¿Dónde se ha ido Dios? ¡Os lo voy a decir! ¡Lo hemos matado vosotros y yo! ¡Pero ¿cómo hemos hecho esto? ¿cómo pudimos vaciar el mar? ¿quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol? ¿no estamos cayendo continuamente? Hacia atrás, hacia un lado, hacia delante, hacia todos los lados? ¿existe todavía un arriba y un abajo? ¿no estamos vagando como a través de una nada infinita?”. Proclamaba “El loco” de “La gaya ciencia”, como canto de cisne de su época, y anticipándose a la nuestra.
“Dios a ha muerto”, anuncia Nietzsche, nombrando de esta manera la ausencia de un Fundamento último, Garantía del Orden del Mundo y fuente inagotable de Sentido.
Los mapas que guiaban nuestra existencia se han roto. Hemos perdido el rumbo, también el horizonte. La dimensión del futuro se ha esfumado. Ya no sabemos hacia donde vamos, ni donde estamos parados. Sólo sabemos que estamos asistiendo al final de una época, pero no sabemos (ni podemos saber), cómo sigue esta historia.
Es como si estuviéramos dentro de un barco que ha fundido sus motores y que todavía sigue en movimiento, por inercia, aunque sin rumbo, a la deriva. Los sueños que alimentaban la Modernidad se han evaporado en el aire, dejándola como una presencia sin sustancia, casi fantasmagórica... y en agonía.
Ahora bien, esta situación no nos ubica en una posición muy cómoda que digamos: nuestras referencias teóricas, nuestros parámetros ¿en qué medida nos sirven para poder enfrentar y entender lo nuevo y absolutamente inédito de este presente? ¿O conviene mas bien pensar que todos nuestros presupuestos han entrado en crisis (junto con la época) y que se impone, por lo tanto, un arduo trabajo de revisión crítica?
Claro que es mucho más fácil esquivar toda incomodidad, recurriendo al Saber establecido, afirmándose en él, y reduciendo toda esta problemática a una suerte de discusión teórica, desplazando, de esta manera, el eje de la cuestión. Así, por ejemplo, es muy común que en lugar de hablar de esta crisis epocal, se hable de lo que dicen “los postmodernos”, considerando a la llamada postmodernidad un invento de estos teóricos. Además, la actitud tan crítica que algunos mantienen con respecto a los planteos de estos pensadores (como si lo que esta pasando fuera responsabilidad de alguien), dejan entrever lo que podríamos llamar una posición nostálgica, es decir, se cuestiona todo en función de parámetros ideales que “tendrían que estar” pero ya no se los encuentra[1]
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Esta crisis se asemeja, aunque solo sea en parte, a la vivida durante el siglo XVII, en el cual se produce una ruptura con el Orden Religioso que regía la vida de los seres humanos. El hombre, al despertar de su largo sueño, comienza a rebelarse contra la tutela de su Dios, el mismo que lo había acunado durante siglos, llenando de sentido su existencia. Se produce un desencantamiento del mundo. El hombre del siglo XVII se siente desgarrado, desamparado, huérfano de Dios, vive en el desasosiego, melancólico y nostálgico por lo que ha perdido de manera irremediable. Ha expulsado a Dios del centro del universo, pero aun no sabe como reemplazarlo. Sus hábitos de conducta, sus costumbres, sus valores, tampoco encuentran cambio. El mundo se había agrietado y era necesario repararlo, con verdades sólidas, fundamentadas científicamente, que transmitan seguridad y tranquilidad, tal como antes lo hacía la verdad de Dios. La Modernidad surge de este punto extremo de desprotección, de ese vacío producido por el retiro de Dios de la historia humana, de esa conciencia de lo que se extingue, conciencia de un sujeto que pasa a ocupar el centro de la escena, que admite y celebra a la vez, el hecho de quedar huérfano de divinidades.
Este hombre ilustrado, embriagado de sueños, cree religiosamente en el Progreso de la Historia y que, con el desarrollo de la ciencia y la tecnología, se llegaría a alcanzar la felicidad definitiva. Por lo tanto, le otorga a la historia un sentido, un fin.
Bueno, es todo este proyecto de la Razón Ilustrada, el que hoy, estaría en crisis.
La idea de progreso, la historia con un sentido, una meta a alcanzar, la idea de la autodeterminación del hombre, la supresión de las desigualdades sociales, el ideal de justicia y de los derechos humanos, el ideal de fraternidad, el de libertad, todos estos ideales terminaron demostrando, con el tiempo, su carácter de meros sueños, en el sentido de que han quedado muy lejos de la realidad que terminó imponiéndose.
El siglo XX con sus guerras, genocidios, Hiroshima, Chernobyl, las dictaduras militares en los países latinoamericanos, el desarrollo de la ciencia por fuera de cualquier control humano, colaborando con una tecnología totalmente absorbida por las demandas del Mercado; todo esto ha contribuido a demoler los grandes relatos vertebradores que ordenaban y regían nuestras vidas, demostrando el fracaso del Gran Proyecto Racionalizador Ilustrado.
Vivimos en el contexto de un Sistema Capitalista salvaje, neoliberal globalizado. Ya no cuenta Dios, ni los ideales tan dignos de la Modernidad, ni sus valores, ni siquiera el Estado protector, regulador, benefactor, distribuidor de las riquezas. Un Capitalismo, el de hoy, que ya dejó atrás la etapa de las inversiones industriales que pudieran generar fuentes de trabajo. Hemos pasado a una etapa de Capitalismo Financiero. En él, sólo cuenta una cosa: la ganancia económica, aumentar las riquezas sea como sea que se logre, y a cualquier costo.
La increíble devastación que viene sufriendo la Argentina es la consecuencia lógica de un proceso, en el que, sus gobernantes han puesto todo su esfuerzo en ser “los mejores” discípulos de las políticas neoliberales exigidas por los organismos financieros internacionales, como el FMI, instrumento político de ese nuevo Dios oscuro, anónimo, sin rostro: el Mercado, que es el que hace realmente bailar al mundo según su ritmo, y sus leyes.
Para el psicoanálisis no existe la posibilidad de pensar al individuo en forma aislada, separada de los otros. Como lo dejaba bien claro Freud, en los primeros párrafos de su “Psicología de las masas”: “En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social (...)
Ahora bien, si nos interesa reflexionar sobre el lazo social, sobre las relaciones entre la pulsión y la cultura, es necesario remitirnos, siguiendo la línea freudiana, al mito de Tótem y tabú. Conocemos el argumento: los hermanos de la horda primitiva, cansados de soportar la tiranía de su padre, se rebelan y lo asesinan. Luego lo comen, incorporando su fuerza e identificándose, tanto con el padre muerto como entre ellos. Esta comida totémica, sería el punto de partida, según Freud, de las organizaciones sociales, las religiones y las restricciones morales.
La necesidad de expiar la culpa los condujo a imponerse el mismo renunciamiento que el padre les imponía por la fuerza, instaurando la prohibición de acceder a las mujeres de la horda. Además, como dice Freud: “Nunca más podía ni debía nadie alcanzar la omnipotencia paterna, que era el fin primitivo de cada uno.”
Este pacto terminó sustituyendo al padre todopoderoso por la Ley. Para Freud no puede haber sociedad sin el pacto de renunciamiento que la Ley instituye. Cada ser humano tendría que vérselas con esa deuda original y debería aceptar, a su vez, los renunciamientos que se impusieron los hermanos de la horda.
Se podría afirmar que este mito representa metafóricamente lo que el ser humano debe pagar como precio de su humanidad, de su integración al orden simbólico. El acceso al lenguaje exige un sacrificio: el del goce. Digamos por último que la prohibición no hace más que fijar su marca significante en el lugar de lo imposible que la muerte del padre pone al desnudo.
Freud continúa con estas reflexiones en varias oportunidades, pero es en “El Malestar en la Cultura” donde más se va a extender. Citémoslo: “...Cultura designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestras vidas de la de nuestros antepasados los animales (renuncia pulsional) y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres...” Entre estas operaciones y normas Freud va a incluir al Superyo (asociado al Ideal), la Justicia, y el Amor.
Estos reguladores sociales son los que vemos desfallecer día a día. Como consecuencia de esto podemos observar sujetos dominados por una voluntad de goce, para los que no parece existir renuncia pulsional alguna. Más bien vemos como se alienta la corrupción y una violencia que da cuenta de feroces manifestaciones de la pulsión de muerte.
Lacan, continuando con el hilo del pensamiento freudiano, va a construir su teoría de los cuatro Discursos. Y para caracterizar a esta época, va a hablar de Discurso Capitalista, efecto de la torsión que la Ciencia produjo en el Discurso del Amo Antiguo, modificando sólo dos letras en sus matemas.
El Discurso del Amo sería el discurso del Inconciente, en el que el significante amo (S1) está en el lugar del dominio, regulando la actividad del Saber (S2), que produce el plus de gozar (objeto a). El sujeto ($) en el lugar de la verdad, al estar dividido, da cuenta de su relación con aquello que lo determina, el saber no sabido del inconciente.
En cambio, en el Discurso Capitalista, el Saber trabaja en la producción de objetos plus de gozar, pero sin la referencia a un S1 que lo regule. Un S1 que ha dejado el lugar de comando que ocupaba en el Discurso Amo para pasar al lugar de la verdad, en el cual ya no funciona como Ideal que ordena las modalidades de goce, sino más bien como imperativo insensato que ordena gozar.
Si el imperativo de la ciencia es: -¡Sigue adelante. Sigue sabiendo más!- , el mandato del S1 del discurso capitalista es: -¡Sigue adelante, sigue consumiendo más! (en realidad sería: -¡Sigue consumiendo/te!)
Se pierde, en este discurso, la relación a un Ideal Normativo, y es el Mercado mismo el que manda. Al desaparecer la barrera entre el sujeto ($) y el objeto a se produce una desregulación del goce, favoreciendo una especie de “vale todo”.
El sujeto de este discurso, que ha perdido la relación con su representante; es un sujeto dividido, habitado por una falta que los valores no cubren, y que se encuentra directamente confrontada con los objetos del Mercado, esos gadgets que al tomar la función de objetos fetichizados obturan la dependencia del sujeto con respecto al significante y a la castración, creando la sensación de que el Uno de la Completud es posible, que la falta puede colmarse, que no existe necesidad que no se pueda satisfacer, desde la procreación, el cambio de sexo, hasta la clonación.
Ahora bien, se trata de saber si la ambición universalizante y uniformante del discurso científico puede llegar a reducir el síntoma, o incluso a silenciarlo. Si recordamos el planteo que hace del síntoma Lacan en La Tercera, como aquello que viene de lo real a ponerse en cruz al discurso del amo, para indicar lo que no anda, podemos pensar que existe en cada uno algo que le impide hacer absolutamente lo que le prescribe el discurso de su tiempo, un punto de resistencia, que los cantos de las sirenas del Mercado no logran atrapar. La pretensión totalizadora de la ciencia, de cierre del universo simbólico, se choca con el síntoma. Y el Psicoanálisis depende de ello.
Referencias
1 Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud, Paidós, Buenos Aires, 1976; t.3 p.266.
2 Volta, Ornella et al., Erik Satie: Del chat Noir a Dadá, , Instituto Valenciano de Arte Moderno, Valencia 1996; p.39.
3 Beach, Sylvia [1956], Shakespeare and Company, Nuevo Arte Thor, Barcelona 1984; p.16-19.
4 Roazen, Paul, Meeting Freud's Family, University of Massachusetts Press, Amherst, USA, 1993.
5 Soler, Colette [12 ene 1991], El síntoma en la civilización (El psicoanalista y las letosas), en aa.vv. La diversidad del síntoma, col. Orientación Lacaniana, Buenos Aires 1996; p.101.
6 Ibíd., p. 91.
7 V.gr. los juegos de Jacques Derrida con los márgenes y las notas en "Tímpano" (1972); con el trazo manuscrito en "Firma, Acontecimiento, Contexto" (1971); con la organización alfabética en "Limited Inc abc..." (1977); con las 88 páginas de prólogo de Mal de archivo (1995) para sus 13 páginas de tesis; con el libro partido en dos escrito junto a Geoffrey Bennington.
8 Para una descripción precisa de la poética posmoderna, consúltese Calabrese, Omar [1987], La era neobarroca, Cátedra, Madrid 1989.
9 Hobsbawm, Eric [1994], Historia del siglo xx: 1914-1991, Crítica, Barcelona 1995.
10 Para una crítica informada a la obra de J-F. Lyotard: Norris, Christopher, What's Wrong with Postmodernism: Critical Theory and the Ends of Philosophy, The Johns Hopkins University Press, Baltimore 1992.
11 Miller, Jacques-Alain [1988], "Algunas palabras sobre Lacan y la modernidad", incluido en n° 4/5 de Seminario Lacaniano, Buenos Aires 1990; pg. 51.
[1]
Digamos de paso que considero errónea tanto la postura hipercrítica como la acrítica, que acepta pasivamente y hasta se postula como defensora de la postmodernidad, como sería el caso de Lipovetsk
[*]Psicoanalista - Lic. en Psicología por la Universidad de La Plata. Buenos Aires. Argentina. Docente de la cátedra de Teoría psicoanalítica del Dr Rolando Karoty (entre 1987 y 1995). Ha escrito y publicado diversos artículos y ensayos en publicaciones digitales y graficas. El mail del autor es daoslarsen@hotmail.com
[*] El presente escrito ha sido publicado con anterioridad en el portal de psicoanálisis www.elsigma.com . Sección Colaboradores