La esquina es mi corazón, publicada en 1994, está compuesto por una serie de crónicas que enfrentan y exponen la realidad de un Chile herido por la dictadura, a través de un ojo doblemente marcado por la censura: el ojo de la loca. La mirada que lanza sobre la realidad le permite a la loca cronista narrar el mundo como a ella le conviene más habitarlo, igualando a los otros o, por lo menos, acercándolos al mundo donde ella puede ser sin morir en el intento. Esto lo veo especialmente bello en la crónica “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)”. Primero, analizaré el concepto de masculinidad hegemónica y lo aplicaré, con ayuda de quienes lo hicieron primero, al fútbol. Luego, aplicaré esto en la crónica de Lemebel.
La fascinación por los deportes es una de las mayores expresiones de la masculinidad hegemónica, siendo el fútbol la actividad y el espacio privilegiado dentro de la sociedad chilena. Entiendo como masculinidad de tipo hegemónico aquella que ejerce supremacía e impone el modelo de construcción genérica y de formas de relación con los otros hombres y con las mujeres. Robert W. Connell define la masculinidad hegemónica “como la configuración de práctica genérica que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, lo que garantiza (o se toma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres” (La organización 39). Según este mismo autor, la hegemonía es uno de los factores que guían las relaciones entre masculinidades y uno de los patrones de los que depende su configuración. La hegemonía no es una categoría fija, constituye un tipo móvil, disputable y constantemente desafiado por los grupos subordinados a él.
Aunque en los estadios la presencia femenina no es extraña, el fútbol sigue siendo una instancia de dominación masculina donde todos los ritos que lo componen giran en torno a discursos que se encuentran al servicio de la masculinidad hegemónica. Eduardo P. Archetti señala, respecto a este tema, que el espacio del fútbol integra límites y reglas que lo configuran como estrictamente masculino:
el estadio ofrece a los hombres y a quienes están a punto de serlo –los adolescentes y niños que acompañan a sus padres- un sitio donde pueden construir un orden y un mundo estrictamente masculinos. Allí se lleva a cabo un discurso moral explícito que establece límites entre lo permitido y lo no permitido, entre el bien y el mal y, finalmente, entre los aspectos positivos y negativos de lo que teóricamente se define como masculino (302 – 3).
Dentro de este espacio masculino surgen las barras bravas, organizaciones apasionadas y violentas, que siguen a un equipo de fútbol como a un líder amado. Sus principales funciones son, por un lado, las de apoyar, adular y defender a su equipo y, por otro, las de despreciar y humillar al oponente y a sus seguidores. Estas funciones tienen como principal medio de expresión los cánticos que las barras asumen como himnos de guerra. Veamos un ejemplo de ambas funciones concentradas en un mismo canto de la barra seguidora del equipo chileno Universidad de Chile, denominada como Los de Abajo.
Lo más importante en la vida es
apoyar al bulla con optimismo y fe.
Si crees que las cosas andan mal
que xuxa no me importará, ¡mierda!
¡Chupa la que cuelga, indio maricón!
¡chupa la que cuelga, indio maricón!
¡chupa la que cuelga, indio maricón!
¡chupa la que cuelga, cuelga!
Como podemos observar, en la primera parte de este canto está el apoyo al equipo, función para la cual se utilizan palabras ya ratificadas como correctas por estar presentes en una canciónde conocimiento popular, pero escrita por gente perteneciente a la clase artística y famosa del país, lo que le da autoridad por sobre el resto ante los ojos del pueblo. En cambio, la segunda parte que busca humillar al oponente y sus seguidores utiliza términos vulgares que, en la fuerza de dicha vulgaridad, encuentra mayor ofensa hacia el otro. En este caso el oponente es denominado como indio, término con el que se conoce despectivamente, en el medio futbolístico, a los integrantes y seguidores del equipo Colo-Colo. La ofensa se centra en poner en duda la masculinidad del otro imponiéndole la propia, siendo esto lo que presentaré a continuación.
Dentro del interés de humillar y despreciar, Eduardo P Archetti analiza dos líneas que configuran las estrategias de humillación, enfocados en poner en duda la masculinidad. Esto Archetti lo aplica a los cantos de los principales equipos del fútbol argentino como Boca Juniors, River Plate, entre otros. La primera línea de humillación está enfocada en realizar un deformado paralelismo entre la relación padre e hijo y la relación del equipo fuerte con el humillado. Con respecto a esto Eduardo P. Archetti señala “Estos cantos presuponen la pérdida de autonomía de los adversarios y su incapacidad para actuar como verdaderos hombres. De un hijo no se espera rebelión ni victoria sino la aceptación de la autoridad, el poder y las órdenes del padre. [. . .] La cuestión central pasa a ser la subordinación” (303). Veamos un ejemplo de esto en un canto de la barra Los de Abajo:
El equipo fue campeón, todo el mundo se alegró,
te quedaste calladito y amargado se quedó.
Todos saben que este año el león es su papá.
Yo soy así, soy atorrante, que vengan todos,
Acarreemos aguante.
En este canto se observa como la condición de campeón, es decir, de líder máximo del fútbol chileno, se equipara a la condición de padre. La relación que el equipo vencedor espera establecer con el resto de los equipos es la misma que un padre, según el punto de vista de la masculinidad, establece con su hijo. Es decir, las ventajas del padre que un campeón desea obtener son las de ser, frente a los ojos del otro, el líder, el héroe, el insuperable y el intocable. Un hijo no debe insultar a un padre, por eso el transformar a los perdedores en hijos otorga cierta inmunidad al equipo y a sus seguidores que saben que, ante cualquier ataque, el recordar el triunfo es suficiente para colocar en posición de subordinación al otro.
La segunda línea de humillación que se manifiesta en los cantos futbolísticos es la de transformar al otro en la masculinidad subordinada por excelencia, la homosexualidad. Esto Archetti lo explica como una manera de afirmación de la masculinidad basándose en su relación con el otro:
La afirmación de la propia masculinidad depende de privar al otro de la suya. El conquistado, el débil, el que no es un ‘hombre de veras’ hace –o se sospecha que hace- cosas que atentan contra la naturaleza. Los hinchas crearon un vasto repertorio cuyo rasgo sobresaliente pasó a ser la construcción de la sexualidad y de un mundo dividido entre ‘hombres de veras’ e impostores, es decir, homosexuales (305).
Observemos un ejemplo de esta línea de humillación en otro cántico de la barra del equipo Universidad de Chile:
Si salimos campeones vamos a celebrar.
Si salimos campeones vamos a celebrar,
culeando indios, culeando indios en el Nacional
En este ejemplo se ve cómo el triunfo implica una subordinación inmediata del otro. Esta subordinación se centra en el dominio de dos aspectos primordiales para un hombre futbolero: la masculinidad y el espacio. La mejor forma de humillar es privar al otro de su masculinidad, imponiendo la propia, en un territorio de dominio en el cual el otro no puede ejercer supremacía. Por eso, para un equipo de fútbol lo más humillante es ser vencido jugando de local.
La manifestación de la masculinidad hegemónica que se da en el fútbol es presentada en la crónica “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)” de Pedro Lemebel con un sentido inverso. Aquí los rasgos y actitudes utilizados para reafirmar la masculinidad son transpuestos y utilizados para ponerla en duda. El principal factor que posibilita este resultado es el ojo a través del cual son analizadas las expresiones de la masculinidad. Si bien la loca que va al estadio en esta crónica es un personaje de la misma, el narrador está enfocado en ella y son sus movimientos y su recepción de los hechos lo que presenta. Podríamos considerar, entonces, que la voz narrativa es la manifestación expresa de la loca. De esta manera, nos enfrentamos con dos lados actuantes de la misma figura: la loca cronista y la loca actriz. La primera relata lo que hace la segunda, como participante del mismo contexto y de la misma posición en la sociedad. Una crónica corresponde, según el Diccionario Oxford de Literatura Española e Hispanoamericana, a “Historias escritas normalmente por testigos de los hechos o tomadas de acontecimientos contemporáneos de sus autores” (197). Esto implica dos posiciones, la del voyerista y la del actor, lo que deja abierta la posibilidad de un intercambio de roles. Además podemos atribuirle a la posición de voyerista el carácter de pasividad y al de actor el de actividad. En este sentido, la posición sexual del cronista y su protagonista en “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)” juega un rol simbólico fundamental. El voyerismo y la actuación que conforman los dos elementos básicos de una crónica también son básicos en el juego sexual, al igual que su carácter de intercambiables. Esta cercanía entre el género literario y el género sexual explica, tal vez, por qué Lemebel decidió hablar de uno a través de otro.
Volviendo a lo que me interesa, en “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)” las funciones de humillación que hemos analizado en los cantos de las barras son trasladadas a los graffitis escritos en las paredes de los baños, otra realidad que debería ser agregada al análisis de Archetti y que no sólo se da en los baños de los estadios, sino que también se extiende a cualquier tipo de instalación pública (colegios, hospitales, restaurantes, entre otros). Sin embargo, la significación que en esta crónica se le otorga a las expresiones de humillación cambian su función de reafirmar la masculinidad privando al otro de la suya, puesto que agrega al interés de humillar el interés de goce:
Al amparo de las escrituras profanas, se relaja en el espejeo de los graffittis que oran mohosos: “Aquí se lo puse al albo”, “La garra lo chupa rico”. En cada frase temblorosa se permean las ganas de encular al rival, de sentarlo en la picota. Como si placer y castigo fueran un rito compartido, una metáfora inyectora que castiga premiando con semen las insignias del contrario (Lemebel 55).
En esta cita se observa como en la crónica existe un interés de desvirtuar los ritos de humillación del rival. La forma en que esto se realiza es a través de una nivelación de los integrantes de la relación de humillación. El que humilla lo hace imponiendo su masculinidad a otro que es despojado de esta, sin embargo en la crónica el que humilla también es despojado de su masculinidad porque se le adjudica placer a la humillación que realiza, lo que lo priva de la imposición y fortaleza que está tratando de demostrar como parte de su masculinidad. Además, si los graffitis donde se intenta humillar al otro son descritos como temblorosos, la mano que los plasmó en esas paredes pierde la fuerza y seguridad masculinas necesarias para un hombre bien hombre.
Pasando a otro punto, la masculinidad hegemónica desarrollada en la crónica de Lemebel está relacionada fuertemente con un grupo social de estrato bajo que, no obstante poseer las mismas consignas de la masculinidad de otros estratos, se manifiesta según su realidad social particular. El factor social es un aspecto que une a los seguidores del fútbol representantes de la masculinidad presentada en nuestra crónica. Sus costumbres y actitudes también son parte de su configuración genérica, como podemos observar en la siguiente cita del relato: “Los supuestos rencores entre las dos barras, son vecinos que amortiguan las faltas económicas con el baboseo de la caja de vino compartida o el vapor ácido de los pitos que correnen la brasa centella que dinamita la batalla” (Lemebel 52). El alcohol y las drogas consumidos en exceso pasan a ser un requisito primordial en quien desea ser considerado bien hombre. Un ejemplo, fuera del contexto futbolístico en el que se centra la crónica, podemos encontrarlo en la canción del grupo chileno Los Mox!, llamada “Tomo y obligo”, que pone en evidencia cómo la masculinidad debe ser corroborada en la resistencia en el consumo de productos históricamente considerados masculinos. Esta corroboración sólo es evidente en el consumo excesivo:
Me despierto temprano en la tarde,
me rasuro antes de levantarme,
no me ducho porque me da paja,
si con cueva me lavo la raja.
Ahí espero que se haga de noche,
voy a fiestas sin ningún reproche,
y me gusta que tomen conmigo
porque yo cuando tomo obligo.
¡Y el que no le pone es maricón!
¡Y el que no es borracho no es un Mox!
(“Tomo y obligo” del disco Vino
caliente, tomó y se fue, Los Mox!)
Como se observa, en la primera parte de esta canción hay una enumeración de características que en el inconsciente del grupo masculino corresponde a rasgos reafirmadores de la hombría. Pero lo más importante es la temática que da título a la canción: tomo y obligo. La reafirmación de la masculinidad no sólo se centra en la resistencia ante el exceso, sino que además en el obligar. Quien obliga es el que tiene permitido descalificar al otro como hombre si ve que no cumple con la corroboración de su masculinidad y, por lo tanto, no puede ser juzgado al respecto ya que en su poder está la sentencia. La descalificación es inmediata, incluso antes de estar en el contexto adecuado. Las consecuencias de no beber (o no beber en exceso), se presentan como una advertencia desde antes de comenzar a hacerlo: “!El que no le pone es maricón!” Incluso, el grupo Los Mox! ha otorgado una nueva denominación al tipo de hombre que representan en sus temas, del cual se ríen en forma no crítica, sino que anecdotaria. Esta denominación, el nombre de su agrupación musical, da a entender que todas sus letras están dirigidas almismo tipo de masculinidad a la cual ellos representan en forma cómica: “¡El que no es borracho no es un Mox!”
Buscando otro acercamiento al fenómeno de la masculinidad que se da en el fútbol, me adentraré en la explicación que Joan Shapiro da a la fascinación por los deportes que presentan los hombres. Para esto utiliza la metáfora del soldado, definiendo el deporte como una suplantación de la guerra: “Con frecuencia existe una batalla simbólica, en la que figuran un equipo y un líder. Cuando animas a tu equipo, te imaginas que éste está librando una dura batalla” (187). Es esto precisamente lo que el narrador de “Cómo no te voy a querer” retrata al comenzar su crónica: “Es así, que cada confrontación deja como resultado una estela de palos, piedras y vidrios rotos al paso atronador de La Garra Blanca y Los de Abajo” (51). Pero esto lo desarrolla y lo coloca en un campo de batalla más explícito, donde las fuerzas en pugna son verdaderos soldados, manifestando la pasión deportiva como una vía de escape a la oposición acallada y popular contra el régimen militar: “ellos saben que vienen de donde mismo, se recuerdan yuntas tras la barricada antidictadura [. . .]. Saben que en realidad se juntan para simular una odiosa oposición que convoca al verdadero rival; el policía” (52). Sin embargo ésta representación de la masculinidad hegemónica que es presentada por el narrador, es reinterpretada inmediatamente por la loca, quien la pone en duda y la debilita:
A pesar del calor que cosquillea en la gota resbalando por la entrepierna ardiente, a pesar del pegoteo de torsos desnudos mojados por la excitación, los chicos se abrazan y estrujan estremecidos por el bombazo de un delantero que mete pelota rajando el himen del ano-arco. Entonces el gol es una excusa para sobajearse encaramados unos sobre otros, en la ola afiebrada que trepa las rejas que protegen la cancha (52-3).
Entonces, el cronista toma la metáfora del soldado y la dispara contra la masculinidad que resguarda al utilizar el concepto de bombazo como representación de la guerra en el deporte y otorgarle una connotación erótica. De esta manera le concede a todo el ritual deportivo un carácter erótico que lo priva de todo lo que representa. El gol, interpretado desde un punto de vista sexual, cumpliría el mismo rol que los cánticos y los grafittis, humillar al oponente. Así, al introducir la pelota en el arco contrario se estaría representando la penetración de la masculinidad fuerte sobre la subordinada. Eduardo P. Archetti dice que, frente a la masculinidad hegemónica, “los homosexuales son aquellos que se dejan humillar o que no defienden con suficiente energía su identidad masculina” (306), es decir, son los que se dejan penetrar. El que penetra no está poniendo en duda su masculinidad porque no se deja humillar, máxima que el gol está encargado de representar en el fútbol. Sin embargo, dejar en evidencia lo sexual de esa representación coloca en el mismo nivel al que humilla y al humillado, ambos están participando de un intercambio sexual, ya no es subordinación de un equipo sobre otro, sino que el equipo que humilla también siente el placer y este placer se traspasa a sus seguidores (“ola afiebrada que trepa las rejas”, Lemebel 53). Si ambos tienen sensaciones la humillación es anulada y la masculinidad desvirtuada.
El fútbol es un espacio masculino, donde se establecen relaciones de dominación y subordinación entre masculinidades. En “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)” el desarrollo de la masculinidad hegemónica es desvirtuado por la interpretación que la loca hace de ella. La forma en que realiza esta desvirtuación es otorgándole un carácter erótico a los ritos reafirmadores de la masculinidad que rodean al fútbol, colocando hegemonía y subordinación en un mismo nivel. Sin embargo, esta desvirtuación tiene un motivo que reside en tratar de romper los límites de esa micropolítica que rodea al fútbol, micropolítica que deja fuera a la loca y a las mujeres. La loca quiere estar ahí, por eso necesita transformar el espacio en un ambiente en el cual ella tenga cabida.
Sólo me queda explicar por qué la loca tiene esa necesidad de adentrarse en un mundo masculino donde ella, sin la desvirtuación que realiza, no sería aceptada. La loca se siente atraída por los aspectos masculinos más extremos, por aquellos detalles que sólo pueden darse en un macho. Las actividades de hombres que cumplen con la masculinidad hegemónica por medio de las mismas son las que atraen a la loca, a quien, de una manera reinterpretada, también le gustan, las comparte y las aprueba, principalmente por lo que representan en un hombre; estas actividades la loca las desea y les da una interpretación erótica que satisface a su parte femenina. Sin embargo, esta aceptación de las actividades propiamente masculinas es una deformación de la parte macho de la loca, es la expresión adaptada de las características que la loca tomó de la masculinidad hegemónica. Esto queda bastante claro en la actitud voyerista que toma la loca en el baño: “Mirando el chorro dorado de un hincha que expulsa la cerveza” (Lemebel 55), otorgándole a la orina un carácter atractivo para satisfacer su necesidad erótica. Esto da a la loca facilidad para acercarse y concretar el acto sexual que busca en el ambiente masculino y para lo cual lo desvirtúa: “Entonces a una señal la loca se cambia de equipo, se mete en la caseta vecina donde el chico la espera agitando tarjeta roja entre las manos” (Lemebel 56).
El que la loca desee experimentar placer sexual en un ambiente deportivo es comprensible si tomamos en cuenta “que los hombres no se sienten seguros de sí mismos, no tienen un concepto demasiado claro y definido de su propia masculinidad. Los deportes lo ayudan a obtenerlo” (Shapiro, 196), por lo cual para la loca es más fascinante encontrarse en el espacio justo donde la masculinidad es reafirmada y llevada a su máxima expresión, donde es opacada totalmente la inseguridad, colocándose lo más lejos posible de lo femenino. La parte masculina de la loca es la que en “Cómo no te voy a querer” la lleva a ir al estadio, aunque la fascinación que los hombres sienten al expresar su masculinidad la loca la siente al observar a los hombres expresarla. Sin embargo, corresponde básicamente a la misma fascinación que en la loca se ha deformado hacia lo externo, en virtud de dejar espacio a su parte femenina: “Pero al fin llegó y mientras finge mirar el partido siguiendo la pelota que rueda en el pasto, que rebota como todas las pelotas que saltan a su lado, jugosas en el nido peludo que acuna el baile” (Lemebel 54). La loca disfruta con la erotización de esa masculinidad exclusiva para hombres y que excluye a todo lo no-masculino, porque esa masculinidad corresponde a su propia masculinidad que ha cambiado de forma al mezclarse con lo femenino.
Lo que Lemebel realiza en su crónica “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)” es poner en evidencia lo que constituyen los ritos de formación de la propia identidad masculina: la homosociabilidad, la subordinación de otras masculinidades, la demostración de la fuerza. Poner en evidencia estos aspectos y explicitarlos invierte su verdadera función y juega en contra de lo que buscan. Aquí reside el verdadero valor de los escritos de Lemebel, utilizar significados y, recurriendo a los conceptos que los componen, ponerlos en contra de sí mismos para reivindicar la posición humillada y silenciada en la que ha estado su loca, la voz a la que dio luz cuando era más necesario que en nuestra sociedad chilena se abrieran las voces eternamente en silencio.
Bibliografía
Archetti, Eduardo P. “Masculinidades múltiples. El mundo del tango y del fútbol en laArgentina.” Sexo y sexualidades en América Latina. Gabriela Ventureira trad, Daniel Balderston y Donna J. Guy eds, Buenos Aires: Paidós, 1998. 291-312.
Connell, Robert W. “La organización social de la masculinidad”, Masculinida/des. Poder y crisis. Teresa Valdés y José Olavarría eds. Santiago: Ediciones de las mujeres N.24, Isis Internacional, Flacso, 1997. 31 – 48.
“El imperialismo y el cuerpo de los hombres”, Masculinidades y equidad de género en América Latina, Teresa Valdés y José Olavarría eds. Santiago: Flacso – Chile, 1998. (76 – 89).
Lemebel, Pedro. “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras).”La esquina es mi corazón. Santiago: Seix Barral, 2001. 27 – 30.
Shapiro, Joan. “Los deportes”. Hombres. Una traducción para mujeres. Barcelona: Paidós, 1994. 183 – 197.
Diccionario Oxford de Literatura española e hispanoamericana, Gabriela Zayas trad. Barcelona: Crítica, 1984.
Este trabajo fue presentado en forma resumida en el XIII Congreso Internacional de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios (SOCHEL), realizado los días 29, 30 de septiembre y 1º de octubre del 2004.
[*]Dra. Daniela Aspeé Venegas - Universidad Católica de Chile