminos cerrados puede hacer de un laberinto un abismo mucho más terrible. Esto lo revela en “Los dos reyes y los dos laberintos” (1949d), cuando uno de los reyes le anticipa al otro el destino que le aguarda: “‘¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso’. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquél que no muere” (pág. 607). De este modo, en ausencia del laberinto no estamos en el afuera del laberinto, sino en el desierto de lo real. Así como no podemos asistir a nuestra propia muerte (“estar vivos cuando muramos” como pretendía Winnicott (1996, pág. 16)), no podemos salirnos de los muros del laberinto, porque no son los límites de una arquitectura (en este caso, la de la existencia), sino el borde infranqueable de lo posible y lo imposible. Allí viene aún mejor la imagen de la carceri de Piranesi: cárceles que no asustan por su restricción del espacio, confinado a diminutas celdas, sino por su inabarcable extensión, que hacen pensar que no hay espacio posible que no sea un recoveco más de la cárcel misma.
Pareciera que, para Borges, hay una dimensión de la existencia que nunca es asible por el sujeto. Por el contrario, esta podría adquirir la más baja de las formas, por ejemplo, como producción azarosa de dados arrojados por un mono inmortal. El acceso a lo real, además, no salvaría de nada, porque allí, aún para la más dotada de las mentes, no habría más que contradicción. Sobre esa Biblioteca Total (1939) que tanto fantaseó Borges, abordando la suma de su obra como un intento de acceder a algo de su verdad, dijo: “Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira” (pág. 27).
Esa divinidad que delira es la que insiste en su afirmación según la cual la religión es una rama de la literatura fantástica. Es la fantasía la que le sirve a Borges para inventar modos posibles de aparición de lo imposible, diferentes maneras de ligar la dispersión propia de lo real. De esta manera, al igual que Jaromir Hladík, a la espera del momento de su fusilamiento (1944b, págs.. 508-513), imaginando todos los pormenores de su muerte con la esperanza de que no sea ninguna – la fantasía nunca coincide con la realidad –, Borges se aventura a la creación de mundos y situaciones fantásticas en las que articula al humano en su historia, tal vez con el anhelo de que alguna de ellas toque ese borde de lo real, pero en el fondo a sabiendas de que aquello que fue su motor estará para siempre perdido para su experiencia.
Por eso, la ceguera de Borges, más que una enfermedad, fue una metáfora. Nadie como él para engendrar en vida esa gran metáfora del hombre: el erudito ciego entre los anaqueles eternos, poblados de libros. No sólo sabe el hombre que no leerá los tomos de la biblioteca, sino que intuye, a pesar de sus esperanzas que cobran todas las formas, que ese tomo no ha sido escrito nunca y que es justamente por su no escritura que los anaqueles continuarán poblándose hasta que no los contenga biblioteca alguna y aún, en el millar de tomos, continuará inescrita.
Los personajes borgeanos son personajes que se abalanzan sobre la búsqueda de lo imposible: un hombre inmortal que busca el sentido de su vida a sabiendas de que carece de esa finitud futura que sería la cifra de su ser; unos insaciables lectores de los tomos de una biblioteca infinita que podría contener el destino de cada uno; un punto al que llama el Aleph (1949b, págs. 617-627) que podría salvar al tiempo y al espacio de los avatares de la secuencialidad; un lenguaje analítico (el de John Wilkins) (1952b, págs. 84-87) que podría salvar a la palabra de aquello que se pierde en la nominación del objeto.
Sin embargo, a pesar del modo como Borges ronda lo imposible, su escritura no es ni dionisiaca ni visceral. Más bien, es en la métrica impecable que Borges busca una trasmisión de sus intuiciones. Por eso Borges no era amante de las producciones literarias experimentales, considerando a un Joyce demasiado difícil para poder trasmitir algo de su experiencia, elogiando por el contrario cierta literatura menor de la consideraba que no podría ser lo suficientemente mala para no poder extraer de ella algo bueno.
Para terminar, podemos nombrar otro de los elementos que insiste en la obra borgeana, además del laberinto y el tiempo, y que también es una forma de lo imposible, es sin duda el espejo. La existencia como repetición; cierta porción de vida que, como un fractal, repite la totalidad de la existencia. Por eso Borges se fascinaba con el capítulo de Las mil y una noches en que Sherezad cuenta la historia de una mujer que cuenta historias y así infinitiza el relato, porque dentro de las historias que cuenta la mujer de la historia está la historia de la mujer que cuenta cuentos. Esta imagen la captó claramente Ende, ese gran borgeano, cuando construyó su Historia interminable (1979), donde el Viejo de la Montaña lee el mismo libro que el lector tiene en la mano y que se escribe a sí mismo en tiempo real.
El espejo es tal vez, la contracara del sueño: “Que haya sueños es raro, que haya espejos, / que el usual y gastado repertorio de cada día incluya el ilusorio / orbe profundo que urden los reflejos. / Dios (he dado en pensar) pone un empeño / en toda esa inasible arquitectura que edifica la luz con la tersura / del cristal y la sombra con el sueño” (1960c, pág. 193). El espejo es, además, la evidencia de que no estamos solos: “Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro / paredes de la alcoba hay un espejo, / ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo / que arma en el alba un sigiloso teatro” (1960c, pág. 193). Y nuevamente aparece otra de las paradojas de Borges, pues el espejo sabe algo que él mismo no sabe: “No sé cuál es la cara que me mira / cuando miro la cara del espejo; / no sé qué anciano acecha en su reflejo / con silenciosa y ya cansada ira” (1975, pág. 103). Así arribamos nuevamente a sus contrasentidos, que son la huella de su persecución de lo real: el ciego que se mira al espejo y no sabe de la cara que le devuelve el cristal, metáfora de lo imposible, engendrada en vida: el rostro inobservable que, como el Minotauro, desde el laberinto de espejos nos mira ocultándose de nuestra mirada. Sin duda para Borges, como lo creía también Lacan (1964, pág. 83), el mundo es un omnivoyeur, la mirada de lo real sobre nosotros, que se oculta y se niega a darse a ver.
Referencias
Alemán, J. (sin año), Círculo de Bellas Artes de Madrid, inédito: http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva-LeerMinervaCompleto.php?art=81&pag=1#leer
Bassols, M. (2010), El inconsciente como página en blanco y la ciencia de nuestro tiempo, Conferencia dictada en la Universidad Nacional, Edificio de posgrados “Rogelio Salmona”, 28 de enero, Bogotá.
Borges, J. L. (1939), La biblioteca total, En: Borges en Sur 1931-1980, 1999, Emecé: Buenos Aires.
Borges, J. L. (1944a), La muerte y la brújula, En: Ficciones, Obras completas, págs.. 499-507, Emecé: España.
Borges, J. L. (1944b), El milagro secreto, En: Ficciones, Obras completas, págs.. 508-513, Emecé: España.
Borges, J. L. (1949a), La casa de Asterión, En: El Aleph, Obras completas, págs. 569-570, Emecé: España.
Borges, J. L. (1949b), El Aleph, En: El Aleph, Obras completas, págs. 617-627, Emecé: España.
Borges, J. L. (1949c), La espera, En: El Aleph, Obras completas, págs. 608-611, Emecé: España.
Borges, J. L. (1949d), Los dos reyes y los dos laberintos, En: El Aleph, Obras completas, pág. 607, Emecé: España.
Borges, J. L. (1952a), La esfera de Pascal, En: Otras inquisiciones, Obras completas, págs.. 14-16, Emecé: España.
Borges, J. L. (1952b), El idioma analítico de John Wilkins, En: Otras inquisiciones, Obras completas, págs.. 84-87, Emecé: España.
Borges, J. L. (1960a), La trama, En: El hacedor, Obras completas, pág. 171, Emecé: España.
Borges, J. L. (1960b), Le regret d’ Heraclite, En: El hacedor, Obras completas, pág. 230, Emecé: España.
Borges, J. L. (1960c), Los espejos, En: El hacedor, Obras completas, págs. 192-193, Emecé: España.
Borges, J. L. (1964), Alguien, En: El otro, el mismo, Obras completas, pág. 304, Emecé: España.
Borges, J. L. (1969d), Elogio de la sombra, En: Elogio de la sombra, Obras completas, pág. 595, Emecé: España.
Borges, J. L. (1975), Un ciego, En: La rosa profunda, Obras completas, pág. 103, Emecé: España.
Ende, M. (1979), La historia interminable, 1995, Santillana: Madrid.
Ferenczi, S. (1932d), Diario clínico, 1985, Conjetural: Argentina.
Lacan, J. (1964), Los cuatro conceptos fundamentals del psicoanálisis, Seminario XI, Paidós: Argentina.
Winnicott, C. (1996), Una reflexión sobre D. W. W., En: Exploraciones psicoanalíticas I, Donald Winnicott, Paidós: Argentina.
[i] Psicólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Maestro en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires y candidato al Doctorado en Psicología (UBA). Psicoanalista asociado a la Nueva Escuela Lacaniana (NEL cede Bogotá). Psicólogo de planta/Comité Científico Clínica la Inmaculada. Docente del área Clínica de la Pontificia Universidad Javeriana. Práctica clínica privada. Correo electrónico: miguerrez@gmail.com. TEL: 2185606. DIR: Calle 80 No. 10-43, Cons. 104, Bogotá.
[ii] Sandor Ferenczi dirá en su Diario clínico (1932): “dios es loco, el mundo está en el caos” (pág. 227).













