“La belleza, la belleza de verdad, termina donde empieza la expresión intelectual Oscar Wilde”.
Goce y saber
La cultura abarca entre otras cosas,las costumbres y formas de vida de un grupo social, perteneciente a una determinada época y lugar, incluyendo además sus conocimientos generales, como asimismo el nivel científico, industrial y artístico alcanzado por sus miembros.
Luego de esta breve y genérica definición de cultura, vamos a formular una hipótesis, que de ahora en más va a guiar nuestras reflexiones, dicha suposición previa nos indica que: la “cultura general”, al ubicarse al servicio de los medios masivos de comunicación, como modo privilegiado de nutrir la hipertrofia mediática, se transforma en “vorágine cultural”, incrementando el malestar de la población afectada.
El “saber” que la gente posee sobre la cultura general, –ahora, más que nunca–, constituye un conocimiento ideologizado, encubridor de un “mandamiento” cultural, que exige gozar. Esta dinámica servil al consumismo, genera un exponencial crecimiento de la demanda, y un frenético y formidable negocio para la industria cultural.
En la sexualidad tenemos un claro ejemplo de cómo el placer y el saber pueden estar independizados, debido a que las vivencias sexuales son subjetivas; no hay recetas, cada uno puede aprender, prácticamente solo a partir de su propia, y a la vez, compartida experiencia con su/s pareja/s, e inevitablemente en su contexto pulsional. Un sexólogo no va a gozarmás del sexo que el común de los mortales, solo debido a su formación teórica.
Foucault en su “Historia de la sexualidad” aclara que, a diferencia de lo que ocurrió en Oriente, en Occidente se desarrollaron conocimientos sobre la sexualidad, que menoscabaron un saber hacer con el cuerpo. Afirma que, en esta cultura, lo sexual se manifiesta –entre otras formas– mediante un “erotismo discursivo generalizado”.
Si en el máximo placer accesible al ser humano, se puede apreciar claramente que no existe la necesidad de expandir el conocimiento formal para disfrutar más, solo bastaría con el conocimiento intuitivo de la propia práctica, del saber hacer corporal; no parece ocurrir lo mismo en otros rubros, como por ejemplo, con la gastronomía o con la música. En estos, y en muchos otros, existe todo un culto comercial, como si los consumidores fuesen a disfrutar más por la información objetiva que cada uno ostentara sobre dichos ítems. En estos casos, generalmente el goce proviene –más que de la aplicación práctica de la información–, del hecho mismo de “ostentar el saber”, acatando y representando en ese acto, la voz del Gran Otro cultural, que así lo dispuso.
En tal caso, el sujeto humano, como vocero de dicha voz, experimenta un gozoso poder. El saber y la información se conjugan en los sujetos actuales en pos de ese anhelo. No solo por la posesión de bienes materiales se compite, sino también por el saber, pero por el que la cultura consumista jerarquiza y exhibe.
Seguramente, que lo hay en juego en mucha gente, esuna especie de necesidad compulsiva de consumir conocimientos, que permitirían apreciar ciertos sabores; tal vez, dicha percepción consensuada culturalmente, vendrían a ser algo así como el condimento del consumismo. En el caso concreto del condimento de las comidas, sabemos que hasta cierto punto es razonable, y que más allá de ese punto comienza a ser dañino, además de superfluo. Veamos, si alguien acostumbra a su paladar a ingerir alimentos livianos o no tan saborizados, al poco tiempo encontrará un placer similar al que sentía cuando necesitaba saborearlos excesivamente, dado que por haberse acostumbrado al abuso de esas sustancias, no podía prescindir de ellas, para no sentir desabridas sus ingestas.
Existiría también un “condimento metafórico” excesivo yperjudicial en la cultura consumista actual, que empuja a un hedonismo sin límites, imponiendo el deber de gozar.
Pero como estamos inmersos en la cultura y la misma habita en cada uno de nosotros, es que se produce el fenómeno del eclipsamiento subjetivo; y es precisamente por esta razón que a los afectados difícilmente se les cruce por la cabeza algún vestigio de pensamiento contrario. Y es así entonces, como una decidida y arrolladora fuerza cultural, puede barrer con casi todo vestigio opositor y tener vía libre para una triunfal consolidación en la población, reduciendo a su mínima expresión todo lo pertinente a la originalidad de la esfera individual.
Paquetitos de saberes
Existen en toda cultura, metafóricamente hablando, paquetitos de saberes valorados y consensuados culturalmente. Son los que prevalecen en el intercambio simbólico entre sus miembros. Esas ínfimas partes de la totalidad del conocimiento, al combinarse de múltiples maneras, y al difundirse mediática masiva y constantemente en la población, producen una hiper-realidad, algo así como un delirio colectivo de gran propagación; todo esto, sumado a la no difusión masiva del infinito resto del saber, incluso el del vasto mundo interno del sujeto humano –es decir, del que “conviene no enterarse” para no aplacar ni perturbar la servil dinámica frívolo-consumista–, generaría la ilusión de totalidad, de completud imaginaria entre los integrantes de las diversas culturas, que hoy más que nunca, constituyen al mismo tiempo, una gran, actual y homogénea cultura globalizada.
De esta manera se nos genera la sensación de que sabemos mucho, dado que sin conciencia excluimos la inmensa mayoría del saber que “no hay que saber”; en realidad es poquito lo que sabemos, y sabemos preferentemente lo que “hay que saber”, que son justamente los paquetitos de saberes consensuados culturalmente, que constantemente intercambiamos en los diferentes grupos que interactuamos, y que por supuesto, son además, los que tienen facilitada la difusión mediática masiva, especialmente televisiva.
Más allá de los mandatos sociales, lo más importante para conocer, es lo significativo para cada sujeto. No son los datos estancos e impuestos mediáticamente los que nos van a enriquecer la vida interna, sino los generados por nosotros mismos, al integrar de modo creativo, ingenioso, significativo o sabio lo dado (explícito), con lo latente (implícito o potencial), desplegando de esa manera la capacidad ociosa de nuestra fábrica interna, que casi todos poseemos, aunque sonpocos los que están dispuestos a ponerla en funcionamiento. No se trata, por lo tanto, de la “cantidad”, sino de la “calidad”, o en todo caso, de la “cualidad significativa” de los potenciales conocimientos en danza, que articulados con otros de similar característica, generan y jerarquizan la realidad, realidad relativa al sujeto que la elabora, independiente de la supuesta armonía u oposición con la realidad oficial.
Estar informado, parece ser otra de las obsesiones de estos tiempos, ¿de qué y para qué? El culto a la información, es esencialmente un culto que promueve el Amo.
“…el discurso del Amo es una cierta forma de coartada (…) mientras uno se ocupa de eso, no se ocupa de otra cosa…” –dijo Lacán–.[1]
De acuerdo a ciertas encuestas, los argentinos ven en promedio unas 4 o 5 hs. de TV por día. Ese tiempo es equivalente (también en promedio) al que muchos estudiantes universitarios le dedican diariamente a su instrucción, si prorratearamos en los 365 días del año, la totalidad del tiempo anual empleado en clases y estudio. Por ende, con similar cantidad de tiempo, aunque con mucho menos esfuerzo –dado que para ser un buen teleespectador es suficiente con mantener los ojos medianamente abiertos–, un televidente podría consumar un título universitario cada 5 o 6 años. En 40 años podría obtener el equivalente a 8 profesiones. Si bien es cierto que un telespectador no obtendrá todos esos títulos, pero nadie puede negar que con tantas horas consagradas a la televisión, muchos de ellos, no pretendan ser una especie de “licenciado en cultura general” –u otras yerbas–, y estarían en todo su derecho, ya que las horas de TV las tienen. Tal vez la industria cultural tendría que evaluar mejor la cuestión de la homologación de los “buenos televidentes”.
Los que no saben que hacer en esta vida, que no son pocos, en esta “era del vacío”, tienen suerte, dado que hay mucha gente que piensa en ellos; hay muchas industrias que se preocupan por ellos: la industria cultural, la turística, la del entretenimiento, la mediática, y muchas más.
Cada vez con más asiduidad, se hallan fuera del individuo sus aspectos y funciones, dado que muchas de ellas, tales como la fantasía, o la capacidad de calcular, obuscarinformación,puedenser sustituidas por los medios tecnológicos (TV, calculadora, computadora, Internet, realidad virtual), que cumplirían más eficazmente dichas funciones.
El hombre occidental está perdiéndose en sus tentáculos mediáticos, no pudiendo encontrarse a sí mismo. Está amalgamado con sus medios tecnológicos. Estos ocupan el lugar del Gran Otro que condiciona al sujeto.
Si consideramos los medios como prolongaciones de facultades humanas. La TV es un ejemplo de tal caso. La misma constituye una extensión de nuestra vista. Podríamos formular entonces, el siguiente interrogante: ¿Quién dirige “nuestra” mirada? Hoy, como nunca, nuestras extensiones, es decir nuestras facultades, pasaron a ser comandadas por otros.
ESQUEMA: Convergencias culturales, subculturales y realidad subjetiva
Ilusión de autenticidad
Si utilizásemos una hipotética escala motivacional de 1 a 10 puntos para evaluar los distintos proyectos, metas o anhelos de la gente, se nos haría claro –en las personas que compondrían la muestra– que a mayor puntaje, mayor probabilidad de vencer obstáculos, hasta que en las máximas marcas, visualizaríamos como la cosa se convertiría en vital para el individuo en cuestión, o sea: en un objetivo supremo no negociable, en una vocación u obsesión, o en metas idealizadas que inexorablemente deben ser cumplidas.
Por otro lado, la astronómica cantidad de ofertas y propuestas que procuran cautivar al hombre en esta era de dispersión subjetiva, tienen como efecto paralelo, fragmentar y degradar la intensidad de su deseo. Además, al abarcar más disminuye la profundidad de su mirada, trivializándose. Entonces, los deseos light resultantes, de bajo puntaje motivacional, son bastantes predecibles, debido a que la racionalidad esbozada para cada uno de ellos por la maquinaria publicitaria del megamercado globalizado, se impone de manera solapada pero firme y masiva en la debilitada subjetividad de la época. Esto da lugar al hombre Light de Enrique Rojas, o a los neozombies de Naomí Klein. Dos maneras de nombrar a ese real.
Según el diccionario: el precio es el “valor pecuniario” en que se estima una cosa; o paralelamente, el esfuerzo, pérdida o sufrimiento que se padece por algo valorado. Y el valor, es la cualidad de una persona o cosa; como asimismo, la cualidad del alma que mueve a acometer grandes empresas o, a enfrentar sin miedo los peligros. Aquí se puede clarificar la relación existente entre la falta de cualidades mentales o virtudes (valores), y el precio; que viniendo desde afuera, procura ocupar el lugar interno, dejado vacante por parte del sujeto. Un “elevado precio”, traducido a términos mentales, es comparable (en cuanto al empuje a la acción que genera en el individuo) a la tenencia de un “valor psicológico rector”, o un ideal, para su poseedor.
No hay que confundir masividad o fuerza cultural, con naturaleza humana, dado que – justamente–, es inherente a dicha naturaleza, la inabarcable gama de opciones subjetivas, ya sean potenciales o reales, es decir, la fantástica cantidad de respuestas singulares posibles, hoy tergiversadas, y/o estandarizadas por el arrollador discurso del megamercado global.
Los grandes operadores de la industria cultural están atentos a las tendencias para orientar los consumos en esa dirección. Además, se da una paradoja ideológica, dado que esta variante del discurso comercial capitalista solicita consumidores activos, auténticos, “sé vos mismo” le proponen a los involucrados, aunque para estos es solo “ilusión de autenticidad”, dado que la misma ha sido digitada previamente por los publicitarios. El sujeto actual devendría un instrumento de goce al servicio de las insaciables demandas del Superyo cultural.
En la globalización neoliberal, tienden a desaparecer de la realidad visible los aspectos y matices de la subjetividad humana, los que reaparecerían en forma sintomática. En este régimen se alentaría implícitamente una uniformización en lo esencial (pensamiento único, fin de las ideologías, el dinero como valor supremo), para relajar al máximo el terreno de las apariencias, es decir, fomentar algo así como una “aparente libertad” (modas estrafalarias, conductas y costumbres –solitarias o grupales– excéntricas, etc.). Pero los síntomas, que se constituyen en base a esa realidad no visible, y son cada vez más intrincados, especialmente en el área de la salud –en este caso, en consonancia con lo abarcador y, la creciente complejidad del conocimiento científico–, marcan nuevamente la diferencia. Aunque el arsenal médico que los espera promueva otra vez la unificación.
Es decir, la eliminación absoluta del deseo no sería negocio, pero el mismo como constante fuente de energía “singular” tampoco, dado que de este modo ofrecería resistencia alo que viniendo de afuera, pretendiese ocupar su lugar. La solución pasaría por jerarquizar la producción de restos nimios del deseo profundo, mediante las insatisfacciones que el sujeto experimenta al contrastar su búsqueda ilusoria de objetos ideales que satisfagan su anhelo con la frustración concomitante, emanada del hecho de constatar inconscientemente la no correspondencia estructural de lo buscado con lo hallado. Los restos surgidos a raíz de la insatisfacción del deseo se corresponden con la fragmentación y dispersión subjetiva postmoderna. Estos restos elevados de categoría y más o menos desconectados de su soporte degradado: el deseo inconsciente, pueden alentar los planes neoliberales.
Entonces, en las condiciones descriptas, se obtienen sujetos sin la suficiente estructura mental que haga de barrera o contención a las demandas del omnipresente mercado neoliberal. Seguramente, toda una estrategia ideológica.
Resumiendo, en las cosas en que uno no posee grandes convicciones, firmes valores, altos idealeso mucha pasión, prevalecen las expectativas, los mandamientos, o el sentido común que el ideario social nos tiene reservado. En cambio, frente a enérgicas convicciones o anhelos personales, prevalece lo propio.
Poder y medios
¿Qué es el poder? Parafraseando a Foucault lo podemos definir como un componentede una relación que incluye su opuesto, la resistencia. No consiste en una inhibición o una prohibición como habitualmente se piensa. Todo lo contrario, delimita campos de acción, produce verdades, edifica saberes con sus respectivas tecnologías de aplicación. En suma, pretende modelar a las personas y crear la realidad que los sujeta.
Los promotores del ruido, del entretenimiento compulsivo y del goce constante, son algunos de los socios principales de la industria cultural. En consonancia, la teleplatea –con su pensamiento crítico alicaído–, presta no sin complicidad, sus dóciles cerebros, para que dicha industria vierta allí todo lo que se “debe saber”, consolidando de esa manera su fantástico negocio.
Por otra parte, la cultura de la superficialidad se ha vuelto dominante en los ambientes televisivos, muchos de sus protagonistas, se mimetizan rápidamente con el éxito fácil y la frivolidad imperante, envileciendo sus trabajos en pos de esos irrenunciables objetivos.
Los estereotipos, que son imágenes o ideas aceptadas comúnmente por un grupo o sociedad, con carácter inmutable, constituyen al mismo tiempo una poderosa arma, para los inquisidores mediáticos del pensamiento, quienes los pueden inventar sistemáticamente en función de sus intereses. De hecho que la TV, la publicidad, el cine y los nuevos medios operan produciendo constantemente estereotipos; al punto que en la sociedad de la información, tanto sea en el marco de la cultura global, como en el más específico de nuestro propio país o región, vivimos inmersos en una jungla de estereotipos.
El héroe del deporte, o la estrella del espectáculo, cumplen solapadamente con la función de subyugar a las masas.
Las grandes ciudades de Europa (y muchas otras también) se vacían, se convierten en un espectáculo para visitar, se transforman en “ciudades espectáculos”, como efecto de la intervención de la industria turística.
Se requiere un pensamiento crítico y selectivo para no sucumbir a la vorágine cultural mediática, o en todo caso, mayores controles estatales para regularla, entre otras acciones tendientes a mejorar las condiciones de vida de la población. De lo contrario, es legítimo plantearnos, si la libertad de expresión, ¿no devendría perversamente, una “libre presión”?
El hombre hiperactivo
Al embarazo, las mujeres primerizas, suelen vivirlo con más ansiedad, ésta se transmite al feto y posteriormente al niño. Por consiguiente, los hijos de primerizas serían más hiperactivos por una cuestión biológica, por una mayor excitabilidad de sus sistemas nerviosos. Aunque, como dijimos, la base ansiógena de sus madres podía ser y seguramente lo era, de carácter emocional.
Lo grave de ésto no está en el hecho biológico, ya que siempre fue así, sino en la potenciación que sufre esta posibilidad, al elevarse el umbral de ansiedad de hombres y mujeres, debido a las condiciones de vida actuales y a la cultura de las imágenes ideales. Ya que de este modo, nos ubicaríamos frente a una cuestión evolutiva pero negativa. Un nuevo peldaño en la evolución. El hombre hiperactivo ya no sería sólo el producto de la sobreestimulación cotidiana, sino cada vez con más frecuencia, el resultado biogenético del género humana, que incorporaría gradualmente en sus genes esa característica.
La sensación popularmente conocida por casi todos, de tener una palabra en la punta de la lengua y no poder expresarla, es una sensación molesta y un buen ejemplo de cómo una energía psíquica que todavía no ha podido ser canalizada o vehiculizada por la palabra, puede convertirse en algo perturbador, o una cosa sin nombre; no es la palabra que no sale, es energía psíquica que no puede procesarse. Mientras esto ocurre nos sentimos mal, estamos incómodos, nos parece que hasta que no encontremos la palabra, no vamos a poder tranquilizarnos, y para colmo, no cualquier palabra, sino: “la palabra”, la correcta, la adecuada, la única capaz de llevarse toda esa desagradable energía; ni siquiera un sinónimo puede lograr la plenitud expresiva.
Dada la hiperestimulación actual, podríamos pensar en la tremenda generación de energía psíquica que tiene lugar en los sujetos afectados y, en cómo esa energía se expresa en diversos síntomas delatores, como ser: compulsión consumista u otras; enfermedades, accidentes, competitividad, sobre adaptación, etc.
La hiperactividad se canaliza tanto en conductas verbales como no verbales. La proliferación de locutorios y la masificación de la telefonía celular, son algunos de los signos de un nuevo fenómeno vinculado “al afán de comunicarse” por parte de los individuos. Dicho afán, constituye un emblema de la postmodernidad,con la energía no verbalizada como el motor principal de ese proceso; esas ansias por comunicarse, tendrían como finalidad, justamente, poder descargar parte de la ansiedad generada mediante la consabida hiperestimulación de los deseos y necesidades, a esa interesante vía.
Entonces, nos encontramos frente a un nuevo y original síntoma: una especie de “incontinencia verbal”, que halla en las posibilidades técnicas (telefonía, Internet) un soporte para magnificarse. Obteniéndose de ese modo, hombres hipercomunicados de lo superfluo y subcomunicados de lo esencial.
Dicen que la música calma a las bestias; entonces, la parafernalia musical de nuestro tiempo, ¿tendrá relación con la insaciable bestia que llevamos adentro, azuzadapor la actual vorágine cultural? (hiper-competitividad, consumismo, incertidumbre, crisis de valores, etc.).
Tecnología y patología
El reducido valor de los logros personales en oposición a las idealizaciones publicitarias, la sobre oferta de opciones en relación a las posibilidades concretas de elección, la aceleración informática y la sobreestimulación general, configuran un marco ansiógeno en el que el tiempo –la sensación de su transcurso– se trastoca, incrementándose. El individuo precipitándose al fin de su vida y a la opacidad de su proyecto, se angustia, entra en pánico e intenta resolver el conflicto con más de lo mismo: más velocidad, más actividad, más competencia; procura de ese modo compensar con cantidad el déficit en calidad.
Por otra parte, el ruido, el bullicio, la comunicación hacen masa, generan comunidad, homogeneizan; en cambio, el silencio distingue, individualiza. En el ruido se piensa poco, se actúa conforme a lo que se siente; en contraposición, en el silencio se puede pensar más y por contraste surge la singularidad y la diferencia, con la saludable posibilidad de canalizar y expresar con producciones mentales o creatividad lo que, de no existir esta alternativa, se podría manifestar, por ejemplo, en: patologías psíquicas u orgánicas.
En términos económicos, el traumatismo psíquico se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo, en relación con la tolerancia del individuo, de su capacidad para controlar y elaborar psíquicamente dicha sobreexcitación. Hay una hiperestimulación que no alcanza a ser procesada, produciendo diversos síntomas y ansiedad. En tal caso, el exceso de datos y/o la falta de criterios para clasificarlos es también fuente de ansiedad y stress.
Debido a la lógica de la TV con su fragmentación, descontextualización y dispersión; y debido asimismo, al crecimiento geométrico de la información y a la relativización de la verdad, se acrecienta el malentendido en la comunicación humana. Además, las variables descriptas nos conducen, paradójica e irónicamente, a una especie de sociedad del desconocimiento, del desconocimiento de lo esencial.
No es en la posibilidad de elección donde se pone en práctica la libertad, sino, en la capacidad de darse cuenta del “para qué” y del “por qué” de cada elección. La elección “sola”, es “ilusión” de libertad. La sociedad de la información, tal como la conocemos, al parecer, es esencialmente incompatible con la transmisión masiva entre sus integrantes, de los criterios de selectividad y relevancia necesarios, para que puedan enfrentar la avalancha informativa, y la gran incitación visual y auditiva padecidas.
El ser humano, de una vez por todas tendría que hacerse cargo de su destino, no permitiendo que se le escurra entre sus manos; perdiéndose y asfixiándose insignificantemente en una expansiva y amenazante ola tecno-informática idolatrizada.
[1] J. Lacán.Seminario 18. “De un discurso que no sería de apariencia”. Clase 1. 13 de enero de 1971.
[*] Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. E-mail: jab53@arnet.com.ar