Daniel Larsen *
La mayor parte de los trabajos que intentan abordar este tema parten del supuesto, aunque nunca explicitado, de que entre psiquiatria y psicoanalisis existiria una suerte de paralelismo, incluso diría de parentesco, como si se tratara de dos ramas contiguas que saldrian del mismo tronco, o sea, en definitiva, como si psiquiatria y psicoanalisis fueran dos disciplinas equiparables y, por lo tanto, comparables, ya que ambas formarian parte del mismo dominio de la medicina.
Hacer explícito este supuesto no nos facilita las cosas. Al contrario, nos obliga a preguntarnos sobre el tipo de relacion que puede existir entre medicina, psiquiatria y psicoanalisis, y nos exige, por otro lado, una toma de posicion que de ninguna manera podemos eludir.
En sus comienzos, como sabemos, el psicoanalisis nace de la medicia como un procedimiento terapéutico destinado al tratamiento de las neurosis. Pero, si queremos ser más precisos, tenemos que decir que en realidad surge de la práctica médica de Freud (lo cual no es lo mismo), de su obstinada búsqueda de “la solucion” para los interrogantes que le planteaban las histéricas con sus síntomas. Estas ya habian abandonado los conventos, asi como tambien a los hechiceros con sus exorcismos, para pasar a alojarse en los hospitales. Habian dejado ya de ser “las poseídas” para pasar a ser “las enfermas” de una medicina que se habia decidido, sobre todo a partir de Charcot, a otorgarles un lugar, aunque este lugar sea el de “la simuladora” ya que sus síntomas, al no responder a causas físicas determinadas, no podian ser reconocidos por el saber medico de la época.
Freud encuentra un desafío en esta situacion y decide enfrentarlo. Para esto intenta, en primera instancia, con tratamientos propios de la medina basados en la hipnosis y en la sugestion, con los que no llega a lograr otra cosa más que curas sintomáticas y, por lo tanto, transitorias. Freud reconoce los límites de este método en las fuertes e insuperables resistencias que, tarde o temprano, encontraba en los pacientes que trataba. Ahora bien, es justamente en estos fracasos donde podemos ubicar el punto de inflexion, de giro, que va a llevar a Freud a abndonar el discurso médico para subvertirlo, fundando, de esta manera, un nuevo discurso que hoy conocemos como discurso analitico. ¿Por qué decimos esto? Porque el fracaso que está aquí en juego no es el de un método de tratamiento, sino que es el fracaso de Freud en la posicion de amo propia del discurso médico, fracaso que le va a permitir, en la medida en que se aleja de su posicion subjetiva inicial, reconocer en las resistencias un obstaculo propiciatorio en la medida en que descubrió que son la expresion de un conflicto entre fuerzas opuestas, entre lo que llamó la “defensa” y “las representaciones inconciliables”. Freud descubre, en resumidas cuentas, que los síntomas tienen un sentido, que son como mensajes cifrados, quehablan y que, por lo tanto, sólo bastaba con cederles la palabra. Es asi como Freud llega a crear el método de la asociacion libre, regla fundamental de lo que, a partir de entonces, conocemos como psicoanalisis.
El discurso médico se fundamenta, según lo describe Jean Clavreul, “en el acto médico propiamente dicho, el que se produce junto al lecho de los enfermos: la clínica. La primera etapa de este proceso consiste en la afirmacion: usted padece una enfermedad. Su cuerpo esta habitado por una enfermedad en la que usted no esta compremetido. El enfermo es asi invitado a desprenderse de toda interpretacion subjetiva de lo que le sucede.”(1)
Es por demás común encontrarnos, en la práctica hospitalaria, con pacientes que nos consultan porque dicen “que los mandó el médico” o porque, despues de haberles realizado toda clase de estudios ”no se les encontró nada” y que, además, “no tienen ni idea porqué los mandaron”.
Esta ausencia de implicacion subjetiva en lo que les sucede está favorecida, aunque no causada, por un discurso médico que, por estructura, excluye al sujeto.
No es ninguna casualidad que, en relacion con esto y llevando las cosas un poco mas lejos, los administradores de la salud sólo tengan en cuenta, en última instancia, los datos estadísticos, o sea, el número de prestaciones que, en la medida que suben o bajan son las que van a determinar la eficiencia de la administracion local.
A semejanza de lo que ocurre en las novelas de Kafka, lo único que cuenta es el cumplimiento, sea como sea y a cualquier costo, del acto burocrático. De esta manera, y lamentablemente, la atención de pacientes llega a parecerse muchas veces a la accion impersonal de despachar expedientes. Por supuesto que esta situacion tiende a agravarse en tiempos de crisis como los que estamos viviendo. Digamos, como contrapartida, que cada vez son mas los profesionales de la salud que, por suerte, no olvidan su condicion de sujetos y buscan, por diversas formas, hacerse escuchar, expresando su opinion o su disenso al amo de turno que, como no podria ser de otra manera, reacciona con una total intolerancia.
Por lo tanto, si el discurso médico se basa y se sostiene en la exclusion del sujeto, el discurso analítico, en cambio, apunta a crear las condiciones necesarias para que un sujeto pueda advenir. No hace falta pensar demasiado para darse cuenta de que entre psicoanalisis y medicina sólo puede existir una relación de oposición, lo cual implica, como es de suponer, que en nuestra practica cotidiana en institucuiones hospitalarias, nos encontremos con diversas clases de complicaciones como es el hecho, por ejemplo, de que no haya forma de que los médicos puedan entender porqué los analistas no transcribimos en las historias clínicas de los pacientes los resultados de las entrevistas realizadas, o sea, que preservemos la privacidad de las sesiones y el secreto de lo hablado.
De todas maneras, reconocer estas dificultades no significa que tengamos que marginarnos o aislarnos en una especie de ghetto psicoanalítico, asi como tampoco debemos retroceder ante las exigencias de nuestra práctica (lo cual nos llevaría a una medicalización del psicoanálisis).
Mas bien considero que, si aceptamos el desafío que implica trabjar en un hospital, no podemos escatimar esfuerzos en tratar de lograr, en un diálogo continuo con los médicos (por lo menos con los que se pueda), reintegrar algo (no conviene ser demasiado ambicioso) de lo que la estructura forcluye.
Por otro lado, la relacion psiquiatría-psicoanálisis es un poco más compleja ya que se encuentra viciada por la influencia de diversos factores ajenos a la experiencia analítica misma. En este trabajo me voy a limitar solo a algunas de las cuestiones que están en juego.
Cuando en 1906 el psiquiatra suizo Carl Jung se integra al círculo de discípulos de Freud éste no duda en adjudicarle un lugar privilegiado ya que veía en él por un lado, la esperanza de que el psicoanálisis deje de ser “un asunto de judíos”, y por otro, el medio que necesitaba para empezar a conquistar a la psiquiatría con el objetivo de llegar a obtener, en algún momento, la tan ansiada “carta de ciudadanía” dentro del campo de las ciencias. Esta necesidad de un reconocimiento oficial, que ha marcado al psicoanálisis desde sus comienzos, es una de las razones que ha determinado la actidud tan ambigua que han adoptado muchos psicoanalistas en relación con la psiquiatría.
Un ejemplo de lo que venimos diciendo lo podemos encontrar, a mi criterio (sé que muchos no van a estar de acuerdo), en Jacques Lacan. Su práctica de presentación de enfermos, que mantuvo hasta el final de su enseñanza ¿no es acaso una práctica psiquiatrica inscripta claramente en el discurso médico? Su insistencia en reinvindicar como “su maestro” (incluso “su único maestro”) a un psiquiatra organicista como es el caso de Gaetän de Clérambault, ¿no es problemática, procediendo de la boca de un psicoanalista?
Es interesante, a este respecto, lo que dice Maud Mannoni: “Freud, por su parte, probablemente habría considerado “deformante” la fascinacion de un alumno-psicoanalista por una enseñanza psiquiátrica, dado que él intentaba preservar a sus alumnos de la identificación con el psiquiatra”. Y más adelante agrega:[Lacan] “influyó en toda una generación de psicoanalistas y orientó la investigación en el terreno de la psicosis; pero, sin embargo, su formación psiquiátrica contribuyó a una psiquiatrización del psicoanálisis, alentando en muchos alumnos, incluso en los no médicos, el sueño de proporcionar a la psiquiatría la teoría de la que carece”.(2) (el subrayado es nuestro).
Por otra parte, no es muy difícil detectar, detrás de las críticas que con frecuencia hacen los psicoanalistas a la psiquitría, una especie de prejuicio que trasluce una rara pretención (o ambición). El prejuicio en cuestión (por supuesto tampoco nunca explicitado) sería que la psiquiatría es criticable, o cuestionable, en última instancia, porque no se fundamenta en los conceptos de la teoría psicoanalítica, de lo cual se deduce que lo que se pretendería de la psiquiatría, y aunque parezca descabellado, es que se constituya en algo así como una psiquitría psicoanalítica.
Esta idea presupone lo que comentábamos al comienzo, que psiquiatría y psicoanálisis serían como dos disciplinas hermanas, dos ramas de un mismo tronco que sería la medicina, que estarían en un mismo plano y que, por lo tanto sería equiparables, comparables y, lo que es peor, integrables en ese híbrido que sería la psiquiatria psicoanalítica.
Entonces, si en tanto heredero de la medicina, el psicoanálisis se constituye y se consolidacomo talsólo en tanto renuncia a su herencia (en este sentido si el psicoanálisis es hijo de lamedicina sería un hijo bastardo), mal podemos suponer que pueda tener algo en común (y menos que menos que pueda pensarse en una integracion) con la psiquiatría, digna representante de la medicia. Por lo tanto, en el supuesto caso de que la psiquiatría necesite de una crítica, es un problema de los psiquiatras y no de los analistas. (al Cesar lo que es del Cesar...)
Esto no nos exime del trabajo de reflexionar constantemente sobre la diferencias existentes entre el discurso médico y el psicoanalítico, pero sin perder de vista el objetivo: evitar el riesgo, tan frecuente en las instituciones hospitalarias, de la medicalización y psiquiatrización del psicoanálisis.
En su libro “El porvenir es largo” Louis Althusser insiste en que fue la nececidad de tomar la palabra lo que lo llevó a escribir sobre los hechos que protagonizó en los últimos años de su vida, la necesidad de hacerse oír, de hacer escuchar su propio testimonio para tratar, de esta manera, de intervenir sobre el destino de “no a lugar” que es, como él dice, “la losa sepulcral del silencio”.
Althusser plantea que el Código Penal, vigente en Francia desde 1838, discrimina entre un estado de no responsabilidad jurídico-legal de un criminal que ha perpetrado su acto en estado de “demencia” y un estado de responsabilidad puro y simple reconocido a todo hombre considerado “normal”. Este último tiene la posibilidad de contar con testigos públicos y, por encima de todo, tiene el derecho, y el privilegio sin precio de expresarse públicamente en su nombre y en persona, sobre su vida, su crimen y su porvenir. No es el caso del beficiario del “no a lugar” quien, al ser confinado al hospital psiquiátrico, pierde absolutamente su personalidad jurídica. Lentamente, comenta Althusser, se transforma en una especie de “muerto viviente” o, mas bien, ni muerto ni vivo, sin poder dar señales de vida. “Como no puede, por añadidura, expresarse públicamente, el interno figura de hecho, me arriesgo al término, en la sección de los siniestros balances de todas las guerras y de todas las catástrofes del mundo:el balance de los desaparecidos.”(3)
Creo que Althusser logra, con su testimonio, una lúcida descripción del destino de “no a lugar” que sufre el sujeto en la psiquiatría y de sus nefastas consecuencias. Cuestión insoslayable para los analistas que desarrollan su práctica en hospitales psiquiátricos. No se puede pretender utilizar el psicoanálisis con un “desaparecido”, es decir, no se puede psicoanalizar a alguien que ha perdido su personería jurídica y que, por lo tanto, no puede responder por lo que hace o dice.
Por último, no creo que se trate de una simple casualidad el hecho de que el psicoanalisis surja del acto de Freud de cederle la palabra al sujeto que habla en el síntoma y la decisión de Althusser de hacerse escuchar, de tomar la palabra para tratar, como él dice, de levantar la losa sepulcral del silencio manicomial.
BIBLIOGRAFIA
(1) Jean Clavreul. El Orden Medico. Argot. Barcelona, 1983, pág.108.
(2) Maud Mannoni. La teoría como ficción. Crítica. Barcelona, 1980, pág. 141 y 145
(3) Louis Althusser. El porvenir es largo. Destino, Buenos Aires, 1993, pág 36
[*] El presente escrito ha sido publicado con anterioridad en el portal de psicoanálisis www.elsigma.com . Sección Colaboradores; y en:
"El psicoanálisis y el Hospital" Nº 9). Tres edades; Ediciones del Seminario, Buenos Aires, 1996