El lugar del saber en la práctica psicoanalítica

Daniel Larsen *

psi

 

 

Como solía insistir Lacan, el analista es al menos dos: el de su práctica, y el que intenta formalizar a nivel de la teoría los hechos de su práctica. Esta afirmación, tan repetida al punto de convertirse en una suerte de slogan, es interpretada generalmente, o más bien utilizada (como ocurre con tantos otros aforismos lacanianos), como una especie de mandato superyoico (entre paréntesis: ¡qué interesante sería realizar un estudio del superyo psicoanalítico!) según el cual el analista debería ser algo así como un "gran estudioso" de la teoría, sobre todo si su aspiración es la de llegar a ser un "buen lacaniano". Esto ha desembocado en confusiones de serias consecuencias para el psicoanálisis como por ejemplo la creencia, nunca explicitada, por supuesto, de que el eje de la transmisión del psicoanálisis pasaría por el aprendizaje y la enseñanza de la teoría y que, por lo tanto (y aquí residiría la confusión), "saber mucha teoría" o ser un "gran teórico" equivaldría a "ser buen psicoanalista", al punto de haber llegado a convertirse en una suerte de parámetro hegemónico muy fácil de observar cuando los analistas en formación (por llamarlos de alguna manera) eligen con quién estudiar (pequeña digresión: el grupo de estudio siempre me ha parecido una formación neurótica, pero, al igual que la neurosis de transferencia, necesaria, con la condición de que posibilite progresivamente la puesta en juego de una transferencia de trabajo que predomine claramente sobre las transferencias neuróticas propias de todo grupo) o con quién supervisar o, con quién comenzar un análisis (sobre este punto nos debería llamar la atención, creo, lo común que es el hecho de que muchos estudiantes elijan a su analista entre sus profesores) Esta es una de las razones de las disputas que observamos de hace un tiempo en la Universidad por ocupar lugares de poder. Y digo una de las razones porque lo que en realidad está en juego, como trasfondo de todas estas disputas, es el Mercado del psicoanálisis. Esta especie de nuevo Dios, al que nada parece poder sustraérsele, impone también sus reglas a los psicoanalistas que, se den cuenta o no, procuran cotizar en la Bolsa del Saber. Pretender teorizar sobre un tema como el de este trabajo sin tener en cuenta estos factores sería de una ingenuidad poco creíble.

Al igual que Freud, pero de una manera más acentuada, Lacan intentó alejarse de la magia y la religión, esa especie de fantasma que persigue al psicoanálisis, apostando al saber expuesto, en oposición al saber supuesto que fomenta la mística, el amor y, por lo tanto, la transferencia. Ahora bien, esta exigencia de formalización que Lacan supo imponerle al movimiento psicoanalítico, esta irrenunciable tarea de separar o de distanciar al psicoanálisis del esoterismo no justifica el deslizamiento que se ha producido en el sentido de querer pensar al psicoanálisis con los parámetros de las ciencias llamadas "duras", con un cuerpo doctrinario establecido y digna representante, además, de una Ilustración que si bien, como sabemos, surgió como una reacción frente al oscurantismo propio de la religión y la magia, también sabemos que poco a poco se fue transformando el lo que algunos han llamado el "Despotismo Ilustrado", preocupado por borrar hasta hacer desaparecer todo aquello que no pueda llegar a entrar en los cálculos de la Razón. No hace falta pensar demasiado para darse cuenta que el psicoanálisis no puede tener lugar en un proyecto de esas características, salvo al costo de su pérdida. Sin embargo no son pocos los que se empeñan en mantener al psicoanálisis en el "camino de Las Luces" y, apoyados en la supuesta virtud de transmisión integral del matema, excluyen, tal como lo hace el discurso científico, todo aquello que hace a la dimensión de la enunciación, dejando afuera, de esta manera, al psicoanálisis mismo.

A esta altura de la exposición alguien podría preguntarse, y con toda pertinencia ¿pero no fue el propio Lacan el que impulsó este proyecto de matematización del psicoanálisis?

Sólo en apariencia. Ninguno de los intentos de formalización llevados a cabo por Lacan, incluso los más rigurosos, llegaron a tener para él un carácter definitivo, nunca dejaron de ser revisados ni revisables. Con el mismo criterio que Freud describe en la primera página de "Pulsiones y sus destinos" (a la cual remito) Lacan elaboraba sus teorías tratando de responder a las problemáticas clínicas que le preocupaban, abandonándolas cuando ya no le resultaban operantes. Además, Lacan nunca afirmó que el psicoanálisis fuera una ciencia. Dijo que si lo era, se trataría de una ciencia de lo particular y en los últimos años insistió en que se trataba sólo de una práctica. Por otra parte, conviene acotar, Lacan siempre consideró al psicoanálisis como un efecto del surgimiento del discurso científico del que no se lo puede apartar es decir, no se puede pensar al psicoanálisis por fuera del campo de la ciencia.

Ahora bien, tanto el psicoanálisis como la ciencia se basan en un fenómeno de fuertes componentes religiosos, parten de una creencia (que implica necesariamente una fe): suponen que lo real está estructurado, y no de cualquier forma: está estructurado como un saber. La pregunta que se hace Newton es paradigmática a este respecto: ¿cómo es posible que un cuerpo, la masa de un cuerpo, esté ligado a otro cuerpo, a otra masa, de tal manera que ninguno de los dos se destruya ni se aleje, que estén en relación y que guarden una buena distancia? Este interrogante lo lleva a Newton a la idea de Dios, una especie de dios arquitectónico que sería el responsable del orden del mundo.

El surgimiento del psicoanálisis no es ajeno al interrogante de Newton si tenemos en cuenta que lo que Freud descubre es que el síntoma está constituído por palabras que se ordenan según leyes, "otras leyes" (condensación y desplazamiento) que nada tienen que ver con las que rigen el funcionamiento conciente y que se ubicarían en otro lugar, "Otra escena". Veamos a este respecto una cita de los comienzos del psicoanálisis, de Psicoterapia de la histeria: "Todos estos resultados de nuestro procedimiento nos dan la falsa impresión de que existe una inteligencia superior, exterior a la conciencia del enfermo, que mantiene en orden, para determinados fines, un considerable material psíquico, y ha hallado un ingenioso arreglo para su retorno a la conciencia". Y una página más adelante agrega: "nos inclinamos nuevamente a la hipótesis de una inteligencia inconsciente".[1]

Como decíamos antes, tanto el investigador como el psicoanalista parten del supuesto de que lo real está estructurado como un saber, saber a capturar y a la búsqueda del cual se lanzan impulsados, podemos inferir, por el registro de una falta. Las diferencias van a estar determinadas por la posición que adopten en relación a esta falta.

El científico es víctima, podríamos decir, de una ilusión: la de creer que el saber en cuestión es capturable, es atrapable (si no lo es ahora lo será en algún momento) y que, de esa manera, su falta quedaría colmada.

Y aunque ese saber se desplace hacia adelante cada vez que se lo crea alcanzar, aunque el objeto de su investigación sufra un constante relanzamiento, el científico nunca abandona el presupuesto del que parte: de que el campo de lo real puede ser, tarde o temprano, completamente recubierto por los conceptos de su disciplina. Esto es lo que llevó a Lacan a afirmar que la ciencia forcluye al sujeto y a plantear al campo de concentración como punto de fuga del desarrollo del discurso científico.

El psicoanalista también le supone un saber a lo real pero esta suposición -necesaria- mas que una creencia sería más bien del orden de una apuesta -pascaliana si se quiere-, una apuesta sin garantías y con los riesgos que implica. También se ve lanzado a la búsqueda del saber pero para el psicoanalista este saber no es capturable, mas bien habría que decir que se caracteriza por estar siempre escapando.

Si el investigador se relaciona con el saber a partir de la ilusión de colmar la falta que motiva su búsqueda, el analista, por el contrario, si está atravesado por su análisis (digámoslo, aunque parezca que va de suyo), parte de la imposibilidad de saber. En otras palabras, está advertido que el agujero de lo real no puede ser cubierto con el saber (aunque ésta sea la ilusión de todo saber), que sólo puede bordeado, rodeado por palabras, palabras que van a constituir un saber siempre parcial, provisorio, lacunar, agujereado siempre por el no-saber que, como dice Lacan, es lo que le dá su verdadero marco al saber.

Por otro lado, tanto en las ciencias como en el psicoanálisis el saber es algo que se construye, que se inventa por medio de nominaciones que dan existencia, de esta manera, a fenómenos que eran ignorados antes de ellas. En las ciencias estas nominaciones se convierten en conceptos perfectamente definibles y universalizables. En el psicoanálisis las nominaciones no pueden ser colectivas, sólo pueden ser singulares, porque el saber que se construye en el psicoanálisis es inseparable del proceso de la cura en la cual un sujeto va elaborando su relación particular con el saber, un saber sin cesar interpelado y sin dejar de ser puesto en falta. Es por este sesgo que la transmisión del psicoanálisis puede encontrar su lugar, en relación a un saber teorizado, reinventado por un sujeto en su singularidad.

El método psicoanalítico, con su regla fundamental, es una invitación para que el sujeto despliegue su palabra que enmascara pero que a la vez revela su verdad. Esto implica una operación a nivel del saber tanto del lado del analista como del paciente. Como Freud solía aconsejar, es necesario que el analista pueda escuchar a cada paciente, incluso cada sesión, como si fuera la primera vez, poniendo entre paréntesis toda clase de saber previo, tanto en lo relativo a su paciente como a la teoría de referencia. Es ubicándose en esta posición de no-saber que el analista crea las condiciones para que algo del orden de un saber no-sabido pueda surgir, como una sorpresa, irrumpiendo en el sistema de convicciones que dominan la actividad yoica del paciente. Se podría afirmar que toda la formación del psicoanalista apunta a este objetivo -marcado por lo imposible, por otra parte- de llegar a ubicarse en este lugar de no-saber, sin poner en juego "la suma de sus prejuicios", sin "apresurarse a comprender", desde donde poder funcionar como causa del decir del paciente, permitiendo, de esta manera, el despliegue de un discurso que va revelando, a través de sus apuestas imaginarias, un deseo que, si bien toma cuerpo en cada una de las demandas que se van sucediendo, está siempre en fuga, siempre más allá de toda forma de articulación posible.

Es en tanto el analista no responde a las distintas significaciones que va articulando la demanda en su valor de signo que puede aparecer ese más allá que toda palabra vehiculiza en su dimensión significante. Este más allá de la significación va cobrando, en la medida que se va produciendo un trabajo sobre la demanda, el estatuto de un enigma, del cual el analista detentaría la clave de su sentido.

En otras palabras, en un comienzo el síntoma es planteado por el discurso del paciente como un signo dirigido a un alguien (médico o psicólogo) que procedería a decodificarlo aplicando su marco teórico de referencia que funcionaría a la manera de una grilla interpretativa. Por eso la demanda (toda demanda, incluyendo la de supervisión o la de estudio) es siempre demanda de significación. Por eso Lacan insistía en "no apresurarse a comprender", para que la demanda, al no ser satisfecha, pueda ser reenviada al deseo que la habita, que la atravieza dejando sus marcas. De esta manera el síntoma puede comienzar a ser vivido por el sujeto en su opacidad, en tanto portador de un saber no-sabido que interpela al sujeto y lo impulsa a buscar respuestas en donde él cree que las puede encontrar, en la persona del analista, a quien le supone el saber que a él le falta. A partir de este momento el paciente -que ya podríamos llamar analizante- comienza a dirigir su discurso a un interlocutor muy particular -creado por su transferencia-, que conocemos desde Lacan con el nombre de sujeto supuesto saber, al que le adjudica la cualidad de saber sobre la causa de sus dolencias, lo cual posibilita la puesta en marcha de la cura psicoanalítica.

Ahora bien, cuando el analista cede a la tentación (lo cual sucede con más frecuencia de lo que se cree) de identificarse con el sujeto supuesto saber, dá lugar a un fenómeno que conocemos con el nombre de infatuación, con lo cual, lo menos que podemos decir, es que queda descalificado como analista porque, al creer que sabe por anticipado lo que pueda llegar a pasar, al creerse que ya nada lo puede sorprender, no deja lugar a la aparición de lo inconsciente que se manifiesta siempre como irrupción de algo inédito, sorprendiendo, a la manera del chiste. Como dice Miller: "hay una ropa que no hay que comprar, y que no hay que dejarse regalar: el vestido del sujeto supuesto saber. Se observa que el analista quiere ese ropaje, y a veces prefiere quedarse en el círculo reducido donde le ponen esa prenda maravillosa, por miedo a ser desnudado, en un conjunto más grande, por sus colegas y los analizantes de sus otros colegas."[2])

Sobre este tema es necesario reconocer el mérito de François Roustang por haber hecho punta en este tipo de planteos, sobre todo en cuestionar la posición subjetiva de los analistas con respecto a la teoría, a partir de su libro "Un funesto destino", en el cual dice, por ejemplo: "cada vez que un psicoanalista o un teórico hace creer que él sabe, cada vez que pretende detentar el secreto que dará la inteligencia y la vida, todo el psicoanálisis vuelva a oscilar hacia la religión acabando con la posibilidad de descubrir; el oscurantismo vuelve a adquirir sus derechos. No es el psicoanálisis lo que se transmite sino que se comunican un poder y una fe." [3]

Según cuenta Elisabeth Roudinesco la aparición de este libro en diciembre de 1976 causó mucho revuelo en la Escuela Freudiana de París porque, si bien "no es el único que denuncia el dogmatismo institucional de las sociedades freudianas, es el primero en Francia que reaviva de manera consciente y concertada el síntoma hipnótico. Con ese libro acusa al lacanismo de tener todas las taras de una religión, de un opio o de un arte de manipular a las masas."[4]

Creo que si este libro fue motivo de escándalo es porque se propuso reintroducir lo que la tendencia matematizante dominadora en el lacanismo intentaba rechazar: la dimensión de la enunciación propia de todo enunciado, así se trate de lógica, de topología o de nudos borromeos. Si borramos la enunciación barremos al mismo tiempo al psicoanálisis.

Si retomamos ahora la frase del comienzo de este trabajo, podemos ver que práctica y teoría son inseparables en el pensamiento de Lacan. Esto implica que así como la práctica sin teoría se convertiría muy pronto en una actividad esotérica o en algún tipo de magia, la teoría desconectada de la práctica, pensada en una especie de eidos platónico se asemejaría rápidamente a un delirio. La exigencia de teorizar que plantea Lacan no es de orden epistemológico, es decir, no está en el camino de hacer del psicoanálisis una ciencia, sino que es de orden ético porque la exigencia de teorizar es parte inseparable del acto analítico, como lo plantea Michel Fennetaux de quien quiero, para concluir, citar un párrafo de su libro "El psicoanálisis, ¿camino de las Luces?" que resume un poco el espíritu de este trabajo: "Es necesario que los amigos de la ciencia beban la copa hasta las heces y se representen claramente qué implica esta conclusión: por ejemplo,que toda ¨teorización¨ que no se pensara sujeta a su origen sería resistencia a lo inconsciente, y como corolario que la cientificación del discurso psicoanalítico, la algebrización de que es objeto en ciertos círculos, todo lo que va en el sentido de la constitución de un saber, participa de esa resistencia y que entonces, sin que nadie se lo espere, el combate de las Luces confirma ser en resumidas cuentas una intriga del oscurantismo."[5]

 

Bibliografía

[1] Sigmund Freud. Psicoterapia de la histeria. Obras Completas. Biblioteca Nueva. Madrid, 1973.

[2] Jacques Alain Miller. De mujeres y semblantes. Cuadernos del pasador. Buenos Aires, 1993

[3] Francois Roustang. Un funesto destino. Premia. Mexico, 1990.

[4] Elisabeth Roudinesco. La batalla de los cien años. Fundamentos. Madrid, 1993.

[5] Michel Fennetaux. El psicoanálisis, ¿camino de Las Luces? Nueva Visión. Buenos Aires, 1992.


[*]El presente escrito ha sido publicado con anterioridad en el portal de psicoanálisis www.elsigma.com . Sección Colaboradores; y en: Imago Agenda Nº 29, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, Mayo 1999

 

[*] Psicoanalista - Lic. en Psicología por la Universidad de La Plata. Buenos Aires. Argentina. Docente de la cátedra de Teoría psicoanalítica del Dr Rolando Karoty (entre 1987 y 1995). Ha escrito y publicado diversos artículos y ensayos en publicaciones digitales y graficas. El e-mail del autor es daoslarsen@hotmail.com