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“Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez
que no será eliminada”.
Louise Bourgeois
En la historia del arte no han sido pocas las mujeres artistas que decidieron mantenerse relegadas a un segundo plano frente a un universo - el del mercado artístico y las grandes exposiciones y museos - cuyas reglas no acababan por aceptar o comprender. Un ejemplo llamativo ha sido el de la escultora Louise Bourgeois, que hasta una edad avanzada se mostró reacia a exponer públicamente sus obras.
"He sentido siempre un complejo de culpa a la hora de promocionar mi obra, tanto es así que cada vez que he estado a punto de abrir una exposición, me daba algún tipo de ataque. De modo que en un momento decidí que lo mejor era no intentarlo más. Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y de que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo su terreno. Por eso, hacía el trabajo y luego lo escondía. Aunque nunca destruí ninguna, he guardado cada pieza. Hoy en día, no obstante, estoy haciendo un esfuerzo por cambiar”. [1]
Louise Josephine Bourgeois nació en París el 24 de diciembre de 1911. Se radicó en Nueva York en 1938, luego de su casamiento con el historiador de arte estadounidense Robert Goldwater. Comenzó a exponer a los 34 años de edad, y recién tres décadas más tarde su obra artística fue reconocida como una de las más importantes y revaloradas del siglo XX. Su consagración mundial tuvo lugar en ocasión de una muestra retrospectiva organizada en su honor por el MoMA [Museo de Arte Moderno de Nueva York] cuando Bourgeois contaba con setenta y un años de edad; siendo la primera artista mujer a quien el MoMA dedicaba una exposición antológica.

La obra de Louise Bourgeois está constituida en torno a una especie de mito fundador: el adulterio de su padre, hombre de apabullante omnipotencia que introdujo a su amante, una joven institutriz inglesa, en la casa familiar. Esa atmósfera de mentiras y traiciones - coronada por constantes humillaciones de un padre que siempre había deseado tener un hijo varón - marcó de tal modo a la escultora al punto que concibió su trabajo como una actividad terapéutica. Quería "liquidar el pasado" aseguró alguna vez.
En una senda que recoge la herencia surrealista, Louise Bourgeois trabajó en estrecho diálogo con la mayoría de los movimientos artísticos vanguardistas internacionales principales del vigésimo siglo, desde el surrealismo al arte conceptual. Dotada de una gran inventiva y de una versatilidad en lo que atañe al uso de técnicas de las más modernas a las más tradicionales, la artista ha explorado una gran variedad de temas - en la que no obstante se asoma un énfasis por lo psíquico bajo una amplitud de estilos que pasan por la abstracción, el realismo y el ready made.
Su obra suele ser calificada de arquitectónica; sin embargo lo que se plantea en gran parte de ella es un interior que va más allá de las estructuras o fachadas como sinónimos de arquitectura. En consonancia con ello son especialmente conocidos sus dibujos de Mujer-casa, en los que cuerpos anónimos de mujeres incorporan físicamente un edificio a su organismo. La autora trabaja con el espacio interior estableciendo asociaciones que equiparan madrigueras, guaridas o larvas con el espacio interior femenino. Son obras que qu tienen por leit motiv la fertilidad y la nutrición, pero hablan ademá del aislamiento, el dolor, la prisión. Precisamente, Cells [2] (Celdas, células) , una serie de espacios teatrales que Bourgeois comenzó a crear a principios de los ochenta representaban - según palabras de la artista - diferentes tipos de dolor: "el físico, el emocional y el psicológico, el mental y el intelectual".
Con notable maestría en la manipulación de materiales duros, como lo demuestran sus estancias en las canteras italianas de Carrara, a fines de los años setenta y principios de los ochenta, Bourgeois trabajó en esculturas de cuerpos desmembrados, con reminiscenscias de las venus paleolíticas, en ocasiones con la ambigüedad de los cuerpos hermafroditas. Todas estas obras remitían a la fertilidad y a lo voluptuoso. Es de esa época una de sus piezas capitales: The Destruction of the Father (1974) [La destrucción del padre], inspirada en la conflictiva relación con su progenitor. The Destruction of the Father se trataba de "una suerte de gruta iluminada con un intenso color rojo, en cuyo centro se ubica una mesa cubierta con un mantel de látex con protuberancias globulares. El techo y el suelo están atravesados por formas que remiten a senos, nalgas o vientres. En toda la instalación hay una referencia vaga al sacrificio ritual." [3]
El objetivo de la obra - según sus propias afirmaciones - era "exorcizar el miedo”.
“Después de que se expuso al público, me sentí una persona distinta. (...) La razón que me llevó a hacer esta obra fue la catarsis o purificación. De niña, me daba mucho miedo cuando en la mesa del comedor mi padre no dejaba de alardear, se jactaba una y otra vez de sus logros. Y cuanto más grande pretendía volver su figura, más insignificantes nos sentíamos sus hijos. Mi fantasía era: lo agarrábamos con mis hermanos, lo poníamos sobre la mesa, lo troceábamos y lo devorábamos. En la escultura hay una cama y una mesa. Ambos muebles forman parte de nuestra vida erótica. En su esencia, ambos son el mismo objeto.” [4]
Y es que en efecto son muchas las esculturas de gran fisicidad en las que no puede distinguirse con precisión la tipología del órgano creado, sea de mujer o de hombre. Conforme con esto, la enorme violencia simbólica del acto del padre - ejercitado durante mucho tiempo en un dominio esencialmente masculino como lo es el ámbito bélico en el que la mujer no era sino una ausencia - ha conducido a Louise Bourgeois a desplegar recursos extremos en su obra como una vía para restañar las heridas y resarcir de algún modo las fisuras que marcaron fuertemente la vida de la artista, sobre todo por las secuelas que esa inquietante atmósfera, al modo en que Freud describe lo siniestro, generaban en su madre, es así como entre las grandes instalaciones convertidas en arquetipos, en los años posteriores la figura materna adquiere una dimensión preeminente. Tal es el caso de Mamá (1999) - en alusión a su madre que era restauradora de tapices - una araña de diez metros de altura con largas patas realizada en bronce, acero y mármol, instalada en el museo de Guggenheim de Bilbao, junto al puente de La Salve. Una Ariadna con cuerpo de araña como la imagen de la razón, de la fortaleza, de la protección, amable, atenta y desprovista de la carga devoradora y negativa que le dieron algunos surrealistas.
Rosa Aksenchuk [*]
Notas:
[1] El citado texto aparece transcrito en su libro Destrucción del padre / Reconstrucción del padre, Editorial Síntesis, Madrid.
[2] Las Cells, realizados en base a demoliciones urbanas, son espacios cerrados - total o parcialmente - donde el espectador puede ingresar observarlos desde el exterior, a través de telas mecánicas, puertas y ventanas.
[3] LÓPEZ ANAYA, Jorge. El extravío de los límites. Emecé, p. 79
[4] BOURGEOIS, Louise. Destrucción del Padre / Reconstrucción del Padre. Editorial Síntesis, Madrid
[*] Lic. Rosa Aksenchuk. Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires. Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/. Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar.
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