¿Porqué Lacan introduce en 1975 el concepto de Synthome, qué aporta con ello?. Nos preguntamos en este artículo por las diferencias entre síntoma y sinthome y sus consecuencias clínicas.
Lacan, al final de su producción, perfila una vertiente del síntoma poco desarrollada hasta entonces. “Llamo síntoma a lo que viene de lo real”, dice en La Tercera1. Con esta afirmación parece apreciar que se ha exagerado le preeminencia del peso simbólico en el síntoma y aún de la pregnancia del registro imaginario en su configuración y su presentación.
Cuando resalta lo real del síntoma destaca que la vía del sentido, aún en el trabajo interpretativo del síntoma, recorriendo a la inversa las determinaciones significantes que llevaron a su constitución, tiene un límite y puede terminar en un callejón sin salida. Entonces, ¿qué hacer? Diríamos así, parafraseando a otro artífice de los hechos y el pensamiento del siglo XX, aunque en otras artes. “Lo mejor sería, y en ello deberíamos poner nuestro empeño, que reventara lo real del síntoma”, responde en el texto antes citado nuestro psicoanalista francés, en una forma que no habría desagradado al otro al que aludimos.
Lacan distingue en el síntoma su constitución y proliferación significante, expansión por la vía del significante, vertiente de la metáfora y del sentido2, que se expande y contamina, expandiendo el síntoma. Y por otro lado más tarde distingue lo que viene de lo real interrumpiendo el sentido, interrumpiendo la “dirección” ordenada por el discurso del amo. Ese segundo sentido del síntoma es “lo que hace cruz para que las cosas anden”, lo que interfiere, molesta, obstaculiza.
La vertiente simbólica del síntoma es su expansión significante, es operativa para el Amo, enlaza al saber y demanda un Otro (Ver: Artículo: Síntoma y Saber del N° 51 de Psyche Navegante). Operativa para el Amo dije, pero Lacan señala que en esto es el esclavo quien está en jauja, quien goza, gozando del saber.
Su vertiente real en cambio es el obstáculo para esta proliferación infinita del trabajo significante, tropiezo con lo real, o con su emergencia. Por eso en La Tercera encontramos que “el sentido del síntoma depende del porvenir de lo real”. Como al psicoanálisis se le pide que “nos libre de lo real y del síntoma” (página 85), si fuera posible que ese anhelo (similar al del mundo científico) se realizara, sólo podría esperarse lo peor de un regreso, o una primacía ya que nunca se fue, de la religión verdadera. Con lo cual yo agrego, dicho sea de paso, que ubicamos al psicoanálisis como una barrera (una de las últimas, junto a la histeria en la medida que esta sostiene la insatisfacción y denuncia la no relación) a la primacía absoluta del sentido y el establecimiento del fenómeno eclesiástico con su configuración en iglesia. Entonces como analistas desconfiamos del sentido único, de los fenómenos de masa (de los cuales la iglesia como el ejército son modelo) y podemos compartir con el joven Joyce el aborrecimiento de “La Bestia Trionfante”3, que triunfa en los más diversos planos y como el demonio –justamente llamado también La Bestia- su artilugio consiste en hacernos creer que no existe, engañándonos al hacernos suponer que no hay más iglesia si menos gente va a misa, cuando en realidad las misas de nuestro tiempo se celebran en otros altares4.
En esta línea de debilitar o fortalecer el sentido Lacan dice que si el psicoanálisis tiene éxito en eliminar el síntoma, vía la interpretación, entonces el psicoanálisis mismo se extinguiría y pasaría a ser un síntoma olvidado. Es taxativo, afirma que en esto “el psicoanálisis tiene que fracasar”.
Claro que cuando Lacan señala que ese fracaso es conveniente se refiere al fracaso de una ilusión que podría representarse en el objetivo del agotamiento simbólico del síntoma, el modelo del vaciamiento de la ciénaga según Freud. Sin el objetivo de cubrir completamente y sin falla lo real por lo simbólico, algo habrá que hacer con lo real incluyéndolo. Para incluir lo real en la estructura, no dejarlo por fuera de ella, Lacan se provee del nudo borromeo.
Él ya venía experimentando con el nudo, que articulaba varias cosas, los registros por ejemplo, o el juego de la mourra: piedra, papel o tijera, cada uno gana o pierde sin poder apostarse a una primacía.
Las intersecciones de los nudos articulan tres goces, uno de ellos es el sentido (los otros el goce fálico y el del Otro) y en el centro ese punto con el que todo goce se conecta, el “a” o plus-de-gozar. ¿Y el síntoma?. En este esquema en La Tercera lo vemos como consecuencia del barrido de lo real en lo simbólico5 y en ese texto se lo define como la anomalía efecto de la irrupción del goce fálico que al desplegarse despliega también la falta fundamental de la no-relación. La interpretación analítica, señala Lacan, recayendo sobre el significante, puede hacer retroceder el síntoma. Pero eso no impide que algo de este Saber nunca sea reducido, correspondiendo a lo Urverdrängt de Freud, lo inconsciente no interpretable.
Si el síntoma se completara con el saber del Otro al que se dirige6 y demanda, se agotaría. Pero ahí tampoco hay relación y eso no se completa. Ya cité en otra ocasión como se refiere a esta cuestión Rolando Karothy7 pero volveré a recordarlo. Dice que si el síntoma quedara referido al saber el tratamiento avanzaría en la deriva del deslizamiento que la estructura del significante promueve, hasta el punto en que aparece la resistencia y finalmente en la forma de la resistencia del súper-yo, que no es del orden del trabajo significante del deslizamiento y la metáfora, sino del goce. Ya no es sólo “eso quiere decir tal o cual cosa” sino también “eso quiere gozar”. Y concluye Karothy: “una de las paradojas mayores del psicoanálisis... su práctica consiste en hablar, según lo indica la regla fundamental, para arribar al silencio, silencio de la pulsión que indica el tope de la función significante... A partir de allí se abren los caminos para que el síntoma no sea el emblema de una enfermedad, un mal que hay que curar o disolver sino la apertura de la posibilidad para saber hacer algo con él”8.
Lacan diferencia esta vertiente del síntoma con la nominación Sinthome. En la primer clase de su seminario 23 dice: “Sinthome es una forma antigua de escribir lo que ulteriormente ha sido escrito como síntoma”. Pero la pronunciación en francés es la misma y no sabemos si diría sinthome o síntoma. De hecho parece utilizar de ahí en más sinthome abarcando todo el concepto de síntoma.
La articulación del sinthome con los nudos, el cuarto nudo, el artificio reparador de la falla en el anudamiento y su función nominadora que hace posible la distinción en lugar de la continuidad indiferenciada de los registros en el nudo, todos estos son temas que están incluidos en la cuestión del sinthome y deberán trabajarse, explorar y desarrollar. Pero en esta ocasión y como aproximación destaco el contrapunto entre síntoma /significante con sinthome /real.
En su libro “¿Cómo se llama James Joyce?”9 Roberto Harari ejemplifica esta cuestión ilustrándolo con la compulsión de lavarse las manos, diferenciando la irrupción del síntoma del empuje del sinthome. La compulsión sintomática de lavarse las manos se constituye de manera metafórica. Da como ejemplo que este síntoma sea una defensa contra la compulsión masturbatoria, pero al mismo tiempo da por resultado, a la manera de la transacción entre la defensa y el impulso reprimido, que una mano toca la otra con lo cual algo del roce y toqueteo del propio cuerpo se realiza. Esta metáfora no es una creación poética, pero sí incluye una demanda de desciframiento dirigida al Otro por la cual el neurótico “cree” en su síntoma porque sabe que algo quiere decir, aunque atribuye a otro ese saber, quien si develara ese desciframiento aliviaría su padecer, con lo cual no sólo “cree” en el síntoma, también y fundamentalmente cree en el Otro.
La fuerza irruptora y disrruptora del síntoma se expande, pero la vitalidad subjetiva decae. En el origen etimológico griego de síntoma Lacan destaca “lo que cae junto...”, lo que viene también de cortar en partes, en tomos. Junto al síntoma, que se desarrolla, y las defensas que se despliegan frente al impulso reprimido que éste expresa, el corazón deseante del sujeto de-cae.
En el caso del sinthome se verifica un empuje vital, pero no es del mismo orden que la compulsión y la irrupción del síntoma, además la relación con el Otro tampoco es la misma. Su empuje se verifica no por el orden de la metáfora sino del goce singular que no pasa por el saber del Otro ni se valida en él. Ese goce se hace imprescindible, resultando que es entonces totalmente “necesario”. No es mortificante ni fustiga como el fantasma, no exige el sometimiento al Otro y por ello resulta que no enlaza a un padecimiento que habría que debilitar.
En el ejemplo, tan clisé, de la compulsión masturbatoria que deriva en lavarse las manos podemos tener también la posibilidad que se resuelva no como síntoma sino como angustia, cuando el síntoma no termina de establecerse o flaquea, o como inhibición. Disculpen otro clisé, el pianista que no puede tocar en público, inhibición por el impulso sexual implicado. Último recurso defensivo que al intentar ocultar evidencia la satisfacción del impulso incluido en tocar el piano, impulso que sería escandaloso si se expusiera en público. El sinthome en cambio expone escandalosamente su goce, que por otra parte no está destinado al publico, a los otros ni al Otro. Pero si al ejercitarlo se lo expone eso no exige una formula de transacción expiatoria de alguna culpa de manera sintomática. Este otro pianista simplemente no podría dejar de tocar, porque en eso le va la vida, o su ser... sinthombre.
La responsabilidad es distinta. En el primer caso, responsabilidad por la sexualidad infantil satisfecha metafóricamente en el síntoma. Más que la responsabilidad pesa ahí la culpa y la vergüenza. En el segundo caso en cambio es responsabilidad por su invención, el saber hacer (ahí-con) en el que juega su ser.
Como señala Harari, después de recordar en síntoma su etimología griega “lo que cae todo junto”. “No ocurre así con el sinthombre, que ni cae ni es junto. La condición contextual, metafórica, en definitiva integradora del síntoma, se contrapone al rango del sinthombre. Es lo contrario; Lacan dará cuenta así de su condición extraterritorial”10. En el síntoma también reconocemos una extraterritorialidad por la impresión de ajeno incrustado dolorosamente en nuestro ser que le atribuimos, al mismo tiempo que intuimos que eso ajeno es bien nuestro por su enlace con nuestros anhelos ocultos. Pero esta extraterritorialidad de la que habla en la cita anterior Harari creo que tiene un matiz distinto, es externa a lo que del síntoma hace lazo enlazando al supuesto saber del Otro y a la comunidad de las identificaciones con los otros a los cuales mi síntoma me dirige o de los cuales me aísla. Al mismo tiempo es lo más íntimo, pero singular, intransferible (por eso el sinthombre no hace transferencia y creo que es por eso por lo cual Lacan dice de Joyce que no entraría en un análisis o en todo caso que nada hubiera ganado de un análisis que sólo lo hubiera engatusado) y que sólo a cada sujeto en cuestión puede interesarle.
Esto último nos conduce, vía esa extraterritorialidad del sinthome -diferente a la del síntoma-, a la cuestión de cierta forma de “exilio” del sinthombrizado. Exilio respecto al Otro, de las formas más consensuadas del “horizonte imaginario” y del Discurso Amo. Porque en definitiva, como vimos, el sinthombre es ni más ni menos que un sin-vergüenza.
[*]Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires - Psicoanalista. Docente en la cátedra Teoría Psicoanalítica, Universidad Nacional de La Plata (ciudad de La Plata, Buenos Aires. Argentina). Director de Redacción de la publicación "Texturas en Psicoanálisis" (Buenos Aires, Argentina).