Asi como un significante no puede significarse a si mismo, sino solo en la medida en que se encuentra en relación con otros significantes, y mas específicamente, en tanto es lo que los otros no son, puede llegar a adquirir una significación, siempre relativa. Ocurre lo mismo con los conceptos de la teoría que, como responden a la misma ley, solo en tanto los relacionamos con el resto de los conceptos del cuerpo teórico del psicoanálisis, es que adquieren sentido.
De esta manera, podemos ver como, por ejemplo, el concepto de gran Otro fue cambiando a lo largo de la enseñanza de Lacan, cobrando diversos significados que, cabe aclarar, no por ser diferentes tienen necesariamente que excluirse, mas bien todo lo contrario.
Voy a referirme en este trabajo, al Otro de la frustración, al que Lacan llama muchas veces el Otro primordial, que asocia, generalmente, a la figura de la madre o a quien ocupe su función.
Es de destacar, en principio, que este concepto clave de la doctrina lacaniana lo podemos encontrar en Freud, en distintos momentos de su obra. Lacan supo leerlo y darle otro estatuto.
Ya en el "Proyecto de psicología para neurólogos", cuando Freud describe la "experiencia de satisfacción" encontramos esta idea: "El organismo humano es al comienzo incapaz de llevar a cabo la acción específica. Esta sobreviene mediante auxilio ajeno: por la descarga sobre el camino de la alteración interior (por ejemplo el llanto), un individuo experimentado advierte el estado del niño. Esta vía de descarga cobra así la función secundaria, importantísima en extremo, del entendimiento (comunicación), y el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales. " [1]
En "Inhibición, síntoma y angustia" Freud subraya la importancia de lo que él llama el "factor biológico" en la causación de las neurosis. Se refiere a la abreviada vida intrauterina y a la forma inacabada en que el ser humano viene al mundo. "Ello refuerza el influjo del mundo exterior real, promueve prematuramente la diferenciación del yo respecto del ello, eleva la significatividad de los peligros del mundo exterior e incrementa enormemente el valor del único objeto que puede proteger de estos peligros y sustituir la vida intrauterina perdida. Así, este factor biológico produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará jamás."[2]
Estas ideas freudianas, que podemos resumir en los conceptos de desamparo (Hilflosigkeit) y dependencia (Abhangigkeit), constituyen el terreno sobre el que se va a instalar la relación del niño con el Otro primordial ("pongamos por caso la madre", gustaba decir Lacan), relación que va a ser examinada a lo largo del Seminario IV, dedicado a la relación de objeto, en el que ahora quisiera detenerme.
Desde un comienzo Lacan plantea que el problema de las relaciones de objeto sólo se puede plantear correctamente a partir de cierto marco: "En el mundo humano, la estructura como punto de partida de la organización objetal es la falta de objeto"[3]. Si antes, para Lacan, el objeto del deseo apuntaba al reconocimiento del Otro, ahora se dirige a su falta, porque es en el punto en el que el Otro presenta una falla, una hiancia, donde el sujeto puede ubicarse y situarse en relación al deseo del Otro, que no es otra cosa que esa falta misma. Ahora bien, el interés de Lacan es rescatar de la confusión en que habían caído, los conceptos de frustración, castración y privación, para proponerlos como tres niveles o categorías de la falta de objeto, pensadas en relación con los tres registros: imaginario, simbólico y real.
Con respecto a la frustración, Lacan intenta arrancar el concepto del contexto empirista y evolutivo en el que se encontraba. Para ello plantea que lo que está en juego en la frustración, no es un conjunto de experiencias que son vividas en la relación del sujeto con un objeto real, o sea que no se trata de la pura y simple negación de un objeto de satisfacción. Además, -señala Lacan-, Freud nunca habló de frustración, sino que utilizó la palabra alemana Versagung que remite a otros significados, tales como denunciar un tratado, retractarse de un compromiso, ruptura de un pacto previamente establecido, anulación de una promesa, palabra no mantenida por un Otro, un Otro simbólico que hay que entenderlo como correlativo de la indefensión y dependencia infantil. Ya hemos visto cómo en Freud la alteración interna (el llanto) cumplía una función de llamado al asistente ajeno, llamado que ya implica la alienación de la necesidad en el orden simbólico, ya que solo puede ser tramitada a través de los significantes del Otro, lugar del código, tesoro de los significantes, en los que la necesidad se pierde al articularse en una demanda. Este Otro con mayúscula, lugar del código, es la primera forma en que se presenta el Otro en la experiencia en tanto agente de la frustración, y se caracteriza por tener una articulación particular de la demanda, que es la de ser inseparable de la demanda de amor.
El término demanda puede adquirir distintos sentidos: el que se utiliza con más frecuencia es el de pedido; básicamente demandar es pedir. También puede significar pregunta, lo cual no es tan común en castellano como en francés. Puede también tomar el sentido de una demanda judicial: el sujeto pide algo que cree que le corresponde por derecho. En la frustración, la demanda adopta un carácter reivindicativo y querellante, porque el sujeto no sólo está convencido de que pide lo que le corresponde, sino que cree que el Otro tiene lo que él necesita y no se lo quiere dar.
Aquí quisiera abrir un pequeño paréntesis clínico. Existen, dentro de la estructura neurótica, puntos de convicción (puntos de certeza del fantasma) que se asemejan a la certeza del psicótico, sin llegar a ser tal. Se trata de significantes puestos fuera de circulación, congelados, pero que no dejan de estar en relación con la significación fálica y que, además, no sin grandes dificultades, pueden ser restituidos, a diferencia de lo que ocurre en la psicosis con el significante en lo real forcluido de lo simbólico.
Con el pasaje de la necesidad por los significantes del Otro, se produce una modificación a nivel de la satisfacción. Esta, ya no pasa por el acceso al objeto de la necesidad, sino por la presencia o ausencia del Otro, presencia que eclipsa al objeto que pasa a ser simplemente un indicador de la buena o mala voluntad del Otro, un signo de su amor. La demanda se vuelve, básicamente, una demanda de presencia del Otro.
Ahora bien; los objetos que el Otro da como dones de su potencia, hacen surgir la dimensión fundamental de toda demanda de amor, su carácter incondicionada. El don, el objeto que el Otro otorga, no es más que un sustituto de la prueba máxima, de lo verdaderamente demandado: la presencia sin condiciones del Otro, la exigencia de una entrega absoluta, que es una de las formas en que reaparece la particularidad de la necesidad anulada por el significante.
Por otro lado, Lacan diferencia entre una frustración de goce que estaría en relación al objeto real que puede satisfacer la necesidad del niño, y una frustración de amor cuyo objeto sería eminentemente simbólico. Si en primera instancia, la madre, con su ir y venir, ocupa el lugar del agente simbólico de la frustración, el hecho de que pueda responder o no a la demanda, que pueda dar o no según su capricho, el objeto que el niño necesita, le otorga un poder que la ubica en el lugar del agente real. Los objetos, que hasta entonces eran pura y simplemente objetos de satisfacción, se convierten, por intervención de esta potencia, en objetos de don, en signos del amor del Otro. Cada vez que la frustración de amor se hace presente, surge la regresión, la cual asume la forma de una compensación a través de la satisfacción del goce del objeto. La frustración de goce remite al sujeto al círculo sin salida de la posesión del objeto como tal, a una dialéctica de la agresividad competitiva con el semejante. Cabe señalar que, como lo indica Lacan, las dos clases de frustraciones se encuentran entrelazadas desde un comienzo hasta el final.
Quisiera pasar ahora a un ejemplo tomado de la literatura, de una novela de Friedrich Schiller, en la que el poeta describe, en un momento determinado, los conflictos que el protagonista sufre en relación a sus ideales religiosos: "Todas sus ideas respecto a la religión tenían algo de terrible, y lo espantoso y violento fue lo que primeramente se adueñó de su viva fantasía y lo que durante más tiempo se mantuvo. Su dios era un espectro, un ser punitivo; su culto a dios, temor servil o ciega sumisión que sofocaba toda fuerza y audacia. En todas sus inclinaciones infantiles y juveniles, que en un cuerpo vigoroso y una salud rebosante se manifestaban en explosiones llenas de fuerza, se interponía la religión. Esta mantenía una lucha permanente con todo aquello que prendía en su corazón juvenil. No conoció la religión como beneficio, sino como azote a sus pasiones. Por eso ardió un progresivo y mudo rencor en su corazón, lo que, junto a una fe respetuosa y un temor ciego, produjo la confusión más extraña en su cabeza y en su corazón; aversión contra un señor, ante el que sentía en igual grado horror y veneración. No es de sorprender que aprovechara la primera ocasión para huir de yugo tan pesado; sin embargo se evadió como lo haría un esclavo de su implacable dueño, quien también en plena libertad carga consigo el sentimiento de su servilidad. Precisamente por eso, porque no renunció a la fe de su juventud con pacífica elección; porque no esperó a que su razón madura le liberara sosegadamente; porque se escapó como un fugitivo para quien todavía persistían los derechos de propiedad de su señor, por eso tuvo siempre que volver a él. Se había escapado con la cadena, y precisamente por eso tuvo que ser presa de un impostor cualquiera con tal de que supiera descubrir y utilizarla." [4]
Sólo tenemos que sustituir la idea de Dios por la de gran Otro, del que hemos estado hablando, y obtendremos, a mi criterio, una clara descripción del funcionamiento del sujeto neurótico; sobre todo si pensamos la neurosis como una forma de religión destinada a sostener un Otro consistente. Al igual que el personaje de la novela de Schiller, el neurótico se encuentra entrampado de tal manera en la relación con el Otro que, por más que intente escapar, no puede dejar de arrastrar sus cadenas y su esclavitud consigo mismo. Porque lo que lo esclaviza no es otra cosa que su propia demanda, demanda de amor dirigida al Otro de la frustración del que espera el don prometido, que nunca llega (recordar el significado del término aleman Versagung), o en el caso que llegue, es siempre insuficiente en relación a la insaciabilidad de la demanda de amor, que exige la presencia incondicional del Otro. Estas cuestiones, que son de estructura, el sujeto las vive como un daño imaginario infligido por un Otro caprichoso, arbitrario que, teniendo todo el poder para dar, no da simplemente porque no quiere. Por otro lado, el sujeto está convencido de que lo que pide es legítimo, de que le corresponde por derecho, de ahí que la neurosis adquiera las características de una querella al Otro.
El tratamiento psicoanalítico tiene como objetivo, como un horizonte al cual debe dirigirse, el desmontaje de esta estructura neurótica, la disolución de la religión del Otro, que implica la caída del Sujeto Supuesto Saber, lo cual hace prescribir la pasión del neurótico por la queja, la denuncia, el reproche, la espera, en suma, todo lo que constituye su gran disputa con el Otro.
De esta manera, el sujeto, al dejar de darle consistencia al Otro, pierde su sostén, se queda sin su partenaire, lo cual lo lleva a confrontarse con su soledad, incluso con su desamparo. Esto no impide los encuentros; al contrario, el sujeto queda más a merced de los encuentros. Sólo le queda, como dice Lacan, hacerse a ser, sin el Otro, eso que se es, lo que resta cuando se han podado las ramas de todos los espejismos.
[1] Sigmund Freud. Proyecto de psicología para neurólogos. Obras Completas. Amorrortu, Buenos Aires, 1986, Tomo l. pp. 362/363.
[2] Sigmund Freud. Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas. Amorrortu, Buenos Aires, Tomo XX. p g. 145.
[3] Jacques Lacan. Seminario. Libro IV. La relación de objeto. Editorial Paidós, Barcelona, 1994, p g. 58.
[4] Friedrich Schiller. El visionario. Icaria, Barcelona, 1986, pp. 61/62.
[*]Psicoanalista - Lic. en Psicología por la Universidad de La Plata. Buenos Aires. Argentina. Docente de la cátedra de Teoría psicoanalítica del Dr Rolando Karoty (entre 1987 y 1995). Ha escrito y publicado diversos artículos y ensayos en publicaciones digitales y graficas. El mail del autor es daoslarsen@hotmail.com
[*]El presente escrito ha sido publicado con anterioridad en el portal de psicoanálisis www.elsigma.com . Sección Colaboradores; y en: Psicoanálisis y el Hospital 10. Tres edades; Ediciones del Seminario, Buenos Aires, Verano de 1996