Psikeba. Revista de Psicoanálisis y estudios culturales
                       
 


Miguel Gutiérrez Peláez *

Sobre la iniciación en las formas clínicas ©  PSIKEBA

Resumen

El presente escrito se propone pensar el paso a la adolescencia como una iniciación. Dicha iniciación, guiada por las marcas tempranas en la infancia, permite un paso que no puede darse si no están presentes ciertas condiciones previas que trae el joven desde la infancia a ese encuentro con lo sexual genital, condiciones dadas por el paso por el complejo de Edipo y la angustia de castración.Se hará un recorrido por el cuento de Michel Tournier (2006) “Amandine o los dos jardines”, escrito que Tournier califica como iniciático,para dar cuenta del valor de la iniciación de una niña que se adentra en la pubertad. De esta manera, si la castración da los elementos para pensar las diferentes estructuras clínicas, será posible pensar el lugar de esa iniciación en las diversas manifestaciones de le enfermedad mental.

Palabras claves: adolescencia, castración, identificación, iniciación, feminidad, marcas tempranas de la infancia.

 

 

 

 

Abstract

The following article proposes thinking the step towards adolescence as an initiation.This initiation, guided by the early marks of childhood, allows a step that cannot be given if certain previous conditions brought from childhood to the encounter with genital sexuality are not present, conditions given by the passing of the Oedipus Complex and Castration Anguish.A lecture of Michel Tournier’s (2006) short story “Amandine or the TwoGardens” is made – story qualified by Tournier as initiatic – to show the value of the initiation of a child that reaches puberty.This way, if castration gives the elements for thinking the different clinical structures, it will be possible to think the place of that initiation in the diverse manifestations of mental illnesses.

Key words: adolescence, castration, identification, initiation, femminity, early marks of childhood.

 

 

Sobre la iniciación en las formas clínicas

Para la adolescente, la iniciación no puede ser más
que una fuga permanente.Amandine salta el muro.
Y va a ver qué ocurre en el otrojardín.
Michel Tournier

Sobre las primeras marcas

En la adolescencia ocurre un cierto marasmo de las primeras identificaciones.Pero si hablamos de adolescencia, no sólo hablamos del adolescente, sino también del adolecente, y ante ello tenemos que preguntarnos: ¿de qué se adolece?Sabemos que las marcas edípicas son sacudidas con la entrada en la juventud y no ofrecen ya la consistencia que ofrecían en la infancia.Según Roudinesco y Plon (1998), “No hay por lo tanto adolescencia sin una patología que llamaremos normal, que traduce la inseguridad, la incertidumbre del cambio, lo experimentado como inquietante extrañeza en un cuerpo sexualmente maduro, la depresión ante la pérdida de los puntos de referencia infantiles. El deseo conflictivo de asumir el destino edípico, puesto que se conjuga con el temor de no sobrevivir a su realización, no puede dejar de provocar la emergencia sintomática, puesto que es, por definición, iniciático, y en consecuencia no figurable. […] Son la expresión de un trabajo psíquico, de un movimiento que es el de la figuración de la inscripción estructural” (pág. 73).Sin embargo, es necesario pensar en una marca, una especie de marca de marcas, que aún a pesar de esa vacilación de las identificaciones, impida que se caiga en un torbellino caótico y sin centro.Algo sin duda ocurre en la adolescencia a nivel psíquico y a nivel del cuerpo.Freud había elegido para ello el significante “metamorfosis de la pubertad” (1905, pág. 189).Pero algo de un orden anterior al advenimiento de esa metamorfosis tiene que estar allí para servir de polo a tierra, una suerte de corte grabado más allá de la piel.Así, como lo señala Lacan (Lacan, 1957, pág. 175), el joven llega al encuentro con su sexualidad genital con sus títulos en la mano, que si bien se sostienen por su propia vacuidad – vacío que señala que ahí están, vacío que es presencia – operan como una suerte de consistencia de ser que ancla al sujeto en un punto en el que no se pierde en la tormenta de sus transformaciones.

En “El malestar en la cultura”, Freud (1930) afirma que “Desasirse de la familia deviene para cada joven una tarea en cuya solución la sociedad suele apoyarlo mediante ritos de pubertad e iniciación. Se tiene la impresión de que estas dificultades serían inherentes a todo desarrollo psíquico; más aún: en el fondo, a todo desarrollo orgánico” (pág. 101).Sin duda se equivoca Balint, como mucho del psicoanálisis de su tiempo, cuando afirma que la formación analítica se asemeja a las ceremonias iniciáticas en el punto en el que el candidato se identifica con su iniciador (Roudinesco y Plon, 1998, pág. 40).

Que de un ritual iniciático se siga un fenómeno de masas o una hipnosis no significa que la iniciación radique en eso.Los rituales iniciáticos, por el contrario, más que seguirse en la línea imaginaria, inician en el punto que hacen asible a la apertura simbólica aquello que de entrada no puede más que asomar sus sombras desde lo real, es decir, aquello que está por fuera del englobamiento simbólico e imaginario.Esa vía iniciática es siempre una vía de goce (Lacan, 1971, clase 19).Esa dimensión real en tanto innombrable, que afirma su lugar en tanto no está, en tanto es su propia ausencia, la inmediatez de su corte, es a lo que expone e introduce el ritual iniciático.Como señala Lacan (1958), es en la ceremonia iniciática “donde se designa como tal el ser del sujeto, donde deviene, si uno puede decirlo, hombre, pero también mujer, en pleno ejercicio, donde la mutilación sirve aquí para orientar el deseo, para hacerle tomar, precisamente, esta función de índice, de algo que está realizado y que no puede articularse, expresarse, sino en un más allá simbólico, y un más allá que es aquel que nosotros llamamos hoy el ser, una realización de ser en el sujeto” (pág. 279).Así, es posible pensar que el paso a la pubertad se da como una suerte de iniciación que permite que el encuentro no sea traumático, que no obligue a la retracción, sino que posibilite un movimiento hacia adelante, hacia el encadenamiento.

 

La iniciación en las diferentes formas clínicas

Así, podemos entrar a pensar, en general, cómo se juega la iniciación en las diferentes formas clínicas.Muchos han sido los ojos clínicos que han revelado cómo los neuróticos, en su posicionamiento frente a su castración, pasan sus días negando las marcas de la iniciación que los ha hecho parte de la comunidad de los hombres.Hablando entre líneas, ocultan los vestigios de esa marca que es, a la vez, motivo de vergüenza y salvación.Les queda, sin embargo, y como lo afirma elegantemente Deleuze, la posibilidad de bien reprochar sus marcas (cicatrices primeras) o hacerse digno de ellas.El perverso por su parte, lo sabemos bien, exhibe sus marcas sólo para ocultarlas otra vez, en ese doble movimiento que seduce al neurótico en un seudo-desenmascaramiento del que él se siente incapaz, y que, como mascarada, oculta la ignorancia misma de esas marcas.

El psicótico, por su parte, no sabe nada de esas marcas porque no las posee y, de estar las cicatrices en su cuerpo y el sabor de ellas en su boca, sería la boca y el cuerpo de Otro.El psiquiatra japonés Kimura Bin (referido por Agamben, 2000, págs. 132-135), director del Hospital psiquiátrico de Kyoto, se vale de los tiempos del Dasein para pensar una serie de patologías. Para ello, se vale de la figura de la “fiesta”, que nombra como dies festum, y de allí piensa el ante festum, el intra festum y el post festum.Así, pensará que para la melancolía rige el post festum en el sentido en que lo sido para el melancólico es para siempre y permanece eterno en el tiempo inamovible.El ante festum se juega en la esquizofrenia, en el sentido en que el sujeto esquizofrénico es uno que siempre llega tarde a su propia fiesta; no llega nunca a su propio tiempo de ser, sino que lo rige ese desfase con sí mismo.Su vida está siempre bajo la figura de la anticipación porque su yo nunca está, por decirlo de alguna manera, al abrigo de sus alas.El psicótico aún no ha sido iniciado y la locura es creer que se puede existir en comunidad de los hombres sin pertenecer a ella.Algo necesariamente se pierde; son las marcas de iniciación y pertenencia.Es la paradoja del ingreso a la comunidad: algo tiene que morir para poder nacer a la sociedad de los hombres.Sin no se da esa muerte, no se da tampoco esa vida.Allí entendemos la sensación de muerte de ciertos psicóticos, de muertos en vida.Winnicott se detiene en este punto en su artículo “Miedo al derrumbe” (1963) cuando encuentra que ese miedo adquiere también otras expresiones clínicas, como la del miedo a la muerte.Si no se simboliza esa muerte que es la entrada en el mundo y en el habla, esa muerte como iniciación, la muerte se siente como acontecida en lo real y allí encontramos el eslabón con lo que Winnicott llama muerte fenoménica.Aparece la búsqueda compulsiva de aquello que se teme y lo que se teme no es otra cosa que el que ocurra nuevamente (y por primera vez) lo que ya aconteció hace mucho y que el sujeto no pudo darle sentido dentro del marco de su omnipotencia.Beckett, sin afirmar en él patología alguna, lo describía magistralmente en una de las entrevistas que le concede a Charles Juliet: “Siempre he tenido la impresión de que dentro de mí había un ser asesinado. Asesinado antes de mi nacimiento. Tenía que encontrar a ese ser asesinado. Intentar devolverle la vida... Un día fui a escuchar una conferencia de Jung... Habló de una de sus pacientes, una chica jovencísima... Al final, mientras la gente se iba marchando, se quedó callado. Y como hablándose a sí mismo, asombrado por el descubrimiento que estaba haciendo, dijo: ‘En el fondo no había nacido nunca’. Siempre he tenido la impresión de que yo tampoco había nacido nunca”.

Vemos una diferencia entre estas marcas y lo que evidencia la figura del musulmán, según la recorta Primo Levi y Agamben a partir de éste.Es diferente sin duda al padecimiento del Muselmann, pues éste ha sido despojado de sus marcas humanas, reducido a nuda vida, y despojado de toda posibilidad de reingresar a esa comunidad (y también ha sido borrado todo rastro de su existencia anterior en esa comunidad). Auschwitz no adquirió las características de una iniciación: produjo no la posibilidad de pertenencia a una comunidad, sino el aniquilamiento total de cualquier posibilidad de existencia de la comunidad misma.Y es que en el caso de la iniciación en el psicópata, vemos que invierte la ecuación: considera que es él quien tiene que iniciar a los hombres para que pertenezcan a su propia comunidad de uno.Sus actos barbáricos son el ritual de iniciación de la cultura en la alienación de su mundo propio.

 

Michel Tournier: un cuento iniciático

Michel Tournier (2006) escribe un cuento que titula “Amandine o los dos jardines”.Tal como Tournier lo afirma, “es un cuento iniciático”, es decir, no es un relato sobre una iniciación sino que es un cuento que sirve de iniciación.Pero, ¿iniciación a qué?Básicamente, “al mundo de los hombres”.Según Tournier, la mujer no tiene que ser iniciada, pues de entrada la sociedad es de mujeres; no se requiere de ningún ritual allí, se da desde el comienzo.Sin embargo, y curiosamente, Tournier nos presenta un cuento donde una niña es iniciada a la pubertad: deja atrás el jardín ordenado de su infancia (el jardín de los padres) y se inicia en el mundo de la adultez.Quien preside esta iniciación es nada menos que un animal, un gatito al que Amandine bautiza Kamicha.

Amandine nos inicia a nosotros como lectores en lo que antecede y resulta de su iniciación.A modo de diario, en entradas que escribe los miércoles y los domingos, esta pequeña de diez años nos lleva de la mano por su propio recorrido.Nos regala, al comienzo, su propia imagen especular; se observa y encuentra en la imagen que le devuelve el cristal lo mismo que aquello por lo cual se nomina y es nominada por los otros.Diríamos que su imagen especular le resulta cómoda como lugar de identificación.Veremos, al final, que habrá un cambio a nivel de su especularidad, que algo habrá cambiado a partir de su iniciación.

Nos cuenta esta niña que tiene una gata que se llama Claude.No sabe nada de su sexo, si es hombre o mujer.Sólo la maternidad y el dar a luz cinco crías del tamaño de ratones le permitirán decir entonces: debe ser una gata.De esas cinco crías cuatro son gatos y las amigas de Amandine se los llevarán a sus casas y quedará ella con la única gata, la cual bautiza Kamicha.Sin duda es una gata bastante particular, pues porta en su rostro una marca que la distingue notoriamente: una mancha blanca en el ojo izquierdo “como si hubiera recibido (…) lo contrario de un golpe.Una galleta.Una galleta de panadero.Kamicha tiene un ojo a la mantequilla” (pág. 32).Amandine pasa su días en el jardín de papá y mamá, allí donde “hay siempre la misma temperatura, tanto en verano como en invierno”, donde el césped “es verde y bien cortado” (pág. 32).Esa casa y ese jardín de papá y mamá que “hacen un verdadero concurso de limpieza” (pág. 33) empiezan a tener sus quiebres para Amandine, pues como nos dice: “Me parece que tienen razón.Así es más tranquilizador.Pero a veces resulta un poco molesto” (pág. 33).Encontramos la fórmula: lo sé, pero aún así (Mannoni, 1973) de esta caída que va sufriendo el universo de sus padres.

Posterior a esto, Amandine comenzará a tener sus encuentros con el vacío, que irán de la mano de esta sucesión de quiebres en el jardín perfecto de los padres.Encontrará ese vacío justamente en la cuna desocupada con la que se topa cuando va a buscar a Kamicha.Allí, diríamos, se abre todo un interrogante, una curiosidad precisamente por esos pliegues que empiezan a aparecer en el jardín, revelando superficies no contempladas, y una pregunta por aquello que escapa a ese edén, y lo formula en su sospecha de que Kamicha se ha ido al otro lado de la tapia.Va descubriendo poco a poco cómo Kamicha, al otro lado de la muro, se ha hecho salvaje.

Amandine empieza a habitar otros tiempos: levantarse antes que el resto de la familia para tener por una hora tiempo para hacer lo que le da la gana: “Como papá y mamá duermen tengo la impresión de que estoy sola en el mundo” (pág. 36).Así empieza a sentir el miedo y la alegría de adentrarse en terrenos por fuera del de los padres, en ese mundo que es una fiesta.Se va abriendo todo un universo nuevo de posibilidades: “El jardín de papá está tan cuidado y tan recortado que uno podría creer que allí no hay modo de que ocurra nada.Sin embargo, cuando papá duerme se pueden ver cosas” (pág. 36).Es justo el momento de tránsito de la noche al día, en ese instante en el que suceden las dos cosas a la vez.Aparece allí la figura del monstruo: día y noche, dos taxonomías distintas que convergen y llevan a que los seres de esos dos mundos se encuentren y se rocen.

Amandine va a decidir cruzar la tapia y adentrarse en la tierra de Kamicha.La manera como se anima es hermosa: primero rodea la propiedad (como quien bordea lo real) y descubre que en un tiempo a su alcance puede recorrerlo.Lo que no sabe la pequeña y lógica Amandine es que en ese nivel no se corresponden las dimensiones internas y externas.Cree que será una excursión en el espacio y en el tiempo, cuando lo que allí se grabará será de otro orden.Amandine va con una misión, que es ganarse la amistad de la salvaje Kamicha a través de conocer su jardín y su casa.

Emprende su excursión sin comentárselo a sus padres, porque “No sé muy bien por qué, pero me parece que si papá y mamá se enteraran de mis proyectos, harían todo lo posible para tratar de impedirlos” (pág. 40).Aparece allí nuevamente todo un ignorado espectro de emociones que va invadiendo a Amandine a medida que se avecina al otro lado: “Soy muy desdichada.Y muy feliz al mismo tiempo” (pág. 40).Así, finalmente logrará doblar las ramas del peral que serán él último de los elementos necesarios para subir a lo alto de la tapia.

La siguiente imagen que nos regala Tournier es tal vez la más decisiva.Vemos a Amandine caminando por el fino filo del muro.Desde la altura que le brinda la división de los terrenos, observa a un lado el jardín de sus padres, el impecable, simétrico, el conocido, y al otro, ese jardín del que nada sabe pero que la seduce y se le revela con esa deliciosa angustia con que la atrae lo indómito y lo animal: “Era todo lo contrario del jardín de papá (…)Pensé que nunca me atrevería a descender a aquella selva virgen donde pululaban con toda seguridad sapos y serpientes” (pág. 41).

Esa escena es fundamental para el análisis que acá hacemos porque designa precisamente el lugar de la separación o, para decirlo sin rodeos, el lugar del guión, del “–” que ubicamos entre S1 y S2.Desciende al jardín por esa escalera roída que estaba allí “como si me esperase desde siempre” (pág. 42).Llega a una tierra donde las cosas pierden sus fronteras maniqueas.Lo que allí aparece no es ni bueno ni malo, “uno diría que es las dos cosas a la vez (…)Es triste y hermoso como un puesta de sol” (pág. 42).Allí, en ese reino de Kamicha, aparece uno de los muchos niveles de análisis que permite este cuento.El descenso de Amandine en el otro jardín es el lugar mismo de la separación, eso que señalaba Freud como el punto de desembarazo de los padres y la búsqueda de un nuevo lugar por fuera de esas identificaciones de la infancia que ya no aportan consistencia de ser.

Cuando Winnicott expone su teoría del desarrollo emocional primitivo, explica que lentamente la madre debe ir introduciendo fallas en esa adaptación perfecta a las necesidades de su hijo porque la adaptación absoluta se parece demasiado a la alucinación y no sirve para construir la realidad exterior.

Así se nos aparece el jardín de los padres de Amandine, con sus ángulos rectos, sus pastos simétricos, sus ceniceros para los paseantes.Kamicha, que es el animal, aquel que ha explorado desde pequeño ese otro jardín, invita a Amandine para una experiencia con lo nuevo, a las formas del mundo por fuera de su omnipotencia.Y Amandine puede ir porque puede eludir la mirada de los padres, puede salir del control omnipotente de éstos y tender una escalera sobre ese guión y partir en un viaje del que ella no sabe que nunca retornará.

Kamicha conduce a Amandine hasta un pabellón sobre cuya columna se alza un pedestal que soporta una escultura de un joven desnudo con alas.Su sonrisa triste (también él habrá perdido algo para estar allí) la cruza su dedo vertical que invita al silencio.Kamicha porta la misma sonrisa, como si poseyera a su vez el mismo secreto.Y entre esa maraña melancólica, Amandine siente una gran alegría, siente felicidad y ganas de llorar.Siente la distancia tan grande que la separa del impecable jardín de los padres en el que nada pasa, donde no opera ningún estado de excepción.Se pregunta angustiada “¿Podré volver alguna vez?” (pág. 44).Esta experiencia de Amandine, experiencia con lo masculino y lo femenino, con la sexualidad, con lo indómito, con lo animal, experiencia que permanece en la mudez, en el sin palabras, terminan por producirle una intensa angustia y no puede más que escapar de la escena y tal vez no sepa que mientras huye de ella se la lleva puesta.

Emprende la huida de vuelta al jardín de sus padres (el movimiento retrógrado es siempre una posibilidad nos alerta Winnicott) el cual no le resulta para nada fácil.Recorre el jardín, las ramas hieren su rostro, hasta que encuentra la escalera que escala el muro divisorio, camina sobre él, desciende, corre a su habitación y llora durante un largo tiempo lágrimas que no son ya de niña.Luego, al levantarse, y aquí entra el magistral talento narrativo de Tournier, encuentra rastros de sangre en sus piernas.Se mira en el espejo y busca en su cuerpo marcas de heridas, pero se encuentra exenta de ellas. Tampoco su ropa se halla sucia.Entendemos que lo ha hecho sangrar ese cuerpo es el instalamiento de un corte, la marca indeleble que nos evidencia como lectores, como lo evidencia también Amandine, que no ha vuelto al mismo lugar de partida.Las marcas de su iniciación serán entonces los títulos que le permitirán la ida y vuelta, el recorrido significante S1-S2.La sangre de Amandine (su menarquia, se entiende), es en otro nivel la evidencia de que algo ha sido extraído, a saber, el objeto a.La marca se hace sobre el vacío; el objeto a es un vacío, un espacio en blanco.Se mira en el espejo: ya no encuentra a la chiquilla de diez años del comienzo del relato.Se descubre reproduciendo el gesto del muchacho de piedra; también ella, como el joven alado y Kamicha, posee el secreto.Se ha abierto al otro mundo, al mundo de lo salvaje, ha dejado atrás el universo perfecto de los padres como su única realidad, y si bien lo habita aún, es el otro jardín un permanente en su perspectiva.Se ha hecho amiga de lo salvaje, ha salido de la fusión con los padres.

Desde entonces, Kamicha se hará amiga de su jardín.Esos dos mundos, tan lejanos en un comienzo, han pasado a hacerse familiares.Kamicha, cuya tripa ahora se hincha como la de Claude al comienzo de la historia, recibirá una nueva nominación: Kamigata (Kamichat).

 

La iniciación de Amandine y la marca en el cuerpo

De cierta manera Kamicha, en su papel de animal, está del lado de la pulsión; habita, a pesar de sus excursiones a los otros registros, en lo real.Amandine encuentra tempranamente las marcas de su iniciación en su propio cuerpo: ese ojo que es lo contrario a un golpe, a saber, un ojo de mantequilla, galleta de panadero.Sabemos que en el caso de las psicosis es frecuente que ante la ausencia de esas marcas se busque la producción de esa castración en lo real; castrar el propio cuerpo, que no es un cuerpo simbolizado.Como afirma Lacan (1959), “Es necesario y basta que les recuerde aquí, simplemente para hacerles, en esta ocasión, palpar que, bajo otra forma, es algo que aún podemos llamar corte de lo que se trata, sencillamente en tanto ella instaura el pasaje a una función significante, porque lo que queda de esta mutilación es una marca. Es lo que hace que el sujeto que ha sufrido la mutilación como un individuo particular en el rebaño, lleve en adelante sobre él la marca de un significante que lo extrae de un estado primero, para llevarlo, identificarlo a una potencia de ser diferente, superior. Este es el sentido de toda especie de experiencia de travesía iniciática, en tanto que nosotros encontramos su significación al nivel del complejo de castración como tal” (pág. 278).Claude, que sólo da cuenta de su feminidad a partir del dar a luz, es uno que habita los dos jardines.Vive esa doble vida, esa ida y vuelta del S1 al S2.Kamicha, por su parte, si la entendemos como lo real o como la mensajera de lo real, adquiere otra nominación después de ese pasaje de Amandine por su jardín: Kamigata; adquiere un nuevo estatuto simbólico, un nombre de aquello que escapa a todo nombre, a saber, La mujer, su ser mujer en su descubrimiento de la feminidad.Valiéndonos del nudo borromeo, la escena podría graficarse de la siguiente manera:

 

 

Que no se entienda que del jardín perfecto de la infancia se siga que la infancia es un jardín perfecto.Los rasgos de perfección del jardín no salvan la infancia de los marasmos pulsionales ni de lo que Freud conceptualiza como perversión polimorfa.Las identificaciones de Amandine comienzan a ser sacudidas por una lenta convulsión.Las formas que gobernaban el impecable jardín comienzan a presentar un afuera: antes del día, después de la noche, nuevas formas se delatan que son la vacilación misma del jardín.Si retomamos la premisa de Tournier en relación a la iniciación y a la mujer, vemos que ella en últimas no tiene que ser iniciada, pues la comunidad es, naturalmente, femenina: el hombre nace en el seno de las mujeres, habita su mundo, y la iniciación es una salida de él: del mundo de las mujeres a la comunidad de los hombres.Por eso, contrario a lo que suele creerse, la mujer, más que estar predispuesta a la histeria, es una salida posible de la histeria.Allí se da esa relación con la mujer en tanto sin límites y la iniciación como lugar de corte.Podemos citar a Michelet como lo hace Carlos Fuentes para introducir “Aura” (1962): “El hombre caza y lucha.La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses.Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y la imaginación… Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer” (epígrafe).

Amandine despliega a lo largo del cuento una pregunta en torno a la feminidad.Diríamos, y acá vamos de la mano con las teorías sexuales infantiles, que todo es masculino hasta que no crecen las barrigas y brotan crías.Así, y guiados por el esquema de la sexuación de Lacan, hay un saber sobre la madre que lentamente se va gestando, pero una ignorancia total sobre la mujer.Al final, como lo evidencia el fin del relato, se da un paso a ese ser mujer.Kamicha lleva en su ojo la marca de su iniciación: ese rasgo que la distingue, esa galleta de mantequilla, contraria a un golpe.Por eso puede iniciar: ser un iniciado es un requisito para presidir la iniciación.Amandine atraviesa su propia iniciación al mundo de los hombres como mujer, lo cual graba su marca indeleble que en su adolescencia porta las pruebas de su posicionamiento estructural en el orden de las neurosis.

Pero que no nos lleve a engaño la insondable tapia que recorre y cruza Amandine.Lo real no es un afuera en el sentido que a su vez designaría un adentro.Lo real, en todo caso, habita en los pliegues mismos de lo simbólico y lo imaginario.Por eso los aros que componen el nudo borromeo se solapan y no colindan.Ni siquiera el ojo invidente, como el del Rey de Lidia frente al codicioso Giges, puede evitar que lo real se cuele por los orificios de su escena porosa.Kamicha estaba de entrada allí, primero en el vientre de su madre (tal vez allí mas real que nunca) y luego en ese ir y venir de los dos jardines que estructuran la arquitectura del cuento.Y sin duda algo de la escena fantasmática de Amandine se sacude, tiembla, pues en ese límite en que se desdibuja la escena de la infancia, no sin anuncios, aparece la angustia a designar allí la presencia en ella de un cuerpo que no es ya el de la niña de diez años que se miraba al espejo al comienzo del relato, sino el cuerpo que es marcado en esa iniciación con el sello indeleble de la feminidad.

No que de allí se siga su ubicación en el lado femenino de la sexuación, pero todo nos lleva a pensar que hacia allí se empuja esta chiquilla que se inicia en lo ininiciable que es el ser mujer.De allí el destino que presagia el propio Tournier: la adolescente, en su adolecer del temblor de sus propias identificaciones, le queda la fuga permanente a ese otro jardín.

 

Referencias

Agamben, G. (2000), Lo que queda de Auschwitz.El archivo y el testigo.Homo Sacer III, Pretextos: España.

Freud, S. (1905), Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora), Obras completas, Tomo VII, Amorrortu, Argentina.

Freud (1930), El malestar en la cultura, Obras completas, Tomo XXI, Amorrortu, Argentina.

Fuentes, C. (1962), Aura, Norma: Colombia.

Juliet, C. (2006), Encuentros con Samuel Beckett, Siruela: Madrid.

Lacan, J. (1957-8), Las formaciones del inconsciente, Seminario 5, Paidós: Argentina.

Lacan, J. (1958), El deseo y su interpretación, Seminario 6, Paidós: Argentina.

Lacan, J. (1971), Ou pire, Seminario 19, inédito.

Mannoni, O. (1973), Ya lo sé, pero aún así…, En: La otra escena, Amorrortu: Argentina.

Roudinesco y Plon (1998), Diccionario de psicoanálisis, Paidós: Argentina.

Tournier, M. (2006), Amandine o los dos jardines, En: El Urogallo, Alfaguara: Argentina.

Winnicott, D. W. (1963?) Miedo al derrumbe, En: Exploraciones psicoanalíticas I, Paidós: Buenos Aires.

 

 

 

* Psicólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia.

- Maestro en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires y candidato al Doctorado (UBA).

- Psicólogo de planta/Comité Científico Clínica la Inmaculada: www.clinicalainmaculada.org

- Docente/director de Cátedra “?Qué es eso de Psicoanálisis?”, Pontificia Universidad Javeriana:www.javeriana.edu.co

- Docente de “Cátedra Grancolombiana”, Universidad Politécnico Grancolombiano: www.poligran.edu.co

- Práctica clínica privada.

- Otras publicaciones: Gutiérrez, M. (2007), Sobre la traducción y la confusión de lenguas, Revista Universitaria de Psicoanálisis (RUP), Universidad de Buenos Aires, Argentina, diciembre.

Correo electrónico: miguerrez@gmail.com. TEL: 3581200.

 
 
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