Vivimos una época signada por el “vértigo, la velocidad y el apuro”. Constantemente surgen adolescentes y jóvenes que orillan y desafían al peligro, buscando esos límites internos que los contengan y que no poseen. Se inmiscuyen en un vértigo real producto de la velocidad o la altura, o un vértigo imaginario obtenido a través de drogas, en un intento inconsciente, desesperado e ilusorio de conseguir esas fronteras mentales, esos límites de los que carecen y a los que sienten como tan necesarios.
Los límites son estructurantes, lo hacen sentir a uno contenido, protegido, lo aíslan de los peligros; son como frenos mentales que se accionan automáticamente y le evitan al sujeto riesgos gratuitos e innecesarios.
La instauración de “la ley” con sus consecuentes límites mentales, está relacionada con la función paterna, con el rol del padre. Cuando hablo de la ley me refiero “exclusivamente a la ley mental”, ley simbólica; a esa ley que es capaz de contener, tranquilizar, ordenar, señalar, determinar, “delimitar” los comportamientos y conductas humanas. Esa ley es producto de una legislación muy especial, una legislación simbólica que se da “generalmente” en el vínculo del padre con su hijo, y fundamentalmente en “elaspecto prohibidor y corrector” del rol paterno. Es precisamente en este punto donde podemos encontrar una apreciable relación entre “la conducta alocada y vehemente” de muchos jóvenes y “el déficit en el mencionado aspecto paterno”.
Para evitar la angustia que genera esta falta de contención, esta ausencia de límites internos, muchos adolescentes y jóvenes los buscan inconscientemente en la realidad exterior;en esa frenética búsqueda “chocan” muchas veces con los límites que la realidad impone: la policía, las enfermedades y especialmente “los accidentes”, que desgraciadamente, en ocasiones suelen ser irreparables.
Los caminos de la expresividad
En la cultura medieval, el caballo –para su poseedor– era un indicador de virilidad. Esa representación recae hoy día sobre el automóvil. Estamos inmersos en una cultura global que se deja seducir por los productos de su tecnología, que parece privilegiar entre esos fetiches eróticos al automóvil, como su mejor exponente, y quelo identifica claramente con la masculinidad.
Si parafraseamos a Marshall McLuhan, y consideramos los medios como prolongaciones de facultades, potencialidades o deseos humanos. Tal vez encontremos, que la obsesión por la aerodinámica y el confort que conduce a líneas cada vez más redondeadas y depuradas, sea en parte una racionalización encubridora, dado que, dichas líneas servirían tanto para el ahorro de combustible o el confort, como para evocar otras líneas, otras curvas, otras siluetas. Es entonces, en estos términos fálicos, que la posesión de un nuevo modelo de automóvil sería el equivalente sublimado de alguna otra posesión.
Las palabras que comienzan con “auto”, están tradicionalmente vinculadas a la autonomía del ser humano. El auto-móvil –para muchos– es el único ámbito donde pueden gobernar y decidir; además, en él se pueden sentir y expresar determinadas emociones, como ser: libertad, ira, euforia, vértigo, etc. Lo que agrava aún más la cosa, es el narcisismo expandido y la frenética búsqueda de sensaciones que caracteriza a la cultura actual.Sabemos que gran parte de los accidentes son consecuencia del alcoholismo.
En el caso de los adolescentes, muchos de ellos,al comenzar a conducir sienten que este hecho les otorga un poder desconocido hasta el presente. Experimentan una sobrestimación de la propia capacidad y un reducido control de sus impulsos. Por todo esto es que sufren una peligrosa inclinación a los excesos en general, y al exceso de velocidad en particular.
Complementariamente, los estudiosos mencionan como la causa psicológica principal de los accidentes, a una “crisis de cambio” inconsciente, vinculada a los cambios concretos que el sujeto está enfrentando o por enfrentar: matrimonio, divorcio, pérdidas, nuevo trabajo, final de estudios o de etapas vitales, u otros. Si se escuchan los relatos de los accidentados, se descubren ciertas relaciones para nada casuales, entre las circunstancias vitales del accidentado, y su percance. El individuo que está inmerso en un “conflicto interno”, sin la posibilidad de poder expresarlo a través de la palabra, puede encontrar en los peligros cotidianos, “la ocasión” para actuarlo simbólicamente, (al conflicto), en forma de un accidente. Es decir, que la “colisión” o el accidente, podría no ser otra cosa que la expresión de la “colisión interna”, entre los aspectos conflictivos del sujeto, que hallarían en esa peligrosa circunstancia (interna y externa), una manera de expresar y descargar las emociones implicadas. Las personas que por constitución poseen esa trágica tendencia, cuando se encuentran viviendo algún tipo de conflicto o presión psicológica, podrían acercarse peligrosa e inconscientemente a los escenarios de la fatalidad, mediante las conductas de riesgo. Pero cuando un individuo comienza a ver todo lo que hay de él, involucrado en la mala o buena suerte, se sitúa en excelentes condiciones para modificar lo que creía inmodificable. En la medida en que haya más conciencia de lo que sucede a nivel mental, los caminos de la expresividad, estarán más relacionados con la palabra y las conductas conscientes, y menos con lo siniestro.
Simbiosis máquina-sujeto
“El año pasado en la Argentina, según cifras oficiales, los accidentes de tránsito produjeron 28 muertos y 85 heridos graves por día.” Según otros estudios, del total de los accidentes, solo el 15% corresponden a fallas mecánicas, atribuyéndose el 85% restante a errores humanos. En determinadas rutas, la mitad de las víctimas, suelen ser adolescentes y jóvenes, dados los factores de riesgo adicionales que sufren, como la falta de experiencia al volante, más la ingesta de alcohol y drogas, especialmente los fines de semana.
Un párrafo aparte merece el asunto de la competitividad laboral, ya que también es causal de accidentes, por ejemplo, es vox populi, el mal dormir y el cansancio que muchos choferes de camiones y ómnibus experimentan, debido a las exigencias horarias a que son sometidos por las empresas.
Desde edades muy tempranas, con los varones, la cultura practica una socialización para el automóvil, se les regala autitos de juguete, condicionándolos para ser conductores; en cambio, a las niñas, aún hoy día, se les regala muñecas, se las prepara para ser madres. Al mismo tiempo, a ellos se los alista más para la agresividad, y a ellas más para la tristeza. No es casual que éstas, conduciendo, sean bastante más prudentes que los varones.
Desde una perspectiva, el automóvil, como todo medio, se le presenta al sujeto como una oportunidad de expresar o amplificar sus sentimientos,capacidades o potencialidades, con el peligro que este hecho conlleva. El vehículo, sería algo así como una caja de resonancia de la subjetividad de su conductor, y a la vez, su antifaz. En fin, poder, respeto, agilidad, destreza, agresividad, desafío, miedo son algunas de las peculiaridades que la simbiosis máquina-sujeto expresaría sobre el asfalto.
¿Accidentes o accidentados?
Según recientes experimentos científicos, el cerebro de un individuo, se da cuenta de muchísimas más cosas de lo que la conciencia del mismo le muestra o le sugiere instantáneamente. Con posterioridad, dirige la atención de esa persona sobre las cuestiones vinculadas a su interés y/o expectativas.
Sin embargo, en ocasiones, y debido a conflictos intra-psíquicos o bloqueos afectivos, el cerebro de nuestro hombre, en forma relativamente autónoma, podría sustraerle de la percepción, elementos fundamentales, y de ese modo acarrearle al afectado algún tipo de percance.
En otras palabras. El registro mental inconsciente es muy vasto, pero lo percibido por la conciencia, es forzosamente mucho más acotado, y mucho menos azaroso de lo que con frecuencia se cree.
La mirada, la escucha, como así también otros sentidos, pueden ser orientados en función de lo que “el cerebro dictamine”, o, en función de una lógica mental que permanece oculta, velada, para el sujeto siniestrado. Podría calificarse como un auto-sabotaje, pero inconsciente, por ende, sin intencionalidad ni responsabilidad por parte de la persona.
Habría que ver al momento del accidente, por que vericuetos mentales deambula esa especie de intencionalidad inconsciente descripta; y que nosotros los psicoanalistas denominamos: “sujeto del inconsciente”. Una especie de “otro yo” en la persona, pero con deseo, intencionalidad, y autonomía inconscientes; que desde las profundidades psíquicas determina y/o condiciona la conducta del afectado, y que en ocasiones –por ejemplo– no alerta ni acude en ayuda de ese cuerpo, que se encuentra “ciego y sordo” en el instante previo al percance.
A veces, en los accidentes, sus protagonistas han puesto en escena –en ese acto– una identificación, o una forma de ser frente a la vida; una forma desaprensiva, incluso ante al peligro de muerte; una modalidad “inconsciente” de marchar por el mundo. Escomo algo latente y que permanece al margen de lo que el individuo sabe sobre sí mismo, y que lo condiciona, más allá de las excusas, justificaciones o racionalizaciones con las que cuente.
En la aeronáutica, por ejemplo, se corroboró quelo que denominamos “error humano” es parte indivisible de la conducta humana, y además tiene sentido para el afectado, aunque inconsciente. Freud, nos dice al respecto: “las operaciones fallidas (…) son resultado de la interferencia de dos intenciones diversas, de las que una puede llamarse la perturbada, y la otra, la perturbadora.”
Por lo tanto, un gran porcentaje de los errores del piloto en vuelo, son psicológicos, y están relacionados con los rasgos de su personalidad, con sus habilidades para enfrentarse a las situaciones de peligro, maniobrando adecuadamente la aeronave, y también con su capacidad para adaptarse al medio aeronáutico. Conforme a estos argumentos, la psicología de la aviación, instauró ciertos requerimientos en el perfil psicológico de los aspirantes a esta profesión. De tal modo, se reduce la probabilidad de que se desarrolle la “cadena de eventos” que culmina en un accidente de aviación. El diseño de la tecnología es otra excelente oportunidad para prevenir las graves consecuencias del “factor humano”.
La educación eclipsada
La cultura abarca entre otras cosas,las costumbres y formas de vida de un grupo social, perteneciente a una determinada época y lugar, incluyendo además sus conocimientos generales, como asimismo el nivel científico, industrial y artístico alcanzado por sus miembros.
Sigmund Freud, en uno de sus ensayos, titulado: “El malestar en la cultura” nos dice: “La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes (…) Los hay quizás de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas.”
Según Freud hay un “malestar y frustración implícito” en toda cultura, ya que ésta, no es otra cosa que “el modo en que se le impone” la vida al ser humano. En esta imposición perjudicial, aunque necesaria, (la cultura) es donde habría que, primero distinguir, para luego poder quitar o disminuir lo perjudicial “evitable”.
La “cultura”, al ubicarse al servicio de los medios masivos de comunicación, como modo privilegiado de nutrir la hipertrofia mediática, se transforma en “vorágine cultural”, incrementando el malestar de la población afectada.
Estar informado, parece ser una de las obsesiones de estos tiempos, ¿de qué, y para qué? El culto a la información, es esencialmente un culto que promueve el Amo.
“…el discurso del Amo es una cierta forma de coartada (…) mientras uno se ocupa de eso, no se ocupa de otra cosa…” –dijo Lacán–.
El hombre occidental está perdiéndose en sus tentáculos mediáticos, no pudiendo encontrarse a sí mismo. Está amalgamado con sus medios tecnológicos. Estos ocupan el lugar del Amo que condiciona al sujeto.
La astronómica cantidad de ofertas y propuestas que procuran cautivar al hombre en esta era de dispersión subjetiva, tienen como efecto paralelo fragmentar y degradar la intensidad de su deseo. Además, al querer abarcar más, forzosamente disminuye la profundidad de su mirada, trivializándose.
Las campañas de educación vial,en este frenético contexto cultural–en donde la hiperexcitación mediática generada en los individuos, parece responder a la lógica de la línea de montaje industrial– son groseramente eclipsadas por tal estado de cosas. Lo que ocurre es equivalente a borrar con el codo lo que se escribe con la mano. Por consiguiente, en tales circunstancias, la hiperestimulación mediática y cultural propagada en la población, sería el primer eslabón en la “cadena de eventos” que conduce a los accidentes viales.
No obstante, es cierto que con educación, con obras viales, y con una legislación punitiva, se pueden reducir considerablemente los accidentes de tránsito, empero, en la medida que prosiga la hiperestimulación mediática –producto de la industria cultural, de la publicitaria y de la del entretenimiento–, las personas que frente a sus conflictos poseen una tendencia constitucional a accidentarse, como modo privilegiado de expresar inconscientemente su malestar, seguramente que van a encontrar la ocasión en otros ámbitos.
Además, si la mayoría de los habitantes del globo tuviesen su automóvil, se pondría en evidencia lo insostenible de tal situación, dada la imposibilidad de circular, por más autopistas que construyésemos. Los accidentes viales también están relacionados con el tamaño del parque automotor.
Resumiendo, en las cosas en que uno no posee grandes convicciones, firmes valores, altos idealeso mucha pasión, prevalecen las expectativas, los mandamientos, o el sentido común que el ideario social nos tiene reservado. En cambio, frente a enérgicas convicciones o anhelos personales, prevalece lo propio.
Entonces, en las condiciones culturales descriptas, se obtienen –mayoritariamente– sujetos sin la suficiente estructura mental que haga de barrera, o contención, a las frenéticas demandas culturales, y se dificulta enormemente la necesaria conciencia ciudadana preventiva de los accidentes viales; acentuándose aún más el círculo vicioso.
Por último, y complejizando aún más la cosa, el hombre hiperactivo ya no sería sólo el producto de la sobre-estimulación cotidiana, sino cada vez con más frecuencia, el resultado bio-genético del género humana, que incorporaría gradualmente en sus genes esa característica.
Editorial diario Clarín. “Epidemia de accidentes viales”. 22 de agosto de 2006.
S. Freud. Obras completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1987. Tomo 15. Pág.54.
S. Freud.Obras completas. Amorrortu editores. Buenos Aires. 1987. Tomo 21. Pág. 75.
J. Lacán.Seminario 18. “De un discurso que no sería de apariencia”. Clase 1. 13 de enero de 1971.
[*]Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. E-mail: jab53@arnet.com.ar