Juzgamos que la decisión de popularizar conceptos, propios de una disciplina determinada, corre el riesgo frecuente de que estos resulten degradados. Aprieto quizás inevitable. No obstante, en las líneas que siguen, apuntaremos, no tanto a nociones técnicas sino a una divulgación de la dificultad.
Durante el período de su enseñanza que va de 1969 a 1970, Jaques Lacan ideaba –sin que él mismo lo supiese- las bases de una “tabla periódica” de los discursos (aquí equiparados a la Tabla periódica de los elementos que elaboró Mendeléiev). En ella podremos notar que hay un lugar reservado, hipotéticamente, para veinticuatro “elementos” –que homologamos a discursos- Esto sin contar “isótopos radiactivos” –variantes químicas de un mismo elemento-, aún hoy, no inventados ni descubiertos.
Inauguralmente, fueron propuestos cuatro. Denominados discurso del amo, del psicoanalista, del analizante o histérico y universitario. El mencionado en tercer lugar tuvo enseguida un “isótopo”, que se denominó dialecto obsesivo. Ponemos sobre aviso de que se trata de un discurso soporífero y pesado, en el sentido “neutrónico” –anula diferencias-; con fuerte tendencia globalizante, lo cual viene a empobrecer la variedad de la cultura.
Paréntesis mediante, formalizar los discursos, consigue reproducir y acertar en lo tocante a la arquitectura dinámica de los lazos que establece cada quien con el prójimo. Muestran y permiten explicar cómo se plantean esos lazos y -lo más contundente- captar que toda esta operatoria se juega en un campo que resulta relativamente autónomo, respecto del significado de las palabras que se digan. El desarrollo de estas fórmulas permite captar la autonomía de las estructuras respecto de la dimensión semántica del lenguaje.
Modificando parcialmente la fórmula de R. Barthes, para quién no hay lenguaje sin cuerpo, proponemos a cambio que no hay cuerpo –erótico- sin discurso; vale decir, sin estructura. Los animales superiores, por ejemplo, entienden palabras pero no integran discurso alguno. En una segunda vuelta deberíamos detallar cómo el discurso hace al cuerpo de la subjetividad.
A continuación daremos una breve definición de los componentes en juego y su distribución variable en cada de estas fórmulas, con la finalidad de ilustrar -de manera participativa- los modos de lectura y la fisiología de estos verdaderos y prácticos procesadores del goce; recordando –cuestión que las fórmulas tienden a opacar- que se trata de la puesta en acto de una lógica no binaria.
Elementos en juego
Resto: objeto a; sinónimo de lo inabsorbible en cualquier operación de la que se tratare. Concebido por Lacan como plus de goce, en línea con la idea de plusvalía que elaboró Karl Marx. Denota al objeto de la pulsión. Equivale, a diferencia de la noción marxista, a un factor en principio no capitalizable por la subjetividad del hablante.
Significante maestro: letra S, subíndice 1; elemento que establece y denota el campo de cualquier experiencia de la que se tratare.
Sujeto dividido: letra S, cruzada por una barra. Único sujeto apto para hacer un uso de la palabra inscripto en las redes sociales del discurso. Esquemáticamente, lo dividen los significantes y el objeto a. Antropológicamente, en psicoanálisis preferimos aludir a dicha división con la terminología de castración simbólica, en el campo dispuesto por el complejo de Edipo.
Saber: letra S, subíndice 2. Todos los otros significantes que no son maestros, constituyen la “masa crítica” de una lengua. Saber cuyas dimensiones serán la textual y la referencial.
En cuanto a los lugares.
1: lugar del agente. Lo proferido parte de aquí.
2: lugar del otro. Destinatario de lo que proviene de 1.
3: lugar de la verdad, respecto del agente.
4: lugar de la producción. En términos prácticos representa lo que suele escapar a los objetivos declarados en una posición discursiva así planteada.
Ahora, por fin, presentamos los primeros discursos o matemas que fueron escritos en el seminario de Lacan.
Universidad Amo Histérico Psicoanalista
Si bien se debería efectuar una lectura exhaustiva de cada uno de ellos, optaremos por una breve glosa.
El discurso del amo, también conocido como del inconsciente, muestra que el significante amo, en tanto agente, se dirige a sus esclavos -el saber-, los cuales para él trabajan. Lo hace desde un lugar cuya verdad es su castración simbólica. El producto de este discurso es un resto que no se logra dominar. Un elemento no buscado pero necesario a la estructura, que la relanza –deseo inconsciente- de modo incesante.
El discurso histérico muestra cómo, desde el lugar del agente, el sujeto dividido se dirige al amo. Su verdad la constituye su condición de objeto. Si logra sostener la distancia con el amo –o sea histeriquea- se producirá algún saber, de cierto valor para el sujeto.
El universitario sería un discurso del amo reforzado porque se desentiende del sujeto, ubicado como producto.
And, neither last not least, el del psicoanalista. Constituyendo su hábito con los restos del discurso amo, interpela al sujeto desde un lugar cuya verdad es el saber inconsciente. El psicoanalista, en su práctica, presta especial atención al producto propio de este discurso. Se trata de un significante unitario. Su detección fomenta el inicio de nuevas sucesiones asociativas; vinculadas al deseo inconsciente. Con este elemento se irá constituyendo la trama de la operación analítica.
Hasta aquí hemos expuesto lo clásico sobre el tema. Tiempo después, Jaques Lacan escribe el llamado discurso canalla o capitalista. Lo caracterizó, textualmente, como “Muy astuto, pero destinado a reventar, en fin es el discurso más astuto que se haya jamás tenido. Pero destinado a reventar.”
Canalla, porque desde una pseudo-castración simbólica, el sujeto agente emite desde un lugar cuya verdad es estar aferrado al significante amo en el lugar de la verdad. Dirigido hacia el mercado – los consumidores- y, por su posición de partida, este discurso conlleva su contradicción, su síntoma, en torno al producto propio, el objeto a. Promotor pulsional y causa del deseo, en parte se reintegra, constituyendo el círculo vicioso consumista, y al mismo tiempo, otra fracción se acumula y complica inexorablemente al sistema. Otra de las trampas en este discurso, locamente astuto, es que el capital significante –S sub2- proviene del lugar del otro. Las expresiones de Lacan se relacionan –a mi entender- con el hecho de que nadie había logrado cuestionar seriamente esta estructura discursiva. A modo de ejemplo, podemos referirnos al tema de la corrupción en nuestra república. No necesitamos ser explícitos para imaginar a cuantos personajes reconoceríamos, instalados en este discurso.
En lo inherente al llamado discurso científico, diferimos con Lacan (no lo identificamos con el del arte)
Discurso parecido al de la universidad pero donde el saber queda como supuesto inapelable y el agente viene a complementar el cerrojo. Recurrimos a este símil porque, por el hecho de que los significantes se agrupen del lado del agente y la verdad, resulta muy difícil el inter-juego necesario a la subjetividad. Aclaremos que cuando decimos discurso científico no nos referimos a la instancia creativa o inventiva que pudiese generar un investigador científico. Para despejar malos entendidos, sería mejor denominarlo Discurso del superyo. Se trataría, entonces, de un lazo social que, en tanto tal, posee características herméticas. También corresponde a la actitud de alguien del cual decimos que está “cerrado”, en el plano mental.
Proponemos al discurso del arte como una entidad diferenciable del anterior y, por consiguiente, con un matema específico.
Se articula de modo tal que desde un lugar de savoir faire -el del artista- y en el que cuya verdad implica a lo esencial de su dimensión subjetiva, parte hacia el objeto a. Objeto que para el caso adquiere, como pensaba Heidegger, el valor de un vacío. No cualquiera puede ser artista: allí donde el hombre común siente horror y retrocede, el artista, en cambio, es alguien con coraje y habilidad para soportar y crear a partir de dicho vacío. Observamos entonces como el lado izquierdo de la fórmula nos muestra los fundamentos de la producción artística. Nos ilustra cómo se sitúa quien sabe aportar, a la experiencia perceptiva de la sociedad, algo de lo imposible, presente en todas las cosas. El producto resultante de esta posición –S sub 1- suele dar lugar a nuevas incitaciones del deseo inconsciente como así también a los significantes amo que circulan en el mercado del arte.
Por último, creemos diferenciar como entidad específica
al discurso de la religión, en su vertiente fundamentalista o inquisidora.
A la manera de una ciencia cerrada e inexpugnable –se podrá notar en el gráfico la similitud con el discurso de la ciencia- el sujeto, sufriente por definición, queda apresado por la malla apretada de un tejido, constituido por ideales unívocos e inapelables. Tal como sucedía en la era nazi o en diversas inclinaciones ideológicas actuales o pretéritas. También se puede presentar bajo formas larvadas. Representa otro de los discursos del superyo.
El resto, en el lugar de la producción, tiende a reintegrarse, a ser reabsorbido por el orden significante. Esto último conduce a conferirle al cuerpo (siempre libidinal) –sea en su vertiente erótica o agresiva- una consistencia inusitada, proclive –literalmente- al estallido del mismo.
Se trataría de una acentuación –mórbida- de lo que solemos postular respecto de dicho objeto a: lo que le da cuerpo al cuerpo. Delitos sexuales, atentados suicidas, terroristas y demás calamidades por el estilo, se revelan demostrativas de cómo actúa la mezcla explosiva presente en este lazo antisocial.
Aspiramos a que la formalización propuesta enriquezca la lectura y la escucha del fenómeno discursivo. Variadas son las cuestiones que se nos plantean en tanto psicoanalistas. Entre las cuales están las asociadas a las declaraciones canallas o de pretendidas purezas, y esto último no sólo respecto de los consabidos fundamentalismos. Considerar la operatoria de los discursos podría conducir a una ampliación de la escucha analítica.
Que sirvan estas líneas de incitación a la aventura.
De cuño hegeliano, entiéndaselo a este término como el resultado forzoso de que la especie haya “perdido” el instinto.
Otras consideraciones se deberán hacer cuando el sujeto haya accedido a un fin de análisis.