La cineasta italiana Liliana Cavani1 es en la actualidad otra integrante del enorme grupo de ‘olvidados’ o ‘marginados’ de la cinematografía mundial, no ya sólo por el público, que también, sino por la crítica y los estudiosos. Las últimas crónicas o informaciones, la última atención prestada a las obras de esta personalísima directora se remontan al estreno de la sugerente pero irregular El juego de Ripley, de 2002, en la que da continuidad al intento de saga cinematográfica acerca del célebre personaje creado por la pluma de Patricia Highsmith y que se recuperó a finales de los noventa con El talento de Mr. Ripley, dirigida por Anthony Minghella. Desde entonces, el silencio y el olvido. Resulta relativamente difícil encontrar reseñas de sus películas o estudios sobre su carrera, y desde luego, es un alarde de ciencia ficción esperar que algún canal de televisión programe alguna de sus películas, más allá de la periódica reposición de su gran obra maestra, El portero de noche.
“El Portero de noche” es una joya cinematográfica, desde cualquier punto de vista posible: realización, estética, guión, trabajo actoral (magníficos Dirk Bogarde y Charlotte Rampling). Es una película de alto riesgo para todo el mundo, para los que la hicieron y para los espectadores, cuyas mentes deben desprenderse de cualquier concepto al uso y atreverse a ver y preguntar fuera de cualquier límite convencional. La relación sadomasoquista de los protagonistas, de la que parecen no poder escapar, se explica por un lado como componente del contexto social y político que la película analiza: la Europa de post-guerra y todas las secuelas de los totalitarismos de la primera mitad de siglo. Pero va más allá, a la raíz del comportamiento humano. La película desciende bajo la piel y dinamita el alma de los personajes. Ocurrida la destrucción, no hay retorno posible, viene a decir. Pero, si no recuerdo mal –no la he visto desde hace muchos años- hay momentos en que Max y Lucía llegan a ser felices, a estar bien. Ellos saben lo que son y donde están.
El portero de noche no es una casualidad en el trayectoria de esta directora, siempre interesada por los personajes y situaciones complejas. Algo que puede verse bien, a pesar de la menor intensidad dramática del guión, en El juego de Ripley.
La carrera de Liliana Cavani se ha visto influida tanto por el carácter obrero y humilde de su familia de procedencia como por su formación literaria. Nacida en Módena en 1933, se licencia en Literatura Clásica en la Universidad de Bolonia. Sin embargo, desde muy pronto se ve atraída por el cine, y en 1960 comienza sus estudios obteniendo en 1962 el diploma del Centro Experimental de Cinematografía gracias a los cortometrajes Encuentro nocturno y El evento. Los premios obtenidos por sus trabajos le abren las puertas de la división de documentales de la RAI, la televisión pública italiana, colaborando en la filmación de documentales acerca del surgimiento de los totalitarismos en Europa, la Segunda Guerra Mundial y el papel de la Resistencia italiana contra el fascismo de Mussolini. La RAI produce también su primer largometraje de ficción, Francisco de Asís, donde ya deja clara su postura por el cine comprometido. En una época espiritualmente revuelta para los católicos (hablamos de 1966) y políticamente convulsa para Italia, tónica habitual desde el fin de la guerra, Cavani utiliza la figura del santo para realizar su propuesta política y personal frente a la religión, apostando por la disidencia del catolicismo oficial, un trabajo que podría subtitularse como un estudio de las relaciones entre el poder político y el religioso. Su siguiente trabajo, una biografía de Galileo rodada en 1968 también habla del poder, esta vez frente a los intelectuales y al pensamiento como arma para socavar instituciones implantadas gracias a la manipulación de quienes son mantenidos en la ignorancia. Su trilogía sobre el poder se completa con Los caníbales, donde esta vez la visión que se da del poder se realiza a través del prisma de sus crímenes, de sus actos más viles e ilegales, con un hilo argumental cercano al personaje de Antígona ideado por Sófocles.
El mayúsculo fracaso de crítica y público obtenido con sus primeros trabajos en el largometraje de ficción la hacen volver al rodaje de documentales para la televisión. Sin abandonar los temas punzantes y comprometidos, realiza la película documental Los niños y nosotros (1970), y da una visión cruda y deshumanizada de las bolsas de pobreza subsistentes en la Italia de los setenta con el sobrecogedor trabajo L’ospite. En 1974, antes de rodar la película que le proporciona un lugar en la Historia del Cine, da un giro hacia las experiencias místicas orientales con Milarepa.
Portero de noche es su obra cumbre, sorprendente a un tiempo por su gran calidad, la profundidad de sus planteamientos y por su inesperada procedencia de una autora gris y generalmente obviada hasta aquel momento. Esta película, continuadamente reducida de manera simplista a mera incursión en el trauma humano del nazismo, es, sin embargo, mucho más. La película realiza un profundo estudio psicológico acerca del ser humano, de la fragilidad de su racionalidad y sus emociones, y también de su carácter dependiente. Y lo hace en general, tomando al nazismo no como fenómeno histórico a retratar, sino como ejemplo de la perfección de un sistema conducente a la anulación de la personalidad, de la capacidad de los torturadores para eliminar la propia conciencia del individuo, hasta el punto de que los seres humanos quedan reducidos a un cuerpo que no tiene una idea propia de sí mismo, y que por tanto llega a sentir su muerte como indiferente: doce años después de la guerra, una joven judía llamada Lucía (Charlotte Rampling), actual esposa de un célebre director de orquesta, llega a un hotel de Viena donde Max (Dirk Bogarde), antiguo oficial de las S.S., ejerce su empleo de recepcionista, pacíficamente, olvidado por la justicia, como tantos y tantos criminales que se salieron con la suya, en Europa, o trabajando para el gobierno norteamericano elaborando proyectos de bombas nucleares. Como resumen, digamos que los personajes recuperan su antigua relación de dependencia mutua como reminiscencia de la única forma de dar sentido a una existencia vacía desde el final de la guerra y la liberación (física, que no emocional, con una mente anclada en la barbarie, con un lavado de cerebro absoluto), iniciando una particular relación sadomasoquista salpicada con flashbacks que ilustran los antiguos abusos sufridos por ella a manos de él, y que a su vez revela la desaparición de sus personalidades presentes en favor de su carácter pasado: el tiempo se detuvo en los campos, ambos dejaron de ser personas para convertirse en víctima y verdugo, la relación más íntima posible entre dos personas, más incluso que el sexo o el compromiso. Ambos renuncian a su conciencia, a su personalidad, él convertido en criminal y ella en víctima, ambos sin identidad, sin conciencia de sí mismos, abocados a un final que ya no puedan sentir. Su supervivencia es una anomalía y a su vez una traición a quienes no sobreviven, en el caso de él por tratarse de un criminal, cuyo papel se reduce a provocar el mal físico, y que escapa libre; en el de ella por haber visto morir a sus semejantes y haber eludido su suerte. Lo más dramático de ambos personajes es que sus casos son auténticos: realmente hubo relaciones físicas entre oficiales nazis y presos judíos, a veces forzadas y otras veces consentidas, relaciones que a veces generaban pequeños privilegios e incluso milagros de supervivencia en favor de éstos en los propios campos, pero también había amantes judíos que intentaban la exculpación de los oficiales nazis detenidos; antiguos presos que no podían marcharse del territorio del campo una vez liberados, anhelantes de la única identidad que quedaba en ellos, la de víctimas; en general, una eliminación de la conciencia y de la memoria de la persona, unida a un profundo sentimiento de culpa por constituirse en excepciones de supervivencia en una tendencia al exterminio, que anulaba por completo el carácter humano de unas personas convertidas para siempre en fantasmas, entre los que la tasa de suicidios, tras haber sobrevivido a un régimen criminal, se disparó exponencialmente (al hilo de esta cuestión, recomendamos la lectura de Liquidación, de Imre Kertesz, o el visionado, paciente, eso sí, de Shoah, el monumental documento cinematográfico de Claude Lanzmann sobre la tragedia de la solución final).
Volviendo a la Cavani, tres años más tarde, tropieza de nuevo con su película sobre Nietzsche Más allá del bien y del mal, paso en falso que no le impide triunfar de nuevo a principios de los ochenta con La piel, adaptación de la obra de Curzio Malaparte. Su carrera irá alternando los fracasos estrepitosos (Detrás de la puerta, obra de incestuosa trama con exótico marco norteafricano) con notables éxitos (Berlín interior, historia de amor entre mujeres en plena ascensión, de nuevo, del nazismo).
Retomando la figura de Francisco de Asís, rueda Francesco (1989), sin duda el papel más extraño de Mickey Rourke (y de papeles extraños está bien servido) y que sin embargo cumple con una solvencia inesperada, aunque tampoco esta película logrará demasiada repercusión. Se dedica a partir de entonces a realizar retransmisiones televisivas de óperas (La Traviata, Manon Lescaut, Cavalleria rusticana), y la caída definitiva en el cine se produce con la intrascendente Dove siete? Io sono qui (1993). El intento de recuperación con la película sobre el personaje highsmithiano de Ripley, con un John Malkovich correctísimo y una atmósfera opresiva e inquietante, no termina de funcionar, y es acogida fríamente, quizá de manera un tanto injusta. Después de eso sólo ha dirigido un telefilm para la RAI sobre De Gasperi, importante político italiano de la época de la preguerra mundial.
Actualmente prepara un proyecto sobre Albert Einstein que se encuentra en fase de pre-producción y cuyo estreno se prevé, en principio, para 2009.
Dra. Magda Díaz y Morales
Anexo
Recensione:
Il portiere di notte
Anno: 1974
Regista: Liliana Cavani;
Recensione: Mario Bucci
Il portiere di notte. Liliana Cavani. 1974. ITALIA.
Attori: Dirk Bogarde, Charlotte Rampling, Philippe Leroy, Isa Miranda, Gabriele Ferzetti
Durata: 114’
Vienna. 1957. Maximiliam Theo Altdorfer lavora come portiere in un albergo. Un giorno giunge una giovane coppia e lui e la donna sembrano riconoscersi. Lei, Lucia Arnheim Atherton, è la moglie di un direttore d’orchestra giunto nella capitale austriaca per tenere un concerto. I ricordi di Max e Lucia incominciano ad affiorare: lui era stato un gerarca nazista e lei una prigioniera in un campo di concentramento. In una stanza dello stesso albergo, l’avvocato Klaus discute con Hans sulla posizione di Max. egli è stato uno che durante la guerra si spacciava per medico per divertirsi con le vittime. Tra le sue mani nessuno si era salvato, tranne una sola persona. Quella stessa sera Max va nella stanza di Bert, un ex ballerino omosessuale, per fargli riproporre un balletto che l’uomo teneva davanti ai gerarchi nazisti. Il giorno dopo Max va a trovare Mario, un testimone all’epoca dei fatti, anche egli in fuga dalle ricerche della commissione di Norimberga. L’italiano gli dice che Klaus si è fatto precedentemente sentire per avere da lui informazioni circa il possibile teste che potrebbe incriminare Max ma che lui si è rifiutato di svelare. I due si danno appuntamento per andare a pesca la domenica successiva. Quella sera Max va a vedere lo spettacolo alla Scala e lui e Lucia si scambiano diversi sguardi, ricostruendo immagini della memoria e ricordandosi entrambi di quando lui la scelse nel campo di concentramento. La mattina dopo il marito parte per Francoforte e Lucia prenota lo stesso volo per due giorni più tardi. Max intanto uccide Mario a pesca. Lucia, quella sera, assiste alla riunione degli ex nazisti nella quale gli uomini, Kalus, Bert, Hans, inscenando un mea culpa, si liberano del senso di colpa liberandosi anche di prove effettive delle loro colpe. Klaus informa tutto il gruppo che il teste che Mario aveva individuato è una donna. Il giorno dopo, all’hotel, Max annulla la prenotazione di Lucia per Francoforte e va nella stanza di quella. L’aggredisce convinta che quella sia a Vienna per accusarlo ma dopo le prime percosse i due si ritrovano abbracciati per terra sul pavimento. Il giorno dopo i funerali di Mario, Lucia invia a suo marito un telegramma nel quale gli dice che lo raggiungerà direttamente a New York ed invece si trasferisce nell’appartamento di Max. Lì la coppia, attraverso abiti e situazioni intime, rievocano i morbosi fantasmi del loro passato. In hotel, Max confessa alla ricca Erika (anch’ella un’ex nazista) di aver ritrovato la sua bambina, Lucia, e di essere disposto a tutto purché non le venga fatto nulla. Le racconta di come da subito s’innamorò di lei tanto da far decapitare un ragazzo che ella trovava fastidioso. Max continua così a non voler collaborare con gli altri ex nazisti che vorrebbero trovare la ragazza per eliminarla. Mentre all’hotel sopraggiungono i primi poliziotti allarmati dal marito di Lucia che ne denuncia la scomparsa, uno degli uomini del gruppo prova a convincere Lucia a fare da teste contro Max, in modo da poter poi giustificare la necessità di ucciderla, ma la donna si rifiuta. Per starle ancora più vicino, Max si licenzia ed i due si barricano in casa. Il gruppo cerca con diversi espedienti di ferire la coppia, prima bloccandogli l’arrivo dei viveri, poi sparando con un cecchino e ferendo Max ad una mano, ed infine tagliando anche la corrente elettrica. Una sera, stremati dalla fame, debilitati, la coppia si veste, lui con la divisa nazista e lei con abiti infantili che usava all’epoca del loro primo incontro, ed esce di casa. Entrambi sono uccisi all’alba mentre passeggiano a fatica lungo un ponte.
Sesta pellicola di Liliana Cavani e grande scandalo del 1974 per la scelta di una coppia come quella di un nazista ed un’ebrea per raccontare il rapporto morboso e folle che s’istaura tra vittima e carnefice. La regista decise di scegliere questo soggetto dopo l’esperienza di una serie di documentari da lei girati per la Rai, nei quali aveva affrontato la difficoltà delle vittime della guerra di staccarsi dall’immagine dei lager. Scrisse la storia di questa coppia con l’aiuto di Italo Moscati. In questa relazione tra Max e Lucia, che la Cavani registra essenzialmente come un’attrazione sessuale, quindi morbosa, non mancano i riferimenti a quello che è stato il più grosso processo della storia, quello di Norimberga appunto, dove vittime e carnefici si trovarono a confronto sul tavolo della giustizia. Molto ambiguo il personaggio di Max, nazista sulla via della redenzione, comunque tratteggiato di orgoglio e misera spavalderia. La pellicola uscì prima in Francia e poi in Italia, passando liberamente nella prima e venendo bloccato immediatamente nella seconda. Le difficili scene di nudo sadomaso furono quasi tutte decurtate. Tantissimi i riferimenti all’omosessualità, agli eventuali effetti del cameratismo (dalla sequenza in cui una coppia ha un rapporto omo, di fronte ai reclusi di un campo di concentramento, fino alla scelta della stessa Charlotte Rampling, in questa pellicola come una gatta dalla personalità mascolina). Importante il montaggio di Franco Accardi, che anticipa l’incontro tra Lucia e Max proponendo frammenti di memoria di entrambi, ricostruendo così il passato per interpretare il presente. Duro e corretto l’attacco della regista ad una forma di revisionismo orgoglioso ed un lavaggio di coscienza che si basa sull’occultamento delle prove (il compito degli ex nazisti per inserirsi nuovamente nella società). Molto bella la fotografia di Alfio Contini che racconta una Vienna completamente assente (anche se oltre la metà della pellicola fu girata a Roma). Memorabile il balletto che si ispira alla leggenda biblica di Salomè, nel quale la Rampling danza senza veli tra i camerati. Tutte le musiche s’ispirano o sono tratte dal Flauto magico di W.A. Mozart. Dice Max dopo averla finalmente abbracciata “I fantasmi della memoria hanno preso forma. Come cacciarli? La sua voce, il suo corpo, è parte di me stesso”. Un’ammissione di responsabilità che si consuma però con la morte di entrambi. È l’incontro del melodramma con la Storia, un’operazione che precedentemente Luchino Visconti aveva realizzato con La caduta degli dei (1969) ed al quale la regista ha tentato un omaggio richiamando gli stessi Bogarde e Rampling (anche se in verità avrebbe preferito Mia Farrow per questo ruolo) che la regista definisce due dark ante litteram.
Notas
[1] Directora de cine italiana. Nacida en Carpi (Módena), estudió literatura y se diplomó en el Centro Experimental de Cinematografía. Más tarde trabajó para la televisión, donde destacaron algunos de sus documentales históricos, como Storia del Terzo Reich (Historia del Tercer Reich) o Le donne della Resistenza (Las mujeres de la Resistencia). En 1966 rodó su primer largometraje de ficción, Francesco d'Assisi, estrenado en 1972. En él, como en sus filmes posteriores, sean de tema histórico (Galileo, 1968, sobre la vida del científico italiano) o de actualidad (I cannibali, Los caníbales, 1969, una versión del mito de Antígona de Sófocles) se intentan analizar diversos problemas sociales. En las obras sucesivas se presentan otras cuestiones comprometidas, como el nazismo y la relación víctima-verdugo (Il portiere di notte, Portero de noche, 1974, con Dirk Bogarde y Charlotte Rampling), o la discusión sobre la moral y los sentimientos (Al di là del bene e del male, Más allá del bien y del mal, inspirada en la obra homónima de Friedrich Nietzsche). Liliana Cavani también ha dirigido diversas óperas y montajes teatrales.
[*]Doctora en literatura, Académica del Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana, Vicepresidenta de la Asociación Mexicana de Semiótica Visual y del Espacio (AMSVE).