Mario Malaurie *
Las tres teorías pulsionales propuestas por Freud se estructuran según dualidades contradictorias. De aquéllas, la primera y la tercera han trascendido con fuerza conceptual: una planteando la oposición entre pulsión de autoconservación y de conservación de la especie, otra la que confronta Eros –que subsume el par primero- y Tanatos. En Más allá del principio del placer el maestro liga, en su desligue, la pulsión de muerte a la compulsión a la repetición, lo que es retomado por Lacan en relación al goce desde otra perspectiva por cuanto, de un lado, instala allí su campo distintivo, y de otro alumbra una nueva posición respecto de la última dualidad señalando a la pulsión de muerte como fundamento estructurante.
Fundamento que sin embargo, desde una lectura dialéctica, podríamos concebir como sede de una contradicción, es decir, un nuevo dualismo. Así, el goce mortífero se organiza en lo tanático a través de la vivencia; la repetición, último de “los cuatro conceptos fundamentales”, se expresa como una insistencia automática en la que la autodestrucción como deseo pulsa con fuerza constante en la vida del neurótico.
Librado a ese goce, el sujeto percibe sus actos y los efectos de éstos en tanto desbaratan su cotidianidad e instalan el rigor del malestar; inmune a la compulsividad puesta en juego, todo intento consciente en contrario resulta vano. Lo mortífero del goce, emanado del imperativo categórico superyoico, no será, en tanto flujo de una instancia inconsciente, aceptablemente conjurado sino por la existencia de un polo opositor también fundamentado en un Tanatos: el significante. Desglosado -en el marco del dispositivo analítico- de sus ataduras al significado al que resiste en el signo, integra un universo asubjetivo que en sus combinatorias de escritura muestra y escamotea un texto a ser leído. Frases, en definitiva, que laten en el discurso manifiesto, proferido, del hablante. Banda de Moebius tendida entre analista y analizante, una doble –pero única- pista se ofrece al despegue de un saber cuyo mensaje vuelve al punto de emisión desde una exterioridad paradojal. El psicoanálisis, devenido, al decir de Lacan, en una “paranoia dirigida”, insiste a su vez en el reencuentro de instancias elididas, sobre el cimiento de una resignificación de la novela.
En otro corte, Freud caracterizó a la pulsión de vida como una tendencia congregativa, de ahí la subsumisión posterior. Como polo opositor, sitúa la pulsión de muerte en la disgregación, en tanto tendencia autodestructiva con su correlato en el partenaire. Encontramos allí, del mismo modo, energías libidinales ligadas o desligadas de sus representaciones. Aplicadas a la producción discursiva, podemos pensar en el signo lingüístico como conservado en Eros, es decir que en él significante y significado mantienen un abrochamiento que, si bien lábil, permite la comunicación en base a un código, al menos desde lo que denominamos “discurso oficial”, aquél que el sujeto enuncia creyendo que transmite sus ideas con un alto grado de ajuste; en otras palabras, su vivencia no le indica la existencia de un sujeto elidido, no se percata de la disyunción entre enunciación y enunciado. Es en el marco de un Eros que tal discurso fluye, y es en éste donde Tanatos se expresa, por caso la narrativa de un goce que mantiene al analizante en su “padecimiento”. Pero en el dispositivo analítico, contra la percepción del analizante que la copresencia es dual, que le está hablando a una persona, a una gestalt, el analista opera desde una diplopía que escinde persona de función.
Como objeto, el analista se ofrece al imaginario del sujeto para su despliegue fantasmático, pero habla desde otro lugar merced a un corrimiento al sitio funcional, paralaje que hace en parte a la histerización del dispositivo: se ofrece para el amor pero no da en el plano de la demanda, responde sin responder desde la asubjetividad de su lugar de agente, semblante del objeto ‘a’. Y es en esa “respuesta” donde introduce otro registro de Tanatos: en efecto, el signo lingüístico es puesto en cuestión, más específicamente es cuestionada su ligazón erótica en tanto unidad biunívoca. Cuando al analizante se le devuelve su mensaje invertido e intersectado por una nueva puntuación o por derivas polisémicas, hay allí un Tanatos que, dialécticamente, desarticula para rearticular; se inaugura el camino de la resignificación, el seteo de nuevos eslabones en la cadena narrativa. Un nuevo Eros entonces emerge desde la producción de sentido.
La divulgación del psicoanálisis posicionó a Freud, en el imaginario social, como un cazador de vertientes sexuales; por ello se lo tildó de “pansexualista” y hasta de “perverso”, pero tres de sus obras consideradas los textos canónicos –“La interpretación de los sueños”, “El chiste y su relación con el Inconsciente” y “Psicopatología de la vida cotidiana”- nos muestran una esencia conceptual que ancla en la palabra: por ello dirá Lacan que un síntoma tiene dos raíces, una sexual y otra simbólica. Si bien son del registro de lo vivencial lo sensible, lo afectivo, lo placentero e inclusive lo gozoso, el significante configura un orden abstracto donde rige la no-vida.
Bajo la pregnancia del pensamiento religioso, habitualmente se alude al sujeto como una unidad de hard y soft, de cuerpo y alma, y es en esta última donde se tiende a localizar nuestra vivencia subjetiva, tanto es así que se distingue el dolor físico del espiritual; pero todo aquello que sentimos como resultado de lo que nos acontece, de lo que pensamos y fantaseamos, si bien integraría un mundo intangible, es la manifestación de superficie de una entidad orgánica, material en definitiva, de procesos físico-químicos, fisiológicos, bioeléctricos, y por ello se agrupa en la categoría de lo vivencial. Pero lo verdaderamente inmaterial –y por eso considerado aquí como territorio de la no-vida- es la combinatoria significante, sede asubjetiva de lo que mediatizadamente nos anima. A ese Tanatos exento de toda corporeidad, imagen o afecto, es preciso recurrir para oponer una muerte a otra, ésta la del goce y la repetición que nos imantan desde una mineralidad pre-vivencial. Es lo que hace un analista desde su discurso al direccionar la cura para que del otro lado del lazo invocante emerja un nuevo nivel de subjetividad.
Tenemos así una secuencia heurística: mineralidad pre-vivencial, vida intrauterina, infans pre-simbólico, sujeto del lenguaje y del goce, sujeto del goce en acotación, instancia ésta que sugiere un gerundio, en el marco de su doble imposibilidad.
El término “discriminación” tiene mala prensa. Esto es así cuando, vulgarmente, se alude a lo racial, lo ideológico, la rareza de código; sin embargo, partiendo de la falta como instancia constitutiva del sujeto, no es posible concebir sino la vigencia de la función de corte y por ella la sujeción a una ley, con vistas a una “normalidad”. En efecto, la discriminación de la que hablamos remite –como el término indica- al orden discreto, reino de lo discontinuo, en contraposición a la fusión que sugiere la indiscriminación del sujeto respecto de una otra entidad. Vemos en la clínica la nocividad de continuidades donde para el analizante, objeto de un goce ajeno, es impensable la noción de autonomía y, por ende, tranquilizadora la idea de una continuidad indiscreta desde la que apenas se es y por ello no se tiene. El trabajo de discriminar-se es arduo, supone un aprendizaje de la escansión, el hiato, el orden cuántico. Orden éste para el que no nos prepara la cultura y la evidencia niega -“Eppur si muove”, como no hay prueba directa del pentagrama discursivo, la sincronía significante, la multiplicidad de frecuencias en la onda armónica donde el decir conlleva pluses respecto del hablar.
Estructurado como un lenguaje, lo inconsciente “exhibe” a la lectura una escritura en la que rige la castración de la diferencialidad significante, si se me permite el término, la lógica paradojal de una inscripción donde la negación está sustituida por la negatividad. La dialéctica, metodología de la contradicción, niega, mata, en la unidad de los contrarios, la negación de la negación, el salto cualitativo. Así como la palabra es la muerte de la cosa, podríamos aventurar que el significante es la muerte del signo, en tanto biunívoco. El discurso psicoanalítico tanatiza el signo en la perspectiva de una reerotización que nos permita el despliegue del deseo; punto de capitón que en su novedad textil resutura un deshilván iatrogénico. Desde éste, las nacientes significaciones, siempre fálicas, rebasculan la falta rastreada en el discurso que cae mientras se erige el sujeto.