La pulsión cientificista

Jorge A. Ballario *

 

Psikeba - Revista de psicoanalisis, arte y estudios culturales

 

Los científicos vinculados a las neurociencias, están –sin saberlo– corroborando cada vez más, muchos de los postulados básicos del psicoanálisis, pero al pertenecer –esos investigadores– a otro paradigma, los integran discursivamente de modo diferente, y por ende no los reconocen como tales. Sin embargo con más eclecticismo y menos prejuicios, se podrían compatibilizar muchos conocimientos. Tal vez la clásica escisión entre cientificismo y humanismo no sea otra cosa que una de las maneras en que se expresa la división del sujeto humano. El hombre no dividido, es decir, sin inconsciente, es una gran ilusión de esta época, ilusión funcional al capitalismo salvaje neoliberal que requiere sujetos fáciles de seducir, sin pensamiento crítico, que piensen poco y consuman mucho. Justamente, la eficacia del "discurso único", aliado a las "resistencias inconscientes" de las personas, hace que el psicoanálisis, la herramienta fundamental para abordarlo y para abordarlas, pierda terreno. Como vemos, una maquiavélica trampa muy difícil de desactivar, y más cercana a la ideología que a la objetividad científica.Es relativamente más fácil para los positivistas negar lo simbólico dado que por no ser un asunto concreto, no les resulta evidente, además hay que tener en cuenta que, en la vereda de la hiper-racionalidad cientificista, se está más cerca de la negación, debido a la relación existente entre la razón, las racionalizaciones, y los mecanismos de defensa. En consecuencia, es frecuente que procuren negar –inconscientemente– lo que no pueden entender, y que ni siquiera están –en lo profundo– dispuestos a aceptar; me estoy refiriendo básicamente no al objeto de estudio que ocupa a las ciencias duras, sino al real que ocupa al psicoanálisis, vinculado a una dimensión atemporal, y regido por una lógica distinta de la que habitualmente opera en ellos. En cambio, a los psicoanalistas, tal como estamos formados, no nos resulta tan simple negar lo que nos inquieta.

La pulsión, es un proceso dinámico consistente en un empuje que hace tender al organismo hacia un fin. Gracias al "objeto" (que puede ser una situación, persona, ser viviente o alguna cosa) la pulsión –es decir, esa carga energética corporal o factor de motilidad– alcanza su "fin", que es descargar la excitación del cuerpo.

El goce, para el psicoanálisis, está vinculado a la descarga pulsional, y se diferencia del placer, dado que no requiere como este, la disminución –gradual o súbita– de las tensiones del aparato psíquico al nivel mínimo, tal como ocurre cuando sentimos placer. El goce, por lo tanto, está constituido por nuestra relación subjetiva con las palabras y concierne principalmente al deseo inconsciente; en otras palabras, se sitúa en la intersección del lenguaje con el deseo en el "ser-hablante". Es entonces la pulsión y su goce concomitante, que siempre se manifiesta en el cuerpo del involucrado –ya sea de manera solapada o visible, y en forma placentera o padeciente–, lo que impulsa muchas veces a estos individuos cientificistas a funcionar tal como lo hacen. El principio de la "figura / fondo" opera en ellos absolutamente, ven lo que desean ver. Es decir, ellos perciben un determinado recorte en lo real (figura), que se les presenta en ese acto y bajo el influjo discursivo que profesan, como una realidad evidente en si misma, y que excluye por contraste lo inquietante (fondo). Dicha realidad es una figura (metafórica o abstracta) que se distingue del fondo y que es objetivada y significada por consenso entre los participantes del discurso cientificista. Paralelamente, si la determinación genética excluye de responsabilidad al sujeto, podríamos conjeturar que los cientificistas deben nadar en un mar de culpas, ya que son los abanderados de la atribución de causalidad a la esfera genética, para las enfermedades humanas, por un lado, y de la negación del psicoanálisis, por el otro. Al parecer, ellos tendrían que conjurar sus culpas inconscientes, sobreactuando ese repertorio. Tal vez no sean sólo culpas, sino un combo que además incluya premios, estímulos y reconocimientos, vinculados directa o indirectamente, a los señores de los laboratorios, y a los demás actores interesados en fomentar la miseria simbólica humana. En general, para muchos de los dueños del poder económico, tal situación representa un formidable negocio, aunque seguramente sus psiquismos los protejan de esa cruda percepción, y hasta se las presente como una loable cruzada. Los psicoanalistas ya sabemos que el inconsciente es irónico y fantástico.

 

Cerebro y sujeto

Las neurociencias nos hablan de un "sujeto biológico", sujetado a la biología, o más aun, nos hablan de una cuestión puramente cerebral. Está bien, es cierto, nadie lo niega, es incluso científico; sin embargo, también podemos conjeturar un "sujeto de la voluntad", que si bien podrá ser casi siempre reconducido a su base biológica, eso no significa que por la extraordinaria sutileza y singularidad de los procesos cerebrales comprometidos en el mismo, no nos autorice a hablar de un plus, o un más allá de lo biológico, en el sentido de lo no pasible de ser registrado y estandarizado desde la perspectiva científica. En todo caso podemos diferenciar una parte detectable científicamente, por ejemplo la base biológica de "la solidaridad", o hasta incluso de "la heroicidad"; y una porción no detectable, solo accesible teóricamente. Esquematizando esto, podemos suponer que quienes poseen más desarrollada dicha configuración cerebral, probablemente sean más proclives a conductas heroicas. Ahora bien, son ¿sus características genéticas, o la historia singular de cada uno de esos héroes potenciales?; o en todo caso, ¿lo innato o lo adquirido? lo que determinó esa potencialidad. Probablemente, hallaremos en cada individuo, un poco de ambas categorías, en proporciones variables. A pesar de todas las dudas que surgen, lo que acabo de describir está más vinculado a lo que antes llamé la parte detectable científicamente del "sujeto de la voluntad"; la porción no detectable, es forzosamente teórica, o en todo caso comprobable por otras vías, como ser: observaciones clínicas, grado de aceptación académica de la/s teoría/s, etc. Seguramente que esta porción, subjetiva por excelencia, es principalmente la que puedehacerle ejecutar proezas antinaturales al ser humano, aunque afines a sus expectativas, valores e ideales rectores. De ahí que exista el héroe, y las grandezas humanas. No obstante no acaba aquí la cosa, sino que, podemos ir mucho más lejos aún, agregando lo que postula el psicoanálisis, y que es nuestro objeto de estudio, nuestro real, y que por supuesto también existe tanto como lo otro, aunque la ciencia, o mejor dicho, el cientificismo, no lo quiera o no lo pueda ver. Me estoy refiriendo al "sujeto del inconsciente", al artífice de la felicidad o infelicidad humanas, al generador del sentido, al coautor de la tragedia y del destino del hombre, nada menos ni nada más. Precisamente ese es el sujeto que olvida la ciencia, ¡pequeño detalle!

El "sujeto de la biología" es el sujeto animal. El "sujeto de la voluntad" y el "sujeto del inconsciente" son o componen el "sujeto de la trascendencia"; es decir, que la trascendencia humana remite a los dos sujetos que precisamente la ciencia casi no tiene en cuenta. Aunque, hay que hacer una salvedad: el acusado aquí no es la ciencia sino los cientificistas, pues la miopía científica es en parte consecuencia de lo que hacen con la ciencia esos in-dividuos que creen ser sus representantes. Desde esta perspectiva la ciencia nada tiene que ver.

La voluntad y lo inconsciente, ambos sujetos, son un efecto de la interacción de los contenidos del cerebro, son la configuración misma que van tomando esos crecientes y dinámicos contenidos en el devenir histórico de cada ser humano. Y todo esto más allá de que existan regiones cerebrales que se correspondan con determinadas emociones, habilidades, aprendizajes, funciones o conductas. También el software (información), en la informática, requiere sus correspondientes lugares en el hardware (soporte material). Del mismo modo los contenidos mentales del hombre se despliegan a expensas de la materialidad de su cerebro, como así también una obra de arte requiere del lienzo, el óleo y su pintor, para poder trascenderlos.

Además de los tres sujetos mencionados, desde la perspectiva psicoanalítica, podemos agregar la distinción entre conducta y acto. La primera, en forma directa o indirecta, es principalmente el objeto de estudio de las neurociencias. El psicoanálisis por su lado, se concentra en el acto, dado que para esta disciplina la "simple conducta" es más propia de los animales, en cambio "los actos", son simbólicos, y sólo pueden atribuirse a sujetos humanos.

 

Una nueva mitología

La publicidad con sus conquistas evidencia la tremenda eficacia de la psicología aplicada (corporaciones, imágenes de marcas, propaganda política, etc.), pero sólo en el terreno de la influencia, de la persuasión, de la sugestión. Paralelamente, representantes positivistas del discurso científico le restan cientificidad al psicoanálisis por ejemplo, sin sospechar siquiera (o al menos eso es lo que aparentan), que el propio discurso que los habita se construyó –en parte– de manera análoga a las marcas que los respaldan. Es decir, niegan la propia base de la que luego derivan. Es que la estupidez humana parece no tener fronteras, y esto les otorga un excelente handicap a las multinacionales que aprovechan la confusión imperante para avivar su voraginosa expansión global, mientras sus testa ferrros intelectuales les cubren las espaldas; como retribución, la alianza política y empresaria, por diversos y sutiles mecanismos, muchos de ellos institucionalizados, les conceden premios y prestigio; esto no hace más que afianzar las lealtades encubiertas, y torna más audible la voz de esos pseudos intelectuales, en una "virtuosa circularidad" de beneficios recíprocos. El cientificismo busca cambiar la mitología clásica por una científica –dado que esta última no es más que una burda simplificación y caricaturización de la compleja realidad humana–; pretende anular la división subjetiva, aboliendo al sujeto del inconsciente, y constituyendo en ese mismo acto al in-dividuo. Este nuevo hombre "cerebral" y previsible, seguramente que se va a amoldar mucho mejor al deseo de las neurociencias y del sistema, o en todo caso al de sus representantes. Como psicoanalista, y también –porque no– como escritor, sé que poseo en los momentos de mayor fragor combativo o justiciero, una "pulsión crítica" que me empuja, y sé asimismo, que para que ello ocurra, tengo mis motivos inconscientes y mi historia significativa en torno a este asunto, que por razones obvias no puedo desplegar aquí, aunque eso no es todo, poseo además el "deseo" de hacer algo elaborado con ese impulso psico-corporal que me incita a descargar la excitación surgida, y es por consiguiente ese deseo, el que me induce a ser riguroso y objetivo a la hora de escribir contra esos pseudo-científicos. En cambio, muchos de ellos, que probablemente ni sospechen que algo no racional los impulsa, y propensos como son a racionalizar todo, aspiran a explicar sus críticas como un producto acabado de un procedimiento objetivo. El sujeto que sufre o goza no parece tener cabida en ellos. "Y sin embargo existe", y los comanda de un modo que ni siquiera pueden imaginar. Este es el primer engaño fundacional sobre el que se edifica todo lo demás, y el que los hace sobreactuar su pulsional desprecio, mediante una radicalización discursiva. "La razón no se explica a sí misma"; en última, o en primera instancia, necesita un motivo para desplegarse. Y ese motivo pasional o emocional, suele permanecer fuera de la esfera racional, e impulsar vehementemente a su portador tras su tácito fin. El "alma totalitaria", que acompaña –como potencialidad– al hombre en casi todas sus áreas de incumbencias, y que en ocasiones lo transforma: en la política, en dictador; y en la ciencia, en cientificista, conlleva un común denominador: la intolerancia. A determinados cientificistas se los podría considerar como la prueba viva de varios conceptos psicoanalíticos, dado que de cara a lo que odian, o al menos antipatizan (el psicoanálisis, en este caso), se comportan como cualquier humano al acecho de lo pulsional. "Pulsión," "goce", "resistencia", "defensa", "deseo" y muchos otros conceptos son graficados con gran elocuencia por estos "pedagógicos personajes" en sus frecuentes y combativos "actos", que si sabemos interpretarlos nos van a ser de gran ayuda para comprender mejor el psicoanálisis. Algunos de estos sujetos son psicólogos con base humanista, pero muy probablemente psicólogos con un severo –aunque solapado– déficit en su dimensión metafórica, o tal vez con algún bloqueo afectivo, intuitivo o simbólico, que los alejó de sus pares originales, debido a la impotencia y frustración experimentada, además de haberlos hecho proclives a la hiper-racionalidad cientificista, al igual que cuando falta un sentido, como la vista por ejemplo, se desarrollan otros para compensar la falta. El discurso psicoanalítico aparece como demasiado sofisticado y sutil para esta clase de "cerebros" embrutecidos por la razón absoluta, de aquí al gozoso y vengativo odio destructivo, pero cubierto por un manto de racionalidad, que profesan algunos, hay solo un paso. A estos positivistas críticos, al parecer, los encoleriza que la gente y los psicólogos vocacionales puedan ver mentalmente lo que ellos no. No hay peor cárcel que la de los "intangibles", aunque muy efectivos "barrotes mentales", que los confinan a ciertas percepciones, obstaculizándoles otras. La verdadera conciencia sobre este aspecto pulsional que los habita, constituye una de las maneras para desbloquear esa siniestra circularidad, y obtener de tal modo un nuevo destino para esa energía. Dichos positivistas, cuando se inmiscuyen en sus respectivos goces críticos, se mimetizan con una especie de antisabiduría, que les bloquea tenazmente ciertas percepciones, aún cuando puedan alcanzar elevados niveles de creatividad en otras áreas no conflictivas de sus vidas. En un intento de detectar las coordenadas argumentativas y de la motivación de estos racionalistas, podemos postular un genérico "deseo cientificista" para atribuirles, cuyo contenido fundamental sería "que no haya más misterio", "el fin del misterio". Estos negadores, o en el mejor de los casos, disciplinadores del inconsciente humano, desearían (aunque todavía no se hayan percatado de ello), erradicar de la faz del planeta la dimensión simbólica o metafórica, dado el peligro que entrañaría para ellos, y para los poderosos intereses que, solapadamente, los apañan y premian. Parece que no quisieran asumir sus subjetividades como una construcción mítica, con una gran porción inconsciente, y llena de simbolismos, que no sólo que no entienden, sino que además los gobiernan; y lo peor es que ni siquiera pueden escapar a esa fatal lógica, consagrando sus vidas a combatirla. ¡Realmente tragicómico!

 

Un ejemplo: "la oveja negra"1

El 23 de mayo de 2004, la revista Viva publicó una entrevista –bajo el título "La oveja negra"– al Filósofo y Físico Mario Bunge, quien entre otras lúcidas intervenciones sostenía que los psicoanalistas argentinos "son unos macaneadores". Veamos... El entrevistador de la Revista Viva comenta que Bunge "se queja de que aquí se lo conoce menos por su obra que por sus opiniones. Pero… aunque se queje, le gusta la polvareda que levanta cada una de sus intervenciones. El gesto suficiente que captan sin error todas sus fotografías delata cuánto disfruta del efecto de sus irreverencias." El entrevistado dice que a veces siente que pierde demasiado tiempo polemizando, y que eso hace que en la Argentina se conozca solo un aspecto de él y no su faceta más creativa. El problema, es decir "su" problema, se lo origina a sí mismo entonces, al sustraerle a los argentinos su parte más creativa. Esto es análogo a lo que hizo desde que se fue del país, ya que su obra principal la elaboró afuera, y parece que aquí la recubre de la mirada argentina con su iracundia, mostrando de ese modo su parte menos creativa, la más vehemente; todo parecería indicar desde la óptica psicoanalítica (la misma que este personaje aborrece, aunque seguramente y tal como estamos viendo, no tanto por los motivos o racionalizaciones que esboza), que su goce más fanático o tanático pasaría por ahí. Bunge no nos ofrece su faz creativa, en lugar de eso, su componente fundamentalista intenta imponernos una "cosmovisión neuroquímica", que por ese sólo motivo alcanza para transformarse en pseudo-científica. Es decir, él se empeñaría inconscientemente, en combatir a los "psicoanalistas macaneadores", o sea, a sus propios fantasmas, macaneando él mismo. Seguramente que mucho de lo devenido "siniestro" en él mismo, se actua-liza transferencialmente aquí, en su país de origen. Paralelamente, el comportamiento diferencial de Bunge, eso de mostrar lo mejor afuera y lo peor en su país, tal vez sea una matriz imaginaria que le viene de su infancia, dado que fue el hijo rebelde, "la oveja negra" de una familia tradicional y al parecer continúa siéndolo de otra manera.

Para terminar, Sr. Bunge, tengo que admitir mis limitaciones, como psicoanalista no puedo desconocer lo extremadamente difícil que es hacerle ver a alguien, en el terreno de las argumentaciones lógicas, lo que por cuestiones pasionales e inconscientes tiene vedado en su interior. "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio", solía decir Albert Einstein, quien al igual que Ud. también era Físico,... pero sabio.

 

Otro ejemplo: "Roy y su banda"

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En relación a la entrevista efectuada por el diario La Nación, el 22 de agosto de 2007, al profesor y cibernético Roy Ascott, quién nos comentó "el truco de Freud y su banda", deseo efectuar algunas conjeturas. Si tenemos en cuenta la dimensión metafórica humana y otros ítems que describiré abajo, tal vez Roy, deseó hablarnos incoscientemente de su "propia banda". Veamos.

Es bastante frecuente, que tal como ocurrió en esta oportunidad, destacados intelectuales del primer mundo, en el marco de sus giras académicas, aprovechen sus exposiciones mediáticas, para incursionar burdamente en disciplinas como el psicoanálisis, que evidentemente no manejan, pero que al mismo tiempo detestan y a las cuales no pueden evitar referirse. ¿Qué los impulsa entonces a ese patético y contradictorio esfuerzo? Ni siquiera parece detenerlos el totalmente previsible aluvión de críticas que a cada paso desatan. Aparentan gozar mucho con sus arrebatos, y pareciera también que disfrutan de una gran impunidad, como si hubiese dos mundos académicos: uno el duro, el verdadero, el que los reconoce como hijos legítimos, y que a su vez los azuza y envalentona sutilmente para sus omnipotentes arremetidas, concediéndoles su merecido, imprescindible, y casi impune prestigio; y el otro mundo académico, el blando, el no tenido en cuenta; éste y sólo éste, sería el culpable, el hereje, el que habría desacatado la sagrada voz de LA CIENCIA, el que no merece ningún tipo de contemplación, y al que por último, hay que defenestrar hasta su aniquilamiento total, tal como ya ha venido ocurriendo en el primer mundo. El psicoanálisis, constituye el paradigma de este demoníaco y tenebroso mundo oscurantista que hay que "suprimir" mágicamente, mediante un "clic" de ponzoñosas y brutales envestidas. Al parecer, sólo ellos y sus dogmas cientificistas, constituyen la única luz que iluminará el camino de la nueva feligresía globalizada.

Aunque muchos de estos personajes ni se conozcan entre sí, dadas sus particularidades comunes, y para facilitar el análisis de su "modus operandi", propongo incluirlos en una abstracta categoría denominada: "la banda de los cientificistas neoliberales", cuya sigla identificatoria podría ser la "BCN". De este modo contarían con un nuevo símbolo que los aglutine, y podrían aunar esfuerzos e intercambios más eficazmente. A los integrantes de esta banda los une su formación; ciertos gustos e intereses compartidos; los premios y el prestigio que les otorga el "primer mundo"; su afán por negar al psicoanálisis; y por sobre todas las cosas, su intenso deseo de crear una subjetividad dócil y fascinada por la tecnología.

El modus operandi de esos individuos es simple, se trata de un esquema elemental de marketing, pero muy efectivo: construyen unas pocas muletillas capaces de llegar al gran público, y en cada oportunidad mediática que se les presenta, o que directamente buscan, pasan su tanda propagandística, y la repiten en incontables ocasiones, con total desparpajo, alrededor del mundo, aunque se ensañan muy especialmente con Argentina y Francia, por ser los países con mayor "infestación psicoanalítica".

Estos señores, lo sepan o no, son funcionales a la ideología neoliberal, que sigue "vivita y coleando", en su afán de fabricar un mundo y una subjetividad afín a los intereses de las corporaciones.

 

Sobre "El libro negro del psicoanálisis"3

El Psicoanálisis nació con un "pecado original"; por ser una afrenta al narcisismo de las personas, y por activar mediante sus enunciados las resistencias humanas, fue, es y será combatido. Pero al mismo tiempo, el Psicoanálisis es inevitable, dado que no es más que un "efecto del defecto de la palabra para ceñir lo real". Sabemos además, que es un método terapéutico que busca efectos (de análisis) en el contexto discursivo del sujeto. Paralelamente, en el inventario de los efectos generados en la humanidad por esta disciplina, durante su corta vida, ya podemos incluir a ese insidioso libro, que para nosotros (los psicoanalistas), no es otra cosa que un nuevo y oscuro efecto de esa resistencia a la verdad siniestra, provocadora e inaceptable que representa el Psicoanálisis para esta clase de in-dividuos.

El discurso cientificista, por girar inevitablemente solo en torno a lo evidente, genera entre sus partidarios una representación caricaturesca de lo real. Y lo más grave es que esa "prestigiosa ficción" que no se reconoce como tal, no se conforma con coexistir sabia y humildemente con otros discursos, sino que procura monopolizar para sí, el más elevado sitial mental de su masiva feligresía globalizada, y es principalmente a través del fascinante aporte de sus brazos tecnológicos, y de la difusión masiva, como logra acercarse a su delirante y totalitario objetivo. De tal forma, dicho discurso dominante, induce a la población a manejarse sólo con su saber, sin mostrarle claramente lo ínfimo del mismo para extensas zonas de la experiencia humana. Con esta mentira por omisión, desautoriza a las disciplinas que se abocan al estudio y teorización de dichos territorios fundamentales de la vida humana, como el Psicoanálisis. Por consiguiente, ese soberbio discurso provoca una peligrosísima situación sintomática para los sujetos humanos, al incitarlos, prácticamente, a la atención sólo corporal de sus padecimientos. Tal vez, gran parte de la desbordante realidad sanitaria (y general) del mundo, represente –en forma abstracta y simbólica–, un intento por parte de la subjetividad de la época de rebelarse de su Amo, reconquistando su deseo.

En el marco de la campaña mundial anti-psicoanálisis, los autores de "El libro negro del psicoanálisis" plantean si solo Francia y Argentina pueden tener razón por adherir tan masivamente al psicoanálisis, cuando en el resto del mundo desarrollado ya casi no existe. Contrariamente a lo que sugieren ellos, pienso que esos dos países "tienen razón" en resistir la fría racionalidad cientificista operante en el primer mundo, que aún no pudo en esas naciones –y tal vez nunca lo logre– homogeneizar la concepción humana, reduciéndola a un simple esquema neurobiológico, sin prácticamente considerar los complejos contenidos mentales y singulares humanos.

El Psicoanálisis tiene mucho que decir para alertar al público sobre la ideología subyacente en el discurso pseudo-científico, pero no posee ni remotamente el poder económico y mediático de sus contrincantes.

Indudablemente, que a los cientificistas que pululan por el mundo, es inútil mostrarles en el terreno de las argumentaciones lógicas, lo que por cuestiones pasionales e inconscientes tienen vedado en su "caja negra". Sería, –valga la analogía–, como querer usar un programa en la PC sin su instalación previa. Felizmente la gente común es "mentalmente" mucho más abierta y sabia, que muchos de estos personajes de "cerebro" totalitario.

 

La ilusión racional

Para que sea posible vender en el mercado global, la fenomenal producción industrial actual, de objetos y servicios, es imprescindible que la publicidad estimule el pensamiento mágico humano, con sus condensaciones de particularidades valiosas sobre el producto exhibido, o con la reunión de todos los elementos ideales en una situación, y de muchas maneras más. Ese pensamiento mágico omnipotente es un pensamiento infantilizado, carente de madurez e incapaz de esperar y tolerar. Precisamente, las condiciones mentales requeridas para la feliz unión del sujeto y el objeto ofrecido. Para que se produzca entonces, la máxima unión o fusión sujeto-objeto, o si se prefiere, el máximo rendimiento en la ecuación producción-consumismo, hay que homogenizar y alienar en todo lo posible a la masa, lo que no es poco decir, en esta era tecnológica y de vertiginosa proliferación de imágenes hiper-cautivadoras. Por lo tanto, en estos tiempos, es comprensible que proliferen los cientificistas, o fundamentalistas de la Ciencia, útiles al sistema. Estos caricaturistas de lo real serían los encargados de desplegar al extremo la racionalidad afín a los intereses de las corporaciones, las que en una progresiva y leal circularidad, y mediante diversos y sutiles mecanismos, prestigian. En el marco de la "ilusión racional" de esos personajes, fanáticos como son de la máxima eficacia científica, entraría también en juego la idea de incorporar un simbolismo literal, unívoco, cambiando de ese modo la vieja mitología humana, como si no hubiese una permanente generación de mitos en la subjetividad humana, y como si la propia ilusión de esos positivistas no fuese en si misma un nuevo y último mito: "el mito único", y por esa misma razón el más peligroso de todos. Para muchos cientificistas, el psicoanálisis representaría algo así como un "falo siniestro" que amenaza atravesarles su inmaculada racionalidad, de ahí que se resistirían con alma y vida a perder su virginal condición. Sus puros, castos e hiper-racionales mundos mentales, se habrían puesto en guardia defendiendo tenazmente esa celestial pureza. Estos "in-dividuos" son verdaderos apóstoles de la racionalidad, e irónicamente la posición subjetiva que ocupan, no es una elección racional –como ellos ilusoriamente creen–, sino más bien un hecho cuasi religioso. Sus solapados "cerebros", los impulsan de una manera tal, que no pueden siquiera sospechar del asunto tragicómico que los habita. En el deseo cientificista extremo podría anidar un proyecto frankensteiniano, dado que los representantes más encumbrados del mismo, a fuerza de mentir y mentir (generalmente por omisión), alterarían –caricaturescamente– la realidad de sus discípulos y de su feligresía. Con ese procedimiento, lo sepan o no, contribuirían a la atrofia del lado derecho del cerebro (intuición, analogías, relaciones verticales) y al hiper-desarrollo del izquierdo (causas-efectos unilaterales, relaciones horizontales) , y por tal motivo aportarían lo suyo para la transformación en ciernes del ser humano, en una especie de humanoide robotizado, lógico y extremadamente previsible. Tal sería el proyecto, que los cráneos del norte, con el beneplácito de la industria de las drogas, y los políticos serviles nos estan dibujando. Felizmente la mente humana es más sabia de lo que estos enfermos de racionalidad pura, pueden siquiera llegar a vislumbrar. En tal sentido podemos conjeturar, que el inconsciente humano le estaría jugando algunas malas pasadas a la ciencia. En su afán de expresarse y no quedar jamás apresado –en una categoría científica por ejemplo–, el inconsciente se las ingenia para dejar constantemente a la ciencia médica y a sus descubrimientos, en una especie de offside futbolero. La ciencia con su rígida racionalidad lógica exacerbada, marcharía detrás de una utopía, de una zanahoria virtual, de un espejismo: el de darle caza a la sintomatología humana. Pero ésta, con cada nuevo paso, invento o técnica científica, se torna cada vez más vasta y escurridiza; incluso utiliza la simbología soporte de las elucubraciones científicas, para ampliar al extremo el escenario, y actuar allí toda la gama de representaciones sintomáticas dirigidas a burlarse de una ciencia que parece no escatimar esfuerzos y energía en tratar de atrapar su propia cola.A veces oscilo en mi pensamiento, con respecto a algunos de los más virulentos positivistas críticos del psicoanálisis; en esa vacilación deambulo entre tres ideas más o menos definidas, aunque seguramente que éstas –al menos dos de las tres–, por lo general, coexistirían en cada una de las subjetividades involucradas, en un conjunto de proporciones variables. Las ideas son: a) son mentalmente toscos o miopes para con las sutilezas simbólicas y metafóricas, es decir, para con la "otra lógica" que gobierna los procesos inconscientes; b) inconscientemente niegan lo que temen, y por tal motivo no están dispuestos a enfrentar o a conocer; y c) tienen claro los lineamientos centrales del psicoanálisis y su utilidad, pero son corruptos, y por lo tanto –ya sea por intereses personales o corporativos, o al menos por antipatía personal–, los bastardean. Básicamente las neurociencias tienden a plantear una cuestión determinista –cerebral, neurológica, o directamente genética–, para con el comportamiento humano. Por lo tanto, desde esa perspectiva no hay muchas preguntas para efectuar, solo restaría saber si la tendencia a sobredimensionar la causalidad genética ¿es también genética? Aunque felizmente, desde nuestra óptica, tenemos algunas preguntas más: ¿cuál es el deseo de los investigadores en neurociencias?, ¿cómo interactúa ese deseo y la formación?, ¿se nutren recíprocamente? Es obvio que cada uno ve lo que quiere ver, o lo que puede. Lo que ellos ven como resultado de sus investigaciones está mucho más vinculado –de lo que estarían dispuestos a aceptar– a los interrogantes citados, que a los experimentos propiamente dichos. Por ejemplo, nosotros –los psicoanalistas– si bien podemos coincidir en algunas cosas, a su vez podemos ver otras, en esas mismas investigaciones. Paralelamente, constituye una utopía pretender precisión y exactitud en los complejos y ambivalentes vericuetos de la vida psíquica humana. Es "la utopía racionalista" de nuestra época, cuyos principales adherentes son algunos de los más conspicuos representantes de las ciencias más duras; algunos de ellos son también los más duros y obsesivos combatientes del psicoanálisis. En realidad, lo que combaten son sus propios prejuicios, ya que con ese hecho nos demuestran que del psicoanálisis sólo conocen "superficialidades descontextualizadas y trivializadas", las que se convierten en el principal nutriente de sus prejuicios.

Gran parte de los científicos hiper-racionalistas, son muy torpes para entender las sutilezas de lo psíquico, y por ende del psicoanálisis. Ya se sabe que la formación en esta disciplina requiere haber pasado por la experiencia del diván. A muchos de ellos les molesta que haya un bastión del saber inaccesible, y de ahí al ataque, suele haber un paso. Este rechazo –para tranquilidad de ellos– es ya un dato científico, dado que hoy día "es demostrable la activación de los circuitos cerebrales del displacer frente a lo no comprendido".

 

Combatiendo al capital… simbólico

Si intentásemos formular básicamente las diferentes personalidades que nos ocupan en este ensayo, podemos esquematizarlas más o menos de la siguiente manera: * Razón + curiosidad + imaginación = Científico.* Razón + conflicto + resentimiento e intolerancia – imaginación = Cientificista.* Razón + curiosidad + conflicto + imaginación + sabiduría = Genio.Vemos entonces que el pobre cientificista es metafóricamente el hijo problemático de la gran familia de los investigadores, es el hijo del medio, el que no pudo ser ni una cosa ni la otra, tal vez ese sea el núcleo de su tragedia. La aptitud y la actitud, si bien poseen significados diferentes, suelen mantener vasos comunicantes que las hacen –hasta cierto punto– complementarias e interdependientes entre ellas. Por ejemplo, si alguien es apto para alguna importante misión, casi mecánicamente puede adoptar una actitud protagónica y suficiente que así lo ponga de manifiesto, aunque también puede incorporar la actitud contraria, para disimularlo, o porque así lo siente; estas actitudes si bien se pueden dar de manera espontánea, también pueden ser voluntariamente asumidas por el sujeto en cuestión. Desde el origen de los tiempos ha habido perseguidos y perseguidores; éstos últimos suelen tomar esa actitud por sentirse al amparo del poder, y dueños de la verdad; y sus víctimas pueden también creerse en posesión de la verdad, aunque no con poder suficiente para defenderla o imponerla. Básicamente, una asimetría de fuerzas impulsa a unos hacia una actitud, y a los otros hacia la otra. En su corta vida, el psicoanálisis, constantemente ha sido combatido, y los herejes que lo ejercían, perseguidos por los representantes del discurso oficial, los cientificistas. Desde la inquisición hasta nuestros días no parece haber cambiado mucho la cosa, sólo tendríamos que cambiar dos vocablos: "herejes" por "psicoanalistas", y "cientificismo" por "la palabra de Dios", y con este simple hecho obtendríamos nuevamente el oscurantismo religioso, sutilmente haciendo de las suyas en nuestro tiempo. Hoy en nombre del "discurso científico", es decir, de una nueva ficción que no se reconoce como tal, se persigue a otra que se la rotula como pseudo-científica, y que por no pertenecer a la "verdad revelada" monopolizada por la ciencia, no merece ningún "culto" por parte del mercado, que es masivamente fascinado y cautivado por los milagros de la tecno-ciencia. El psicoanálisis es inevitablemente polémico, por tratarse de una verdad que "ofende" al narcisismo y de la cual el sujeto no quiere ni enterarse, y por muchas razones más. Por lo tanto, es esperable que en la cima piramidal beligerante hallemos a sus más conspicuos detractores, elucubrando en algunos casos asombrosas racionalizaciones. Estos críticos coyunturales, de alguna manera, ocupan un lugar en la estructura, cumplen una función análoga a la que cumplen los políticos y sus partidos al tratar de representar a la mayor cantidad posible de individuos, ganando adeptos y poder con ese procedimiento. En el caso de los cientificistas, el poder y el prestigio ya lo traen de sus respectivas áreas de incumbencias, aunque algunos de ellos, los más tenaces, coherentes y creativos en el combate al psicoanálisis, pretenden también convertirse en los principales referentes de esa lucha; en los "niños mimados" del sistema corporativo y su brazo político, que solapadamente los azuza, al amplificarles su voz mediante el otorgamiento de premios y prestigio. Metafóricamente hablando, tanto los "cantautores" como su auditorio, escuchan la música que aman, y se alaban mutuamente.Hoy día contar con el "capital simbólico", es decir con un saber hacer sobre –o con– lo simbólico, podrá ser análogo a ser un millonario en un país puramente materialista, en donde sólo importa el dinero y, los bienes y servicios que la moneda representa, es decir, que en este ejemplo, nuestro acaudalado hombre cuenta con toda la tecnología, tratamientos, objetos y servicios de primer nivel, en contraste con el pobre que no dispone de nada, ni siquiera con un sistema de salud, y que puede incluso morirse de enfermedades simples, ya erradicadas del mundo moderno. Occidente, actualmente, en cuanto a su "capital simbólico" –o también, en cuanto a su "espiritualidad"– es extremadamente pobre, aunque ilusoriamente puede paliar sus carencias con prótesis y extensiones tecnológicas, que en parte suplirían ciertas atrofias mentales. Mientras la vida promueva "cambios" (efectos) en las personas, nadie en su sano juicio puede negar la eficacia del psicoanálisis, dado que este no es más que un método extraído de lo esencial de la vida misma (su núcleo), y que procura sistemáticamente buscar dichos efectos (de análisis), ayudándole al sujeto a "cambiar el ropaje simbólico" que lo sujetaba, y a reencontrarse con su verdad; y luego, que solo él decida si el psicoanálisis sirve o no, en lugar de los "expertos", que pretenden en nombre de la Ciencia decirle lo que tiene que hacer, oprimiendo aún más sus significantes vitales, y sobreponiéndole un discurso estandarizado. Con los discursos pasa algo parecido a lo que ocurre con la publicidad: el discurso más claro, coherente y difundido será el ganador a la hora de su contribución en la percepción del sujeto sobre la procedencia biológica o psíquica de su síntoma. Al discurso psicoanalítico no le falta coherencia, pero –de cara al gran público– sí claridad y difusión. Es un gran handicap el que otorgamos los psicoanalistas, por ejemplo, al desaprovechar muchos espacios en los medios masivos de comunicación, publicando herméticos artículos, en lugar de otros de divulgación. Pudiendo reservar los primeros sólo para los pertinentes medios académicos o científicos.

Por último, a la luz de las corroboraciones actuales en las neurociencias, los psicoanalistas, muy bien podríamos trazar un esquema científico de la teoría, basado en los conceptos más comprobables, obteniendo de ese modo una teoría homologable para ofrendar en el altar de la ciencia, y para tranquilizar a los inquisidores; pero parece que nos falta espíritu de cuerpo, trabajo en equipo, o ambas cosas, dado que los psicoanalistas, por nuestra formación, somos individualistas, y en este punto beneficiamos a la gente proveniente del discurso científico; estos últimos sí tienen esas particularidades y las utilizan precisamente para difundir lo suyo y desalentar al psicoanálisis. Tal vez todavía nos reste aprender de ellos algunas lecciones de Psicología aplicada.

 

Jorge Ballario


[1] Mi réplica publicada en el diario “Página/12” (sección Rosario/12), y en la revista “Viva” (cartas), el 1 y el 4 de julio de 2004 respectivamente.
[2] Mi réplica publicada en “Antroposmoderno.com”, el 11 de septiembre de 2007.
[3] Mi réplica publicada en la revista “Noticias” (cartas), el 28 de abril de 2007.

 

[*] Psicólogo, psicoanalista y técnico universitario en Dinámicas Grupales. Es autor de tres libros: Las imágenes ideales, Las ventanas del deseo y Mente y pantalla. E-mail: jab53@arnet.com.ar