Kafka y el poder de lo simbólico [*]

Daniel Larsen *

kafka

 

Este tema nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre las posibles relaciones que pueden existir entre el psicoanálisis y la creación artística. Hablo de posibles relaciones a causa de la diversidad de puntos de vista que podemos encontrarsobre esta cuestión, pero que, según nuestro criterio, se pueden reducir a dos. Por un lado está la posición que podemos llamar clásica, que ha predominado ampliamente desde que existe el psicoanálisis, que durante mucho tiempo se la designó con un nombre específico: psicoanálisis aplicado, término que hoy en día los psicoanalistas se cuidan mucho de usar aunque no dejen de responder a su concepción, es decir, “aplicar” los conceptos de la teoría psicoanalítica a la obra de arte, intentando, de esta manera, explicarla o interpretarla, muchas veces recurriendo a la biografía del autor. O a la inversa, se trata de interpretar la vida de un creador a partir de los datos de su obra. Esta posición, al privilegiar la necesidad de explicar y dar sentido a la obra de arte deja de lado deja de lado su factor específico que es su valor estético. De esta manera, el posible diálogo entre arte y psicoanálisis se reduciríaun monólogo.

La otra alternativa parte mas bien de la necesidad de renunciar a esa manía interpretativa (que, no esta demás decirlo, no es de propiedad exclusiva de los psicoanalistas), para poder enfrentarse a lo desconocido, sin intentar domesticarlo, introduciéndolo en algún sistema de pensamiento. Implica acercarse al arte a partir del misterio que encierra cada obra, esa oscuridad que justamente es la que le da su brillo propio.

Desde esta perspectiva solo podemos aspirar a encontrar puntos de convergencia entre la articulación que tanto el arte como el psicoanálisis pueden hacer de determinada problemática.

Estas consideraciones son mucho mas pertinentes y necesarias tratándose de la obra de Franz Kafka de la cual, como sabemos, se han hecho, hasta el abuso, toda clase de interpretaciones: psicoanalíticas, sociológicas, teológicas, filosóficas y políticas, que además de ser un claro intento de introducir el arte de Kafka en algún sistema teórico, se caracterizan por mezclar y confundirla obra artística con la vida y la persona de Kafka.

Milan Kundera, el otro “K” de Praga, bautizó esta forma a de acercarse a Kafka con el nombre de kafkología que tendría, según este autor, las siguientes características:

  • Introducidapor Max Brod la kafkologíaexamina los libros de Kafkano en el gran contexto de la historia literaria, sino casi exclusivamente en el microcontexto biográfico.
  • En la pluma de los kafkólogos la biografía de Kafka se convierte en hagiografía.
  • Desplaza sistemáticamente a Kafka del terreno de la estética.
  • La kafkología no es una crítica literaria (no se interesa por el valor de la obra), mas bien es una exégesis y como tal no ve en las novelas de Kafka sino alegorías.(1)

Volviendo a lo que sería la propuesta de este trabajo, la problemática que se encuentra omnipresente en la obra de Kafka y que puede funcionar como punto de convergencia para la reflexión psicoanalítica no es (como tanto se ha dicho, y escrito) el conflicto con el padre, ni con el matrimonio, etc, etc., sino que es con lo que podemos llamar “el poder de lo simbólico”.

Los personajes de Kafka se ven constantemente confrontados con un poder que tiene el carácter de un laberinto sin fin del que no pueden sustraerse y al que no pueden comprender. En Kafka, la institución es un mecanismo que obedece a sus propias leyes programadas ya no se sabe por quien ni cuando, que no tienen nada que ver con los intereses humanos y que, por lo tanto, son ininteligibles. En este mundo burocrático del funcionario no hay lugar para la iniciativa o la invención, sólo hay reglas y órdenes que hay que obedecer. Además el funcionario realiza solamente una pequeña parte de la gran acción administrativa cuyos fines nunca llega a conocer. Por otra parte sólo se relaciona con anónimos y expedientes. Es un mundo en el que los gestos se han vuelto mecanizados y las personas no conocen el sentido de lo que hacen.

Por ejemplo, en el cap. 5to de “El castillo” el alcalde del pueblo explica a K. la larga historia de sus expediente: hace unos años llega del castillo a la alcaldía la propuesta de contratar en el pueblo a un agrimensor. La respuesta escrita del alcalde es negativa, pero se extravía en otra oficina y, así, por el juego muy sutil de los malentendidos burocráticos que se prolonga durante años, un dia, pòr descuido, se le envía realmente a K. la invitación justo en el momento en que todas las oficinas implicadas están liquidando la antigua propuesta, ya caduca. De modo que, después de un largo viaje K. ha llegado al pueblo por error. Más aun, ya que no hay para el otro mundo posible que este castillo con su pueblo, toda su existencia no es sino un error.

Lo kafkiano no se limita ni a la esfera íntima ni a la esfera pública, las engloba a las dos. Lo público es el espejo de lo privado, lo privado refleja lo público.

En La condena el padre acusa al hijo y lo condena a morir ahogado. El hijo acepta la supuesta culpabilidad y va a tirarse al río tan dócilmente como Josef K. en El proceso inculpado por una organización misteriosa, se dejará degollar. Incluso lo absurdo de la acusación es tan insoportable que, para encontrar la paz, el acusado quiere hallar una justificación a su pena. Esto es lo que hace, por ejemplo, Josef K. en el cap. siete de El proceso, cuando decide hacer un examen de toda su vida, “hasta en sus menores detalles”. La máquina de la “autoculpabilización” se ha puesto en marcha. El acusado busca su culpa.

Pasemos ahora a algunas reflexiones de la teoría psicoanalítica con el objetivo de encontrar puntos de intersección con lo que venimos planteando.

Freud, en El malestar en la cultura, se hace la siguiente pregunta: ¿cómo se las arregla la civilización con la agresión, cómo hace para volverla inofensiva?A lo cual se responde: “La agresión es introyectada, interiorizada, pero en verdad reenviada a su punto de partida: vale decir, vuelta hacia el propio yo. Ahí es recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyo y entonces, como “conciencia moral”, está pronta a ejercer contra el yo la misma severidad agresivaque el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él. Llamamos “conciencia de culpa” a la tensión entre el superyo que se ha vuelto severo y el yo que le está sometido. Se exterioriza como necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura yugula el peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior, como si fuera una guarnición militar en la ciudad conquistada”. (2)

Por otro lado Lacan, en distintos momentos de su obra, nos advierte sobre los peligros que nos amenazan con el progreso del discurso científico, en la medida en que éste tiende a la universalización, a la totalización de lo simbólico. Veamos una cita tomada del Seminario 7, La ética del psicoanálisis: “Esta formidable elucubración de horrores (se refiere a la obra del Marqués de Sade), ante la cual flaquean, no sólo los sentidos y las posibilidades humanas, sino la imaginación, no es estrictamente nada al lado de lo que se verá efectivamente en escala colectiva, si el gran, el real desencadenamiento que nos amenaza estalla. La única diferencia que hay entre las exorbitantes descripciones de Sade y una tal catástrofe, es que ningún motivo de placer habrá intervenido en esta última. No serán los perversos los que la desencadenarán sino los burócratas, acerca de los cuales ni siquiera habrá que saber si son bien o mal intencionados. Será desencadenada por una orden, y ésta se perpetrará según las reglas, los engranajes, los escalones, las voluntades doblegadas, abolidas, encorvadas, por una tarea que pierde aquí su sentido. Esta tarea será la reabsorción de un desecho insondable, dado aquí en su dimensión constante y última para el hombre”.(3)

Recordemos que en la teoría de Lacan la estructura de lo simbólico se funda en una exclusión del goce que, por el hecho mismo de ser rechazado, no deja de insistir en una repeticióna través de la cual recupera un plus-de-gozar. Si en los tiempos que corren la pretención del saber científico al cierre del universo simbólico coloca en nuestro horizonte la posibilidad de la destrucción absoluta,es porque dicho saber se asientaen la tentativa de eliminación de ese resto del proceso de división del sujeto por lo simbólico que representa el objeto “a”. Él constituye lo real en que se funda la propia alteridad de lo simbólico, representa lo que resta del Otro, lo que garantiza su alteridad. Al no estar preservado el lugar del objeto “a” como lugar de la verdad del deseo, entonces retorna en lo real de la peor manera como puede ser, por ejemplo, la amenaza nuclear o en la extensión de los procesos de segregación.

Si ahora retomamos las reflexiones del comienzo del trabajo, podemos decir que la necesidad de interpretar la obra de arte responde a la exigencia de reabsorber todo resto impuesta por el discurso dominante, del cual, como en El proceso de Kafka, somos todos “funcionarios”.

 

Bibliografía

  • Milan Kundera, La sombra castradora de San Garta, Clarín. Cultura y Nación. Buenos Aires, 28 de noviembre de 1991
  • Sigmund Freud. El malestar en la cultura. Obras completas. Amorrortu ed. Buenos Aires, 1986. Tomo XXI, pág. 119.
  • Jacques Lacan. Seminario VII. La ética del psicoanálisis. Piados ed. Buenos Aires, 1990, pág. 280.

 


[*] Del libro: Las metamorfosis de la Locura, Karothy, Rolando (comp.); Ediciones de La Campana, Buenos Aires, 1994

 

[*] Psicoanalista - Lic. en Psicología por la Universidad de La Plata. Buenos Aires. Argentina. Docente de la cátedra de Teoría psicoanalítica del Dr Rolando Karoty (entre 1987 y 1995). Ha escrito y publicado diversos artículos y ensayos en publicaciones digitales y graficas. El e-mail del autor es daoslarsen@hotmail.com