Real, imaginario y simbólico (una aproximación)

Mario Malaurie *

 

Psikeba - Revista de psicoanalisis, arte y estudios culturales

 

Vivimos en un mundo real literalmente "lleno" de substancia, de objetos, de seres. Nuestra experiencia es primordialmente sensible: vemos, tocamos, oímos, degustamos, olemos. Manejamos cotidianamente entidades concretas, pero guardamos de ellas apenas dos cosas: una imagen -más o menos "afectivizada"- y un nombre.

Para ser rigurosos, no tenemos en verdad acceso a aquello que percibimos; utilizamos hasta el hartazgo una mesa, pero su realidad total nos está radicalmente negada. Podemos medirla, pesarla, radiografiarla, someterla a un análisis molecular, pero siempre habrá de ella un aspecto inasible, incognoscible.

Sin embargo, todo parece indicar que conocemos el mundo real, que nos adaptamos a él, que lo dominamos con mayor o menor eficacia. En realidad, actuamos en base a versiones de ese mundo. Tal es el concepto que subyace a frases como "pasaje fantaseado" y a palabras como "representación".

Llamamos "pasaje fantaseado" al trabajo que nuestra psiquis realiza sobre un objeto real imprimiendo, en función de un curioso tránsito, una versión de él en nuestro mundo interno. Definimos como "representación" a la imagen que de tal objeto queda ubicada en alguna región de la mente.

Resumiendo: nuestro sistema perceptivo capta del objeto ciertas propiedades -forma, color, textura, peso, consistencia, etc.- y lo localiza en algún sitio de nuestro mundo interno quedando así instalada una representación. Este proceso no es aséptico, ya que, además de propiedades físicas como las enumeradas, impregnamos a esa representación de un cierto monto afectivo. Cuando el objeto en cuestión es otro sujeto, además del pasaje fantaseado o tránsito desde el mundo externo al mundo interno, hay, simultáneamente, un movimiento inverso -desde adentro hacia afuera- al que llamamos "transferencia". Esto significa que desplazamos sobre el otro un personaje interno arcaico que lo vela con sus propias cualidades.

En la medida en que nuestro mundo interno está hecho -en parte- de representaciones, de imágenes, la versión completa que cada uno tiene del mundo real es imaginaria. Esto no impide que nos manejemos con un gran ajuste entre imágenes y objetos reales, ya que el aprendizaje que realizamos al lo largo de la vida nos permite determinar con suficiente precisión de qué se trata cada objeto.

 



Pero no debemos perder de vista que disponemos de versiones de las cosas. Un ejemplo claro es la luz: tenemos un órgano, el ojo, altamente sensible a ella. Sin embargo, sólo percibimos una mínima parte de esa luz; no detectamos la radiación ultravioleta, es la piel la que capta la infrarroja, no percibimos los rayos x ni los gamma, ni la radiación electromegnética que la luz porta. Nuestra versión de ese fenómeno es ínfima.

Es por eso que nuestra experiencia de la realidad debe inscribirse en lo que se ha dado en llamar "registro imaginario". Somos prisioneros de un mundo de imágenes, lo que llamamos "realidad" se nos manifiesta de ese modo.

Pero al mismo tiempo, ese mundo está organizado desde un entramado simbólico. En efecto, cada objeto del mundo real tiene un lugar en nuestro mundo interno no sólo por estar representado en imagen, sino porque tiene un nombre. La palabra que designa al objeto es un símbolo, es decir, algo que está en lugar de otro algo.

Toda la experiencia humana queda pues inscripta en los planos imaginario y simbólico. Como es obvio, lo real nos determina: una pared es concreta y nos detiene si pretendemos atravesarla; de lo que se trata es de que esa pared nos llega traducida a imagen y palabra. En el mismo momento en que golpeamos contra ella ya el psiquismo dota a ese acto de imagen y palabra. La totalidad de nuestra experiencia, en el marco de un mundo real, estará pues presa de ambas categorías.

Pero si bien la palabra es dominio de lo simbólico, hay en este registro diferentes niveles de abstracción. El lenguaje matemático, por caso, supone una distancia respecto del habla cotidiana. Veamos un ejemplo: Imaginemos una conversación entre dos personas en el siglo II; hablan sobre los planetas, las estrellas, los cometas y otros objetos celestes. Les atribuyen poderes, imaginan presagios. El universo es real y ajeno, ambos interlocutores tienen de él una representación imaginaria, y al hablar están traduciendo esas imágenes a símbolos -la palabra. Ubiquemos ahora otro diálogo, sólo que se sitúa en la actualidad y es entre dos físicos. Usando también palabras, se referirán a los cuerpos astrales mediante otro tipo de símbolos, los matemáticos. Una simple ecuación de tres letras -desarrollada en este caso por Newton hace trescientos años- da cuenta de toda la mecánica celeste. Es otro nivel de abstracción dentro del registro simbólico.

Veamos otro caso: un griego de la antigüedad arma en el suelo con pequeños cuadrados de piedra un triángulo. Cada lado de ese triángulo es parte de un cuadrado. El dibujo es como sigue:

 

 


Hay allí un objeto real hecho de piedras y espacios -tres cuadrados llenos y un triángulo vacío- que cualquiera de nosotros aprehende como una imagen. Un nivel de simbolización radica en haber escrito esa frase, pronunciarla, pensarla. Pero un nivel de mayor abstracción supone expresar "eso" del siguiente modo:
a2 + b2 = h2

Se trata de una fórmula, y es la del Teorema de Pitágoras que también podría haberse expresado así: "El cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos".

Como deducimos ahora, el griego tenía un nombre famoso. Pero, efectivamente, demostró su teorema con piedritas: un lado de 3 módulos da un cuadrado de 9 piedras; otro lado de 4 da un cuadrado de 16; sumando ambos números obtengo un cuadrado de 25, que es el cuadrado de 5 -medida de la hipotenusa.

Con esto estamos queriendo decir, para sintetizar, que todo objeto real supone en nuestra mente una representación imaginaria, y que esta representación es simbolizable. Como se desprende de ello, la imagen es representable, tiene formas, colores, afectos asociados, pero la simbolización -en sus distintos grados de abstracción- está en otro registro radicalmente distinto.

Una palabra escuchada, pronunciada o leída (lo simbólico) remite en el psiquismo a una representación (lo imaginario), reflejo de una cosa concreta (lo real). Sólo nos es dado acceder a "la cosa" por intermediación obligada de imagen y símbolo, por eso decimos que nuestra experiencia vivencial está constreñida a estos dos registros. Debemos dejar sin embargo constancia de que lo que llamamos "lo real" no solamente abarca el mundo de las cosas concretas, sino una porción de nuestro psiquismo, tan inaccesible como la verdad última de cualquier objeto; no en vano Lacan topologiza al sujeto mediante un toroide. Del mismo modo, el plano imaginario es también habitado, claro está, por nuestras fantasías.

Detrás de lo vivenciable hay una armazón simbólica que organiza eso que experimentamos. Cuando en Psicología Social hablamos de lo manifiesto y lo latente, estamos refiriéndonos a esto: participamos en los grupos de una escena (lo manifiesto); pero, sabemos, hay otra escena que organiza la primera: lo latente. Como vemos, hay al menos dos planos de lo simbólico: la escena manifiesta puede ser simbolizada a través de un relato hablado o de la crónica que levanta un observador, y eso también es manifiesto, está a la vista, o al oído. Pero cuando analizamos el acontecer grupal encontrando significaciones -que si bien aparecen como obvias, por eso mismo se nos escapan- estamos penetrando un latente mediante un segundo plano de simbolización.

Es aquí donde distinguiremos sistema de estructura. El sistema es la anécdota, la estructura es el organizador invisible de la anécdota. Un edificio, por caso, suele ocultar su estructura de sostén. Sólo aparece cuando lo demuelen; detrás de los revoques y los ladrillos aparece un esqueleto de hierro, la estructura.

El circuito eléctrico de un televisor es un dibujo lleno de íconos y símbolos, he aquí la estructura; el televisor ya construído, en cambio, es bien diferente, he aquí el sistema. Para construir el artefacto alguien ha tenido que interpretar un plano simbólico.

En otras palabras, lo simbólico es del orden de la estructura, es como el esqueleto que explica, ordena, organiza la realidad -realidad que, insistimos, está para nosotros hecha de representaciones imaginarias.

Otro ejemplo: un grupo tiene un coordinador que en el plano real es sin duda de carne y hueso, y del que tenemos una representación imaginaria como persona, como un otro; pero en el plano simbólico no se trata ya de la persona en sí, sino del lugar que ocupa y de la función que cumple.

Imaginemos en trazo grueso: distintos grupos interactúan hablando, gesticulando o dramatizando escenas de aprendizaje. Hablan -en cada uno- de la necesidad de ser provistos de teoría, un líder suministra información y todos la absorben ansiosamente, se trabajan y asimilan algunos conceptos en tanto que otros son dejados de lado por su dificultad. Hay allí voracidad, hambre, asimilación, residuo, etc. En lo imaginario hay una cantidad de grupos, con distinto número de personas, desplegando diferentes técnicas, coordinados con variados estilos. En lo simbólico, sin embargo, hay una única escena común a todos: el grupo boca.

Es decir: lo anecdótico de una escena es campo de lo imaginario, lo estructurante es campo de lo simbólico. Un disco de madera es un objeto que incorporamos visualmente logrando una representación imaginaria. Pero en esencia, hay allí un círculo, figura simbólica dotada de un centro, un radio, una relación longitud-diámetro, una superficie calculable. Nadie ve ese centro, pero está allí organizando la forma. En un paisaje natural nadie ve los puntos de fuga, y sin embargo están presentes y ordenan la perspectiva.

Para entender esto es de mucha utilidad concurrir a una exposición de cuadros guiados por un crítico de arte: ¿por qué gusta un cuadro? porque tiene leyes internas -no detectables para la mirada ingenua- que organizan la obra. El crítico sabe encontrar esas leyes porque las ha estudiado, ha simbolizado acerca de la cosa plástica; y ante nuestro asombro descubrirá trazos invisibles que ordenan partes de los objetos del cuadro, agrupamientos, formas organizadoras que uno no distingue si no es advertido.

Cuando el coordinador interpreta en los grupos operativos, tiene por función copensar con los integrantes desde un lugar diferenciado; ese copensar del coordinador supone un forzamiento, una movilización del psiquismo hacia un plano que no está dado por la intuición.

Cursamos Psicología Social para desentrañar ciertas tramas del sujeto, el grupo, la institución o la comunidad, para rastrear en lo manifiesto -lo imaginario- los ejes que rigen las escenas visibles, con el propósito de operar en el campo concreto.

 

 

 

[*] Psicoanalista. Psicólogo social. Director de la Escuela psicoanalítica de psicología social. Buenos Aires, Argentina. E-mail: info@psicosocial.com.ar