“En casa de herrero cuchillo de palo”, reza un viejo dicho popular. En los medios gráficos de comunicación masiva, no es difícil constatar que falta divulgación psicoanalítica, en el mejor de los casos; o que directamente no existe, en el peor, esto podría deberse a que los psicoanalistas no están utilizando su saber para llegar al gran público; tal vez por cuestiones de prestigio elitista, o por concebirlo como una utopía. O por pura y simple inhibición.
Sin embargo, en algunos de esos medios aparecen herméticos artículos psicoanalíticos. ¿A quien estará dirigida tanta erudición en diarios o revistas populares? ¿Sólo a un puñado de capacitados profesionales capaces de desentrañarla? ¿No sería más inteligente evitar esa amplia intimación intelectual de lectores y aprovechar más eficazmente esos espacios para la difusión de nuestro saber?A su vez, dicha producción académica difundida por medios populares, parece estar menos atenta a la divulgación del conocimiento, que al procedimiento para la obtención de autoridad y poder. Por consiguiente, se trasluce en esa acción, una escisión entre el interés individual de algunos profesionales aislados, y el que debería prevalecer en la comunidad psicoanalítica.
Ser hermético, en las ocasiones donde lo sensato es ser abierto y claro, puede favorecer a un psicoanalista en particular, pero perjudica al conjunto, y a la disciplina, dado que se desperdicia una excelente oportunidad de acceder al gran público.
Este hecho está vinculado –entre otras cosas– a dos fantasmas que todavía pululan entre lo psicoanalistas: uno referido a la banalización de la teoría que profesamos, y el otro, a la virtual imposibilidad de la transmisión del psicoanálisis. Desde mi punto de vista ambos son relativos, dado que existe un factible nivel de clarificación en lo enigmático, capaz de ampliar considerablemente el segmento de lectores interesados y dispuestos a realizar un esfuerzo por comprender, si perciben un claro deseo de acceder a ellos, y no el opuesto, de excluirlos. Además, si tal como decía Lacán: “el malentendido es inherente al discurso interhumano”, ¿cuál sería entonces el problema de que el público no entienda cabalmente lo que queremos decir?; ¿no es peor lo que le ocurre frente a los ininteligibles artículos cuestionados?, en donde lo más grave sería que el público entienda a su manera, aplicando su saber corriente a los múltiples conceptos y nociones que precisamente por utilizar palabras de uso corriente se prestan al equívoco y a la tan temida banalización, que, paradójicamente hallaría por este camino, su principal y más nutrido afluente.
De modo que, una zona de equilibrio, equidistante entre ambos extremos, se constituiría en el deseado y verdadero desafío, de una concienzuda y siempre limitada transmisión.
Existen prestigiosos psicoanalistas como por ejemplo Juan David Nasio o Elisabeth Roudinesco, que alternan entre rigurosos trabajos académicos dirigidos a colegas y a estudiantes, y la difusión orientada al gran público.
Discurso y poder
Todo discurso, cuya finalidadbásica es hacer lazo social –según Lacan–, no es más que un recorte de la realidad que se produce mediante una especie de jerga, o serie de palabras y frases, con su significación y uso apropiados. Entonces, las creencias e ideas a las cuales adhiere un sujeto, se configuran y expresan mediante su correspondiente soporte discursivo, el que a su vez, le promueve determinados vínculos y, lo hace sentirse identificado con un grupo de pertenencia; amplio y abstracto como es el caso del configurado por el discurso capitalista o el científico; o más acotado y específico, como son los compuestos por los que profesan alguna profesión, disciplina o deporte.
El discurso científico, por girar inevitablemente solo en torno a lo evidente, genera entre sus partidarios una representación caricaturesca de lo real. Y lo más grave es que esa “prestigiosa ficción” que no se reconoce como tal, no se conforma con coexistir sabia y humildemente con otros discursos, sino que procura monopolizar para sí, el más elevado sitial mental de su masiva feligresía globalizada, y es principalmente a través del fascinante aporte de sus brazos tecnológicos, como logra acercarse a su delirante y totalitario objetivo. De tal forma, dicho discurso dominante, induce a la población a manejarse solo con su conocimiento, sin mostrarle claramente lo ínfimo del mismo para extensas zonas de la experiencia humana. Con este hecho desautoriza a las disciplinas que se abocan al estudio y teorización de dichos territorios fundamentales de la vida humana, como el Psicoanálisis. Por consiguiente, ese soberbio discurso provoca una peligrosísima situación sintomática para los sujetos humanos, al incitarlos a la atención solo corporal de sus padecimientos.
De este modo, se produciría el desfallecimiento del deseo –del deseo de comprender, de saber sobre uno mismo–. El sujeto actual habría abolido su deseo inconsciente como precio para la cura, extinguiendo así la posibilidad de desarticular el síntoma desde sus raíces psíquicas. Las grandes corporaciones de la farmacología ya se están peleando entre ellas para poder perpetuar, expandir y usufructuar más el extraordinario negocio que vislumbran.
Tal vez, gran parte de la desbordante realidad sanitaria del mundo, represente –en forma abstracta y simbólica–, un intento por parte de la subjetividad de la época de rebelarse de su amo, reconquistando su deseo.
La “cautivante certeza”es de lo que ciertos representantes de la ciencia se valen, para mágicamente procurar suturar la indeleble escisión mental humana: un sueño fundamental del hombre de todos los tiempos, que de la mano de la ciencia, estaría próximo a concretarse.
Esta escisión mental, sería metafóricamente hablando, como el uso por parte del sujeto de dos idiomas, uno conocido y otro desconocido. En tal caso, las resistencias a lo inconsciente serían equiparables al desconocimiento de todo lo escrito o escuchado en el lenguaje ignorado por ese sujeto. Si consideramos ahora que una parte significativa de la realidad cotidiana –tanto interna como externa– se encuentra escrita en ese idioma no reconocido como propio, descubriremos que prácticamente solo con el reconocimiento conciente de dicha lengua, es como podría más o menos liberarse de sus padecimientos.
Desde esta perspectiva, el discurso científico es casi un discurso demagógico, dado que le habla a su audiencia, solo en el idioma racional, aliándose de ese modo a las resistencias inconscientes de su embelezada platea. Pero los psicoanalistas sabemos que este sugestivo procedimiento conlleva un altísimo precio en la salud tanto física como psíquica de los involucrados.
La fascinación por las evidencias científicas a la que los investigadores nos tienen acostumbrados, no hace más que incrementarse, al desperdiciar los psicoanalistas una excelente oportunidad de esclarecer dichos fenómenos cuasi-religiosos, al que el hombre moderno, sin siquiera sospecharlo, se precipita. La escritura impenetrable en medios de amplia penetración popular es el despropósito al que aludo, y constituye además, nuestra inconfesada contribución voluntaria al incremento de las resistencias al Psicoanálisis por parte del gran público.
El legado de la divulgación psicoanalítica tendría que aspirar a que el sujeto sepa que muchos de los síntomas orgánicos, además de su tratamiento médico, requieren ser interpelados y analizados, buceando de esa forma a través de sus determinantes psicológicos, es decir, no quedarse solo con la alternativa médica convencional, sino apuntar a las causas psíquicas.
Con los discursos pasa algo parecido a lo que ocurre con la publicidad: el discurso más claro, coherente y difundido será el ganador a la hora de su contribución en la percepción del sujeto sobre la procedencia biológica o psíquica de su síntoma.
En cuanto a este último ítem, referido a la atribución de causalidad, la mayoría de las personas, ya no están tan predispuestas a ver enigmas en sus padeceres, sino solo alteraciones químicas, disfunciones o enfermedades heredadas genéticamente, entonces con esa visión difícilmente demanden análisis.
El Psicoanálisis tiene mucho que decir para alertar al público sobre la ideología subyacente en el discurso pseudo-científico. Es una gran ventaja la que otorgamos los psicoanalistas aldesaprovechar muchos espacios en los medios masivos de comunicación. En cambio, las multinacionales de la farmacología no parecen tan dispuestas a dar ventajas, en ningún terreno. Según algunas investigaciones, desde hace bastante tiempo vienen incrementando notablemente suspresupuestos en marketing, incluso muy por encima del aumento relativo destinado a investigación. Los pasos a seguir son los siguientes: primero difunden el conocimiento, después se promociona el remedio, al tiempo que se fomenta la demanda y el consumo. Por último, las leyes del mercado completan el trabajo. Tal vez todavía nos reste aprender de ellos algunas lecciones de Psicología aplicada.
[*] Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. El e-mail del autor es: jab53@arnet.com.ar